Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

jueves, 1 de octubre de 2009

LIUBA..., LA MAMUT QUE SURGIÓ DEL FRÍO.

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¿Cuántos prehistóricos hacían falta para cazar un mamut?, ¿de que forma influyó el mamut en la prehistoria?, ¿cuántos hombres prehistóricos podían comer de un mamut?, ¿cómo hacían para cazar un mamut?, ¿hay mamuts vivos hoy en día?, ¿qué se aprovechaba de un mamut una vez muerto?..., es curioso, desde que coloqué en la portada del este blog, mi foto ante el palaeoloxodon de Ambrona, las visitas se multiplicaron..., o eso es lo que creo, porque los contenidos son los mismos de siempre, hablo de mi vida, de mis aficiones, de Joa, de la Bicipalo. Hasta que se me ocurrió examinar el origen de las visitas en el servicio de estadísticas que ofrece Ademails.com (es el contador de visitas azul), a parte de sumar esas visitas me dice también las palabras que teclearon en Google para llegar a blog y gracias a ese rastreo observé que muchas de ellas planteaban las preguntas con las que abro este post.

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Y la verdad es que me invadía cierta pena, me sentía casi como avergonzado, al ponerme en el lugar de esas personas que entraron aquí y no encontraron las respuestas que buscaban, les imagino frustrados al encontrarse con una bici decorada con mamuts lanudos o con bisontes o como atónitos ante un ciclista excéntrico que se viste casi como un cromañón para rodar por la sierra Calderona y que incluso se hace acompañar por Manie, el famoso mamut de “Ice Age”, firmemente plantado en el manillas de la Primigenia o Bicipalo, así también llamada..., por eso he rescatado de la estantería el número de mayo de 2009 del National Geographic, con una portada titulada, “El bebe del hielo, un mamut congelado desvela el misterio de una gran extinción”.

En el artículo firmado por Tom Mueller y fotografiado por Francis Latreille..., encontré algunas de esas respuestas, al tiempo que me permitía dejar volar la imaginación y el sentido común para responder a las otras.

Los periodistas nos cuentan como se produjo el descubrimiento de una cría de mamut perfectamente conservada. Fueron unos pastores de renos de la etnia Nenet, que habitan la península de Yamal, al noroeste de Siberia, tierra de hielos casi eternos y de gigantes paquidermos que llenan las fábulas y cuentos de estos clanes de nómadas, al calor de los fuegos en el las tiendas de piel, durante las gélidas noches en la tundra.

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Una familia Nenet actual, imagino que posando en verano,

la hechura de las bota y la estructura del trineo..., nos indican

el tipo de vida de estas personas, los descencientes de aque-

llos míticos cazadores de mamuts que nomadearon con sus

clanes por las mismas tierras en las que ellos pastorean sus ma-

nadas de renos.

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Ninguno de los nenets ha visto a alguno de esos mamuts lanudos, rojizos y ciclópeos..., barritar sobre la nieve, tampoco agitar sus enormes cabezas, tampoco oscilar las cornamentas, pero si los imaginan en sus sueños, en sus miedos, en las palabras susurradas de los mas viejos..., según ellos, los mamuts aún viven en forma de espíritus salvajes que recorren las inmensas llanuras subterráneas, en ese mismo permafrost sobre el que duermen durante sus duras vidas..., tan parecidas a las de aquellos clanes de cazadores de mamuts..., incluso a veces, cuando se tumban sobre las pieles sienten en sus pechos el retumbar de las pezuñas contra la nieve, contra el hielo que se resquebrajaba bajo sus peso..., entonces desean despertar y asomarse fuera de la tienda, entonces ven a sus renos y a la inmensidad de la tundra, los espacios abiertos y silenciosos..., salvo por el murmullo de las aguas del río Yuribei que corrían con el deshielo, descarnando las orillas arenosas y desenterrando algo que llamó su atención.

