Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

sábado, 23 de julio de 2011

RESPECTO A INTERECONOMIA TELEVISION... en "Diario de Homo"

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Mi padre aún vivía y permanecía todo el día en el sofá, viendo la televisión, divagando, recordando cuando podía andar o imaginando que volvería a andar. Debió ser uno de aquellos días cuando cambiando de canales dió con Intereconomia, coincidió con la campaña de la cadena contra el aborto, con esas impactantes imágenes de fetos descuartizados. La campaña me pareció infame y manipuladora, la vi tan alejada de la realidad y tan sectaria que decidí no volver a ver la cadena.

Yo no estoy en contra del aborto y se que las mujeres no abortan como quien compra gominolas, es una decisión muy difícil de tomar y que deja huella. Las mujeres no abortan, ni de lejos con la indiferencia que un estado envía a la guerra a sus ciudadanos después de que ellas los hallan parido y criado durante esos 18 o 20 años.

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Resintonizando Intereconomia.

Realmente no se que momento fue, pero uno de esos días que subía de la carpintería cansado de no trabajar, cansado de ver como la facturación caía día a día mientras el gobierno cazaba moscas y veía brotes verdes en medio de una brutal glaciación económica…, cambié de canales y di con Dando Caña, el programa que dirige Javier Algarra, me quedé escuchando la tertulia en la que suele haber mayoría abrumadora de derechas y un contrapunto moderado de izquierda, que suele ser llevado por Jose Maria Brunet, por Ricardo Martín, por Javier Gállego…, que recuerde ahora mismo, afortunadamente no aparecía María Antonia Iglesias y eso me relajó. Me cuesta olvidar los manipulados debates de Concha García Campoy, cuando los dirigía ella, en las Mañanas de Cuatro. Recuerdo a Pilar García de la Granja y a Carmen Morodo arrinconadas a la derecha de la presentadora y acosadas por la Iglesias con un despotismo y una arrogancia repulsiva. En esos debates poco había que debatir, el gobierno era intocable, ETA también y sobre las cuestiones económicas se pasaba con ligereza.

Los platós de Intereconomia no son un dechado de equilibrio, desde luego, de hecho ellos están encantados por ser de derechas, lo que me parece fantástico, de igual forma que hay mucha gente que manifiesta su condición de socialista en cualquier lugar y nadie se atreve a arremeter contra él, no obstante, en los últimos años estaba mas que mal visto ser de derechas.

El acoso a ZP es continuo, obsesivo, permanente, sin descanso, al tiempo, que Intereconomia siente una auténtica adoración hacia María Dolores de Cospedal, realmente dan por bueno y ejemplar todo lo que aún no ha hecho en su nueva andadura en la Junta de Castilla La Mancha, si no me equivoco, tiempo habrá de ver si Cospedal es tan buena gestora como augura Intereconomia, no obstante, sus acólitos ya le han dado oreja y rabo cuando ni siquiera ha bajado a la arena. Y en relación a ese famoso agujero dejado por Barreda, el telediario de Intereconomia lleva semanas enseñándonos un “paseillo” de alcaldes del PP que han encontrado las arcas de sus ayuntamientos, vacías y repletas de deudas, después de las generosas gestiones socialistas. Yo me pregunto si no habrá algún ayuntamiento en España gestionado por el PP y que hubiese perdido en las municipales, la verdad es que nunca he visto desfilar a un alcalde socialista que se haya encontrado las arcas vacías después de una gestión del PP, ayudaría a dar credibilidad a estos paseíllos, a estos testimonios.

Para ser honesto debo de comentar que hace cuatro años una conocida mia del PP ganó unas elecciones en un pueblo de la Sierra Calderona, una serrania en la que hago miles de kilómetros de bici de montaña al año, y se encontró con un boquete bestial en el cajón, después de una corrupta y despótica gestión socialista durante veinte años, que iba a culminar con una operación urbanística gigantesca…, afortunadamente, esta mujer logró paralizarla, no obstante, eso le ha costado la cabeza en estas ultimas elecciones, pese a haber saneado el ayuntamiento y haberle añadido dignidad y esfuerzo por el trabajo realizado con honradez.


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Los debates de Intereconomia.

En la mayoría de las ocasiones los debates de Dando Caña o El gato al agua son una repetición de mas de lo mismo, una especie de adoctrinamiento monotematico contra ZP y el gobierno. Es fácil escuchar las mismas afirmaciones, los mismos comentarios, las mismas expresiones…, en esos momentos es cuando dejo de escuchar y cambio de canal, pero también es cierto que si uno es capaz de pasar de las soflamas y escuchar con atención se puede llegar aprender un poco sobre el funcionamiento de las instituciones, se puede recordar algo de la historia de España o sobre asuntos que los telediarios de las cadenas privadas obvian, a cambio de ofrecernos noticias estúpidas, videos de You Tube o pases de moda de lencería.

Durante las semanas que llevo viendo el canal he aprendido, he coincidido con muchos de sus argumentos y formas de pensar, con otras no, desde luego. No comparto la forma burlona y desagradable con que manifiestan su homofobia declarada, tampoco el fervor religioso, el catolicismo a ultranza…, pero si alabo la valentía de Intereconomia cuando hablan de ETA o Bildu, que es lo mismo, salvo para los jueces del Constitucional o salvo para el resto de las cadenas que siguen usando ese lenguaje tibio y asustadizo cuando hablan de ETA o sobre los jueces que han propiciado que los terroristas hallan llegado a las instituciones. A veces me pregunto si estos fulanos de las togas se habrán parado a pensar en el daño y en la angustia y el miedo que han instalado en miles de vascos que ahora viven aterrados y atormentados.

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Contra ETA sin miedo.

Uno de los tertulianos habituales es el general Monzón, es un hombre de aspecto afable, de pelo cano y agradecido. Al general le he escuchado varias veces decir que hoy mismo, el lucharía contra la independencia del Pais Vasco a tiro limpio, bueno, realmente el suele decir las Vascongadas. Esta afirmación es algo inaudita, jamás se escucharía algo similar en las cadenas privadas o en las públicas, normalmente no encuentra apoyo en el resto de los compañeros de mesa, pero lo dice porque es lo que piensa, algo que en este país es difícil de hacer, decir lo que uno piensa, salvo si es socialista que entonces se tiene patente de corso. Solo se puede decir lo políticamente correcto, no se puede llamar a los miembros de Bildu etarras ni recordar a las victimas del terrorismo mas de lo mínimanente indispensable.

El recuerdo a las victimas de ETA en Intereconomia es habitual, algo que me alegra y que alabo, nos recuerdan los mas de 530 días que permaneció Ortega Lara secuestrado bajo una fresadora, en un zulo inmundo…, sin embargo, los jueces del Constitucional lo han olvidado, también a Blanco y sus dos tiros en la cabeza, también han olvidado a Irene Villa y a los otros cientos de victimas.

No es bueno recordarlas, exigir justicia suena a “facha”, cuanto antes se olvide mejor.

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La bandera nacional, España.

También es habitual las referencias a la bandera nacional, a la unidad de España, sobretodo si el señor Dagnino está presente en las tertulias. Ellos defienden esa unidad, la bandera y desde luego la desaparición de las autonomías, dado que son insostenibles.

De unas décadas hacia aquí, la enseña nacional se ha convertido en algo maldito, como algo apestado y de lo que avergonzarse, como algo molesto en los balcones de los ayuntamientos…, y no lo entiendo.

