Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

viernes, 31 de diciembre de 2010

DIAS DE HOSPITAL, DIAS DE MOTOS, DIAS DE PARO..., en "Diario de Homo".



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Los tonos cremas, los tonos amarillentos dominan en los pasillos del Hospital General, son colores que me gustan, relajados y hasta cálidos y acogedores. Me muevo por esos pasillos con cierta familiaridad, ya son ocho años desde aquel infarto cerebral que dejó a mi padre con secuelas irrecuperables.

Busco la habitación numero 6 de la sala de neumología, pero debo atravesar la de traumatología y no puedo evitar asomarme, echar un vistazo rápido hacia el hueco que dejan las puertas entreabiertas, son visiones fugaces del interior de esas habitaciones, veo a los pacientes inmóviles sobre sus camas. Veo a una anciana con la cabeza girada hacia la derecha, parece que dormita y una mascarilla le ayuda a respirar, tiene el pelo revuelto, blanco en sus raíces y oscuro en las puntas. Veo a los acompañantes, muchos de ellos mayores, tan ancianos como los pacientes, veo a personas de mediana edad, a hombres y mujeres, algunos leen sentados junto a los lechos, otros dejan vagar la mirada, algunos charlan y otros deambulan por los pasillos, con las manos en los bolsillos o hablando con los móviles, otros se asoman a los mostradores donde las enfermeras preparan los tratamientos, a lo que llaman “control de enfermería”.

- El gotero se ha terminado… -suelen avisar, suelen decir.

En la numero seis está mi padre, su aspecto no es muy jovial. Sus ojos azules parecen querer salirse de sus orbitas, apenas si habla y respira ayudado por unos tubitos que entran en su nariz…, una infección de orina se complicó derivando en neumonía. Los goteros cuelgan sobre su cabeza y los líquidos, los sueros y los antibióticos se deslizan y van penetrando en su organismo por una vía abierta en su mano izquierda…, la derecha lleva años inútil, como muerta.

Es el mismo lugar, el mismo entorno y mis sentimientos, verlo así me los hacen surgir, me crea una tristeza honda…, pero lucho por imponer la realidad de lo que yo creo, la realidad de nuestra biología y durante un tiempo me tranquilizo. Trato de luchar contra mi complejo de culpabilidad, ese complejo que me lleva persiguiendo durante los últimos ocho años, pero del poco a poco voy logrando zafarme. No soy culpable de que la visión de las montañas me provoque un placer inmenso que desearía compartir, no soy culpable de que observar un insecto posado en una flor o que observar la actitud de una mantis religiosa me provoquen un placer intimo, no soy culpable de que las luces del amanecer y el canto del mirlo en verano me llenen de dicha…, creo que no soy culpable de intentar ser feliz en mi mundo, cuando paseo con los chuchis, cuando pedaleo con la Bicipalo o con la Flaca, cuando monto en Run-run o sobre Agata…, pero hasta ahora mismo pensaba que era culpable.

Llovía…, uno de estos días llovía, veía el cielo plomizo y las gotas caer desde el ventanal de la habitación, veía el tráfico, percibía el ruido, veía los destellos de alguna ambulancia y escuchaba el sonido de las sirenas. Eché una mirada a mi padre, él miraba el techo, permanecía quieto y me levanté, decidí bajar a tomar un cortado.

- Voy a tomar un cortado, papa.

Afirmó con un leve gesto y salí de la habitación, de nuevo esos pasillos color crema, las escaleras de una especie de mármol rojizo y veteado.

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Y fuera, el sereno jardín al aire libre, esa especia de claustro en los que reverdece el césped y en los que crecen abetos, pinos, jacarandas…, en medio de una calma y como de una presencia, como si esos árboles estuviesen esperando a algún paciente o como si estuviesen ahí para recordarnos que pese a todo, en el fondo somos como ellos. Entes vivos complejos, mamíferos superiores, primates, homo sapiens…, pero mortales.

Y al ir a atravesar otro pabellón reconozco a mi amiga Miriam, reconozco su vieja bici apoyada en los sillares y a ella envuelta en su abrigo marrón, una pesada prenda que no la abandonará durante todo el invierno…, frente a ella y con un batín cubriendo el pijama del hospital, veo a Jonás, su compañero.

Unos pasos mas y durante unas décimas de segundo me descompongo, Jonás es un joven atractivo, de largos cabellos, de mentón afilado y hablar sosegado…, pero su piel se ha tornado amarilla y reseca, el blanco ocular parece tintado, tan amarillo como su piel…, y Miriam sonríe al verme, pero sus ojos brillan demasiado y tiene las mejillas y la nariz roja de tanto llorar.

- Nada, un tumorcillo en el sistema digestivo que ha hecho metástasis sobre el hígado… -murmura Jonás mientras lía un cigarrillo parsimoniosamente.

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Días de motos y bicicletas.

Agata ha pasado la ITV, para mi fue un trance, pero para ella no…, ¿acaso tiene vida propia…?, no, claro que no la tiene, todo está en nuestra mente, pero de nuevo prefiero seguir con esa farsa de la imaginación, de la ilusión…, antes que regresar a la realidad brutal.

Algunos de estos días voy al hospital con Agata o sobre Run-run…, y me lo paso bién, sobretodo cuando lo hago con la vieja Virago. Tiene un respirar profundo y cuando piso suavemente la palanca de cambio engrana la primera con un tirón…, clonck y toda ella se mueve, como cuando los galgos tensan la correa de la traílla o como cuando el percherón se remueve y el carro se estremece.

Y otros días salgo con la Flaca, hago la ruta de siempre y contemplo el atardecer, esas mismas luces del ocaso que antaño me acongojaban, que me entristecían y que me hacían pedalear más rápido para regresar a la urbe, como si en ella estuviese mas seguro…, ya no parecían afectarme.

Uno de estos días salí algo tarde pero sin la angustiante premura de tener que regresar a casa pronto por mi padre, él lleva ya dos semanas en el hospital y yo empiezo a batir las alas como nunca lo había hecho, sin sentirme culpable por intentar volar. Esa tarde, esas luces rojizas y veladas por la neblina, no me angustiaron, paré, encendí las luces y continué moviendo las bielas de regreso a Valencia.

A mitad de semana quedé con Joa para hacer la última rodada del año y pedaleamos relajados hacia el menhir del Cantal. Salimos cuando el sol se asomaba sobre las escarchas y los fríos, recuerdo que poco a poco la temperatura iba ascendiendo, subiendo unos grados por encima de cero.

Escuchamos el típico sonido de los basquets dejados caer sobre los camiones cuando pasamos entre las grandes fincas de cítricos, también las voces de los trabajadores extranjeros que recogían la naranja…, y después el silencio cuando alcanzamos el prado mágico.

Lo vi con un color distinto bajo un sol que ya no lucia con toda su intensidad, los cirros, sus agujas de hielo suspendidas en la atmósfera filtraban sus rayos y los enfriaban, llegaban hasta nosotros como fatigados y tibios, pero brindamos con el Somontano y dimos cuenta de las viandas que Joa había porteado sobre el trasportín de Camino, su bici de montaña. Jamón de Teruel, queso curado traído desde el norte, panes de pueblo y cafenet…, allí, en medio de aquel silencio, ante el menhir y con el cerro frente a nuestros ojos, a contraluz y oscuro, cubierto de maleza espinosa y desierto, sin vigías íberos, sin ocupación humana.

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A media tarde nos despedimos y el silencio de la carpintería, el frío y la humedad de la vieja planta baja, volvió a envolverme, a recordarme aquellas tardes del diciembre de hace ocho años cuando mi padre acababa de sufrir el ictus y apenas si tenía trabajo.

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Dias de paro.

Hace unos días Juana y Jaime vinieron a pagarme, los encontré mas delgados y callados, Jaime agachaba la cabeza y apretaba los labios.

-Pedro…, yo jamás pensaba que llegaríamos a este estado.

Lo encontré tenso, muy serio y cuando se marcharon mi carpintería volvió a quedar en silencio, con el suelo barrido, limpio de serrín y con la maquinaria callada, muda, inmóvil, con Run-run, Agata y la Flaca cubiertas por sus fundas y con los libros de contabilidad reflejando una caída brutal.

Durante unos largos minutos me quedé allí de pié, escuchando la nada, sin oír siquiera el paso de algún coche por la calle, casi escuchando mis voces, mis pensamientos y preguntándome si una persona podía trabajar hasta los 67 años si no tenía trabajo mientras que unos políticos sin moral ni principios se blindaban sus sueldos de por vida.

