sábado 5 de diciembre de 2009

UNA SENSACIÓN, UNA PERCEPCIÓN, UN SENTIMIENTO..., ANTE EL MENHIR DEL CANTAL.






.

La pantalla del portátil mostraba el mapa descargado desde su inseparable GPS, una imagen blanca y brillante que llenaba el perfil de Joa con esa misma claridad. Sus propios rasgos, sus pómulos, la nariz, sus labios, su frente..., podrían ser las curvas de nivel, los hondos y las crestas, las sendas y los caminos que a ella fascinan y hechizan..., estaba descargando del GPS la ruta del domingo, manejando el ratón y observando todo el trazado.
-Ah... ¿sabias que la piedra es un menhir rodeado de asentamientos ibéricos...? -musitó apartando sus ojos del PC y mirándome con una sonrisa.
- ¿Qué...?.
- Si..., me lo dijo un compañero del colegio, yo no lo sabía.
Me recliné en la silla y suspiré..., unos segundos después sentí como mi piel se erizaba y como me invadía una súbita excitación.
- Joder..., pues yo no lo sabía..., pero cariño, creo que intuí algo..., el Cantal siempre me ha provocado unas sensaciones extrañas..., sobre todo la primera vez que llegué hasta allí tirando de mapa militar y a solas..., y es un menhir -murmuré- cariño, me gustaría volver este “finde”.
Joa sonrió, soltó el ratón y rozó mi barbilla, me miro a los ojos y asintió.
- Bien..., pues repetimos, pero eso de arrastrar a Camino por la pedrera...
- No..., tranquila que volveremos por otro sitio.
- Mejor..., hala, a ver su guardo esto y fem el soparet.
Volví mis ojos hacia la pantalla y vi de nuevo esas líneas de nivel, las cotas, el trazado de las ramblas y de los barrancos, los cantos rodados que las inundaban, inmóviles y silenciosos, los terraplenes que las avenidas habían erosionado durante miles y miles de años..., pedaleaba solo, consultando el mapa militar cada centena de metros, parando en los cruces y tratando de encontrar referencias. En aquel cruce volví a detenerme, volví a consultar y decidí girar a derechas..., hace ya más de ocho años de aquella pedalada en solitario por los áridos montes de Lliria y recuerdo que giré a derechas, según marcaba el mapa militar a escala 1/50.000. Di unas pocas pedaladas, fui virando a izquierdas, descansando con la ligera pendiente que atenuaba la pedalada y entonces descubrí aquel llano escondido, una planicie que se inclinaba dulcemente hacia el este, cubierta por un pasto verde y vivo, disperso pero que en la distancia surgía lleno de vida y de color en medio de aquellos caminos blancuzcos, en medio de aquellas ramblas grises y pétreas, en medio de las matas leñosas y espinosas que sobrevivían sin agua..., y que me habían acompañado durante toda la ruta y que habían fijado en mi mente esa sensación de aridez y dureza que en esos momentos se disperso ante la visión de aquella piedra que surgía en medio de la pradera, rodeaba de colinas, como escondida tras ellas.
.












.

Eché pié a tierra, imagino que bebí algo y la observé, no puedo recordar que sentí exactamente en aquellos momentos, pero si se que me quedé allí, en medio de ese paraje tan especial durante algún rato, observando la piedra que apuntaba al cielo, gris y aguzada, como a punto de despegar..., y rodeada de esas hierbas serranas, de cortos tallos, como fieles y sumisas a la eterna roca.

Consulté otra vez el mapa y descubrí que ese lugar estaba marcado como El Cantal..., realmente casi todos los rincones de la serranía tenían nombres, cada colina, cada estrecho, cada rambla, cada collado..., El Salto del Caballo, el Collado del Lobo, el Collado Rojo, el Llosar, Cometa, Cugé, La Murta..., ¿el Collado Rojo...?, ¡claro...!, lo recordé en ese momento, era la franja de rodeno que afloraba a mitad de descenso desde el Alto de Romero hacia el barranco de Albalat, girando a izquierdas y viendo ante mis ojos aquella tierra roja que remataba un pico con unas pequeñas ruinas tan ocres y coloradas que parecían haber surgido de forma natural del mismo pico...,




.




















.

...pero allí no se veía ningún cartel, ningún indicador, no había ningún lugareño al que preguntar..., pero desde luego estas montañas habían estado habitadas, las gentes se habían movido por ellas y habían ido bautizando cada entorno, cada enclave, cada piedra, sus escasas fuentes..., las habían caminado y conocido, dormido en ellas, cazado y cultivado..., y también habrían muerto en ellas...., pero ellas continuaban ahí, rodeándome, la piedra también, quieta, inmóvil, aquel curioso lugar en el que algunas pequeñas rocas grises destacaban sobre el pasto, estaban fuera de lugar y daba la sensación de que alguien las había llevado hasta allí, de que en algún momento habían sido utilizadas..., como para tender uno de los ribazos que corría a mi izquierda, como los otros que subían la montaña y se perdían entre la maleza, entre el pinar que crecía hacia unos peñascos también grises.

Volví a montar, repasé otra vez el mapa..., imagino que eché una última mirada a esa piedra, a aquel lugar tan especial y volví a pedalear. A los pocos metros me encontré con una pista que trepaba recta hacia la cumbre de otra loma, sin zig-zags, sin curvas..., era la misma que Joa y yo estábamos subiendo el domingo de la semana anterior y estaba destrozada, tan solo un tramo de tierra roja en las primeras rampas se había mantenido firme, el resto era una auténtica cantera, un canchal de roca suelta que terminó por abatir a Joa, a mi también, al final eché pié a tierra y decidí subir empujando a la Bicipalo, una pendiente del 18% y sobre miles y miles de piedras erosionadas y arrancadas a las montañas por las lluvias y los hielos de los últimos ocho años..., eran un riesgo innecesario para mis músculos.
.































.

Coroné la última loma, dejé a la Bicipalo tumbada sobre las piedras y bajé a buscar a Joa, estaba al otro lado de la montaña y cuando llegué hasta ella se negó a dejarme a Camino.

- Pero chica...
- Que no, Camino es mia y la arrastro yo.
Y siguió tirando de su bici por el manillar, remontando sobre la pista convertida en una estrecha lengua de rocas, de cantos, de piedras sobre las que resbalaban nuestras zapatillas..., llegamos a la cima y vi a Joa algo blanca, un poco mareada y buscando sus botellines de agua. Poco a poco fue recobrando el aliento y miró en derredor.
Se escuchaba el zumbido de los insectos..., solo eso y el cielo parecía muy cerca de nuestros cascos, allí arriba, en el Collado del Lobo, en una cima de vegetación rala, sin pinares ni alcornocales, solo aromáticas y espinosas, lomos de roca grisácea, gravas, arbustos y ese silencio que nos envolvía hasta que Joa murmuró.
- Es que esos barrancos de ahí abajo me sofocan..., y por mas que quería no podía seguirte.
- Cariño, es que ayer nos dimos un buen tute.
- Si será eso..., desde el viaje a Finisterre no había doblado días de bici..., y doblar días de bici contigo es demasiado, cariño, demasiado para mi.
Imagino que nos besamos, después nos dejamos caer por la serpenteante pista que desciende hasta la rambla del barranco de Albalat..., y justo una semana después le proponía de nuevo, volver al Cantal, repetir la ruta, volver a ese prado del que emergía el menhir como si una curiosa y caprichosa fuerza tectónica hubiese fracturado la roca, como si la hubiese tallado para luego empujarla desde las entrañas de la serranía hasta que su vértice surgiese para apuntar al sol, hacia las estrellas de las silenciosas y solitarias noches serranas..., pero parece que no fue así, pero fueron los humanos, los pobladores primigenios de estas montañas los que excavaron en esa tierra para hincar la piedra hacia la que Joa y yo volveríamos a pedalear el sábado siguiente.
.

El Cantal.

Giré la cabeza y vi a Joa pedaleando sin desfallecer...,


.














.

...ya habíamos dejado a tras la vía de servicio, también los chales y las casetas del Pla de l´Arc, las fincas de naranjos, el Mas de Moya, las rampas blanquecinas y resecas de las Boqueras..., y pedaleábamos hacia el Alto de Abanillas, pedaleando hacia el menhir, siguiendo el camino que también lleva a Alcublas si tocar asfalto, atravesando los escasos pinares que sobrevivieron a los incendios de los años noventa y envueltos en los aromas de la aromáticas, rodeados de montañas grisáceas, cubiertas de espesos arbustos, de coscojas y aliagas, de plantas de esparto espigadas y de cadáveres retorcidos de pinos calcinados.



.







.
Miré hacia las montañas, las volví a ver una tras otra, peladas y casi como desnudas, pétreas y duras, hoscas sin una belleza cromática que alegrase la vista de esos horizontes ondulados, sin los mantos verdes que suelen difuminar la luz del día, sin los tonos ocres o amarillos del otoño, de los primeros días de invierno..., volví la vista a la pista, al camino de tierra, a las rueda delantera..., justo un poco antes de descubrirla ahí delante, enroscada junto a una piedrecilla. La esquive, desmonte y me acuclillé frente a la pequeña víbora áspid o puede que fuese una culebra viperina..., no lo tuve claro, pero le hice dos fotos mientras Joa me las hacia a mi.



.





.





.


.





Continuamos ascendiendo, ganando altura, volviendo a contemplar los horizontes azulados y distantes del Camp del Turia, las serranías de Utiel y Requena, las abruptas formas de los Serranos..., montañas y cerros, cimas y collados, picos y altos hacia los que rodábamos girando a derechas, a izquierdas, remontando y a veces dejándonos caer durante unas decenas de metros, recuperando el aliento y volviendo a sentir la calma y la soledad de estos parajes, descubriendo caminitos y sendas que se movían entre las ramblas, entre las laderas y que conducían a pequeños campos de olivos, a pequeñas terrazas de tierras amarillentas o blancas.

Viré a izquierdas, subí otro piñón y fui encarando la última rampa hacia el alto de Abanillas..., después doblando a derechas, saliendo de la protección de la montaña y entonces una ráfaga de viento me dio en el rostro, en el pecho, en los antebrazos desnudos..., me provocó un escalofrio y levanté la cabeza, vi un cielo despejado, con las estelas como congeladas de los reactores, de nuevo los horizontes azulados, allí abajo..., y descubrí que la excitación de esa tarde en la que Joa me había dicho que la piedra del Cantal era un menhir, había desaparecido, no se porqué..., pero tampoco le di mayor trascendencia, seguí pedaleando, volviendo a virar a derechas, remontando un repechito, girando a izquierdas y saliendo a la pista que subía por mi derecha desde la cuesta de la Sardina y por la derecha desde la Masia de Abanillas.

Desmonté, eché un trago de isotónica y miré hacia las montañas que nos cerraban el paso hacia el Cantal, por encima de ellas se podía ver el pico de Montemayor a 1015 metros de altitud, con su torre vigía y la cicatriz del cortafuegos a su derecha..


.


.



La pista descendía hacia Abanillas, daba un giro a izquierdas, otro a derechas y se perdía de vista hacia esas montañas, hacia el Collado del Lobo.

Joa paró junto a mi, echó pié a tierra y sonrió buscando su botellín.

- Que diferencia de hoy con la semana pasada..., he subido sin enterarme.

Le acaricié la mejilla y esperé a que bebiese..., pude sentir su piel entre las yemas de mis dedos, el hueso de sus pómulos..., vi mi mano tocando su faz, percibiéndola..., su mirada, el guiño reflejo de sus parpados cuando mis dedos pasaban cerca de ellos o sobre sus finas cejas..., lo vi tan delicado y frágil que no pude evitar pensar en la violencia de genero, en los hombres que apalizan a las mujeres, en los hombres que rompen esos rostros a golpes, en quienes son capaces de torturarlas, de humillarlas a diario, de hacerlas sentir como seres despreciables sin dignidad y cuyo único sentido de la existencia es el de servirnos hasta la muerte..., lo único que las dignifica, según ellos.

Joa sonrió, encajó su bidón y se estiro hacia mi..., me besó y noté el agua empapando sus labios, su respiración aún algo acelerada.

- Mira cariño, se ve Montemayor... -susurró ella.

- Si..., recuerdo que era lo único que reconocía cuando exploraba estas tierras a solas y con el mapa militar..., siempre me impresionan, esas montañas de ahí delante, quiero decir..., parece que cierren el paso..., pero mira, luego te vas acercando y vas descubriendo que puedes moverte entre ellas..., es como la vida misma..., a veces nos desborda con hechos que nos parecen demoledores pero luego, si no sucumbes y vas aprendiendo con los años, descubres que la apariencia es una cosa y la realidad otra.

- ¡¡¡ Ayyy, mi literato Azorín...¡¡¡.

Joa me sujetó por la nuca y pego sus labios a los míos.

- En todo caso..., literato Pedrín ...- logré farfullar con la lengua liada.

- Vamos al Cantal cariño..., que me siento muy bien.

- Venga, vamos allá.

Volvimos a montar, dimos unas pedaladas cuesta abajo y rodamos hacia la Masia de Abanillas. Quedó a nuestra izquierda, en lo alto de una loma desde la que se podrían divisas sus tierras, los mismos campos de almendros que quedaban a ambos lados de la pista, entre los muretes, entre los ribazos que parcelaban las tierras robadas por homo al monte, a la serranía. Pude distinguir sus paredes encaladas y un reloj de sol, Joa tiró unas fotos y seguimos perdiendo altura mientras Montemayor quedaba fuera de nuestra vista y el Collado del Lobo parecía crecer mientras nosotros atravesábamos el barranco del LLosar. Una veta gris y pedregosa que partía la pista forestal, que serpenteaba repleta de gravas y cantos arrancados durante miles y miles de años a los estrechos, a las gargantas, a los barrancos por los que el agua había discurrido muchos antes de que por estas tierras se escucharan las primeras voces humanas.

Cambié al plato mediano, subí un par de piñones..., giré la cabeza, vi a Joa cruzando la rambla y continué pedaleando, ascendiendo, recuperando la altitud perdida en el descenso, rodando con el LLosar a mi izquierda, echando miradas a su cauce seco y retorcido y descubriendo las primeras notas de color, las primeras señales de esa agua escondida en medio de estas montañas secas, sin apenas umbrías, con pocas fuentes. Las hojas amarillas de algunos jóvenes chopos se movían con el viento que soplaba de vez en vez.

.






.




.

Crecían ahí, entre los guijarros, entre los cantos, entre los restos de la erosión milenaria..., en medio del silencio tan solo contaminado por el murmullo de los neumáticos sobre la tierra, por mi respiración y por mis pisadas sobre la pendiente cuando paré y eché pie a tierra frente a unas ruinas que se asomaban al barranco, frente a una cueva artificial que horadaba el talud.

Resbalando sobre la tierra suelta y arañándome contra los arbustos llegué hasta el cauce del barranco, me quedé quieto observado la roca gris, sus formas suavizadas, redondeadas..., incluso descubriendo un pequeño surco excavado en ella que conducía a una diminuta poza, un huequito en la losa lleno de agua...,


.



.




...líquido en medio de aquella aridez, un trago de vida que habría bebido sin dudar si llevase días sin beber, vagando perdido por estas montañas..., sonreí ante sus destellos y me pregunté si bajo mis zapatillas, si bajo estas placas de roca aún corría algún río subterráneo, si esa agua que había cincelado estas torrenteras, estas ramblas, estos barrancos..., aún estaba ahí, enterrada, discurriendo entre hoquedades, entre sifones y pozas sumidas en la oscuridad y en el silencio eterno.

Después trepé hasta el covacha y vi de cerca los pequeños cantos apelmazados entre la arcilla, entré, descubrí los carbones de apagados de una pequeña fogata y me sorprendió no encontrar ningún graffiti ni manchas de hollín en el techo..., ese barranco estaba demasiado lejos de cualquier chalé, de alguna urbanización desde las que los adolescentes pudiesen salir en sus bicis para divertirse en la gruta.


.




Un documento excepcional, imagen real de un auténtico


Homo bicicletecus asomandose fuera de su cueva



.


.


Bajé al barranco y remonté junto a las pequeñas ruinas de lo que debió ser una especie de molino, una balsa rodeada de brozas y arbustos surgió junto a ellas..., desde la pista no la había visto. Miré en derredor, escuché el silencio y volví a observar esos restos de presencia humana reciente. Imaginé que podrían extraer gravas del barranco, agua para las caballerías, arenas para la construcción, para los morteros con los que sellaban y aseguraban los muros de piedra.

Regresé a la pista y me encontré con Camino junto a la Bicipalo, al ratito vi a Joa destrepando una loma.

- Es que me meaba.

- Besitos, besitos.

Después separé mis labios de los suyos y dije.

- Hala..., a ver el menhir, que lo tenemos ahí al lado.

- ¡Al menhir...!.

Volvimos a montar, rodamos un rato mas y nos desviamos a la derecha en un giro muy cerrado, remontamos un suave repechito, perdimos de vista el barranco del Llosar y frente a nosotros surgió la piedra, el menhir..., en medio de esa pradera ligeramente inclinada hacia los pies de un cerro cubierto de matorral y con su cima plana y alargada. Tiznada de un verde tímido, sin brillos, sin florecillas y moteado con piedras grises esparcidas como si fuesen los restos de una enorme talla, los vestigios de algunas construcciones que hace unos 6000 años rodeasen a ese monolito aguzado que apuntaba al cielo..., un verde que recordaba a las Tierras Altas, a entornos distantes en el tiempo, en la historia de estas montañas pero presentes en forma de sensaciones, de percepciones, de sentimientos..., en formas de unos leves escalofríos..., que ese día no percibí.


.






.


Suspiré algo triste, algo defraudado por mi mismo. Toda la excitación y la emoción de esa tarde en casa de Joa cuando me dijo que la piedra era un menhir habían desaparecido..., me encontré como distante, sin la sensibilidad suficiente para percibir lo que allí acaeció hace miles de años, sin la percepción necesaria para recibir la magia del lugar, del entorno, del paraje.

Echamos pie a tierra y caminamos junto a las bicis hasta el monumento. Joa dejó a Camino sobre el pasto de estrechos tallos y poco tupido, unas hierbas que parecían empeñarse en crecer en esas tierras secas para que la piedra gris destacase sobre ellas, como si fuesen sus acólitos eternos, las hijas de las mismas que pisaron aquellos que tallaron la roca, aquellos que la arrancaron a la montaña y que transportaron hasta allí, los mismos que excavaron y que la hincaron en mitad del prado, a la falda del cerro elevado en el que se asentaron aquellos íberos que habitaron estas tierras.




.



.



.

Joa rodeó el menhir y la faltó tiempo para trepar..., me miró y posó como una sacerdotisa, como una druida, como una mujer que formaba parte de la montaña, de la tierra, de la piedra..., después me coloqué yo, toqué la roca, la observé, vi su superficie rugosa, con algunas pequeñas matas crecidas en sus grietas, vi su piel áspera, repleta de pequeños cráteres, de agujeritos y me pregunté si siempre fue así, si en algún momento aquellos canteros pulieron su superficie, si en algún rincón, si en alguna de sus facetas quedarían las huellas de alguna inscripción, alguna marca, alguna señal..., pero fui incapaz de buscarla y volví a sentirme decaído, abatido, tan moderno, tan de ciudad, tan insensible, tan lejos de las visiones que podía vivir un chaman, un hechicero..., tan distante de las vibraciones que podría reconocer un médium.


.





.

Solo percibía el silencio, el soplo fugaz del viento, el muslo caliente de Joa junto al mío cuando nos comimos unas barritas, al menhir contra mi espalda.

- Cariño..., si esto es un menhir, lo debieron traer de allí arriba... -murmuré señalando hacia unos peñascos grises y fracturados- bueno, creo que eso sería lo lógico, ¿no...?.

- ¿Es que nunca paras de pensar y de hacerte preguntas...? -respondió Joa acariciando mis mejillas.

- En el colegio nunca preguntaba nada, daba igual que no entendiese lo que explicaba el maestro..., pero ahora parece que voy siendo capaz de levantar la mano y preguntar.

Joa volvió a sonreír y apoyó su cabeza contra mi pecho..., la abracé y estuvimos así un rato, bajo el sol, apoyados contra el menhir..., en silencio, a solas..., hasta que llegó una furgoneta con dos cazadores, soltaron a dos perros que enseguida vinieron a olisquearlos. Observamos a los hombres, bajaron hasta un pinar de repoblación, anduvieron ojeando entre los tomillos, entre las resecas matitas de cardos y se marcharon. Regresó el silencio, la soledad..., al rato volvimos a escuchar el rumor de neumáticos sobre tierra, el sonido metálico de los remolques de los perros al rebotar contra los baches del camino..., es un sonido especial, lo he dicho otras veces, no se escucha el motor, solo ese crujido continuo y entonces caigo en la cuenta de que ellos no saben que estas ahí, tu los observas como si fueses el ultimo morador de la serranía, como su fueses el último cromañón, el ultimo cazador-recolector que habitó estas montañas, libre, sin fronteras, sin identidad, sin ataduras..., tan solo las del hambre, las de la sed, la del cobijo nocturno..., con tan solo las ataduras que imponía ella, la Madre.

.



El camino de la Murta.


.


Echamos una última mirada al menhir, volvió a quedar solo, ahí en medio de la pradera rodeada de cerros vigilantes, ahora desiertos, inhabitados, silenciosos..., montamos sobre La Bicipalo y Camino y fuimos rodando hasta dar con el asfalto del camino de la Murta.

- La primera vez que estuve aquí me perdí -confesó Joa- vi el asfalto y no me imaginé que esto era el camino de la Murta, daría de vueltas..., en mi mapa no salía como carretera.

- En el mío salía como una línea roja..., que ahora seguiremos hacia la Caparrota.

- A la fuente.

- Mismamente.

Giramos a derechas y fuimos remontando un repechito sobre un asfalto viejo y parcheado, sin tráfico, solitario y atravesando campos de almendros encerrados entre muretes levantados con lajas de piedra amarillenta, pero colocadas de canto. Formaban hermosas vistas, vistas centenarias, filos de piedra casi decorativos que envolvían esas terrazas que se sucedían a distintas alturas, entre campos cultivados sobre el propio perfil del monte de tierras claras y de relieves abruptos, entre barrancos de poca profundidad, entre taludes horadados por los abejarrucos, entre pinares que surgían apretados, que se dispersaban y que desaparecían ante los ribazos de los cultivos.