Yuri Judi, el pastor de renos supo enseguida lo que era..., uno de ellos, era la cría de un mamut y por un momento temió que se levantara, temió que la madre surgiera de entre el permafrost, de entre los antiquísimos lodos y que le destrozara con sus recurvados cuernos..., esos mismos que todos los veranos afloraban, amarillentos y bien conservados, mas de una vez había cargado con ellos y los había vendido a los buscadores de fósiles que después traficaban con ellos en las lejanas ciudades, como la de Yar Sale, a mas de 240 kilómetros de distancia.

Mueller nos cuenta como el pastor cubre esa distancia para comentar su descubrimiento, un amigo suyo da crédito a sus palabras y deciden volver a buscarlo junto con el director del museo local. Cuando alcanzan la orilla del río descubren que la cría ha desaparecido, pero alguien ha visto al primo del propio Yuri merodear por allí, el pastor arruga el ceño y se imagina donde puede estar suprimo. Montan sobre las motos de nieve y aceleran en dirección a Novi Port.

Ya en la ciudad no tardan en dar con la pequeña mamut. Una muchedumbre la rodeaba, estaba apoyada contra la pared de una tienda, envuelta de curiosos que la tocaban, que la fotografiaban..., incluso los perros vagabundos habían llegado antes y le habían arrancado a mordiscos la cola y la oreja derecha. Para entonces, el primo de Yuri disfrutaba de dos motos de nieve y de provisiones para un año..., pero lo importante era rescatar a la pequeña mamut antes de que sufriese más daños.

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Consiguieron recuperarla sin mayores problemas, viajó en helicóptero hasta el museo de Shemanovski y finalmente pudo ser contemplada por los investigadores que se encargarían de estudiarla. Alexei Tijonov, director del Museo de Zoología de San Petersburgo, sonrió ante el cuerpo y reconoció la razón y la honestidad con que se condujo el pastor de renos, Yuri Judi, sin esa integridad, puede que el río hubiese regresado a por ella, la habría devuelto a las tundras subterráneas donde pastan sus padres o habría terminado en manos de traficantes de fósiles. Por eso se decide bautizar a la pequeña mamut como Liuba, en honor a la mujer del noble pastor.

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La muerte de Liuba.

Fernando G, Baptista ilustra con los tenues trazos de la acuarela, como Liuba resbala junto a las tierras empapas del río Yuribei, como trata de escapar mientras cada vez se hunde mas entre el barro. Su madre se acerca, trata de alcanzarla con su trompa, barrita y mueve su cabeza, patea y poco a poco los otros miembros de la manada acuden, pero se detienen cuando perciben que el suelo cede bajo sus patas, saben que no pueden acercarse mas, no es la primera vez que ven morir así a sus congeneres, saben que no pueden hacer nada y la pequeña cría lanza su ultimo gruñido antes de que el barro inunde su laringe, antes de morir asfixiada..., como esos ancestros que morían atrapados en los fangos de los tremedales de Ambrona, aquí, en Iberia.

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La manada terminó alejándose, moviéndose sobre la tundra, ocupando aquellas llanuras barridas por los vientos fríos y secos siberianos..., Liuba quedaría ahí, enterrada durante 40.000 años..., ese mismo viento trajo el olor, la presencia cercana de los homos, llegó envuelto en las pequeñas agujas de hielo que se quedaban atrapadas entre sus pelajes rojizos, entre sus largas trenzas que llegaban a alcanzar los noventa centímetros de longitud. La matriarca trotó hacia ese olor, le siguieron dos machos de apenas un año de edad, siempre tras ella, hasta que se detuvo y contempló durante un rato las cabañas plantadas entre los meandros del río, eran ellos, los cazadores de mamuts..., pero no sintió miedo, sabia que no solían atacar a las manadas, preferían hacerlo contra los machos que vivían aislados y que solo volvían al grupo durante el celo, aunque también había percibido la muerte de machos viejos o de otros muy jóvenes, como los que la acompañaban.