Miré a mi alrededor como si fuese la primera vez, vi las paredes viejas, las plantillas colgando de ellas, las máquinas que mi padre compró hace mas de cuarenta años, los tablones de madera, el banco de montaje y la luz acervezada que entraba desde la calle.

Era la luz de las farolas, la misma que iluminaba mis pasos hacia el hospital y la misma que contemplaba desde el ventanal de la habitación. Acababa de dar de cenar a mi padre con una jeringuilla, el día anterior una enfermera me había enseñado a ir presionando lentamente para que la papillas recorriese la sonda hasta la boca del estomago, al final había que cargarla con agua limpia y empujar un poco mas rápido para que la limpiase.

Sus estrechos y marchitos labios se hundían hacia las encías y permanecía silencioso, mirando el techo, los paneles cuadrados…, yo veía su perfil y a veces la avenida, el tráfico, después volvía a mirarle y los sentimientos brotaban confusos, enredados, dispares, contradictorios, inmorales o crueles…, deseaba que muriese placidamente y cuando visualizaba ese cese biológico me asaltaba un pánico que me hundía el pecho y me empujaba hacia el abismo de una mente negra y entregada a la confusión y a los complejos, a los traumas y a las obsesiones enfermizas.

Después un tenue resplandor parecía hablarme, parecía querer iluminar de nuevo la bóveda craneal y alguien abría la puerta de la habitación y encendía la luz.

La enfermera sonreía y colocaba otro gotero.



jueves, 30 de diciembre de 2010

AGATA Y LA ITV en "Run-run Zing y Agata Virago, diario de mis dos custom"

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Fue un lunes, recuerdo el sol y el frío, andaba aún como descolocado desde que mi padre ingresase en el Hospital General, eso de dormir solo, eso de no tener que subir a levantarlo, a darle el desayuno, eso de no subir a casa a media mañana a ver como estaba…, era una extraña libertad que me aportaba cierta calma, tanta que esperé sin alterarme en la oficina de seguros a que terminase una mujer.

Yo echaba miradas a la chica que gestionaba los seguros, recordé ese rostro atractivo, pero con casi veinte años más, recordaba haber asegurado allí mi viejo Seat Sport 1200, mas conocido como “Bocanegra”.

Llegó mi turno, sonreí y saqué los papeles de Agata.

- Ten cuidado no se te deshagan entre las manos –bromeé- que es muy vieja.

Ella sonrió, me preguntó mis datos y en apenas unos minutos me aseguró a la vieja Virago 535.

- Ahora ya puedes ir a pasar la ITV, en unos días te llegará el recibo del pago domiciliado, ahora te hago este provisional para que puedas circular.

- Gracias.

Regresé a la carpintería y empujé a Agata hasta la calzada, giré la llave de contacto, apreté el embrague y sin tocar el acelerador le di al arranque. El sonido ronco me hizo sonreír, regulé el estarter manual y la dejé calentar mientras cerraba las puertas y me ajustaba el casco y los guantes. Monté y la primera entró con ese tirón, con ese leve empujón que siempre me recuerda al tirón de un galgo, al de un caballo deseoso de salir al galope.

Rodé bajo el sol del medio día envuelto en ese sonido denso, tan distinto al de Run-run, di una vuelta por la ciudad para que calentase bien y también para que el disco alcanzase temperatura, las pastillas eran nuevas y ciertamente no percibía que frenase con contundencia.

Unos minutos después me deslicé por la rampa de la estación de ITV de Campanar, el ruido de los escapes dobles, recurvados como saxofones soplados por los pistones…, rebotó entre los muros. Paré tras unas scooters pilotadas por adolescentes, quité el contacto y enseguida bajo otra moto, una Honda Innova pilotada por un chico que alzaba mas de un metro noventa, se quitó el casco, me miró y dijo con acento argentino.

- Aquí son unos hijos de pu…, delante de mi echaron para atrás a un chaval porque no le cerraba bien la cerradura del asiento, falta grave y para casa.

- Joder… -murmuré mirando a la vieja custom envuelta en ese peculiar color entre agua marina, entre verde pálido…, y después me desmoroné, tuve la certeza de que no pasaría ni siquiera esa primera inspección ocular que realizaban metiendo una linternita de leds por todos los recovecos y me horrorizó la visión del precinto transparente sujetando el embellecedor izquierdo…, pero ella permanecía tranquila, de medio lado sobre su pata de cabra repleta de aceite rezumado, con su peculiar manillar recurvado.

Pero el empleado no encendió la linternita, miró la documentación, comprobó la matricula y me pidió que la pusiera en marcha…, Agata respondió, sus escapes dobles volvieron a resonaron y los enormes intermitentes redondos, como piruletas gigantes de sabor a naranja fueron parpadeando, después el foco, las luces de frenado, hasta que la rueda delantera entró en el rodillo de frenado.

- Empiece a frenar cuando yo le diga.

Volví a sentir miedo, Agata era tan vieja y las pastillas nuevas.

- Frene progresivamente ahora.

Fui apretando la maneta, el liquido fue comprimiendo el pistón y Agata saltó hacia atrás.

- Ahora la rueda trasera.

La vieja custom volvió a salir de los rodillos, frenó lo suficiente.

- Bien, espere ahí fuera un momento.

Me alejé unos pasos y vi como acercaba el sonómetro, poco a poco fue acelerándola, no demasiado…, y creo que Agata me miraba, como medio sonriendo…, pero se que no me miraba, durante unas décimas de segundo supe que era todo fruto de mi imaginación, de esa curiosa tendencia de Homo sapiens a antropizar todos sus entornos, los físicos y los mentales, de atribuir vida y capacidad de raciocinio a perros, motos y bicicletas…, incluso de ponerles nombres para que pudiesen responder a nuestras llamadas humanas. Pero decidí volver a la fantasía, decidí volver a pensar que ella miraba y que sonreía.

- Vale, recógela, para el motor y espera ahí un momento.

Tiré de agata hasta sacarla de la cabina y vi como el empleado desaparecía entre las oficinas, despues regresó, tecleó algo en el ordenador de la misma cabina y a los pocos minutos, que a mi me parecieron muchos, otro empleado me estampó el cuño para dos años sin ninguna deficiencia, ni leve, ni grave. Me fijé en los decibelios, 93 db sobre un máximo de 95 a 3750 revoluciones, nada de gases ni de medidas de carrocería o manillar.

Monté y Agata subió la rampa hacia un día soleado, encalmado, rodé sobre los márgenes del viejo cauce del Turia, giré a izquierdas y giré un poquito el puño del acelerador..., brummmm.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Ves como estoy viva...¡ -gritó la Virago aún sin nombre, en "Run-run Zing, diario de una pequeña custom 125".


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La Virago 535 sin nombre reposaba dormida o muerta sobre su pata de cabra, cada minuto pasaba frente a ella, al entrar y al salir de la carpintería, durante el día…, la miraba y me invadía la fatiga, el desasosiego, el agobio…, hasta que decidí taparla con unas piezas de tela y arrinconarla detrás de unas sillas, dejé de verla al entrar y al salir de la carpintería, los vecinos dejaron de verla y yo me relajé.

Al no verla ya no me planteaba las horas y el dinero que había que invertir en ella, el esfuerzo que podía suponer ponerla en marcha, restaurarla…, una obligación mas en mi vida, que cambió hace unos ocho años, cuando mi padre sufrió un ictus, un infarto cerebral que lo dejó hemipléjico y completamente dependiente.

Ese fue un punto de inflexión en mi vida y lentamente fue condicionando mi existencia, los primeros años me hicieron crecer, aprendí a dirigir la carpintería, a tomar decisiones, a creer en mis criterios, desarrollé algo de bondad y paciencia, de ternura y cariño hacia mi padre…, pero ahora, ocho años después me siento cansado, sin Vida propia, siento que he vivido gran parte de la vida que pueda llegar a vivir y que ya no soy el mismo, ahora solo veo obligaciones que coartan aún mas las escasas horas al día que puedo disponer para mi mismo…, y la 535 se había convertido en una obligación más, una molestia de la que ya me había intentado deshacer dos veces, le ofrecí la custom a mi vecino Pepe, él se relamió de gusto pero al día siguiente bajó diciéndome que a su mujer no le parecía muy bien. Después se la ofrecí a Matias, otro vecino mayor que desde que me vió encima de la Zing recordó los tiempos en los que volaba encima de su Ducati azul, también sonrió ante la 535, pensó en su hijo pero su sonrisa se esfumó al recordar que estaba en paro y con dos niños pequeños.

