Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

viernes, 13 de agosto de 2010

TIERRA DE GALGOS, TIERRAS ASPERAS, TIERRA DE HOMBRES..., LA MESETA.



A todos los galgos, al galgo que olvidó Cervantes.
A los hombres y mujeres del campo, a los que vivieron de la tierra desde el amanecer hasta el anochecer.





TIERRA DE GALGOS, TIERRAS ASPERAS, TIERRA DE HOMBRES…, LA MESETA.



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El saqueo.

En aquella oscuridad ni siquiera los ojos de ella, de Churria, la galga bardina, destellaban, en aquella oscuridad, en aquel escondrijo…, ni siquiera sus ojos brillaban…, pero la sentía junto a él, sentía su poderoso corazón latiendo bajo su huesudo tórax, bajo sus ásperos y cortos pelos marrones y negros.
   Luis, el niño, la abrazaba y percibía su olor, su respiración, sentía los leves pinchazos de su pelaje contra sus jóvenes mejillas…, también oía aquellas voces, unas extrañas y desagradables risas, algún grito…, los sollozos de su hermana, dos años menor que él,  también guarecida en el escondrijo que su padre había excavado unas semanas antes, cuando regreso del pueblo de comprar provisiones…, recordó su cara, su expresión, la ausencia de la sonrisa con la que siempre le acariciaba la cabeza a él y a su hermana. Recordó esa extraña frase que su padre murmuró al oído de su madre…., ella también estaba ahí, inmóvil en la oscuridad, sujetando a el Niño Cazador, el joven galgo hijo de Churria.
    - Las tropas de Franco siguen avanzando…
    Desde aquel día su padre no volvió a sonreír, algunas veces lo encontraba en lo alto de las lomas, mirando hacía donde se ponía el sol o hacia donde asomaba, siempre con las siluetas de los dos galgos junto a él, fieles y esbeltos, como flotando cuando lo seguían en los paseos, como si esos cuerpos estrechos y enjutos no pisasen aquellos llanos cubiertos de cereal, de cortas matas, de tierra…, después empezó a construir aquel refugio, alejado de la casa, él y su hermana le ayudaron, también su madre…, que también había dejado de sonreír, aunque por las noches, cuando los acostaba, aún les contaba algún cuento, alguna historia que ella misma se inventaba…, la buscó en la oscuridad del escondite y vió un destello, el brillo de una lagrima…, después se sobresaltó cuando escucharon los tiros, más risas, alguna ráfaga. Después llegó el olor del fuego, el humo penetró entre las tablas disimuladas con arbustos, con balas de paja…, sintió el gruñido de Churria, como vibró su pecho y el susurro de su madre, su mano acariciando el largo hocico de la hembra y después a él mismo y a su hermana.


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   El silencio, el humo, las cenizas negras.
  
