
lunes 8 de febrero de 2010
Mis primeros 1000 kilometros a lomos de Run-run, en "Run-run Zing, diario de una humilde custom 125."

jueves 4 de febrero de 2010
DIARIO DE HOMO: Ciudadanos indefensos.
Hace unas semanas escribía sobre un vecino de Náquera arruinado por la especulación urbanística orquestada desde el ayuntamiento y apoyada desde los tribunales…, y hace también unas semanas veía como mas de 2400 personas eran estafadas por Air Comet, por sus ejecutivos, por sus directivos, por el presidente de una compañía que vendía billetes de avión sabiendo que jamás despegarían. La mayoría de ellos eran emigrantes que regresaban a sus países por Navidad, personas humildes que tuvieron que trabajar mas horas que cualquier español y en peores condiciones para poder enviar un dinero a sus familiares y para poder pagar ese billete.
Todos los vimos abandonados a su suerte, todos vimos como el gobierno fletaba algunos vuelos y todos vimos como los trabajadores de Air Comet se manifestaban…, nos enteramos de que llevaban tres meses sin cobrar…, y sin embargo, cuando estalló el escándalo y los afectados pusieron una querella contra Air Comet por estafa, el juez la desestimó argumentando que no se podía probar semejante ilegalidad.
Hace unos días escuché que los afectados por la estafa de Air Madrid, hace uso 3 años, tampoco habían cobrado las indemnizaciones…, pero me imagino que ninguno de sus ejecutivos se habrá quedado en la calle.
Cuando escucho estas noticias me pregunto quien protege al ciudadano de las tiranías del capital, del empresario que estafa impunemente, que se blinda con abogados, con empresas paralelas, con hombres de paja, con testaferros que enmarañan la Ley hasta el punto de detenerla, de engañarla, de fatigarla…, mientras los afectados se desangran, mientras ven como todos sus ahorros desaparecen como por arte de magia en manos de unas personas que cuando se destapa el desfalco pagan sus fianzas con ese mismo dinero robado a los inversionistas o esperan a cumplir sus condenas placidamente sin devolver el dinero robado.
Ahora mismo recuerdo el caso de Forum Filatélico y el caso Gescartera…, me pregunto si los afectados habrán recuperado su dinero, me pregunto cuanto habrán pagado a los abogados para que luchen por esos ahorros entregados a gestores corruptos al amparo de una Ley, al amparo de una Democracia mas garante con los delincuentes que con los ciudadanos que cumplimos la ley y que pagamos unos impuestos, para que entre otras cosas, nos defiendan de las injusticias flagrantes.
Con los días, esas noticias se diluyen, otros casos ocupan los minutos de los telediarios, las portadas de la prensa, los temas de los debates televisivos…, nos olvidamos y los afectados languidecen dejados de una Administración ciega y ruin, de una Administración que se olvida de los problemas cotidianos de la gente de la calle, de la gente sencilla que vive con sueldos miserables y que aún creía en esa Democracia que se nos vendió tras la muerte del Dictador…, de unos trabajadores que ven como los sindicatos están callados mientras este país se desangra poco a poco, que se ven despedidos sin indemnizaciones o que cuando bajan por la mañana a coger el coche para ir a ese trabajo precario descubren que les han colocado una multa por aparcamiento indebido. Entonces levantan la cabeza y ven un mar de coches, no ven ni un solo hueco…, tan solo una raya amarilla que un buen día apareció rodeando un pequeño jardín que se alarga en medio de la calle Bellús de Valencia.
Una calle sin tráfico, casi peatonal, una callejuela tranquila, soleada y en la que un viejo colegio abre sus puertas. Una calleja silenciosa y placida hasta que esa raya amarilla comenzó a desangrar a todos esos vecinos a los que la Policía Local de Rita Barberá multa varias veces al día. A mi también me multaron en su día y en mas de una ocasión los veo aparecer a horas intempestivas, les observo apuntar las matriculas y colocar los papeles en los parabrisas. Lo hacen con rostro impasible, sin esfuerzo, tarareando cualquier cancioncilla y desatendiendo las protestas de los vecinos. En cada pasada puede multar entre 25 o 30 coches…, de manera insultante, sin oficio ni beneficio, como esbirros, como auténticos mercenarios sin escrúpulos y sin honor al mando de una mujer que sonríe y firma la nueva edición de la Copa America en Valencia.
Pero las multas son el único recurso de los ayuntamientos españoles, consistorios presididos por alcaldes patanes, cortos de miras y sin ideales…, para tratar de tapar los enormes agujeros económicos abiertos por su estupidez, egoísmo y afán de dinero.
Son ejemplos que veo todos los días o que escucho en los telediarios, que ojeo en la prensa o que escucho cuando subo a casa a echar una ojeada a mis padres a media mañana…, a veces están viendo Espejo Publico o cualquier otro magazine y escucho alguna de esas noticias. Estos días hablaban del aniversario de la muerte de Marta del Castillo y también de las últimas fechorías del “Rafita”, también oí las últimas declaraciones de los padres de Sandra Palo en contra de esa desquiciada Ley del Menor.
No he leído esa Ley, tampoco la he estudiado, tampoco se que beneficios a reportado a los menores acogidos a ella…, pero me da la sensación de que fue una Ley mal hecha y sobre todo fuera de tiempo y de lugar…, ¿Tan mal estaba el menor en España…?, yo no veo ni he visto a menores trabajando en la obra, no he visto a menores maltratados en la vía publica, no he visto a menores vagando por las calles en horas lectivas sin que algún policía les halla parado, no he visto a menores desnutridos. Pero si que he visto a niños dando patadas a sus madres, niños de diez años insultándolas por no ceder a sus caprichos ante un kiosco, si que me enterado de que cada vez hay mas denuncias de padres contra sus propios hijos y observo que cada vez los adolescentes son mas retadores y chulos, he visto desaparecer los principios y los valores mínimos entre padres e hijos…, y el ciudadano vuelve a quedar indefenso ante unos jueces y unos legisladores que articulan leyes tan distantes a la realidad y tan ajenas a los problemas reales y cotidianos que uno se pregunta si realmente tienen algún interés por el servicio publico.
Al final, uno calla y observa, ve como los esbirros de Rita Barberá multan y multan en la calle Bellús y ve como la ciudad ha crecido, como la vida y las costumbres van variando, van cambiando, ve como la vida que el conoció ya no es igual y termina preguntándose cual era mejor. Es posible que alguien lea sus pensamientos y le diga.
- Esto no es mejor ni peor que lo de antes, es distinto, es la moda, la tendencia, es lo que hay…., es la vida que nos construyen los sociólogos, los economistas, los legisladores, los alcaldes, los directivos de las multinacionales, los directivos de las grandes plataformas de telecomunicaciones.
El hombre ya es mayor y sostiene en sus manos la multa que el ayuntamiento de Valencia necesita cobrar para pagar los dispendios de los fastos y eventos de la ciudad…, pero tiene que ir a trabajar a Mercavalencia, la gente aún come y él conserva su trabajo descargando y distribuyendo las mercancías que llegan desde las huertas y las lonjas…, vuelve a mirar a su alrededor y ve la vieja fachada del colegio, las escaleras que conducen a la puerta y logra sonreír, le recuerda a su infancia en el pueblo, donde la vida parecía mas lenta y natural, donde a veces coincidía con el alcalde desbrozando los campos con las azadas. Recordaba algunas charlas, recordaba como aquel hombre atendía y como trataba de resolver los problemas que iban surgiendo…, volvió a mirar la multa y de nuevo al mar de coches aparcados, buscó a la alcaldesa y tan solo vió las luces de otro coche de la Policía Local de Valencia que regresaba al barrio, unas horas después de haberle multado…, estuvo apunto de parar a la patrulla, pero sintió miedo.
Esos policías no vestían de gris ni se cubrían con una gorra de plato ribeteada de rojo…, pero su poder era el mismo que el de la guardia franquista…, los vió conduciendo lentamente, sin dedicarle una sola mirada, uno de ellos charlando con el móvil, riendo y dando cabezadas.
El hombre imaginó que podía ser la llamada de un amigo, de un conocido que le pedía que le anulase una multa que le habían puesto el día anterior por aparcar el Mercedes en una zona de carga y descarga.
- Sin problemas Paco, sin problemas…, ah, que ibas a dejar los trajes a la tintorería…, si, si, a esa que no te cobran…, vale, no te preocupes, dime el numero de la matricula y en un momento te la quito.
viernes 22 de enero de 2010
LA SIERRA HELADA, LA CALDERONA BAJO EL HIELO Y LA NIEVE.

Brindar en la cima de Revalsadores el último día del año, salir a esa misma cima el día de Año Nuevo, correr a montar sobre la bici de montaña cuando las nieves cubrían esas viejas montañas mediterráneas.., tradiciones que ya había perdido, que había abandonado conforme los años fueron pasando después del ictus de padre, después de descubrir que mis padres eran ancianos, después de dejar de ir a al chalet todos los viernes por la tarde…, pero la segunda semana de enero volvió a nevar, de nuevo una bolsa de aire siberiano atravesó los Pirineos y cubrió con sus agujas blancas la península, casi como una súbita glaciación, como un arañazo del Gaia, como una mueca de fuerza, como los caninos que enseñan los lobos con tan solo arrugar los belfos…, para hacernos ver que homo no es nada, que en el fondo no hemos evolucionado biológicamente. Tan solo nuestra tecnología va mas rápido que nuestro organismo, tan solo las conexiones de nuestras neuronas a evolucionado de manera extraordinario…, pero seguimos sudando para regular la temperatura y seguimos tiritando cuando el viento arrecia repleto de pequeñas partículas de nieve endurecida como alfileres, por eso los ciclistas de montaña andaban confundidos y desorientados en el collado de
Aun en la distancia, al otro lado del cristal de la ranchera de Joa…, las montañas aparecían blancas. Las serranía de Chiva, los montes de Alcublas, los conocidos perfiles de
Llegamos a las Tierras Altas, Norton y Mía se escaparon nada mas abrir la puerta, el medio galgo a la carrera y la pequeña Ojos de Miel corriendo a todo correr…, al ratito escuchamos los ladridos de una rehala de podencos encerrada en una caseta cercana, los ladridos de los perros vecinos excitados por la aparición de los míos.
Al rato regresaron del paseo que se dan ellos mismo, les dimos algo de comida y aprovechamos para salir del chalé.
Nada mas salir a la vía de servicio el viento del norte comenzó a soplar, Joa fue perdiendo metros y yo empecé a sentir el frío atravesando mis guantes como si fuesen de rejilla. Recordé la imagen del zorro muerto y cubierto de escarcha, recordé las pedaladas del invierno pasado con Los Osos, después a solas cuando volvieron a la carretera, los encuentros con Miguel y Antonio…, casi como si fuésemos ciclistas errantes perdidos en la serranía silenciosa e invernal, quieta, aletargada…, menos esos homos que iban de aquí para allá sin entender de estaciones, de la calma que llega con las temperaturas bajas, sin el reposo de esos meses fríos.
Salté el quitamiedos, pasé a
- Dame a Camino, cariño.
- Este viento nada mas salir y el frío…, me amansan demasiado –murmuró desmontando.
Volteé a su bicicleta y cruzamos andando.
Levanté los ojos y observé la cumbre nevada del monte Armenia, a su izquierda los conos del Gorgó, también el pico del Águila y sobre los farallones que se levantan sobre el barranco de
- Nevó hace dos días y la nieve aguanta bastante, ¿eh…? –observé.
- Es raro que nieve dos veces tan seguidas…, la semana que fuimos a la sierra de Chiva aún había nieve en el pico Hierbas.
- Pues mírala…, ahí la tenemos, al lado de casa, sin salir de
No vi sus ojillos empequeñecidos por el frío y el viento al otro lado de sus gafas de sol pero supe lo que pensaba, sentí esa extrañeza íntima, esa certeza que siempre aflora en determinadas ocasiones…, pero sonreí y señalé con la barbilla, cubierta por el pasamontañas, hacia el camino de nuestra izquierda.

