Cuando he visto a la Bellagio de Javision
con las tapas de balancines pintadas de un rojo apasionado, he tenido un mal
presentimiento, después de eso, el amante de Bella ha engranado primera y las
válvulas han enloquecido bajo esas tapas rojas que recordaban a unos lujuriosos
labios de mujer insaciable, quizás por eso Javisión giraba el puño y el resto
de las parsimoniosas custom salíamos tras él jadeando y yo el ultimo, girando
el puño y sintiendo que poco a poco iba perdiendo metros, pero Duna podía dar
más y aunque sus tapas no eran rojas, sus valvulas también se abrían y cerraban
dando de comer a ese viejo v-twin, colgado en el vacio, sin cuna de motor.
Recordaba viejos tiempos, recordaba aquellas
primeras kedadas en la Pantera Rosa, recordaba a los Dracs y la melena negra de
Águila Culebrera…., en ese momento creo que he sonreido bobamente, pero la
curva se ha echado encima y el piloto rojo de Lancelotx se ha encendido, he
frenado, he trazado la curva y me he centrado en la revirada carretera que
ascendía desde Olocau hasta el Pico del Águila.
El dragón serpenteaba, Bosser habia dejado escpar a Javisión, le seguía
Little, despues Lancelotx y cerrando Duna y yo, cada vez mas concentrado, mas atento
y sin tener que preocuparme por dar pedaladas, como cuando subo este precioso
puerto con la bici de carretera.
Pero hoy era distinto, no podia distraerme con los farallones de rodeno
ni con las espesas umbrias de los barrancos, no podía buscar el vuelo sosegado
de las rapaces, hoy no pedaleaba y el sonido de los cambios de marcha se sucedían
una y otra vez, las curvas lentas y cerradas y sintiendo a Duna muy tumbada y
muy lenta entre mis torpes manos. Pero al final hemos coronado y la Bellagio se
ha lanzado cuesta abajo como en extasis, como una hembra insaciable…, pero yo
prefería subir, incluso con las bicis prefiero subir a bajar, quizás por eso me
ha patinado la rueda trasera cuando he frenado demasiado…, pero ha sido soltar
el freno y continuar bajando entre paredes de rodeno, entre bancales de
almendros y olivos, aunque no los veía, solo veía el asfalto retorcido.
Y sin llegar a entrar en Altura hemos girado a la izquierda y empezado a
subir hacia la Cueva Santa, hacia Montemayor…, hasta que la pitillera de Little
ha salido volando de su bolsillo y hemos tenido que reagruparnos.
El ascenso ha sido algo triste, los espesos y extensos pinares estaban
carbonizados, ya lo sabia, aún así, conservaban la belleza de los parajes
naturales, de los paisajes heridos que lentamente se recuperan de las
estupideces de los humanos. Pensaba en
que pasarían bastantes décadas antes de poder volver a contemplarlos con la
frondosidad de hace un año…., pero el asfalto se ha estrechado, se ha encogido
y encerrado entre pretiles encalados, las curvas han empezado a sucederse y de
nuevo Duna ha empezado a tumbarse, a inclinarse tratando de imitar las trazadas
de Little.
Clank, clank, clank…, los escapes sonaban distintos cada vez que entraba
con la Virago medio muerta en los virajes, cambiaba y gorgojeaba como
quejándose, como pidiendo una marcha mas corta…., recordaba mis jadeos, mi respiración
acelerada cuando subía este puerto con la bici y despues me extasiaba
contemplando los horizontes cubiertos de bosques casi infinitos, interminables,
verdes, frescos y serenos como la misma Cueva Santa. Enseguida hemos notado la
temperatura agradable y estable durante todo el año, dentro de la pequeña
cueva, bajo esos techos de piedra y en medio del aura sacra que envolvía el
santuario. Durante unos segundos me he sentido dentro de la montaña, me he
sentido bajo tierra, bajo esos mismos bosques que ya no existían.
- ¿Cuándo se almuerza…?, ¿que no hay hambre…?.
Hemos salido de la Cueva y poco me ha faltado para irme al suelo.
- ¡Tío, que no has quitado el candado, coño…!
Han sonado unas risotadas, sanas, sinceras, amigas…, como cuando
Lancelotx se ha tapado la cara con la manos al escuchar mi respuesta a la
sugerencia de la camarera.
- Vale, si quieres el cortado corto de leche, te lo alargo de café.
- No, no –he contestado escandalizado- que si no el café se diluirá.
Pero antes del almuerzo hemos descubierto una especie de maquina del
tiempo, una gasolinera en la que los vecinos deambulaban como si fuesen
empleados que entraban y salían del taller con parsimonia y confianza,
ensimismados o cruzando alguna frase con sus amigos, moviéndose a un ritmo
lento, como son los veranos en Las Alcublas, como es la vida misma en estos
pueblos serranos, de inviernos duros y silenciosos, de inviernos fríos y
acompañados por una soledad que curte a estos pobladores del interior
valenciano. Y allí, en ese rincón del pueblo, descansaban un tesoros que ya no
llamaban la atención de los parroquianos, nadie parecía hacer caso al mítico
Alpine descapotable que reposaba moribundo, pero lleno de dignidad, sobre un
remolque.

Nadie parecía fijarse en la Lambretta oxidada ni en el coche de
juguete, nadie parecía prestar atención a nada, ni si quiera los dos pit bull
enjaulados, nos prestaban atención, ni ladraban ni gruñían. Los dos perros
formaban parte de ese decorado perdido en la serranía.
Después los moteros se han marchado y uno de los hombres ha murmurado
para sus adentros.
- Mira que echarle fotos a esto…
Y ha sonreído cabeceando…, él sabía que a los de ciudad le gustaban esas
antiguallas y que pagaban bien por ellas.
- Eso, que paguen, que paguen.