    - Voy a salir, no moveros hasta que os lo diga … -murmuró su madre.
    Juana palpó en la oscuridad y reconoció el pomo de madera, lo desplazó un poco y un resquicio de luz penetró en la covacha, entrecerró los ojos y respiró profundamente…, el olor de las cenizas y de los carbones llenaron sus pulmones, su corazón se aceleró y suspiró serenándose, recordando las palabras de Manuel.
   - Cuando lleguen aquí verás cosas horribles, verás a que punto puede llegar la maldad en el hombre…, y no habrá ni culpables ni inocentes, en las guerras, el único culpable es el propio hombre…, verás a vecinos muertos, verás las casas arrasadas y a niños sin sus padres…, pero no te asustes…, ni siquiera si estoy yo entre esos que habrán en las cunetas de los caminos.
    Sollozó, apartó la tabla y escurrió su cuerpo fuera…, volvió a cerrar, apartó los arbustos y durante unos segundos se cubrió los ojos con las manos…, poco a poco fue capaz de abrirlos y de ver entre aquella especie de neblina que lo cubría todo, que era humo, el humo de los sembrados calcinados, el humo estancado y como pegado a aquella tierra sobre la que volaron los lebreles…, fue a gritarles pero corrió tras ellos, apenas si vió algunos de los muros derrumbados de la casa, no vió las vigas del techo quemadas y caídas sobre el interior, no reconoció sus muebles despedazados y esparcidos, tampoco sus telas, sus pocas ropas, sus manteles…, la dote que le regalaron los vecinos, su madre, la abuela, sus familiares.
   El Niño Cazador lloriqueaba y Churria lamia un cuerpo desnudo y ensangrentado…, Juana dobló sus rodillas y lo cubrió con sus brazos extendidos, pegó sus mejillas a esas  teñidas de un rojo oscuro y cuarteado…, volvió a sentir la presión en el pecho y como su garganta se estrechaba, como expulsaba todo el aire con el que él había llenado su vida, con sus ilusiones, dignificando hasta lo indescriptible su condición de hembra, de mujer, de madre.
  Cerró los ojos, abrazó aquel cadáver y trató de alzarlo contra si misma, contra su pecho, contra su regazo…, y se quejó.
    Un ladrido ahogado, como un resoplido partió del afilado hocico de Churria y de nuevo su lengua lamió la cara tumefacta, limpió sus parpados pegados con tierra y barro, un barro sanguinolento que la perra limpió mientras el Niño Cazador giraba su cabeza hacia los otros niños que corrían hacia sus padre…., surgieron de entre el humo estancado.
    - Juana… -murmuró y aún pudo forzar una sonrisa cuando descubrió a sus hijos- Juana…, las…, escrituras…, olvidé guardarlas…
    - Cariño…, no hables ahora…, solo importa que estas vivo.
    - El hijo de…, Ambrosio, iba con…, ellos –y tosió sangre, coágulos y babas espesas y oscuras que resbalaron desde sus labios, unas líneas entre sus mejillas sucias y amoratadas.
    - ¿Qué son las escrituras…? –preguntó el muchacho, Churria se había sentado junto a él y de nuevo se pequeña mano buscaba las costillas de la galga, el latido de su corazón en el interior de aquel pecho prodigioso.
    - Nuestra tierra, hijo…, nuestra tierra hija…, esta…
    Los ojos del muchacho vieron la mano crispada del padre cerrándose sobre la tierra manchada con su propia sangre…, soltó a la galga y tomo entre sus dedos aquel barro regado con los humores de homo, aún estaba caliente y manchado con cenizas oscuras, con restos de paja…, era muy parecida, era la misma que el viento se llevaba cuando el y su hermana Dolores ayudaban a sus padres a orear el trigo. Dolores miraba a su padre en pié, sin atreverse a tocar a aquel cuerpo sin ropas, malherido, sucio de tierra y de su propia sangre.
   - Dolores, Luis…, ir a la casa, pero con cuidado de no quemaros y buscar las ropas de vuestro padre…, hija, tu busca la ropa de cama para tapar estas heridas… -ordenó Juana templando la voz y mirando hacia las humeantes ruinas de la casa que levantaron con sus propias manos los padres de Manuel- mirar también si han dejado algo de comida.
   - No… -sollozó Manuel- se lo llevaron todo…, pero no te preocupes, ellos traerán las liebres…, tengo sed, Juana.
   Un quejido surgió de sus entrañas golpeadas y repletas de hemorragias internas…, cuando movió su cabeza buscando a los lebreles.
   Churria le miraba a los ojos, con sus orejas en roseta pegadas al cráneo, con su hocico negro cerrado, estrecho y picudo, apuntando hacia su amo…, el Niño Cazador, apenas unos dedos mas alto que la esbelta perra miraba a su madre con los belfos levemente entreabiertos y con las cejas enarcadas, con el destello de la excitación en sus ojos marrones.
   - Cuídalos Juana…, el hijo del Ambrosio…, los buscaba… -balbuceó Manuel- y yo le enseñé a escribir.
   Suspiró, entre quejidos se giró sobre si mismo, se cubrió el vientre con sus brazos y se encogió.
   Churria emitió un leve quejido y sus largas patas se fueron flexionando a la vez, sin apartar su mirada del hombre herido y moribundo, apoyó el largo morro en la tierra y resopló…, el Niño Cazador escuchó los sonidos de los cascotes removidos por Luis y Dolores y trotó hacia ellos, casi flotando, con la larga cola cayendo algo mas allá de sus corvejones, con todas sus vértebras sobresaliendo de su lomo levemente arqueado y con la cabeza baja, con las orejas enroscadas hacia atrás y desapareciendo entre el humo estancado, entre aquella imagen gris y fantasmagórica, como si el lebrel fuese un espíritu de la tierra, de aquella tierra de galgos, de hombres y de mujeres.
 .


      El covacho del Pastor, la ermita del Pastor, hambre.

      -Mamá…
     Juana miró a su hija y sintió una bocanada de aire, de vida…, la niña arrugaba su frente y miraba los muros de la pequeña ermita sin campanario y como engullida por un terraplén que se elevaba un par de metros sobre la inmensidad de la meseta que les rodeaba, sobre ese universo a  veces reseco y amarillo, a veces yermo, a veces verdes y muchas veces mecidos por los vientos, a veces polvorientos y otras veces empapados por la lluvia.
   Separó sus brazos y Dolores corrió hacia ellos.
   - ¿Es verdad que aquí se apareció la virgen y por eso hicieron esta iglesia tan pequeña…?.
   El viento sopló por encima de la loma y Juana vió como azotaba los tallos de las plantas crecidas entre las tejas…, llegó fresco y removiendo las hojas de los tres chopos que se elevaban junto al caño del que manaba un reguerillo de agua…., un tímido oasis en medio del páramo, de la llanura.
   - Dicen los del pueblo que un pastor solía pasar las noches en el covacho que hay detrás de la ermita, uno de esos días le acompañaba su hijo…, y cuentan que se formó una tormenta y que un rayo cayó en medio de las ovejas, muchas de ellas murieron, también sus perros…, pero su hijo no murió, solo se quedó sordo, a si que lo metió en el covacho para tratar de curarlo y para protegerlo de la lluvia. Después el pastor contó en la cantina que vió algo que tenía mucha luz tocando a su hijo…, dijo que tenia unas ropas como faldas…, pero el no dijo que fuese la virgen, eso lo dijo el cura y entonces decidieron dar las gracias a la madre de Dios levantando esta ermita.
   - ¿Y porqué esta metida en la tierra…?.
   - El pastor no creía en Dios y dijo que en su covacho no se haría una iglesia de esas…, entonces la hicieron aquí, al otro lado de la loma y para mas burla la llamaron la ermita del Pastor.
   - Entonces…, ¿si la virgen curó al hijo del pastor aquí…, también podría curar a padre…?, ¿por eso nos hemos venido aquí a vivir…?.
   - Aquí no estaremos para siempre, volveremos a nuestra casa cuando podamos arreglarla.
  