Ellos también la vieron, contemplaron su enorme silueta iluminada por un ocaso que parecía incendiar su pelaje rojo, la enorme hembra, la matriarca parecía arder, refulgir como las lavas de un volcán, que surgía de la misma Madre para infundirla de una fuerza y un poder que no poseía ninguno de sus cazadores, y tampoco él, ni siquiera en sus mejores años. Cuando era el primero en saltar hacia ellos para tratar de cortarles los tendones de las patas traseras con sus cuchillos de silex o para tratar de lanzar su jabalina hacia esos ojos oscuros, la ultima visión que tuvieron muchos de los del clan, antes de morir aplastados.

El muchacho salió de la tienda y abrió los ojos, la vió y comenzó a jadear, le miró y el cazador se volvió hacia él.

- Es la Madre..., ha venido a vernos, ella sabe que pronto morirá alguno de los suyos y ha venido a decirnos que también morirán de los nuestros.

- Solo son tres... -respondió el joven- y están cerca.

- Estamos a dos soles del campamento..., pronto podremos cazar pero necesitamos que vengan los demás para descuartizar y cargar con todo antes de tener que luchar contra los osos y los lobos..., ellos también tienen hambre y nos vigilan.

El barrito de la Madre llegó hasta ellos, se extendió por la llanura cubierta de escarcha y no pudo evitar el escalofrio..., pese a sus años no pudo evitar que el miedo despertase de entre sus recuerdos de juventud. Recordó aquel macho solitario que pastaba a finales del verano, demasiado viejo para combatir por las hembras pero poderoso y grande, al tiempo demasiado confiado para no olerlos ni para verlos guarecidos entre los matorrales, entre los montículos de arena, entre las cornisas de las desgastadas colinas, entre los bosquetes de jóvenes pinos..., hasta que fue tarde para evitar que el largo filo de pedernal pegado al extremo de la lanza se hundiera muy cerca del corazón. Recordó aquella especie de mugido que retumbó contra su pecho, se quedó quieto con el bifaz en su mano, esperando a la señal y viendo como todos los cazadores saltaban desde sus escondrijos. Vió una lluvia de lanzas volar hacia su cabeza y hacia su cuello, vió la sangre brotar a borbotones y como las recurvadas cuernas zumbaban en el aire, descendían y barrían el suelo a media altura, oyó el crujido de unas costillas, un alarido de dolor y un cuerpo rodando inerte, después como la enorme pezuña lo aplastó..., fue cuando recibió la señal, saltó y corrió hacia los cuartos traseros, mientras otra oleada de venablos volaban de nuevo hacia la cabeza, alguna de ellas vaciarían sus ojos y lo dejarían ciego y otras entrarían por su boca..., recordó el olor de aquel animal, ya le era familiar, pero era el olor de un cadáver no el de un macho vivo que luchaba y mataba por su vida. Levantó su bifaz y lo estrelló una y otra vez contra los tendones de las patas. El filo de piedra segó la gruesa piel y llegó hasta ellos pero no pudo evitar la coz que lo lanzó de espaldas..., sintió ese dolor en el pecho, que jamás le abandonaría por completo y buscó su bifaz por la tierra, volvió a empuñarlo, se levantó y vió como el mamut se daba la vuelta, arrastraba una de las patas traseras y de su cabeza colgaban muchas lanzas..., fue una extraña visión, una especie de erizo gigantesco que agitaba unas espinas monstruosas, que chorreaba sangre y que cargaba contra él...., logró saltar a un lado y notó como la tierra vibró contra su mejilla ensangrentada, vió las uñas muy cerca, vió como el tendón se tensaba bajo la piel, bajo la pelambre mas ligera del estio y volvió a hundir su bifaz contra el ligamento...

Después llegó la calma y los lamentos de algunos heridos..., al mamut yacía de costado, había dejado de respirar y sus ojos ya no miraban, no tenía ojos, eran agujeros ocupados por las lanzas, algunas se habían partido dejando en el interior las valiosas y cortantes puntas de silex.