Continuamos pedaleando, empezando a virar a derechas, a encarar unas montañas que poco a poco veíamos mas cercanas, mas próximas…, y nevadas, cubiertas por esos copos que tiznaban sus picos, sus altos, sus escasos cerros y a poco menos de cuatro kilómetros del chalé…, y más pronto de lo que esperaba descubrí las primeras manchitas de nieve a los lados de la estrecha pista, bajo las matas de coscojas, cuajada entre jóvenes matas de esparto…, seguimos pedaleando y alcanzamos la pista que sube desde Porta Coeli hacia el Portixol, una rampa que a mi me gusta llamarla
- Cariño, no me esperes que con el frío tardo en rodar bien –confesó Joa.
- Vale.
Poco a poco Joa volvió a quedarse atrás, fui ascendiendo encontrándome bien, recuperando esa agilidad que el día de fin de año no encontraba, remontando la rampa, girando lentamente a izquierdas y después a derecha, rodando ya entre las paredes excavadas en las entrañas de la montaña y coronando poco después.
Suspiré y observé las manchas de nieve fuera de la pista, resplandecían blancas entre esas laderas que siempre contemplo secas, calientes, coloridas en la primavera, sobrevoladas por cientos de insectos que llenan el aire con sus zumbidos, escuchando el chirriar de las cigarras en el estío…, pero en esos momentos silenciosas, como quietas, como durmientes, puede que aletargadas como los lagartos ocelados guarecidos en sus túneles bajo tierra, como las culebras y víboras, como los eslizones, como cualquier reptil de



Al ratito llegó Joa y continuamos por la pista que se adentra entre los farallones de Pedralvilla hacia
Pedaleaba y observaba las manchas de nieve, las dunas heladas que surgían al azar del tiempo, de la misma nevada, del hielo que el viento debió traer o llevar durante la noche y el día anterior…, a solas entre unas montañas que se dejaban nevar, que se dejaban enfriar dócilmente, como sonriendo a esa masa de aire Siberiana, llegada de tan lejos, de visita a esas viejas y bajas cotas de


Miré hacia el caño del Berro esperando ver alguna curiosa escultura cristalina…, pero el grifo estaba cerrado y el agua que se embalsaba en la pequeña pila de piedra pulida estaba líquida.
Alguien bajaba, me miró y paramos.
- Parece que ninguno nos hemos querido perder la nevada ¿eh…?. –dije.
- Si, la verdad es que ha caído más de la que creía…, me he tenido que dar la vuelta, un poco mas arriba es todo hielo.
- Pues aquí no está muy mal pista… -observé contemplando la nieve que ya se acumulaba sobre los arbustos.
- Es nada mas pasar la curva…, pero bueno, imagino que se puede subir pero con cuidado.
- Bueno…, continuaré y si no puede ser, pues se da la vuelta y ya está.
- Venga, pues que vaya bien.
Volví a encajar las calas sin esperar a Joa, empecé a pedalear, alcancé enseguida la curva a izquierdas que encara la rampa que corona el collado de
Parecía otra pista, otro lugar…, pero la tierra rojiza teñía esa mezcla de escarcha, nieve, hielo y barro con sus tonos de rodeno, diciendo quien era y donde estaba. A veces podía ver las piedras que asoman en la cuesta, bajo la capa de hielo, no transparente, como opaco, traslucido, erosionado…, pero aún cubriendo las viejas aristas de rodeno…, cediendo levemente bajo el peso de
Escuché voces…, miré hacia delante, por encima del carril y vi a gente en el collado, a ciclistas y a algunos caminantes…, bajé un piñón, continué rodando sobre la nieve y alcancé el cruce de caminos, eché pie a tierra y miré hacia atrás buscando a Joa, pero aún no subía.
Una enorme placa de hielo cubría la explanada…, antes rojiza y de tierra, pero en aquellos momentos blanca y escamada, bajo mis pies podía contemplar una superficie cincelada por la ventisca…, que ya soplaba a esos 640 metros de altitud…, podía ver como esa duna de nieve había sido barrida y moldeada por el viento, petrificada por las temperaturas bajas, por esa lengua siberiana que había helado la sierra con su aliento gris y cristalino, que había traído el silencio con ella, el silencio de la tundra, el silencio de las llanuras blancas y la confusión sobre esos homos que vagábamos allí arriba sin saber a donde ir y sin poder mantenernos en pié…, el ciclista coronó jadeando, apoyó un pié, resbaló y se calló, alguien soltó una carcajada y corrió a fotografiarlo así, caído, descabalgado, indefenso sobre el hielo.
Pregunté a uno de aquellos ciclistas que se movían torpemente, indecisos, frotándose los guantes…, pregunté si se podía pasar a Serra desde el Poll.
- Nosotros hemos llegado a la fuente, pero de ahí para Revalsadores aún hay mas nieve y no se yo si se podrá pasar.
Miré hacia el camino que baja ligeramente en dirección a la fuente…, las roderas de hielo y tierra, los dos surcos sucios y congelados se estrechaban con la perspectiva, con la distancia…, y terminaban desapareciendo en medio de una ventisca que lanzaba pequeños copos de nieve desde los pinos y que aullaba por encima de nuestros cascos…, después miré hacia el camino que subía desde el Berro, por el que acababa de subir y vi a Joa cubriendo los últimos metros…, de nuevo como encogida sobre Camino, con los enormes guantes cubriendo sus manitas, con las perneras protegiendo esas piernas que me hipnotizaron durante aquella primera ruta al Pico del Águila.
- Ten cuidado que todo esto es hielo.
Joa resopló, paró a mi lado y sacó uno de sus botellines, apenas si pudo dar un par de tragos.
- Que fría está… -murmuró.
- Igualito que en verano, ¿eh…?, cariño, estoy preguntando y parece que va ha estar jodido lo del café en Serra, me han dicho que hasta el Poll se puede llegar mas o menos bien…, pero estoy pensando que luego hay que subir al cruce de Revalsadores y después bajar hasta Serra…, y sin frenos de disco…, si hay tanto hielo como aquí va a ser arriesgado y peligroso.
Joa miró el camino que bajaba suavemente hacia el Poll, imagino que vió lo mismo que yo unos instantes antes…, las roderas perdiéndose hacia la cellisca que revoloteaba zarandeada por las ráfagas de viento, la neblina que difuminaba el carril ocupado por el barro rosado, por el hielo, por la nieve.
- Igual no esta tan mal… -volvió a murmurar.
- Mujer…, al Poll seguro que llegamos, pero el hielo se va pegando al flanco de la llanta y termina por no frenar…, y recuerdo que en la primera rampa después de cruce siempre hay hielo, incluso con las heladas normales…, no quiero ni pensar como estará ahora.
- Bueno bien…, ¿entonces…?.
- Pues nos batimos en retirada…, de todas formas ha sido un regalo, hoy dábamos el día por perdido ¿no…?.
- Por lo menos hemos llegado hasta aquí.
- Si pero no des esto por terminado que ahora hay que bajar y creo que la subida también está helada…, venga, vamos a ver.
Eché una ultima mirada al collado, a la luz que salía de la tierra, de la costra blanca y escamada que cubría la arenisca rosada, al deambular confuso de los ciclistas ante una serranía que les daba empujones, que les hacia resbalar que les enseñaba unos dietes blancos y cortantes, transparentes y de hielo, que parecía arañarles con unas uñas blanquecinas, como de un cristal que atravesaba las ropa, los térmicos, los guantes y que se hundía en la piel de Joa, en los dedos ateridos de sus manos que apenas si podían manejar el manillar de Camino.
Nos asomamos hacia la rampa que asciende desde el cruce de las pistas que llegan por el Campillo y desde la cartuja de Porta Coeli…, era otra lengua helada, marcada por las roderas que habían removido la nieve caída y que durante la madrugada se había helado, eran roderas que a veces se teñían del rosa del rodeno o del marrón claro o se volvían casi amarillentas.
Empezamos a bajar con cuidado, tratando de rodar pegados a la derecha, ahí donde la nieve permanecía quieta, posada como ella misma se había dejado caer…, poco a poco logramos llegar al cruce. Otra corteza de hielo se aferraba a la pista, otra capa de cristal sucio que dejaba ver la tierra, las piedrecitas, las ramitas, las virutas de los desmontes del año pasado…, las huellas que permanecían inalterables como el rostro de aquel explorador bajo la capa helada…, recuerdo aquella tarde en el cine, con mi padre, recuerdo aquel perro escarbando en la nieve en busca de su amo. Podían ser las montañas Rocosas o tierras de Canadá o Alaska, podía ser la historia inventada por Jack London o inspirada en los relatos que el escuchó, en las vivencias de aquellos hombres que habrían camino con los trineos tirados por los perros esquimales, por los huskis. No lo se, pero aquella imagen permaneció mucho tiempo en mis ojos, en mi mente…, podría titularse “La selva blanca”, el animal da por sentado que su amo a muerto helado y vuelve con su manada, vuelve a sus orígenes y se aleja para siempre de homo.
- No pasareis…, hay bastante hielo.
Les advertí sin dejar de pedalear…, les vi remontando vestidos con chandal, con zapatillas deportivas y con bicicletas de Carrefour, dos chicas y dos chicas que pedaleaban sonrientes y pasándolo bien.
- ¡Que divertido…¡ -contestó una de ellas.
Continué el descenso, ya mas relajado y con mis neumáticos rodando sobre tierra seca, con los flancos de las llantas libres de hielo pero sintiendo como el viento taladraba mis guantes y petrificaba mis manos…, frené, me guarecí tras un pino que el viento zarandeaba y esperé a Joa. Me vió ejercitando mis dedos, abriendo y cerrando las manos.
- A ti también se te enfrían… -murmuró instantes antes de darme un beso.
- Claro cariño…, hala vamos aseguir que tengo ganas de perderme en la ducha hirviente.
- Entonces…, ¿no vas a dar esa vuelta suplementaria…?.
- Tururú…, me quiero preparar ese cafenet que no hemos podido tomarnos y luego de cabeza a la ducha…, ya haremos otro día esos diez kilómetros que nos van a faltar.
Joa sonrió y de un saltito entró en la ducha, los vapores la envolvieron y pronto sus cabellos se pegaron a su rostro, a sus hombros…, Norton y Mia lloriqueaban al otro lado de la puerta, hasta que terminé de vestirme y salí del cuarto de baño.
- Aún no es hora de pasear –les dije- ahora voy a preparar las costillitas de cordero.
Recorrí el pasillo hasta el salón, los perros entraron a todo correr, resbalaron y volvieron a saltar sobre mi pecho. De vez en cuando veía el hocico de Mía suspendido en el aire, muy cerca de mi cara…, después volvía a caer sobre sus cortas patas y volvía a saltar como impulsada por un muelle.
En la cocina entraba el sol a raudales, olía a café y a través de las ventanas podía ver los destellos del agua, el paso confiado de alguna lavandera sobre las piedras de la piscina, el pinar cercano movido por el viento, podía percibir la calma de aquellos momentos y de nuevo fijarme en la luz de un sol que iluminaba la nieve que aún permanecía en
Al día siguiente.
Amaneció despejado, con menos viento y con un sol que iluminaba la nieve que aún permanecía en
Habíamos tomado un café en el Arquet y remontábamos hacia el castillo de Olocau, también había llamado por teléfono a Carlos, el administrador de olocaudigital y me había dicho que subiría con su Panda 4x4 y nos cogería por el camino.
- Hoy apenas si hace viento –murmuró Joa.
La miré, volví a contemplar ese perfil afilado y a verla cubriendo la pista ascendente con su mochila, moviendo los bastones…, contemplando gozosa el pinar, los muretes, los perfiles de una Calderona helada, cubierta por una nevada que permanecía ahí casi una semana después.

Apenas si me enteré y alcanzamos la falda del castillo, desde allí pudimos ver ya la cima del Gorgó y el despoblado de

- Creo que sube un coche –anunció Joa.
Unos segundos después reconocí el sonido del mítico motor de 903 cc que montaron los históricos Seat 127, los Pandas y la versión Street de la primera generación de Ibizas.
La calandra del Panda de Carlos asomó trepando la última rampa, paró a un lado y bajó cubierto con una gruesa rebeca de lana.
- ¡Carlos, mi mentor y mecenas…¡ -voceé dándole un abrazo- bueno cariño, este es Carlos…, el hombre que me permitió escribir con absoluta libertad en su web.
- ¿Qué tal, Joa…?.
Le vi darse dos besos, vi como Carlos se frotaba las manos y como nos miraba.
- Oye, habéis subido a toda leche…, pensaba que os pillaría a mitad de camino…, y que alegría me da veros aquí, en el monte…, por cierto, ahí arriba en el castillo hay mas gente que en el Corte Ingles, je, je,
Charlamos un rato allí arriba, Carlos nos hizo algunas fotos y nos despedimos. Joa y yo nos internamos por la sendita y volvimos a movernos en silencio, Perdut volvió a corretear arriba y abajo y descubrí un nuevo rostro de la serranía. Una preciosa senda que discurría entre pinares jóvenes, entre algunos ribazos ya colonizados por el monte, que subía y bajaba, que se retorcía hasta salir a las terrazas de almendros y olivos cultivados ya muy cerca de Hoya.

Caminamos entre manchas de nieve, sobre charcos helados y salimos a la pista, la misma por la que solemos rodar con las bicis y nos encontramos con unos enormes charcos convertidos en piedras rosadas, en bloques de hielo gruesos como lajas de rodeno gris.

Imaginé la helada nocturna, el silencio de una noche fría y dura en la que tan solo se podría percibir el crujido del hielo formándose o el chasquido de las ramas quebrándose bajo su peso.
La nieve cubría esos muretes, cubría los palmitos...,

...cubría el monte bajo, los lados del camino y el hielo cubría la pista, la tiznaba de un blanco sucio…, no veíamos caminantes, tampoco ciclistas o a viejos propietarios vareando el olivar…, solo nosotros pisando los regueros que lentamente discurrían a medida que el hielo mas fino se iba fundiendo con un sol que poco a poco se iba difuminando tras una especie de neblina tenue y alta que velaba el color azul del cielo, que filtraba los rayos solares, esa luz que llegaba desde el espacio y que salía dispersada en todas direcciones cuando incidía en las dunas blancas, en las agujas heladas.

El poblado aparecía cubierto de nieve, sus ruinas permanecían quietas y calladas, ningún humo impregnaba el viejo poblado y ningún tendido eléctrico traía el calor desde los pueblos cercanos.

Dejamos las ruinas y continuamos moviéndonos entre los hielos, entre el barro mezclado con cristalitos y viendo como Perdut no dejaba de correr sobre la nieve, sobre el hielo…, Joa señaló hacia el Gorgó, me dijo por donde se subía pero decidimos bajar por la senda hacia Marines Viejo, ya era algo tarde para hacer cima.
- Por aquí dicen que bajaban a los que morían en Hoya –comentó Joa cuando empezamos a descender por la senda.
La nieve había caído con fuerza y cubría por completo el estrecho carril abierto entre bulbos de rodeno, entre el pinar y entre los matojos que nos cerraban el paso. Blanca y esponjosa, el pasto cedía bajo ella y las rocas suavizaban sus duros perfiles con esa nata fría que muy poco a poco iba discurriendo hacia la montaña, hacia las grietas y huecos que terminaban bebiéndose todo ese hielo, todos esos copos que lentamente se habían amontonado hasta llenar la serranía de tonos blancos, de cristales trasparentes o traslucidos, de una curiosa luminosidad y del silencio invernal en las montañas, en las serranías, en
martes 12 de enero de 2010
EL ESPÍRITU DE LEONARDO.