Fuimos remontando, ascendiendo sobre el rugoso asfalto, contemplando las ruinas de algunas parideras, de humildes casetas abandonadas y escuchando el gorjeo de una fuentecita cuando paré a esperar a Joa. Después continuamos pedaleando, descubrimos los restos a nuestra derecha de la Casa Vergara y poco después giramos a derechas, volvimos a rodar sobre la tierra, aún ganamos mas altura, algunas de esas casas quedaron al lado de la pista, asomadas desde sus muros de piedra grisácea, cerradas con ventanas y portones de madera decolorada, acerrojadas con pestillos tan viejos y agrietados como las vigas escondidas bajo las tejas..., solitarias, calladas, sin luz durante las noches, sin luz durante el día, sin humos emanando de sus chimeneas, sin aromas flotando en derredor, sin los cantos al amanecer.

La pista se inclinó un poquito y Joa me avisó.

- Es aquí, cariño.

Miré a mi derecha y descubrí la Fuente de la Caparrota a ese lado, frené, di la vuelta y desmonté junto a ella. Observé el largo abrevadero, las huellas de pezuñas en la tierra y el limo, las algas poblando el canalillo, el color blanco demasiado luminoso en aquel entorno y recordé una de esas salidas que hacia con mi amigo Martín, también llamado Luther o Wengue. Llegamos hasta aquí acalorados y sedientos..., y nos encontramos con dos chicas que no se atrevían a atravesar la nube de avispas tan sedientas como nosotros, para llenar sus botellas. Martín dio un salto hacia atrás cuando los primeros insectos zumbaron cerca de su piel, recuerdo que sonreí, pasé entre ellas y fui llenando como un invitado mas.


.




.



El viento rizó el agua del abrevadero, levantó alguna nubecilla de polvo y se marchó sin traer nada, ni voces ni olores..., solo el zumbido de algún pinar cercano, encaramado entre las laderas de las cotas que envolvían el poblado de Maria de Camarases. Contemplamos las ruinas, los corrales vacíos, las casas dejadas a su suerte, los campos que fueron trabajados y mimados décadas atrás..., miré por encima de la fuente y me pareció maravilloso que de ese monte, que de esa tierra, que de sus entrañas manase el agua que dio vida a este asentamiento, a sus animales, a sus cosechas, a sus hombres, mujeres y niños.


.




.




.





Montamos de nuevo, otra vez pedaleamos entre esas ruinas, entre los campos olvidados y casi abandonados que pueblan estas serranías deshabitadas y fuimos remontando, sorteando mas campos, mas pinares, mas terrazas y bancales que la vegetación salvaje ya había colonizado lentamente, sin ruido ni algarabía, sin expropiaciones y sin embargos..., muy despacio y por derecho natural, sin dolor ni daño.

La pista fue virando a derechas, enderezándose hacia arriba..., resoplé y fui dando pedales, trepando, ascendiendo hasta que el horizonte se terminó durante unos segundos en el Collado del Lobo..., el viento dio contra mi rostro, me espetó y el matador giró sobe sus cuartos traseros, se escabulló entre las coscojas, entre las carrascas y trotó entre los barrancos y estrechos, sobre la roca y entre las matas aromáticas que impregnaban su hocico y su pelaje pardo y áspero, de olores serranos..., un olor distinto al que olfateo alzando el hocico negro y húmedo.

El lobo volvió a deslizarse entre los matorrales y se asomó a la pradera desde la loma, volvió a olisquear y distinguió la humareda de una fogata, percibió el olor de la carne cruda y escuchó las voces de los humanos. Muchas voces alrededor de una enorme piedra que movían lentamente con cuerdas de esparto y con troncos, con ramas arrancadas al bosque..., vió como poco a poco se alzaba, como quedaba medio hundido en la tierra, como apuntaba al cielo, al cosmos, al universo..., volvió a olisquear y fue bajando la loma serpenteando, parando y escuchando, oyendo las voces cada vez mas cerca, sintiendo el olor de la carne con mas intensidad, el olor de los homos también, su griterío ante la piedra erguida..., y el sabor del jabalí muerto cuando hundió sus caninos en ella.

La pierna del gorrino colgó de sus fauces, los poderosos músculos de su cuello la alzaron y se lanzó contra el bosque. El matorral crujió con su embestida, llenó su pelambre de hojitas marchitas, de pequeñas ramas partidas, quebradas y fue remontando, alejándose del prado, de los cerros de homo..., internándose en la espesura que ellos aún temían, ahí donde el bosque se cerraba, donde se hacia denso, impenetrable, íntimo.





































































































































































































































































































































































































































































































































jueves 26 de noviembre de 2009

UN PAI MANCHADO CON LA SANGE DE ALEJANDRO PONSODA, CREO QUE EL UNICO ALCALDE HONESTO DE ESTA COMUNIDAD.

.

.

Hace más o menos dos años, Alejandro Ponsoda, alcalde de Polop, quedó agonizando, abatido a tiros en su propio coche, a la puerta de su vivienda..., recuerdo aquella noticia y también recuerdo mis primeras impresiones, una reacción interior, intima y algo dura..., pensé en que a ese alcalde lo habían matado por algún lío urbanístico, por alguna recalificacion jugosa de suelo, que era la venganza de algún ciudadano afectado al que el agente urbanizador le había despojado de sus tierras con la impunidad y el despotismo que la LUV, (Ley Urbanística Valenciana) auspicia, propaga y ampara. Imaginé a una persona desesperada, sumida en la ruina, desquiciada y ahogada por la rabia y por el dolor..., y no sentí excesiva pena por ese hombre que llegó vivo al hospital, incluso sentí cierta satisfacción..., por fin el pueblo reaccionaba y se defendía como podía de la especulación, del abuso del poder municipal que desde hace una década está estrangulando a miles de valencianos, mas o menos unos 13.000 que han sido capaces de denunciar ante Bruselas, los desmanes urbanísticos de los alcaldes valencianos.

Y es curioso, que esta ley canallesca, ruín y anticonstitucional fuese articulada por el ultimo gobierno socialista. El PP ganó las siguientes y desde entonces ha estado aplicando aquella ley, que nació como la LRAU (ley reguladora de la actividad urbanística), de manera salvaje y autoritaria, de hecho gran parte del crecimiento económico de esta ciudad se apoyó en la tiranía y en la indefensión en que dejaba a los propietarios de viviendas y suelo ante la llegada de los agentes urbanizadores, unos fulanos surgidos bajo el escudo brutal de la LRAU-LUV que realizaban ofertas de compra por todo el territorio valenciano, ofertas que nada tenían que ver que el valor real que iban a tener esas parcelas cuando se ejecutase el PAI. Estos mafiosos al amparo de los alcaldes valencianos, siempre ávidos de recalificaciones y de PAIs..., no forzaban la venta, simplemente ofrecían un precio que podías considerar mas o menos justo. Las ofertas se sucedían hasta que los agentes urbanizadores habían logrado comprar el 52 % de la zona a recalificar, de la zona a urbanizar, en ese momento se aplicaba la ley y tras una pantomima administrativa con el ayuntamiento las empresas constructoras empezaban los movimientos de tierras, que podían y que solían incluir, el trazado de rotondas en la cocina de tu vivienda, la apertura de viales por la mitad de tu piscina, la cimentación de unifamiliares alrededor de toda tu casa..., el asfaltado, el alcantarillado, al alumbrado, el tendido de agua..., a unos costos abusivos y descabellados que tenias que pagar “si o si”. Finalmente estas personas, muchas veces jubilados sin más ingresos que las pensiones veían como sus pequeños chalés o “casetas”, eran derribados por las excavadoras bajo la atenta mirada de los municipales del pueblo..., al poco tiempo, ahí, en esa tierra heredada y trabajada de generación en generación, surgían chales de lujo, campos de golf, urbanizaciones para compradores que llegaban allí sin saber que sus casas se habían levantado a costa de hundir y arruinar a miles de personas humildes y trabajadoras.

Lo que se hace en Valencia es deleznable y asqueroso, Camps lo sabe, Rita también, Blasco se regodea y Esteban González Pons lo vivió como conseller de urbanismo..., pero ya entonces sonreía y afirmaba que todas esas comisiones llegadas desde Bruselas para investigar la actividad urbanística en nuestra comunidad, formaban parte de una conspiración socialista para desacreditar la imagen de la región.

Durante algo mas de diez años miles de valencianos han sido arrojados de sus tierras, vejados, humillados y destrozados..., cuando solicitaban una entrevista con los alcaldes, estos contestaban: “es ley, no podemos hacer nada...”. Ahora, con la crisis, los PAI se han reducido, las masacres han cesado pero la Ley sigue ahí, tentando a los alcaldes, a los equipos de gobierno municipales..., que verdaderamente no saben hacer otra cosa mas que cobrar las comisiones y subir los impuestos salvajemente..., algo previsible, si ya no hay licencias de obras que vender de alguna parte habrá que sacar el dinero. La contribución del chalé de mis padres ha subido casi un 80% a cambio de ningún servicio, la tasa de basuras en Godella ha subido mas de un 1000% a cambio del mismo servicio.

Durante algo mas de diez años nuestros alcaldes solo han sabido recalificar, vender las tierras de los municipios, deforestar monte, desecar humedales, expropiar a vecinos indefensos para enriquecer a promotores y comisionistas, para enriquecerse ellos mismos y a sus familiares.., a cambio de sobornos y regalos..., ahora, cuando ya no hay promotores cargados de sobres ya no saben de donde sacar el dinero y nos muestran sus verdaderas caras. Personas grises, corruptas, sin ninguna capacidad mental, sin ninguna capacidad de gobierno, sin ideas, sin ideales y sin mas mínimo respeto por el pueblo..., solo desean que regrese el ladrillo, los PAI, las promociones urbanísticas..., esas que los enriquecieron y que los encumbraron.

Y ahora, casi dos años después, parece que el crimen de Polop se va esclareciendo, parece que a Alejandro Ponsoda lo asesinaron por negarse a participar en otra recalificacion millonaria, en otro PAI que habría repartido en beneficios negros unos 12 millones de euros..., es posible que Ponsoda fuese el único alcalde honesto de toda la Comunidad Valenciana..., por eso lo mataron..., vi el reportaje en “Espejo Publico”, recordé aquellas impresiones sanguíneas que me causó la noticia y escuché el relato de una mujer que hablaba ante el micrófono de uno de los periodistas del programa. La señora relataba como el ultimo detenido y actual alcalde, Juan Cano, la había recibido de malas maneras en su despacho cuando ella solicitó una entrevista para que le explicase el porque de los ingresos que el ayuntamiento le reclamaba y porque todo eran trabas por parte del consistorio ante la solicitud de la canalización del agua potable..., Polop empezaba a hablar, empezaba a confesar públicamente como el poder municipal actual usaba el poder de los PAI para arrebatarles sus propiedades a precio de embargo..., algo que ocurre en todos los pueblos de la Comunidad Valenciana, silenciosamente, sin que ningún alcalde sea ajusticiado, sin que sicarios llegados del este acribillen al que, posiblemente fue el único alcalde honrado de esta tierra, tierra de PAIs, tierra de especuladores que almuerzan y ríen en los despachos de nuestros ayuntamientos y que señalan en los mapas que los arquitectos municipales ponen sobre la mesa, a quien expropiar y embargar, a quien arrojar de su casa, a quien despojar de sus campos de naranjos, a quien arruinar para toda su vida...,pero siempre, al amparo de la LUV..., es Ley, como gusta decir a nuestros alcaldes..., es Ley.

lunes 23 de noviembre de 2009

Saltando al abismo a lomos de una Zing Darkside. Como Dios. No pude mentirle..., en "Run-run Zing, diario de una pequeña custom 125".


Fui soltando la maneta, la Zing se movió, dió un tirón y enmudeció..., suspiré, apreté la maneta del embrague, le di al botón de arranque con el pulgar derecho y la gasolina volvió a incendiarse en la cámara de combustión. Arrancó enseguida con un curioso sonido, entre sordo y metálico, miré hacia los cuatro carriles de la avenida, los vi despejados, vi de reojo al adolescente que observaba mi primer vuelo sobre la pequeña custom 125, aceleré un poco, fui soltando el embrague, percibí como me movía, coloqué el pié derecho sobre el estribo, aceleré un poco más..., empecé a rodar y el vencejo desplegó sus alas, apenas un segundo después de saltar del hueco abierto en la fachada del edificio, las batió nerviosamente y dejó da caer, empezó a remontar, se elevó ante las ventanas, ante los balcones, pasó como una sombra negra y vivaz ante el rostro del hombre que miraba desde una de esas ventanas, lanzó su chillido agudo y alborotador y atravesó el mar de antenas de televisión que llenaban de púas y cables las azoteas de esos mismos edificios sobre los que volaba por primera vez en su vida, se inclinó un poco, enfiló la calle como lo había visto hacer desde el agujero, aceleró y volvió a lanzar su trino, agudo y penetrante, el mismo que llenaba de alegría esas mañanas de la primavera y que llenaba de desconfianza a los lugareños de los pueblos serranos..., unas aves casi diabólicas, sus gritos les recordada a la risa de las brujas a lomos de las escobas o cuando danzaban excitadas en los aquelarres.

Bajé de la acera como ese vencejo, aceleré en primera como ese vencejo y me quedé paralizado durante unos segundos, la Zing se aceleraba ruidosamente, sentía unas desagradables vibraciones en mis rodillas desnudas, sentía un intenso calor emanando de las aletas del cilindro y el motor sonaba a hojalata..., con la puntera de la zapatilla empujé la palanca del cambio hacia arriba..., como había estado haciendo mentalmente durante mas de un mes, volví a acelerar, subió de vueltas en vacío al no soltar el embrague y mi mundo se vino abajo..., no fui capaz de desplegar las alas, nunca las había batido, nunca había montado en moto ni me habían interesado lo mas mínimo... y me precipitaba al vacío, a un inmenso socavón que se abría en medio del asfalto de Cardenal Benlloch.

Sentí como la angustia ascendía desde mi estomago revuelto, como palidecía y como me invadía una congoja profunda, un desanimo asfixiante..., deseé saltar de la Zing, dejarla allí tirada y correr hacia ese hueco que había abierto en la pared del decorado en el que, hasta ese momento se había desarrollado mi vida, deseé volver al Show de Truman, a “mi mundo”, como decía Joa, en el que solo cabía la Bicipalo y la Flaca, en el que solo existían las rutinas que durante siete años había fabricado a mi medida como los guionistas fabricaron y crearon el mundo de Truman.

Verde, verde, verde..., era una luz intensa que acababa de iluminarse bajo una visera gris..., era el semáforo ante el que había logrado pararme, no se como..., verde, verde... ¡tenía que arrancar otra vez...¡, con la suela de la zapatilla pisé la palanca del cambio al tiempo que embragaba, percibí un “clanck”, un leve tirón, aceleré, comencé a moverme, aceleré un poco mas, solté la maneta y de nuevo las vibraciones se trasmitieron a mis rodillas, a mis piernas..., las mismas que pedalearon durante los 82 kilómetros de la Matahombres, las mismas que me llevaban todos los fines de semana por las pistas forestales de la Sierra Calderona, las mismas que en esos momentos se pegaban al enorme deposito de la Zing, aterradas, petrificadas, confundidas..., pero que fueron capaces de mover el tobillo izquierdo, de colocarse por debajo de la palanca del cambio y de empujar con la puntera hacia arriba para engranar la segunda. Solté suavemente el embrague, aceleré y la moto volvió a empujar mientras oleadas de turismos y de scooters me adelantaban por la izquierda y por la derecha..., ya sentía algo de viento contra mi rostro, el sonido del trafico me envolvía junto a las vibraciones de la pequeña custom 125..., y recordé que tenía que poner gasolina, ¿gasolina...?, ¿dónde, donde...?, y llegó una rotonda de varios carriles, fui virando sin tumbar, recto como un palo, tenso, agarrotado y recordé que había visto una gasolinera a la derecha. Miré por el retrovisor, puse el intermitente, conseguí colocarme en el carril de la derecha y vi el porche de la gasolinera, frené un poco con el de delante, apreté la maneta del embrague y logré parar frente a un surtidor de sin plomo, resople, busqué el punto muerto con la puntera con los ojos clavados en el indicador verde de “neutro”, por fin se encendió y paré el motor, relajé la piernas y me agaché para buscar la “pata de cabra”, traté de colocarla y se escapó tirada por el muelle de retroceso, volví a intentarlo y volvió a escaparse ruidosamente.

- Tiene que tumbar la moto -murmuró el empleado de la gasolinera..., me volví hacia él, rondaría los cincuenta años y era de piel morena, delgado, con el rostro enjuto y de pelo negro. Sostenía la manguera y esperaba ajeno al drama personal que estaba viviendo desde que me había montado encima de la moto.

- Es que si la tumbo se me cae..., es que me la acaban de dar.

- Ya..., pero tiene que tumbarla.

Cabeceé, desmonté, me coloqué a la izquierda de las custom, volví a extender la “pata”, dejé que la moto cayese un poco hacia ese mismo lado, noté como los 150 kilos se vencían hacia mis rodillas, me sentí angustiado y finalmente la moto quedó apoyada en la “pata de cabra”.

- Tranquilo que no se cae... ¿cuánto echamos...?.

- Eh..., cinco euros, pero espere un momento que no tengo claro como se abre el tapón...-confesé sonriendo..., el hombre no lo hizo, continuaba observándome con la manguera en la mano- ah, ya está.

Tardó muy poco, le pagué y conseguí colocar el tapón cromado sobre el depósito negro, me monté y al enderezarla, la “pata” saltó otra vez, apreté el botón de arranque y volví a percibir el sonido y las vibraciones entre mis piernas..., el “clank” al engranar la primera y el peso de los casi cinco litros de gasolina que se movieron chapoteando en el deposito, noté como había cambiado la inercia lateral de la 125 y me asomé a la rotonda, esperé a no distinguir ningún coche en el horizonte y aceleré, cambié a segunda, fui trazando a derechas, recorrí, parando y arrancando la Alameda, poco a poco, pilotando con calma pero casi sin respiración, sintiendo las sienes apresadas por el casco, sintiendo su peso contra mis cervicales y de nuevo el viento contra mi rostro cuando salí en primera y me vi tumbando a derechas, trazando la curva de los Viveros, con el cauce del Turia a mi izquierda y un autobús persiguiéndome por su carril, por mi derecha.

Vi la esquina de la calle Alboraya, deseé girar hacia ella y plantarme en casa de Joa..., miré por el retrovisor y volví a descubrir la inmensa cabina del autobús.

- ¡Jodeerrrr...!, -protesté incapaz de girar, “enrosqué” el puño y la moto aceleró, siguió recta, sacándole unos metros y descubrí la fachada de la Escuela Oficial de Idiomas..., Joa estaría apunto de salir de clase de Portugués..., puse el intermitente de la derecha, reduje una marcha, embragué y paré sobre el carril-bus, quité el contacto, tumbé la moto un poco y encajé la “pata” a la primera, suspiré y con una extraña sensación en las piernas busqué la bici de Joa entre las que estaban aparcadas sobre la acera. No la encontré..., me encontraba aturdido, extraño, ajeno y distante a esa máquina negra y cromada que alguien había aparcado en medio del carril-bus.

- Coños..., pero si la he dejado ahí en medio.

Eché una ultima ojeada y volví a montar, arranqué con el botón, miré por el retrovisor, engrané otra vez primera y rodé hacia el puente de Canpanar..., cambiando, acelerando, frenando..., volviendo a cambiar, mirando los retrovisores, mirando al frente, previendo los movimientos de los coches, del tráfico, de la circulación que me envolvía..., volviendo a frenar y tumbando ligeramente a izquierdas, acelerando un poco, cruzando el puente y girando otra vez a derechas, ya por mi barrio, pero a cubierto por el casco tipo años veinte y sobre una custom 125..., no sobre una bicicleta, no sobre la Flaca.

Reduje a segunda y recé para que no hubiesen peatones sobre el paso de cebra de mi calle, me fui acercando, apreté levemente el embrague mientras tocaba el freno delantero..., y tuve que parar embragando, eché el pie derecho al suelo, esperé a que pasara un hombre que porteaba dos bolsas de Mercadona al limite de su resistencia. Volví a meter primera, volví a escuchar ese chasquido metálico en medio del sonido del motor y del mismo escape, fui soltando el embrague, acelerando ligeramente..., volví a moverme, aceleré un poco mas y remonté el repechito que se alza al principio de mi calle. Volví a desear que la zona de carga y descarga estuviese despejada..., y lo estaba, fui parando, desplegué la “pata de cabra” frente a la carpintería y la moto quedó apoyada, ligeramente inclinada a la izquierda, quité el contacto y desmonté.

.

Me moví con torpeza hasta la puerta de mi taller, abrí y ya dentro me quité el casco. Seguí sintiéndome aturdido y como si un anillo me oprimiese las sienes, confundido, es posible que arrepentido, extraño, desencajado, desilusionado..., como avergonzado ante ella, ante una moto que acaba de comprar impulsivamente.

La observé ahí fuera, esa misma moto que había estado viendo en el catalogo y en la web de Kymco, en otras paginas que había visitado para saber más de ella, esa pequeña custom 125 de aspecto pretencioso, con apariencia de rebelde “café-racer”..., estaba ahí fuera, frente a mi carpintería, en mi calle..., en el mismo barrio en el que vi como mis amigos dejaban sus bicis, sus BH, sus G.A.C, sus Torrot, sus Orbeas..., para subirse encima de los Vespinos, primero y después sobré aquellas Puch TT, amarillas, con ruedas taquedas y altas suspensiones de 49 cc, los mas osados montaban sobre las Cobra de 74 cc, también de Puch..., recuerdo perfectamente aquellos depósitos amarillos, cortos y cuadrados de las 49 y alargados y estrechos los de las Cobra..., yo jamás conduje ninguna, tampoco la Bultaco Metralla de mi primo Adrián, era negra y dorada, años mas tarde me recordaría a la Ducatti desmodromica de Ricardo, un colega de correrías nocturnas que en verano subía su estrecho y liviano cuerpo. Ricardo no pesaría más de 55 kilos y atravesaba el puente sobre el cauce del Turia para irrumpir atronando en la zona de Canovas, riendo y paseando aquella maquina retro entre los pijos de la city.

