Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

jueves, 26 de noviembre de 2009

UN PAI MANCHADO CON LA SANGE DE ALEJANDRO PONSODA, CREO QUE EL UNICO ALCALDE HONESTO DE ESTA COMUNIDAD.

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Hace más o menos dos años, Alejandro Ponsoda, alcalde de Polop, quedó agonizando, abatido a tiros en su propio coche, a la puerta de su vivienda..., recuerdo aquella noticia y también recuerdo mis primeras impresiones, una reacción interior, intima y algo dura..., pensé en que a ese alcalde lo habían matado por algún lío urbanístico, por alguna recalificacion jugosa de suelo, que era la venganza de algún ciudadano afectado al que el agente urbanizador le había despojado de sus tierras con la impunidad y el despotismo que la LUV, (Ley Urbanística Valenciana) auspicia, propaga y ampara. Imaginé a una persona desesperada, sumida en la ruina, desquiciada y ahogada por la rabia y por el dolor..., y no sentí excesiva pena por ese hombre que llegó vivo al hospital, incluso sentí cierta satisfacción..., por fin el pueblo reaccionaba y se defendía como podía de la especulación, del abuso del poder municipal que desde hace una década está estrangulando a miles de valencianos, mas o menos unos 13.000 que han sido capaces de denunciar ante Bruselas, los desmanes urbanísticos de los alcaldes valencianos.

Y es curioso, que esta ley canallesca, ruín y anticonstitucional fuese articulada por el ultimo gobierno socialista. El PP ganó las siguientes y desde entonces ha estado aplicando aquella ley, que nació como la LRAU (ley reguladora de la actividad urbanística), de manera salvaje y autoritaria, de hecho gran parte del crecimiento económico de esta ciudad se apoyó en la tiranía y en la indefensión en que dejaba a los propietarios de viviendas y suelo ante la llegada de los agentes urbanizadores, unos fulanos surgidos bajo el escudo brutal de la LRAU-LUV que realizaban ofertas de compra por todo el territorio valenciano, ofertas que nada tenían que ver que el valor real que iban a tener esas parcelas cuando se ejecutase el PAI. Estos mafiosos al amparo de los alcaldes valencianos, siempre ávidos de recalificaciones y de PAIs..., no forzaban la venta, simplemente ofrecían un precio que podías considerar mas o menos justo. Las ofertas se sucedían hasta que los agentes urbanizadores habían logrado comprar el 52 % de la zona a recalificar, de la zona a urbanizar, en ese momento se aplicaba la ley y tras una pantomima administrativa con el ayuntamiento las empresas constructoras empezaban los movimientos de tierras, que podían y que solían incluir, el trazado de rotondas en la cocina de tu vivienda, la apertura de viales por la mitad de tu piscina, la cimentación de unifamiliares alrededor de toda tu casa..., el asfaltado, el alcantarillado, al alumbrado, el tendido de agua..., a unos costos abusivos y descabellados que tenias que pagar “si o si”. Finalmente estas personas, muchas veces jubilados sin más ingresos que las pensiones veían como sus pequeños chalés o “casetas”, eran derribados por las excavadoras bajo la atenta mirada de los municipales del pueblo..., al poco tiempo, ahí, en esa tierra heredada y trabajada de generación en generación, surgían chales de lujo, campos de golf, urbanizaciones para compradores que llegaban allí sin saber que sus casas se habían levantado a costa de hundir y arruinar a miles de personas humildes y trabajadoras.

Lo que se hace en Valencia es deleznable y asqueroso, Camps lo sabe, Rita también, Blasco se regodea y Esteban González Pons lo vivió como conseller de urbanismo..., pero ya entonces sonreía y afirmaba que todas esas comisiones llegadas desde Bruselas para investigar la actividad urbanística en nuestra comunidad, formaban parte de una conspiración socialista para desacreditar la imagen de la región.

Durante algo mas de diez años miles de valencianos han sido arrojados de sus tierras, vejados, humillados y destrozados..., cuando solicitaban una entrevista con los alcaldes, estos contestaban: “es ley, no podemos hacer nada...”. Ahora, con la crisis, los PAI se han reducido, las masacres han cesado pero la Ley sigue ahí, tentando a los alcaldes, a los equipos de gobierno municipales..., que verdaderamente no saben hacer otra cosa mas que cobrar las comisiones y subir los impuestos salvajemente..., algo previsible, si ya no hay licencias de obras que vender de alguna parte habrá que sacar el dinero. La contribución del chalé de mis padres ha subido casi un 80% a cambio de ningún servicio, la tasa de basuras en Godella ha subido mas de un 1000% a cambio del mismo servicio.

Durante algo mas de diez años nuestros alcaldes solo han sabido recalificar, vender las tierras de los municipios, deforestar monte, desecar humedales, expropiar a vecinos indefensos para enriquecer a promotores y comisionistas, para enriquecerse ellos mismos y a sus familiares.., a cambio de sobornos y regalos..., ahora, cuando ya no hay promotores cargados de sobres ya no saben de donde sacar el dinero y nos muestran sus verdaderas caras. Personas grises, corruptas, sin ninguna capacidad mental, sin ninguna capacidad de gobierno, sin ideas, sin ideales y sin mas mínimo respeto por el pueblo..., solo desean que regrese el ladrillo, los PAI, las promociones urbanísticas..., esas que los enriquecieron y que los encumbraron.

Y ahora, casi dos años después, parece que el crimen de Polop se va esclareciendo, parece que a Alejandro Ponsoda lo asesinaron por negarse a participar en otra recalificacion millonaria, en otro PAI que habría repartido en beneficios negros unos 12 millones de euros..., es posible que Ponsoda fuese el único alcalde honesto de toda la Comunidad Valenciana..., por eso lo mataron..., vi el reportaje en “Espejo Publico”, recordé aquellas impresiones sanguíneas que me causó la noticia y escuché el relato de una mujer que hablaba ante el micrófono de uno de los periodistas del programa. La señora relataba como el ultimo detenido y actual alcalde, Juan Cano, la había recibido de malas maneras en su despacho cuando ella solicitó una entrevista para que le explicase el porque de los ingresos que el ayuntamiento le reclamaba y porque todo eran trabas por parte del consistorio ante la solicitud de la canalización del agua potable..., Polop empezaba a hablar, empezaba a confesar públicamente como el poder municipal actual usaba el poder de los PAI para arrebatarles sus propiedades a precio de embargo..., algo que ocurre en todos los pueblos de la Comunidad Valenciana, silenciosamente, sin que ningún alcalde sea ajusticiado, sin que sicarios llegados del este acribillen al que, posiblemente fue el único alcalde honrado de esta tierra, tierra de PAIs, tierra de especuladores que almuerzan y ríen en los despachos de nuestros ayuntamientos y que señalan en los mapas que los arquitectos municipales ponen sobre la mesa, a quien expropiar y embargar, a quien arrojar de su casa, a quien despojar de sus campos de naranjos, a quien arruinar para toda su vida...,pero siempre, al amparo de la LUV..., es Ley, como gusta decir a nuestros alcaldes..., es Ley.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Saltando al abismo a lomos de una Zing Darkside. Como Dios. No pude mentirle..., en "Run-run Zing, diario de una pequeña custom 125".


Fui soltando la maneta, la Zing se movió, dió un tirón y enmudeció..., suspiré, apreté la maneta del embrague, le di al botón de arranque con el pulgar derecho y la gasolina volvió a incendiarse en la cámara de combustión. Arrancó enseguida con un curioso sonido, entre sordo y metálico, miré hacia los cuatro carriles de la avenida, los vi despejados, vi de reojo al adolescente que observaba mi primer vuelo sobre la pequeña custom 125, aceleré un poco, fui soltando el embrague, percibí como me movía, coloqué el pié derecho sobre el estribo, aceleré un poco más..., empecé a rodar y el vencejo desplegó sus alas, apenas un segundo después de saltar del hueco abierto en la fachada del edificio, las batió nerviosamente y dejó da caer, empezó a remontar, se elevó ante las ventanas, ante los balcones, pasó como una sombra negra y vivaz ante el rostro del hombre que miraba desde una de esas ventanas, lanzó su chillido agudo y alborotador y atravesó el mar de antenas de televisión que llenaban de púas y cables las azoteas de esos mismos edificios sobre los que volaba por primera vez en su vida, se inclinó un poco, enfiló la calle como lo había visto hacer desde el agujero, aceleró y volvió a lanzar su trino, agudo y penetrante, el mismo que llenaba de alegría esas mañanas de la primavera y que llenaba de desconfianza a los lugareños de los pueblos serranos..., unas aves casi diabólicas, sus gritos les recordada a la risa de las brujas a lomos de las escobas o cuando danzaban excitadas en los aquelarres.