Quizás la adoración de la derecha hacia la bandera ha provocado esa reacción de repulsa por parte de todas las personas que se declaran de izquierdas, es posible que consideren la bandera como algo exclusivo de la derecha, como un símbolo del franquismo.

Suele ser tema de debate los ataques continuos a la unidad de España, sobretodo desde Cataluña y el País vasco, este es un tema complejo y del que tengo una opinión muy personal. Yo vivo en Valencia, nací aquí y no tengo ningún problema en declararme español y valenciano pasando por homo sapiens sapiens…, es decir, por una especie de homínidos que surgió en África hace 180.000 años y que terminó poblando el planeta, mas allá de Cataluña o del País vasco o por lo menos eso dice el registro fósil y las evidencias evolutivas, aunque me imagino que muchos de los tertulianos de Intereconomia no estarían deacuerdo, pero la prehistoria me encanta y tengo los conceptos muy claros.

Respecto a las autonomías tengo una opinión mas clara, hoy en día ningún estado central trataría de despojar de la identidad a ninguna de las provincias españolas, hoy en día, en democracia, uno puede hablar con libertad en su lengua materna, en castellano, en catalán, en vasco, en gallego, en valenciano. Uno puede sentirse orgulloso de la historia de su comunidad, de sus peculiaridades, de sus valores y patrimonio…, realmente España es el conjunto de todo ello. Pero al tiempo el concepto de España se disuelve en los problemas del día a día. Yo cuando amanezco, cuando me despierto, no pienso en España, pienso en el café que me voy a tomar y en como organizar el trabajo, en como pagar el IVA cada tres meses, en como hacer frente al pago del seguro de incendio de la carpintería…, me planteo tantas cosas que al final de la jornada, cuando me dejo caer en el sofá y enciendo un rato la tele descubro que lo que me apetece es irme a descansar, porque al día siguiente, si Cataluña o el País Vasco han decidido no ser de España, mi vida seguirá siendo igual, tendré que seguir bajando a mi carpintería, tendré que seguir pagando el IVA, tendré que seguir trabajando, pero al menos cada miércoles por la mañana, saldré a pedalear con la Flaca, que es mi bici de carretera, con el móvil apagado y sintiéndome feliz, mas allá de España, más allá de la Comunidad Valenciana y muy cerca de mi vida y de mis problemas, de los de mis padres, de los de mis clientes, de los de mis conocidos.

La vida es finita, me lo demostró mi padre cuando falleció ante mis ojos y en el dormitorio que compartimos durante los últimos ocho años, todo terminaba ahí y resto de la existencia cobraba una ligereza casi que inquietante. Desde ese momento voy viendo la vida de otra forma.

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El futuro de Intereconomia.

Últimamente me pregunto que será de Intereconomia si gana el PP, ¿seguirán atizando con la misma saña con la que fustigan al PSOE o se limitaran a emborronarlo todo como han hecho las cadenas proPsoe con el gobierno en el poder…?, no lo se.

De momento seguiré ojeando los debates de Dando Caña o El Gato…, este ultimo menos, me gusta irme pronto a dormir. Trataré de filtrar lo que me cuentan sus periodistas y trataré de prestar atención a sus noticias, como por ejemplo a la ultima sobre el intento del gobierno de modificar la Ley de enjuiciamiento criminal. En las cadenas publicas o privadas se ha dado la noticia a toda prisa, sin explicaciones…, sin embargo, en Intereconomia, fieles a su política de machaqueo, han explicado una y otra vez el peligro que supone esta modificación, nada mas y nada menos que pretenden pasar toda la responsabilidad de la investigación e instrucción de los casos a los fiscales, apartando a los jueces, que en teoría son independientes del poder político, sin embargo los fiscales dependen directamente del partido en el poder, de esta forma el estado decidiría que caso se investiga o que caso no, al tiempo que se pretende eliminar la acusación popular, es decir, que por ejemplo en un caso de violación, la asociaciones de mujeres maltratadas no podrían a poyar la denuncia de la propia victima. Sería un paso mas hacia la perdida de las libertades, hacia la politización extrema de la Justicia… y precisamente nuestros políticos no son los mas adecuados para hablar de justicia, de honestidad, de pundonor, de ética o de moralidad.

Intereconomia no esconde su ideario, en ocasiones son demasiado directos, a veces me han parecido poco educados…, pero hacia falta una cadena como esta para revolver un poco a esta sociedad agilipollada con el lenguaje suave, con lo políticamente correcto, con ese “buenismo” instalado en una población temerosa de decir lo que siente por no quedar mal o por miedo a que le llamen racista o insolidario, por ejemplo.

viernes, 22 de julio de 2011

4ª entrega de "EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS"

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La extinción de la vida, de los recuerdos.

- Tu padre me lo dijo una de esas madrugadas en las que desayunábamos en el balcón del apartamento, sabes que el siempre se despertaba pronto… -y su madre dejó pasar unos instantes, unos segundos recordando aquellos últimos años de lucidez, cuando compraron un apartamento en la playa, sencillo, pequeño y barato, pero con vistas al mar, al gran azul que con los años cautivaría la mirada de su padre hasta que se perdió como en esa inmensidad que durante el día era azul y que por la noche se fundía con el firmamento-…, que le gustaba mas el mar que los llanos de la meseta y que le encantaría esparcir en él sus cenizas en él cuando muriese, decía que allí estaba la vida y que de allí salió la vida, entonces daba un sorbo al tazón de café y decía que si con la cabeza, decía que lo había visto en uno de esos documentales que daban por la tele, después se bajaba a pescar con sus nuevos amigos y así, poco a poco, se olvidó de que fue guardia civil, incluso llegó a pasear sin camisa por el barrio, con lo mirado que era él.

Un hombre de tierra adentro que terminó junto al mar…, pensó Alberto y que llegó a conocerlo un poco, recordó una de aquellas primeras tardes en el hospital, cuando el Alzheimer parecía dormirse y mientras se recuperaba de la rotura de cadera tras una caída, después de andar desorientado durante varias horas. Su padre miraba con interés hacia la ventana, en un momento dado una formación en v de aves surgió volando como a cámara lenta.

- Ya vuelven… -murmuraría su padre- el mundo está mal, ahora las gaviotas comen en los vertederos de basura, a kilómetros tierra dentro y por la tarde regresan a dormir a los astilleros…, así todos los días…, me gusta verlas, van y vienen…

Y la quilla del yate había cortado esas mismas aguas, aún calmas y mansas en la madrugada impregnada con el salitre y la humedad marina. Habían visto amanecer navegando hacia un lugar en el mediterráneo en el que esparcir las cenizas de su padre. Alberto había contemplado a su madre, vestida de negro, sujeta a la barandilla de la embarcación y mirando hacia ese horizonte que poco a poco se iluminaba. Alejandra, su mujer se había sujetado a él y sus dos hijas, Elena y Lucia habían arropado a la abuela hasta que los motores dejaron de sonar y el barco fue navegando silenciosamente hasta quedar al pairo, en silencio, esperando a que la pequeña urna biodegradable con forma de ánfora fenicia se hundiese lentamente.