Y una de esas tardes en las que me quedé sin trabajo me acerqué a un concesionario de Honda, deseaba ver la nueva vts 750, esa especie de replica de la sporster de Harley. Entré en la tienda sin esperar encontrármela, pero allí estaba, negra y destellante bajo los halógenos del local, al ratito llegó el vendedor, un joven con unos ojos azules de mirada franca e intensa y con un apretón de manos que estrujó mis delicadas muñecas.

- ¿Me puedo sentar….? –le pregunté.

- Hombre claro, también tenemos una unidad de pruebas.

Pasé mis largas piernas por encima del sillín, me senté y de nuevo me encontré con unos mandos de cambio y freno demasiado cercanos, el deposito me pareció demasiado ancho y no sentí nada especial.

Regresé a la carpintería atravesando algunos solares, ya de noche y decidiendo dar una oportunidad a la Virago, esa Honda era la única candidata y no me había enamorado.

A la mañana siguiente compré una batería, con cuidado vertí el acido en los vasos y la dejé reposar hasta la tarde. Después miré hacia las piezas de tela que cubrían a la silenciosa Yamaha, aparté las sillas que la habían mantenido oculta durante las ultimas semanas, quité las telas y sujetándola por el revirado manillar original la coloqué en medio de la carpintería, quité el sillín y encajé la batería en su hueco, acerqué los cables y atornillé el cable de masa, después el positivo, suspiré y gemí de dolor al enderezar la espalda. Me había costado bastante manipular los pequeños tornillos.

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- Buenassss…

Mi amigo Pepe asomó por la puerta, miró a la Yamaha y después a mi.

- Ostras…, la has desenterrado –bromeó.

Pepe es mi confesor, muchas veces me hace compañía en la soledad invernal de la carpintería y estaba al día de mi desanimo, le conté lo de mi visita al concesionario de Honda y lo de la decisión de tratar de resucitar a la Virago.

- Le acabo de poner la batería…, pero no me atrevo a darle al arranque…, a ver si van a estar cogidos los pistones –confesé.

- ¿No te dijo Pedro que la moto no estaba averiada…?.

- Si…, pero también me dijo ayer que la moto llevaba dos años parada.

- Bueno…, dale a ver que ruido hace…, esto, le pusiste gasolina ¿no…?.

- Si, si.

Volví a inclinarme hacia la Virago, giré la llave del contacto y se iluminó el piloto verde bajo el velocímetro, al tiempo que un repiqueteo sutil surgía por debajo del sillín, un taca-taca-taca…, que me resultó familiar, algo había leído en los foros sobre ese ruidito.

- Joder…, ¿que es ese ruido…? –preguntó Pepe algo alarmado.

- Tranquilo, es una buena noticia…, eso debe ser la bomba de gasolina que está cebando los carburadores…, por lo menos funciona.

Coloqué el botón rojo en “On”, apreté el embragué y mi pulgar se posó el arranque.

- Bueno, vamos allá.

Apreté el botón y las escobillas chisporrotearon azuladas en las entrañas de la Virago, el cigüeñal se movió con un ronroneo natural y enmudeció.

- Los pistones no están cogidos… -murmuró Pepe- dale otra vez.

Volví a embragar y recordé que no habia cerrado el aire, bajé la palanquita hasta la mitad de su recorrido y el motor de arranque volvió a ronronear.

Esperé unos segundos y volví a intentarlo, despues una cuarta vez, una quinta intentona y el v-twin murmuró algo.

- Joder…, parece que se queria coger –susurré.

- Dale otra vez…, tocala otra vez Sam…, o intenta arrancarla Carlos…, je, je, je.

- Que cabrón eres…, vamos allá.

Mis dedos tiraron de la maneta del embrague hacia atrás, la corriente volvió a llegar al motor de arranque, sus dientes se encajaron volviendo a voltear a los pistones y el fogonazo incendió las cámaras de combustión, el cigüeñal giró por si solo y la Virago gritó desde sus escapes.

- Ves como estoy viva...¡¡¡ -gritó la Virago aún sin nombre.
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Salté hacia atrás y el ruido de ella inundó la carpintería, rompió el silencio invernal y amortiguó el ruido de lluvia sobre las uralitas, sobre la acera, sobre mis propios ánimos…, sonreía y escuchaba un sonido armonioso, sin petardeos, sin toses, observaba excitado unos escapes que no emitían humos y malos olores, ni gases ni nubes azuladas de aceite quemado…, la respiración de ella era profunda, regular, poderosa.

Pepe sonreía, yo también…, y ella permanecía al relentí, si vibrar, sin ahogos ni angustias…, al ratito se fueron formando nubes de vapor y una avispa salió despedida, toda negra, envuelta en hollín, pero viva…, me recordó a Mary Poppins saliendo de la chimenea y reí gozoso y excitado.

- Y tu que no te la querías quedar, capullo –dijo Pepe riendo y sin de mirar a la Virago sin nombre.

Unas horas después volví a sonreír, había quedado con Joa para ir al cine a ver “Entrelobos” y ella apareció vestida para la ocasión pese al frío y la lluvia, con una faldita por encima de las rodillas, imitando la piel de una serpiente, con un jersey de lana marrón, medias y abrigada con una pelliza beige.

- Cariño, aprieta este botón… -susurré entre sus cabellos, sintiendo sus mejillas junto a las mias.

Brummmm….¡.

El Making-off: Unos días después decidí que la Virago se llamaría "Agata de Momento", decidí también decorar ese curioso color entre verde y azul agua marina con unas ovejitas y unas margaritas..., a semejanza de un diseño de Agata Ruiz de la Prada..., hasta que pudiese pintarla con tonos bicipalescos.

martes, 30 de noviembre de 2010

"ENTRELOBOS", una película de Gerardo Olivares.




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Recreándose en un hecho real, acaecido en Sierra Morena a mediados de los años cincuenta, Gerardo Olivares, director y guionista, nos cuenta la vida de Marcos, un chiquillo, hijo de pastores, que es vendido a un señorito cordobés en compensación por la perdida de cinco cabras durante un ataque de los lobos…, y es así, cuando en la sala se termina de hacer la oscuridad, cuando los títulos de crédito se van sucediendo en la pantalla, cuando percibimos el aliento de los lobos y sus gruñidos, después, unos planos de las montañas de la sierra de Cardeña envueltas en brumas, en nubes bajas que se funden en los vastos alcornocales que en todo momento llenarán las secuencias del film.

En los primeros minutos los dos hermanos se mueven felices y parlanchines entre las cabras, que las arrean a gritos, a pedradas o usando la onda. El acento sureño llena las conversaciones entre los nenes y las imágenes nos muestran el entorno que en todo momento dominará la pantalla, riachuelos, pozas, losas de roca cubiertas de líquenes, los alcornoques…, hasta el ataque de los lobos. Llama la atención como los críos se defienden con sus cayados, unos gruesos bastones casi tan altos como ellos, como luchan contra el ataque…, quizás algo lento y poco dramático, apenas si se ve la sangre y no hay ningún plano de los lobos con los belfos manchados.

Gerardo Olivares escribe un guión ágil, filma una película que no se hace lenta, pese a durar casi dos horas…, es difícil resumir la vida de un niño viviendo a solas en la serranía durante diez años y ante todo sería poco comercial, pero se echa de menos los silencios y el tempo de la naturaleza.

En el filme el invierno tarda en llegar y dura muy poco en proporción a la duración del metraje, los planos generales de los paisajes y de las montañas son demasiado cortos y en ocasiones la música desvirtúa lo que debió sentir Marcos durante esos diez años…, ante todo la soledad una vez muerto el Atanasio, el cabrero que vive en una cueva y que se hace cargo de él. Y de nuevo, en la cueva primigenia se filman las mejores secuencias alrededor de un fuego, que en palabras del cabrero siempre debe de estar vivo.

Atanasio regresa de comprobar sus trampas y deja caer ante Marcos un conejo por despellejar…, el crío, de una mirada y unas expresiones que terminan embelesando a la cámara y al espectador, trata de hacerlo con una hachuela, pero desespera y termina dormido entre los restos descuartizados del conejo. A partir de ese momento el niño seguirá al cabrero, aprenderá a cazar con trampas, a convivir ante la omnipresente presencia de un precioso búho real que lo acompañará durante todo el rodaje.

Pero el cabrero muere, posiblemente de pulmonía…, muere recostado sobre un prado primaveral, bajo los rayos de un sol que duran demasiado, quizás hubiese sido mas adecuado situar esa muerte en medio del crudo invierno, en medio de alguno de los muchos temporales que Marcos debió vivir, bajo las cortinas de agua otoñales, en medio de esos silencios eternos que llenan de vida las montañas.