Bajé de la acera como ese vencejo, aceleré en primera como ese vencejo y me quedé paralizado durante unos segundos, la Zing se aceleraba ruidosamente, sentía unas desagradables vibraciones en mis rodillas desnudas, sentía un intenso calor emanando de las aletas del cilindro y el motor sonaba a hojalata..., con la puntera de la zapatilla empujé la palanca del cambio hacia arriba..., como había estado haciendo mentalmente durante mas de un mes, volví a acelerar, subió de vueltas en vacío al no soltar el embrague y mi mundo se vino abajo..., no fui capaz de desplegar las alas, nunca las había batido, nunca había montado en moto ni me habían interesado lo mas mínimo... y me precipitaba al vacío, a un inmenso socavón que se abría en medio del asfalto de Cardenal Benlloch.

Sentí como la angustia ascendía desde mi estomago revuelto, como palidecía y como me invadía una congoja profunda, un desanimo asfixiante..., deseé saltar de la Zing, dejarla allí tirada y correr hacia ese hueco que había abierto en la pared del decorado en el que, hasta ese momento se había desarrollado mi vida, deseé volver al Show de Truman, a “mi mundo”, como decía Joa, en el que solo cabía la Bicipalo y la Flaca, en el que solo existían las rutinas que durante siete años había fabricado a mi medida como los guionistas fabricaron y crearon el mundo de Truman.

Verde, verde, verde..., era una luz intensa que acababa de iluminarse bajo una visera gris..., era el semáforo ante el que había logrado pararme, no se como..., verde, verde... ¡tenía que arrancar otra vez...¡, con la suela de la zapatilla pisé la palanca del cambio al tiempo que embragaba, percibí un “clanck”, un leve tirón, aceleré, comencé a moverme, aceleré un poco mas, solté la maneta y de nuevo las vibraciones se trasmitieron a mis rodillas, a mis piernas..., las mismas que pedalearon durante los 82 kilómetros de la Matahombres, las mismas que me llevaban todos los fines de semana por las pistas forestales de la Sierra Calderona, las mismas que en esos momentos se pegaban al enorme deposito de la Zing, aterradas, petrificadas, confundidas..., pero que fueron capaces de mover el tobillo izquierdo, de colocarse por debajo de la palanca del cambio y de empujar con la puntera hacia arriba para engranar la segunda. Solté suavemente el embrague, aceleré y la moto volvió a empujar mientras oleadas de turismos y de scooters me adelantaban por la izquierda y por la derecha..., ya sentía algo de viento contra mi rostro, el sonido del trafico me envolvía junto a las vibraciones de la pequeña custom 125..., y recordé que tenía que poner gasolina, ¿gasolina...?, ¿dónde, donde...?, y llegó una rotonda de varios carriles, fui virando sin tumbar, recto como un palo, tenso, agarrotado y recordé que había visto una gasolinera a la derecha. Miré por el retrovisor, puse el intermitente, conseguí colocarme en el carril de la derecha y vi el porche de la gasolinera, frené un poco con el de delante, apreté la maneta del embrague y logré parar frente a un surtidor de sin plomo, resople, busqué el punto muerto con la puntera con los ojos clavados en el indicador verde de “neutro”, por fin se encendió y paré el motor, relajé la piernas y me agaché para buscar la “pata de cabra”, traté de colocarla y se escapó tirada por el muelle de retroceso, volví a intentarlo y volvió a escaparse ruidosamente.

- Tiene que tumbar la moto -murmuró el empleado de la gasolinera..., me volví hacia él, rondaría los cincuenta años y era de piel morena, delgado, con el rostro enjuto y de pelo negro. Sostenía la manguera y esperaba ajeno al drama personal que estaba viviendo desde que me había montado encima de la moto.

- Es que si la tumbo se me cae..., es que me la acaban de dar.

- Ya..., pero tiene que tumbarla.

Cabeceé, desmonté, me coloqué a la izquierda de las custom, volví a extender la “pata”, dejé que la moto cayese un poco hacia ese mismo lado, noté como los 150 kilos se vencían hacia mis rodillas, me sentí angustiado y finalmente la moto quedó apoyada en la “pata de cabra”.

- Tranquilo que no se cae... ¿cuánto echamos...?.

- Eh..., cinco euros, pero espere un momento que no tengo claro como se abre el tapón...-confesé sonriendo..., el hombre no lo hizo, continuaba observándome con la manguera en la mano- ah, ya está.

Tardó muy poco, le pagué y conseguí colocar el tapón cromado sobre el depósito negro, me monté y al enderezarla, la “pata” saltó otra vez, apreté el botón de arranque y volví a percibir el sonido y las vibraciones entre mis piernas..., el “clank” al engranar la primera y el peso de los casi cinco litros de gasolina que se movieron chapoteando en el deposito, noté como había cambiado la inercia lateral de la 125 y me asomé a la rotonda, esperé a no distinguir ningún coche en el horizonte y aceleré, cambié a segunda, fui trazando a derechas, recorrí, parando y arrancando la Alameda, poco a poco, pilotando con calma pero casi sin respiración, sintiendo las sienes apresadas por el casco, sintiendo su peso contra mis cervicales y de nuevo el viento contra mi rostro cuando salí en primera y me vi tumbando a derechas, trazando la curva de los Viveros, con el cauce del Turia a mi izquierda y un autobús persiguiéndome por su carril, por mi derecha.

Vi la esquina de la calle Alboraya, deseé girar hacia ella y plantarme en casa de Joa..., miré por el retrovisor y volví a descubrir la inmensa cabina del autobús.

- ¡Jodeerrrr...!, -protesté incapaz de girar, “enrosqué” el puño y la moto aceleró, siguió recta, sacándole unos metros y descubrí la fachada de la Escuela Oficial de Idiomas..., Joa estaría apunto de salir de clase de Portugués..., puse el intermitente de la derecha, reduje una marcha, embragué y paré sobre el carril-bus, quité el contacto, tumbé la moto un poco y encajé la “pata” a la primera, suspiré y con una extraña sensación en las piernas busqué la bici de Joa entre las que estaban aparcadas sobre la acera. No la encontré..., me encontraba aturdido, extraño, ajeno y distante a esa máquina negra y cromada que alguien había aparcado en medio del carril-bus.

- Coños..., pero si la he dejado ahí en medio.

Eché una ultima ojeada y volví a montar, arranqué con el botón, miré por el retrovisor, engrané otra vez primera y rodé hacia el puente de Canpanar..., cambiando, acelerando, frenando..., volviendo a cambiar, mirando los retrovisores, mirando al frente, previendo los movimientos de los coches, del tráfico, de la circulación que me envolvía..., volviendo a frenar y tumbando ligeramente a izquierdas, acelerando un poco, cruzando el puente y girando otra vez a derechas, ya por mi barrio, pero a cubierto por el casco tipo años veinte y sobre una custom 125..., no sobre una bicicleta, no sobre la Flaca.

Reduje a segunda y recé para que no hubiesen peatones sobre el paso de cebra de mi calle, me fui acercando, apreté levemente el embrague mientras tocaba el freno delantero..., y tuve que parar embragando, eché el pie derecho al suelo, esperé a que pasara un hombre que porteaba dos bolsas de Mercadona al limite de su resistencia. Volví a meter primera, volví a escuchar ese chasquido metálico en medio del sonido del motor y del mismo escape, fui soltando el embrague, acelerando ligeramente..., volví a moverme, aceleré un poco mas y remonté el repechito que se alza al principio de mi calle. Volví a desear que la zona de carga y descarga estuviese despejada..., y lo estaba, fui parando, desplegué la “pata de cabra” frente a la carpintería y la moto quedó apoyada, ligeramente inclinada a la izquierda, quité el contacto y desmonté.