Vio llorar a su madre, vio llorar a sus hijas, sintió a Alejandra más dulce y cariñosa que nunca. Miró hacia esas aguas que poco a poco se iban volviendo azules y no pudo creer que todo había terminado ya, que todo hubiese terminado así. Solo quedaban los recuerdos de quienes podían recordar…, su padre perdió hasta esa capacidad, perdió su identidad, perdió sus recuerdos, perdió su vida, la realidad del entorno, la capacidad de comunicarse, de reír y de sentir.

Solo somos mente, solo somos neuronas…, llegaría a pensar Alberto durante aquellos meses. El mundo, los sentimientos, las sensaciones, la percepción, la noción del yo…, todo estaba en ellas, en las neuronas. Todo surgía en esa bóveda craneal a oscuras, como mimada y acunada en la oscuridad del refugio de hueso, como una abeja reina, como una hormiga reina a la que alimentan sus súbditos. Todos los sentidos, la vista, el tacto, el olfato enviando sus señales a él, al cerebro, a ellas, a las neuronas, el resto eran fibras, músculos, tendones, huesos, tejidos, sangre, humores…, un prodigio biológico pero muy distante de ellas, de las neuronas y sus redes de conexiones, del cerebro y su neocortex, de los restos de esos anteriores cerebros que conservábamos ahí, del cerebro reptiliano, del cerebro de las aves y de los paleomamíferos…, el pasado evolutivo estaba ahí, en esa oscuridad del cráneo.

Lentamente fue viendo la línea de la costa cada vez más próxima hasta que el vaivén marino desapareció al desembarcar y pisar de nuevo en tierra firme, regresó, el bullicio, el tráfico, el deambular de los turistas por los paseos marítimos. Escuchó las risas, la música que sonaba en las terrazas y unos días después ya vió a sus hijas sonreír ante la pantalla de sus ordenadores, sintió a su mujer como en los últimos años, mas preocupada por las hijas y su trabajo que por él mismo…, pero eso no se lo podía recriminar en esos momentos, Alberto comenzaba a percibir la vida, el día a día de una forma distinta, aún estaba confundido desde la muerte de su padre y desde el descubrimiento de su infancia olvidaba, desde el recuerdo de aquel verano de los perros flacos…, pero quedaba muy distante y ni siquiera a su madre le apetecía contarle mas cosas, era como si esas continuas tormentas de recuerdos que ensayó junto a su padre la hubiesen extenuado hasta dejarla sin fuerzas para volver a narrar las vidas de otros, aunque fuese la de su propio hijo, pero aún así solía sonreír y decía.

- No te preocupes que yo me acuerdo de casi todo…, tu me lo contabas todos los días cuando volvías a casa, ese verano con tu amigo Paul y sus galgos lo viviste tu, Alberto.

viernes, 15 de julio de 2011

3º entrega de "EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS"



La tarde, el paseo, el silencio del campo.

La merienda era un bocadillo de jamón y queso, recordó el sabor intenso, el olor, el sabor del pan, la mirada satisfecha de la abuela mientras ella sumergía una pasta en un enorme tazón de café con leche.

- Ay, se me olvidaba –murmuró la abuela, fue a la cocina y regresó con una botella de Pepsi-cola, la dejo frente a él y sonrió.

Alberto se quedó mirando a la botella, masticando y formando la primera sonrisa allí en el pueblo, en ese verano lejos del mar y de sus amigos, de las meriendas compradas en los supermercados, de las correrías sobre la arena ardiente de la cama, de las miradas furtivas a los bikinis, a la piel enrojecida, a los cuerpos de las mujeres que yacían sobre sus toallas, al contacto con sus amigas cuando se bañaban en el mar..., todo era tan distinto, incluso el calor, allí en el pueblo era mas intenso que en la orilla del mar, le resecaba la garganta pero se sorprendía de no haberse levantado empapado en sudor de la siesta.

Aquella primera tarde se pasó deprisa, se entregó al paso de las horas acompañando a sus padres a darse una vuelta por el pueblo, les vió saludando a casi todos con los que se cruzaban o entrando en las casas dando voces. No llamaban al timbre como en Madrid o como en la playa, entraban en aquellas casas como de piedra, tirando de un cordel o girando la llave y en todas ellas habitaban ancianos y ancianas y aunque cada una de aquellas viviendas tenía un olor distinto todas estaban envueltas por un aire tranquilo y pausado.

Recordó que cenó en una de aquellas casas, recordó las charlas de los adultos y después la noche.

Levantó los ojos y se sorprendió ante un cielo estrellado y más oscuro que ese que veía allí en la costa. Apenas si habían farolas en las callejuelas del pueblo, tampoco habían viviendas iluminadas, tampoco las aceras repletas de coches ni ese ruido sordo y denso de los bares y discotecas.

Siguió caminando de la mano de su madre, sintiendo algunos escalofríos y algo de miedo en medio de aquella oscuridad, de aquella calma, de aquella ausencia de luz y sonidos. Hasta que reconoció la voz de su abuelo surgiendo de una silueta oscura que se movía por el camino, aún fue capaz de reconocer las voces de algunas de esas personas que habían visitado por la tarde, charlaban sin levantar la voz, como sin querer molestar a alguien, a esas mismas tierras, a los llanos y a las lomas que les rodeaban casi tan negras como ese cielo estrellado.

Le dió la sensación de que todos los del pueblo estaban allí, paseando junto a los campos, charlando sin poder verse las caras bajo la tenue luz de unas estrellas que destellaban mucho mas que las de Altea durante la noche, aunque allí nunca veía las estrellas, sus ojos iban de mesa en mesa de las terrazas, cuando cenaban fuera del apartamento, buscando a alguna de sus amigas, habia tanto que mirar…, pero allí en el pueblo todo era distinto, todo era mas lento y silencioso, sin embargo se sintió algo cansado.

Se dejó caer en esa cama que crujía, se giró y vió un pedazo de noche por la ventana del altillo, vió de nuevo esas estrellas y escuchó el canto de un ave, era como un pitido que se repetía cada pocos segundos. Aún tubo fuerzas para asomarse al ventanuco, sintió el aliento frío de la noche rozar sus mejillas y miró hacia donde escuchó de nuevo esa llamada, pero algo se movió en la callejuela en penumbra, estrecha y en la que apenas si cabían dos personas cogidas de la mano.

- Es una lechuza

Reconoció la voz de un niño, como un ser misterioso que recorría la calleja envuelto en siluetas oscuras y estrechas que parecían flotar a su alrededor.

- ¿Cómo lo sabes…? –voceó Alberto y sintió un escalofrío cuando la débil luz de la pequeña farola incidió en las pupilas de los espectros, las cabezas se volvieron hacia el ventanuco y la silenciosa rehala de lebreles incendió sus ojos hacia él.

Retrocedió asustado pero aún pudo oír la respuesta.

- La conozco.

Se asomó de nuevo pero ya no vió nada, tan solo la calleja desierta, en calma, serena, entre penumbras…, no podía creer que no hubiese nadie por la calle en una noche de verano, también le extrañaba la ausencia de ruido, de ese sonido sordo y denso, rítmico de las discotecas que no dormían nunca, salvo al medio día, allí en la orilla del mar.

En el pueblo todo eran tan distinto…, incluso se despertó muy pronto en medio de esos chillidos agudos que aparecían y desaparecían

sábado, 9 de julio de 2011

2ª entrega de "EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS"

La merienda.

Recordó la voz de su madre y el ruido del somier cuando se sentó en la cama.

- La abuela ya te ha preparado la merienda.