Comentó Anzaga en “Lagrimas a ritmo de swing”, Josep Julián hizo referencia a los distintos temas que habían surgido en ese post…, y yo pensé en Leonardo da Vinci…, admito que fui osado y vanidoso al sentirme comparado con el genio del Renacimiento, pero en esos momentos me hizo mucho bien, me sentí halagado y reconocido…, después pensé en Leonardo, recordé los dibujos de sus máquinas, el retrato de
La salita estaba decorada con un sofá rinconera que abrazaba toda una pared y la esquina de la puerta, daba al balcón y una librería chapada en melamina de color sapely ocupaba la otra pared.
Sobre la mesita de patas salomónicas abría esos libros mientras mis hermanas ponían discos de vinilo en el “tocata” de maleta, charlaban de sus cosas mientras sus abrigos empezaban a oler a tabaco, a veces esas ropas también traían el frío de la calle y esos otros olores que yo no había percibido nunca.

Algunos de aquellos libros hablaban de prehistoria, de la historia natural, de la humanidad y su evolución, del arte, del Renacimiento…, pero yo solo me fijaba en las imágenes. Con los años me iría distrayendo, alejándome de esa cultura domestica descubierta en los libros…, pero algo debió quedar, porque ya con algunos años mas, la obra y vida de Leonardo volvió a interesarme, imagino que porque representaba a un tipo de persona, a un hombre que hoy en día ya ha desaparecido, en la cultura y en el mundo laboral.
La especialización acabó con el “espíritu de Leonardo”, en los tiempos que corren solo se nos invita a pensar en nuestro trabajo, en nuestro entorno cercano y en el cambio climático…, la sociedad actual ya no recompensa ese conocimiento general, esa inquietud, casi por todo que caracterizaba a Leonardo da Vinci, incluso el conocido refrán “aprendiz de todo maestro de nada”, resume esa nueva forma de pensar y de concebir la sociedad. Los estudiantes se esfuerzan por sacar una carrera, por ser los mejores en ella para poder optar con éxito a esa oposición, para poder trabajar…, y se cierran al resto del mundo, eso si, saben muchísimo de su campo pero fuera de él o de sus círculos íntimos, no saben moverse y se muestran torpes e inseguros, realmente poco mas les interesa.
Y bajo ellos se va creando el caldo de cultivo de otra masa poblacional que trabaja para suplir esas carencias, hablo de electricistas, carpinteros, técnicos de aire acondicionado, cerrajeros…, todos esos oficios que paradójicamente también se han vendido a la especialización extrema. Esto me recuerda a una de las vivencias de mi padre cuando decidió comprar la maquinaria para su carpintería, hace más de cincuenta años.
En aquella época muy pocas carpinterías la tenían, se recurría a las llamadas “serrerías de parroquiano”, en ellas elegías la madera, marcabas las plantillas allí mismo, cortabas, cepillabas…., después cargabas con todo desmontado y en el taller rematabas. El problema surgía cuando te equivocabas y tenías que volver a la serraría, a pie, en bici o en triciclo, por eso un día decidió que se iba a comprar la maquinaria, lo dijo así, en voz alta, mientras pagaba al dueño de la serrería. Aquel hombre se echó las manos a la cabeza y le dijo algo así.
- No sabes lo que vas a hacer, necesitarás operarios, un maquinero, un tupinero, un serrador, un agujereador….
- No…, lo haré yo todo.
Y así ocurrió, mi padre aprendió a manejar todas las máquinas, eso si, cuando el volumen del trabajo aumentó contrató a mas personas, algunas de ellas hábiles en el manejo de la sierra de cinta o de la tupi…, pero que también debían estar capacitados para hacer cualquier otra tarea de la carpintería.
Recuerdo otra anécdota, en una ocasión mi padre observó como uno de esos trabajadores, el serrador, en concreto, andaba por el taller relajadamente, hablando con unos y con otros, cuando mi padre le preguntó contestó que él era serrador, no montador ni cualquier otra cosa…, creo que entonces mi padre señaló con la mirada un montón de barras de silla que tenían que ser agujereadas…, no hicieron falta mas palabras.
Hoy en día la especialización es sinónimo de alto rendimiento, las empresas están montadas así, el hombre, el operario, la persona…, pertenece a un compartimento del cual sabe todo pero que al tiempo ignora todo lo que queda fuera de él o simula desconocerlo. Hemos llegado al punto de negar nuestro propio conocimiento si no es competencia nuestra, si no entra en nuestra sección, si nos pagan por saber de eso.
La figura de ese trabajador que se movía por todo el entramado de una empresa con cierta facilidad ha desaparecido, imagino que porque las personas así de inquietas y despiertas no interesaban para los objetivos de las empresas. Las personas con ese perfil eran capaces de pensar por si mismas, de reflexionar y de señalar errores o malos procedimientos. Hoy en día esas personas han sido sustituidas por otras cualificadas oficialmente, solo así pueden opinar, señalar o sugerir correcciones o mejoras.
El sentido común, la capacidad de observación, la inteligencia intuitiva, la sagacidad, la capacidad de observación, las habilidades innatas no son admitidas si no van acompañadas por un titulo oficial…, es decir, que en los tiempos que corren una persona como Leonardo da Vinci, sin títulos, idealista, entusiasta y de una creatividad sin limites…, sería rechazado en cualquier empresa.
Poco podría decir en un hipotético curriculum, poco podría argumentar, poco podría demostrar y ni mucho menos podría reproducir la carta de presentación que utilizó para ofrecer sus servicios a Ludovico Sforza, en la credencial escribió entre otras cosas:
“No tengo par en la fabricación de puentes, fortificaciones, catapultas y otros muchos dispositivos secretos que no me atrevo a confiar en este papel…”
Pero lo realmente gracioso, incluso cómico y anecdótico de este petición de empleo es que realmente era una credencial modificada por el propio Leonardo a partir de la original firmada por Lorenzo de Médicis, en desagravio por haberse comido una colección de maquetas de artificios bélicos que Leonardo horneó en mazapán y que presentó como ejemplo de sus conocimientos.
Por lo que he leído, Leonardo era así, un ser humano brillante, adelantado varios siglos a su tiempo, sin limites ni trabas mentales a la hora de imaginar, de concebir, de abstraer, de visionar, de penetrar en los enigmas de la física y de la química, de la biología, de la anatomía, del dibujo, de la pintura…, nada parecía escapar a su atención, todo le interesaba y sobre todo tenía que investigar y aprender, anotarlo todo en sus famosos códices, legajos de folios y cuartillas en los que apuntaba, en los que escribía, en los que dibujaba…, en los que compendiaba todo su saber, todo lo que llenaba y desbordada una mente especial, única y tan despierta que convirtió la vida de Leonardo en un vaivén de situaciones curiosas, extrañas, jocosas, a veces tristes y otras ridículas, pero todas envueltas en su genialidad sin igual.
Leonardo se adelantó al concepto de la tecnología aplicada al servicio del hombre, con su ciencia descubrió que con las maquinas se podían suplir las carencias del propio físico humano. De todos son conocidos sus proyectos de alas delta y los esbozos de los futuros helicópteros…, pero la grandiosidad de Leonardo radica simplemente en aceptar la posibilidad del vuelo humano apoyado en esas maquinas que simularían el vuelo de los pájaros, desmenuzado por su mente en leyes físicas sobre las que diseñaba sus proyectos. Podría haber dedicado toda su vida a ese magno proyecto…, pero apartó esos apuntes, esos dibujos, esos diseños como extraídos de una hipotética máquina del tiempo a la que solo tuviese acceso el propio Leonardo y se dedicó a trabajar en otros proyectos, imagino que dando por sentado, con toda calma y serenidad que el hombre terminaría volando como los pájaros que sobrevolaban Vinci o cualquier pedazo de cielo que nuestro hombre pudiese observar.
La nouvelle cuisine…, 500 años anos antes del Bulli.
Ese ingeniero aeronáutico también incursionó en la cocina y de nuevo envuelto en la excentricidad, en la imaginación infinita y con todos los recursos de su mente volcados en los nuevos proyectos gastronómicos.
En su juventud, mientras aún se formaba artísticamente en el taller de Verrocchio, logra entrar como camarero en una taberna llamada “Los tres caracoles”. Trabaja sirviendo mesas, entrando y saliendo de la cocina, atendiendo las ruidosas peticiones de unos clientes poco finos y muy hambrientos…, hasta que ocurre algo. Los cocineros de la taberna mueren por envenenamiento, Leonardo se salva y toma las riendas de los fogones, impone su criterio y cambia los menús, cambia el estilo y comienza a servir platos de reducidas dimensiones, pequeñas obras de arte, diminutas porciones de comida como la famosa anchoa acogida por una zanahoria “primorosamente” tallada. Estos nuevos platos tienen la sorprendente capacidad de volar…, cuando los clientes se sienten estafados y burlados ante semejantes vituallas ridículas y se rebelan volteando las mesas, repartiendo sillazos a diestro y siniestro y lanzando los platos contra un Leonardo confundido ante tanta zafiedad…, que logra escapar por piernas, perdiéndose entre las callejuelas de Florencia y buscando cobijo de nuevo en el taller de Verrocchio.
Pero la pasión por la cocina le puede y un tiempo después abre otra taberna junto a su amigo Botticelli, la llamarán “La enseña de las Tres Ranas de Sandro y Leonardo”, esta vez no solo se dedicarán a la nouvelle cousine, también serán capaces de decorar el local a su propio gusto y dos lienzos pintados por ellos mismos darán la bienvenida a unos comensales que jamás aceptarán esa nueva forma de entender la cocina.
El negocio resulta ruinoso, cierran y Leonardo se da a la vida de músico ambulante, de retratista callejero…, de bohemio y de observador infatigable.
Pero Leonardo no terminará de alejarse de los fogones, de los platos y de los menús. Su credencial presentada ante Ludovico Sforza lo aupa hasta los ambientes palaciegos y cortesanos. “El Moro” confía en él para que organice el banquete de la boda de una sobrina suya, en ese momento surge la idea de modernizar la cocina de palacio y de componer el menú. Ludovico presenta sus deseos y Leonardo muestra su propuesta…, y de nuevo los conceptos y las ideas chocan ruidosamente. Ludovico habla de salchichas de sesos de cerdo de Bolonia, de terneras, capones y gansos, de pavos reales, cisnes y garzas reales…, mientras que Leonardo propone, una anchoa enrollada descansando sobre una rebanada de nabo tallada a semejanza de una rana, de nuevo una anchoa enroscada alrededor de un brote de col, la pata de una rana sobre una hoja de diente de león, dos mitades de pepinillo sobre una hoja de lechuga, el corazón de una alcachofa…,
Pero su presencia en la corte le vuelve a brindar la oportunidad de plasmar sus revolucionarios conceptos gastronómicos. Ludovico le encarga la construcción de una nueva cocina en el Castello, un lujoso palacio en el centro de Milán, su señor le encargará una cocina limpia, ausente de malos olores, una cocina en la que siempre existan barreños con agua hirviendo y aprovisionada permanentemente de leños para los fuegos, deseará una cocina en la que suene la música para que cocineros y pinches trabajen a gusto…, y muy especialmente un dispositivo para eliminar las ranas de los barriles de agua…, es curioso como el batracio aparece continuamente en la vida de Leonardo, o por lo menos en aquella época.
El maestro no tarda en proyectar las nuevas instalaciones y eso supone demoler parte del comedor, de los establos y del dormitorio de la madre de Ludovico. Después queda la tarea de diseñar todos los ingenios para automatizar esa cocina que en esos momentos solo existe en la mente de Leonardo.
Puedo imaginar al genio frente a montones de legajos, garabateando bocetos, diseños, ideas…, observando a su alrededor buscando inspiración o solución a algún problema, lo imagino con el ceño fruncido ante la luz de los candiles o de las velas que se consumirían una tras otra mientras las ideas bullen en su cabeza, mientras la pluma se mueve sobre el papel imprimándola con la tinta que dará forma a sus pensamientos, a sus visiones, a sus creaciones.
También puedo imaginar el intenso trabajo de herreros, carpinteros, albañiles y canteros para convertir en realidad los dibujos y planos que Leonardo les entregaba día tras día mientras llegaba el momento.
La cocina está terminada, los comensales sentados y esperando, Ludovico confiando en la genialidad de Leonardo, en su capacidad de trabajo…, pero de las puertas que dan a las nuevas instalaciones solo salen ruidos extraños, como soplidos y algunas explosiones, el lamento doliente de humanos o animales, mugidos y voces airadas…, pero ni un solo plato de comida, ni una sola fuente repleta de carne asada o de frutas.
Ya impaciente y algo preocupado, Sabba da Castiglione di Pietro Alemani, embajador florentino en la corte de Ludovico, decide aventurarse al otro lado de la puerta y queda estupefacto, inmóvil ante la visión…, el mismo la relata así:
“ La cocina del maestro Leonardo es un gran caos. El señor Ludovico me ha dicho que el esfuerzo de los últimos meses se había hecho con la intención de economizar esfuerzos humanos; pero ahora, en lugar de los veinte cocineros antes empleados en las cocinas, las personas que se apiñan en este lugar llegan casi al centenar y ninguno de los que yo pude ver estaba cocinando, sino que todos estaban atareados con los grandes dispositivos que ocupaban todo el suelo y los muros, ninguno de los cuales parecía comportarse de manera útil o para la tarea que fue creado.
En un extremo del recinto una gran noria, empujada por una furiosa cascada, vomitaba y rociaba con sus aguas a todos los que pasaban por debajo, y había transformado el suelo en un lago. Fuelles gigantescos, cada uno de ellos de tres metros y medio de largo, colgaban de los techos, siseando y rugiendo con el propósito de limpiar los humos de los fuegos, pero todo lo que lograban era avivar las llamas, en perjuicio de aquellos que debían estar cerca del fuego; tan peligrosas eran las errantes llamas que una multitud de hombres armados de cubos se afanaban en tratar de dominarlas, aun cuando otras aguas brotaban en chorros de cada rincón de los techos.
Y en este catastrófico lugar se paseaban por todas partes caballos y bueyes, algunos dando vueltas y más vueltas, y otros arrastrando los ingenios para limpiar los suelos del maestro Leonardo; realizando sus tareas con denuedo, pero también seguidos de otro ejército de hombres para limpiar las suciedades de los caballos.
En otro lugar vi una gran picadora de vacas estropeada, con media vaca todavía hincada y asomando por fuera de ella, y hombres con palancas intentando sacarla de allí. Y aún en otro lugar el ingenio continuo de troncos y leña del maestro Leonardo arrojando suministro dentro de la habitación y que no podía ser detenido; de manera que en lugar de los dos hombres que llevaban los troncos al fuego como antes se acostumbraba, ahora había que emplear a diez para sacarlos.
Los gritos que habíamos oído vimos que los proferían pobres desdichados que estaban abrasándose o ahogándose o asfixiándose; las explosiones, de la pólvora que el maestro Leonardo se empeñó en utilizar para prender sus fuegos sin llama; y, como si este estruendo no resultara suficiente, aún se combinaba con la música de sus tambores que redoblaban, aunque los que tocaban los órganos de boca creo que ya se habían ahogado.
Como antes he descrito, la cocina del maestro Leonardo era un gran caos, y no creo que esto complaciera a señor Ludovico…”
Increíble…, realmente la vida en si misma de Leonardo resulta increíble, hasta hoy nos han llegado pasajes como este, realmente cómicos y casi de película, pero sería injusto quedarnos tan solo con estas anécdotas, la obra de este personaje es tan amplia y voluminosa que uno se pregunta si hubo algo que no llegó a interesarle, si existió algo a su alrededor a lo que no dedicase un tiempo al estudio y a la observación.
Poco nos ha llegado sobre su trato diario, sobre su vida minuto a minuto, segundo a segundo…, eso ningún historiador ni ningún biógrafo nos lo podrá contar. De su infancia tampoco se sabe demasiado, si su pasión por los dulces, heredada de su padrastro, su obesidad infantil, su glotonería que le acompañaría incluso en el taller de Verrocchio, en su adolescencia…, mientras aprendía los secretos de la pintura y el dibujo, mientras mas allá de los futuros descalabros palaciegos, mas allá de esa imagen de excéntrico sin limites…, iba surgiendo la personalidad, los conocimientos, las habilidades y la visión de futuro de un hombre excepcional capaz de diseñar cojinetes de bolas o de pintar La ultima cena, de pintar
.
.