Joa vino una hora mas tarde, ya había metido a la custom..., que por esos momentos ya empezaría a llamar Run-run. Nos abrazamos, ella reía y se acercaba a Run-run, le parecía enorme, muy larga y aparente. Me miraba y a saltitos se me acercó para volver a abrazarme, me dio mas besitos y me miró.

- Cariño..., veo la ilusión en tus ojos.

- ¿Si...?, pues nada mas sacarla de la tienda he estado apuntito de devolverla..., se me ha caído el mundo encima..., pero es verdad, me está empezando a gustar verla ahí, en su hueco entre los tablones y entre los "sofanes".

.

.

.

.

.

.

Como Dios.

Al día siguiente, Run-run descansaba en la puerta de la carpintería bajo la luz de las farolas..., terminé de ajustarme el casco mientras mi estomago se revolvía, mientras desde él ascendía una angustia y una desgana que descomponían mi rostro, ya guarecido bajo la visera ligeramente ahumada.

Activé la alarma de la carpintería, cerré y me monté a horcajadas sobre ella, di el contacto, me aseguré de que se encendía el piloto verde “N” y le di al botón de arranque con el pulgar. Una leve vibración y volví a sentir el motor bajo mis genitales, volví a percibir el sonido a flor de piel, aunque algo distorsionado por el casco Vintage, empujé con las piernas hacia la rampita de un vado..., de la misma forma que un pato despega desde las marismas correteando y batiendo las alas. Bajé a la calzada, giré la cabeza hacia la derecha y me encontré con el paso vacilante de José, con su rostro sorprendido y con una sonrisa que poco a poco se formaba en su rostro perplejo.

Mi vecino se detuvo en mitad de la calle, bajó la mirada y contempló a Run-run desde la rueda delantera hasta la trasera..., después volvió a mirarme y movió la cabeza como tratando de espabilarse, como para asegurarse de que estaba despierto, de que no estaba soñando.

- ¡Nano, nano, nano...¡, ¿eso que es...?, ¿una Harley...?.

- Pues casi, casi... -murmuré a lomos de la Darkside, sonriendo y con mis brazos posados sobre el T-bar.

- Tío..., te veo, te veo..., ¡te veo como Diosss...¡ -terminó exclamando José, un vecino divorciado que gustaba de ir a las academias de baile de salón a tender las redes.

Y se esperó a que arrancase sin imaginar que tenía el estomago revuelto, que tenía los brazos y las piernas temblorosos y que me angustiaba estar ahí, sobre la Darkside que para él lucia como una Harley..., me veía como Dios y yo volví a imaginar a Jim Carrey protagonizando esa película aunque yo seguía obsesionado con “El show de Truman”, en esos momentos había dejado de ser el carpintero gris de la calle, el ciclista cuarentón, el hijo fiel y sumiso que cuidaba de sus padres ancianos y dependientes..., era un motero, era como Dios ante los ojos de un vecindario que me había visto nacer y crecer en el mismo barrio.

- Me voy a por la chavala -anuncié.

- Como Dios nano, como Dios..., hala vete, cabrón.

Sonreí y con la suela de la zapatilla engrané primera, aceleré un poco, fui soltando el embrague y Run-run se deslizó por mi calle, cambié a segunda y casi llegando al cruce vi a otro de mis colegas en la ferretería, fui capaz de levantar la mano izquierda y saludar al tendido cual torero..., hice equilibrios sobre el “paso de cebra”, giré a izquierdas y me sumergí en uno de los túneles que corren junto al viejo cauce del Turia.

Un sonido aterrador invadió el subterráneo, intenso y molesto, penetró por el casco y me aterró..., por unos instantes creí que iba a ser arrollado por algún camión o que algún jovenzuelo había entrado a mas de 200 por hora..., pero no, era el sonido de los motores, el sonido del trafico.

Volví a la superficie, vigilé que no me cerraran por la derecha y volví a atravesar el segundo túnel, el estruendo ya no me pilló por sorpresa y fui trazando el amplio viraje tumbando ligeramente..., acercándome demasiado al muro de contención, corrigiendo y entonces acercándome demasiado al carril izquierdo, volviendo a corregir y saliendo a la altura de las Torres de Serranos.

Me coloqué en el carril de la izquierda y fui capaz de reducir de cuarta a tercera..., me sorprendió como Run-run retenía con tan solo soltar el puño un poco y me fui acercando al puente, al repecho atravesado por las resbaladizas franjas del “paso de cebra”. Puse el intermitente y bajé a segunda, fui soltando el embrague, inclinándome un poco, empezando a girar y viendo como el bordillo se acercaba a la rueda delantera, sintiendo como no podía girar mas, viendo cada vez mas cerca las viejas losas acercándose a la llanta..., giré un poco el puño, Run-run empujó y la rueda delantera pasó a pocos centímetros. Enderecé, aceleré un poco más, crucé el puente y puse punto muerto ante el semáforo en rojo.

Run-run y yo nos deslizamos hasta el siguiente semáforo, apoyé los pies en el asfalto y esperamos a la luz verde..., clank, el chasquido de la primera, semáforo abierto y rodamos sobre la calle Alboraya, parando y arrancando, girando a derechas a la altura de la calle Bellus y después pasando en primera entre los bolardos que protegían el paso de peatones. Rodamos sobre la acera y paramos frente a la puerta que conducía al enorme patio interior donde iba a guarecerla. Apagué las luces y la dejé al relentí mientras abría la puerta y colocaba una rustica rampa para poder salvar el escalón, después volví a montar, apagué el motor y reculé girando hasta encarar la rueda delantera con la estrecha rampita, maniobré hacia delante y hacia atrás y escuché una voz que me sobresaltó.

.

.

No pude mentirle.

- ¿Cuánto corre...?.

Me giré sorprendido y me encontré con el rostro del niño mirando a Run-run, vi como sus pupilas se movían de un lado a otro, como sus labios se quedaban entreabiertos..., y yo le miraba a él..., era otro admirador que vestía con ropas claras y sus cabellos caían lacios sobre sus jóvenes y redondeados rasgos.

Miré el velocímetro de Run-run que indicaba hasta unos lejanos e imposibles 140 por hora, su gran deposito de gasolina, el enorme tubo de escape cromado y de nuevo al chaval..., fue entonces cuando caí en la cuenta de que la pequeña custom de 125 ocupaba toda la acera, por eso se había parado el niño..., imagino que eso debió impresionarle.

- Bueno..., pues, la verdad es que hace entre 110 y 115 kilómetros por hora.

- ¿Solo...?.

- Si, solo..., es que el motor es un 125, esta es la típica moto que se puede conducir con el carné de coche... -balbuceé dándome cuenta de que el chaval no podía saber que hacían falta permisos especiales para conducir coches o motos- y también lo que pasa es que el chasis es de una moto gorda...,pero bueno, ¿a que es muy bonita...?.

- Si..., eso si..., bueno, me tengo que ir.

- Venga, hasta luego.

Empujé a Run-run contra la rampita, el niño siguió su camino, imagino que confundido, defraudado, sorprendido..., o puede que regresando a la agobiante situación que había vivido hoy en clase, uno de sus maestros le había escrito una nota para sus padres..., y por unos instantes deseó ser ese hombre de la moto, correr sobre ella, aunque seguro que corría mas de lo que le había dicho, una moto así de larga y bonita no podía correr tan solo a cien por hora... -murmuró caminando con las manos en los bolsillos y mirando distraídamente las losetas de la acera.















lunes 16 de noviembre de 2009

FUSILEROS EN EL PARQUE NATURAL DE LA SIERRA CALDERONA.

.

.

La sangre manaba de los cuartos traseros del jabalí y se mezclaba entre las cerdas enmarañadas..., que quedaron muy cerca de mis ojos cuando el cazador lo agarró por las pezuñas y lo volteó sobre el remolque del todoterreno, su cuerpo macizo y recio rebotó sobre el aluminio y el hombre sonrió mirándome..., vestía de verde, de camuflaje, un fusil de munición metálica y con óptica telescópica cruzaba su espalda y de su cinto pendía un machete, le acompañaba otro, que gesticulaba y avisaba a otros dos todoterrenos que bajaban por la cuesta, desde la microreserva de flora de Peñas Altas hasta la Font del Poll..., estuve a punto de hacerle una foto con el móvil, pero no me atreví..., fue una imagen a cámara lenta, entre la respiración forzada al ir remontando el repecho de un 13% de desnivel y habiendo tenido que parar ante otro todoterreno conducido por un cazador que debía pasar de los 120 kilos de peso, sonriendo y haciendo un chiste sobre nuestra velocidad..., y tuvimos que volver a pararnos, dos todoterrenos mas bajaban ocupando la pista, Joa y yo volvimos a echar pie a tierra, los dejamos pasar y continuamos ascendiendo.

La misma imagen volvía a repetirse un par de años después..., salía sin compañía, a solas con la Bicipalo y como en otras tantas pedaladas remontaba el camino del Campillo a Coronel. Daba uno de los virajes y descubrí a un cazador apostado a la derecha de la pista forestal, armado con otro fusil, sobre la recamara se alargaba una mira telescópica que escrutaba el barranco repleto de pinar joven que se abría al final de la ladera..., continué pedaleando y reconocí el todoterreno verde de un conocido funcionario de Serra, bajaba y sobre su capó otro jabalí vibraba con los baches, me hice a un lado y cabeceé..., recuerdo que no terminaba de creerme aquello y al día siguiente escribí una carta a la prensa, salió publicada y al día siguiente el policía local del pueblo serrano me replicó contundentemente, me llamó, entre otras cosas, “ignorante”, me acusó de desconocer las curiosas peculiaridades del Parque Natural de la Sierra Calderona, al parecer sujeto al PORN, el llamado plan de ordenación de recursos naturales..., y entre ellos la caza, un recurso innegociable y al que los lugareños no iban a renunciar y ni han renunciado. Me decía que si me molestaban los cazadores que me fuera a pedalear al cauce del río Turia, también argumentaba que muchos de ellos, poseedores de terrenos y parcelas en el Parque, habían tenido que renunciar a ella, cediendo parte de los caminos y pistas forestales que nosotros, los ciclistas de montaña, llegados de la ciudad y ajenos a la vida y a las costumbres de la serranía..., podíamos usar gracias a ellos, a su benevolencia, añadía que ellos habían socorrido mas de una vez a senderistas y ciclistas perdidos o heridos con alguna caída..., recuerdo que le contesté instantáneamente, admitiendo mi ignorancia respecto a las normas que rigen la gestión de los entornos naturales..., imagino que traté de contrargumentar, pero ya no lo recuerdo bien..., y ahora volvía a repetirse la misma secuencia.

Dejamos atrás a los cazadores y coronamos Peñas Altas, espere a Joa y cuando llegó la miré.

- Cariño, pasan los años y yo sigo sin comprender ciertas cosas.

Joa se acercó sin bajarse de Camino y me acarició las mejillas mientras daba un trago de agua.

- ¿A esos de ahí abajo...?, ¿a esos son los que no comprendes...?

- A esos si los entiendo..., yo también he cazado pajarillos cuando era jovencito y mi rifle de perdigones y yo éramos inseparables, también he pescado..., no puedo recriminarles nada siempre que estén dentro de la ley pero lo que no entiendo es que si nos reunimos mas de quince ciclistas de montaña tengamos que pedir un permiso especial a la dirección del supuesto parque, no entiendo que se nos prohíba la circulación por caminos de menos de un metro de ancho o bajar por trialeras o senderos..., mientras que a estos tipos nadie les dice nada, creo que no se puede cazar desde las pistas forestales y mucho menos con fusiles de munición metálica..., cariño, una escopeta convencional de caza, del calibre 12 es casi inofensiva a 50 metros, un rifle de esos que llevaban te deja seco a 100 metros y la cabeza te la revienta como una sandia a 200..., joder, hace unos meses los forestales y los del Seprona se dedicaban a la caza del ciclista que se aventuraba por una torrentera, desafiando la nueva legislación, obviamente. Los rastreaban con prismáticos y la guardia civil los esperaba al final de la bajada..., ¿y a estos tipos quien los controla...?.

- Cariño, ¿tu pagas algo por pedalear por aquí...?.

- Pues no.

- Yo no entiendo mucho de estas cosas, pero si..., como te he oído decir muchas veces, casi todo el parque es un coto de caza pues deberán de pagar algo ¿no...?, las licencias de caza, no se, el coto en si mismo..., y da igual que ellos contaminen con los todoterreno, da igual que degraden las pistas, ellos pagan y aquí todo se mueve por dinero..., además, ¿tu has visto a algún político que se fotografía sudando la gota gorda encima de una bici o corriendo una maratón de montaña...?, ¿a que no...?,¿pero a que si has visto a jefes de estado, a jueces y ministros haciéndose fotos entre ciervos y jabalíes muertos...?, pues eso..., hala cariño, “anem a fernos el cafenet...”.

- Aún nos queda subir la Jabonera.

- Pues como cuesta arriba no puedo seguirte, ahí va un “beset”.

Joa me dio un besito en los labios..., sabían a una mezcla de sal y de protector solar, un sabor que me recordó al olor que desprendía su cuerpo en aquella primera pedalada, aquella en la que perdió las llaves del coche, aquella en la que subimos al pico del Águila.

Encajamos las calas y empezamos a pedalear por el collado que virando a izquierdas nos llevaba hacia el refugio de Tristan y la Mina..., la pista tiende a bajar entre lajas de rodeno, entre piedras rojizas que se desprenden de las montañas y entre otras que afloran con la erosión desde la misma pista. Vimos los alcornoques que sobrevivieron a los incendios de los años noventa, lanzamos miradas fugaces al barranco de la Vigueta, que serpenteaba profundo y casi invisible en el fondo del valle que remontaba desde la Font de la Gota..., y poco a poco me fui distanciando de Joa, sacándole ventaja, acelerando mientras volvía recordar a ese jabalí abatido y al absurdo que representaba. Recordé sin demasiado detalle las múltiples declaraciones que realizaba Esteban González Pons, cuando era conseller de medio ambiente, es decir, antes de “trepar” desde las comanditas valencianas hasta la calle Génova y no se cansaba de predicar la ejemplaridad de la gestión medio ambiental de nuestra comunidad, se jactaba de que éramos la comunidad autónoma con mayor espacio natural protegido de España pero no decía que también éramos la comunidad autónoma en la que existía una ley de urbanismo capaz de arrebatar las viviendas a sus propietarios, capaz de embargar viviendas legales para entregárselas a agentes urbanizadores, unos personajes, canallas y ruines surgidos al amparo de la LRAU, que era la anterior ley urbanística y que con la LUV, que es la nueva ley y que por cierto sigue siendo ilegal y vulnerando los derechos a la propiedad privada, según Bruselas..., surgidos bajo esa ley atroz, déspota e inhumana, esos agentes urbanizadores derriban las viviendas y construían adosados, unifamiliares o campos de golf..., mientras esas familias caían en la locura, en la desesperación o en la ruina.

Miré a mi alrededor, de nuevo hacia las hermosas y cambiantes vistas de las montañas, de la Vigueta, hacia la cima del Gorgo, contemplé la tierra rojiza de la Calderona, el monte bajo que reverdecía con la brumosa amanecida de hoy, con las lluvias pasadas..., y lo vi tan distante del actual homo, lo vi tan ajeno a los gestores, a los burócratas que dicen lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer con estas tierras, con estos barrancos, con estas cumbres, con estos bosques de pinos y de alcornoques..., siempre condicionados y vendidos a las facciones políticas del momento, sin ser capaces en ningún momento de reconocer que la gestión de nuestros recursos naturales comienza en nuestros hogares y en nuestros colegios. Sin ser capaces de pasar una noche al raso tratando de escuchar lo que dice la serranía cuando te desnudas ante ella, sin ser capaces de desprenderse de las miserias mentales que infestan las mentes de todos esos que anhelan auparse a un puesto de funcionario sin mas vocación ni ideas que la de meter la boca en la teta del estado.

Encaré el repechito que lleva hasta el refugio, pedaleé a la sombra de los abetales que lo envuelven y que por momentos te hacen olvidar que pedaleas a pocos kilómetros del mediterráneo, aunque sea a mas de 700 metros altitud y que te llevan volando a otras tierras, a los Pirineos o a la cercana sierra de Javalambre..., miré hacia esos bosques y descubrí a uno de los vehículos de vigilancia forestal, también a dos motoristas del mismo cuerpo..., inconscientemente aminoré, dejé de pedalear y estuve tentado de acercarme para contarles lo que había visto a poco menos de un kilómetro y medio de allí..., pero no lo hice, creo que les habría puesto en un compromiso..., si es que los cazadores estaban haciendo algo ilegal, aunque siempre me chirría eso de que se esté dando una batida, utilizando las pistas forestales para ojear, sin señalizar nada en absoluto...,aunque si algo fue y sigue siendo, la Sierra Calderona antes que un supuesto Parque Natural..., es un inmenso coto de caza, una inmensa mentira articulada por los sucesivos conselleres de Medio Ambiente para ganarse los votos y la confianza de una población que solo cree lo que se emite por Canal Nou Toxinas, para gentes que pocas veces al año pisan estos caminos y que tan solo se acercan a las zonas habilitadas, a los pies de la serranía, a comerse la mona de Pascua o a ojear la prensa dominical.

Eché pie a tierra y esperé a Joa durante unos instantes, desvié la mirada y volví a contemplar las crestas abruptas y azules de la Sierra de Espadán, otro supuesto Parque Natural, pero ya mas alejado de la capital, de las zonas anheladas por los agentes urbanizadores, aunque a sus faldas también acechan enormes urbanizaciones y campos de golf que beberían del agua del Ebro traída entre canalizaciones y túneles, el ultimo tramo atravesaría las entrañas de la Calderona para salir al Camp del Turia con el único fin de seguir dando vida a la especulación urbanística.

Hace unos años me topé con un camión que perforaba la serranía, recuerdo a la geóloga que dirigía la operación, observaba el giro de la enorme barrena y después comprobaba los registros del subsuelo que los dos operarios iban extrayendo y colocando a los lados del carril. Se protegía con un casco amarillo y vestía una camisa blanca, vaqueros y botas de seguridad..., paré, me acerqué a ella y sonreí.

- Hola, buenos días -saludé.

- Buenos días.

- Me he parado porque llevo viendo las perforaciones varias semanas y me gustaría saber para que las haceis..., por curiosidad.

- No hay ningún misterio, estamos haciendo catas del interior de las montañas para saber que material la forma y así saber que topo y que herramientas utilizar para perforar el túnel.

- Ah..., un túnel... -murmuré- pues vaya..., bueno, curioso..., venga, gracias, voy a continuar la vuelta.

Las catas se pueden ver, los agujeros se cerraron con unos cilindros metálicos, con unas caperuzas que apenas si se distinguen pero están ahí..., un tiempo después me enteré de que por ese túnel llegaría el agua del Ebro.

Suspiré y agaché la cabeza, volví a encontrarme con la tierra roja de la Calderona manchando mis espinillas, cubriendo el cuadro de la Bicipalo, tiznando mis zapatillas de serraje marrón..., escuché el canto de los pajarillos, percibí la calma, el sosiego de la montaña, vi algunos rayos de sol que incidían en mis antebrazos, aun cubiertos de vello dorado, que atravesaban las copas de los abetos, su ramaje..., de nuevo el canto de los pajarillos, algo tan típico y tópico al tiempo pero tan natural y tan acorde con los bosques y las montañas que me rodeaban que me pareció que era la primera vez que los escuchaba..., resonó un tiro, un disparó que fue ascendiendo desde los barrancos, desde las trochas por las que se mueven los jabalíes y la fauna oculta de esta serranía..., después el murmullo, la rodadura de las neumáticos de Joa, su respiración algo anhelante.

- Mira donde están los vigilantes.

Joa paró y miró hacia el bosquecillo.

- Estarán almorzando, cariño... ¿les ha dicho algo...?.

- No..., es que creo que a la chica la conozco, es de Serra y el policía local que estaba entre esos cazadores también es de Serra..., no se , creo que sería ponerla en un compromiso, ese tío tiene mucho peso..., y estas montañas son de ellos..., pero es curioso, cuando salió la normativa esa de las sendas, nos cazaron como a conejos, cada dos por tres el Seprona andaba a la caza del ciclista..., pasado el efecto volvieron a desaparecer, pero lo peor es que no hemos visto ni a un solo agente forestal..., menuda mierda..., pues ahí en Peñas Altas, me encontré una vez con un motorista del Seprona, me paré a hablar y el final le solté lo del PAI de “Sierra de Serra”, le dije que no terminaba de comprender porque ese sin fin de prohibiciones y que sin embargo no se pusiese ninguna pega en montar mas de 4.500 chales, un campo de golf y un hotel..., pegaditos al perímetro del supuesto Parque...., y sin embargo se destinasen los efectivos de la Guardia Civil a vigilar a ver si los ciclistas se metían por los senderos o por caminos de menos de un metro o si íbamos juntos mas de quince sin permiso..., era un tipo grandote y barbudo, de pocas palabras..., creo que solo hablé yo.

Joa sonrió y me acarició la mejilla..., imagino que percibió la barba de tres días en la yema de sus dedos y me dió un besito..., sonreí algo mas calmado y miré hacia la última rampa de la Jabonera, Joa también.

- La primera vez que la vi desde aquí solté un gritito -confesó- pero luego no es tanto.

- Todos soltamos un gritito... -admití viendo como el sol y la distancia distorsionaba la pista que asomaba tortuosa entre los bosques de pinos y alcornoques, daba la sensación de que se encaramaba sobre el alto como reptando ante una pendiente brutal..., nuestros cerebros interpretaban la señales luminosas y las recomponían en una escena que mostraba como el camino ascendía hacia el mismo cielo en una trepada salvaje.