Se quitó la almohada de la cabeza y la vio sonriendo, recordó que le preguntó porque habían ido al pueblo si no era invierno, si no estaban en Navidad.

- Bueno, tu abuelo es una persona querida y respetada aquí en el pueblo, saben que es una persona integra…, ¿sabes lo que es una persona íntegra…?.

Negó con la cabeza, era la primera vez en su vida que oía esa palabra, ella le explico su significado y después escuchó a su madre atentamente, en el pueblo y en los alrededores estaban robando galgos.

- La gente de aquí sabe que tu padre es guardia civil y que tambien es una persona íntegra…, quieren que les ayude.

- ¿Qué aquí no hay guardia civil…?.

- En el pueblo no y de todas formas…, ocurrió algo hace mucho tiempo y por aquí pasan poco.

Noches de hospital, a solas con su padre, recordando junto a él.

Alberto oyó la puerta, percibió la luz del corredor a través de sus parpados vencidos y reconoció los pasos de una de las enfermeras. Abrió los ojos y la observó manejando los goteros a la tenue luz de una lamparilla, inyectando una dosis de heparina y dedicándole una sonrisa.

- Buenas noches, está tranquilito… -murmuró la auxiliar.

- Si, ahora dormirá durante unas horas, después se despertará a mitad de noche.

La enfermera salió de la habitación y Alberto decidió bajar a fumar un cigarrillo. Recorrió los pasillos de color crema, se cruzó con personas que cuidaban a los enfermos, con otras enfermeras, escuchó retazos de conversaciones en voz baja y bajó las tres plantas en ascensor.

Al atravesar el vestíbulo echó una mirada a las maquinas expendedoras de agua, de comida embolsada, de bebidas en envases de cartón metalizado. Observó las fotografías, la expresión de los modelos, eternamente sonrientes y refrescados, jóvenes y transmitiendo una sensación de felicidad permanente con tan solo beber agua de esa botella o el zumo de frutas tropicales que el fabricante vendía como fuente de salud y bienestar.

Cabeceo y vio como un muchacho sacaba uno de esos zumos, al agacharse pudo verle los calzoncillos por encima de un pantalón vaquero demasiado bajo, también observo el móvil en una mano y arrugó el entrecejo…, sintió que ese joven era el producto de su propia imaginación, de su creatividad, de su capacidad para diseñar exitosas campañas publicitarias, de su tremendo potencial para crear mundos ficticios en los que las personas que consumían esos productos se sentían satisfechas y plenas.

Encendió el pitillo fuera del recinto hospitalario y dejó escapar el humo hacia el perfil de la ciudad.

La noche había llegado refrescando ligeramente el ambiente, el tráfico no cesaba en la avenida y las fachadas se iluminaban, la vida continuaba en cada uno de aquellos hogares, en cada uno de esos automóviles que pasaban ante sus ojos y casi que también en las vallas publicitarias con iluminación propia. Parecían tender una mano, calida y amiga que te llevaría a esos otros mundos creados por el mismo, por Alberto, unos paraísos en los que los ancianos no perdían la memoria y en los que jugaban con sus nietos con mas vigor y entusiasmo que los propios padres.

Pero su padre había perdido la memoria, el sentido de su existencia, de la noción del yo, de la consciencia de si mismo, de su identidad distinta al resto de la humanidad. Sintió que él mismo también estaba perdiendo la memoria de su vida pasada y se preguntó como había podido olvidar aquel verano de los perros flacos, como se había alejado de aquel verano que prometía ser el peor de su corta vida y que se convirtió en un pasaje de su existencia muy especial…, hasta que lo olvidó cuando al siguiente verano regresaron a la playa después de que el invierno en la capital le hiciera olvidar la meseta, a aquellos perros famélicos y huesudos que rodeaban al niño que parecía ser el único niño del pueblo.

Lo había olvidado hasta que su madre lo despertase en una de aquellas tormentas de recuerdos que organizaba casi todos los días desde que comenzasen los primeros síntomas del Alzheimer en su padre.

Las tormentas de recuerdos.

- ¿No recuerdas aquel verano…? –se había sorprendido su madre.

Pero ella parecía haberse apropiado de los recuerdos de ellos dos, de su marido y del hijo, parecía como si la madre siempre hubiese estado pendiente y atenta de la vida de ellos dos, del marido y del hijo…, para años después recordarles lo que habían vivido.

Dejó caer la colilla, regresó a la habitación y durante unos instantes observó a su padre bajo la tenue luz, escuchó su respiración algo forzada, débil, distinguió las arrugas como mas profundas que nunca, auténticas líneas negras y profundas que podían hundirse hasta los mismos huesos, como valles resecos y muertos en un paisaje desértico y abandonado, como las laderas que alguna vez fueron fértiles y boscosas, forradas de pasto y que años después declinarían yermas y mortecinas, como malas tierras, como areniscas sin nutrientes.

Volvió al sillón reclinable, enderezó el respaldo y abrió su portátil. Decenas de correos ocupaban la bandeja de entrada, ocupaban su mente, su energía, su tiempo, su atención…, minimizó y fue a buscar las nuevas imágenes que había escaneado.

Las viejas y escasas fotografías que su madre había conservado de aquel verano aparecieron retroiluminadas, como mas vivas y mas intensas…, y se reconoció en pantalones cortos, reconoció su rostro entre temeroso y emocionado en medio de todos esos perros flacos que miraban a la cámara con las orejas pegadas a sus afilados cráneos, con sus ojos oscuros mirando al objetivo fijamente, como implorando algo, casi llenos de tristeza o de timidez y todos ellos bardinos, de color marrón y negro, atigrados, como formando parte de aquella meseta…, todos iguales, todos de una estirpe, todos del mismo linaje.

- Linaje… -murmuró Alberto en la habitación de hospital- esa palabra le gustaba mucho a él…, al Niño Cazador.

Su madre se había preocupado de anotar al dorso de las fotos algunos comentarios y en otra de ellas, en una en la que aparecía su amigo, envuelto por los mismos perros, había escrito;

“El Niño Cazador y sus galgos, en el pueblo le llaman así pero se llama Paul, su madre es soltera”

Recordaba esa reseña y buscó esa foto con el ratón digital, la encontró enseguida, Paul, el Niño Cazador no miraba al objetivo de su madre, los perros tampoco, había girado la cabeza unas décimas de segundo antes de que oprimiese el disparador y ellos le habían imitado. En la imagen se podían ver esos perfiles de hocicos alargados, aguzados y que miraban hacia las suaves lomas, hacia los barbechos, hacia los campos abandonados, hacia la meseta y sus inmensos llanos, hacia la Mancha.

Suspiró y volvió a recordar ese primer día del verano en el pueblo.

domingo, 3 de julio de 2011

EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS.

Prologo.

" El verano de los perros flacos", es un relato de ficción, una narrración inventada que poco a poco va tomando forma y que lentamente voy siendo capaz de ir escribiendo. Hace tiempo que no me apetece escribir, que no me apetece contar mis correrias con la bicipalo..., pero poco a poco me he ido ilusionando con este relato, he vuelto a sentir ese cosquilleo placentero que surge cuando sientes la necesiddad de escribir o de recrear una realidad que desearias vivir, el placer de escribir, el gozo de plasmar esas idean que van y vienen en la imaginación..., pero ante todo es un reto hacia mi mismo, es un intento mas de escribir sobre algo que desconozco, sobre la meseta, sobre los galgos, sobre la infancia olvidada. Mi deseo sería terminarla a lo largo de este verano, para mi sería algo extraordinario, sería como dar vida a eso que siento cuando veo correr a Norton, cuando veo a un anciano trasmitir su conocimiento o cuando veo a un niño ansioso de aprender, de sentir el entorno con sus sentidos.