Leonardo moriría en Francia…, imagino que preguntándose que reacciones químicas y biológicas seguirían a su expiración o simplemente dejándose llevar fatigado, entregado al sueño final, al reposo absoluto tras una vida excepcional llena de interrogantes y de expectativas que el maestro exploró entusiasta y animoso, rodeado de una personas que en muchas ocasiones no le comprendieron, que también le admiraron y que posiblemente ridiculizaron ante su fuente infinita de imaginación, ante la ausencia total de trabas en su mente privilegiada.
domingo 3 de enero de 2010
"CONTRA EL LEVIATÁN URBANISTICO", leido en El Pais.
. Fotografia de José Jordán..
Cristina Vázquez, titula así su artículo escrito para El País, en la edición del domingo día 3 de enero y sobre esas letras en mayúscula nos muestra los restos abandonados de un vivero…, plantas marchitas, macetas resecas, sistemas de goteo por los que ya no corre el agua, turbinas silenciosas, inmóviles y cuyas aspas dejaron de girar cuando ya fue inútil, cuando la temperatura dentro del invernadero ascendió a 50 grados después de que el ayuntamiento de Náquera ejecutase un PAI que acabó con el negocio de Enrique Lluch…, la misma persona que aparece en la foto, apoyada en un palé y mirando al objetivo de José Jordán con la tristeza y la desesperación fatigada de una persona que ha perdido su medio de vida, casi su propia dignidad y desde luego la confianza en los alcaldes, en los políticos y desde luego en los mismos jueces que fueron desestimando sus demandas antes la cascada continua de irregularidades y abusos que se cometieron durante la ejecución del PAI sobre unos terrenos que pasaron a convertirse en un polígono industrial.
La periodista escucha la voz de Enrique Lluch…, no se lo que podía sentir ella, pero yo me he puesto en su piel durante la lectura del artículo y me he sentido profundamente angustiado, he podido imaginar las largas noches sin dormir, el ahogo, la impotencia, la desesperación y la locura que durante estos 11 años de lucha, de Enrique Lluch contra la corrupción urbanística valenciana, contra la canallesca y ruin Ley Urbanística Valenciana, contra el ansia de enriquecimiento desmesurado de alcaldes y corporaciones municipales y contra la mirada esquiva de los juzgados y de esos jueces que han mirado hacia otros lugares…, desestimando una y otra vez todas las demandas presentadas por Lluch, algunas escandalosas y obvias, como los costes de los derribos de unas naves que jamás se derribaron y que se tuvieron que abonar, como las irregularidades en la ejecución de las obras. Lluch denunció la ubicación fuera de plano de la depuradora y emplazó al ayuntamiento de Náquera y al agente urbanizador a situarla…, ninguno supo hacerlo, pero esta demanda también fue desestimada. Tampoco pareció intrigar a los jueces que el coste del PAI superase en un 300 % a uno similar aprobado por la misma corporación…, a Enrique Lluch solo le queda Estrasburgo, como a miles de valencianos que han visto como han sido despojados de sus negocios, de sus casas, de sus campos…, de sus medios de vida y de su ilusión, sin entender como no se podía hacer nada. Miles de valencianos no han podido entender como les han quitado sus casas para hacer un campo de golf privado o como han tenido que pagar unos costes de urbanización que superaban de largo el valor de sus propiedades…, como le pasó a Enrique Lluch, el agente urbanizador del polígono le reclamó como costes de urbanización unos103.324 euros cuando su parcela se valoraba en unos 90.558 euros.
Enrique Lluch sigue luchando a día de hoy contra la corrupción de los ayuntamientos valencianos, contra el silencio de los jueces y contra la falsa sonrisa de Camps y de sus promesas, contra la hipocresía y maldad de un gobierno valenciano que no ha hecho nada por defender a los valencianos ahorcados por los desmanes urbanísticos, por los valencianos desangrados por alcaldes de almas putrefactas y manos sucias, por los valencianos acuchillados por los agentes urbanizadores…, los trajes de Camps no son nada si lo comparamos con su silencio ante las masacres urbanísticas que se han ido cometiendo en esta comunidad vergonzosa, Camps sabe de estos dramas injustos, de estos atropellos, de la violación continuada y descarada del derecho de la propiedad privada, del derecho a una vivienda.
A Camps no le ha importado que miles de valencianos se quedaran en la calle, en la ruina o que cayeran en las garras de la depresión cuando han visto que derribaban sus casas para levantar chalés de lujo o unifamiliares para millonarios.
A Camps solo le ha interesado invitar a gambas a los magnates de
Por cierto, de algunos balcones de Náquera cuelgan pancartas reclamando un colegio nuevo, también las hay en las vallas de la nueva circunvalación…, pero ninguna reclama menos corrupción urbanística, menos especulación, menos alcaldes de paja…, auténticas marionetas en manos de inversores y promotores, ninguna reclama que se derogue de una vez y para siempre
sábado 2 de enero de 2010
LA ULTIMA PEDALADA DEL AÑO..., JUNTO A JOA.
El año, ese concepto de tiempo, de espacio…, que utiliza homo para medir el paso de los momentos, de los días, de las semanas, el numero de noches o de amaneceres…, se ha ido consumiendo, casi como languideciendo en una ultima semana corta, sin demasiado algarabía en la calle, sin demasiados Papa Noel colgando de los balcones, sin demasiadas luces parpadeantes decorando esos mismos miradores, sin alfombrillas rojas decorando la entrada de los comercios del barrio, con pocas comidas de empresa en los bares que frecuento para tomar café…, realmente distinto a ese ultimo día del año pasado. Recuerdo que salí con mi amigo Santi, él que a veces firma los comentarios como Zapa, hicimos carretera, subimos al Oronet y regresamos a Valencia…, esta vez he amanecido junto a Joa, en su cama y sintiendo su respiración frente a mi rostro, contemplando su sonrisa y percibiendo el roce de sus dedos sobre mis sienes…, el sabor del café y de las tostadas un ratito después y el viento contra mi rostro, cuando montaba sobre Run-run hacia las Tierras Altas, con la caña de la horquilla nueva asomando por la mochila y con el tiempo justo de dar un paseo a Norton y a Mía, con el tiempo justo de montar la suspensión en
Terminaba de ajustar las zapatas de los frenos en V contra las llantas cuando ha llegado al chalet, como siempre, Mia y Norton se han abalanzado sobre ella, saltando y gimiendo, manchándola con sus patas.
- Carinyet…, ahora mismo me cambio de ropa.
Ella me ha visto desvestirme, desnudarme ante su sonrisa…
- Anda, ponte pronto la ropa no vaya a ser que…
He arqueado las cejas y me he puesto el maillot largo, las zapatillas, el casco, las gafas…, y hemos dado las primeras pedaladas de nuevo sobre la vía de servicio, contra un viento que empezaba a soplar con fuerza desde el norte, no demasiado fresco, pero molesto aunque capaz de empujar y disipar las nubes que habían cubierto el cielo desde el amanecer en el viejo ático de Joa.
Los neumáticos se han hundido pronto en los grandes charcos que se forman en la pista que atraviesa
No estaba rodando sobre asfalto con Santi…, rodaba sobre tierra con Joa, ascendía por el camino del Campillo algo más lento de lo habitual, con las piernas algo cansadas y poco hábiles, sin el brío y la chispa de unas semanas atrás…, pero seguía ascendiendo sin encontrarme con ningún ciclista, ya con el sol demasiado alto, a medio día y luchando contra el viento cuando encaraba las rojizas rampas que atravesaban unas preciosas vetas de rodeno antes de girar a derechas hasta alcanzar el cruce de la pista que llega desde
Allí mismo he echado pié a tierra y he esperado a Joa, he observado esos horizontes azules tan conocidos del Camp del Turia, las sierras de Utiel y Requena, ya sin atisbos de las nevadas que las cubrieron hace siete días y entornando los ojos tras las gafas de sol cada vez que se apartaban las nubes desgajadas y lanzaba sus rayos contra una serranía que florecía y helaba al mismo tiempo, mañana tras mañana, tarde tras tarde, ocaso tras ocaso.
- Uf…, como me está costando hoy…, no podemos saltarnos ni un “nuestrossabados” más…-ha murmurado Joa parando a mi lado.
- A mi también me está costando mas de lo normal…, y encima con este caloruzo.
- Yo voy empapada.
He observado como Joa bebía agua y he pensado en su frase, “nuestrossabados”, ella bautizó así aquellas primeras salidas de los sábados, que se fueron sucediendo una tras otra y siempre con el mismo final triste y melancólico…, cada uno en su ranchera, mirándonos por los retrovisores y preguntándonos porque no podíamos continuar juntos hasta la cena, hasta la noche, hasta el siguiente amanecer. Llegó un momento en que la relación se rompió, a principios de octubre, cuando las perspectivas de futuro se limitaban a los sábados y a las visitas entre semana…, siempre mirando el reloj…, no se, pero algo cambió…, si cambió…, como este ultimo día del año, aunque sea el año de homo y sus acotaciones del tiempo y del espacio, tan distantes a los cambios naturales de la naturaleza, a sus ciclos, a sus estaciones, a sus ritmos.
Antes del ictus de mi padre, solía subir a Revalsadores el primer día del año, a solas, con la bici de montaña…, me sentaba bien y me sentía bien, pero todo cambió tras el infarto, me empezó a dar igual, empecé a considerarlo un gesto prescindible, una banalidad, una tontería…, hasta este ultimo día en el que vuelvo a pedalear hacia Revalsadores, hacia el monte Armenia y sabiendo que no estaré a solas, sabiendo que tomaré una copita de mistela junto a Joa…, aunque ahora pedalee a solas hacia el cruce de la cuesta que asciende desde la cartuja de Porta Coeli hacia la ultima rampa que corona el Collado de
Joa sube a su ritmo, yo al mío…, algo mas lento de lo habitual pero tampoco me preocupa…, al final he llegado al collado y al rato Joa, nos hemos dejado caer por la suave pendiente que conduce hasta
He virado a derechas en el cruce con la fuente, jadeando levemente y he ido remontando hasta alcanzar la falda de Revalsadores, he vuelto a esperar a Joa y cuando la he visto encarar ese ascenso me ha gritado.
- ¡Ves subiendo cariño, no me esperes que voy bien…!.
Le he enviado un beso y he tirado cuesta arriba, volviendo a jadear, a inclinarme hacia delante…, dando pedales, subiendo poco a poco, de nuevo en solitario pero sabiendo que Joa pedaleaba a mis espaldas, tenaz y decidida como siempre, como el primer día que la conocí, como es ella misma, llena de vida, de ilusión y de pasión por la montaña, por los espacios abiertos, por los retos…, he resoplado en la ultima decena de metros y el viento ha removido las bajas coscojas, ha zumbado entre las copas de los escasos pinares que pueblan la cota y ha barrido el altiplano a unos 800 metros de altitud sobre un mediterráneo que he descubierto a mi izquierda, mas allá de la cima cubierta de matojos recios y leñosos, de la cima rala y barrida por el mismo viento que me ha provocado un escalofrío.
Recuerdo la nevada de hace bastantes años…, desde el chalé podía ver la montaña cubierta, envuelta en nubes, pero allí abajo lucia el sol. Monté en la bici y pedaleé hasta allí, a medida que ascendía percibía como la temperatura iba bajando, me encontré con algunos grumos de nieve en las cunetas de la pista, poco a poco la luz de sol se iba enfriando, filtrando por una neblina que lentamente me empapaba, que formaba nubes de vaho ante el pasamontañas y que terminó por velar todos los colores, incluso mi visión cuando la ventisca me sorprendió en un altiplano nevado y ventoso, sin sol y acribillado por la cellisca. Agachando la cabeza llegué hasta las terrazas y me di la vuelta enseguida, con los neumáticos embarrados y tiritando. Bajé con cuidado sobre los surcos abiertos en la nieve, fui perdiendo altura y volví a encontrarme con el sol, con la tierra humeda pero no helada y cuando llegué al chalé me volví a mirar a ese cima en la que acaba de estar. Seguía cubierta, pero distante y silenciosa…, yo había estado allí arriba y volvía a estarlo, sonriendo ante una Joa que cubría los últimos metros sonriendo y desmontando junto a