Se echa de menos la fotografía del otoño, algún plano detalle de la vegetación, del deshielo, del despertar primaveral…, pero el director prefiere apoyarse en la calida y brillante interpretación de un niño que llega a convivir entre lobos, a entenderlos, a escalar en su jerarquía.

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Muerto el cabrero, Marcos decide enterrarlo, pero antes levanta los ojos y descubre a decenas de buitres sobrevolándole…, los mismos leonados que una horas después le miraran retadores directamente a los ojos…, es una hermosa secuencia que Olivares enlazará mas tarde cuando llegan los empleados del señorito cordobés y buscan al cabrero y al niño.

“Entrelobos” nos hablará también del maquis, de las personas que se echaron al monte después de la Guerra Civil y los presenta surgiendo de la noche y entrando en la cueva de Atanasio, a contraluz y con los mosquetones colgados al hombro. Poco a poco la Guardia Civil los irá cercando, pero durante la película, el último maquis ayudará a Marcos en apariciones fantasmagóricas, algún plano del gatillo, de la bocacha del fusil de cerrojo…, hasta que la serranía vuelve a quedar vacía de hombres, hasta que Marcos, llamado por los lugareños “El Brutamonte” es acusado de ayudar al maquis.

“Entrelobos” nos asoma a una forma de vida ancestral, nos recuerda como de manera casual Marcos aprende a hacer fuego con dos piedras, nos enseña como usar las cortezas de los alcornoques como cuencos, como la caja donde guarda su inseparable huron o como las alas que se fabrica ya de adolescente y con las que intenta volar saltando desde un cortado. Nos muestra también como usa la cuerna de un ciervo como pequeña azada para desenterrar tubérculos silvestres o las fibras vegetales como cuerdas o como bálsamos contra el dolor, pero hervidas en ese cazo que siempre pende sobre el fuego primigenio.

Puede que “Entrelobos” aburra al publico joven, una historia contada en la soledad de la serranía no puede tener un ritmo artificial o trepidante, pero Gerardo Olivares logra un equilibrio agradable y atractivo, no profundiza en la relación entre homo y la naturaleza, entre los sentimientos profundos de Marcos…, pero nos cuenta una historia hermosa y que durante esas casi dos horas nos aleja del asfalto, del ruido, del rumor de la ciudad, de las televisiones, de los locutores…, a cambio del aleteo de las rapaces, de la llamada del búho real o de los escalofriantes gruñidos de los lobos.


El verdadero Marcos..., da la sensacion de que guarda tantas vivencias en esa mirada.

Todas las imagenes pertenecen al blog del director.

jueves, 25 de noviembre de 2010

EL AROMA DEL FUEGO PRIMIGENIO.

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El sol va perdiendo altura y los amaneceres se desperezan tristes, como metálicos, entre una claridad pálida y tibia…, sentimos como nuestra piel se eriza, como algunos tiritones nos sacuden al atardecer o en la madrugada, escuchamos los chasquidos de las hojas cuando son removidas por alguna ráfaga de viento otoñal…, son los primeros fríos, buscamos la ropa de abrigo y el pelaje se espesa en los mamíferos…, es el invierno que se asoma en la ciudad y en los montes, en la Sierra Calderona.

El sábado pasado me vestí de largo para pedalear sobre la Bicipalo, cubrí mis piernas con las mallas decoradas, teñidas de marrón, con líneas negras sinuosas, con algunos trazos de ocres y con algunas huellas de cuadrúpedos impresas sobre la lycra…, sentí esos primeros escalofríos y me subí el pasamontañas hasta la nariz, rodé sobre las pistas de tierra, aún sin escarchas, remonté la llamada Prueba del Hombre o Portixol, sentí el ambiente fresco cortando mi garganta al forzar la respiración y unas pedaladas después aspiré el aroma del fuego primigenio.

El humo se asomaba mansamente desde las chimeneas de las casitas levantadas bajo los farallones…, como siempre, pude imaginar las ramitas de pino crepitando en los hogares, a las piñas crujiendo y a los ojos de un desconocido, de una desconocida, de un anciano o de una niña, de una mujer madura y arremangada pese al fresco de estas umbrías de la Calderona… a esos ojos absortos y fijos durante unos instantes, sobre esas llamas danzantes o sobre las ascuas, sobre los carbones rojizos, sobre el fuego que se reflejó por primera vez hace mas de 1.400.000 de años…, en las pupilas de Homo ergaster, de erectus…, esos ancestros nuestros que salieron de África para poblar Oriente Medio y Asia.

Si pudiésemos viajar en el tiempo, si pudiésemos penetrar entre los resquicios de nuestro cerebro estoy seguro de que podríamos visualizar a aquellos humanos… y también estoy seguro de que esa visión, pese a todo imposible, nos provocaría una tempestad emocional, creo que seriamos incapaces de mantenerles la mirada, creo que los encontraríamos tan cercanos a nosotros, erguidos, caminando sobre sus piernas de manera grácil y acompasada, cortando pequeños troncos con sus hachas de mano, recolectando arbustos y manteniendo vivos esos fuegos que durante cientos de años les causaban pánico.

En algún momento crucial de nuestra Prehistoria, Homo deja de huir despavorido antes las erupciones volcánicas lejanas y es capaz de acercarse al fuego provocado por unas de esas bolas ardientes que expulsaban los volcanes o es capaz de acercarse a ese árbol carbonizado por el rayo…, se quemará gritará de dolor pero descubre que esa rama no se mueve, que no le persigue. Descubre que no es un predador, que no es una serpiente y de nuevo se acerca a la llama, vuelve a sentir su calor y vuelve a retroceder. Hasta que es capaz de sujetarla por el extremo que no arde…, esa llama que se reflejará en sus ojos cambiará el rumbo de Homo para siempre.

A partir de ese momento las sombras dejan de aterrar a Homo, a partir de ese momento los ciclos de la noche y del día no marcarán la actividad de los clanes, en algun momento la noche les sorprenderá y ellos no serán conscientes de que ya no se refugian instintivamente en los covachos, en los abrigos…, se sorprenderán a si mismos de permanecer despiertos cuando el resto de los animales enmudecen y duermen.


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Homo será la única especie de este planeta capaz de usar el fuego, de mantenerlo vivo y de generarlo a voluntad…, pero aún pasarían miles de años hasta que esto ultimo fuese una realidad relativamente fácil de conseguir.

Y sigo pedaleando, alejándome de las casitas a mi ritmo y anhelando ganar altura para sentir el sol. Se que cuando rebase la Font de la Gota y giré a derechas, ese mismo sol se colará entre las cumbres y me dará de frente, se que las hojas caídas de una carrasca brillarán sobre la pista repleta de cantos de rodeno asomando desde las entrañas de la Calderona…, y el aroma primigenio desaparece, vuelvo a sentirme a solas entre las paredes de rodeno oscurecido por la humedad, ocupado por los líquenes y por las matas de las trepadoras…, pienso en el silencio del invierno, en los pajarillos inmóviles, con las plumas ahuecadas y los piquitos escondidos entre sus alas, en los cérvidos inmóviles entre el bosque, en sus pelambres cubiertas de escarcha y en sus alientos vaporosos…, a Homo cubierto de pieles, hundiendo sus pies envueltos en cueros en esa misma nieve que lo arrincona en lo mas profundo de las cuevas…, recuerdo el viaje a Atapuerca y los inviernos crudos en las serranías burgalesas. Su poblador ancestral fue Homo antecessor…, aquellos pioneros no usaban el fuego hace 1.000.000 de años, sufrían los fríos abrigándose, esperando a los rayos del sol, esperando a la primavera. Pero en esas mismas cuevas kársticas, otro poblador sería capaz de hacer fuego, de calentarse…, allí mismo, Neardental ya dominaría las llamas, aprendería a mantenerlas y a prenderlas. Al mismo tiempo, en África, nuestro linaje también usaba el fuego y ambos homínidos, Neardentales y Sapiens descubrían que esas llamas servían para algo mas que para calentarse, servían para ahuyentar a las fieras, servían para cocinar las carnes…, y miles de años después, el fuego se convierte en una herramienta extraordinaria. Los mismos Neardentales son capaces de someter a altas temperaturas unas misteriosas mezclas con base de pezuñas de ungulados y lograr un adhesivo con el que consiguen afianzar las puntas de silex de sus lanzas o afirmar las lazadas de fibras vegetales o de tendones animal…, y sin dejar de arder, esas mismas llamas lograrán cocer el barro hasta endurecerlo, de nuevo ante la mirada sorprendida, ante los ojos excitados de algún hombre o mujer que será capaz de deducir que el fuego convirtió en piedra el barro, o que el fuego que fundía la nieve también descongelaba la carne.