- Pero solo es duro el tramo final..., no son más de cien metros -murmuró Joa.

- Pues a por ellos.

Después de la bajada desde Tristan volvíamos a remontar, a subir piñones y a jadear..., a ver la tierra rojiza de la pista, el verde pálido de las pequeñas hojas de los alcornoques, el azul intenso de las montañas de Espadan, los pinares que cubrían las lomas y colinas que declinaban hacia esas otras cumbres..., la tierra de la pista forestal, a veces arenosa y casi rosácea, como si se mezclaran las vetas blancuzcas del yeso y las rojizas del rodeno omnipresente..., y rota a medida que íbamos subiendo y al tiempo que el inclinómetro marcaba entre un 12 y un 14% de desnivel..., resoplé, levante la vista y vi como el camino derivaba poco a poco a derechas, la tierra se apelmazaba, los cantos y piedras quedaban sepultados y la pedalada se suavizaba. Vi el final de la cuesta y la cabina de otra Pick-up de color verde y con un remolque para perros enganchado, coroné, di un par de vueltas para bajar las pulsaciones y eché pie a tierra. Enseguida descubrí a otro cazador que se encaminaba hacia el todoterreno, el cañón de un fusil asomaba por sus hombros y el machete enfundado se movía con sus pasos, miró a su izquierda y dijo algo..., percibí unas voces, miré hacia arriba y descubrí a otros dos cazadores por encima de mi cabeza..., habían estado todo el tiempo ahí y yo ni los había visto.

- Bon día -saludó el cazador.

- Bon día.

Observé que también montaba una mira telescópica y me fijé en la pequeña canana cerrada en la que guardaba la munición metálica..., Joa apareció sonriendo, dando pedaladas con el plato pequeño colocado..., vió el todoterreno y me miró arqueando las cejas y volviendo a sonreír sin despegar sus finos labios. Encajé las calas y continuamos pedaleando hacia Gatova, llaneando ligeramente y contemplando las hermosas panorámicas que nos ofrecía un día que poco a poco se iba liberando de la intensa niebla con la que había amanecido.

Llegamos al molino de la Ceja y Gatova surgió allí abajo, al final del descenso por un camino ya asfaltado que descendía por la umbría hasta salir a la carretera que subía desde Olocau.

- Míralo..., que bonito se ve el pueblo y las montañas -susurró Joa.

Contemplé la imagen tantas veces vista, las paredes encaladas de las viviendas, arracimadas, unas junto a otras en medio de los tonos ocres, rojizos y como pobres de una serranía de cromatismos sin contrastes fuertes, ni siquiera ahora, en otoño..., tan solo el pasto invernal que cubría las terrazas ocupadas por olivos añadían verdes intensos y vivos.

Nos dimos unos besitos..., como en cada parada, como en cada espera y nos dejamos caer por ese mismo que remontamos la primera vez que salimos juntos. Los pequeños tacos de las Larsen comenzaron a gruñir sobre el asfalto, fuimos trazando los virajes y decidimos por la derecha, antes de llegar a la carretera..., el asfalto se volvió en una lengua de hormigón teñido con el polvo del rodeno y resoplé.

- ¡Coños, que cuesta...,pon el plato pequeño...¡ -voceé mientras giraba el puño derecho y el desviador empujaba la cadena hacia el platillo de 24 dientes.

- ¡Uaaahhh...¡ -gruñó Joa.

Remontamos la lechada y luego callejeamos entre viejas casas pegadas unas a otras, entre callejas y recovecos que subían con pendientes exageradas..., las misma de la montaña sobre la que el pueblo se fundó, las mismas laderas que sustentaban los cimientos de las viejas casas alzadas sobre sillería de rodeno o sobre los pilares de hormigón en los que se apoyaban las ultimas viviendas..., de fachadas simples, funcionales, impersonales..., ajenas y antipáticas, fuera de lugar en un entorno natural, serrano..., en medio de los vestigios de una vida rural, campera, natural, sosegada y sumida en el aislamiento de las mismas cumbres.

Después nos dejamos caer hasta la fuente de San Isidro y dejamos a Camino y a la Bicipalo apoyadas en la pared del lavadero. Entramos al mismo bar en el que tomamos los cortados en aquella primera salida juntos, pero Almudena, la alumna de Joa que nos atendió aquel día no estaba, pero si su prima, otra jovenzuela que enseguida nos reconoció sonriendo picaramente. No tardó en acercarse a la mesa servicial y simpatía, le pedimos dos cafés con leche, largos de café y una magdalena.

Joa sonrió, nos miramos durante unos segundos, nos dimos unos besitos comedidos y eché un vistazo al bar..., las ropas verdes y de camuflaje se movían entre las prendas deportivas de otros ciclistas que también almorzaban. Eran cazadores, observé sus pieles muy bronceadas y escuché sus voces, uno de ellos se quejaba del tiempo, de la temperatura demasiado alta para ser víspera de Todos los Santos..., vi sus botas, manchadas también con el polvo rojizo de la Calderona, como las mías y las de Joa..., y recordé una anécdota que me ocurrió hace años en Fago, en el Pirineo Aragonés. Gabriela y yo paseábamos por las tranquilas callejuelas del pueblo, rodeado de espesos pinares cuando un hombre llegó vestido con un mono azul, entró en una de las casas y en menos de medio minuto salió armado con un Marlin de palanca murmurando algo sobre un jabalí..., lo vi desaparecer en una esquina, entre las casas de piedra, bajitas y humildes, casi como levemente inclinadas, en una reverencia perpetua a las montañas que las rodeaban..., auténticas selvas de coniferas y monte bajo..., la ciudad y sus costumbres, sus modos y sus tiempos...,quedaban tan distantes, tan lejanos..., un poco como aquí en Gatova, cuando entre semana no se oyen las voces de los ciclistas en el bar, cuando sus pistas y caminos quedan desiertos, cuando solo ellos, los que viven aquí durante todo el año, durante todas sus vidas, los que nacieron aquí y no se marcharon..., siguen habitando el pueblo serrano y silencioso, viviendo los ritmos ancestrales del día y de las estaciones..., sobre todo cuando la edad ya no permite subirse al coche para llegarse a otro pueblo, a Segorbe, que es la capital mas cercana o a la misma Valencia, tampoco a las casas de los hijos que si se marcharon a estudiar, primero y luego a formar sus familias en las Tierras Bajas..., recuerdo el libro que me dejó Joa este verano, se titulaba “La lluvia amarilla” y narraba la vida del ultimo habitante de Ainielle, un pueblo del Pirineo Aragonés que va sufriendo la despoblación, el abandono y el olvido de quienes lo habitaron. El protagonista cuenta en primera persona y desde el lecho de muerte..., lo que recuerda de su vida, de la vida en Ainielle y es capaz de imaginar, de visualizar como los vecinos suben desde un pueblo cercano a recoger su cadáver, cuenta como se moverán por las sendas tantas veces caminadas, como coronarán los collados y como les invadirán los miedos y los escalofríos cuando adivinen las ruinas de Ainielle en la oscuridad impenetrable de la serranía..., unas ruinas parecidas a estas, a las que nos rodean en el despoblado morisco de la Hoya, pero levantadas con otro tipo de piedra, no con el rodeno que aún mantiene en pie muchos de estos muros y a la misma torre vigía.

- ¡Parate...¡ -vocea Joa a mi espalda, cuando ruedo sin pedalear frente a esa torre.

Echo pie a tierra y veo que Joa esta desenfundando su cámara de fotos nueva, me hace gracia como la sujeta con una mano, con solo dos dedos, a pulso..., y yo me siento un poco extraño, aún no termino de asimilar eso de que una mujer me haga fotos, que me encuentre atractivo, que me bese y que me acaricie, que me diga que conmigo se siente tranquila, que le trasmito calma y sosiego..., que me haga fotos y que yo pose sonriendo con esa expresión tan clerical que se forma en mi rostro de facciones sencillas y poco varoniles.

- Pero que guapo sales..., amor mío.

Susurra ella llegando hasta mi..., nos damos un besito y percibimos la calma del poblado abandonado, escuchamos los pajarillos y contemplamos los restos de las viviendas..., no hay pilares de hormigón ni ladrillo hueco cocido, no hay aluminio ni bloques de hormigón pretensado..., pero tampoco hay vecinos honrando a los difuntos, visitando el cementerio...,que no se donde está. Allí abajo, en Gatova, nos hemos cruzado con vecinos y familiares que ya peregrinaban hacia el campo santo, por el borde de la carretera, personas mayores, ancianos y ancianas que llevaban pequeños ramitos de flores lilas, recolectados entre la misma tierra en la que se alza el cementerio. También hemos visto a esos hijos que regresan periódicamente, en verano, en Navidad y ahora por Todos Santos..., remontan las cuestas con sus automóviles, se alejan de las urbes y durante unas horas reviven sus infancias, puede que se ven correteando por las estrechas callejas o cazando gorriones por los bancales, buscando ranas en las pozas de la garganta o ayudando a sus padres recoger la oliva..., miran a sus propios hijos y muchos de ellos se alegran de que ellos no tengan que pasar frío en la montañas, de que estudien y de que no tengan que acurrucarse frente al fuego para entrar en calor, de que se formen en países extranjeros, de que no pasen sus vidas casi aislados entre esas montañas...,que en ese momento miran alzando los ojos..., aunque muchas veces, cuando amanecen allí abajo, en la urbe, se preguntan si es normal eso de no ver amanecer, eso de abrir los ojos y ver la fachada de enfrente, eso de tan solo ver un pedazo de cielo entre los áticos. A veces les asalta la añoranza pero ellos están ahí para mitigarla, los hijos ya no quieren subir al pueblo en verano, les gusta mas el apartamento alquilado en la playa y en Navidad hace demasiado frío en la casa del pueblo y encima no hay conexión a la red..., y ella, la mujer..., la mujer, ya nunca lavará en el lavadero ni se lo enseñará a la hija.

Salimos de Gatova y dejé que Joa pasara delante, nos dejamos caer pedaleando sin esfuerzo, trazando las curvas de la revirada carretera que comunica estas poblaciones rurales con los asentamientos del Camp del Turia y del Camp de Morvedre y nos desviamos a la izquierda por el barranco del Gorgó. Los neumáticos taqueados dejaron de gruñir sobre el asfalto y volvimos a las pistas de tierra, a rodar cuesta arriba, en silencio, distanciándome poco a poco de Joa, a la sombra de la montaña y observando el entorno. El sol llenaba de brillos los pinares del Gorgó, sus agujas reflejaban la luz..., descubrí algunas setas creciendo entre las terrazas de olivos, cubiertas de pasto de finos tallos, observé los musgos y los líquenes adheridos a las centenarias piedras de los ribazos. Algunos se perdían entre bancales abandonados y otros se habían desmoronado en algunos tramos..., el paso de los años, las lluvias, la dejadez, la misma soledad de estas montañas..., el silencio que me envolvía..., hasta que el todoterreno bajo sin apenas aminorar, le dije algo y continué ascendiendo..., virando a derechas y encontrándome con el sol asomándose entre unos riscos, pedaleando con el 32 detrás y volviendo a girar a derechas, ascendiendo, trepando..., y otra vez a derechas, suspiré y di las ultimas pedaladas hasta coronar.

Me paré a un lado y dejé que mis ojos paseasen por esas montañas, por las matas que estaban muy cerca, por los pequeños campos ganados al monte. Descubrí otro coche al final de un caminucho que trepaba entre la falda del Gorgó y a Joa girando a derechas y encarando la ultima rampa.

Levantó la barbilla y me vió, sonrió, dio unas vueltas mas a las bielas y jadeó echando pie a tierra frente a mi.

- Siempre esperando, ¡ay que te vas a cansar de esperarme...¡.

Sonreí y le di un beso, aún pude percibir en sus labios una tenue reminiscencia del café, mezclado con el protector solar.

Dio varios tragos de agua y durante unos minutos estuvimos allí parados, dejando pasar esos instantes sin que invadiese la premura de volver al chalé, de volver junto a mi padre, de volver a Valencia..., estaba volando, batía mis pequeñas alas en forma de guadaña, me alejaba temeroso y vacilante del decorado del show de Truman..., pero volviendo la cabeza, mirando de reojo aquel agujero abierto entre los tableros de aglomerado por si acaso deseaba volver a “mi mundo”.

- ¿A la Hoya, cariño...?. -le pregunté.

- Si cariño, que me apetece tirar fotos.

- Con tu flamante cámara nueva.

- Eso.

Volví a besarla y a sentir su respiración aún acelerada, a sentir el agua que aún empapaba sus finos labios, a percibirla cerca, tan cerca..., sonreímos, empujamos los pedales y continuamos rodando, dejamos a nuestra izquierda el aljibe y pedaleamos entre campos de olivos, entre parcelas de algarrobos..., me volvió a llamar la atención el pasto verde crecido en esos campos, contenidos por los muretes de piedra..., el contraste con la luminosidad del día o con el color rojizo y a veces blancuzco de la misma pista.

El camino empezó a virar a izquierdas y a descender, a trazar una ese, a perder altura mientras se elevaban taludes de estratos atravesados por vetas blancas que llegaban al carril y se pulverizaban en bancos de arena..., otro viraje a ese mismo lado y descubrí la torre de poblado morisco de Hoya..., como otras tantas veces. Seguí pedaleando, acercándome, llegando a las primeras ruinas y Joa gritó a mi espalda..., frené, eché pié a tierra y me giré.

- ¡No te muevas, que va foto...¡

- ¡Me iba a parar...¡.

La observé sujetando la cámara con una sola mano, como siempre y captando el momento con una sonrisa, con un aire relajado y casi vacilante que sorprende cuando veo las fotos y descubro que están bien hechas, bien enfocadas y bien ideadas.

Joa dio unas pedaladas y me alcanzó.

- ¿Nos quedamos un rato y hacemos mas fotos...? -sugerí- a mi me obsesionan estos muros de rodeno.

- Claro, carinyet.

Dejamos las bicis apoyadas en uno de esos muretes, pasamos junto a la torre y nos asomamos al otro lado de la humilde aldea, miré hacia la montaña que cerraba el collado hacia el Gorgó y vi el monte bajo crecido en sus laderas, algunos campos abandonados, ocupados por la misma maleza y mas restos de viviendas que hasta ese momento no había descubierto.

Realmente el pueblecito no se reducía a las casas que daban al camino, mirando con detenimiento fui descubriendo mas, algunas muy deterioradas, prácticamente muritos de apenas medio metro de altura, restos de corrales o parideras..., por unos instantes pude imaginar el aspecto que podría haber tenido hace unos cincuenta, setenta o cien años..., pude imaginar el vareo de los olivos, el trasiego de los hombres y mujeres entre las sendas que conducían a las terrazas cultivadas, el valido de las ovejas y el rebuzno de los animales que usaban para bajar a Gatova o a Olocau..., el canto de los gallos, el cacareo de las gallinas y los disparos sordos y aislados de las escopetas que aún usaban pólvora negra.

.

.

- Cariño, mírame que te voy a sacar un video.

Me volví hacia Joa y sonreí..., ella me enfocaba con su Canon, sujetándola con una sola mano y con su cinturita ligeramente ladeada.

- ¡Y...acción...¡.

- Bien..., estamos aquí, en el desplobado morisco de la Hoya... -comencé diciendo, empezando a gesticular, a sonreír, a improvisar..., mientras Joa me acompañaba sin dejar de grabar- ahora vamos a asomarnos a una de las muchas ruinas que aún quedan en pie..., algo sorprendente cuando observamos que los muros se alzaban casi en “seco”.

.

.

Continué divagando mientras Joa era capaz de caminar hacia atrás, de sonreír, de filmarme en un plano americano, de seguirme por una estrecha senda devorada por la vegetación hasta que me asomé a una de esas casas y descubrí su interior ocupado por un espeso manto de ortigas, verdes y frescas, lozanas y parlanchinas..., se callaron y me imaginé que todas las hojas se volvían hacia mi, mientras empezaban a cuchichear entres sus lacerantes hojas “¿quién es ese, quien es ese...?”..., me acerqué al muro principal y moví la cabeza, suspiré y durante unos instantes contemplé con gozo como había soportado el paso de las décadas a plomo, sin vencerse, sin perder la escuadría- podemos contemplar como estas personas levantaban sus casas por si mismas, usaban lo que la serranía les proporcionaba..., sillares de rodeno, madera de estos pinares para las vigas y yeso que antes debían picar a la montaña y cocer en pequeños hornos que también habrían en la misma tierra..., no usaban el hormigón y ni existían los bloques pretensados. Ningún arquitecto cobraba salvajadas por garabatear unos planos, ninguna empresa privada venia a comprobar la calidad de ese rodeno y ninguna de estas casas se caía con sus moradores dentro..., tan solo la tristeza, la lluvia, la ausencia de calor y de vidas entre sus muros terminaban abatiéndolas de pena...

Joa bajó la cámara y volví a encontrarme con sus ojos.

.

.










































































































martes 10 de noviembre de 2009

"Run-run zing", diario de una pequeña custom 125.

.
.

Run-run frente a la Bicipalo. Cinco dias despues del primer
vuelo..., se conocerían.
.
.

Los polluelos de los vencejos nunca baten sus alas antes del primer vuelo, observan a sus padres, al resto de la bandada..., así durante el tiempo en que son alimentados en el nido, hasta que un día, dan unos torpes pasitos con sus diminutas y casi atrofiadas patitas, se asoman al vacío y saltan sin mas..., sin haber batido jamás sus alas, esas alas en forma de pequeñas guadañas que serán capaces de cortar el viento a más de 190 kilómetros por hora y que los mantendrán volando sin posarse durante los dos primeros años de sus vidas..., hubiese deseado ser el polluelo de un vencejo, hace una semana, cuando Alberto, el vendedor de Alfa Motos me preguntó.

- ¿Nervioso...?.
- Coño, claro.
- Je, je..., para que vamos a negarlo ¿no...?.
- Pues eso.
- Pues tranquilo Pedro..., bueno, me vas a firmar unos pocos papelitos más y te saco la moto.
-Bien.
Recuerdo que mientras Alberto desaparecía de mi vista entró otro hombre en la tienda, de unos cincuenta años, delgado y de rostro enjuto y bronceado, de piel algo reseca y abrigado con un chaquetón de motorista. Charlé con él, llevaba toda la vida en moto..., la conversación me relajó y deseé y anhelé poseer toda la experiencia de ese desconocido que hablaba de las dos ruedas como si hubiese nacido sobre una de ellas. Y aún hablaba con él cuando a través de las puertas de cristal vi a Alberto empujando a la Darkside sobre la acera..., tragué saliva y sentí un escalofrio, me pregunté que era ese objeto, que sostenía nerviosamente entre mis manos, de color crema y decorado con un elegante y retro forro de piel marrón y costuras con hilo blanco..., tenía forma redonda y cabía en mi cabeza, se ajustaba a ella y deformaba el sonido ambiente, incluso su peso y su volumen tiraba de mis vértebras cervicales hacia atrás cuando había estado practicando con él en la carpintería..., el de la Bicipalo era mucho mas ligero y dejaba las orejas al aire.
Vi ese casco en un escaparate, hace ya un mes y decidí entonces que ese era mi casco..., y hace un mes que empecé a tomar en serio lo de la moto, me compré una revista y mis ojos se clavaron rápidamente en la pequeña custom 125 de Kymco, la Darkside me enamoró al instante, pero seguí ojeando la revista hasta que llegué a los scooters de la misma cilindrada, la Liberty en color marfil de Piaggio también se llevó la atención de mis ojos y creo que ya no miré mas, ya tenía a mis dos finalistas.
Durante las semanas siguientes anduve observando el ir y venir de la motos con las que me cruzaba, observaba como los moteros conducían sus custom, como cambiaban de marchas con el pie, como embragaban con la mano..., los observé como el polluelo del vencejo, con atención y reproduciendo en mi mente esos movimientos de pies y manos sobre la palanca del cambio, sobre las manetas y sobre el puño del gas. También entré en el foro “Espíritu custom 125” y leí con avidez todos los comentarios sobre la Darkside, todas las impresiones de los moteros, veteranos o noveles, todas sus dudas, todas sus experiencias..., todo era teoría en “mi mundo”, menos el rostro de Alberto, que sonreía a un lado de la Zing y me esperaba.
Las puertas de cristal se abrieron y el sonido ambiental de la Avenida de Cardenal Benlloch me devolvió a la realidad.
- Bien Pedro, aquí la tienes.
- Si, ahí está.
Negra, silenciosa, bajita y larga..., inmóvil, casi insinuante, con sus piercings relucientes, con la dirección vuelta a la izquierda, casi tocando el deposito de gasolina, que bien podría ser el busto de una mujer que se estrechaba hacia una cintura de avispa casi imposible y que terminaba penetrando bajo la puntera del sillín, corrido hasta el guardabarros trasero.
- Venga, te voy a explicar unas cositas..., mira, aquí tienes el botón de arranque eléctrico..., también puedes arrancar con el pedal si te quedas sin batería o te apetece, je, je.
Alberto me enseñó a arrancar, a parar, a poner los intermitentes y las luces..., después puso en marcha la Zing y dio unos suaves acelerones..., era la primera vez que escuchaba la moto y no sentí nada.
- ¿Alguna duda, Pedro...?.
- De lo primero que me has explicado ya se me ha olvidado y de lo último ya no me acuerdo.
Alberto soltó una carcajada, paró el motor y me enseñó los secretos de la “pata de cabra”.
- Ten cuidado con ella, tiene muelle de retroceso y con un movimiento brusco la moto se te va al suelo..., yo te recomiendo que pongas el caballete..., eh, bien Pedro y poco mas te puedo explicar, no hay mas..., solo conducirla y eso te toca a ti..., a bueno, durante un tiempo notaras olores raros, son los aceites, la pintura y el barniz que se recalientan, pero luego desaparecerá.
- Si eso parece..., lo de conducirla, quiero decir -murmuré con el estomago gruñendo y sintiendo como todo mi torrente sanguíneo emigraba a capilares imposibles, a recovecos orgánicos inexistentes hasta ese momento..., hasta dejarme anhelante y pálido.
- Venga Pedro, a disfrutarla..., tus llaves.
- Gracias..., a ver si soy capaz de llegar a casa.
- A casa no, primero a la gasolinera que solo tienes dos litros.
- Joder, peor me lo pones..., ahora tengo que hacer dos cosas, ponerle caldo y llegar a casa..., por ese orden.
- Exactamente.
Alberto se despidió y entró en la tienda, tras él descubrí a un adolescente que había observado la clase teórica con aparente indiferencia. Estaba apoyado en un coche, de su izquierda pendía un casco oscuro y repleto de arañazos, se abrigaba con una chupa también negra y fumaba un cigarrillo sin apartar su fatigada mirada de la Zing..., daba la sensación de que pese a su corta edad había vivido demasiado, daba la sensación de que podría enseñarme mil cosas, contarme mil vivencias a lomos de su 49, daba la sensación de que estaba de vuelta de todo..., o puede ser que simplemente tuviese sueño, por eso tendría los parpados entornados y una larga cabecilla de ceniza en el pitillo.
Volví a sentir el peso del casco tirando de mis cervicales, monté a horcajadas sobre ella y por primera vez en mi vida percibí sobre mis piernas desnudas el tacto de la máquina, suspiré, me aseguré de que estaba encendido el piloto verde de punto muerto y con el pulgar derecho apreté el botón de arranque, al tiempo que giraba un poco el gas..., la Darkside ronroneó y el cigüeñal comenzó a girar, el chasis empezó a trasmitir una leve vibración y aceleré un poquito para ir haciéndome con el tacto, deseé que el adolescente no estuviese mirando, que no sintiese el mas mínimo interés por la pequeña custom de 125 y apreté el embrague, pise la palanca y la primera se engranó con un leve chasquido metálico, fui soltando la maneta, la Zing se movió, dio un tirón y enmudeció.


domingo 8 de noviembre de 2009

"RIBAZOS EN LA CALDERONA", la casualidad tres años despues.