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Me moví con torpeza hasta la puerta de mi taller, abrí y ya dentro me quité el casco. Seguí sintiéndome aturdido y como si un anillo me oprimiese las sienes, confundido, es posible que arrepentido, extraño, desencajado, desilusionado..., como avergonzado ante ella, ante una moto que acaba de comprar impulsivamente.

La observé ahí fuera, esa misma moto que había estado viendo en el catalogo y en la web de Kymco, en otras paginas que había visitado para saber más de ella, esa pequeña custom 125 de aspecto pretencioso, con apariencia de rebelde “café-racer”..., estaba ahí fuera, frente a mi carpintería, en mi calle..., en el mismo barrio en el que vi como mis amigos dejaban sus bicis, sus BH, sus G.A.C, sus Torrot, sus Orbeas..., para subirse encima de los Vespinos, primero y después sobré aquellas Puch TT, amarillas, con ruedas taquedas y altas suspensiones de 49 cc, los mas osados montaban sobre las Cobra de 74 cc, también de Puch..., recuerdo perfectamente aquellos depósitos amarillos, cortos y cuadrados de las 49 y alargados y estrechos los de las Cobra..., yo jamás conduje ninguna, tampoco la Bultaco Metralla de mi primo Adrián, era negra y dorada, años mas tarde me recordaría a la Ducatti desmodromica de Ricardo, un colega de correrías nocturnas que en verano subía su estrecho y liviano cuerpo. Ricardo no pesaría más de 55 kilos y atravesaba el puente sobre el cauce del Turia para irrumpir atronando en la zona de Canovas, riendo y paseando aquella maquina retro entre los pijos de la city.

Joa vino una hora mas tarde, ya había metido a la custom..., que por esos momentos ya empezaría a llamar Run-run. Nos abrazamos, ella reía y se acercaba a Run-run, le parecía enorme, muy larga y aparente. Me miraba y a saltitos se me acercó para volver a abrazarme, me dio mas besitos y me miró.

- Cariño..., veo la ilusión en tus ojos.

- ¿Si...?, pues nada mas sacarla de la tienda he estado apuntito de devolverla..., se me ha caído el mundo encima..., pero es verdad, me está empezando a gustar verla ahí, en su hueco entre los tablones y entre los "sofanes".

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Como Dios.

Al día siguiente, Run-run descansaba en la puerta de la carpintería bajo la luz de las farolas..., terminé de ajustarme el casco mientras mi estomago se revolvía, mientras desde él ascendía una angustia y una desgana que descomponían mi rostro, ya guarecido bajo la visera ligeramente ahumada.

Activé la alarma de la carpintería, cerré y me monté a horcajadas sobre ella, di el contacto, me aseguré de que se encendía el piloto verde “N” y le di al botón de arranque con el pulgar. Una leve vibración y volví a sentir el motor bajo mis genitales, volví a percibir el sonido a flor de piel, aunque algo distorsionado por el casco Vintage, empujé con las piernas hacia la rampita de un vado..., de la misma forma que un pato despega desde las marismas correteando y batiendo las alas. Bajé a la calzada, giré la cabeza hacia la derecha y me encontré con el paso vacilante de José, con su rostro sorprendido y con una sonrisa que poco a poco se formaba en su rostro perplejo.

Mi vecino se detuvo en mitad de la calle, bajó la mirada y contempló a Run-run desde la rueda delantera hasta la trasera..., después volvió a mirarme y movió la cabeza como tratando de espabilarse, como para asegurarse de que estaba despierto, de que no estaba soñando.

- ¡Nano, nano, nano...¡, ¿eso que es...?, ¿una Harley...?.

- Pues casi, casi... -murmuré a lomos de la Darkside, sonriendo y con mis brazos posados sobre el T-bar.

- Tío..., te veo, te veo..., ¡te veo como Diosss...¡ -terminó exclamando José, un vecino divorciado que gustaba de ir a las academias de baile de salón a tender las redes.

Y se esperó a que arrancase sin imaginar que tenía el estomago revuelto, que tenía los brazos y las piernas temblorosos y que me angustiaba estar ahí, sobre la Darkside que para él lucia como una Harley..., me veía como Dios y yo volví a imaginar a Jim Carrey protagonizando esa película aunque yo seguía obsesionado con “El show de Truman”, en esos momentos había dejado de ser el carpintero gris de la calle, el ciclista cuarentón, el hijo fiel y sumiso que cuidaba de sus padres ancianos y dependientes..., era un motero, era como Dios ante los ojos de un vecindario que me había visto nacer y crecer en el mismo barrio.

- Me voy a por la chavala -anuncié.

- Como Dios nano, como Dios..., hala vete, cabrón.

Sonreí y con la suela de la zapatilla engrané primera, aceleré un poco, fui soltando el embrague y Run-run se deslizó por mi calle, cambié a segunda y casi llegando al cruce vi a otro de mis colegas en la ferretería, fui capaz de levantar la mano izquierda y saludar al tendido cual torero..., hice equilibrios sobre el “paso de cebra”, giré a izquierdas y me sumergí en uno de los túneles que corren junto al viejo cauce del Turia.

Un sonido aterrador invadió el subterráneo, intenso y molesto, penetró por el casco y me aterró..., por unos instantes creí que iba a ser arrollado por algún camión o que algún jovenzuelo había entrado a mas de 200 por hora..., pero no, era el sonido de los motores, el sonido del trafico.

Volví a la superficie, vigilé que no me cerraran por la derecha y volví a atravesar el segundo túnel, el estruendo ya no me pilló por sorpresa y fui trazando el amplio viraje tumbando ligeramente..., acercándome demasiado al muro de contención, corrigiendo y entonces acercándome demasiado al carril izquierdo, volviendo a corregir y saliendo a la altura de las Torres de Serranos.

Me coloqué en el carril de la izquierda y fui capaz de reducir de cuarta a tercera..., me sorprendió como Run-run retenía con tan solo soltar el puño un poco y me fui acercando al puente, al repecho atravesado por las resbaladizas franjas del “paso de cebra”. Puse el intermitente y bajé a segunda, fui soltando el embrague, inclinándome un poco, empezando a girar y viendo como el bordillo se acercaba a la rueda delantera, sintiendo como no podía girar mas, viendo cada vez mas cerca las viejas losas acercándose a la llanta..., giré un poco el puño, Run-run empujó y la rueda delantera pasó a pocos centímetros. Enderecé, aceleré un poco más, crucé el puente y puse punto muerto ante el semáforo en rojo.

Run-run y yo nos deslizamos hasta el siguiente semáforo, apoyé los pies en el asfalto y esperamos a la luz verde..., clank, el chasquido de la primera, semáforo abierto y rodamos sobre la calle Alboraya, parando y arrancando, girando a derechas a la altura de la calle Bellus y después pasando en primera entre los bolardos que protegían el paso de peatones. Rodamos sobre la acera y paramos frente a la puerta que conducía al enorme patio interior donde iba a guarecerla. Apagué las luces y la dejé al relentí mientras abría la puerta y colocaba una rustica rampa para poder salvar el escalón, después volví a montar, apagué el motor y reculé girando hasta encarar la rueda delantera con la estrecha rampita, maniobré hacia delante y hacia atrás y escuché una voz que me sobresaltó.

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No pude mentirle.

- ¿Cuánto corre...?.

Me giré sorprendido y me encontré con el rostro del niño mirando a Run-run, vi como sus pupilas se movían de un lado a otro, como sus labios se quedaban entreabiertos..., y yo le miraba a él..., era otro admirador que vestía con ropas claras y sus cabellos caían lacios sobre sus jóvenes y redondeados rasgos.