No esperaron al resto del grupo y los mismos cazadores comenzaron a abrir la enorme panza con los bifaces, con los cuchillos de piedra cortantes como aristas de hielo. Vaciaron sus vísceras, los estómagos, los intestinos, el corazón..., fueron separando los tendones y cortando las patas, separando las cuernas, despellejándolo, desmembrándolo y cortando las patas en piezas mas pequeñas que fueron colocando en las mochilas de piel de mamut que habían traído las mujeres y los niños del clan.

Recordó que tenia las manos rojas, sus ropajes de cuero estaban manchados y pegajosos, la tierra era un barro rojizo y resbaladizo y las moscas zumbaban y se metían entre sus labios..., levantó la cabeza algo mareado y vió a todos allí, vió a todo el clan, a toda la tribu amontonada junto al mamut abatido. Ya no parecía un mamut, era una masa rojiza, aún caliente y que despedía vapores, era una pira de huesos desnudos, también manchados de sangre, con algunos restos de los músculos pendiendo aún de ellos..., los niños arrancaban las costillas, arrastraban los fémures hasta las angarillas, separaban los cuernos de la mandíbula y los cargaban entre varios hombres..., era un hervidero de homos, que murmuraban o reían, que tosían o que voceaban ordenes mientras otros arrastraban algunos restos malolientes para entretener a los lobos que ya gruñían cerca de ellos, sobre sus cabezas volaban los carroñeros alados y sobre las llanuras se extendía el olor de la sangre, el olor de las vísceras.

Recordó la fatiga de aquella cacería, de la carnicería y después el esfuerzo de vuelta al campamento estacional, recordó que todo no acaba aquel día, aquella tarde o aquella noche. En los días siguientes siguieron descuartizando al animal, lo enterraban en agujeros que cavaban hasta que encontraban una capa de tierra helada o los sumergían en pozas o en estanques, así lograban conservar la carne durante muchas lunas, incluso cuando llegaban las primeras nieves. También había quienes cortaban la carne en tiras muy delgadas y muy finas, tan finas que la luz las atravesaba, tan delgadas que los vientos secos las desecaban rápidamente extrayendo toda la humedad y los jugos. Las guardaban y alimentaban con ellas a los ancianos y a los niños, después de humedecerlas y masticarlas.

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Un grupo de cromañones desolla un reno, no es un mamut

pero creo que ilustra, que nos da algunas pistas del tipo de vida

de estos antepasados heroicos. Se pueden ver los ropajes ya cosidos,

hace ya unos 25.000 años, esto se deduce por los hallazgos de agujas

de hueso con ojales, para pasar las fibras vegetales, pos los pun-

zones y por las numerosas raederas de piedra, utlizadas sobre todo

para alisar y suavizar las pieles. Existia ya un cuidado por la estética y

por la decoración de objetos y personal, se han hallado tambien nume-

rosas piezas, cuentas y pequeños detalles, gravados y esquisitamente

trabajados con buriles de pedernal.

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Recordó como cortaban la piel, como guardaban la lana y como iban curtiendo los cueros con las raederas, las colocaban en bastidores de madera al viento y al sol, a veces las impregnaban con las grasas del gigante y el agua se quedaba fuera de las tiendas que usaban para acampar en campo abierto, en la tundra. Usaban los huesos para formar una estructura sobre las que tender las pieles y vivían en ellas, allí dentro prendían sus fuegos en el invierno, escuchaba las historias y escuchaba los consejos la noche anterior de la cacería, algunos de esos que hablaban murieron al día siguiente, les recordaron con honor y se preguntaron que hicieron para morir, lo hicieron para evitarlo la próxima vez, aunque tardarían en volver a cazar. En el clan eran ocho cazadores Fuertes y sanos, seis jóvenes como él, ocho mujeres Fuertes y Parideras y dos hombres Sin Dientes, mas seis mujeres Sin Dientes..., un pequeño clan de 30 homos que habían llegado desde África, aunque ninguno de ellos lo sabía y que podrían alimentarse durante casi un mes entero. Podrían descansar, aunque deberían volver a tallar nuevas puntas de piedra, deberían volver a cortar nuevas varas para sus lanzas..., aunque algunos de ellos se pasarían muchos momentos tallando figuritas y punzones sobre el marfil de los cuernos, con buriles demasiado delicados para descuartizar pero muy útiles para fabricar esos bellos amuletos...., el mismo que buscó en su cuello, bajo las pieles de mamut que cubría su cuerpo.