(1) El verano de los perros flacos

Aquellos paisajes, esas llanuras amarillas, ese sol que atravesaba la ventanilla del coche de sus padres y que le quemaba el brazo…, quedarían en su memoria sin que fuese consciente en aquel momento, en aquellos primeros días verano en el que se alejaban de Madrid, pero no hacia las playas valencianas, como todos los años. Ese año viajaban hacia las tierras de los abuelos paternos. Esas que solían visitar en Navidad y en las que el frío era intenso y el viento cortante.

A Alberto no le gustaba el pueblo, ese montón de casas como de piedra que se juntaban en medio de aquellos paisajes llanos, de llanuras resecas y yermas, de horizontes ondulados, como viejos y desgastados, como dormidos, sin árboles, sin bosques y sin nada que le protegiese de aquel viento que corría por las lomas y los cerros y que envolvía su cara con miles de pequeñas cuchillas de afeitar, con miles de alfileres que se clavaban en él.

Prefería el invierno en Madrid, allí el viento chocaba contra los edificios y nunca era tan fuerte, en las esquinas podía protegerse de él y a veces nevaba.

Si, aquel verano no dijo ni una palabra desde que salieron de Madrid, tan solo miraba a los ojos de su madre cuando ella se giraba desde el asiento delantero y le sonreía, Alberto estuvo a punto de devolverle esa sonrisa pero estaba demasiado enojado como para sonreír. Entonces apartaba los ojos, miraba por la ventanilla y volvía a encontrarse con eso, con la meseta, con los horizontes abiertos…, ni rastro del mar, ni de las torres de apartamentos, ni de los atascos, ni de sus amigos y amigas que le recibían en bañador.

Su padre solía parar a la puerta del garaje y él saltaba del coche antes de que la puerta se hubiese terminado de abrir…, pero aquel verano se sintió desolado, nunca había visto el pueblo inundado de luz, nunca había sentido ese calor seco y nunca había visto tanta tierra a su alrededor a través de las ventanillas del coche. Jamás habría bajado del asiento trasero…, pero su madre abrió la puerta desde fuera y le miró sonriendo.

- ¿No vas a dar un beso a los abuelos…?.

Los recuerdos olvidados, los recuerdos perdidos.

Y aquellos recuerdos los había desenterrado ella, su madre. Alberto, treinta y cinco años después de aquel verano en La Mancha, había olvidado su infancia, aquellos trece años, la adolescencia, la juventud.

La intensidad y la dedicación a su trabajo le había absorbido de tal forma que había olvidado aquel momento de su vida, también le había alejado de sus padres hasta el día en que su madre llamó para decirle que su padre había empezado a perder la memoria, a perder los recuerdos, a perder la identidad.

El Alzheimer progresó rápido, implacable, cruel…, pero aún tuvieron tiempo de abrir los álbumes de fotos, de comer juntos y de charlar, de pasear, de hablar, de recordar esos años olvidados, de pasar días y meses junto a ellos, de recuperar un pasado que había sido real, pero que en la mente de su padre se iba disipando hasta desaparecer, hasta despojarle de su propio yo.

Pero pese a todo, la persona que reposaba en la habitación del hospital era su padre…, en aquellos momentos un anciano moribundo, indefenso, mudo y con la mirada extraviada, vacía, hueca y tan distinta a aquella mirada intensa, franca y directa, tan viva que durante esa niñez y esa infancia nunca se había atrevido a mantener. Ni siquiera cuando su físico cambió, cuando le rebasó en altura y en masa muscular, cuando se sintió capaz de retarle.

Alberto suspiró, se levantó del sillón reclinable y se acercó a la cama, acarició la piel tibia de su rostro y observó sus ojos azules, las arrugas que agrietaban la piel, los labios encogidos, marchitos, ya mortecinos…, hasta que los rayos de un sol que se ponía ya muy tarde, comenzaron a incidir en el él.

Se acercó al ventanal y sonrió, escrutó el cielo de la ciudad, los horizontes artificiales y los descubrió, habían llegado sin que nadie se diese cuenta, sin que nadie los esperase, daban las ultimas tomas del día a sus polluelos y se elevaban en bandos hasta que la noche los acogía en las alturas y dormían en vuelo hasta el día siguiente.

Hasta aquel verano Alberto no sabia que los vencejos no se posaban nunca y que dormían volando.

Volvió a acomodarse en el sillón, echó una ultima mirada a su padre y entrecerró los parpados, comenzó a recordar por si mismo aquel verano, en el que los vencejos también llegaron y que fue la primera vez que los vio, igual que a aquellos perros flacos y huesudos con los que paseaba uno de los niños del pueblo. Hasta aquel verano, Alberto siempre había creído que en el pueblo no había niños.

El mar seco.

Le sorprendió ver a su abuelo sin las ropas de abrigo, le pareció mas delgado y alto y pudo sentir el tacto áspero de aquella piel cuando le besó en las mejillas, después la piel mas suave de su abuela y aquel olor, el olor de la casa a leña quemada, al fuego que le recordaba el invierno seco y sin nieve de la meseta, de ese pueblo que en su imaginación lo veía como de piedra, como surgido desde la misma tierra que lo rodeaba, que era muy parecida al mar, pero amarillento y quieto, sin olas ni brillos, sin el rumor del agua batiendo la arena de la playa infinitas veces o rompiéndose contra las rocas.

Después de comer subió a su habitación, se hundió en ese colchón demasiado blando y vio las vigas del techo, las revueltas encaladas, volvió a bajar de la cama, se asomó al ventanuco y medio cerró sus parpados.

Las tejas ocres se sucedían unas tras otras, entre laderas que terminaban en canalones, entre pequeñas chimeneas y con algunos gatos sesteando felices, dormidos, entregados a un sopor silencioso hasta que algunos gorriones jóvenes piaban y las orejas de los mininos se orientaban hacia los polluelos…, y mas allá de los tejados, se extendía ese mar seco y desértico que le hizo saltar de nuevo sobre la cama y cubrirse la cabeza con la almohada.

sábado, 4 de junio de 2011

LA NUBE DE RECUERDOS en "Diario de Homo"

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Están ahí, habitando nuestro cerebro…, los recuerdos, los momentos, las sensaciones. Cada retazo de nuestra vida reciente dormido en las neuronas, en el tejido cerebral hasta que los evocamos y formamos esa imagen de lo que vivimos, de lo que sentimos.

Dicen los neurocientíficos que no hay una zona cerebral especifica para esos recuerdos, nos cuentan que cuando deseamos revivir esos eventos, nuestra mente busca esa información fragmentada y la recompone para nosotros, entonces sonreímos con ese pasado o derramamos alguna lagrima, podemos cabecear con ese recuerdo que es distinto a la ultima vez que lo evocamos, y también a la antepenúltima, nunca es el mismo recuerdo, la misma visión, las mismas sensaciones…, salvo cuando es un aroma.

Nos siguen diciendo los científicos que como los aromas no varían, la leña quemada siempre huele a leña quemada, el tomillo siempre huele a tomillo, la lluvia sobre la tierra siempre huele igual…, recordar, mirar hacia atrás, como buscando algo mejor o como deseando no olvidar nada.