Miré el velocímetro de Run-run que indicaba hasta unos lejanos e imposibles 140 por hora, su gran deposito de gasolina, el enorme tubo de escape cromado y de nuevo al chaval..., fue entonces cuando caí en la cuenta de que la pequeña custom de 125 ocupaba toda la acera, por eso se había parado el niño..., imagino que eso debió impresionarle.

- Bueno..., pues, la verdad es que hace entre 110 y 115 kilómetros por hora.

- ¿Solo...?.

- Si, solo..., es que el motor es un 125, esta es la típica moto que se puede conducir con el carné de coche... -balbuceé dándome cuenta de que el chaval no podía saber que hacían falta permisos especiales para conducir coches o motos- y también lo que pasa es que el chasis es de una moto gorda...,pero bueno, ¿a que es muy bonita...?.

- Si..., eso si..., bueno, me tengo que ir.

- Venga, hasta luego.

Empujé a Run-run contra la rampita, el niño siguió su camino, imagino que confundido, defraudado, sorprendido..., o puede que regresando a la agobiante situación que había vivido hoy en clase, uno de sus maestros le había escrito una nota para sus padres..., y por unos instantes deseó ser ese hombre de la moto, correr sobre ella, aunque seguro que corría mas de lo que le había dicho, una moto así de larga y bonita no podía correr tan solo a cien por hora... -murmuró caminando con las manos en los bolsillos y mirando distraídamente las losetas de la acera.















lunes, 16 de noviembre de 2009

FUSILEROS EN EL PARQUE NATURAL DE LA SIERRA CALDERONA.

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La sangre manaba de los cuartos traseros del jabalí y se mezclaba entre las cerdas enmarañadas..., que quedaron muy cerca de mis ojos cuando el cazador lo agarró por las pezuñas y lo volteó sobre el remolque del todoterreno, su cuerpo macizo y recio rebotó sobre el aluminio y el hombre sonrió mirándome..., vestía de verde, de camuflaje, un fusil de munición metálica y con óptica telescópica cruzaba su espalda y de su cinto pendía un machete, le acompañaba otro, que gesticulaba y avisaba a otros dos todoterrenos que bajaban por la cuesta, desde la microreserva de flora de Peñas Altas hasta la Font del Poll..., estuve a punto de hacerle una foto con el móvil, pero no me atreví..., fue una imagen a cámara lenta, entre la respiración forzada al ir remontando el repecho de un 13% de desnivel y habiendo tenido que parar ante otro todoterreno conducido por un cazador que debía pasar de los 120 kilos de peso, sonriendo y haciendo un chiste sobre nuestra velocidad..., y tuvimos que volver a pararnos, dos todoterrenos mas bajaban ocupando la pista, Joa y yo volvimos a echar pie a tierra, los dejamos pasar y continuamos ascendiendo.

La misma imagen volvía a repetirse un par de años después..., salía sin compañía, a solas con la Bicipalo y como en otras tantas pedaladas remontaba el camino del Campillo a Coronel. Daba uno de los virajes y descubrí a un cazador apostado a la derecha de la pista forestal, armado con otro fusil, sobre la recamara se alargaba una mira telescópica que escrutaba el barranco repleto de pinar joven que se abría al final de la ladera..., continué pedaleando y reconocí el todoterreno verde de un conocido funcionario de Serra, bajaba y sobre su capó otro jabalí vibraba con los baches, me hice a un lado y cabeceé..., recuerdo que no terminaba de creerme aquello y al día siguiente escribí una carta a la prensa, salió publicada y al día siguiente el policía local del pueblo serrano me replicó contundentemente, me llamó, entre otras cosas, “ignorante”, me acusó de desconocer las curiosas peculiaridades del Parque Natural de la Sierra Calderona, al parecer sujeto al PORN, el llamado plan de ordenación de recursos naturales..., y entre ellos la caza, un recurso innegociable y al que los lugareños no iban a renunciar y ni han renunciado. Me decía que si me molestaban los cazadores que me fuera a pedalear al cauce del río Turia, también argumentaba que muchos de ellos, poseedores de terrenos y parcelas en el Parque, habían tenido que renunciar a ella, cediendo parte de los caminos y pistas forestales que nosotros, los ciclistas de montaña, llegados de la ciudad y ajenos a la vida y a las costumbres de la serranía..., podíamos usar gracias a ellos, a su benevolencia, añadía que ellos habían socorrido mas de una vez a senderistas y ciclistas perdidos o heridos con alguna caída..., recuerdo que le contesté instantáneamente, admitiendo mi ignorancia respecto a las normas que rigen la gestión de los entornos naturales..., imagino que traté de contrargumentar, pero ya no lo recuerdo bien..., y ahora volvía a repetirse la misma secuencia.

Dejamos atrás a los cazadores y coronamos Peñas Altas, espere a Joa y cuando llegó la miré.

- Cariño, pasan los años y yo sigo sin comprender ciertas cosas.

Joa se acercó sin bajarse de Camino y me acarició las mejillas mientras daba un trago de agua.

- ¿A esos de ahí abajo...?, ¿a esos son los que no comprendes...?

- A esos si los entiendo..., yo también he cazado pajarillos cuando era jovencito y mi rifle de perdigones y yo éramos inseparables, también he pescado..., no puedo recriminarles nada siempre que estén dentro de la ley pero lo que no entiendo es que si nos reunimos mas de quince ciclistas de montaña tengamos que pedir un permiso especial a la dirección del supuesto parque, no entiendo que se nos prohíba la circulación por caminos de menos de un metro de ancho o bajar por trialeras o senderos..., mientras que a estos tipos nadie les dice nada, creo que no se puede cazar desde las pistas forestales y mucho menos con fusiles de munición metálica..., cariño, una escopeta convencional de caza, del calibre 12 es casi inofensiva a 50 metros, un rifle de esos que llevaban te deja seco a 100 metros y la cabeza te la revienta como una sandia a 200..., joder, hace unos meses los forestales y los del Seprona se dedicaban a la caza del ciclista que se aventuraba por una torrentera, desafiando la nueva legislación, obviamente. Los rastreaban con prismáticos y la guardia civil los esperaba al final de la bajada..., ¿y a estos tipos quien los controla...?.

- Cariño, ¿tu pagas algo por pedalear por aquí...?.

- Pues no.

- Yo no entiendo mucho de estas cosas, pero si..., como te he oído decir muchas veces, casi todo el parque es un coto de caza pues deberán de pagar algo ¿no...?, las licencias de caza, no se, el coto en si mismo..., y da igual que ellos contaminen con los todoterreno, da igual que degraden las pistas, ellos pagan y aquí todo se mueve por dinero..., además, ¿tu has visto a algún político que se fotografía sudando la gota gorda encima de una bici o corriendo una maratón de montaña...?, ¿a que no...?,¿pero a que si has visto a jefes de estado, a jueces y ministros haciéndose fotos entre ciervos y jabalíes muertos...?, pues eso..., hala cariño, “anem a fernos el cafenet...”.

- Aún nos queda subir la Jabonera.

- Pues como cuesta arriba no puedo seguirte, ahí va un “beset”.

Joa me dio un besito en los labios..., sabían a una mezcla de sal y de protector solar, un sabor que me recordó al olor que desprendía su cuerpo en aquella primera pedalada, aquella en la que perdió las llaves del coche, aquella en la que subimos al pico del Águila.