Volvió a ver la silueta de la matriarca, continuaba allí, mirando al ocaso, mirándole al él, regresó de sus recuerdos y sintió que el no sería nada si no fuese por ellas, por esas Madres lanudas que parían los mamuts que ellos cazaban, a los mamuts que muchas veces terminaban con sus vidas pero que al tiempo los alimentaban y les daban cobijo durante el invierno, que les protegían cuando decoraban sus cuerpos con el marfil de sus cuernas y que los volvían en jefes cuando demostraban su valentía ante ellos. Supo que ellos y los mamuts eran lo mismo, el mismo ser pero con distinta forma, supo también que sin los mamuts ellos no existirían, se habrían muerto de hambre y de frió o habrían tenido que emigran como hacían los uros, los renos, los ciervos, los alces..., hacia tierras mas cálidas, no serian reconocidos como valientes, como héroes, como los míticos Cazadores de Mamuts, como aquellos que atravesaban las Llanuras del Transito, como aquellos que vieron en El Valle de los Caballos o entre esos otros que decían llamarse El Clan del Oso Cavernario.

- Aún están ahí, vamos a cazarlos -vocifero el joven aún excitado.

No dijo nada, dio media vuelta y se guareció en su tienda, se tumbó y volvió a sentir esa punzada en el pecho, gimió y su mano aterida buscó entre las pieles, pero no había nadie, ella estaba en el campamento..., aún escuchó otro barrito de la Madre y al muchacho gritar algo, amenazas, bravuconadas que le conducirían a la muerte unas lunas mas tarde, cuando desobedeció sus consejos y uno de aquellos machos aislados lo desnucó de una cornada.

Siguieron cazando mamuts, siguiendo sus rastros, siguieron viviendo de ellos..., hasta cuando ya no podía alimentarse mas que con la carne que alguien del clan masticaba y salivaba para él, ya era un Sin Dientes y no cazaba, observaba y veía como los hielos se fundían, como los clanes eran cada vez mas numerosos, como cada vez cazaban mas mamuts, como cada vez derribaban a las hembras, a las Matriarcas..., sin respetar aquellas reglas, aquellos pactos entre ellos y los gigantes pelirrojos, de largas trenzas lanudas y ojos negros. Algo estaba cambiando, lo intuía, la sabiduría de la vejez le decía eso.

Incluso sonrió cuando tosió unos esputos sanguinolentos, volvió a dolerle aquella lesión en el pecho, le recordó su juventud, a aquellos mamuts que ya no volvería a ver, ni él ni ninguno de los suyos..., el sol y las lanzas acabarían con ellos, con aquellos enormes animales que les hicieron ser lo que fueron, unos osados y admirados cazadores de mamuts..., sintió calor, sintió como sudaba y echó una ultima mirada hacia el sol, hacia el fuego del cielo que cambiaria el clima, que calentaría los territorios que durante 400.000 años fueron dominios de los mamuts.

El calor fue fundiendo los hielos, las nieves, acortando los inviernos y alargando los veranos, llegaron nuevos herbívoros que comenzarían a competir con ellos por los pastos, por el forraje. Ellos no estaban adaptados a las altas temperaturas, a esos calores que poco a poco los fueron arrinconando y mermando sus poblaciones. Fueron en busca del hielo, de los fríos siberianos y lograron volver a pastar tranquilos hasta que las sucesivas oleadas de humanos los fueron acabando con ellos junto a ese calor, junto a ese sol que recalentaba sus cuerpos cubiertos de lana y trenzas rojas.