.
.
El sábado pasado pedaleé a solas por la Calderona, Joa tenia carrera de montaña, a pie el domingo y quería descansar..., quedamos en que ella subiría a las Tierras Altas a eso del medió día, cuando yo acabase de cabalgar con la Primigenia, también llamada la Bicipalo.
Rodé por la vía de servicio con el viento del norte en contra, molesto, desagradable pero cálido y después de saltar el quitamiedos empecé a rodar por las pistas de tierra, remonté el camino del Campillo, a buen ritmo y con la mente bullendo, analizando las nuevas sensaciones que habían surgido durante la semana al ritmo de Run-run y al tiempo algo gozoso y relajado al ir comprobando que día a día iba manejando mejor eso de cambiar con el pie y embragar con la mano..., sonreí y di gracias a mis neuronas por ir adaptándose a las nuevas necesidades locomotoras..., también a mis piernas, que movían los pedales con habilidad, silenciosamente.



Vistas de la Sierra Calderona desde el collado de la
Moreria.

Coroné el Collado de la Moreria, el viento sopló con fuerza sobre sus poco mas de 600 metros de altitud y desplegando las alas planeé hasta la Font del Berro, presioné las manetas de freno y desmonté junto a la fuente.
- Bon día...- saludé- y que aproveche...
- Bon día..., y gracias.
Me encontré con dos hombres y una mujer que almorzaban junto al caño de agua, tenían una vieja furgoneta azul aparcada a un lado y sobre los bancales de piedra de la fuente había desplegado las vituallas. Distinguí una buena cuerda de longanizas de Pascua envuelta en papel encerado y antes de empezar a salivar caninamente aparté los ojos y llené el botellín, bebí con ganas, el viento me había resecado la garganta.
- ¿Vas solo...? -preguntó unos de ellos.
- Pues si..., llevo ya bastantes años rodando a solar por aquí, bueno últimamente salgo con mi novia, pero hoy no me acompaña.
Empezamos a charlar, a hablar de la sierra, de sus fuentes, de sus bosques, de los cazadores..., en eso llegaron tres ciclistas mas que también se unieron a la charla, mientras uno de ellos clavaba sus ojos el la ristra de embutido, observé que se humedecía los labios inconscientemente..., la chica también se dio cuenta y tardó poco en ofrecerle una pieza. El ciclista se disculpó de su osadía y tomó la longaniza, la masticó entre sus molares y volvió a dar las gracias mientras la deglutía gozoso.
Continuamos charlando, hablamos del uso de la sierra y yo no tardé en despotricar contra los burócratas que dirigen el parque, contra la manía de los políticos de meter las zarpas en todo, más allá de las arcas del estado, mas allá de los impuestos que pagamos los ciudadanos..., ni siquiera el bosque quedaba a salvo de la avaricia, de la corrupción, de la repugnante gestión del medio ambiente que realizan desde despachos con aire acondicionado y calefacción.
- Y gestionar el monte es algo bastante fácil, no hace falta ser un ingeniero forestal vendido a un color político..., simplemente hay que recuperar las formas de vida que hace años se desarrollaban aquí..., hace unos años me encontré con un hombre que había parado aquí con un Patrol, estaba llenando garrafas de agua y tenia una pequeña deformidad en una de sus manos...,
Y noté la mirada intensa de la muchacha..., tendría unos pocos años menos que yo, sus cabellos eran rubios y lisos y su rostro ancho, franco y de perfiles muy redondeados.
- Ese era mi padre..., y el suyo -dijo mirando a otro de los chicos.
- ¿Siii...?, ostras, no me lo puedo creer..., pues escribí sobre él, envié una carta al periódico hablando de los ribazos, de los muretes que hay por toda la Calderona..., y de la breve pero amena charla que tuve con vuestro padre.
- Si..., a el le gustaba mucho hablar, contar como se vivía aquí antes... -comentó la hija..., y miró la fuente, la pista, los pinares

La Font del Berro y una de sus vistas.


- Una vez le Tele Serra le hizo un reportaje -dijo su hermano- explicaba como hacían el carbón hace años, como preparaban la leña y como vigilaba para que no prendiese.

- A mi me habló de las cabras que pastaban en las laderas de la Vigueta y de cómo cultivaban la montaña con las terrazas hechas de ribazos..., aún me encontré con él un par de veces mas, pero hace tiempo que no lo veo.

- Murió... -murmuró ella.

- Ah..., lo siento.

Estuve allí un rato más, los ciclistas me pidieron la dirección del blog y nos despedimos, ellos empezaron a remontar hacia la Moreria y yo me dejé caer hacia el barranco de Vigueta, los hijos de aquel hombre que había recorrido la Calderona en burro y a pie, los hijos de ese hombre que les había mostrado una Calderona virgen y pura, frondosa y rica..., antes de que los incendios la devastasen..., quedaron en la Font del Berro, no se, imagino que recordando a su padre o a los enormes pinos y a las espesas umbrías que ellos si conocieron..., yo no llegué a tiempo de ver esos famosos bosques de pinos y alcornoques, pero por lo menos aún he llegado a tiempo de disfrutarla y gozarla entre los jóvenes pimpollos que poco a poco van repoblando la serranía, mas allá de esos ostentoso carteles de las empresas privadas que anuncian repoblaciones amparadas en esos curiosos planes de actuación que solo sirven para que bailen las comisiones de unos bolsillos a otros.

A continuación reproduzco aquella carta, no he retocado nada..., pese a volver a leerla, habría añadido algo mas, pero debo mostrarla ceñida a las veinte líneas de rigor que te exigen para publicar en prensa.






CARTAS AL DIRECTOR.

RIBAZOS EN LA CALDERONA.


Este sábado me adentré con mi bici de montaña en la Sierra Calderona por unos caminos forestales que salen a la izquierda del repetidor de telefonía móvil que se levanta junto a la explotación de naranjos El Pinot. Serpenteé entre algunos chales, levante los ojos hacia los peñascos marronaceos que se cernían sobre la estrecha pista, atravesé el pedregoso lecho del barranco y sentí cierta tristeza, supe que cuando se ejecutase el PAI sobre las fincas de cítricos todo esto desaparecería. Apreté los dientes y continué pedaleando, ese sábado necesitaba más que nunca de la sierra para relajarme, para contarle mis problemas, para dejar que mi mente se liberase de la presión que había sufrido durante la semana..., ella me acogió con unos tonos apagados, con las pistas secas y polvorientas, con las hierbas amarilleadas, pajizas, con calor y con agua cuando paré a la sombra de la Font del Berro, después de coronar el Collado de la Morería y dejarme caer hasta la fuente. Desmonté y esperé unos segundos a que se llenase la garrafa que recibía el escaso caudal. “Llena hombre, llena...”, el hombre la apartó y pude beber, me senté en una bancada excavada en la misma piedra de la sierra y el hombre señaló hacia el barranco de Vigueta. “¡ay..., quien te ha visto y quien te ve...!”, exclamó. Entablé una calmada y amena charla con él, me habló de cómo se vivía en la sierra hace sesenta años, el aspecto que tenía..., pero lo que más me impresionó fue el origen de los ribazos, de esos muretes que jalonan muchas de las laderas de la sierra. Picaban a mano la montaña y con las piedras que salían los levantaban, en esos bancales cultivaban vid, plantaban higueras, ciruelas de montaña, almendros..., el cielo regaba y después bajaban a las poblaciones cercanas a vender los frutos cargados en caballerías, a pié por los senderos..., y la Calderona volvió a fascinarme. (julio de 2006)























miércoles 4 de noviembre de 2009

DIARIO DE HOMO: El anciano fente a mi, la desesperación en la mujer, las botas altas de las muchachas, Zing Darkside, cuero negro y piercings cromados

.

.

Cada tres meses repaso las facturas, las cuentas del taller y relleno los libros de contabilidad. Los pongo en una bolsa de plástico, siempre la misma y espero el autobús para que me lleve al centro de Valencia, muy cerquita del Ayuntamiento, de la Plaza de la Reina, de la Catedral..., al centro histórico, a la calle de la Paz donde tienen los despachos “Villena y Asociados”.

Pero este viernes era la segunda vez que esperaba el autobús, bueno realmente no tuve que esperar, lo vi llegar desde el final de la calle y mis piernas se lanzaron una tras otra, corriendo frente a la chata y roja cabina del bus hasta alcanzar la parada..., pero había corrido sin ninguna bolsa de plástico entre las manos, sin un pequeño fajo de billetes en el bolsillo porque el IVA y las retenciones ya las había pagado dos semanas atrás..., pero volvía a visitar a los gestores, iba a recoger la declaración de la renta del año pasado y los pagos fraccionados del IVA, la documentación necesaria para solicitar la financiación de la “maquinita”.

Las puertas se plegaron con un soplido, pagué el billete, esperé a que una mujer algo mayor activase su tarjeta ante el lector y me acomodé en pie junto a una de las ventanas. El autobús dio un leve tirón y mi barrió comenzó a desplazarse hacia atrás, sus sonidos desparecieron y el ruido del motor y las conversaciones de los viajeros los desplazaron. Quedó ahí fuera, al otro lado del cristal que se movía cada vez que el vehículo se detenía y bajaban las revoluciones, escuché de nuevo. Eran imágenes mudas, no escuchaba ni el rumor del tráfico ni las pisadas de la gente, tampoco el sonido de las motos ni mis propias pisadas..., solo las conversaciones y el sonido del motor..., la desesperación de una mujer de mediana edad que hablaba con un conocido, con un hombre de piel muy morena y de rostro surcado por cientos de arrugas, alto y con una voz grave que llevaba escuchando ya con otra conversación..., pero en esos momentos solo se escuchaba la voz de ella.

- A la derecha han puesto dos bares y al otro lado de la calle dos cafés..., que no se que diferencia hay entre un bar y un café..., pero la calle esta llena de locales de esos..., antes no era así..., pero lo peor es cuando cierran y la gente se sale con los “cubatas” esos...

Recuerdo que la mujer era de mediana edad, algo gruesa y con los cabellos teñidos de rubio, de piel blanca y labios finos. Se apoyaba contra el respaldo de uno de los asientos y con el brazo derecho se sujetaba al pasamano, de vez en cuando miraba por el enorme ventanal y continuaba hablando.

- Esos se quedan en la calle hablando a gritos, armando jaleo y ensuciando la calle de todo...

- Si..., eso es el “botellón” -apuntó el hombre cabeceando.

La mujer asintió, entornó los ojos y movió la cabeza.

- Si..., eso el “botellón” pero lo peor es que se murió chico que vivía en el piso de arriba..., todos pensábamos que no tenia familiares pero llegó uno que vivía no se donde, heredó el piso y lo ha alquilado a unos estudiantes..., pero que estudiantes, vaya fiestas que montan. Hace unos meses me hice un armario empotrado en el dormitorio, pues a los chicos no se les ocurrió nada mas que montar una fiesta del agua..., yo no se que hacían, creo que jugaban a tirarse globos de agua..., pues creo que alguno de esos globitos atascó el desagüe de las lluvias, total que un día me levanto y tenia una catarata cayendo por el techo, encima del armario..., si vieras como se ha quedado. Pero mira, no hay manera..., subí a hablar con ellos y casi me muerden.

El autobús volvió a arrancar, la mujer volvió a sujetarse a la barra y un rostro se interpuso entre ella y mis ojos. El anciano también se sujetó al pasamano, justo cuando la inercia vencía su vacilante cuerpo hacia delante, se quedó a menos de un palmo de mi cara, me miró desde unos ojos pequeños y medio ocultos por unos parpados marchitos y percibí algo así como miedo o temor, un leve temblor en los labios consumidos y decolorados..., yo sonreí, tiré de mis comisuras hacia arriba, mis músculos faciales se movieron comedidamente para trasmitirle calma y durante unos instantes percibí el esfuerzo del hombre por mantenerse equilibrado con el movimiento del bus..., hasta que se detuvo en otra parada y el anciano ocupó un asiento.

Subieron nuevos pasajeros, personas mayores y una joven que se situó frente a mi, mirando hacia la puerta y calzada con una botas altas y estrechas que le subían hasta las rodillas de los vaqueros. Una gafas de sol cubrían sus ojos y sobre su hombro izquierdo dejaba reposar una coleta de cabellos claros..., se balanceó cuando arrancamos y salimos a una avenida de doble carril pero enseguida giró a derechas y paramos en un ambulatorio. Subieron algunas personas con sobres de color sepia sujetos en la axila, mas gente de edad que buscaba los asientos libres..., la muchacha de las botas bajó y la vi moverse lentamente entre las personas que aún se agolpaban en la parada..., otra chica se colocó frente a mi y se me escapó una mirada al escote, ella alzó un poco los ojos..., y el autobús arrancó de nuevo.

Los edificios volvieron a moverse hacia atrás, eché una mirada fugaz a la tienda de bicletas de la calle Azcarraga, reconocí al vendedor tras los cristales del escaparate y salimos a otra de las grandes avenidas que atraviesan la ciudad, observé los enormes arces que crecen en los jardines centrales, las melias y de nuevo esa muda circulación entre la que navegaba el autobús, me fijé en las motos que nos adelantaban y recordé a esa chica que vi repostar en una gasolinera. Conducía una “custom” como la que yo voy a intentar conducir..., y lo hacia con calma, con seguridad, como cualquier otra persona que no fuera yo.

Volvimos a dejar la avenida y el enorme bus se internó de nuevo por otra callejuela..., la mujer había dejado de hablar, su paciente interlocutor de piel tostada se había bajado y ella miraba por la ventanilla con la mirada como perdida, algo relajada, después del desahogo pero sabiéndose entregada a su suerte, abandonada por una justicia incapaz e ineficaz ante los casos como el que le estaba tocando vivir.

Volvimos a virar a derechas y el bus se detuvo en la Plaza del Mercado, me bajé y caminé hacia el Mercado de Abastos. Una enorme fosa inundaba de barro y de agua enfangada se abría frente a él, era la futura estación del metro y unas motobombas intentaban drenar el agua. Algunos transeúntes observaban la operación tras las vallas metálicas, otros se movían sin prestar atención, concentrados en sus propias vidas, en sus asuntos..., dejé a mi espalda las obras y caminé sobre los adoquines de las callejas, dejando paso a las personas de edad que se movían torpemente sobre las estrechísimas aceras de la calle de la Linterna.

Eché una mirada curiosa a la Plaza del Ayuntamiento, el sol la llenaba de un resplandor cegador, intenso y algunos turistas se movían con paso lento, observando las fachadas de los edificios, echando ojeadas a los mapas y entornando los ojos heridos por la luz.

He descubierto, tras esas visitas al centro histórico cada tres meses que los turistas ya no solo vienen en verano, los veo durante todo el año, a veces con pantalones largos y otras con sandalias y pantalones cortos..., dejé atrás la plaza y me moví por la calle San Vicente hacia la Reina, pasé junto a la Armería Navarro y apenas si eché un vistazo a su escaparate repleto de carabinas de aire comprimido, de pistolas, de machetes..., hace décadas me quedaba mirándolo con detalle, fijándome en todo y anhelando alguno de esos rifles, de esas pistolas..., la tienda también quedó atrás y seguí caminando con cierta sorpresa, con cierta angustia, con cierta extraña añoranza..., preguntándome si me iba a pasar igual con otros aspectos de mi vida, de mi existencia.

Me detuve ante la pesada puerta de forja del edificio donde tienen los despachos Villena y Asociados y llamé, miré hacia la cámara del interfono y volví a encontrarla fuera de lugar, demasiado moderna y metálica en medio de una edificación de corte clásico, sin aluminios ni aceros asomando por la fachada.

- Soy Bonache..., vale.

Empujé la pesada puerta y me encaminé por las estrechas escaleras de viejo mármol blanquecino. Hace un año la normativa les obligo a cambiar el viejo ascensor de jaula por uno moderno, muy moderno, de esos de cristal desde los que suben te pueden mirar mientras tu vas salvando los escalones y aumentando el ritmo cardiaco, ves como te observan, dejados llevar por los contrapesos y las poleas y en un momento dado piensas que la vida es así, hay personas que parecen vivir sin esfuerzo y otras que parecen vivir gracias al esfuerzo del día a día.

Me recibió una de las administrativas y volví a encontrarme con unas botas de piel gris que ascendían hasta unas altas rodillas, después continuaba un pantalón ceñido del mismo tono que ascendía vertiginosamente hasta una especie de fajín de tela que aún se ceñía mas a la cintura de la joven, después un jersey del mismo tono que mimaba su cintura, que se adaptaba a su pecho y que dejaba libre el cuello, la barbilla y la sonrisa de la muchacha.

- Hoy no voy a decir nada sobre tu aspecto...

Ella arqueó las cejas.

- ¿Qué no te gusta...?.

- Todo lo contrario..., podría decir alguna barbaridad, por eso prefiero callar..., hala..., bueno, parece que te has cortado un poco el pelo.

- Si..., un poquito..., bueno, ya tengo lo tuyo, ahora te lo doy.

- Vale.

Desapareció tras uno de los archivadores y yo miré por la ventana, vi los tejados de los edificios, las terrazas cubiertas de losetas rojizas, algunos parches de tela asfáltica, las cubiertas de teja y recordé el vuelo de los vencejos en primavera. Apenas si se oían sus trinos, tampoco el rumor del tráfico..., los cristales dobles creaban una extraña atmósfera, casi como los del autobús, me permitían ver el exterior pero no oírlo. La actividad en el despacho cesó cuando se me ocurrió hacer un comentario en voz alta, por unos instantes los números del IVA y de las retenciones dejaron de bailar, de sumarse o de restarse..., dije casi lo mismo que había escrito en el blog, solo que en esa ocasión podíamos verlos volando sobre un mar de viejas antenas de televisión, sobrevolando alguno de los edificios históricos de la ciudad y posándose en las grietas, en los huecos de las tejas para alimentar a los polluelos. Recuerdo, que al poco de empezar mi improvisada conferencia se acercó un hombre que esperaba en la salita, era mayor y sostenía varios sobres con membretes oficiales, esas cartas que solo traen malas noticias y amenazas institucionales.

- ¿Le importa que escuche...?, es que le estoy oyendo y parece muy interesante lo que cuenta..., bueno y es que a mi me gustan los pájaros.

Durante la breve exposición sobre la vida de los vencejos aquel hombre se relajó, sonrió observando el vuelo rápido y habilidoso de esas aves negras y estilizadas que nadie parecía haber visto antes en aquel despacho.

Observé las hojas distraídamente y después a ella.

- Es que voy a ver si me hago motero.

- ¿Ah siii....?.

- Si..., es que ya paso de los cuarenta y me estoy quedando calvo, me falta el requisito de la barriga pero creo que no será muy doloroso crearla..., y esto es para ver si me la financian -comenté echando un vistazo al sobre de color sepia que me acaba de entregar.

- Pues venga, a ver si hay suerte.

- Venga..., hasta dentro de tres meses.

Salí del despacho, volví a bajar por la estrecha escalera y me encaminé por la calle de la Paz hacia el viejo cauce del río, hacia las obras monumentales y repetitivas de Calatrava..., miré a mi derecha, por encima de las copas de los pinos que poblaban el viejo cauce del Turia y distinguí primero los cúpulas acristaladas del Palau de la Música y mas al fondo la orgánica línea del ultimo edificio inaugurado por el arquitecto. Me recordó al casco que usaban los conquistadores españoles en tierras sudamericanas, también al nido de las mantis religiosas..., surgía algo turbio entre la extraña calima de mediados de octubre, reflejando parte del sol sobre sus superficie de hormigón blanco, creando sombras y contrastes entre sus costillas artificiales..., una construcción distinta, creativa, casi viva, como la estructura acorazada de un artrópodo gigantesco..., al tiempo que visto desde otro ángulo me recordaba a una carpa boqueando sobre el cauce seco del río, descamada y mostrando sus espinas..., creo que en su interior se canta ópera, no lo tengo claro, tampoco he visitado nunca la Ciudad de las Artes y las Ciencias ni el Oceanográfico..., queda lejos de “mi mundo”, contradictoriamente, creo que algún día debería dedicar una mañana de estas que tanto abundan de poco trabajo y visitar el fastuoso complejo creado en una ciudad incapaz de aplicar la Ley de Dependencia. Cerca de mi casa han abierto el Bioparc, que es el nuevo zoo, eso también debería visitarlo y ver por fin a los primates, a los chimpancés, a los lémures y a los leones, a los elefantes..., a esa fauna que poblaba la sabana, los nuevos espacios abiertos en los que evolucionó homo..., no como estos sobre los que sigo caminando, los matorrales son miles de vehículos aparcados, las manadas de herbívoros son esos mismos coches rodando por las avenidas que voy cruzando con cautela, no se exactamente donde cae Cardenal Benlloch..., y las acacias y baobads son edificios que crecen hacia donde la perspectiva estrecha la calzada, hacia donde desaparece la circulación envuelta en sus propios gases.