Encajamos las calas y empezamos a pedalear por el collado que virando a izquierdas nos llevaba hacia el refugio de Tristan y la Mina..., la pista tiende a bajar entre lajas de rodeno, entre piedras rojizas que se desprenden de las montañas y entre otras que afloran con la erosión desde la misma pista. Vimos los alcornoques que sobrevivieron a los incendios de los años noventa, lanzamos miradas fugaces al barranco de la Vigueta, que serpenteaba profundo y casi invisible en el fondo del valle que remontaba desde la Font de la Gota..., y poco a poco me fui distanciando de Joa, sacándole ventaja, acelerando mientras volvía recordar a ese jabalí abatido y al absurdo que representaba. Recordé sin demasiado detalle las múltiples declaraciones que realizaba Esteban González Pons, cuando era conseller de medio ambiente, es decir, antes de “trepar” desde las comanditas valencianas hasta la calle Génova y no se cansaba de predicar la ejemplaridad de la gestión medio ambiental de nuestra comunidad, se jactaba de que éramos la comunidad autónoma con mayor espacio natural protegido de España pero no decía que también éramos la comunidad autónoma en la que existía una ley de urbanismo capaz de arrebatar las viviendas a sus propietarios, capaz de embargar viviendas legales para entregárselas a agentes urbanizadores, unos personajes, canallas y ruines surgidos al amparo de la LRAU, que era la anterior ley urbanística y que con la LUV, que es la nueva ley y que por cierto sigue siendo ilegal y vulnerando los derechos a la propiedad privada, según Bruselas..., surgidos bajo esa ley atroz, déspota e inhumana, esos agentes urbanizadores derriban las viviendas y construían adosados, unifamiliares o campos de golf..., mientras esas familias caían en la locura, en la desesperación o en la ruina.

Miré a mi alrededor, de nuevo hacia las hermosas y cambiantes vistas de las montañas, de la Vigueta, hacia la cima del Gorgo, contemplé la tierra rojiza de la Calderona, el monte bajo que reverdecía con la brumosa amanecida de hoy, con las lluvias pasadas..., y lo vi tan distante del actual homo, lo vi tan ajeno a los gestores, a los burócratas que dicen lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer con estas tierras, con estos barrancos, con estas cumbres, con estos bosques de pinos y de alcornoques..., siempre condicionados y vendidos a las facciones políticas del momento, sin ser capaces en ningún momento de reconocer que la gestión de nuestros recursos naturales comienza en nuestros hogares y en nuestros colegios. Sin ser capaces de pasar una noche al raso tratando de escuchar lo que dice la serranía cuando te desnudas ante ella, sin ser capaces de desprenderse de las miserias mentales que infestan las mentes de todos esos que anhelan auparse a un puesto de funcionario sin mas vocación ni ideas que la de meter la boca en la teta del estado.

Encaré el repechito que lleva hasta el refugio, pedaleé a la sombra de los abetales que lo envuelven y que por momentos te hacen olvidar que pedaleas a pocos kilómetros del mediterráneo, aunque sea a mas de 700 metros altitud y que te llevan volando a otras tierras, a los Pirineos o a la cercana sierra de Javalambre..., miré hacia esos bosques y descubrí a uno de los vehículos de vigilancia forestal, también a dos motoristas del mismo cuerpo..., inconscientemente aminoré, dejé de pedalear y estuve tentado de acercarme para contarles lo que había visto a poco menos de un kilómetro y medio de allí..., pero no lo hice, creo que les habría puesto en un compromiso..., si es que los cazadores estaban haciendo algo ilegal, aunque siempre me chirría eso de que se esté dando una batida, utilizando las pistas forestales para ojear, sin señalizar nada en absoluto...,aunque si algo fue y sigue siendo, la Sierra Calderona antes que un supuesto Parque Natural..., es un inmenso coto de caza, una inmensa mentira articulada por los sucesivos conselleres de Medio Ambiente para ganarse los votos y la confianza de una población que solo cree lo que se emite por Canal Nou Toxinas, para gentes que pocas veces al año pisan estos caminos y que tan solo se acercan a las zonas habilitadas, a los pies de la serranía, a comerse la mona de Pascua o a ojear la prensa dominical.

Eché pie a tierra y esperé a Joa durante unos instantes, desvié la mirada y volví a contemplar las crestas abruptas y azules de la Sierra de Espadán, otro supuesto Parque Natural, pero ya mas alejado de la capital, de las zonas anheladas por los agentes urbanizadores, aunque a sus faldas también acechan enormes urbanizaciones y campos de golf que beberían del agua del Ebro traída entre canalizaciones y túneles, el ultimo tramo atravesaría las entrañas de la Calderona para salir al Camp del Turia con el único fin de seguir dando vida a la especulación urbanística.

Hace unos años me topé con un camión que perforaba la serranía, recuerdo a la geóloga que dirigía la operación, observaba el giro de la enorme barrena y después comprobaba los registros del subsuelo que los dos operarios iban extrayendo y colocando a los lados del carril. Se protegía con un casco amarillo y vestía una camisa blanca, vaqueros y botas de seguridad..., paré, me acerqué a ella y sonreí.

- Hola, buenos días -saludé.

- Buenos días.

- Me he parado porque llevo viendo las perforaciones varias semanas y me gustaría saber para que las haceis..., por curiosidad.

- No hay ningún misterio, estamos haciendo catas del interior de las montañas para saber que material la forma y así saber que topo y que herramientas utilizar para perforar el túnel.

- Ah..., un túnel... -murmuré- pues vaya..., bueno, curioso..., venga, gracias, voy a continuar la vuelta.

Las catas se pueden ver, los agujeros se cerraron con unos cilindros metálicos, con unas caperuzas que apenas si se distinguen pero están ahí..., un tiempo después me enteré de que por ese túnel llegaría el agua del Ebro.

Suspiré y agaché la cabeza, volví a encontrarme con la tierra roja de la Calderona manchando mis espinillas, cubriendo el cuadro de la Bicipalo, tiznando mis zapatillas de serraje marrón..., escuché el canto de los pajarillos, percibí la calma, el sosiego de la montaña, vi algunos rayos de sol que incidían en mis antebrazos, aun cubiertos de vello dorado, que atravesaban las copas de los abetos, su ramaje..., de nuevo el canto de los pajarillos, algo tan típico y tópico al tiempo pero tan natural y tan acorde con los bosques y las montañas que me rodeaban que me pareció que era la primera vez que los escuchaba..., resonó un tiro, un disparó que fue ascendiendo desde los barrancos, desde las trochas por las que se mueven los jabalíes y la fauna oculta de esta serranía..., después el murmullo, la rodadura de las neumáticos de Joa, su respiración algo anhelante.

- Mira donde están los vigilantes.

Joa paró y miró hacia el bosquecillo.

- Estarán almorzando, cariño... ¿les ha dicho algo...?.

- No..., es que creo que a la chica la conozco, es de Serra y el policía local que estaba entre esos cazadores también es de Serra..., no se , creo que sería ponerla en un compromiso, ese tío tiene mucho peso..., y estas montañas son de ellos..., pero es curioso, cuando salió la normativa esa de las sendas, nos cazaron como a conejos, cada dos por tres el Seprona andaba a la caza del ciclista..., pasado el efecto volvieron a desaparecer, pero lo peor es que no hemos visto ni a un solo agente forestal..., menuda mierda..., pues ahí en Peñas Altas, me encontré una vez con un motorista del Seprona, me paré a hablar y el final le solté lo del PAI de “Sierra de Serra”, le dije que no terminaba de comprender porque ese sin fin de prohibiciones y que sin embargo no se pusiese ninguna pega en montar mas de 4.500 chales, un campo de golf y un hotel..., pegaditos al perímetro del supuesto Parque...., y sin embargo se destinasen los efectivos de la Guardia Civil a vigilar a ver si los ciclistas se metían por los senderos o por caminos de menos de un metro o si íbamos juntos mas de quince sin permiso..., era un tipo grandote y barbudo, de pocas palabras..., creo que solo hablé yo.

Joa sonrió y me acarició la mejilla..., imagino que percibió la barba de tres días en la yema de sus dedos y me dió un besito..., sonreí algo mas calmado y miré hacia la última rampa de la Jabonera, Joa también.

- La primera vez que la vi desde aquí solté un gritito -confesó- pero luego no es tanto.

- Todos soltamos un gritito... -admití viendo como el sol y la distancia distorsionaba la pista que asomaba tortuosa entre los bosques de pinos y alcornoques, daba la sensación de que se encaramaba sobre el alto como reptando ante una pendiente brutal..., nuestros cerebros interpretaban la señales luminosas y las recomponían en una escena que mostraba como el camino ascendía hacia el mismo cielo en una trepada salvaje.

- Pero solo es duro el tramo final..., no son más de cien metros -murmuró Joa.

- Pues a por ellos.