Hace 15.000 años se encuentra la primera muestra real de la caza de mamuts por clanes de cazadores, una punta de silex incrustada entre las vértebras de un esqueleto y hace 3.900 años se extinguen, mueren los últimos mamuts en la Isla de Wrangel, casi tocando las costas de Siberia.

Pero fue ese cambio climático el que condenó a estos enormes especialistas del frío y como tales morirían cuando esas condiciones “especiales” desaparecieron ellos también lo hicieron. Homo también les acosaba pero cazar a uno de ellos suponía un enorme gasto calórico y un riesgo elevado, ya no solo de muerte, si no de lesiones graves que podían provocarles amputaciones o daños medulares que los inmovilizarían de por vida.

La imagen de esa cacería heroica y sanguinaria del mamut era muy puntual y realmente oportunista, era mas fácil abatir a renos y ciervos o a cualquier herbívoro que no supusiese un riesgo mortal, aunque la ingesta diaria de proteína llegaba de la mano de pequeñas piezas cazadas con trampas, montadas en muchas ocasiones por las propias mujeres. No es difícil encontrar centenares de huesos de conejos y liebres en los alrededores de los asentamientos humanos prehistóricos. Sin embargo también se ha demostrado que la extinción de la megafauna de ciertos territorios coincidió con la llegada de los humanos, bien organizados y armados con lanzas arrojadizas que les permitían cazar a una distancia segura de las presas.

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Lo que Liuba contó a Dan Fisher.

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El mismo Tijonov fue quien avisó a Dan Fisher..., nos relata el artículo de Mueller..., casi con la emoción de un adolescente, sabía que el paleontólogo norteamericano se entusiasmaría con el hallazgo y con la posibilidad de trabajar con la pequeña.

Fisher, había pasado la mitad de su vida investigando sobre mastodontes y mamuts, exactamente 30 de sus 59 años, había centrado sus estudios en la forma que idearon los cazadores de mamuts para conservar la carne durante semanas y también en el estudio detallado de los colmillos. El examen de las distintas capas de marfil aportaba una información fiable y precisa sobre el crecimiento, la alimentación y la salud del animal, incluso sobre las pautas de maduración sexual de las especies. Incluso analizando la acumulación de isótopos, Fisher podía intuir, afirmar, incluso “ver” en su imaginación, “la situación climática e incluso importantes cambios en la distribución geográfica a raíz de una migración...”.

Y Liuba desveló alguno de esos secretos que los últimos mamuts enterraron en la isla de Wrangel. Liuba tendría un mes de edad cuando murió hace unos 40.000 años, estaba bien alimentada, incluso ya practicaba las pautas de comer parte de las heces de su madre, eso la proveía de una nueva y reforzada flora intestinal. Liuba contó que había nacido a finales de primavera y que había disfrutado de buenos pastos, de actividad física en el clan de hembras, que habría pastado por la tundra y que había fallecido bruscamente, con el estomago lleno y llena de salud y vitalidad, pero al tiempo con la excesiva confianza que le brindaba la protección del grupo y con la falta de experiencia propia de cualquier bebé, que la hizo aproximarse demasiado a esa orilla fangosa que la engulliría hasta nuestros días, quedó sumergida y pronto los lactobacilos medrarian en su carne hasta que la llegada del invierno la congelaría y conservaría hasta nuestros días.

El paleontólogo pudo escuchar su débil voz, la percibió en su imaginación al analizar los depósitos de su joven dentición, pudo ver esas acumulaciones casi diarias de marfil, espesas y densas hasta la última, que cesa bruscamente y que data el día de su muerte.





































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9 comentarios:

Josep Julián dijo...

Este artículo tuyo es el primero que leo sobre este tema. En él he visto el mismo amor por la naturaleza que en todos los demás, así que he entendido mejor tu afición por bicis, ciervas y mamuts.
Hasta pronto.

bicipalo dijo...