Así imaginaba mi mente infantil y soñadora como descubrían los clanes Neardentales el uso del fuego para cocinar la carne. De manera casual un pedazo de carne quedaba junto a las llamas, se descongelaba y empezaba a cocinarse…, hasta que alguno de aquellos Hombres del Hielo percibía ese peculiar olor y decidía probar ese bocado…, esto lo imaginaba en la Europa Glacial, es curioso pero siempre asocio a Neardental al frío, al hielo, a la nieve, a la niebla, al silencio invernal. A veces recreo en mi mente la visión de las escarpadas cumbres nevadas y bajo ellas las extensiones grisáceas de espesos bosques de confieras, la nieve trabada entre sus agujas, las huellas de alguna liebre blanca sobre el manto blanco, el aullido lejano y alguna columna de humo elevándose de ente aquel dosel, estrecha, sinuosa en medio de un día encalmado y sin vientos, sin ventiscas ruidosas y cortantes…, en aquellos momentos en los que homo vive y muere completamente integrado en la naturaleza, ese humo, ese aroma primigenio delata su presencia en los bosques y en las llanuras. Imagino la alegría o la sonrisa que deberían sentir aquellos pobladores cuando percibiesen ese aroma tras días de marcha, de cacería, de exploración…, aquel olor solo se podía asociar a humanos, a calor, a compañía.


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El fuego…, la herramienta que llevó a aquella humanidad emergente a la Edad de los Metales y al propio Arte. Como siempre la imaginación me lleva a ver al artista tullido que recreó las Cuevas de Altamira, creando la obra maestra de homo a la luz de unas lamparillas capaces de no emitir humo, capaces de no tiznar de negro el prodigioso techo de la mítica caverna…, el fuego, la luz, el calor y sigue con nosotros, recuerdo la imagen de Miguela, una anciana vivaz y despierta criada en las duras montañas de la serranía conquense, en Tragacete, la recuerdo de aquellos días de agosto que pasé invitado en su casa, de gruesos muros y techos bajos. Una de aquellas mañanas, cuando bajé las escaleras, con cuidado de no golpearme contra una de las vigas, me la encontré preparando el desayuno con la cocina de leña.

- Buenos días, Pedro.

Me saludó, yo sonreí viéndola manejar con habilidad un hierro con el que levantaba la tapa de uno de los fogones para observar el danzar de las llamas dentro de la cocina de forja, después manejando concentrada y ceñuda los tiros del aire…, y después sonriendo y mirándome.

-¿Qué se ha quedado sin gas…? –le pregunté.

- Ah no… -respondió la señora Miguela, volviendo a levantar la tapa del fogón y comprobando que los leños ardían como ella deseaba- que me gusta mucho cocinar con la leña y esta cocina va muy bien.

Dentro, los carbones enrojecidos parecían contemplar hipnotizados el danzar de algunas llamas que se aupaban hacia el fogón, que morían en forma de humo y calor que ascendió hasta mi rostro y que aspiré como ese aroma primigenio,…, como el que vuelvo a percibir después de dejar las solitarias cumbres de la Calderona y volver a pedalear entre las casitas aisladas que ya han prendido algunos fuegos en sus hogares…, si, en algún momento de nuestra Prehistoria, las pieles que vestían a nuestros ancestros dejaron de oler a grasa animal, dejaron de olor a piel…., el aroma del humo impregnaría aquellas ropas y las haría humanas.

sábado, 13 de noviembre de 2010

RESTAURANDO ESQUELETAJES SUBASTADOS EN SOTHEBYS..., Y VIVIENDO MI PROPIA VIDA.




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La semana había empezado mal en mi taller de esqueletaje pero realmente por mi culpa, hay algunos modelos de sofás que me dan cierto miedo, son complicados y devoran varios tablones de madera…, el Algadhy era uno de ellos y tanto lo había esquivado que al final me pasé de fecha y el lunes no tuve mas remedio que dedicarme de lleno a construirlo para poder entregarlo el martes a primera hora. Pero Juana llamó preguntándome si no podía adelantarlo para esa misma tarde, le contesté que lo intentaría y eché a correr como un galgo, a trocear tablones, a recortar dogas curvas, a encolarlas y atornillarlas…, a echar miradas fugaces al reloj hasta comprobar que el sofá, de mas de 3.5 metros de sección curva, consumía las horas y la madera como una locomotora cuesta arriba.

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Llegó la tarde y llamé a Juana admitiendo no podría terminarlo a tiempo…, colgué y volví a la sierra, a marcar tablones y a cortarlos, a disparar decenas de grapas, a ensamblar las piezas curvas y a elevar el copete en forma de bola revesa que coronaba el respaldo…, a las nueve de la noche resonaron los últimos tiros de la pistola neumática, desconecté el compresor, me encaminé hacia la puerta y eché una ultima mirada al taller. La sala de maquinas estaba repleta de serrín y la bancada de la sierra y de la universal repleta de recortes, de restos, de despieces…, como un campo de batalla después del estruendo…, apagué las luces y subí a casa satisfecho.

El martes discurrió tranquilo, fui terminando otros encargos, por la tarde salí a pedalear con la Flaca y con Joa y su Ainielle. El miércoles terminé un conjunto de rinconera con chaise longue, algunos pufs y unas patas sueltas para elevar un canapé…, y el viernes por la mañana sonó el teléfono y reconocí la voz de Mundo.

- Hola Pedrito…, mira, tenemos aquí unos sillones que vamos a restaurar, estos también los han comprado en una subasta en Inglaterra, pero son muy profundos y el cliente no es muy alto…, me gustaría que le echaras una mirada a ver que podríamos hacer para que el cliente se encuentre cómodo.

- Pues mira, la verdad es que me muero de ganas por darme una vuelta con la moto y ahora ya tengo la excusa.

- Que bien, nos harías un favor.

- Venga, pues ahora me acerco.

Y era verdad, me apetecía mucho montar sobre Run-run y pasearme bajo el sol, las últimas pedaladas habían sido contra el vendaval y el viernes había amanecido algo calmado y con las temperaturas ascendiendo como si la primavera hubiese aparecido súbitamente.

Sonreí escuchando el relentí acompasado de la pequeña custom de 125, me bajé la visera ahumada de mi casco Vintage y volví a sonreír cuando escuché el típico y característico clank de la primera. Rodé con calma, sin prisas, recordando el examen de circulación de la semana pasada, ese aprobado sorpresa…, y paré frente a la tapicería de Mundo y Pepe.

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- ¡Hombre Pedrito…¡.

- ¿Qué tal Mundo…?.

- Pues aquí, intentando hacer cómodas estas dos joyitas…, anda, siéntate y lo entenderás.

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Me quité el casco, también la chupa de motero y me arrellané en uno de los sillones, me sentí cómodo pero en una posición que invitaba a dormitar, a sestear antes que a leer un libro o a mantener una charla agradable medianamente erguido.

- Para dormir están bien –dije.

- Si, para eso si…, pero es que tu eres alto y el cliente no. Habíamos pensado en suplementar el copete y en recortarlo unos cinco centímetros de delante.

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- Esto es crin de caballo….-murmuré.

- Si, si…, de goma espuma no tiene nada –aseveró Pepe.

Me fijé en las patas torneadas, en los casquillos de metal que alojaban las ruedas y durante unos instantes pude imaginar al artesano clavando los “gabarrotes” a mano, golpeando con las estrechas cabezas de sus martillos una y otra vez, después embutiendo las fibras vegetales, moldeando con las manos y usando la aguja y la cuerda para fijar esos volúmenes, esas líneas. Dando de punto y observando los acabados, después colocando los muelles del asiento, volviendo a usar la cuerda para forzarlos y llevarlos a las alturas deseadas.

Imaginé al caballo, a la yegua o al potro que hubiese llevado esas crines sobre sus poderosas nucas, también imaginé a los agricultores que recogían la arpillera, el esparto, las fibras vegetales que los tapiceros habían usado para revestir el esqueleto de madera y después esas fraguas primigenias de la Edad del Hierro, de los Metales…, cuando homo descubre la fundición, la forja. Cuando el hombre crea las primeras herramientas de metal, las primeras armas, de filos mucho mas duraderos que los de silex, cuando es capaz de idear los primeros clavos…, esos dos sillones estaban impregnados de los viejos oficios, de las viejas artes surgidos de entre los materiales de la tierra, de la naturaleza.