Recuerdo mi estado de animo de la semana pasada, recuerdo que subí con mi madre a las Tierras Altas, después llegó mi sobrino en bici y por la tarde, ya con la noche asomando empezó a llover.


El canto de las lechuzas.

Me acosté de nuevo a solas, con la cama vacía de mi padre a mi derecha y cuando apagué la lamparilla suspiré.

Oí ducharse a mi sobrino, a mi madre caminando hacia su habitación, pensé en papá y pensé, dije mentalmente, sintiéndolo muy dentro de mi…, “uno menos en el clan…”.

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Recuerdo que amaneció un sábado brumoso y fresco y con la tierra húmeda. Después del café y antes de montar sobre la Bicipalo saqué a pasear a Norton y a Mia, la perra se lanzó sobre los charcos y Norton entre el monte bajo, al poco los dos estaban empapados y corrían dejando tras ellos un agradable aroma a tomillos y a romero. El mismo que percibo cuando cojo la afilada cabeza del galgo y la pego a mi nariz, me gusta aspirar con fuerza y sentir el olor del animal y del bosque impregnado en su manto bardino.


Las nubes bajas, la niebla, las brumas, el enorme velo.

Recuerdo que pedaleé por las pistas de siempre, cuatro semanas después de la ultima rodada por la serranía. Esperaba sentirme alborozado, ansioso…, pero pedaleaba ensimismado y lanzando miradas temerosas al cielo gris y encapotado.

Recuerdo que fui remontando, echando de menos a los lirios azules, ya no surgían en las cunetas con sus vivos colores y observando a una serranía húmeda y silenciosa, callada como en los días invernales. A unas montañas que se entregaban a las caricias de las nubes bajas, de la niebla, de las brumas, de un enorme velo que llegaba desde el mar y que mudamente trepaba hasta las cumbres y bajaba por sus laderas buscando los hondos, los vallejos, los rincones.

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Recuerdo las imágenes difuminadas al subir hacia el castillo de Serra, de nuevo ese silencio y el vuelo de un ave entre el pinar envuelto en esas mismas nieblas.


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Escapando de las nubes.

Puedo evocar esos momentos, el descenso desde el castillo de Serra, sus curvas, sus baches, el traqueteo de la Bicipalo y el sol atravesando esa humedad ambiental, los alientos del mar.

Puedo recordar el descenso por el barranco de potrillos y el aroma intenso de la tierra húmeda, de las aromáticas, puedo revivir el color amarillo de las florecillas silvestres o el rosa intenso de la yerba de San Pedro…, cuando me agaché en medio de un delicado prado crecido entre la tierra pedregosa y blanquecina del Pla de Lucas, las nubes han quedado allí, en las montañas que se asoman al mediterráneo, en la cumbre de Rebalsadores, en el Garbí, en la mola de Segart…, en medio de mis sentidos confundidos.


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Recuerdo que esta semana, mientras rodaba sobre asfalto con la Flaca, me confundí de estación. Mientras atravesaba el vado del barranco de Carraixet por el polígono de L’Horta Vella de Bétera, me recorrió un escalofrío, eché una mirada a la charca, aspiré ese olor de agua estacada, de hierba húmeda y miré hacia el cielo. Los cirros se alargaban como rasgando unas alturas gélidas, sin brillo, mortecinas y el sol caía como filtrado, tibio…, como en esas mañanas de principio de invierno o finales del otoño, como esos días que van anunciando que el verano ha pasado. Por unos instantes me pregunté si realmente había ocurrido eso, si el verano ya había pasado y yo no había sido consciente. Traté de recordar lo que había hecho en ese verano y es cuando me di cuenta de que realmente aún estaba en junio.

Pedaleé observando la carretera, los arcenes, esas cunetas, los paisajes de siempre…, hasta llegar a Valencia, a mi calle, a la puerta de la carpintería. Alcé los ojos y busqué a los vencejos, me dio la sensación de que ellos también volaban un poco confundidos en ese cielo que recordaba al otoño, a los días agradables de invierno. Escuché sus trinos y unos cuantos de ellos atravesaron la calle, remontaron y los perdí de vista, deseando que en su proxima pasada se fijaran en la caja-nido que les he colgado en mi balcon…, regresó el silencio, abrí la puerta y encontré el taller tal cual lo había dejado.

Me fui desnudando en el despacho y vi las cañas de pescar de mi padre, me pregunté si esos recuerdos aún andaban por mi mente o si mis neuronas los habían dejado perder, estaban ahí, pero quedaban tan lejanos que incluso dudé de que fuesen reales, me dio la sensación de que para bien o para mal solo existía el presente, el minuto de antes o el minuto que acababa de comenzar.

sábado, 14 de mayo de 2011

VISTO POR MIS OJOS, ESCUCHADO POR MIS OIDOS, PERCIBIDO POR MIS SENTIDOS en "Diario de Homo"

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Hoy un zumbido intermitente me ha recordado a los mese de hospital, sonaba y sonaba…, era un avisador en la caja central de un gran supermercado, yo estaba comprando comida para Norton y Mia…, y lo escuchaba mientras esperaba en la caja. He sentido un escalofrío y he podido ver la habitación, he reproducido ese sonido y he escuchado la voz de alguna cuidadora avisando, la voz de alguna enfermera contestando, el quejido de algún paciente, el silencio de mi padre. He recordado las tardes y los ocasos en la habitación, los amaneceres lluviosos o despejados, a las formaciones en V de las gaviotas que amanecían en los astilleros y volaban hacia los vertederos, para por las tardes regresar satisfechas al puerto en esas pequeñas migraciones diarias. Las observaba y suspiraba, miraba a mi padre y volvía a escuchar ese sonido intermitente, el avisador…, hasta que me ha llegado el turno de pagar, pero ha sido tan intenso, ha despertado tantos sentimientos.


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Vencejos, aviones comunes, algunas golondrinas y gaviotas urbanas.

Los días van pasando y poco a poco voy respirando, todas las noches me acuesto junto a la cama vacía de papá, a veces duermen sobre ella Pepper y Cecil y yo duermo casi ininterrumpidamente y por las mañanas, cuando salgo del portal alzo la vista hacia el cielo…, pero incluso él, incluso el cielo del amanecer parece triste y como cansado.

Camino hacia la carpintería en medio de un silencio anómalo, oyendo apenas algunos de los chillidos de los vencejos, incluso ellos parecen apagados, tampoco percibo el rumor del tráfico y el tiempo parece discurrir lento, la energía parece disiparse hacia ningún lugar.

Abro mi pequeño taller, el taller del viejo ebanista y veo a Duna y a Run-run, después echo un vistazo a la libreta de pedidos, después a los libros de cuentas y veo como los números no mienten, los números es lo mas diferente y distante a un político…, no puedo evitar pensar mientras las maquinas siguen mudas y silenciosas…, pero siempre hay algo que hacer, algún pequeño pedido que entregar. Trabajo un rato y luego vuelvo a subir a casa para bajar a pasear a Pepper y a Cecil.

El viejo cauce me relaja, observo a los aviones comunes, a las recién llegadas abubillas, charlo con algunas conocidas que pasean sus perros y en el cielo vuelvo a descubrir a algunas de las grandes y poderosas gaviotas que ya ni vuelan hacia los vertederos. Las veo planear entre las fachadas de los edificios y pienso que ya no son las aves emblemáticas de los puertos, de las playas, de la costa…, parece que ya nada es igual.