- Mi cariño…
Nos abrazamos, nos dimos unos besos en la solitaria montaña y una botella de champán surgió de su mochila.
- ¡Ostras Pedrín…!, ¿pero no habías traído la “misteleta”…?-le pregunté.
- Me dijiste que champán.
- Ah…, pues vale.
Nos guarecimos en uno de los pequeños refugios que hay bajo las terrazas y brindamos hacia un sol que aparecía y desaparecía, que se apagaba tras los nubarrones y que volvía a brillar, a destellar, a llenar de tonos azulados los horizontes que contemplábamos entre trago y trago, entre trufas de chocolate y burbujas doradas. Con la orilla del mediterráneo como a nuestros pies, contemplando la curva del golfo de Valencia, la mancha estañada de

- Coños cariño…, que nos hemos chupado la botella entera.
- ¡Ay va, si es verdad...! –se sorprendió Joa- yo que pensaba dejar lo que sobrase con una notita…, para que otros brindasen.
- Uf…, madre mía…, pero si yo no bebo champán.
- Pues esa botella esta vacía…, je, je, je.
Nos levantamos, salimos de refugio y sentí como si el viento moviese la terraza cubierta de losas de rodeno, como si fuésemos una de esas nubes empujadas por las rafagas, como si navegásemos en un mar de montañas, como si la proa del navío imaginario se elevase sobre la cresta de una inmensa ola de casi 800 metros de altitud.

- Joder…, que pedo he pillado…, bueno en este momento lo adecuado sería denominarlo “pedal champanero” , ¿no cariño…?.
Joa soltó unas carcajadas y me abrazó.
- Que gracioso estas un poco mareado… -me confesó susurrándolo con sus labios pegados a mi oreja.
Sonreí bizqueando ante su rostro muy cercano al mío y sentí une escalofrío.
- Ay…, que me estoy enfriando… -balbuceé.
Joa volvió a reír y empezamos a recoger los restos del banquete…, escasos, realmente escasos, tan solo una botella de champán vacía y los pequeños envoltorios de las trufas de chocolate. Lo echamos al contenedor y nos colocamos las chaquetillas, los cascos, los guantes, el pasamontañas que le regalaron a Joa en
- Jodeeerrrr…, a ver quien pedalea ahora… -protesté tratando de encajar las calas en los pedales automáticos.
- Pues nosotros.
Montamos y empezamos a remontar el repecho que subía hasta el lomo del monte…, resoplé y dejé la boca abierta, aspirando el aire puro y fresco de la cima y como tratando de expulsar el alcohol que circulaba por mi sangre, sus vapores, ese aliento que enseguida se disipaba empujado por el viento…, jadeé y continué moviendo las bielas, escuchando las turbulencias de las ráfagas alrededor de mis orejas y sintiendo como si la horquilla flotase…, sonriendo cuesta abajo, lanzándome en picado, frenando y girando a izquierdas, volviendo a pedalear y de nuevo sonriendo, percibiendo los rebotes de la suspensión delantera nueva y frenando en el cruce.
Eché pié a tierra, esperé a Joa y la vi llegar tarareando, sonriendo y parando a mi lado.

- Cariño…, no se que me pasa, pero he bajado de bien…
- Coño, yo creía que volaba… -le contesté- ¿tendrá algo que ver el fermento de las uvas…?.
- Ja, ja…, puede que si.
- Ostras mira…, hasta el mamut ha pillado la cogorza y ha bajado de cabeza.
Joa volvió a reir y a señalar al mamut cabeza abajo en el manillar.

- Estoy pensando, mi niña…, no creo que el Seprona ponga controles de alcoholemia en las pistas ¿no…?, igual nos inmovilizan a
- Pero si nunca están, cariño…, van a estar hoy…, pero si estamos nosotros solos…, bueno, con ellas.
Y Joa miró al bosque, al pinar, a los arbustos, a las montañas, a los pliegues de rodeno que asomaban cubiertos de liquen verduzco, colgados sobre
- Espera que te voy a hacer una foto con esos pliegues de rodeno…, algún día escalaremos hasta él y nos daremos un baño de sol.
- Claro que si, amor.

Casi como las rapaces que despliegan las alas desde sus atalayas…, nos dejamos caer hacia esos horizontes azules, batiendo los pedales en los escasos llaneos y sintiendo el viento de costado, escuchando el rumor de los neumáticos, el golpeteo de la cadena, el impacto de las piedrecillas contra los chasis de las bicis, volviendo a atravesar los charcos y desnudándome ante ella.
- Cariño, me ducho y nos vamos.
- Casi mejor que me vaya ya -respondió ella- tengo que terminar de hacer las mochilas y después ir a casa de Gema, nos vamos con su coche…, pero aún te podré hacer la comida, ¿Qué querrás, carnecita o pescadito…?
- Carnecita, carnecita.
Cuando salí de la ducha Joa ya no estaba, los ojos de negros de Norton y los de miel de Mía me miraban inquietos…, tan solo se oían sus gañidos, los chasquidos de sus uñas sobre el suelo y el rumor del viento azotando las hojas del eucalipto, moviendo, agitando los setos de tuyas…, los podía ver a través de los ventanales de un solitario salón…, a veces luminoso, cuando el sol asomaba entre las nubes y de nuevo gris y triste cuando la tarde volvía a cubrirse, a tornarse hostil y desapacible, barrida por un vendaval que trataba de tumbarnos a mi y a Run-run…, pilotaba agachado, guareciéndome tras la cúpula, llegando a las rotondas, reduciendo, trazando y volviendo a acelerar sobre un asfalto desierto, sobre unas carreteras solitarias…, llegando a la ciudad, al barrio de Joa, comiendo con ella y ayudándole después a bajar las mochilas.
Observé su perfil tras la ventanilla de su ranchera, la vi arrancar, rodar hacia el Pirineo y desplegué la pata de arranque de Run-run, monté y volví a rodar por la margen derecha del viejo cauce del Turia, sintiendo los empujones del viento y rodando envuelto por el sonido del enorme escape cromado…, tumbé sobre el puente de Campanar, después sobre el paso de cebra de Castan Tobeñas, con calma, con aplomo…, aceleré, cambié a tercera y volví a reducir al entrar en mi calle.
Dejé a Run-run en la carpintería y subía a casa aún con la cabeza levemente embotada.
- Menos mal que has venido…, tu padre se ha hecho de vientre –anunció mi madre.

sábado 26 de diciembre de 2009
UN REGALO DE NAVIDAD FUGAZ Y FANTASMAL.
Por estas fechas, cerca de
Este año nadie a colocado adornos navideños en la casa…, realmente tampoco nadie los a echado de menos, tampoco nadie ha ido a comprar las vituallas para la cena especial…, bueno si, mi hermana Mónica ha sido capaz de comprar algo y de convocar a Alicia, otra de mis hermanas y a sus hijas para cenar en mi piso, ella vive conmigo y con mis padres.
Anoche cenamos, charlamos…, mi madre con su demencia senil asomándose de vez en vez criticó el peinado de mi sobrina Agueda, cortado a lo garçon…, se colocó sus gafas de sol para ver la televisión, su gorra de visera y se sentó en el sofá…, nosotros terminamos de cenar y mi padre derramó unas lagrimas desde su silla de ruedas…, le emocionó vernos juntos, aunque realmente estaba siendo una cena silenciosa, ligera y con ausencias. Estuvo un rato mas con nosotros y después lo acosté, yo no tardé mucho en hacerlo, en la misma habitación, a su vera, junto a él como un perro acurrucado junto a su amo…, como aquellas noches en el hospital cuando el ictus dañaba su cerebro para siempre. Y esta mañana me he levantado a las seis, me he asomado por el ventanal de comedor y he sonreído al descubrir un cielo nocturno limpio de nubes…, aunque algunas madrugadoras ráfagas de viento movían los flecos de los toldos. Después he preparado la cafetera y un Cola-cao para mi padre, he estado escribiendo un ratito y a eso de las ocho menos veinte me he bajado a la carpintería, he dado los buenos días a Run-run, cubierta bajo su funda y me he puesto la ropa de ciclista, anaranjada y negra.
He sacado a
.
Un rugido, un bramido, un foco de luz.
Ha sido lo primero que he oído, un sonido bronco que se acercaba y después un foco de luz que ha salido de una curva, envuelto en ese mismo sonido denso que rodeaba a la rechoncha, gruesa y anaranjada custom con la que me he cruzado…, apenas si he podido verla con detalle, tan solo me he sentido rodeado por ese denso sonido durante unos instantes…, entonces he recordado a Run-run y a esas primeras impresiones que tanto me impactaron cuando monté por primera vez y que eran tan distintas a las que sentía cuando pedaleaba…, como en esos momentos.
El estruendo se ha ido alejando y ha vuelto el silencio, el sonido de los pequeños eslabones de la cadena pasando de una púa a otra de los piñones, la típica resonancia del cuadro de fibra de carbono y el leve murmullo de los estrechos neumáticos del mismo color que esa enorme custom con la que me acababa de cruzar.
La ciudad ha quedado a mi espalda y las pedaladas se han ido sucediendo, rodando ya sobre carretera abierta, entre campos de naranjos, entre parcelas abandonadas y con los perfiles de

Poco a poco el sol ha ido ganando altura, pero tímidamente, como fatigado tras estos días de viento y lluvia, de nieves y hielos, como extenuado, como si hubiese luchado contra las borrascas para aliviarnos, para derramar su luz y calor sobre homo…, en esos momentos he soltado la mano derecha y me he puesto las gafas de sol, han aliviado mis pupilas y he continuado observando, contemplando las primeras luces de un día que despertaba a las montañas y que alargaba las sombras.

He atravesado Bétera sin cruzarme con ningún ciclista, de nuevo sin ver a ningún vecino por la travesía…, empezando a sentirme como la única persona capaz de salir a pedalear el día de Navidad, pero también me he sentido vivo y gozoso, casi como si la carretera fuese para mi solo, como si el precioso trazado del camino de las Canteras fuese para mi solo. Estaba disfrutando en mi soledad, parecida a esa soledad del corredor de fondo…, que también lo fui hace unos años, sintiéndome a gusto entre las curvas, entre las umbrías, entre los pinares, entre los arbustos y ribazos que se asomaban al asfalto húmedo y a veces brillante y vaporoso cuando el sol caía sobre él y contra mis ojos. Sintiendo mis piernas cuando me he levantado para encarar el repecho que remonta sobre unas naves cerradas en las que cultivan champiñones, llamada por los ciclistas la “cuesta de los champiñones”.
Poco a poco he ido ganando altura…, ya sentado sobre el sillín y moviendo los piñones de mayor dentado, relajado y ensimismado, pensando en Joa y de nuevo disfrutando de esa soledad hasta que lo he visto.
El regalo de Navidad.
Como un fantasma, como un espíritu del bosque…., el zorro ha cruzado la carretera como flotando, apenas si le he visto la punta de la cola y ha desaparecido en el pinar. He girado la cabeza hacia el bosque y la imagen se ha ralentizado en mis pupilas…, he visto las matas de romeros, de lentiscos, los pinos jóvenes, los troncos rugosos de los adultos, los muros de piedra confundidos entre las coscojas…, pero ni rastro del raposo.
He sonreído satisfecho y agradecido por ese regalo de
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martes 22 de diciembre de 2009
DIARIO DE HOMO: Las primeras nieves, los primeros frios..., una mirada atrás en el tiempo.