A veces sueño con estas mismas calles que no conozco demasiado bien, sueño que el bus tarda en pasar, entonces decido ir a pie, como hoy y empiezo andar pero al ratito cambio de dirección, me confundo, me desoriento y termino despertando sin haber logrado regresar a casa. A veces me da la sensación de que las calles son simétricas, de que camines hacia donde camines nunca sales de ellas, nunca te alejas ni te mueves hacia otro lugar..., pero ahora mismo camino tranquilo y sonrió al ver uno de esos paneles luminosos que te informan sobre el tráfico. La flecha iluminada por leds anaranjados gira a la izquierda y me dice que en Cardenal Benlloch la circulación es fluida..., vaya, en dado con la avenida sin vagar en círculos, sin desorientarme, sin regresar frustrado a casa y temeroso..., como cuando hace mas de 25 años volví a la carpintería de mi padre sin haber sido capaz de encontrar la calle Erudito Orellana, sin haber entregado un carrete de fotografías en Casa Domingo para que lo revelasen. ¿¡Es que no sabes preguntar...¡?..., debió vocear mi padre, se que dijo algo peor, pero bueno, por entonces era normal..., los padres educaban como les habían educado a ellos y creo que a mi abuelo, al que no conocí, le costaba poco quitarse el cinturón de carabinero cuando mi padre cometía alguna travesura, que al parecer eran habituales.

Me sorprendió la anchura de la avenida, la cantidad de sol que la iluminaba, lo distanciado que estaban las fachadas y la amplitud de las aceras, el espacio que existía entre los transeúntes cuando nos cruzábamos..., el anonimato del lugar en si mismo. Contrastaba con la parte histórica de la ciudad que acababa de dejar atrás, de aceras adoquinadas y mas estrechas, de personas que se movían entre las sombras de los edificios de fachadas decoradas con cenefas, con cristaleras enmarcadas en madera y que se paraban ante los escaparates de las zapaterías, de las tiendas de ropas, de las tiendas de confección en las que se vendían telas y complementos..., en las terracitas de los locales de siempre, tomando un café, ojeando la prensa viendo a personas estilosas. En esa parte de la ciudad había visto a personas, a hombres y mujeres vestidos con cierta elegancia, con aspectos distintos a los que veo en mi barrio..., almorzando pequeños bocadillos en pie o sentados alrededor de pequeñas mesas ancladas al suelo, mesitas bajas contra las que tropezaban las rodillas de los mas altos..., pero seguía estando en Valencia, en la urbe, sobre el hormigón y el cemento que se extendía hasta donde alcanzaba la vista..., descubrí la fachada del hotel Puerta de Valencia a mi derecha, al otro lado de los carriles y recordé la tarde que pasé con Mariangeles asistiendo a una breve charla sobre métodos de superación personal, de autocontrol, de mejora individual..., al final no hice el cursillo pero descubrí que alguna de las ideas de la conferenciante ya las aplicaba en mi vida de manera autodidacta. Recuerdo que al salir llovía intensamente..., y mi amiga había ido en moto, estuvimos charlando un rato y al final confesó que no se atrevía a llevarme a casa con semejante cortina de agua. Regresé a casa en taxi y justo cuando estaba a punto de abrir la puerta del patio me llegó un sms de la Niña Cazadora..., lo leí y me quedé sin habla..., describía esa misma noche de lluvia, pero en su antiguo chalé, justo frente al quitamiedos de la vía de servicio y con la sierra Calderona perdida en la oscuridad de la lluvia y de la noche..., y pude oler esa tierra húmeda, empapada, pude sentir el fresco y escuchar el rumor sobre las tejas, sobre los árboles, sobre la hierba.

Me detuve y durante unos instantes observe a través de las puertas de cristal de Alfa Motos. Las máquinas, colocadas a ambos lados, se alargaban hasta casi el fondo del local..., un empleado limpiaba briosamente los carenados con una bayeta, por la forma de sus labios debía de estar silbando.

Empujé y entré, no percibí ningún olor especial pero si sentí el cambio de luz, fuera quedó esa luz del sol, demasiado intensa y dentro los halógenos crearon la atmósfera artificial que llenaba de brillos las carrocerías de las motos, los colores de los scooters refulgían vivamente y los cromados de las dos custom, que reposaban a mi derecha, destellaban impolutos, sin arañazos, sin polvo, sin ese oxido que tarde o temprano aflora entre las soldaduras o sobre la misma superficie del metal.

Enseguida distinguí a la Zing Darkside de 125 cc, colocada junto a su hermana mayor, la Venox de 250 cc..., ya la había visto en la calle pero en la tienda parecía mirarte insinuante, parecía ofrecerse repleta de piercings cromados y como vestida de cuero negro.

Suspiré y me encaminé hacia otro empleado que trabajaba en una mesa.

- Hola, buenos días.

- Buenos días.

- ¿Alberto...?.

- No..., es mi compañero, aquel de allí..., ¡Alberto...¡.

El mismo que había visto aseando a las maquinas, levantó la cabeza y nos miró.

- Este señor pregunta por ti...

- Voy -respondió en un tono jovial y simpático.

Avancé hacia él y me presenté.

- Hola, soy Pedro, te llamé la semana pasado preguntándote por Zing, hablamos del tema de la batería, de lo que había leído en los foros sobre ella...

- Ah si, claro que me acuerdo..., pero cuidado con los foros que se dice de todo y se confunde a la gente..., lo mejor es venir aquí, hablar conmigo o con cualquiera de mis compañeros.

Sonreí y eché otra mirada a la custom.

- Pues yo no tenia ni idea de motos, primero me compré un catalogo, vi la Zing y me decidí en el acto, después entré en los foros, leí sobre ella y terminé de tenerlo claro..., por cierto, la ponen muy bien, con los fallitos que da, como cualquier otra moto..., pero en conjunto todo el mundo está encantado..., el problema realmente soy yo.

Alberto arqueó las cejas, unas cejas crecidas sobre una piel bronceada que se extendía sobre su rapado cráneo.

- ¿Y eso...?.

- Pues porque yo soy unos de esos miles de cuarentones que en su dia suspendieron el carné de moto y que ahora, con esa nueva normativa, tenemos la oportunidad de poder montar en la moto..., aunque yo no monté en Vespino ni cuando tenia quince años..., joder y eso de las marchas me tiene dos semanas agobiado.

- ¿Las marchas...?, por eso ni te preocupes, al principio se te acumulará el trabajo pero al cabo de unas horas te irás soltando. El verdadero problema son los coches..., en el momento te montes ahí, si es que te la llevas.

- Claro que me la llevo, es la que quiero.

- Vaya, que poco trabajo me estas dando..., pues lo que te estaba contando..., cuando te subas ahí serás “invisible”, eso que no se te olvide. Los coches, para cambiar de carril o para girar buscan bultos u otros coches en los retrovisores pero no motos..., las motos son divertidas y practicas..., pero necesitas estar mucho más atento.

- Vaya..., en los foros también hablaban de eso y uno de los foreros decía que había que tener un ojo al frente y otro en el cogote.

- Y así es...-concedió Alberto- entonces..., ¿quieres que te explique las características de la moto....?.

- No quiero molestarte..., pero es que he leído tanto que creo que solo me falta saber llevarla..., pero hay otro tema del que no he leído nada, el de la financiación..., por eso he traído la declaración de renta y los pagos trimestrales del IVA.

- Vaya, si que has venido preparado..., bueno, pues voy a tomarte los datos, se los pasamos a la financiera y esta misma tarde ya tendremos la respuesta.

- Pues hala, a confesarme.

Acompañé a Alberto hasta su mesa, hasta su curioso despacho a menos de dos metros de las primeras motos del local. Con un tono tranquilo y afable me hizo unas pocas preguntas, fue apuntando los datos, fotocopió las declaraciones, repasó los datos y me miró.

- Bueno Pedro, con todo esto tenemos mas que suficiente..., yo casi me atrevería a decirte que nos lo van a conceder..., total son 1500 euros..., más la matriculación que si quieres la podemos incluir...

- No, no..., te la pagaré aparte.

- Bien, pues lo que te decía..., como es poquito y a un año pues casi si, pero habrá que esperar tan solo unas horitas.

- Vale..., he esperado 43 años a subirme en una moto..., imagino que podré esperar unas horas mas.

- Si hombre si..., Pedro... ¿tienes alguna duda mas...?.

Le miré fugazmente..., su voz sonaba distinta, ahí en la calle, mezclada con el motor de la Zing sonando sobre la acera de Cardenal Benlloch, frente a las puertas acristaladas de Alfa Motos..., de mi mano pendía un casco y sentía una extraña sensación en el estomago, como de vació, como de ausencia de emoción, de anhelo..., pero era una escena que aún no se había producido, era una imagen del futuro, algo que estaba por llegar, una decisión tomada fuera del decorado del show de Truman, una consecuencia de ese salto suicida del vencejo fuera del nido sin haber batido jamás las alas.

Me despedí de Alberto, salí de la tienda y no vi ninguna Zing ronroneando sobre la acera, tampoco ningún chaval alto, con pantalones cortos y vestido con una camiseta negra en la que se podía leer en su pecho “Matahombres” junto a algunas marcas comerciales de las que patrocinaban la prueba de mountain bike..., giré a izquierdas buscando la sombra de los edificios, caminando de nuevo hacia el cauce del río, sabiendo donde estaba, sin desorientarme como en los sueños pero sin saber realmente si deseaba hacer lo que había ido a hacer.

Por la tarde sonó el móvil y enseguida reconocí la voz de Alberto, la financiera no había puesto ningún problema, quedamos en que iría el lunes a llevarle la fotocopia del DNI y la entrada, me despedí y al momento volvió a sonar el móvil, era Joa, le conté la peripecia de la mañana y que ya me habían concedido la financiación.

- Que no cariño, a los bancos ni un céntimo a ganar, ya han recibido bastante dinero del estado, que es el nuestro para que encimas te cobren interese y comisiones..., eso dinero te lo dejo yo y me lo devuelves poco a poco.

- Pero...

- Ni peros ni peras, mientras estemos juntos no pedirás un crédito más -replicó Joa enérgicamente, unas horas mas tarde me dejaba los billetes encima del sofá de su casa y yo rompía a llorar..., nunca nadie había hecho nada parecido por mi.

viernes 30 de octubre de 2009

IKEA, la cuchillada final..., mientras Camps sonrie imaginando las comisones y dádivas que soltarán los suecos a diestro y siniestro.

.

.

Canal Nou Toxinas daba la noticia de la implantación del gigante sueco en Valencia, como siempre utilizaba la palabra que mas les gusta..., “impacto económico”, hablaban del impacto económico en Paterna y en toda la comunidad, hablaban de los mas de 2000 puestos de trabajo que se crearían y del movimiento empresarial que se produciría para abastecer a la multinacional. Después entrevistaban a algunas personas que respondían encantadas, también a propietarios de bares y restaurantes que sonreían aún mas..., lo curioso es que no preguntaron a ningún ebanista, a ningún carpintero y a ningún tapicero..., de los que diariamente son despedidos aquí, en la región de las carreras de veleros, en la ciudad donde vuelan los Formula 1 por sus calles, en la ciudad de las competiciones ecuestres o de los torneos de tenis..., la misma ciudad que día tras día observa indiferente como la industria textil y del mueble se desangra, agoniza y muere lentamente sin que nadie le eche una mano, sin que nadie aminore las cargas que soporta, sin que nadie la nombre..., mientras que la industria juguetera ocupa minutos y minutos en ese mismo canal privado del PP, llamado por mi Canal Nou Toxinas, la llamada televisión de todos los valencianos, la misma a la que se desvían parte de mis impuestos..., mientras que cualquier petición o capricho de Ford recibe una respuesta instantánea y vergonzosa por parte del gobierno autónomo o mientras las industria azulejera, afianzada en territorio Fabra recibe los fondos que haga falta.

Se informaba en la misma noticia que IKEA comenzaría a funcionar hacia el 2012, justo cuando la mayor parte de la industria del mueble y del textil en Valencia ya habrá desaparecido o se encontrará exhausta, descapitalizada e incapaz de reaccionar ante semejante reto.

IKEA llegará y muy posiblemente provocará el cierre de bastantes carpinterías, caerán los pequeños talleres de tapicería, las tiendas de complementos de decoración verán descender sus ventas aún mas y puede que yo mismo y mi pequeño taller de esqueletaje sucumbamos, después de aguantar esta crisis que poco a poco se va hundiendo en el vientre de las pequeñas y medianas empresas..., pero realmente los suecos no tendrán la culpa del todo, tampoco la dejadez y la falta de escrúpulos de Camps y sus acólitos..., gran parte de esa culpa será de los propios empresarios que hasta ahora habían estado nadando en la abundancia, apenas invirtiendo en sus empresas, en tecnología, en publicidad, en estudios de mercado, en procesos de fabricación y distribución, en tareas de innovación y diseño, en formación y adiestramiento de las plantillas, en la atención al cliente..., aquí en Valencia ha primado eso de “esto siempre se ha hecho así y así se va a seguir haciendo..”, aquí se ha creído en conceptos comerciales ya desfasados y poco eficaces, como el de la fabricación en serie para abaratar costes pero sin calcular la penetración del producto en el mercado, sin calcular las ventas de ese nuevo sofá, la aceptación que va a tener.

Hace un año, cuando la crisis ya mordía pero sin apretar demasiado, tuve una charla con un tapicero que de alguna manera se jactaba de que las crisis no iba con él, su hija también estaba en la conversación..., y en un momento dado levante la vista y vi que el inmenso altillo de la nave estaba repleto de esqueletajes cubietos de polvo y arrinconados, modelos a medio empezar, sofás que estaban allí arriba olvidados, ocupando espacio y sin devolver el dinero invertido en ellos.

- Vaya..., tenéis ahí arriba mucho esqueletaje almacenado..., ¿no os compensaría pedir solo los que necesitáis...?.

- No, no -respondió la hija, una muchacha de hermosos cabellos ensortijados y rubios- es que así sacamos precio.

Recuerdo que cabeceé y volví a mirar esa ingente cantidad de sofás que jamás se tapizarían. Lo que el padre y la hija no sabían en esos momentos es que yo había entrado a sustituir a ese otro carpintero que solo aceptaba pedidos de seis en seis..., ahora fabricaba yo de uno en uno y con un pequeño sobrecoste que pese a todo compensaba a todas luces, conmigo se habían terminado los estocks, la picaresca a la hora de facturar y la fabricación a medida fija.

Bien es cierto que hay empresas en Valencia bien gestionadas, que son capaces de diseñar, fabricar y lanzar productos de calidad..., pero se topan con de nuevo con esa mentalidad parásita y sin principios del resto de las empresas que compiten en el sector. Es muy fácil esperar a ver esos muebles, esas sillas, esos sillones o esos sofás para después copiarlos sin haber invertido un euro en diseño ni en creación. Y voy a confesar que eso ocupa gran parte de mi trabajo, a mi carpintería suelen venir con catálogos, con revistas de decoración o con imágenes descargadas desde la misma IKEA.

Un amigo tapicero me trajo uno de esos modelos suecos en papel, recuerdo que vi el precio, realmente bajo y luego le dije.

- Tu no vas a poder sacar ese precio..., estos sofás los fabrican a miles y a medida estándar.

- Ya se lo he dicho al cliente -respondió Jose- pero no le gustan las telas que le ofrecen y lo quiere de un poco más grande.

- Bueno, pues lo hacemos y ya está.

Lo hice a la semana siguiente..., y así muchas veces, lo único que puedo decir es que mis “replicas” son tan buenas o mas que los originales.

Hoy, final de mes he hecho el balance de la producción y la he comparado con la de octubre del año pasado..., el resultado ha sido escalofriante, aunque ya lo intuía, la caída ha sido de un 55,7 %, esto es quiebra técnica, ¿no..., Josep Julian y German...?, lo peor es que este índice de caída es mas general de lo que uno se puede imaginar. Esta misma tarde he llamado a un cliente que me debe casi 500 euros, me ha encargado otro sofá y luego a añadido que ya verá si me puede pagar. El tiempo de cobro, incluso a mis mejores clientes se está alargando de manera angustiante..., de momento hago frente con mis reservas, con el estrecho colchón económico que creé para respaldar la carpintería de alguna contingencia.

IKEA se perfila amenazante en el horizonte, llega con unas ideas avanzadas, con un fortísimo respaldo de capital, con unos conceptos comerciales que nuestros empresarios del mueble y del textil desconocen o que simplemente niegan recitando aquello de “aquí las cosas se hacen así...”..., hasta que llegaron los cromañones y poco a poco extinguieron a los que entonces hacían las cosas como siempre.

También es posible que IKEA replanteé la mentalidad del sector, que refresque las mentes de los propietarios de las empresas que hasta entonces las habían estado conduciendo como siempre, sin ser conscientes de que la globalización nos afecta a todos, sin ser conscientes de que los tiempos cambian mas rápido de lo que nos imaginamos..., lo único positivo del aterrizaje del gigante llegado del frío será que nos espabilará, saldremos a traspiés, tropezando, algunos no podrán levantarse y otros seguirán existiendo, recuperando parte de los clientes cuando la gente descubra, que al fin y al cabo no es "oro todo lo que reluce"..., IKEA no es la panacea, no dan euros a sesenta céntimos y ni sus muebles son lo “lo más de lo más”, sin embargo es algo que han logrado que creamos..., y esa es una de las razones de su éxito.

miércoles 21 de octubre de 2009

NEARDENTALES, ¿POR QUE SE EXTINGUIERON?.

.


.



“Investigación y Ciencia”, lanza su número de octubre con esta pregunta: “Neardentales, ¿Por qué se extinguieron?”, y la periodista Kate Wong comienza su artículo localizando los últimos asentamientos Neardentales en Iberia, cita las cuevas de Gibraltar como las últimas tierras colonizadas por estos ancestros que surgieron en la Europa Glacial hace unos 200.000 años. Este asentamiento sería algo así como la migración final escapando de los hielos, de las hambrunas, de los cambios en la fauna y en la vegetación provocados por los cambios bruscos y repentinos del clima..., nos relata la periodista. Unas variaciones demasiado rápidas, según algunos investigadores para que neardental se pudiera adaptar a esas nuevas condiciones de manera eficaz, está claro que muchos de ellos lo consiguieron, pero sus poblaciones ya se habían fragmentando de manera irreparable. El índice de natalidad habría descendido y los periodos de carestía alimentaría continuarían minando sus clanes hasta la desaparición final de esos humanos que coexistieron con los sapiens, con nosotros mismos durante 10.000 años.

La imagen del ultimo neardental mirando hacia África siempre me ha humedecido los ojos…, no se, los imagino como felices, lejos de los fríos, de las glaciaciones que vivieron y a las que se adaptaron perfectamente, en la soledad de aquellos inmensos glaciares, de hielos azules y altas paredes congeladas, como los únicos humanos que ocupaban aquel silencioso continente, en el que solo se escuchaban las berreas de los ungulados, los barritos de los mamuts lanudos, los aullidos de los grandes lobos, los gruñidos de los predadores desde la espesura de aquellos bosques impenetrables de coníferas…, o sus propias voces, el sonido de sus cacerías cuando todo el clan lo hacia al tiempo, mujeres y niños alborotando para conducir a las presas hacia las emboscadas donde esperaban los hombres armados con lanzas cortas y recias, rematadas con puntas de silex…, en Gibraltar, en la cueva de Gorham ya no vestirían con cueros cubriendo sus cuerpos fornidos y recios, y sus pieles pálidas y blanquecinas habrían comenzado a broncearse, como las de esos otros humanos con los que a veces compartían territorios de caza, con los que a veces se encontraban cara a cara, con los que a veces comerciaban, contra los que a veces luchaban…, pasearían por la costa marisqueando, aprovechando los peces muertos que el mar arrojase sobre la arena o pescando con arpones…, ellos no sabían que estaban en la ultima frontera, ellos no sabían que eran los últimos neardentales o puede que si, puede que lo intuyesen, como la madre que describí en otro de los capítulos de “Atapuerca 640, mi viaje”…, ellos no sabían que al otro lado del mar existía otra tierra, otro continente…, el continente Madre.

.