- ¿Lo tienes claro, Pedrito…?, quieres un papel para apuntártelo…?.

- No hace falta…, hay que ponerle las orejas, la pieza bajo el brazo para que podáis clavar la piel y recortarlo de delante para quitarle algo de profundidad.

- Mira de donde compra las piezas el hombre –dijo Pepe señalándome la etiqueta de Shotheby´s clavada en el respaldo original en tela blanca.

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- Bueno…, siempre es un honor que nos encarguen estas cosas…, de Londres a Valencia.

- Hombre, pues si… -convino Mundo- pero nos aprietan mucho en el precio y sin embargo mira lo que ha pagado él por los sillones…, ochocientos euros por cada uno.

Las palabras de Mundo resonaron durante un buen rato en mi cabeza, ni siquiera el sonido de Run-run de vuelta a casa consiguió mitigarlo. De nuevo los intermediarios se llevaban el dinero y de nuevo los artesanos, las personas con oficio y habilidad se alimentaban de las migajas de los poderosos, de los especuladores, de los negociantes, de los comisionistas…, clank, engrané primera cuando se iluminó la esfera verde, aceleré y cambié a segunda, giré a derechas y al final de la avenida, entre las altas siluetas de las viviendas, entre los perfiles encorvados de las farolas y bajo un cielo diáfano…, descubrí los conocidos perfiles de la Calderona, sonreí dentro del casco y piloté hacia mi carpintería.

Yo también me alimentaba de esas migajas…, pero de momento podía pedalear por la Sierra Calderona todos los sábados, de momento podía pedalear con la Flaca los martes, los jueves y los domingos…., o cualquier otro día de la semana que amaneciese encalmado, soleado…, invitando a sentir el sol y a la naturaleza, a mi propio organismo en armonía…, mas allá de las facturas, de los caprichos de los decoradores o del trato brusco y antipático de algunos clientes.

Recuerdo que una vez me citaron un sábado para ver un trabajo…, también recuerdo que contesté…, “los sábados pedaleo por la Calderona…”.

sábado, 6 de noviembre de 2010

LA SIERRA CALDERONA..., SIEMPRE AHÍ.

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Run-run, la pequeña custom 125 no hace demasiado ruido…, pero comparado con el rodar de la Bicipalo o de la Flaca, su marcha es estruendosa y repleta de ruidos aerodinámicos, el viento se arremolina alrededor del casco y hace que los camales del pantalón aleteen mientras enfilo la horquilla delantera hacia la Sierra Calderona…, para después enmudecer y tan solo escuchar el rodar de la Bicipalo, el crujido de la tierra y de las piedrecitas bajo sus neumáticos…, y en medio de ese silencio, de esa calma, recuerdo la rodada de la semana pasada en un día gris y ventoso.
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Recuerdo que lo pasé bien, como si me reencontrara con la serranía y su soledad, aún no con esa soledad invernal que pronto se abatirá sobre ella pero ya con los primeros fríos asomando de entre las umbrías, como si descendieran de los picos mas altos, como si el invierno migrase a las tierras mas altas para después abatirse sobre los llanos con su velo blanco y gélido.

Pero hoy contemplaba una Calderona que se desperezaba pausadamente, casi como somnolienta pero sonriente bajo un cielo límpido, despejado, sin brumas, sin nubes altas, sin las marcas blanquecinas de los reactores…, tan solo ocupado por un sol que emergía y se elevaba ardiente y generoso, benevolente, dadivoso de vida y calor…, tan ajeno y tan distante a los recuerdos que iban acudiendo a mi mente mientras las pedaladas se sucedían entre aromas, entre olores, entre algunos jadeos, entre los saludos a otros ciclistas, entre las rampas del Portixol, de la Font de Berro…, tras serpentear entre sus pistas, algunas con el suelo rojizo por el rodeno, otras mas amplias y soleadas, algo resecas y blanquecinas.

Los pensamientos iban y venían, pedaleaba y recordaba el dolor de las rodillas que me acompañó durante la última práctica de moto antes del examen. Al final estaba cansado y deseando dejar la naked y montar sobre mi cómoda Run-run. Al día siguiente me adelantaron la hora del examen sin previo aviso, rodé con mi pequeña custom hasta la zona de examen y sonreía a un día que también había amanecido despejado y luminoso. Valencia resplandecía e incluso pude ver los azules perfiles de la Calderona desde los amplios viales abiertos alrededor de la zona de Campanar…, sigo pedaleando después de beber agua en el Berro, remontando de cara al sol hacia el Collado de la Moreira, a solas y habiendo dejado atrás a un par de ciclistas que me han atacado en el Portixol, me han sacado un par de metros pero en la segunda curva uno de ellos se ha parado y al otro le hecho jadear tras mi rueda…, sonrío aliviado, el examen ya lo pasé, es una preocupación menos y algo tan distante a esto que me rodea, al pinar que permanece inmóvil sobre la Moreria en calma, mirando a un mar que asoma y destella deslumbrante ahí donde la serranía declina hasta besar las aguas del mediterráneo.

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Desciendo por la pista del Campillo y vuelvo a contemplar esos horizontes azules, de nuevo al perpetuo penacho de vapor de la nuclear inmóvil en la distancia. Es un azul falso, es una ilusión óptica, es una visión recreada por mi cerebro, por mis neuronas engañadas, es la imagen que se recrea en la oscuridad de la bóveda craneal y que poco a poco va adquiriendo perfiles, colores y tramas reales, se llena de detalles conforme sigo descendiendo hacia la llanura del Camp del Turia.

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El azul de ese horizonte es ahora verde y marrón, es el negro del asfalto y el color del pinar, de los romeros y de las coscojas, del mismo pelaje marrón y negro de Norton. Pero al volver los ojos hacia la serranía descubro que ahora ella se ha vuelto azul, sus pistas rojizas o blanquecinas son ahora azules, sus pinares son ahora del color del cielo…, una realidad cambiante, una realidad que voy descubriendo lentamente.

El sol inunda la terraza, puedo escuchar el zumbido de los insectos, el zumbido de la vida, puedo ver los destellos de las alas de las libélulas sobrevolando la piscina y puedo paladear el café ganado después de la pedalada. Escucho los trinos de los estorninos, algunos gorriones…, pero son sonidos que se conjugan con la calma y el bienestar, con el silencio natural que reinaría sin la presencia de homo.

Vuelvo a mirar al cielo y vuelvo a verlo diáfano, puro…, ya no veo las fugaces siluetas de las golondrinas, ya se marcharon a África y yo aún estoy aquí. Algo mas relajado, puede que un poco mas tranquilo y sosegado, saboreando el café y sentado en la terraza, volviendo a recordar la voz del examinador resonando en el casco o reviviendo la entrevista de trabajo que tuve el viernes a medio día. El señor Emilio, se mostró amigable, accesible, de trato afable…, incluso me atreví a rectificarle el dibujo que estaba haciendo de un cabezal de cama que me iba a encargar. Recuerdo también el lento tráfico de vuelta a Valencia desde Alcacer, los cuatro carriles de la autovía saturados y mi sonrisa al recordar que ya había aprobado el dichoso carné de la moto.

Y ahora, aquí todo es tan distinto, todo es tan distinto allí arriba, entre las montañas, tan natural, tan a merced del viento y de la lluvia, de la calma y de la tormenta.

Pero el café también se termina y los chuchis están nerviosos porque quieren salir a correr, a olfatear a los conejos, a rastrear entre las matas de esparto, a olisquear, a reproducir en sus cerebros la realidad que les llega desde su prodigioso olfato, otra realidad que está ahí pero de la que yo apenas si percibo un atisbo en forma de olores conocidos.

jueves, 28 de octubre de 2010

LA CAIDA..., en "Run-run Zing, diario de una pequeña custom 125".

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La rotonda de cristal, la luz roja, el instinto.

Crash….¡¡¡, el impactó resonó por el interior del caso, durante décimas de segundo imaginé mi sien resquebrajada contra el cristalino asfalto de la rotonda, imaginé mis pómulos hundidos y la mandíbula fracturada…, , pero era el casco integral de la autoescuela el que cubría mi cabeza y no mi estiloso jet Vintage. Después vi a la moto caída sobre su costado izquierdo, resbalando, arrastrando sobre ese asfalto que reflejaba la luz de un sol tímido, casi gris…, de la fresca mañana. Me sorprendió como se deslizaba sin parar hasta que quedó quieta, inmóvil y muda en medio del amplio circulo repleto de semáforos y de coches que se habían quedado petrificados ante el deslizar de la naked verde y blanca, sin piloto

Cuando levanté la cabeza reconocí la cara del monitor frente a mi.