“Las primeras nieves”, así titulaba mi amiga África un post colgado en su blog, colocaba también una fotografía de Simón pedaleando bajo una ligera nevada y sobre una pista completamente cubierta por la nieve…, y esta semana el frente polar se abatió sobre la península, las temperaturas cayeron en picado y la fina lluvia se convirtió en nieve que cubrió las cumbres de
Sentí un escalofrío después de colgar, sentí el frio contra mis pómulos y entre mis manos, casi sentí el frio y la lluvia, el silencio invernal, la hambruna y el miedo a los hielos eternos…, esos que retaban a homo y al resto de la fauna y flora durante todos los inviernos.
Fui subiendo las escaleras y recordando el invierno pasado, recordando de nuevo el post de África y mis primeras incursiones en los blogs, recordé cuando mi sobrina Águeda me observaba moviéndome entre las aventuras de Noe y su intenso blog “La cabra siempre tira al monte” y su sugerencia.
- Tío… ¿por qué no te abres un blog…?, es muy fácil.
Ella fue quien llevó el cursor hasta la casilla “CREAR UN BLOG” y ahí empezó todo, en esos mismos momentos me inventé el titulo y la dirección, todo improvisado, incluso ese primer post que escribí en la ventana del escritorio.
Y ya hace casi un año y sigo recordando ese invierno lluvioso y frío, mis rutinas cotidianas y las del fin de semana. Los sábados subir a las Tierras Altas a montar con
Recuerdo que salía de Valencia con rostro inexpresivo, conduciendo la ranchera y sin escuchar música…, después pedaleaba a solas por la serranía, me solía encontrar con Antonio y Miguel, dos amigos ya cincuentones pero tenaces e infatigables, charlábamos un poco y continuábamos camino…, remontando
Nunca había sentido nada igual en mis 43 años de existencia…, ahora mismo, reflexionando creo que eran pequeñas muestras de depresión, de fatiga, de cansancio…, y así creo que lo iba confesando en alguno de mis post y en los mail que intercambiaba con la tinerfeña, en ese momento descubrí que esas visitas que indicaba el contador y que tanto me habían influido en el estado de ánimo, no servían de nada si no había una persona de carne y hueso detrás de esas estadísticas que tanto gusta manejar a homo…., y María estuvo ahí.
Casi todos los días mi vida comenzaba con un correo suyo que me deseaba feliz amanecer, me contaba cosas de su día a día, me enviaba enlaces para intentar relanzar mi negocio, me daba soluciones para reparar los desaguisados informáticos, me enseñaba sus trabajos decorativos, sus broches artesanales y sus servilleteros. Sus correos al amanecer se convirtieron en la mejor terapia…, mas allá de los cientos de visitas que ese contador fuese acumulando…, y a Joa le hablo mucho de María, de lo mucho que me ayudó en ese invierno…, que de nuevo asoma, blanquecino y grisáceo, polar y gélido.
Pero las semanas iban pasando, los días grises y húmedos se sucedían…, y sigo recordando ese invierno pasado, las salidas entre semana con
Y poco a poco los iban dejando, Noe fue la primera, aquel “ya estoy aquí” que me hizo sonreír, que me hizo sentir como si mi Admirada Ciclista, es que me gusta llamar así a Noe…, hubiese dado el visto bueno a mi recién parido “Entre pedales, homos, ciervas y mamuts”. Después apareció María, se empapó del blog y me comentó todos los post que había publicado hasta el momento…, fue alucinante, además compartíamos la misma plantilla y habíamos escrito un post muy parecido, hablábamos sobre el agradecimiento, sobre la humildad, sobre el reconocimiento…, en ese momento ella se convirtió en una mujer muy especial para mi, en una amiga de esas que te hacen sentirte seguro y acompañado las 24 horas del día, en unas de esas personas que sabes que nunca van a fallar…, como África, que un buen día se colocó como seguidora, que un buen día me obsequió con esa foto suya de las coletas, una foto genial que también me ayudó muchísimo…, verlas me hacia sonreír, incluso pensaba en ellas cuando hacia bici.
El invierno fue pasando, poco a poco, lentamente…, la escarcha y los penachos de vaho frente a mi rostro, durante los solitarios paseos con Norton y Mía…, también desaparecieron, los sonidos fueron regresando junto a los primeros calores…, el zumbido de las abejas, el canto de los pajarillos y esos lirios azules que fotografié para “Pedaladas al amanecer”. Ellos me hicieron sonreír, me alegraron, hicieron que durante algunos momentos olvidase los momentos tristes y oscuros del invierno que dejaba paso a una primavera que no terminaba de despertarme, que no terminaba de arrancarme la alegría y el optimismo de otros años. Pero continué saliendo a la sierra casi todos los sábados, continué fotografiándola con el móvil, recordando los momentos para poder escribirlos. Y también los fotografié a ellos, a los vencejos que habían regresado…, aun sonrío al recordar esas sesiones de caza fotográfica en movimiento, los comentarios de los vecinos, sus risas…, que se tornaron en curiosidad cuando les enseñé algunas de las instantáneas, al tiempo que les contaba la alucinante vida d esas aves rápidas y ruidosas que acompañaban los amaneceres de la primavera…, y ella también llegó con la primavera, junto a los comentarios de Goyo, que se asomó curioso y comedido a mi blog, lo primero que le llamó la atención fue la decoración de
Y con la primavera llegó ella, en un día luminoso, ya cálido pero en el que aún vestía con el pelaje invernal…, Joa se trenzaba los cabellos al tiempo que me preguntaba si había alguna fuente por allí, por el aparcamiento de Porta Coeli…, me fijé en sus piernas y después respondí.
Recuerdo la luz, las largas pedaladas en esos primeros encuentros, mi lucha contra la premura y la ansiedad que me habían acompañado durante los últimos 7 años. No puedo olvidar tampoco el día que Joa apareció por primera vez en las Tierras Altas, estando ya mis padres instalados para pasar el estío, fue el mismo día de la caída con
Tuve miedo de la noche, tuve miedo de los días cortos, de la lluvia…, cuando el verano quedó atrás, pero el otoño fue generoso y distinto, después de varios años compartiendo las pedaladas con Los Osos, abandonaba el clan y pedaleaba junto a Joa, ya no conducía la ranchera con rostro inexpresivo hacia las montañas, hacia


Hace una semana salimos al monte ya cubiertos con la ropa de invierno, con algo de fresco pero no con los hielos que cubrían la serranía esta semana y el domingo hicimos carretera ya a 0 grados, ella sufrió al principio, no tolera bien el frió pero tomamos unos “cafeses” en un asador y continuamos la pedalada por el camino de las Canteras, entre pinares y entre umbrías en la que la temperatura caía aún mas, pero bajo un sol luminoso, resplandeciente, solitario en un cielo limpio de nubes.
Dejo de teclear y recuerdo que lo peor llegó entre enero y febrero…, este año se suma la crisis, el poco trabajo y los nuevos gastos…, en fin, espero que recordar vivamente esos malos momentos me ayuden a superarlos si es que aparecen o si aparecen otros…, me queda el consuelo de que en breve los días serán ligeramente mas largos, las sombras no se abatirán con tanta rapidez y lentamente el sol irá ganando altura, dejará de provocar destellos entre los claros y las sombras cuando rodamos bajo los pinares en

sábado 5 de diciembre de 2009
UNA SENSACIÓN, UNA PERCEPCIÓN, UN SENTIMIENTO..., ANTE EL MENHIR DEL CANTAL.
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La pantalla del portátil mostraba el mapa descargado desde su inseparable GPS, una imagen blanca y brillante que llenaba el perfil de Joa con esa misma claridad. Sus propios rasgos, sus pómulos, la nariz, sus labios, su frente..., podrían ser las curvas de nivel, los hondos y las crestas, las sendas y los caminos que a ella fascinan y hechizan..., estaba descargando del GPS la ruta del domingo, manejando el ratón y observando todo el trazado.
-Ah... ¿sabias que la piedra es un menhir rodeado de asentamientos ibéricos...? -musitó apartando sus ojos del PC y mirándome con una sonrisa.
- ¿Qué...?.
- Si..., me lo dijo un compañero del colegio, yo no lo sabía.
Me recliné en la silla y suspiré..., unos segundos después sentí como mi piel se erizaba y como me invadía una súbita excitación.
- Joder..., pues yo no lo sabía..., pero cariño, creo que intuí algo..., el Cantal siempre me ha provocado unas sensaciones extrañas..., sobre todo la primera vez que llegué hasta allí tirando de mapa militar y a solas..., y es un menhir -murmuré- cariño, me gustaría volver este “finde”.
Joa sonrió, soltó el ratón y rozó mi barbilla, me miro a los ojos y asintió.
- Bien..., pues repetimos, pero eso de arrastrar a Camino por la pedrera...
- No..., tranquila que volveremos por otro sitio.
- Mejor..., hala, a ver su guardo esto y fem el soparet.
Volví mis ojos hacia la pantalla y vi de nuevo esas líneas de nivel, las cotas, el trazado de las ramblas y de los barrancos, los cantos rodados que las inundaban, inmóviles y silenciosos, los terraplenes que las avenidas habían erosionado durante miles y miles de años..., pedaleaba solo, consultando el mapa militar cada centena de metros, parando en los cruces y tratando de encontrar referencias. En aquel cruce volví a detenerme, volví a consultar y decidí girar a derechas..., hace ya más de ocho años de aquella pedalada en solitario por los áridos montes de Lliria y recuerdo que giré a derechas, según marcaba el mapa militar a escala 1/50.000. Di unas pocas pedaladas, fui virando a izquierdas, descansando con la ligera pendiente que atenuaba la pedalada y entonces descubrí aquel llano escondido, una planicie que se inclinaba dulcemente hacia el este, cubierta por un pasto verde y vivo, disperso pero que en la distancia surgía lleno de vida y de color en medio de aquellos caminos blancuzcos, en medio de aquellas ramblas grises y pétreas, en medio de las matas leñosas y espinosas que sobrevivían sin agua..., y que me habían acompañado durante toda la ruta y que habían fijado en mi mente esa sensación de aridez y dureza que en esos momentos se disperso ante la visión de aquella piedra que surgía en medio de la pradera, rodeaba de colinas, como escondida tras ellas.
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Eché pié a tierra, imagino que bebí algo y la observé, no puedo recordar que sentí exactamente en aquellos momentos, pero si se que me quedé allí, en medio de ese paraje tan especial durante algún rato, observando la piedra que apuntaba al cielo, gris y aguzada, como a punto de despegar..., y rodeada de esas hierbas serranas, de cortos tallos, como fieles y sumisas a la eterna roca.
Consulté otra vez el mapa y descubrí que ese lugar estaba marcado como El Cantal..., realmente casi todos los rincones de la serranía tenían nombres, cada colina, cada estrecho, cada rambla, cada collado..., El Salto del Caballo, el Collado del Lobo, el Collado Rojo, el Llosar, Cometa, Cugé, La Murta..., ¿el Collado Rojo...?, ¡claro...!, lo recordé en ese momento, era la franja de rodeno que afloraba a mitad de descenso desde el Alto de Romero hacia el barranco de Albalat, girando a izquierdas y viendo ante mis ojos aquella tierra roja que remataba un pico con unas pequeñas ruinas tan ocres y coloradas que parecían haber surgido de forma natural del mismo pico...,
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...pero allí no se veía ningún cartel, ningún indicador, no había ningún lugareño al que preguntar..., pero desde luego estas montañas habían estado habitadas, las gentes se habían movido por ellas y habían ido bautizando cada entorno, cada enclave, cada piedra, sus escasas fuentes..., las habían caminado y conocido, dormido en ellas, cazado y cultivado..., y también habrían muerto en ellas...., pero ellas continuaban ahí, rodeándome, la piedra también, quieta, inmóvil, aquel curioso lugar en el que algunas pequeñas rocas grises destacaban sobre el pasto, estaban fuera de lugar y daba la sensación de que alguien las había llevado hasta allí, de que en algún momento habían sido utilizadas..., como para tender uno de los ribazos que corría a mi izquierda, como los otros que subían la montaña y se perdían entre la maleza, entre el pinar que crecía hacia unos peñascos también grises.
Volví a montar, repasé otra vez el mapa..., imagino que eché una última mirada a esa piedra, a aquel lugar tan especial y volví a pedalear. A los pocos metros me encontré con una pista que trepaba recta hacia la cumbre de otra loma, sin zig-zags, sin curvas..., era la misma que Joa y yo estábamos subiendo el domingo de la semana anterior y estaba destrozada, tan solo un tramo de tierra roja en las primeras rampas se había mantenido firme, el resto era una auténtica cantera, un canchal de roca suelta que terminó por abatir a Joa, a mi también, al final eché pié a tierra y decidí subir empujando a la Bicipalo, una pendiente del 18% y sobre miles y miles de piedras erosionadas y arrancadas a las montañas por las lluvias y los hielos de los últimos ocho años..., eran un riesgo innecesario para mis músculos..