"Movimiento de gentes, largas marchas, migraciones de generación en generación, durante miles de años por tierras que desconocían pero que eran más acogedoras que aquellas que dejaron sus antepasados que vivieron y evolucionaron en la Europa Primigenia. Quedaron atrás los eternos hielos, las sombrías y gélidas cuevas y ese cegador reflejo de las nieves y de los glaciares eternos que obligaba a entornar los ojos y a mirar hacia abajo, a cubrirse el cuerpo con pesadísimas pieles de las cuales no podían desprenderse ni para dormir. Se alejaban de ese frío que se incrustaba en sus organismos en forma de dolor brutal en las articulaciones y congelando pies y manos. Huían del hambre cuando los inviernos no cesaban, las largas lunas y soles, noches y días dentro de la caverna en penumbra, con el fuego siempre encendido, quemando madera, huesos, excrementos, astas..., ella no lo vivió, pero muchas veces tiene esos recuerdos, incluso siente el frío y ve como todo los pelos de su piel, ya algo más bronceada, quieren salirse tirando de ella hacia fuera, entonces cierra los ojos y aspira el humo de esas brasas que prepara con unas hierbas que solo ella conoce y que le sirven para ver cosas que no puede cuando abre los ojos. Aspira de nuevo, baja sus parpados y percibe el rumor de las olas allá abajo. Nació en esa caverna y no sabe lo que es la nieve o el hielo, aunque una vez vió una enorme montaña blanca flotando sobre el mar grisáceo, que aquella vez no era azul, era gris como un cielo que tampoco tenía el color de siempre. Sonríe al recordar lo que le dijo entonces la más vieja de las mujeres del clan, “nosotros vivimos allí hace muchas lunas...”, y desde aquella vez es capaz de volver a ver esas montañas cegadoras cuando aspira el humo, siempre a solas, cuando los tres hombres salen a cazar y cuando su bebé duerme. Escucha el mar, esa inmensidad que siempre está en movimiento y a veces, si logra concentrarse en alguna de esas aves que surcan el cielo en curiosas formaciones triangulares, es capaz de sentir el viento, la suspensión por encima de las aguas. Es capaz de descubrir una línea de tierra en ese horizonte invisible desde su cueva, ve otra costa, la espuma blanca de las olas rompiendo sobre ella y a manadas de animales corriendo, migrando y dejando tras ellos estelas de polvo. Ve otros semejantes a ella y a los suyos, pero no viven en cavernas, viven en chozas y si logra descender, moverse entre ellos sin que la descubran, sin que se den cuenta, entonces llega a sentir la tierra bajo sus pies desnudos y en lo más profundo de su cerebro, un recuerdo que se pierde en nuestros ancestros más remotos. Es capaz de ver las selvas y las extensiones de las sabanas abiertas por los cambios climáticos cuando se yergue sobre sus dos piernas..., los carboncillos se van consumiendo, dejan de humear y el rostro de la mujer neardental se contrae, frunce la frente y oscila.

Está acuclillada junto a su bebé, la criatura también se mueve nerviosa entre las pieles que lo protegen, la mujer gime, cabecea y se abraza a si misma como si algo penetrase violentamente en su tórax, tratando de contener el dolor, la hemorragia provocada por el venablo de uno de esos muchachos sapiens que tratan de robarles el viejo buey que los tres neardentales han logrado abatir. Neardental emite un alarido de dolor y ve su sangre manar sobre su propia piel y por la vara afilada, la sujeta con sus poderosas manos y tira de ella hasta que logra extraerla, la arroja furioso, alza la cabeza y ve al joven que le ha herido. Está en lo alto de un lomazo, recoge su corta y pesada lanza y carga contra él, arroya a su paso la vegetación y ve como el diferente trata de colocar otra de esas pequeñas pero mortíferas lanzas en una pieza de madera que les permite enviarlas mucho más lejos que él y con mayor potencia.

El sapiens es un adolescente y gran parte de su atlético cuerpo está cubierto con pinturas complejas en tonos blancos, negros y ocres..., ahora es él quien levanta la cabeza y ve a ese otro que está demasiado cerca, no puede creerlo, le ha alcanzado de lleno con su primer lanzamiento y continua en pie, demasiado, cerca, tan cerca que incluso puede ver el brillo de la sangre en su musculado y ancho tórax ..., y algo le empuja hacia atrás desde la barriga, tiene el rostro del otro hombre muy cerca del suyo, nunca antes había estado tan cerca de uno de ellos, no puede apartar sus ojos claros de esas negras pupilas, hasta que un velo oscuro va cayendo ante sus ojos sin que haya llegado a ver la lanza incrustada en su abdomen, se derrumba y neardental se da media vuelta buscando a sus compañeros. Escucha sus gritos, los gruñidos y alaridos del enfrentamiento contra los otros, pero son muchos y les envían las lanzas desde cualquier sitio. Ellos no pueden lanzar lejos y tratan de esquivarlas, de acercarse hasta lograr tenerlos al alcance de sus varas, pero los venablos siguen volando y uno de ellos le alcanza por la espalda. Siente el golpe y se gira con grito, aún puede ver a otro joven diferente, inspira profundamente y corre hacia él. Sujeta su pesada lanza con ambos brazos y el venablo se balancea en su espalda, no aparta sus ojos de él y ve como ese brazo mucho más estrecho que el suyo se alza, se mueve hacia atrás y con un rapidísimo movimiento le envía otro venablo que zumba en el aire hasta que se estrella en su pecho. Le atraviesa el grueso esternón y revienta una de las cavidades del corazón, la sangre sube y brota por su boca, neardental trastabillea y cae a los pies de sapiens...., ya no se oye nada, solo algún lamento y poco a poco surgen las voces de los muchachos del poblado, suenan temerosas, algunos balbucean entre sollozos ante la masacre. Ninguno de ellos imaginaba que terminaría así, han muerto ocho de los jóvenes. Unos quince salieron del poblado dispuestos a seguir a los cazadores neardentales hasta que estos abatiesen una buena pieza, después solo tenían que arrebatársela, como siempre o ahuyentarles, pero todo se complicó y ahora los buitres sobrevuelan el cadáver a medio descuartizar del buey, sus siluetas planeando proyectan sombras sobre la tierra..., hasta que se posan y a saltos se acercan a los cadáveres, picotean los restos de los neardentales, meten sus largos cuellos entre las vísceras del bóvido o se disputan entre picotazos y saltos los cuerpos humanos. Graznan los cuervos y las hienas ya trotan hacia los despojos.

Un pequeño fuego crepita dentro de la cueva, la mujer neardental amamanta al pequeño y no cesa de mirar hacia la entrada, también ha prendido unas llamas ahí fuera para que puedan guiar a los cazadores, a su propio hombre..., pero no es él quien se acaba de detener ante la fogata, es una mujer, una mujer que no es como ella, pero la conoce. A veces se han encontrado recolectando plantas o rastreando la playa en busca de los peces muertos que las olas arrojan sobre la arena, mariscando o trabajando las pieles al viento de levante. La mujer entra y se acuclilla frente a ella, junto a su hogar, frente a sus llamas y puede ver cuan distintas son. Sobre todo le parece extraño y curioso el color y las formas de sus cabellos, la manera de trabar el cuero para vestirse, las piezas de marfil, los dientes de carnívoros que cuelgan de su cuello, incluso por las orejas perforadas. También tiene señales en el rostro hechas con colorantes y es más alta que ella, su cabeza también parece más alta y su voz está llena de tonos y variaciones, matices y sonidos que jamás había percibido entre su gente. La escucha sin entender lo que dice pero sabiendo el significado de esas gotas de agua que resbalan desde sus ojos y que brillan con las llamas, nota su tono acongojado y el desanimo de su espíritu por culpa de lo que otros han hecho. Las manos de la mujer distinta pasan sobre las llamas, perciben el calor en sus palmas y se encuentran con la de ella, con la de neardental, el bebé observa y su madre tiene la certeza de que ella será la última. No podrá trasmitir a nadie los conocimientos de las hierbas ni podrá contar las antiquísimas historias de su pueblo, de los auténticos hombres del hielo que dejaron aquellas tierras para encontrar otras en las que sus vida fueron más fáciles hasta que llegaron los que son como esa mujer que ha entrado en la caverna. Siente el calor de ella envolviendo su mano, los latidos, esas pulsaciones que solo se notan en los vivos y que sirven para saber cuando alguien se va a enfriar para siempre..., cierra los ojos y se acurruca en lo más profundo de la cueva, deja que las llamas se consuman y una silueta se mueve fuera de la gruta, aprieta algo contra su pecho y el llanto de un bebé se escucha en la noche de los tiempos, pero la mujer le susurra algo y la criatura vuelve a dormirse, es una voz que el bebé tampoco ha escuchado nunca.. Se escucha el rumor de las olas, algunas voces siseantes, el canto de las aves nocturnas y el de las diurnas cuando amanece, cuando el sol proyecta su luz contra la cueva, cuando se eleva y nadie sale de ella, suena el murmullo del mar y el zumbido del viento de levante volviendo a soplar en el estrecho".

.

La cueva de Gorham, en Gibraltar..., en algun momento

de nuestras prehistoria, ellos entraron y salieron de la

caverna, charlaron y escucharon el sonido de las olas

percibieron el viento cargado de salitre, de agua marina

pulverizada.

.

Los restos de una mujer Neardental, útiles de silex utlizados por

. ella y los suyosy restos oseos de un íbice..., al fondo las vistas

del estrecho, de esas aguas que llenaron de calidez las vidas de

los ultimos Hombres del Hielo.


.


¿Quiénes fueron los Neardentales?, ¿cómo eran físicamente?,¿ hablaban?, ¿tenían arte?, ¿enterraban a sus muertos?, ¿es cierto que practicaban el canibalismo gastronómico habitualmente?.


Hace mas de 1.700.000 años se producen las primeras migraciones, los primeros movimientos humanos desde África hacia Europa, son los Homo erectus que se asentarán en Asia…, los movimientos no cesarán, seguirán ocupando nuevos territorios, seguirán explorando y evolucionando hacia nuevos humanos…, pero ya fuera de África, en distintos ambientes, en distintos climas, con distintas pautas alimentarías…, que lentamene irán seleccionando a los individuos y a sus genes, acumulando mutaciones, algunas negativas, que terminarán con la desaparición de esas poblaciones y otras positivas que les facilitarán la supervivencia y la adaptación. En ese momento, hace unos 200.000 años y siempre hablando de Europa, surge Neardental, la nueva especie humana, el salto evolutivo desde Homo Heidelbergensis hacia otro humano, también llamados “Hombres del Hielo”…, mientras tanto, al mismo tiempo pero en África ya se comienza a perfilar otro salto evolutivo, pero de otra rama, de otro tronco genetico, Homo sapiens, otro homínido mas inquieto y mucho mas inteligente que aquellos primeros homos que salieron del continente, una nueva migración estaba a punto de producirse, esa que protagonizarían los llamados por mi, “Hijos de la Eva Negra”, pero hasta ese momento, neardental ocuparía Europa ajenos a ellos.


.


¿Cómo eran los Neardentales?.


.


Los Hombres del Hielo eran de estatura más bien baja y de complexión recia y maciza, se ha calculado su altura en torno al 1.70, con pesos que oscilarían entre los 75 y 85 kilogramos, se sabe que poseían una gran masa muscular y en proporción a las estaturas y pesos de nosotros, muy superior a la nuestra. Sus huesos eran gruesos y aún se pueden ver en ellos las huellas de las inserciones de las aponeurosis musculares y decenas de fracturas reparadas, de lesiones realmente graves que nos desvelan el tipo de vida, de alimentación y de caza que desarrollaban.

.

. El cráneo de la izquierda es de un neardental, el de la

derecha es de un sapens, pero está demasiado inclinado

hacia atrás y apenas si sepuede percibir la mayor altura

de la frente y de la bóveda craneal.

.

Poseían una masa cerebral superior a la nuestra y su cráneo era de frente más bien baja y alargada hacia atrás, de paredes gruesas y fuertes. Sobre sus ojos crecían unos arcos supraorbitarios también prominentes y su rostro se proyectaba hacia delante, descendiendo hacia una mandíbula más bien estrecha, de apariencia débil y sin pico en la barbilla.


.

Reconstrucción del perfil de un joven neardental

realizada por investigadores de la universidad de

Illinois en Chicago.

.

Realmente existían diferencias entre ellos y nosotros, la longitud de las piernas era algo mas corta en proporción a los brazos y la arquitectura de las caderas y de los omoplatos también variaba respecto a nosotros. Es posible que neardental no tuviese una locomoción tan armoniosa, hábil y eficiente como la de esos sapiens que evolucionaban en África, pero en ningún momento sería simiesca, torpe o de apariencia poco humana.

Esas diferencias fisiológicas iban a marcar la existencia de neardental, iban a condicionar el tipo de alimentación y el tipo de caza. Esa enorme masa muscular necesitaría de un aporte continuo de proteína de origen animal para mantenerla funcional y también un aporte elevado de calorías para poder mantener un ritmo metabólico mas elevado que el de sapiens… y ahí se adivina una de sus desventajas, las que les llevaría a la extinción, a la desaparición del ultimo humano bípedo que existió en la Tierra junto a nosotros.

Neardental depredaba sobre los grandes mamíferos de la época, desde ciervos, renos, rebecos y cabras montesas…, hasta los enormes y míticos mamuts lanudos. Pero la ingesta masiva de proteína tenía un problema, acidificaba la sangre tras la digestión y eso provocaba que el organismo de neardental usase el calcio de los huesos para alcalinizar y devolver el equilibrio ácido-básico. Los fósiles hallados nos muestras esas marcas de descalcificación, de artritis, de problemas óseos cuando llegaban a edades avanzadas, de entre los 30 o 38 años…, entonces ya eran viejos y posiblemente con problemas de movilidad articular.

.

En la foto superior se ve la hendidura brutal en

la costilla de un neardental..., que sobrevivió a se-

mejante lesión. En la inferior se ve el hueso del

afectado por una artritis grave.


.

La caza de neardental era peligrosa, cazaban acosando y acercándose demasiado a sus presas, se creé que esa peculiar arquitectura del omoplato les impediría levantar y voltear las lanzas por encima de su cabeza, para poder lanzarlas a cierta distancia. Neardental usaba su fuerza extraordinaria para hundirlas con sus propios brazos…, eso desembocaba en muchísimos accidentes, en numerosas lesiones, en contusiones y en desgarros tras cada cacería…, pero curiosamente, se recuperaban. La mayoría de los restos óseos de neardental recuperados tienen restos de esas heridas, de esas roturas…, nos cuentan el tipo de vida que llevaron, su dureza, sus periodos de hambruna, su vejez doliente y casi inmóvil …, y por mucho que a alguno le moleste, su carácter épico y humano, tan humano como el nuestro.

¿Podían hablar?


.


El lenguaje, esa brillante capacidad que solo se le reconoce al hombre, la compleja cualidad sobre la que se ha construido nuestra sociedad…, también la poseía neardental, no con la extraordinaria amplitud y complejidad del nuestro pero si con la suficiente capacidad de trasmisión de información y de sentimientos como para poder subsistir durante miles de años en entornos difíciles que exigían de cooperación y de intercambio de datos de una forma precisa y eficaz entre sus miembros.

La lengua no fosiliza, tampoco las cuerdas vocales…, pero si un huesecillo al que va anclada la musculatura que acciona la lengua, el hioides. Se han hallado en yacimientos Neardentales y su estudio a revelado que era muy parecido al nuestro.

Y Kate Wong, nos recuerda en el articulo de “Investigación y Ciencia” que en escaso material genético de neardental que se ha podido estudiar se ha encontrado el gen llamado FOXP2, el mismo que poseemos nosotros y que está ligado directamente con la producción del lenguaje. Aquí también hay discrepancias entre los investigadores, a veces me da la sensación de que hay una curiosa corriente que trata de mantenerlos lejos del linaje humano, que desea que la humanidad los recuerde como seres toscos, bestias y sin habla..., yo puede que los idealice demasiado, pero eran humanos, hijos de la evolución, puede que no de Dios, puede que no de ese que hace los Diseños Inteligentes que pueblan la naturaleza, pero estoy seguro de que hoy en día, un neardental podría pasear entre nosotros sin que nos fijásemos demasiado en él.


.


¿Tenían arte?.


.


Ningún neardental pudo contemplar el maravilloso techo de Altamira, las cuevas se pintaron hace unos 13.000 años, ellos ya nos habían dejado..., pero si que es posible que llegaran a contemplar otras pinturas muchos mas sencillas y humildes hechas por los cromañones con los que coexistieron durante sus últimos años. Es muy posible que le llamara la atención las pinturas con ocre o carbon en los abrigos al aire libre, en alguna pared, sobre algunas rocas que recordasen a animales o sobre los propios cuerpos de esos recién llegados.

No se han encontrado pinturas atribuibles a neardental, tampoco objetos de decoración personal, como si ocurre en los yacimientos de cromañones sin embargo si se ha podido constatar que los últimos neardentales comenzaron a compartir con nosotros la curiosidad por la decoración. Se han hallado algunos colmillos perforados y otras piezas que abren la posibilidad a contactos reales y amigables entre nosotros y ellos.

.

Cuchillos tallados con las nuevas técnicas

que neardntal imitó de cromañón, tambien vemos

unos dientes de alce y el colmillo de un lobo, perforado

Elementos ornamentales que surgieron al final de

su periplo. Neardental añadia a sus vidas unos nuevos

elementos..., conocían por la primera vez una forma

distinta de concebir la existencia..., pero demasiado

tarde para dar un giro a su destino.

.

Tampoco se han encontrado agujas o punzones..., elementos que de nuevo aparecen con cierta facilidad en las ocupaciones de cromañón, herramientas que utilizaban para confeccionar ropajes mas elaborados, para coser desde esas mismas ropas de piel hasta artes de pesca o caza.

Neardental no llegó a desarrollar esa capacidad cerebral de abstraccion y si lo hizo no se han hallado, yo no tengo ninguna duda de que al final de sus días, estos humanos imitaron la vida de los sapiens, sus formas de tallar la piedra, alguna de sus técnicas de caza o de recolección, incluso esa curiosa pasión por decorar sus cuerpos y sus ropas, con tintes o con huesos de animales bellamente tallados.

Neardental se refugió en el cálido y sereno clima de la península ibérica, lejos quedaron aquellas glaciaciones, aquellos inviernos interminables, la carestía de alimentos, las largas temporadas encerrados en cuevas oscuras y húmedas mientras en el exterior se acumulaba la nieve y el hielo..., algo muy distinto a lo que veían desde las cuevas del estrecho de Gibraltar.

Todo había cambiado tanto..., incluso esos recién llegados eran distintos a ellos, más altos, con los brazos y las piernas más largos y estrechos..., y con las cabezas distintas a los de ellos. Les llamaba la atención sus pequeños rostros, daba la sensación de todos eran niños altos y espigados..., neardental tampoco podía saber que esos rostros habían dejado de crecer para permitir la expansión cerebral, tampoco que ese cráneo alto y globoso era de paredes muy finas con el fin seguir ganando espacio para el nuevo cerebro..., nuestro rostro actual es el de los niños de nuestros ancestros.

Neardental no lo sabia, aunque desde luego intuía que eran demasiado distintos. No sabia que ese nuevo humano, que sapiens tenia un sistema metabólico mas eficiente y económico, que necesitaba de menos calorías para desarrollar el mismo movimiento, para mantener la misma actividad y que se alimentaba prácticamente de todo. Esos nuevos tenían mas bebes y sus mujeres y niños no participaban directamente en las cacerías, movían mucho la boca y a veces los oían hablar muy rápido, con sonidos que a ellos les costaba de reproducir. Se reunían en clanes muchos mayores y ocupaban grandes territorios de caza, los lagos y las fuentes..., vivían en refugios de madera y piel o en amplias cuevas, de entradas abiertas y soleadas.



¿Enterraban a sus muertos?.


.


Se han encontrado restos de aparentes enterramientos neardentales, pero siempre controvertidos. Lo que para algunos paleontropólogos eran enterramientos para otros eran simples acumulaciones de cadáveres.

Aquí en Iberia y mas concretamente en la Sima de los Huesos de Atapuerca se ha dado con una de esas curiosas acumulaciones de cadáveres en un mismo lugar, aparentemente sanos y de edades variadas, desde jóvenes a adultos..., algo mas de treinta personas que fueron arrojadas a una sima, lejos del alcance de los predadores y carroñeros que habrían aprovechado esos cuerpos para alimentarse. Podría parecer algo muy distante a un enterramiento...,sin embargo entre los lodos y barros milenarios que habían protegido sus osamentas se encontró un hermoso bifaz de cuarcita veteada de rojo, una herramienta lítica compleja y que nunca llegó a utilizarse. Los directores del yacimiento de Atapuerca la han definido como la primera ofrenda fúnebre de la humanidad.

En algunas de esas tumbas neardentales se han encontrado objetos curiosos, como cuernas, mandíbulas de ciervos, algún útil lítico colocado en el pecho, partículas de polen, algunos colmillos..., objetos que aquellos humanos dejaron junto a sus seres queridos.

No podemos saber que pensaban, si escenificaban algún ritual, si creían en otra existencia..., pero está claro que los sepultaban.


.


¿Eran caníbales...?.


.


Hace unos meses tuve una agria polémica con uno de los lectores y comentaristas habituales del blog de Eduard Punset..., me atrevía a hablar de la cultura Neardental como lo he hecho durante estas líneas, en este articulo, con cierta nostalgia, con ternura y dejándome llevar por cierto romanticismo, sintiendo cierta simpatía hacia esos humanos que nos acompañaron en nuestra ultima andadura antes de completar la ruta evolutiva de homo sobre el Planeta Azul.

Esta persona cargó contra mi comentario, con sumo respeto, sin insultar, con la ironía y la altivez aflorando en cada palabra, en cada letra..., hasta que declaró que él sentía repulsión hacia la cultura musteriense (así se denomina al periodo neardental en la prehistoria, referido sobre todo al estilo de talla y técnica de los útiles de piedra), se asqueaba de esos ancestros y argumentaba que eran caníbales, que se comían unos a otros. En ese momento yo perdí los papeles y le dije de todo..., pero sin faltar, no pude tolerar que esta persona utilizara un argumento tan frágil y tan poco trabajado y se dejase llevar por las ideas preconcebidas, por la interpretación anómala y tendenciosa de unos hallazgos en una cueva croata. Se encontraron restos de un cráneo humano con evidentes marcas de descarnación, otro humano había raspado concienzudamente la carne de ese cuerpo y la había consumido. Sin embargo para otros investigadores esto podría ser los vestigios de un ritual, una especie de honra fúnebre.


.



Marcas de descarnación en una calvaria humana hallada

en una cueva croata, ocupada por los neardentales.

.

No hay muchas mas evidencias de la practica de ese canibalismo sistemático que muchos argumentan para desacreditar a neardental, para dejarlo como a un ser simiesco que hablaba con gruñidos, que caminaba balanceándose con una garrota al hombro y que arrastraba a sus mujeres por las largas y enmarañadas melenas.

Yo veo a algún clan neardental atrapado en una cueva, con metros y metros de nieve en el exterior, con piedras y losas de hielo ocupando los ríos y los lagos, veo la muerte acechando en torno a esas tenues fogatas, veo el hambre minando sus poblaciones y veo a un grupo de supervivientes comiéndose a un compañero muerto de inanición, de vejez, de una pulmonía o simplemente muerto de frío cuando intentaba cazar algo o traer algo mas de combustible..., ¿quién no comería sabiendo que el invierno glacial no remitiría hasta cuatro o cinco meses después de acabar con las ultimas provisiones...?