- ¿Estas bien, Pedro…?.

A través de la visera pude ver la preocupación en su rostro, alrededor de esos ojos azules que asomaban bajo unos parpados algo caídos.

- Creo que si.

Me ayudó a levantarme, me dolieron las rodillas y me tranquilicé al poder mantenerme en pie…, pero en medio de un temblor y de una asfixia, de una falta de aliento que comenzaba a llenarme de angustia.

El alumno que nos acompañaba en el coche recogió la moto y nos apartamos.

- ¿Qué te ha pasado, Pedro…?.

Antes de responder volví a ver en mi mente las luces rojas del semáforo a la salida de la rotonda y después volví a oír el golpe en el casco cuando la rueda delantera deslizó aprisionada por las pinzas de freno.

- No se, imagino que demasiada información en poco tiempo…, he visto las luces rojas y supongo que he frenado bruscamente con el delantero.

- ¿Y como estas, quieres subirte al coche…?.

- Estoy que me tiemblan las piernas pero si no termino la práctica no se que pasará.

- ¿Seguro que quieres seguir, Pedro…?.

- Si.

El sueño.

Hace unos días soñé que conducía una moto que no era Run-run, iba con un compañero al que tampoco reconocí en el sueño. Conducía una “R”, una de esas motos de carretera, carenadas y rápidas como galgos…, nada que ver con mi pequeña custom.

Daba una curva muy amplia sin ir demasiado deprisa cuándo empecé a encontrarme con piedras que habían caído de un camión bañera, vi como mi compañero caía, yo esquivaba unas cuantas y al final también chocaba y me iba al suelo. Antes del primer golpe era capaz de decirme a mi mismo, “tranquilo, sentirás el primer golpe, después serán tantos y tan seguidos que ni te enterarás, después a esperar a que alguien llame a la ambulancia con un móvil y ya está". Sentí el primer revolcón, otro, otro…, hasta quedar inmóvil sobre un campo. Pasaron los minutos, pasó el tiempo…, y volvía a hablarme, " aquí no viene nadie, habrá que levantarse por uno mismo…”, lograba incorporarme sin demasiado dolor, sin demasiadas heridas salvo en los pies…, las botas habían desaparecido lijadas y asomaban mis esperpénticos dedos de los pies algo magullados y sin rastro de las punteras y ni de los calcetines.

Terminé la practica y cojeando monté sobre Run-run, me puse el casco jet Vintage y durante unos metros rodé tras el coche de la autoescuela y del alumno que pilotaba la naced que yo había usado antes.

Suspiré y aceleré, cambié a segunda, volví a acelerar y cambié a tercera…, las rodillas me iban doliendo mas, el tobillo también…, pero volvía a montar, a ir en moto pero lamentándome de que esa tarde y en unos cuantos días no podría montar ni en la Flaca ni en la Bicipalo…, incluso temí por el encuentro del día 31 en Cocentaina.

domingo, 17 de octubre de 2010

A PEDALADAS HASTA PORTA COELI, EL CAMINO DE LAS CANTERAS, DONDE JONATHAN.

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No queda mucho espacio para ver el cielo desde mi calle en Valencia, pero levanto la cabeza y lo veo luminoso, con nubes que navegan y que a veces ocultan el sol, que a veces se vuelven grises y plomizas como las de ayer pero que no llegan a deshacerse en lluvia, ellas siguen navegando y vuelve a asomarse el sol…, no lo dudo más y decido sacar a la Flaca de su rincón en la carpintería y montar.

Pasan unos minutos de las tres de la tarde, el sabor del arroz al horno aún inunda mi garganta pero después de un día de lluvia encerrado en el piso tengo ganas de salir a rodar…, monto y recorro la calle sin prisas, virando al final a izquierdas, de nuevo a ese lado…, sigo pedaleando, atravieso el viejo cauce del Turia convertido ahora en un serpenteante vergel, repleto de pinos, de palmeras, de chopos, de arbustos, de rincones húmedos y verdes, a menudo silenciosos y solitarios. Ya sin vegetación de ribera, ya sin las aguas transparentes de ese río que atravesaba la ciudad hasta el mar y en el que pescaban desde barbos hasta rollizas anguilas, muy cerca de mi barrio…, algo que aún me sigue pareciendo extraordinario, casi increíble. De mi infancia recuerdo el viejo cauce del río como una tierra peligrosa, aún puedo ver el agua resbalando por el azud y a Juan Antonio, uno de mis amigos, el mas audaz y valiente, lo recuerdo delgado, de piel morena y muy ágil…, era capaz de caminar sobre el verdín sin resbalar, era capaz de trepar entre los sillares de los altos muros que encajonaban el río pero que fueron insuficientes para contener la brutal riada del 57, aquella inmensa ola de lodo saltó los pretiles inundando muchos barrios de la ciudad. No la viví, tan solo recuerdo el cauce del río como una especie de acequia maloliente, de aguas turbias, de riberas sucias y ocupadas por altos macizos de cañas. Mi padre solía cortar algunos manojos y después, en la carpintería las limpiaba, las enderezaba sometiendo sus fibras al calor de las cenizas, después la seleccionaba por calibres, remataba los extremos con cilindros de latón…, y finalmente pescaba con ellas en el Puchol o en el Perellonet.


En el despacho de la carpintería aún quedan algunas de ellas, puede que por eso, siempre que pedaleo junto al barranco del Carraixet me hipnotiza la visión de esos mares de cañas.

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Y las tengo ante mis ojos, poco a poco voy aflojando la pedalada después de atravesar el nuevo polígono industrial de Bétera, llamado de L`Horta Vella, después de salvar un par de rotondas y después de que los nuevos viales me hallan conducido hasta el barranco. Echo pié a tierra frente a uno de esos macizos y observo como el viento de levante, el mismo que hinchaba las velas en los lienzos de Sorolla, el mismo que secaba aquella ropas al tiempo que el salitre se entrelazaba en sus hilos…, mueve las largas y estrechas hojas, puedo escuchar como rozan entre si, como chasquean y como sus espigas se comban soltando pequeños hilos que vuelan sin que nadie los vea…, mas allá descubro las conocidas cumbres de la Calderona como azules y otras verdosas y mas vivas bajo los haces de un sol que se asoma caprichoso cuando las nubes dejan algún hueco, cuando se separan durante unos instantes y puedo percibir su luz calida, pero ya algo débil, ya mas tímida, como las ultimas llamas de un fuego que languidece con los días mas frescos, cortos y húmedos del otoño recién llegado.

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No puedo evitar contemplar emocionado el barranco, esa rambla, ese lecho repleto de cantos rodados, de bancos de arena, de manchas enormes de guijarros…, entre matas de baladres y otros arbustos cuyos nombres desconozco, pero veo vida ahí donde la naturaleza tajó como una cicatriz, como un enorme reguero por el que periódicamente corre el agua embravecida, fugaz, rojiza, teñida con el rodeno y la tierra roja arrancada a la sierra Calderona cuando las lluvias torrenciales descarnan sus laderas…, durante miles y miles de años. Me hipnotiza ese río inmóvil, mudo, sus burbujas ni remolinos, sin truchas ni barbos nadando a contracorriente, sin eclosiones de insectos al atardecer, sin las inmersiones audaces y fascinantes de los martines pescadores…, como ocurre aguas arriba en el Turia. Veo un lecho ahora seco pero lleno de vida, la intuyo bajo sus piedras, entre sus arenales y a veces, como este verano, sobre alguno de sus enormes cantos rodados. Descubrí la silueta del conejo sobre unas de esas piedras, quieto, inmóvil ante los primeros resplandores del sol…, sonreí al haber descubierto su pequeño y sutil perfil, encogido y orejudo, mientras daba pedales sobre la Flaca, me imaginé caminando por el lecho junto a Norton, me imaginé el lance imposible del conejo huyendo y de mi medio galgo lanzado a la carrera sobre esos lechos pedregosos del hermoso barranco de Carraixet, a veces imagino esas mismas carreras en alguna llanura manchega, a veces me imagino a mi mismo caminando sin mas destino que el de la siguiente liebre, del siguiente episodio de mi vida…, y sigo pedaleando hacia ella, hacia la Sierra Calderona, salgo a la altura de la antigua caseta de la Cruz Roja y voy remontando el suave repecho que lleva hacia la base de la OTAN, alcanzo la rotonda, viró hacia Porta Coeli y pedaleo sobre la vía de servicio, a la altura de la base me salgo a la carretera y la brisa marina parece empujarme, noto como la Flaca se mueve con facilidad y observo los campos de naranjos a mi derecha, el bosque mediterráneo a mi izquierda, tras las alambradas. Un bosque casi virgen de algarrobos y pinos, de matas de esparto que forman como planicies doradas, de espesas coscojas…, escucho el graznido seco de las urracas, la rodadura de las estrechas ruedas, la resonancia del carbono…, y siempre es así.