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Coroné la última loma, dejé a la Bicipalo tumbada sobre las piedras y bajé a buscar a Joa, estaba al otro lado de la montaña y cuando llegué hasta ella se negó a dejarme a Camino.
- Pero chica...- Que no, Camino es mia y la arrastro yo.
Y siguió tirando de su bici por el manillar, remontando sobre la pista convertida en una estrecha lengua de rocas, de cantos, de piedras sobre las que resbalaban nuestras zapatillas..., llegamos a la cima y vi a Joa algo blanca, un poco mareada y buscando sus botellines de agua. Poco a poco fue recobrando el aliento y miró en derredor.
Se escuchaba el zumbido de los insectos..., solo eso y el cielo parecía muy cerca de nuestros cascos, allí arriba, en el Collado del Lobo, en una cima de vegetación rala, sin pinares ni alcornocales, solo aromáticas y espinosas, lomos de roca grisácea, gravas, arbustos y ese silencio que nos envolvía hasta que Joa murmuró.
- Es que esos barrancos de ahí abajo me sofocan..., y por mas que quería no podía seguirte.
- Cariño, es que ayer nos dimos un buen tute.
- Si será eso..., desde el viaje a Finisterre no había doblado días de bici..., y doblar días de bici contigo es demasiado, cariño, demasiado para mi.
Imagino que nos besamos, después nos dejamos caer por la serpenteante pista que desciende hasta la rambla del barranco de Albalat..., y justo una semana después le proponía de nuevo, volver al Cantal, repetir la ruta, volver a ese prado del que emergía el menhir como si una curiosa y caprichosa fuerza tectónica hubiese fracturado la roca, como si la hubiese tallado para luego empujarla desde las entrañas de la serranía hasta que su vértice surgiese para apuntar al sol, hacia las estrellas de las silenciosas y solitarias noches serranas..., pero parece que no fue así, pero fueron los humanos, los pobladores primigenios de estas montañas los que excavaron en esa tierra para hincar la piedra hacia la que Joa y yo volveríamos a pedalear el sábado siguiente.
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El Cantal.
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...ya habíamos dejado a tras la vía de servicio, también los chales y las casetas del Pla de l´Arc, las fincas de naranjos, el Mas de Moya, las rampas blanquecinas y resecas de las Boqueras..., y pedaleábamos hacia el Alto de Abanillas, pedaleando hacia el menhir, siguiendo el camino que también lleva a Alcublas si tocar asfalto, atravesando los escasos pinares que sobrevivieron a los incendios de los años noventa y envueltos en los aromas de la aromáticas, rodeados de montañas grisáceas, cubiertas de espesos arbustos, de coscojas y aliagas, de plantas de esparto espigadas y de cadáveres retorcidos de pinos calcinados.
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Miré hacia las montañas, las volví a ver una tras otra, peladas y casi como desnudas, pétreas y duras, hoscas sin una belleza cromática que alegrase la vista de esos horizontes ondulados, sin los mantos verdes que suelen difuminar la luz del día, sin los tonos ocres o amarillos del otoño, de los primeros días de invierno..., volví la vista a la pista, al camino de tierra, a las rueda delantera..., justo un poco antes de descubrirla ahí delante, enroscada junto a una piedrecilla. La esquive, desmonte y me acuclillé frente a la pequeña víbora áspid o puede que fuese una culebra viperina..., no lo tuve claro, pero le hice dos fotos mientras Joa me las hacia a mi.
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Continuamos ascendiendo, ganando altura, volviendo a contemplar los horizontes azulados y distantes del Camp del Turia, las serranías de Utiel y Requena, las abruptas formas de los Serranos..., montañas y cerros, cimas y collados, picos y altos hacia los que rodábamos girando a derechas, a izquierdas, remontando y a veces dejándonos caer durante unas decenas de metros, recuperando el aliento y volviendo a sentir la calma y la soledad de estos parajes, descubriendo caminitos y sendas que se movían entre las ramblas, entre las laderas y que conducían a pequeños campos de olivos, a pequeñas terrazas de tierras amarillentas o blancas.
Viré a izquierdas, subí otro piñón y fui encarando la última rampa hacia el alto de Abanillas..., después doblando a derechas, saliendo de la protección de la montaña y entonces una ráfaga de viento me dio en el rostro, en el pecho, en los antebrazos desnudos..., me provocó un escalofrio y levanté la cabeza, vi un cielo despejado, con las estelas como congeladas de los reactores, de nuevo los horizontes azulados, allí abajo..., y descubrí que la excitación de esa tarde en la que Joa me había dicho que la piedra del Cantal era un menhir, había desaparecido, no se porqué..., pero tampoco le di mayor trascendencia, seguí pedaleando, volviendo a virar a derechas, remontando un repechito, girando a izquierdas y saliendo a la pista que subía por mi derecha desde la cuesta de la Sardina y por la derecha desde la Masia de Abanillas.
Desmonté, eché un trago de isotónica y miré hacia las montañas que nos cerraban el paso hacia el Cantal, por encima de ellas se podía ver el pico de Montemayor a 1015 metros de altitud, con su torre vigía y la cicatriz del cortafuegos a su derecha..
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La pista descendía hacia Abanillas, daba un giro a izquierdas, otro a derechas y se perdía de vista hacia esas montañas, hacia el Collado del Lobo.
Joa paró junto a mi, echó pié a tierra y sonrió buscando su botellín.
- Que diferencia de hoy con la semana pasada..., he subido sin enterarme.
Le acaricié la mejilla y esperé a que bebiese..., pude sentir su piel entre las yemas de mis dedos, el hueso de sus pómulos..., vi mi mano tocando su faz, percibiéndola..., su mirada, el guiño reflejo de sus parpados cuando mis dedos pasaban cerca de ellos o sobre sus finas cejas..., lo vi tan delicado y frágil que no pude evitar pensar en la violencia de genero, en los hombres que apalizan a las mujeres, en los hombres que rompen esos rostros a golpes, en quienes son capaces de torturarlas, de humillarlas a diario, de hacerlas sentir como seres despreciables sin dignidad y cuyo único sentido de la existencia es el de servirnos hasta la muerte..., lo único que las dignifica, según ellos.
Joa sonrió, encajó su bidón y se estiro hacia mi..., me besó y noté el agua empapando sus labios, su respiración aún algo acelerada.
- Mira cariño, se ve Montemayor... -susurró ella.
- Si..., recuerdo que era lo único que reconocía cuando exploraba estas tierras a solas y con el mapa militar..., siempre me impresionan, esas montañas de ahí delante, quiero decir..., parece que cierren el paso..., pero mira, luego te vas acercando y vas descubriendo que puedes moverte entre ellas..., es como la vida misma..., a veces nos desborda con hechos que nos parecen demoledores pero luego, si no sucumbes y vas aprendiendo con los años, descubres que la apariencia es una cosa y la realidad otra.
- ¡¡¡ Ayyy, mi literato Azorín...¡¡¡.
Joa me sujetó por la nuca y pego sus labios a los míos.
- En todo caso..., literato Pedrín ...- logré farfullar con la lengua liada.
- Vamos al Cantal cariño..., que me siento muy bien.
- Venga, vamos allá.
Volvimos a montar, dimos unas pedaladas cuesta abajo y rodamos hacia la Masia de Abanillas. Quedó a nuestra izquierda, en lo alto de una loma desde la que se podrían divisas sus tierras, los mismos campos de almendros que quedaban a ambos lados de la pista, entre los muretes, entre los ribazos que parcelaban las tierras robadas por homo al monte, a la serranía. Pude distinguir sus paredes encaladas y un reloj de sol, Joa tiró unas fotos y seguimos perdiendo altura mientras Montemayor quedaba fuera de nuestra vista y el Collado del Lobo parecía crecer mientras nosotros atravesábamos el barranco del LLosar. Una veta gris y pedregosa que partía la pista forestal, que serpenteaba repleta de gravas y cantos arrancados durante miles y miles de años a los estrechos, a las gargantas, a los barrancos por los que el agua había discurrido muchos antes de que por estas tierras se escucharan las primeras voces humanas.
Cambié al plato mediano, subí un par de piñones..., giré la cabeza, vi a Joa cruzando la rambla y continué pedaleando, ascendiendo, recuperando la altitud perdida en el descenso, rodando con el LLosar a mi izquierda, echando miradas a su cauce seco y retorcido y descubriendo las primeras notas de color, las primeras señales de esa agua escondida en medio de estas montañas secas, sin apenas umbrías, con pocas fuentes. Las hojas amarillas de algunos jóvenes chopos se movían con el viento que soplaba de vez en vez.
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Crecían ahí, entre los guijarros, entre los cantos, entre los restos de la erosión milenaria..., en medio del silencio tan solo contaminado por el murmullo de los neumáticos sobre la tierra, por mi respiración y por mis pisadas sobre la pendiente cuando paré y eché pie a tierra frente a unas ruinas que se asomaban al barranco, frente a una cueva artificial que horadaba el talud.
Resbalando sobre la tierra suelta y arañándome contra los arbustos llegué hasta el cauce del barranco, me quedé quieto observado la roca gris, sus formas suavizadas, redondeadas..., incluso descubriendo un pequeño surco excavado en ella que conducía a una diminuta poza, un huequito en la losa lleno de agua...,
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...líquido en medio de aquella aridez, un trago de vida que habría bebido sin dudar si llevase días sin beber, vagando perdido por estas montañas..., sonreí ante sus destellos y me pregunté si bajo mis zapatillas, si bajo estas placas de roca aún corría algún río subterráneo, si esa agua que había cincelado estas torrenteras, estas ramblas, estos barrancos..., aún estaba ahí, enterrada, discurriendo entre hoquedades, entre sifones y pozas sumidas en la oscuridad y en el silencio eterno.
Después trepé hasta el covacha y vi de cerca los pequeños cantos apelmazados entre la arcilla, entré, descubrí los carbones de apagados de una pequeña fogata y me sorprendió no encontrar ningún graffiti ni manchas de hollín en el techo..., ese barranco estaba demasiado lejos de cualquier chalé, de alguna urbanización desde las que los adolescentes pudiesen salir en sus bicis para divertirse en la gruta.
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Un documento excepcional, imagen real de un auténtico
Homo bicicletecus asomandose fuera de su cueva
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Bajé al barranco y remonté junto a las pequeñas ruinas de lo que debió ser una especie de molino, una balsa rodeada de brozas y arbustos surgió junto a ellas..., desde la pista no la había visto. Miré en derredor, escuché el silencio y volví a observar esos restos de presencia humana reciente. Imaginé que podrían extraer gravas del barranco, agua para las caballerías, arenas para la construcción, para los morteros con los que sellaban y aseguraban los muros de piedra.
Regresé a la pista y me encontré con Camino junto a la Bicipalo, al ratito vi a Joa destrepando una loma.
- Es que me meaba.
- Besitos, besitos.
Después separé mis labios de los suyos y dije.
- Hala..., a ver el menhir, que lo tenemos ahí al lado.
- ¡Al menhir...!.
Volvimos a montar, rodamos un rato mas y nos desviamos a la derecha en un giro muy cerrado, remontamos un suave repechito, perdimos de vista el barranco del Llosar y frente a nosotros surgió la piedra, el menhir..., en medio de esa pradera ligeramente inclinada hacia los pies de un cerro cubierto de matorral y con su cima plana y alargada. Tiznada de un verde tímido, sin brillos, sin florecillas y moteado con piedras grises esparcidas como si fuesen los restos de una enorme talla, los vestigios de algunas construcciones que hace unos 6000 años rodeasen a ese monolito aguzado que apuntaba al cielo..., un verde que recordaba a las Tierras Altas, a entornos distantes en el tiempo, en la historia de estas montañas pero presentes en forma de sensaciones, de percepciones, de sentimientos..., en formas de unos leves escalofríos..., que ese día no percibí.
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Suspiré algo triste, algo defraudado por mi mismo. Toda la excitación y la emoción de esa tarde en casa de Joa cuando me dijo que la piedra era un menhir habían desaparecido..., me encontré como distante, sin la sensibilidad suficiente para percibir lo que allí acaeció hace miles de años, sin la percepción necesaria para recibir la magia del lugar, del entorno, del paraje.
Echamos pie a tierra y caminamos junto a las bicis hasta el monumento. Joa dejó a Camino sobre el pasto de estrechos tallos y poco tupido, unas hierbas que parecían empeñarse en crecer en esas tierras secas para que la piedra gris destacase sobre ellas, como si fuesen sus acólitos eternos, las hijas de las mismas que pisaron aquellos que tallaron la roca, aquellos que la arrancaron a la montaña y que transportaron hasta allí, los mismos que excavaron y que la hincaron en mitad del prado, a la falda del cerro elevado en el que se asentaron aquellos íberos que habitaron estas tierras.