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La Sierra Calderona abandonada…, asfalto, carretera, ruedas finas. Politicos, la inmoralidad, la trinchera en los ojos, el radar infame de la Guardia Civil.

Hace casi un mes que no salgo con la Bicipalo, hace casi un mes que envié a reparar su amortiguador trasero y sigue sin llegar, desde entonces salgo con la Flaca, hago carretera y sigo viendo cosas, ya no veo las fuentes ni veo a la sierra despertar de su silencio invernal.

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La veo desde el asfalto, la veo cuando trazo la rotonda antes de adentrarme entre las calles de Burjasot. Como un islote entre los últimos campos de huerta, sin edificaciones recortando los horizontes…, puedo contemplar la línea de la Calderona desde Gatova hasta su declive hacia las playas de la costa. A veces y mas por esta época del año, me encuentro con los cúmulos que crecen sobre ella, veo sus enormes y bulbosas paredes blancas y sus barrigas planas y de un inquietante azul oscuro. Son tantas visiones, es tanto lo que veo y lo que vemos a lo largo de nuestra vida…, recuerdo que también he distinguido la lluvia sobre ella, las cortinas, los velos de agua, incluso he llegado a pedalear sobre la línea de la lluvia, ahí donde terminaba el chubasco y lucia el sol.

Pero termino de girar y cuando entro de nuevo en el casco urbano descubro los primeros carteles, las primeras pancartas que anuncian las elecciones municipales. Observo fugazmente esos rostros, algunos demasiados jóvenes pero todos sonrientes, todos asegurando que sus ideas son las mejores, todos dando palmaditas en nuestras espaldas asegurándonos que nuestras vidas serán mejores.

Sigo pedaleando y me pregunto si no se dan cuenta de la inmoralidad y falsedad de sus promesas, de sus frases, de sus palabras, de sus propias sonrisas…, la inmoralidad de sus propias existencias cuando son capaces de afiliarse en un partido y de medrar en él con la idea obsesiva y enfermiza de que sus ideas son las únicas válidas.

Paro en el paso a nivel y de nuevo observo los pasquines, el papel está pegado sobre chapas de tablero de unos tres milímetros que me vendría muy bien para la carpintería…, durante unos instantes la idea de robarlos todos me hace sonreír y delirar, hasta que pasa el metro, se levantan las barreras y me adelanta un autobús con un slogan decorando su trasera…, no puedo creer lo que leo en valenciano “el vot a l,asquerra fot a la dreta…”, algo así como “el voto a la izquierda jode a la derecha”.

De nuevo las trincheras de la Guerra Civil en los ojos de la gente, de nuevo las obsoletas facciones de la derecha o la izquierda aflorando en unas elecciones, de nuevo un slogan incendiario, infame y que se apoya en la negación sectaria e irracional, en la ausencia de reflexión, en la ausencia de critica, en el analfabetismo mental de quienes votan sin haber leído por encima los programas electorales.

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Ya de vuelta me desvío por el barranco de Carraixet y en su cauce vuelvo a deleitarme con los mares de cañas, con su movimiento al compás de la brisa intensa de levante, la misma que en la costa envía y empuja a miles y miles de olas y que aquí, comba y mece los cañares, que agita las adelfas y que mantiene en el aire al cernícalo que descubro en las alturas, entre nubes que parecen deshacerse en lluvias que jamás tocan tierra. También escucho un chasquido continuado muy cerca de mi oreja…, es el chopo junto al que he parado el que chaquea sus hojas azotadas por la ventisca marina, vuelvo mis ojos hacia ellas y un universo verde se agita ante él, no logro distinguir a las que emiten ese sonido tan refrescante, tan natural hasta que las veo y sonrío, las dos hojas se golpean una contra la otra sujetas por el fino tallo, hasta que amaina un poco la brisa y dejan de tocarse.

Atravieso el polígono silencioso y desértico de L,horta Vella de Bétera y descubro a un monovolumen de la Guardia Civil subido de malas maneras a una de las isletas de la rotonda.

Remonto el puente sobre los raíles del metro y por delante, frente a un edificio en el que se desarrolla la prostitucion…, curiosamente, hace bastantes años, cuando era restaurante, mis padres celebraron allí el banquete de mi comunión, observo a un Citroen azul marino parado en el arcén con las luces de emergencia encendidas, con el triangulo de avería colocado, con el portón trasero levantado, incluso puedo distinguir el aluminio de dos tumbonas playeras asomando por el maletero…, lo rebaso, giro la cabeza y descubro también la antena cónica del radar asomando por la parrilla delantera.

Vuelvo a quedarme estupefacto y vuelvo a sentir asco ante el teatro montado por los Guardias Civiles, me parece tan triste y tan rastrero, tan ridículo, tan inmoral…, tanto que decido hacer señales con la mano avisando del infame rádar a los vehículos que me cruzo, se que es ilegal, se que está penado pero no me parece admisible tender trampas a los conductores para hacerles caer…, de hecho, ellos mismos, los guardias civiles están cometiendo un delito, a mi parecer, al fingir una avería en la vía publica.

Sigo haciendo las señales con la mano hasta que me adelanta un todoterreno de la Guardia Civil, un antebrazo se asoma por la ventanilla y después la cara de un guardia…, me invade el pánico y sigo pedaleando, pensando por donde escapar, pensando por donde desviarme.

jueves, 5 de mayo de 2011

EL VENCEJO EN MI MANO.


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No me canso de observarlos, de seguir con la mirada el vuelo rápido de los vencejos, el batir nervioso de sus esbeltas guadañas, que quizás vuelan demasiado altas como para segar el grano…, nunca los he visto volar sobre los mares verdes de las espigas, pero a sus parientes las golondrinas si la he visto volar sobre ellas, o sobre los bancales abandonados y ocupados por espesos pastos de gramíneas que amarillean pasada la primavera y llegados los primeros calores. Incluso ellas, las golondrinas, han hecho vuelos rasantes delante de la Flaca, mientras pedaleaba por las rutas de siempre. Las he contemplado sonriente, viéndolas a menos de un palmo de altura sobre el asfalto para después remontar hacia el cielo. Y aquí mismo, en el viejo cauce del Turia donde vuelvo a encontrarme con las golondrinas, vuelan rasas sobre el cesped, fintan entre los arboles y pasan ante mis ojos..., que no se cansan de observarlas.


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Estos últimos días me encuentro con ellas en el viejo cauce del Turia, también observo a los mirlos que picotean entre las gramas, entre el césped que se ilumina con el sol del amanecer…, parece tan vivo, tan rico, tan natural…¡¡¡¡. Y por encima de ellas, por encima de las cotorras aclimatadas, por encima de las tórtolas y de las palomas me encuentro con ellos, con los vencejos…, escucho sus chillidos tímidamente entre el murmullo de una ciudad que despierta y que observo y percibo desde ese islote de naturaleza que es el viejo cauce del Turia, ya sin agua, ya sin cañas, ya sin vegetación de ribera…, pero aún con el frescor de ese cauce que durante milenios regó y anegó periodicamente estas tierras.