Después de la bajada desde Tristan volvíamos a remontar, a subir piñones y a jadear..., a ver la tierra rojiza de la pista, el verde pálido de las pequeñas hojas de los alcornoques, el azul intenso de las montañas de Espadan, los pinares que cubrían las lomas y colinas que declinaban hacia esas otras cumbres..., la tierra de la pista forestal, a veces arenosa y casi rosácea, como si se mezclaran las vetas blancuzcas del yeso y las rojizas del rodeno omnipresente..., y rota a medida que íbamos subiendo y al tiempo que el inclinómetro marcaba entre un 12 y un 14% de desnivel..., resoplé, levante la vista y vi como el camino derivaba poco a poco a derechas, la tierra se apelmazaba, los cantos y piedras quedaban sepultados y la pedalada se suavizaba. Vi el final de la cuesta y la cabina de otra Pick-up de color verde y con un remolque para perros enganchado, coroné, di un par de vueltas para bajar las pulsaciones y eché pie a tierra. Enseguida descubrí a otro cazador que se encaminaba hacia el todoterreno, el cañón de un fusil asomaba por sus hombros y el machete enfundado se movía con sus pasos, miró a su izquierda y dijo algo..., percibí unas voces, miré hacia arriba y descubrí a otros dos cazadores por encima de mi cabeza..., habían estado todo el tiempo ahí y yo ni los había visto.

- Bon día -saludó el cazador.

- Bon día.

Observé que también montaba una mira telescópica y me fijé en la pequeña canana cerrada en la que guardaba la munición metálica..., Joa apareció sonriendo, dando pedaladas con el plato pequeño colocado..., vió el todoterreno y me miró arqueando las cejas y volviendo a sonreír sin despegar sus finos labios. Encajé las calas y continuamos pedaleando hacia Gatova, llaneando ligeramente y contemplando las hermosas panorámicas que nos ofrecía un día que poco a poco se iba liberando de la intensa niebla con la que había amanecido.

Llegamos al molino de la Ceja y Gatova surgió allí abajo, al final del descenso por un camino ya asfaltado que descendía por la umbría hasta salir a la carretera que subía desde Olocau.

- Míralo..., que bonito se ve el pueblo y las montañas -susurró Joa.

Contemplé la imagen tantas veces vista, las paredes encaladas de las viviendas, arracimadas, unas junto a otras en medio de los tonos ocres, rojizos y como pobres de una serranía de cromatismos sin contrastes fuertes, ni siquiera ahora, en otoño..., tan solo el pasto invernal que cubría las terrazas ocupadas por olivos añadían verdes intensos y vivos.

Nos dimos unos besitos..., como en cada parada, como en cada espera y nos dejamos caer por ese mismo que remontamos la primera vez que salimos juntos. Los pequeños tacos de las Larsen comenzaron a gruñir sobre el asfalto, fuimos trazando los virajes y decidimos por la derecha, antes de llegar a la carretera..., el asfalto se volvió en una lengua de hormigón teñido con el polvo del rodeno y resoplé.

- ¡Coños, que cuesta...,pon el plato pequeño...¡ -voceé mientras giraba el puño derecho y el desviador empujaba la cadena hacia el platillo de 24 dientes.

- ¡Uaaahhh...¡ -gruñó Joa.

Remontamos la lechada y luego callejeamos entre viejas casas pegadas unas a otras, entre callejas y recovecos que subían con pendientes exageradas..., las misma de la montaña sobre la que el pueblo se fundó, las mismas laderas que sustentaban los cimientos de las viejas casas alzadas sobre sillería de rodeno o sobre los pilares de hormigón en los que se apoyaban las ultimas viviendas..., de fachadas simples, funcionales, impersonales..., ajenas y antipáticas, fuera de lugar en un entorno natural, serrano..., en medio de los vestigios de una vida rural, campera, natural, sosegada y sumida en el aislamiento de las mismas cumbres.

Después nos dejamos caer hasta la fuente de San Isidro y dejamos a Camino y a la Bicipalo apoyadas en la pared del lavadero. Entramos al mismo bar en el que tomamos los cortados en aquella primera salida juntos, pero Almudena, la alumna de Joa que nos atendió aquel día no estaba, pero si su prima, otra jovenzuela que enseguida nos reconoció sonriendo picaramente. No tardó en acercarse a la mesa servicial y simpatía, le pedimos dos cafés con leche, largos de café y una magdalena.

Joa sonrió, nos miramos durante unos segundos, nos dimos unos besitos comedidos y eché un vistazo al bar..., las ropas verdes y de camuflaje se movían entre las prendas deportivas de otros ciclistas que también almorzaban. Eran cazadores, observé sus pieles muy bronceadas y escuché sus voces, uno de ellos se quejaba del tiempo, de la temperatura demasiado alta para ser víspera de Todos los Santos..., vi sus botas, manchadas también con el polvo rojizo de la Calderona, como las mías y las de Joa..., y recordé una anécdota que me ocurrió hace años en Fago, en el Pirineo Aragonés. Gabriela y yo paseábamos por las tranquilas callejuelas del pueblo, rodeado de espesos pinares cuando un hombre llegó vestido con un mono azul, entró en una de las casas y en menos de medio minuto salió armado con un Marlin de palanca murmurando algo sobre un jabalí..., lo vi desaparecer en una esquina, entre las casas de piedra, bajitas y humildes, casi como levemente inclinadas, en una reverencia perpetua a las montañas que las rodeaban..., auténticas selvas de coniferas y monte bajo..., la ciudad y sus costumbres, sus modos y sus tiempos...,quedaban tan distantes, tan lejanos..., un poco como aquí en Gatova, cuando entre semana no se oyen las voces de los ciclistas en el bar, cuando sus pistas y caminos quedan desiertos, cuando solo ellos, los que viven aquí durante todo el año, durante todas sus vidas, los que nacieron aquí y no se marcharon..., siguen habitando el pueblo serrano y silencioso, viviendo los ritmos ancestrales del día y de las estaciones..., sobre todo cuando la edad ya no permite subirse al coche para llegarse a otro pueblo, a Segorbe, que es la capital mas cercana o a la misma Valencia, tampoco a las casas de los hijos que si se marcharon a estudiar, primero y luego a formar sus familias en las Tierras Bajas..., recuerdo el libro que me dejó Joa este verano, se titulaba “La lluvia amarilla” y narraba la vida del ultimo habitante de Ainielle, un pueblo del Pirineo Aragonés que va sufriendo la despoblación, el abandono y el olvido de quienes lo habitaron. El protagonista cuenta en primera persona y desde el lecho de muerte..., lo que recuerda de su vida, de la vida en Ainielle y es capaz de imaginar, de visualizar como los vecinos suben desde un pueblo cercano a recoger su cadáver, cuenta como se moverán por las sendas tantas veces caminadas, como coronarán los collados y como les invadirán los miedos y los escalofríos cuando adivinen las ruinas de Ainielle en la oscuridad impenetrable de la serranía..., unas ruinas parecidas a estas, a las que nos rodean en el despoblado morisco de la Hoya, pero levantadas con otro tipo de piedra, no con el rodeno que aún mantiene en pie muchos de estos muros y a la misma torre vigía.

- ¡Parate...¡ -vocea Joa a mi espalda, cuando ruedo sin pedalear frente a esa torre.

Echo pie a tierra y veo que Joa esta desenfundando su cámara de fotos nueva, me hace gracia como la sujeta con una mano, con solo dos dedos, a pulso..., y yo me siento un poco extraño, aún no termino de asimilar eso de que una mujer me haga fotos, que me encuentre atractivo, que me bese y que me acaricie, que me diga que conmigo se siente tranquila, que le trasmito calma y sosiego..., que me haga fotos y que yo pose sonriendo con esa expresión tan clerical que se forma en mi rostro de facciones sencillas y poco varoniles.

- Pero que guapo sales..., amor mío.