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Joa rodeó el menhir y la faltó tiempo para trepar..., me miró y posó como una sacerdotisa, como una druida, como una mujer que formaba parte de la montaña, de la tierra, de la piedra..., después me coloqué yo, toqué la roca, la observé, vi su superficie rugosa, con algunas pequeñas matas crecidas en sus grietas, vi su piel áspera, repleta de pequeños cráteres, de agujeritos y me pregunté si siempre fue así, si en algún momento aquellos canteros pulieron su superficie, si en algún rincón, si en alguna de sus facetas quedarían las huellas de alguna inscripción, alguna marca, alguna señal..., pero fui incapaz de buscarla y volví a sentirme decaído, abatido, tan moderno, tan de ciudad, tan insensible, tan lejos de las visiones que podía vivir un chaman, un hechicero..., tan distante de las vibraciones que podría reconocer un médium.
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Solo percibía el silencio, el soplo fugaz del viento, el muslo caliente de Joa junto al mío cuando nos comimos unas barritas, al menhir contra mi espalda.
- Cariño..., si esto es un menhir, lo debieron traer de allí arriba... -murmuré señalando hacia unos peñascos grises y fracturados- bueno, creo que eso sería lo lógico, ¿no...?.
- ¿Es que nunca paras de pensar y de hacerte preguntas...? -respondió Joa acariciando mis mejillas.
- En el colegio nunca preguntaba nada, daba igual que no entendiese lo que explicaba el maestro..., pero ahora parece que voy siendo capaz de levantar la mano y preguntar.
Joa volvió a sonreír y apoyó su cabeza contra mi pecho..., la abracé y estuvimos así un rato, bajo el sol, apoyados contra el menhir..., en silencio, a solas..., hasta que llegó una furgoneta con dos cazadores, soltaron a dos perros que enseguida vinieron a olisquearlos. Observamos a los hombres, bajaron hasta un pinar de repoblación, anduvieron ojeando entre los tomillos, entre las resecas matitas de cardos y se marcharon. Regresó el silencio, la soledad..., al rato volvimos a escuchar el rumor de neumáticos sobre tierra, el sonido metálico de los remolques de los perros al rebotar contra los baches del camino..., es un sonido especial, lo he dicho otras veces, no se escucha el motor, solo ese crujido continuo y entonces caigo en la cuenta de que ellos no saben que estas ahí, tu los observas como si fueses el ultimo morador de la serranía, como su fueses el último cromañón, el ultimo cazador-recolector que habitó estas montañas, libre, sin fronteras, sin identidad, sin ataduras..., tan solo las del hambre, las de la sed, la del cobijo nocturno..., con tan solo las ataduras que imponía ella, la Madre.
.El camino de la Murta.
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Echamos una última mirada al menhir, volvió a quedar solo, ahí en medio de la pradera rodeada de cerros vigilantes, ahora desiertos, inhabitados, silenciosos..., montamos sobre La Bicipalo y Camino y fuimos rodando hasta dar con el asfalto del camino de la Murta.
- La primera vez que estuve aquí me perdí -confesó Joa- vi el asfalto y no me imaginé que esto era el camino de la Murta, daría de vueltas..., en mi mapa no salía como carretera.
- En el mío salía como una línea roja..., que ahora seguiremos hacia la Caparrota.
- A la fuente.
- Mismamente.
Giramos a derechas y fuimos remontando un repechito sobre un asfalto viejo y parcheado, sin tráfico, solitario y atravesando campos de almendros encerrados entre muretes levantados con lajas de piedra amarillenta, pero colocadas de canto. Formaban hermosas vistas, vistas centenarias, filos de piedra casi decorativos que envolvían esas terrazas que se sucedían a distintas alturas, entre campos cultivados sobre el propio perfil del monte de tierras claras y de relieves abruptos, entre barrancos de poca profundidad, entre taludes horadados por los abejarrucos, entre pinares que surgían apretados, que se dispersaban y que desaparecían ante los ribazos de los cultivos.
Fuimos remontando, ascendiendo sobre el rugoso asfalto, contemplando las ruinas de algunas parideras, de humildes casetas abandonadas y escuchando el gorjeo de una fuentecita cuando paré a esperar a Joa. Después continuamos pedaleando, descubrimos los restos a nuestra derecha de la Casa Vergara y poco después giramos a derechas, volvimos a rodar sobre la tierra, aún ganamos mas altura, algunas de esas casas quedaron al lado de la pista, asomadas desde sus muros de piedra grisácea, cerradas con ventanas y portones de madera decolorada, acerrojadas con pestillos tan viejos y agrietados como las vigas escondidas bajo las tejas..., solitarias, calladas, sin luz durante las noches, sin luz durante el día, sin humos emanando de sus chimeneas, sin aromas flotando en derredor, sin los cantos al amanecer.
La pista se inclinó un poquito y Joa me avisó.
- Es aquí, cariño.
Miré a mi derecha y descubrí la Fuente de la Caparrota a ese lado, frené, di la vuelta y desmonté junto a ella. Observé el largo abrevadero, las huellas de pezuñas en la tierra y el limo, las algas poblando el canalillo, el color blanco demasiado luminoso en aquel entorno y recordé una de esas salidas que hacia con mi amigo Martín, también llamado Luther o Wengue. Llegamos hasta aquí acalorados y sedientos..., y nos encontramos con dos chicas que no se atrevían a atravesar la nube de avispas tan sedientas como nosotros, para llenar sus botellas. Martín dio un salto hacia atrás cuando los primeros insectos zumbaron cerca de su piel, recuerdo que sonreí, pasé entre ellas y fui llenando como un invitado mas.
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El viento rizó el agua del abrevadero, levantó alguna nubecilla de polvo y se marchó sin traer nada, ni voces ni olores..., solo el zumbido de algún pinar cercano, encaramado entre las laderas de las cotas que envolvían el poblado de Maria de Camarases. Contemplamos las ruinas, los corrales vacíos, las casas dejadas a su suerte, los campos que fueron trabajados y mimados décadas atrás..., miré por encima de la fuente y me pareció maravilloso que de ese monte, que de esa tierra, que de sus entrañas manase el agua que dio vida a este asentamiento, a sus animales, a sus cosechas, a sus hombres, mujeres y niños.
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Montamos de nuevo, otra vez pedaleamos entre esas ruinas, entre los campos olvidados y casi abandonados que pueblan estas serranías deshabitadas y fuimos remontando, sorteando mas campos, mas pinares, mas terrazas y bancales que la vegetación salvaje ya había colonizado lentamente, sin ruido ni algarabía, sin expropiaciones y sin embargos..., muy despacio y por derecho natural, sin dolor ni daño.
La pista fue virando a derechas, enderezándose hacia arriba..., resoplé y fui dando pedales, trepando, ascendiendo hasta que el horizonte se terminó durante unos segundos en el Collado del Lobo..., el viento dio contra mi rostro, me espetó y el matador giró sobe sus cuartos traseros, se escabulló entre las coscojas, entre las carrascas y trotó entre los barrancos y estrechos, sobre la roca y entre las matas aromáticas que impregnaban su hocico y su pelaje pardo y áspero, de olores serranos..., un olor distinto al que olfateo alzando el hocico negro y húmedo.
El lobo volvió a deslizarse entre los matorrales y se asomó a la pradera desde la loma, volvió a olisquear y distinguió la humareda de una fogata, percibió el olor de la carne cruda y escuchó las voces de los humanos. Muchas voces alrededor de una enorme piedra que movían lentamente con cuerdas de esparto y con troncos, con ramas arrancadas al bosque..., vió como poco a poco se alzaba, como quedaba medio hundido en la tierra, como apuntaba al cielo, al cosmos, al universo..., volvió a olisquear y fue bajando la loma serpenteando, parando y escuchando, oyendo las voces cada vez mas cerca, sintiendo el olor de la carne con mas intensidad, el olor de los homos también, su griterío ante la piedra erguida..., y el sabor del jabalí muerto cuando hundió sus caninos en ella.
La pierna del gorrino colgó de sus fauces, los poderosos músculos de su cuello la alzaron y se lanzó contra el bosque. El matorral crujió con su embestida, llenó su pelambre de hojitas marchitas, de pequeñas ramas partidas, quebradas y fue remontando, alejándose del prado, de los cerros de homo..., internándose en la espesura que ellos aún temían, ahí donde el bosque se cerraba, donde se hacia denso, impenetrable, íntimo.
jueves 26 de noviembre de 2009
UN PAI MANCHADO CON LA SANGE DE ALEJANDRO PONSODA, CREO QUE EL UNICO ALCALDE HONESTO DE ESTA COMUNIDAD.
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Hace más o menos dos años, Alejandro Ponsoda, alcalde de Polop, quedó agonizando, abatido a tiros en su propio coche, a la puerta de su vivienda..., recuerdo aquella noticia y también recuerdo mis primeras impresiones, una reacción interior, intima y algo dura..., pensé en que a ese alcalde lo habían matado por algún lío urbanístico, por alguna recalificacion jugosa de suelo, que era la venganza de algún ciudadano afectado al que el agente urbanizador le había despojado de sus tierras con la impunidad y el despotismo que la LUV, (Ley Urbanística Valenciana) auspicia, propaga y ampara. Imaginé a una persona desesperada, sumida en la ruina, desquiciada y ahogada por la rabia y por el dolor..., y no sentí excesiva pena por ese hombre que llegó vivo al hospital, incluso sentí cierta satisfacción..., por fin el pueblo reaccionaba y se defendía como podía de la especulación, del abuso del poder municipal que desde hace una década está estrangulando a miles de valencianos, mas o menos unos 13.000 que han sido capaces de denunciar ante Bruselas, los desmanes urbanísticos de los alcaldes valencianos.
Y es curioso, que esta ley canallesca, ruín y anticonstitucional fuese articulada por el ultimo gobierno socialista. El PP ganó las siguientes y desde entonces ha estado aplicando aquella ley, que nació como la LRAU (ley reguladora de la actividad urbanística), de manera salvaje y autoritaria, de hecho gran parte del crecimiento económico de esta ciudad se apoyó en la tiranía y en la indefensión en que dejaba a los propietarios de viviendas y suelo ante la llegada de los agentes urbanizadores, unos fulanos surgidos bajo el escudo brutal de la LRAU-LUV que realizaban ofertas de compra por todo el territorio valenciano, ofertas que nada tenían que ver que el valor real que iban a tener esas parcelas cuando se ejecutase el PAI. Estos mafiosos al amparo de los alcaldes valencianos, siempre ávidos de recalificaciones y de PAIs..., no forzaban la venta, simplemente ofrecían un precio que podías considerar mas o menos justo. Las ofertas se sucedían hasta que los agentes urbanizadores habían logrado comprar el 52 % de la zona a recalificar, de la zona a urbanizar, en ese momento se aplicaba la ley y tras una pantomima administrativa con el ayuntamiento las empresas constructoras empezaban los movimientos de tierras, que podían y que solían incluir, el trazado de rotondas en la cocina de tu vivienda, la apertura de viales por la mitad de tu piscina, la cimentación de unifamiliares alrededor de toda tu casa..., el asfaltado, el alcantarillado, al alumbrado, el tendido de agua..., a unos costos abusivos y descabellados que tenias que pagar “si o si”. Finalmente estas personas, muchas veces jubilados sin más ingresos que las pensiones veían como sus pequeños chalés o “casetas”, eran derribados por las excavadoras bajo la atenta mirada de los municipales del pueblo..., al poco tiempo, ahí, en esa tierra heredada y trabajada de generación en generación, surgían chales de lujo, campos de golf, urbanizaciones para compradores que llegaban allí sin saber que sus casas se habían levantado a costa de hundir y arruinar a miles de personas humildes y trabajadoras.
Lo que se hace en Valencia es deleznable y asqueroso, Camps lo sabe, Rita también, Blasco se regodea y Esteban González Pons lo vivió como conseller de urbanismo..., pero ya entonces sonreía y afirmaba que todas esas comisiones llegadas desde Bruselas para investigar la actividad urbanística en nuestra comunidad, formaban parte de una conspiración socialista para desacreditar la imagen de la región.
Durante algo mas de diez años miles de valencianos han sido arrojados de sus tierras, vejados, humillados y destrozados..., cuando solicitaban una entrevista con los alcaldes, estos contestaban: “es ley, no podemos hacer nada...”. Ahora, con la crisis, los PAI se han reducido, las masacres han cesado pero la Ley sigue ahí, tentando a los alcaldes, a los equipos de gobierno municipales..., que verdaderamente no saben hacer otra cosa mas que cobrar las comisiones y subir los impuestos salvajemente..., algo previsible, si ya no hay licencias de obras que vender de alguna parte habrá que sacar el dinero. La contribución del chalé de mis padres ha subido casi un 80% a cambio de ningún servicio, la tasa de basuras en Godella ha subido mas de un 1000% a cambio del mismo servicio.
Durante algo mas de diez años nuestros alcaldes solo han sabido recalificar, vender las tierras de los municipios, deforestar monte, desecar humedales, expropiar a vecinos indefensos para enriquecer a promotores y comisionistas, para enriquecerse ellos mismos y a sus familiares.., a cambio de sobornos y regalos..., ahora, cuando ya no hay promotores cargados de sobres ya no saben de donde sacar el dinero y nos muestran sus verdaderas caras. Personas grises, corruptas, sin ninguna capacidad mental, sin ninguna capacidad de gobierno, sin ideas, sin ideales y sin mas mínimo respeto por el pueblo..., solo desean que regrese el ladrillo, los PAI, las promociones urbanísticas..., esas que los enriquecieron y que los encumbraron.
Y ahora, casi dos años después, parece que el crimen de Polop se va esclareciendo, parece que a Alejandro Ponsoda lo asesinaron por negarse a participar en otra recalificacion millonaria, en otro PAI que habría repartido en beneficios negros unos 12 millones de euros..., es posible que Ponsoda fuese el único alcalde honesto de toda la Comunidad Valenciana..., por eso lo mataron..., vi el reportaje en “Espejo Publico”, recordé aquellas impresiones sanguíneas que me causó la noticia y escuché el relato de una mujer que hablaba ante el micrófono de uno de los periodistas del programa. La señora relataba como el ultimo detenido y actual alcalde, Juan Cano, la había recibido de malas maneras en su despacho cuando ella solicitó una entrevista para que le explicase el porque de los ingresos que el ayuntamiento le reclamaba y porque todo eran trabas por parte del consistorio ante la solicitud de la canalización del agua potable..., Polop empezaba a hablar, empezaba a confesar públicamente como el poder municipal actual usaba el poder de los PAI para arrebatarles sus propiedades a precio de embargo..., algo que ocurre en todos los pueblos de la Comunidad Valenciana, silenciosamente, sin que ningún alcalde sea ajusticiado, sin que sicarios llegados del este acribillen al que, posiblemente fue el único alcalde honrado de esta tierra, tierra de PAIs, tierra de especuladores que almuerzan y ríen en los despachos de nuestros ayuntamientos y que señalan en los mapas que los arquitectos municipales ponen sobre la mesa, a quien expropiar y embargar, a quien arrojar de su casa, a quien despojar de sus campos de naranjos, a quien arruinar para toda su vida...,pero siempre, al amparo de la LUV..., es Ley, como gusta decir a nuestros alcaldes..., es Ley.