   - A veces vi a padre pegar cachetes al hijo del Ambrosio, cuando le enseñaba a escribir…, pero no le hacia sangre…, igual por eso le ha pegado ahora…, tengo hambre, tengo el dolor aquí, en la barriga.
   La pequeña giró lentamente la cabeza, miró hacia los horizontes, hacia las planicies que se solapaban unas con otras,  hacia el color rojizo de la tierra, hacia el color de la paja, hacia un cielo que se oscurecía después de haber enrojecido con el ocaso…, hacia la senda por la que habían abandonado su casa…, y por donde surgieron trotando con las cabeza gachas, lanzando sus patas armoniosamente unas tras otra, con las orejas tumbadas sobre sus cabezas y con las fauces cerradas sobre las liebres ensangrentadas…, dos siluetas a contraluz, dos siluetas sobre el páramo tan inmenso como la noche que se cernía.
   Luis se asustó cuando vió a los lebreles, estaba tumbado junto a su padre, escuchando su débil respiración para asegurarse de que seguía vivo…,   Churria entró en la ermita y soltó la liebre junto al lecho de Manuel, se agachó y su poderoso pecho tocó en el suelo de tierra, su estrecho estomago quedó en el aire, apoyó su cabeza sobre el morro y suspiró.
   El Niño Cazador también soltó su liebre, volvió a dejar sus belfos entreabiertos, como formando una picara sonrisa y la rabona saltó fuera de la ermita…, Luis corrió tras ella, fijó sus ojos en la liebre herida, vió como giraba hacia la derecha, él también se inclinó hacia ese lado, resbalo y su rodilla derecha se hincó en el suelo, volvió a levantarse y sin saber porque se inclinó hacia la izquierda antes de que ella fintase hacia ese lado…, cayó sobre ella, percibió el cuerpo caliente de la liebre y después el crujido de sus pequeñas cervicales cuando le retorció el cuello.
    - ¡El Niño Cazador es bueno…,nunca mata las liebres, nunca mata las liebres…¡ -gritó su hermana abrazándose al galgo.
   Juana sonrió, se limpió la lágrima que afloró de sus ojos y vió el ave, voló sin ningún ruido entre los chopos, planeó sobre su cabeza y desapareció.
   

6 comentarios:

Nuria dijo...

Interesante, muy bien relatado, pero...tan triste...creo que es la época que estamos pasando que nos vienen ganas de escribir cuentos tristes,quizás, con ganas de ponerle un buen final más adelante

Pedro o el BiciHomo, je, je, je dijo...

Nuriaaa....¡¡¡, que guay...¡¡¡, bueno me alegra de que te parezca triste y oscuro..., todas las guerras y las situaciones que se producen en ellas son así.
Trataré de ir desgrananddo el argumento..., el final ya lo se y creo que se aproxima bastante a la vida real, momentos de risas, de luchas, de tristezas y de alegrias..., y que los galgos no dejen de correr, ¿eh, rocheta...?, ni de montar en custom...., nosotros.

Anónimo dijo...

Homo filosoficus que ya he vuelto de vacaciones a ver si te pasas por casa, Chus

Lara dijo...

Por fin he podido llegar junto al Niño Cazador y esa bondad suya que no le permite matar a las liebres. Los humanos tenemos mucho que aprender de los animales. Si el hombre fuera un poco más animal, y digo bien...no iniciaría esas guerras como la Civil con la que comienzas tu relato. Qué bonito, homobicicustom...Qué forma de mezclar la bondad con la barbarie y la muerte entre esos escondrijos que era preciso escabar para ser topos humanos y librarse de un tiro de "gracia".

Te sigo de cerca...Ya sabes.
Besicos.

homobicicustom dijo...

Ay Lara, que esa bondad le costará cara, en la naturaleza pura y salvaje no existe la bondad, en el mundo de homo si..., pero eso no significa que se de siempre.
¿Sabes...?, Niño Cazador..., así me solia llamar mi amiga Patricia, un niño de 1.80 pero parece que niño a sus ojos.
Besicos..., Ama del bosque, que ante el microfono sonaba algo timida y humilde..., fuera de su Bosque y de su intimidad.

Lara dijo...

Ahhh¡ Bicihomocustom de espíritu...si es que soy humilde...pero me crecí desde ella por la noche.

Y tú, nunca dejes de ser niño, aunque caces...Ese 1,80 es porque tienes más bondad que otros más bajitos...jejeje...