Hola Josep..., es cierto que siento ese amor o atractivo por la naturaleza, por lo "natueal", por esa prehisotira en la que fuimos evolucionando tecnologicamente hasta llegar a donde estamos. Nuestra psiquis se aleja cada vez mas de ese pasado, nuestras costumbres también, nuestros valores se van adaptando a las nuevas culturas, a las tendencias que priman en cada momento. Creo que es normal este fenomeno pero tambien creo que podemos elegir entre seguir esa dinamica actual o ralentizar un poco nuestra existencia y volver la vista hacia los entornos naturales que poco a poco vamos degradando y destruyendo. No se, Josep Julian, nuestra estirpe se desarrolló en campo abierto..., puede que sonriendo ante un bosque, aspirando sus aromas o contemplando a sus moradores..., encontremos algo de paz, algo de luz mental.
A veces, Josep Julian, me pregunto si sería capaz de dejarlo todo y llevar una vida sencilla, ajeno a los bienes materiales, a las tentaciones, ajeno a lo banal, a lo artificial..., en fin, imagino que eseo requeriria un largo aprendizaje y un profundisimo conocimiento de uno mismo.
Saludos Josep..., ya he divagado un poco ¿eh..?.

María Hernández dijo...

Hola Pedro:

Aunque si había escuchado noticias de este hallazgo, no leí el artículo que citas y menos mal, porque leyéndote ahora, de la forma que lo relatas, uniendo tus impresiones a los datos del artículo, he disfrutado de este trocito de historia muchísimo.
En un reportaje que vi hace tiempo, se mostraba como los elefantes al reencontrarse con los restos de sus parientes fallecidos (esqueleto, marfil), recorren sus colmillos con un extraño y sorprendente ritual. Los expertos lo identifican como una especie de "caricia póstuma" y no en el momento del óbito, sino tras la ausencia durante meses o años.
No he podido evitar pensar en la madre de Liuba (lo sé, vale, ya sabes como soy), me he preguntado si también los mamuts venerarían con respeto a sus fallecidos y si su madre, la de Liuba, conociendo el lugar donde su pequeña desapareció, habría vuelto cada primavera para ver si aparecía, viva o muerta, con la esperanza de, al menos, poder acariciar sus colmillos como muestra de amor.

Un abrazo, Pedro...me ha encantado esta entrada.

María Hdez.

joa dijo...

¡Muy bien, cariño! Me ha entretenido y enseñado a la vez: la esencia de la Literatura. Aunque no soy buena lectora de pantalla, ni siquiera sé si acertaré a publicar este comentario (no me acuerdo de cómo se hace) Echo de menos la lentitud y el tacto del papel; pero no dejo de sentirte en tus palabras, ni siquiera con la red por medio

María Hernández dijo...

Hola Joaaaaaaa, por finnnn. Un besote, muakssssss, muaksssss.

Pues...verás, aunque no te guste leer en pantalla (a mi me ocurre lo mismo con los ebooks, me canso enseguida), no deberías perderte los posts de Pedro...lo hace tan bien, con un estilo tan "personal", subiendo, bajando, adelante, atrás, sin perder la historia pero contando dos a tiempo, que merece la pena leerlos del tirón y luego volver a saborearlos lentamente.
También dejas caer (lentitud y tacto del papel) que te gusta escribir...Chica, hazlo más a menudo y que te veamos por aquí o por nuestras "casas" que también son tuyas.

Un besote grande para los dos y que sigáis compartiendo historias, para que Pedro nos las pueda relatar y que tú las comentes,jejeje.

Un saludito, Joa.

María Hdez.

bicipalo dijo...

Maria, Joa..., me habeis emocionado, me habeis hecho sonreir y que me destellen los ojos, humedecidos.
Maria, no sabia lo de esa caricia postuma, me ha encantado que hayas dejado volar la imaginación al preguntarte si la madre de Liuba habria vuelto por allí en cada primavera..., yo creo que si.
Y Joa..., mejor te lo cuento mañana pedaleando por la Calderona..., pero suave que el domingo tienes el "Fons de la Tardor", en castellano "Fondo de Otoño", algo mas 20 km de carrera a pie por montaña..., es que mi Joita es así, hummmmmm......

veritas dijo...