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El vencejo caído ni se ha movido, ni se ha asustado. Lo he cogido con cuidado y su temperatura alta me ha sorprendido, me han vuelto a fascinar la longitud de sus alitas, la cabecita pequeña, la puntita del pico, sus amplias comisuras concebidas para alimentarle como las ballenas con sus barbas, ellas con el placton marino y ellos con el placton aéreo. He observado que estaba limpio de parásitos y que tan solo un hilito se enredaba a unas de sus patitas, pero se alargaba y terminaba dando la vuelta a una de sus alas. Lo he desenredado y durante unos instantes he dudado de que pudiese volver a volar, pero le he dado un leve impulso y he abierto mi mano…, el vencejo ha desplegado sus alas y se ha elevado hacia la vieja fachada de la antigua cárcel modelo de mujeres de Valencia, ha pasado por encima y se ha fundido con las nubes bajas…, he sentido un escalofrío y no he podido evitar derramar alguna lagrimilla

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domingo, 1 de mayo de 2011

A MAMINATOR, A CHERCROSS, A ULPITA.... en "Duna Virago y Run-run Zing, diario de mis dos custom"!

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Creo que a principios de febrero respondí al post sobre la quedada en Puebla de Don Fadrique…, imagino que dije algo ambiguo, algo insulso, incluso algo ya cansino, sobre mis angustias, miedos, sobre mi incapacidad a decidir, sobre mi incapacidad de desvincularme de mi padre, de su dependencia, de su enfermedad…, pero murió a mediados de febrero, lo hizo ante mis ojos, ante mi negación, ante mi estado confuso y desquiciado tras ocho años de atenciones y tras los dos últimos meses ingresado en el hospital y tras esos dos días últimos de su vida, ya en el dormitorio de mi casa. Escuchando sus últimos alientos y no viendo que se iba, no sabiendo identificar los gestos de un adiós que llegó un viernes por la tarde…, estuve ahí, en esos momentos finales, viéndole apagarse hasta que su sentí entre mis dedos como su corazón se apagaba y como terminaba todo ante mis ojos, sin más.

Y en marzo recibí un privado de Maminator, me preguntaba si ya había decidido algo sobre la Puebla de Don Fadrique…, me quedé un rato dudando, incluso miré el sofá, vi el sitio de mi padre vacío y caí en la cuenta de que ya nada me podía impedir ir a la Puebla. Respondí que iría, que me reservase una habitación y durante esos días los madrileños se dejaron caer por Valencia, a quemar las Fallas, pude conocer a Chercross, a Jes-Arapahoe y a Camino Sinuoso, a Chulapo y a Chess, a DelaJungla, también a la hija de Chercross, al tiempo que volvía encontrarme con Mathius, con Águila, con Chefo…, con esos moteros que conocí una vez en la Pantera Rosa, no eran ciclistas, no eran amigos del barrio, no eran viejos conocidos y yo era un novato con una flamante Zing.

Sigo siendo un novato, sigo teniendo mis limitaciones aunque ahora monte a Duna, una vieja Virago 535 que hoy mismo, cuando subía hacia la Puebla de Don Fadrique me ha patinado de atrás cuando la Guardia Civil retenia el tráfico en medio de un pequeño golpe.

Ha sido una sensación extraña y que he tardado en reconocer…, entonces he soltado el freno y Duna se ha enderezado, he logrado aminorar y después, encarando las primeras curvas de la Font de la Figuera me ha invadido el miedo y la angustia, me he parado a un lado y he llamado a Chercross, pero ella me había llamado unas horas antes, en medio de la noche, a eso de las dos de la madrugada, para decirme.

- ¿Cómo que no vienes…?.

He tardado en reconocer su voz en medio del sueño y del aturdimiento del constipado. Chercross reía y yo sentía como si la muchacha hubiese entrado en mi cuarto y me hubiese rociado la cara con espuma de afeitar como hacían en la mili.

Pero no era la primera vez que recibía una llamada de Chercross, en Fallas me envió un mensajito que decía “¿vienes a la playa…?”, aquel mensajito me llenó de alborozo y de alegría, era ese gesto de amistad y cariño que nos hacen la vida mas llevadera.

Un amanecer sin lluvia.

Me he levantado tarde y lo primero que he hecho ha sido asomarme al balcón, no llovía y he suspirado, he mirado a Cecil y a Pepper y he decidido bajar a pasearlos para ver mejor el cielo.

Las nubes se iban dispersando poco a poco, los vencejos volaban altos, confiados y seguros y de vuelta a casa he tenido claro que tenía que ir a la Puebla.

Me he tomado otro café, he preparado la mochila y con el depósito lleno de la tarde anterior he salido hacia la autopista, con el integral calado y con Duna empujando en medio de una sonoridad distinta, como lejana pero moviéndose con agilidad, sin titubeos, mirando de tu a tu a turismos y trailers que rebasábamos con un leve giro del puño. Recordé las rutas con Run-run, la dependencia del voluntarioso pero escaso motor de la 125, recordé que fue mi primera custom, mi primera moto en 44 años y miré la aguja del velocímetro. A 110 por hora Run-run jadeaba dándolo casi todo de si…, mientras Duna suspiraba como un galgo lanzado a un cómodo trote, sin perseguir ninguna liebre, sin acechar a ninguna presa como si la meseta no tuviese fin, como si el asfalto fuese una de esas extensiones castellanas que Duna devoraba sin esfuerzo, ni siquiera cuando llegaba algún puerto y giraba un poquito mas el puño. Apenas si percibía una variación en el sonido y la 535 trepaba ganando velocidad…, hasta que las gotas de lluvia han empezado a caer, a correr por la visera del casco, hasta que las nubes bajas y las nieblas nos han envuelto y hasta que he sentido como los cuartos traseros de Duna han empezado a bailotear, a moverse como una culebra.

De nuevo el miedo, de nuevo la angustia…, de nuevo hacia atrás.

He llamado a Chercross y de nuevo su voz me ha invitado a continuar, su risa, su tono alegre, su vitalidad…, he vuelto a montar, a subir las curvas de la Font, aún con el miedo en el cuerpo y cuando he comenzado a bajar una cortina de agua de agua nos ha envuelto…, era como si ese trailer se vengase de sus amigos, de todos esos a los que habíamos adelantado, altaneros y sin girar la cabeza Duna y yo. Tras él ha llegado otro, y otro mas, y turismos con las luces encendidas, focos que destellaban en un horizonte sombrío y tenebroso, lluvia que aterrizaba sobre mi y sobre Duna. Unas simples gotitas de agua que me han derrotado y que me han hecho regresar.

Un paseo de casi 200 kilómetros.

Duna me ha devuelto a casa sin protestar, llegando a galopar a 130 por hora, sin titubear, sin rechistar…, y en mi barrio todo estaba igual, lucia un sol algo apagado, los niños rumanos revoloteaban alrededor de 535 y ha sonado el móvil, era Ulpita, la he reconocido enseguida, recordaba su voz y su acento de Cocentaina. Se lo he contado todo, incluso que acababa de descubrir que me estaban saltando casi todos los plomos de la llanta delantera, puestos apenas dos semanas atrás.

- Jo Bichitopalo, nosotras que íbamos a bajar a buscarte…

Y se que lo habrían hecho, ellas, las moteras, las amigas…, me he quedado quieto, oyendo como los cilindros se iban enfriando…, y he terminado medio sonriendo, se que les he fallado, pero por otra parte he sido capaz de salir, de rodar, de saborear lo que podría haber sido una buena ruta y un encuentro fraternal con gente que valía la pena conocer y que sigue valiéndolo.