Susurra ella llegando hasta mi..., nos damos un besito y percibimos la calma del poblado abandonado, escuchamos los pajarillos y contemplamos los restos de las viviendas..., no hay pilares de hormigón ni ladrillo hueco cocido, no hay aluminio ni bloques de hormigón pretensado..., pero tampoco hay vecinos honrando a los difuntos, visitando el cementerio...,que no se donde está. Allí abajo, en Gatova, nos hemos cruzado con vecinos y familiares que ya peregrinaban hacia el campo santo, por el borde de la carretera, personas mayores, ancianos y ancianas que llevaban pequeños ramitos de flores lilas, recolectados entre la misma tierra en la que se alza el cementerio. También hemos visto a esos hijos que regresan periódicamente, en verano, en Navidad y ahora por Todos Santos..., remontan las cuestas con sus automóviles, se alejan de las urbes y durante unas horas reviven sus infancias, puede que se ven correteando por las estrechas callejas o cazando gorriones por los bancales, buscando ranas en las pozas de la garganta o ayudando a sus padres recoger la oliva..., miran a sus propios hijos y muchos de ellos se alegran de que ellos no tengan que pasar frío en la montañas, de que estudien y de que no tengan que acurrucarse frente al fuego para entrar en calor, de que se formen en países extranjeros, de que no pasen sus vidas casi aislados entre esas montañas...,que en ese momento miran alzando los ojos..., aunque muchas veces, cuando amanecen allí abajo, en la urbe, se preguntan si es normal eso de no ver amanecer, eso de abrir los ojos y ver la fachada de enfrente, eso de tan solo ver un pedazo de cielo entre los áticos. A veces les asalta la añoranza pero ellos están ahí para mitigarla, los hijos ya no quieren subir al pueblo en verano, les gusta mas el apartamento alquilado en la playa y en Navidad hace demasiado frío en la casa del pueblo y encima no hay conexión a la red..., y ella, la mujer..., la mujer, ya nunca lavará en el lavadero ni se lo enseñará a la hija.

Salimos de Gatova y dejé que Joa pasara delante, nos dejamos caer pedaleando sin esfuerzo, trazando las curvas de la revirada carretera que comunica estas poblaciones rurales con los asentamientos del Camp del Turia y del Camp de Morvedre y nos desviamos a la izquierda por el barranco del Gorgó. Los neumáticos taqueados dejaron de gruñir sobre el asfalto y volvimos a las pistas de tierra, a rodar cuesta arriba, en silencio, distanciándome poco a poco de Joa, a la sombra de la montaña y observando el entorno. El sol llenaba de brillos los pinares del Gorgó, sus agujas reflejaban la luz..., descubrí algunas setas creciendo entre las terrazas de olivos, cubiertas de pasto de finos tallos, observé los musgos y los líquenes adheridos a las centenarias piedras de los ribazos. Algunos se perdían entre bancales abandonados y otros se habían desmoronado en algunos tramos..., el paso de los años, las lluvias, la dejadez, la misma soledad de estas montañas..., el silencio que me envolvía..., hasta que el todoterreno bajo sin apenas aminorar, le dije algo y continué ascendiendo..., virando a derechas y encontrándome con el sol asomándose entre unos riscos, pedaleando con el 32 detrás y volviendo a girar a derechas, ascendiendo, trepando..., y otra vez a derechas, suspiré y di las ultimas pedaladas hasta coronar.

Me paré a un lado y dejé que mis ojos paseasen por esas montañas, por las matas que estaban muy cerca, por los pequeños campos ganados al monte. Descubrí otro coche al final de un caminucho que trepaba entre la falda del Gorgó y a Joa girando a derechas y encarando la ultima rampa.

Levantó la barbilla y me vió, sonrió, dio unas vueltas mas a las bielas y jadeó echando pie a tierra frente a mi.

- Siempre esperando, ¡ay que te vas a cansar de esperarme...¡.

Sonreí y le di un beso, aún pude percibir en sus labios una tenue reminiscencia del café, mezclado con el protector solar.

Dio varios tragos de agua y durante unos minutos estuvimos allí parados, dejando pasar esos instantes sin que invadiese la premura de volver al chalé, de volver junto a mi padre, de volver a Valencia..., estaba volando, batía mis pequeñas alas en forma de guadaña, me alejaba temeroso y vacilante del decorado del show de Truman..., pero volviendo la cabeza, mirando de reojo aquel agujero abierto entre los tableros de aglomerado por si acaso deseaba volver a “mi mundo”.

- ¿A la Hoya, cariño...?. -le pregunté.

- Si cariño, que me apetece tirar fotos.

- Con tu flamante cámara nueva.

- Eso.

Volví a besarla y a sentir su respiración aún acelerada, a sentir el agua que aún empapaba sus finos labios, a percibirla cerca, tan cerca..., sonreímos, empujamos los pedales y continuamos rodando, dejamos a nuestra izquierda el aljibe y pedaleamos entre campos de olivos, entre parcelas de algarrobos..., me volvió a llamar la atención el pasto verde crecido en esos campos, contenidos por los muretes de piedra..., el contraste con la luminosidad del día o con el color rojizo y a veces blancuzco de la misma pista.

El camino empezó a virar a izquierdas y a descender, a trazar una ese, a perder altura mientras se elevaban taludes de estratos atravesados por vetas blancas que llegaban al carril y se pulverizaban en bancos de arena..., otro viraje a ese mismo lado y descubrí la torre de poblado morisco de Hoya..., como otras tantas veces. Seguí pedaleando, acercándome, llegando a las primeras ruinas y Joa gritó a mi espalda..., frené, eché pié a tierra y me giré.

- ¡No te muevas, que va foto...¡

- ¡Me iba a parar...¡.

La observé sujetando la cámara con una sola mano, como siempre y captando el momento con una sonrisa, con un aire relajado y casi vacilante que sorprende cuando veo las fotos y descubro que están bien hechas, bien enfocadas y bien ideadas.

Joa dio unas pedaladas y me alcanzó.

- ¿Nos quedamos un rato y hacemos mas fotos...? -sugerí- a mi me obsesionan estos muros de rodeno.

- Claro, carinyet.

Dejamos las bicis apoyadas en uno de esos muretes, pasamos junto a la torre y nos asomamos al otro lado de la humilde aldea, miré hacia la montaña que cerraba el collado hacia el Gorgó y vi el monte bajo crecido en sus laderas, algunos campos abandonados, ocupados por la misma maleza y mas restos de viviendas que hasta ese momento no había descubierto.

Realmente el pueblecito no se reducía a las casas que daban al camino, mirando con detenimiento fui descubriendo mas, algunas muy deterioradas, prácticamente muritos de apenas medio metro de altura, restos de corrales o parideras..., por unos instantes pude imaginar el aspecto que podría haber tenido hace unos cincuenta, setenta o cien años..., pude imaginar el vareo de los olivos, el trasiego de los hombres y mujeres entre las sendas que conducían a las terrazas cultivadas, el valido de las ovejas y el rebuzno de los animales que usaban para bajar a Gatova o a Olocau..., el canto de los gallos, el cacareo de las gallinas y los disparos sordos y aislados de las escopetas que aún usaban pólvora negra.

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- Cariño, mírame que te voy a sacar un video.

Me volví hacia Joa y sonreí..., ella me enfocaba con su Canon, sujetándola con una sola mano y con su cinturita ligeramente ladeada.

- ¡Y...acción...¡.

- Bien..., estamos aquí, en el desplobado morisco de la Hoya... -comencé diciendo, empezando a gesticular, a sonreír, a improvisar..., mientras Joa me acompañaba sin dejar de grabar- ahora vamos a asomarnos a una de las muchas ruinas que aún quedan en pie..., algo sorprendente cuando observamos que los muros se alzaban casi en “seco”.