Niño cazador,

Eres tremendo, me siento culpable de no leer todos tus posts, pero siempre que lo hago, te siento entre las líneas, me emocionó de conocer, de tener un amigo tan sensible, tan humano, humano en el sentido de la palabra especie. Eres uno de ellos, no estás contaminado, eres tú, el fósil viviente de nuestros ancestros, al que habría que estudiar, jeje...
Personas como tú escasean en esta sociedad,pero contigo ya me basta para saber que siempre habrá esperanza de un mundo mejor y me reconforta por los tres hijos que dejaré solos un día luchando por´sobrevivir, por todos los hijos del mundo...

Besitos a los dos y espero disfruteis mucho este domingo, que dentro de nada ya os imagino pedaleando por la Calderona,

Patricia

bicipalo dijo...

A Patricia, a la que llamé en su día Niña Cazadora, pero a la que deberia llamar Doni..., Jean Marie Auel llama así a las venus prehistoricas en su saga "Los Hijos de la Tierra", ellos las veneraban y se sentian seguros estando junto a ellas, aquellos talladores, aquellos artistas parecian reflejar en esas pequeñas esculturas de marfil de mamut..., la devocion y admiración que sentian hacia las mujeres capaces de dar vida desde sus vientres y de alargarla con sus manos cuando ellos regresaban heridos o cuando los retoños padecian enfermedades o accidentes en sus duras vidas en medio de la naturaleza en estado puro.
Recuerdo tus mails esquisitamente redactados, repletos de una sensibilidad y de una riqueza que me hizo sentirme un analfabeto y un "torpe manejante de las letras y los verbos", recuerdo aquella visión tuya del autillo sobrevolando tus ojos y lo que pensaste, lo que escribiste..., algo tan hermoso.
Pero yo no soy ese..., soy raro y extraño, de comportamiento curioso,a veces reflexivo y sensible, como dices y otras impuslivo y ciego, errático, como perdido..., tambien se lo cuento a Joa, me paso las horas corrigiendome, enviando ordenes cerebrales de una neurona a otra para no dejarme llevar por los inmpulsos extraños y anómalos. Pero te digo que si me gustaria ser esa persona que describes, alguien ajeno y distante de esta sociedad que nos han vendido como la mejor y la única posible, alguien que sonriese cuando la noche le sorprendiese en la Calderona, alguien que no corriese a guarecerse de la lluvia, alguien que se sintiese tan cerca de la Madre que pudiese contemplar extasiado y absorto el ir y venir de las hormigas o el volar zumbante de las abejas entrando y saliendo de sus colmenas..., pero no soy ese Patri, bueno, volveré a llamarte Niña Cazadora, fuerte y fibrosa..., recuerda que la primera vez que te vi no fuí capaz de alcanzarte con la bici de carretera.
Y fijate como soy, que voy a decirlo publicamente..., me ronda la idea de comprarme una moto custom para ir a visitar a Joa entre semana..., por cierto, Joa, la galguita ha ganado el Fons de la Tardor en categoria veteranas, primera y quinta de la general.
Besos Patty...,

veritas dijo...

Muy bien por Joa, se lo tiene bien merecido!!!
Solo con lo que me contais tengo unas ganas tremendas de volver a la carretera, en las heladas mañanas, subiendo las canteras, donde las estalactitas de hielo, con los primeros rayos de sol que las penetran, hiriéndolas de muerte, mueirendo orgullosas de alimentar la Sierra, son solo por ellas un espectáculo por el que el madrugón merece la pena...
De momento a seguir leyendo relatos de mis ciclistas fieles a su afición, y a intentar entrenar un poco con la bici spinning, viendo algún docu de geología, de prehistoria... Que bonita es la vida, cada día me siento más viva...
Y tú,esa moto, a por ella, que contamina más un coche, sin lugar a dudas, ocupa más espacio, y no siempre hay tiempo para ir en bici a ver a Joa, jaja!!!

Besos,

Patty