¿Y Por que se extinguieron?.


.


Esta es una pregunta que siempre a interesado a los investigadores, a los arqueólogos, a los paleoantropologos y al público aficionado o curioso..., como yo.

Neardental dominó Europa durante casi 200.000 años, se adaptó a una climatología dura que poco a poco fue perfilando sus rasgos, seleccionando sus genes, sus costumbres, su modo de vida. Con el paso de los milenios aprendieron a moverse, a escapar de esas condiciones tan exigentes con largos inviernos que acababan con la caza, con los pastos y con los bosquetes en los que ellos lograban recolectar algo, pero también a sobrevivir en aquellas condiciones, pero parece que al final de su existencia se sucedieron unos cambios climáticos muy bruscos y rápidos, tan súbitos que parece que neardental no tubo tiempo de reaccionar y poco a poco sus grupos tribales y clanes se fueron fragmentando. El entorno físico en el que cazaban fue variando demasiado deprisa, cambiaron las especies vegetales, las presas habituales de neardental, como los mamuts lanudos y los rinocerontes lanudos, fueron sustituidos por renos y ciervos..., mamíferos más hábiles y rápidos que necesitaban de mayor actividad física para abatirlos, de mayor gasto calórico.

Todas estas fluctuaciones dejaron a neardental dispersado y debilitado..., unas condiciones pocos ideales para recibir a un invitado que llegaba desde África con pasos largos, con un brillo en los ojos que delataba una inteligencia vivaz e inquieta, curiosa y flexible, de nuevas costumbres, con una estructura social distinta a la de ellos, con novedosas técnicas de caza y talla de herramientas..., y supongo que con algunas enfermedades que el poderosísimo sistema inmune de neardental no podría contrarrestar.

Neardental fue el especialista del frío..., algo parecido al mamut lanudo, cuando las condiciones en las que ellos evolucionaron desaparecieron, cuando surgieron nuevos actores en el prehistórico escenario no tuvieron tiempo de adaptarse y poco a poco sus poblaciones fueron mermando hasta desaparecer. Realmente no podían competir contra sapiens, el último homo que salió de África, ya con nuestros genes, ya con el diseño cerebral actual y con un físico moderno y eficiente.

Homo sapiens fue sustituyendo a las poblaciones que se encontró en su larga marcha, todo parece indicar que no se mezcló con las poblaciones que surgieron tras la primera salida del continente, que mantuvo su pureza genética hasta nuestros días..., del laboratorio africano había salido un homo que sería capaz de vivir en climas gélidos, sobre las ardientes arenas de los desiertos, entre las húmedas selvas, entre los enmarañados bosques europeos..., un ser que podría cazar o recolectar, que se decoraba el cuerpo y sus ropas, que era capaz de trazar dibujos sobre las paredes de roca, de tallar sobre el asta, el hueso y el marfil..., de pensar en si mismos como entes distintos al resto de los seres que ocupaban sus vidas..., todo eso fue demasiado para neardental. Pero parece que durante los 10.000 años que coexistieron junto a sapiens, llegaron a imitarles, llegaron a engalanarse tímidamente, a intercambiar productos con ellos y a imitar su tecnología en la talla lítica..., pero ya era demasiado tarde, la ventaja biológica de sapiens frente a ellos era insalvable, tanto que terminaron por desaparecer, por dormir eternamente sin que nadie honrase el cuerpo del ultimo neardental.









































































lunes 12 de octubre de 2009

DIARIO DE HOMO: Pedaladas olvidadas, pedaladas en el vacío, entre una mente alterada y temerosa.

.

Una intensa luminiscencia anaranjada se elevaba tras la carretera, tras los pinares, al otro lado del cercado de espino que delimita los terrenos de la base de la OTAN..., la luz debía de emerger del mar que no podía ver, le eché una ultima mirada y rodé como siempre, por la vía de servicio hasta voltear a la Bicipalo por encima del quitamiedos. Crucé la carretera y rodé ya por tierra hacia la Calderona..., y ahora mismo empiezo a recordar detalles de una pedalada olvidada a los veinte minutos de regresar al chalé, o puede que antes, creo que a partir del momento en el que me bajé de la Primigenia y me incliné hacia la cama de mi padre..., ahí terminó todo, pero ahora estoy empezando a recordar, recuerdo la bolsa de aire caliente que me esperaba junto al barranco de Pedralvilla, el ciclocomputador no tenía la capacidad para reaccionar tan rápidamente al cambio de grados, pero mi piel si, mis células termoreceptoras también y las áreas de mi cerebro encargadas de decodificar y de recrear esa sensación de calor también..., recuerdo que me miré los manguitos y me dije “coño, en el chalé hacia fresquito...” y me imagino que habré continuado pedaleando hacia las viejas cumbres de la Calderona.

Recuerdo que esa extraña calidez del amanecer me ha descolocado un poco..., aunque realmente llevaba fuera de la normalidad toda la semana, una semana convulsa y casi aciaga, angustiante y muy extraña.

Recuerdo que el jueves salí con la Flaca, recuerdo ese extraño calor y el viento del norte, pero sin las cuchillas cortantes con las que se arma durante el otoño o el invierno, realmente eran como lenguetazos calientes mas propios de Pascua o de las primeras tardes del verano..., me sentí en otro tiempo, como en otra estación..., lo único tranquilizante es que acaba de hablar con Joa, ella se marchaba de puente a la Sierra de Urbasa..., creo que los dos nos tranquilizamos al hablar, aunque fuese por el móvil, después de una semana convulsa y aciaga, extraña..., en la que nos habíamos marchado el uno del otro..., sin que yo hubiese reaccionado.

Era una pedalada rara..., y recuerdo ahora que cuando me he internado por una estrecha umbría, la temperatura ha vuelto a bajar, he aspirado los aromas del monte empapado y casi me he tranquilizado un poco, después he girado a izquierdas y he empezado a trepar hacia el Portixol..., deseando subir pos la Vigueta, pero he empezado a jadear, a sentir las piernas poco elásticas, débiles y a mi corazón como resentido después de una semana triste, confusa y que había terminado sacudiendo todo el esquema mental que había estado construyendo durante siete años, desde que el ictus de mi padre cambió mi vida.

Los párrafos de Oliver Sacks, leídos en “Un antropólogo en Marte”, me provocaban unos extraños escalofríos, afluían a mi mente mientras los pinos iban pasando junto a mi, mientras la Primigenia oscilaba hacia arriba y hacia abajo con los badenes, con las piedrecillas, mientras jadeaba mas cansado de lo normal, mientras olvidaba todo lo que veía..., los párrafos hablaban de problemas neuronales, de síndromes inquietantes, de ciegos que volvían a ver y casi enloquecían, de áreas cerebrales reorganizadas para sobrevivir en determinadas situaciones pero incapaces de volver a sus estados primitivos..., me preguntaba si a mi me pasaría lo mismo, me preguntaba si sería capaz de girar mi vida hacia Joa..., entonces rescaté esas palabras que tanto me gusta, esas expresiones que tanto me tranquilizan cuando la zozobra me zarandea..., “plasticidad neuronal, plasticidad cerebral...”.

Recuerdo que cuando he llegado al cruce que gira hacia la Font del Berro o que continua hacia el barranco de la Vigueta..., no me he sentido con fuerzas para ir por esa tortuosa pista que sube entre canchales y pedreras hacia el refugio de Tristan, esa que subimos Joa y yo en nuestra primera excursión. He girado a derechas jadeando, he dejado la pista a mi espalda y he subido cansinamente hacia el Berro, en solitario, rodando con la cabeza gacha y en medio de una serranía aún con sonidos, aún con vida brotando con esta última gota fría y viendo a los precoces, orondos y amarillentos suillis emergiendo de entre la pinocha que cubre la tierra rojiza de la serranía, cubiertos con sus cutículas marronaceas que día tras día se irán abriendo hasta agrietarse mostrando su esponjoso envés

Sacks hablaba de un ciego que volvía a ver tras cuarenta años de tan solo percibir sombras y atisbos de luz..., y de cómo descubre que no sabe ver, que no sabe reconocer un rostro..., al que confunde, al que ve como una mancha amorfa carente de cualquier significado o sentido. Describe los profundos cambios que irrumpen en la vida de Virgil, de la mano de Amy, una vieja amiga con la que se reencuentra después de varias décadas de distanciamiento y con la que termina casándose y afrontando de su mano esa operación de cataratas que libera sus ojos, de esas costras traslucidas, casi opacas que le privaron de la vista en plena niñez. Oliver Sacks termina el capitulo de la vida de Virgil, de su odisea visual con una tristeza y una pena que conmueve, con unas reflexiones que me golpearon porque me veía a mi mismo y a las circunstancias que han irrumpido en mi vida y en “mi mundo...”, como diría Joa.

Recuerdo que he coronado el collado de la Moreria, como tantas veces, como tantos otros días, como año tras año..., he visto de nuevo los terraplenes rojizos, con las raíces de los pinos asomando desnudas y retorcidas y me he dejado caer, me he cruzado con un grupito de ciclistas...,eso también lo recuerdo ahora..., y he continuado bajando, he vuelto a sentir el viento contra mi rostro y he visto de nuevo los horizontes de siempre, de un azul intenso, de un azul imaginario y hermoso, he visto algunas cortinas de humo inclinadas hacia levante y el cielo límpido, colores y formas, siluetas y perfiles, detalles visuales rápidos y perfectos, gamas de colores, de verdes y marrones, de grises y amarillentos..., que mi corteza visual procesaba casi a la velocidad de la luz y que me ha permitido ver, seguir viendo..., a Virgil, nos sigue contando Oliver Sacks, ese nuevo mundo le desbordó, golpeó brutalmente contra unas estructuras cerebrales reordenadas y especializadas hacia un mundo táctil y auditivo, hacia un mundo de tiempos y no de imágenes, no de espacios, un mundo que necesitaba tocar y palpar para percibir su existencia..., en ese momento, recuerdo que he cerrado el libro y he salido a dar una vuelta con los chuchis, angustiado al pensar que a mi me podría ocurrir lo mismo que a Virgil..., cuando una súbita complicación medica lo retorna a su ceguera, a su antiguo mundo, ese en el que se sentía seguro e identificado con una identidad, con una personalidad y verdaderamente feliz.

Recuerdo que el descenso me ha hecho sonreír, recuperar el aliento y algo de calma..., si, eso lo recuerdo ahora que lo estoy escribiendo, pero sigo recordando la lectura de “Un antropólogo en Marte” y como me he sentido angustiosamente identificado con Virgil, él llevaba 40 años privado de la visión y yo llevo 7 años dedicado a mi padre, a cuidarle, a dormir junto a él y a renunciar a mis propios deseos y anhelos, a enterrarlos entre mis circunvoluciones cerebrales, a amordazarlos para poder soportar las noches, los días, las tardes de los sábados y de los domingos, todos los días de la semana, a renunciar a mi vida como Pedro, a no escuchar música, a no poder ver ninguna película sin que mi madre cambie compulsivamente de canal, a no poder escuchar alguna noticia interesante..., y a crear un mundo a mi medida, a la medida de mi padre y de sus minusvalías...,un mundo exclusivo en el que no cabía Joa ni cualquier otra mujer o amigo.

Recuerdo como hace 7 años me sirvió para elevar mi autoestima, la gente me daba la mano y alababa lo que estaba haciendo y yo me sentía bien y digno, por fin hacia algo bien, algo sin su tutela, sin su mirada escrutadora.

Recuerdo que me he desviado hacia la Font de l´Avella, como suelo hacer últimamente, un breve repecho y luego esas curvas en forma de lazos a derechas y a izquierdas, a la sombra de un sol que hasta ese momento me había estado acribillando a destellos por mi izquierda, sol y sombra, sol y sombra..., ha llegado un momento en el que ya no veía bien la pista y sus piedras, sus bancos de gravas, sus cantos mas gruesos desprendidos desde las paredes estratificadas con la lluvias..., y he agradecido la umbría, la sombra a este lado de la sierra.

Creo que nunca he decidido nada en mi vida, que nunca he tomado una determinación más o menos trascendente, siempre me he dejado llevar por los entornos en los que me he movido..., aunque siempre con reservas, siempre con una especie de extraño o estrafalario criterio propio que me hacia divagar dentro de mis pensamientos. De pequeño me encantaba perderme por los pinares de las llamadas Tierras Altas, observar a los animales, a los insectos..., tratar de recrear lo que veía y me fascinaba en los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente y a veces lo conseguía..., esto ya lo he escrito otras veces, pero son recuerdos hermosos, gratificantes pero no tan obsesivos como los de Franco Magnani, otro de los protagonistas del libro de Oliver Sacks, un hombre capaz de pintar de memoria el pueblo donde nació, en la Toscana italiana, Pontito, un hermoso pueblo, placido, cálido y rodeado de fértiles tierras, de cuidadas huertas, de generosos bosques..., hasta que a medidos de los cuarenta es invadido por los nazis..., y a veces me pregunto porque no conservé ese interés por la naturaleza, porque no determinó mi vida estudiantil, porque no marcó una senda sobre la que caminar hacia algún lugar concreto..., imagino que por esa incapacidad de decidir, de elegir, de pensar por mi mismo plenamente.

Recuerdo que he salido a la pista que viene de Porta Coeli, he rodado un poco por ella y me he vuelto a salir por la misma pista estrecha y rota que sube desde la Cova del Judio, ese tramo que siempre desprende aromas de bosque húmedo y fértil..., cuesta abajo, rozando mis antebrazos contra las matas de coscoja que poco a poco van estrechando el carril.., ni siquiera fui capaz de elegir algo que estudiar cuando terminaba 3º de BUP con un montón de suspensos, no se, era un dejarse llevar por los acontecimientos sobre los que yo apenas influía, mientras mis amigos, los que hice en 1º de BUP enfocaban sus estudios y sus proyectos hacia sus carreras universitarias. Yo dejé el colegio en ese último curso y empecé a trabajar junto a mi padre, a aprender el oficio sin alegría pero sin obligaciones, sin entusiasmo pero sin anhelos de hacer otra cosa. Creo que por entonces seguía teniendo una escasa capacidad de concentración, me solía equivocar y mi padre me voceaba aquello de “Ferran, ferran..., perdreras el ofici...”, en valenciano, que quiere decir “equivocándote, equivocándote..., perderás el oficio...”, a mi esa afirmación me parecía exagerada, pero no decía nada, agachaba la cabeza y seguía trabajando.

Recuerdo que después, cuando he llegado a las primeras casitas, me he lanzado por una senda que sale a otro camino, he atravesado uno de los barrancos que vierten sus aguas al de Pedralvilla y he remontado entre unos chales, primero por tierra y después sobre una lengua de asfalto ligero que asciende bruscamente, ahora también recuerdo que me he levantado y he subido pedaleando de pie.

Los últimos años antes del infarto cerebral fueron muy tensos en la carpintería..., esto también lo he escrito alguna vez, pero bueno, lo escribo otra vez, lo recuerdo otra vez..., necesito esa perspectiva, necesito volver a ver todo aquello, ese pasado, puede que para decidir sobre mi presente y sobre mi futuro cercano..., mi padre estaba “quemado” y creo que ya deformaba la realidad laboral y comercial a su gusto y conveniencia. Nuestras diferencias de criterios eran ya insostenibles..., pero yo no levantaba la voz ni trataba de enviarlo a casa, como jubilado que estaba, mi padre decía, sobretodo a nuestros clientes, cuando iba a cobrar, que yo arruinaría la carpintería..., y yo ni siquiera sabía si arruinaría la carpintería o que coños haría, nunca había podido tomar el timón, nadie me había enseñado a tomar decisiones, a creer firmemente en mis ideas, a ponerlas a prueba. Y fui incapaz de hacerlo mientras mi padre estuvo sano..., pero bueno, no le hecho en cara nada, no le recrimino nada..., eso tampoco me aliviaría, él pertenecía a otra generación, a la gente de la Guerra Civil..., a él nadie le enseñó a ser padre. El, a los trece años empezó a trabajar en una carpintería, también porteaba maletas en la Estación del Norte..., creo que fue un niño demasiado inquieto y soñador compulsivo..., no le puedo recriminar nada..., es tarea mía saber decidir o empezar a decidir que quiero hacer con mi vida.

Y fui incapaz de hacerlo hasta que llegó el infarto cerebral y lo derribó, le fue privando de la movilidad lentamente, durante unos cinco días en los que los médicos no podían hacer nada salvo esperar a que dejase de infartar..., incluso la naturaleza decidió por mi, ella lo apartó del taller, de la carpintería y me la entregó súbitamente..., de eso hará 8 años en diciembre y aún sigo soñando que mi padre se recupera, que vuelve a andar y a mover su brazo derecho, entonces me ajito en la cama y trato de despertarme, enciendo la luz de la mesilla y le veo en la cama, quieto, inmóvil, con las encías hundidas, respirando con la boca abierta..., y siento un enorme alivio, a veces también sueño que no puedo encender la lamparilla, que permanezco en la oscuridad, a veces también sueño que voy conduciendo y que tomo una curva, poco a poco me voy saliendo y termino perdiendo el control, caigo a un barranco..., pero el coche planea, como para darme tiempo a ser consciente de que me estoy estrellando..., pero aterriza suavemente y vuelvo a la carretera o ruedo sobre un campo hasta que paro sin daño alguno. A veces también, durante ese mismo sueño me digo “esta vez no es un sueño, esta vez no...” y es curioso, porque yo rara vez paso de 90 por hora conduciendo.

Recuerdo que al final he decidido subir hasta la última colina, en ella hay algunos chales hechos por sus propios dueños, con sus manos, durante los fines de semana, mientras las mujeres preparaban los almuerzos y las paellas..., he vuelto a ver a unos cuantos de esos propietarios trasteando sobre el tejado de una de esas casas que tantas horas y sudores se llevan en sus paredes y que tanta ilusión se vuelca en ellas..., después he empezado a bajar por una lechada de hormigón, también revirada y llena de lomos y de pequeños baches. Recuerdo que durante esa ruta, entre casitas aisladas y pinares solía levantar la vista, buscando un águila que planeaba serena y ajena a mi presencia, recuerdo las nubes que flotaban sobre ella y lo gozoso que me sentía..., pero creo que hoy no he mirado hacia arriba, si es que hoy he pedaleado.

Ausencia de emotividad, de ilusión, de risa, incapacidad de alargar la mano y tocar mas allá..., a veces recuerdo la película de Jim Carrey, “El show de Truman” y me veo a mi mismo tratando de tocar el limite de “mi mundo”, como diría Joa..., sus confines..., Truman lo hace montado en una barquita y descubre que ese cielo es un decorado, que el océano era un lago y que había vida mas allá de su “mundo”..., y a mi me parece que lo hago encima de la Bicipalo, tratando de hacer girar la rueda delantera algo mas, tratando de mantenerla recta para que siga avanzando en vez de girar y volver sobre mi rastro..., hablo de no dejarla escapar, hablo de no ver como la mejor galga corre hacia el páramo sin que yo vea ninguna liebre, quedándome quieto..., como Franco con sus recuerdos obsesivos de Pontito, como Virgil regresando a su ceguera, a “su mundo” táctil y sensorial..., o sintiéndome como Greg, otro de los personajes reales con los que trabaja Sacks en su libro. Greg es un joven que vive intensamente los años sesenta en Norteamérica, termina abrazando las creencias y convicciones de los Hare Krishna y finalmente se recluye en uno de sus templos. Con el paso de los meses, Greg comienza a tener problemas de visión, pero los monjes no le dan mayor trascendencia, incluso llegan a argumentar que forma parte de su maduración espiritual, prueba de ello era su actitud, cada vez mas encalmada y con mas momentos de introspección, de silencios casi místicos y de una expresión facial tranquila, serena, ausente..., lejos de los gestos hastiados, tensos o desagradables que generan los pensamientos contaminados y anhelantes del materialismo..., pero Greg no había alcanzado ningún estado elevado, no se había desprendido de las miserias humanas y terrenales..., un tumor, del tamaño de un limón había estado creciendo en su cerebro hasta afectar al quiasma óptico y a varias zonas cerebrales..., de manera irreversible. A veces Joa me dice “es que me trasmites calma, serenidad, estar a tu lado me tranquiliza...”, entonces me siento un poco como Greg, no es calma, no es aplomo..., creo que es sumisión, inmovilidad..., o puede que una mezcla de todo, no se. A veces creo que estoy aparentemente tranquilo porque me han abandonado las emociones y si eso es verdad quiere decir que me estoy asomando a un precipicio, que tengo un pie en el vacío..., sin emociones no hay vida. A veces repaso las facturas y veo que hay varios clientes que no me han pagado, entonces miro el telefono y pienso en llamarles..., pero al final no lo hago, casi me da igual, ya pagarán..., aunque yo pague siempre al contado..., si Joseph Julián o Germán leen estas líneas se llevarán las manos a la cabeza..., cobrar a plazos y pagar al contado es ruina segura a medio plazo...., a veces la calma es sinónimo de abandono, de silenciosa derrota, de claudicación sin resistencia.

Y recuerdo que después he salido a la vía de servicio, apenas si me he cruzado con ciclistas y he vuelto al chalé. He dejado a la Bicipalo apoyada en la pared y he entrado a la habitación que comparto con mi padre..., y me he visto reflejado en el pequeño espejo, iba vestido de ciclista pero ya me había olvidado de que acababa de pedalear por la sierra..., ni siquiera alguna foto del amanecer que habría quedado como prueba de esa pedalada olvidada, vacía, ensimismada..., bueno, alguna he hecho a los suillis, pero echando una ojeada al móvil descubro las fotos que he hecho estos días cuando paseaba con los chuchis por los pinares, entre los charcos recargados con la borrasca de la semana pasada...

.

.

...a solas, sin ninguna cinturita a la que sujetarme..., pero volviendo a sonreír cuando descubrí los primeros niscalos, llamados por aquí “rebollons” o “esclatasangs”, que en castellano podría traducirse por “explotasangre”..., al amparo de las espinosas hojas de una coscoja.

.

.




.