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Continué divagando mientras Joa era capaz de caminar hacia atrás, de sonreír, de filmarme en un plano americano, de seguirme por una estrecha senda devorada por la vegetación hasta que me asomé a una de esas casas y descubrí su interior ocupado por un espeso manto de ortigas, verdes y frescas, lozanas y parlanchinas..., se callaron y me imaginé que todas las hojas se volvían hacia mi, mientras empezaban a cuchichear entres sus lacerantes hojas “¿quién es ese, quien es ese...?”..., me acerqué al muro principal y moví la cabeza, suspiré y durante unos instantes contemplé con gozo como había soportado el paso de las décadas a plomo, sin vencerse, sin perder la escuadría- podemos contemplar como estas personas levantaban sus casas por si mismas, usaban lo que la serranía les proporcionaba..., sillares de rodeno, madera de estos pinares para las vigas y yeso que antes debían picar a la montaña y cocer en pequeños hornos que también habrían en la misma tierra..., no usaban el hormigón y ni existían los bloques pretensados. Ningún arquitecto cobraba salvajadas por garabatear unos planos, ninguna empresa privada venia a comprobar la calidad de ese rodeno y ninguna de estas casas se caía con sus moradores dentro..., tan solo la tristeza, la lluvia, la ausencia de calor y de vidas entre sus muros terminaban abatiéndolas de pena...

Joa bajó la cámara y volví a encontrarme con sus ojos.

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martes, 10 de noviembre de 2009

"Run-run zing", diario de una pequeña custom 125.

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Run-run frente a la Bicipalo. Cinco dias despues del primer
vuelo..., se conocerían.
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Los polluelos de los vencejos nunca baten sus alas antes del primer vuelo, observan a sus padres, al resto de la bandada..., así durante el tiempo en que son alimentados en el nido, hasta que un día, dan unos torpes pasitos con sus diminutas y casi atrofiadas patitas, se asoman al vacío y saltan sin mas..., sin haber batido jamás sus alas, esas alas en forma de pequeñas guadañas que serán capaces de cortar el viento a más de 190 kilómetros por hora y que los mantendrán volando sin posarse durante los dos primeros años de sus vidas..., hubiese deseado ser el polluelo de un vencejo, hace una semana, cuando Alberto, el vendedor de Alfa Motos me preguntó.

- ¿Nervioso...?.
- Coño, claro.
- Je, je..., para que vamos a negarlo ¿no...?.
- Pues eso.
- Pues tranquilo Pedro..., bueno, me vas a firmar unos pocos papelitos más y te saco la moto.
-Bien.
Recuerdo que mientras Alberto desaparecía de mi vista entró otro hombre en la tienda, de unos cincuenta años, delgado y de rostro enjuto y bronceado, de piel algo reseca y abrigado con un chaquetón de motorista. Charlé con él, llevaba toda la vida en moto..., la conversación me relajó y deseé y anhelé poseer toda la experiencia de ese desconocido que hablaba de las dos ruedas como si hubiese nacido sobre una de ellas. Y aún hablaba con él cuando a través de las puertas de cristal vi a Alberto empujando a la Darkside sobre la acera..., tragué saliva y sentí un escalofrio, me pregunté que era ese objeto, que sostenía nerviosamente entre mis manos, de color crema y decorado con un elegante y retro forro de piel marrón y costuras con hilo blanco..., tenía forma redonda y cabía en mi cabeza, se ajustaba a ella y deformaba el sonido ambiente, incluso su peso y su volumen tiraba de mis vértebras cervicales hacia atrás cuando había estado practicando con él en la carpintería..., el de la Bicipalo era mucho mas ligero y dejaba las orejas al aire.
Vi ese casco en un escaparate, hace ya un mes y decidí entonces que ese era mi casco..., y hace un mes que empecé a tomar en serio lo de la moto, me compré una revista y mis ojos se clavaron rápidamente en la pequeña custom 125 de Kymco, la Darkside me enamoró al instante, pero seguí ojeando la revista hasta que llegué a los scooters de la misma cilindrada, la Liberty en color marfil de Piaggio también se llevó la atención de mis ojos y creo que ya no miré mas, ya tenía a mis dos finalistas.
Durante las semanas siguientes anduve observando el ir y venir de la motos con las que me cruzaba, observaba como los moteros conducían sus custom, como cambiaban de marchas con el pie, como embragaban con la mano..., los observé como el polluelo del vencejo, con atención y reproduciendo en mi mente esos movimientos de pies y manos sobre la palanca del cambio, sobre las manetas y sobre el puño del gas. También entré en el foro “Espíritu custom 125” y leí con avidez todos los comentarios sobre la Darkside, todas las impresiones de los moteros, veteranos o noveles, todas sus dudas, todas sus experiencias..., todo era teoría en “mi mundo”, menos el rostro de Alberto, que sonreía a un lado de la Zing y me esperaba.
Las puertas de cristal se abrieron y el sonido ambiental de la Avenida de Cardenal Benlloch me devolvió a la realidad.
- Bien Pedro, aquí la tienes.
- Si, ahí está.
Negra, silenciosa, bajita y larga..., inmóvil, casi insinuante, con sus piercings relucientes, con la dirección vuelta a la izquierda, casi tocando el deposito de gasolina, que bien podría ser el busto de una mujer que se estrechaba hacia una cintura de avispa casi imposible y que terminaba penetrando bajo la puntera del sillín, corrido hasta el guardabarros trasero.
- Venga, te voy a explicar unas cositas..., mira, aquí tienes el botón de arranque eléctrico..., también puedes arrancar con el pedal si te quedas sin batería o te apetece, je, je.
Alberto me enseñó a arrancar, a parar, a poner los intermitentes y las luces..., después puso en marcha la Zing y dio unos suaves acelerones..., era la primera vez que escuchaba la moto y no sentí nada.
- ¿Alguna duda, Pedro...?.
- De lo primero que me has explicado ya se me ha olvidado y de lo último ya no me acuerdo.
Alberto soltó una carcajada, paró el motor y me enseñó los secretos de la “pata de cabra”.
- Ten cuidado con ella, tiene muelle de retroceso y con un movimiento brusco la moto se te va al suelo..., yo te recomiendo que pongas el caballete..., eh, bien Pedro y poco mas te puedo explicar, no hay mas..., solo conducirla y eso te toca a ti..., a bueno, durante un tiempo notaras olores raros, son los aceites, la pintura y el barniz que se recalientan, pero luego desaparecerá.
- Si eso parece..., lo de conducirla, quiero decir -murmuré con el estomago gruñendo y sintiendo como todo mi torrente sanguíneo emigraba a capilares imposibles, a recovecos orgánicos inexistentes hasta ese momento..., hasta dejarme anhelante y pálido.
- Venga Pedro, a disfrutarla..., tus llaves.
- Gracias..., a ver si soy capaz de llegar a casa.
- A casa no, primero a la gasolinera que solo tienes dos litros.
- Joder, peor me lo pones..., ahora tengo que hacer dos cosas, ponerle caldo y llegar a casa..., por ese orden.
- Exactamente.
Alberto se despidió y entró en la tienda, tras él descubrí a un adolescente que había observado la clase teórica con aparente indiferencia. Estaba apoyado en un coche, de su izquierda pendía un casco oscuro y repleto de arañazos, se abrigaba con una chupa también negra y fumaba un cigarrillo sin apartar su fatigada mirada de la Zing..., daba la sensación de que pese a su corta edad había vivido demasiado, daba la sensación de que podría enseñarme mil cosas, contarme mil vivencias a lomos de su 49, daba la sensación de que estaba de vuelta de todo..., o puede ser que simplemente tuviese sueño, por eso tendría los parpados entornados y una larga cabecilla de ceniza en el pitillo.
Volví a sentir el peso del casco tirando de mis cervicales, monté a horcajadas sobre ella y por primera vez en mi vida percibí sobre mis piernas desnudas el tacto de la máquina, suspiré, me aseguré de que estaba encendido el piloto verde de punto muerto y con el pulgar derecho apreté el botón de arranque, al tiempo que giraba un poco el gas..., la Darkside ronroneó y el cigüeñal comenzó a girar, el chasis empezó a trasmitir una leve vibración y aceleré un poquito para ir haciéndome con el tacto, deseé que el adolescente no estuviese mirando, que no sintiese el mas mínimo interés por la pequeña custom de 125 y apreté el embrague, pise la palanca y la primera se engranó con un leve chasquido metálico, fui soltando la maneta, la Zing se movió, dio un tirón y enmudeció.