La carretera se alarga, traza suaves curvas…, ya no hay coches aparcados, ni semáforos, tampoco las fachadas de los edificios ni vías del tren que cruzar…, ya dejé atrás las calles de Burjasot y Godella, la ciudad…, ahora echo una mirada a los caballos del picadero, la misma brisa me trae el olor peculiar y durante unos instantes mis ojos se encuentran con los suyos, me gusta…, y sigo dando pedales tranquilo, remontando, dejando el firme bueno justo a la altura del desvío hacia el sanatorio y rodando sobre el asfalto bacheado y ondulado que sigue ascendiendo hacia Porta Coeli, hacia la Cartuja, hacia el camino de las Canteras. Son las raíces de los pinos las que abomban la carretera, de los mismos pinos que crecen junto a ella y que me relajan. Las lomas y cimas de la Calderona están ahora mas cerca, han cambiado sus formas y veo con mas detalle sus vallejos, sus umbrías, sus cortados, su vegetación que vira a verdes vivos o verdes apagados cuando las nubes se interponen ante el sol vespertino.

Voy aminorando y paro en el aparcamiento del Pla de Lucas, no hay nadie y el silencio me llena de calma, solo escucho el viento, el canto de alguna avecilla o de nuevo las voces roncas de las urracas saqueando los contenedores de basura…, pero el lugar rezuma calma, paz, tranquilidad…, es tan distinto a la ciudad que acabo de dejar y me vuelve a sorprender el hecho de que sea tan fácil salir de la urbe y asomarte a la naturaleza dando pedaladas, una tras otra, sin hacer ruido, sin contaminar, usando tu propio cuerpo, sintiéndote con fuerzas suficientes para rodar relajadamente…, tan solo anhelando este premio, este sosiego, estas visiones.


Vuelvo a montar, giro a derechas y ruedo ya sobre el Camino de las Canteras, la luz filtrada por las nubes inunda el asfalto, un asfalto que antaño estaba sombreado por los pinos que lo flanqueaban…, ahora, solo veo sus tocones aserrados, los restos de virutas esparcidos por el suelo desbrozado, veo sus troncos apilados, muertos, desprovistos de sus ramas, mudos, sin que la brisa los haga hablar. Veo las laderas desnudas tras el desmonte, tras los cortafuegos abiertos en otro intento político de demostrar al público que la Calderona importa…, política efectista pero torpe y ciega. No puedo evitar pensar en la multitud de lugares casi inaccesibles de esta serranía en la que habitan endemismos valiosos, en la que se refugia la fauna mas valorada…, en esos encalves no se ha hecho anda, no se han abierto cortafuegos que es donde los fuegos corren y mas daño hacen…, pero claro, si esos trabajos se hubiesen realizado en el corazón de la sierra nadie los habría visto, el padre de familia que viene a pasear al Pla de Lucas, con su mujer y sus hijos no lo habrían visto, pero si que ven los enormes cortafuegos abiertos a ambos lados de la carretera…, mejor no seguir pensando en la estupidez y en la inmoralidad sin limites de quienes nos gobiernan, mejor volver la vista al bosque que vuelve a asomarse al Camino de las Canteras, aquí aún no han llegado las motosierras, lo harán en unas semanas, me imagino.

Ruedo en silencio, a solas…, incluso la rodadura sutil asemeja un estruendo en medio de esta calma, sigo remontando, clack, clack, clack…, subo coronas para trepar por encima de las viejas naves de usadas para el cultivo de champiñones, voy remontando y echando miradas a mi derecha, se ve e llano allí abajo, algunos islotes de sol, algunas brumas, el cielo como emborronado y siento de frente el viento marino.

Después el breve descenso, suspiro, recupero el aliento y me tumbo en los virajes sin pedalear…, no tengo prisa, me siento bien…, y entro en la garganta, en el húmedo estrecho, en el pequeño cañón en el que crece el musgo, los líquenes, en el que los pinos y los cortados ocultan para siempre la luz del sol…, recuerdo como el hielo y la nieve se acumuló el invierno pasado sobre los viejos y pequeños pretiles de rodeno del puentecito, allí resistió la escarcha la amanecida y me obsequió con destellos, con brillos aquel domingo invernal.

Encaro el último repecho, me levanto del sillín y pedaleo relajado, aprovechando para estirar un poco los músculos, para relajar la espalda baja, ruedo pegado a los taludes rojizos, teñidos por el rodeno, veo la pinocha caída, los rugosos troncos del pinar, esos chalets silenciosos, cobijados a la sombra del bosque y de la propia montaña, encaramados en sus laderas y como adormilados con los primeros frescos otoñales. No hay nadie tomando un café en sus terrazas, no hay nadie barriendo esa misma pinocha y el agua de las piscinas esta quieta, tan solo movida por la brisa del mar que hasta aquí remonta briosa a partir del mediodía, jornada tras jornada, día tras día…, hasta que llegan los vientos del norte que soplan de tierra adentro hacia el mar.

Conozco a unos de los dueños, son vecinos de Valencia y ya están mayores, Vicente aún conduce…, pero es el ciclo natural, casi como el de las estaciones, pero en homo no se repiten, nacemos en la primavera, crecemos y vivimos en el verano, en el otoño maduramos y somos capaces de ver en la distancia, también somos capaces de volver esa mirada hacia atrás y de ver nuestras vidas pasadas…, y en el silencio invernal nos calmamos, buscamos ese rincón seguro, la ultima brasa, el ultimo carbón antes de regresar a ella, a la Madre Tierra.

Corono el alto, suspiro y vuelvo a dejarme caer, cambio al plato grande, percibo el traqueteo del asfalto resquebrajado y roto por las heladas, voy trazando las curvas, percibiendo ya el aroma de la leña quemada escapando por alguna chimenea y enfilo la recta que lleva a la carretera, veo la señal de STOP convertida en un santuario, veo su foto, su imagen…, aminoro y paro frente a ella, frente a la imagen de Jonathan. Después aún descubro sobre el asfalto una mancha oscura, irregular, alargada, envuelta por el trazo de un spray plateado…, sus amigos le recuerdan.


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De nuevo vuelvo a mirar la fotografía de un jovenzuelo que no tenia ni dieciocho años, veo sus rasgos finos, sus facciones suaves, aún por madurar, aún por reflejar los problemas y los pesares de la edad, veo la imagen de la ilusión, de las ganas de pedalear, de competir, de gozar de las bicis y de los amigos. De esos amigos de la peña Btt La Pajara de Xirivella que lo acogieron como al hijo de todos ellos…, me contaron después que algunos de ellos no pudieron soportar el golpe de la muerte, que se hundieron sintiéndose culpables por haber pedaleado junto a él, por haberle contagiado la pasión por los pedales, por el asfalto, por la tierra de las pistas forestales cuando hacían montaña…, también la pasión por la vida, pero la muerte es inasumible, la muerte así, violenta y artificial te rompe el corazón, te golpea profundamente y te lanza al abismo.

Alguien ha hecho una pequeña bicicleta con hilo de cobre y la ha dejado ahí, alguien ha colgado un par de crucifijos…, incluso la brisa parece dedicarle un recuerdo en medio de este silencio, murmura entre las ramas de los pinos…, yo la escucho, percibo el silencio, trato de vivirlo, de no olvidar este momento. La imagen de Jonathan permanece ahí, junto a los viejos olivos silenciosos y con sus troncos cubiertos de musgo…, en un lugar hermoso, entre el paso silencioso y continuado, a veces espaciado de ciclistas, algunos jóvenes como lo fue él y otros viejos y cansados pero que no dejan de hacer el Camino de las Canteras, que no dejan de subir al Oronet o al Garbí, que sienten que cada año les cuesta mas pero que saben que cada año puede ser el ultimo…, y posiblemente alguno de ellos mire a Jonathan como lo estoy mirando yo en estos momentos y diga murmurando envuelto en su propia soledad.

- Si era un xiquet.

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Y volverá a pedalear lentamente, sintiendo sus rodillas entumecidas y la espalda anquilosada, recordando a otros compañeros que también dejaron sus vidas en la carretera hasta que las rampas le hagan jadear y se incline hacia el manillar en un ultimo esfuerzo por vivir, por coronar…., una vez mas.



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