Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

sábado, 26 de diciembre de 2009

UN REGALO DE NAVIDAD FUGAZ Y FANTASMAL.

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Por estas fechas, cerca de la Nochebuena, hace 6 años, mi padre sufrió un infarto cerebral…, en ese momento las vidas de mis cuatro hermanas y la mía misma cambiarían radicalmente. No hubo cena de Nochebuena, no subimos al chalet de mis padres, a las llamadas Tierras Altas, a celebrarla y nada volvería a ser igual.

Este año nadie a colocado adornos navideños en la casa…, realmente tampoco nadie los a echado de menos, tampoco nadie ha ido a comprar las vituallas para la cena especial…, bueno si, mi hermana Mónica ha sido capaz de comprar algo y de convocar a Alicia, otra de mis hermanas y a sus hijas para cenar en mi piso, ella vive conmigo y con mis padres.

Anoche cenamos, charlamos…, mi madre con su demencia senil asomándose de vez en vez criticó el peinado de mi sobrina Agueda, cortado a lo garçon…, se colocó sus gafas de sol para ver la televisión, su gorra de visera y se sentó en el sofá…, nosotros terminamos de cenar y mi padre derramó unas lagrimas desde su silla de ruedas…, le emocionó vernos juntos, aunque realmente estaba siendo una cena silenciosa, ligera y con ausencias. Estuvo un rato mas con nosotros y después lo acosté, yo no tardé mucho en hacerlo, en la misma habitación, a su vera, junto a él como un perro acurrucado junto a su amo…, como aquellas noches en el hospital cuando el ictus dañaba su cerebro para siempre.

Y esta mañana me he levantado a las seis, me he asomado por el ventanal de comedor y he sonreído al descubrir un cielo nocturno limpio de nubes…, aunque algunas madrugadoras ráfagas de viento movían los flecos de los toldos. Después he preparado la cafetera y un Cola-cao para mi padre, he estado escribiendo un ratito y a eso de las ocho menos veinte me he bajado a la carpintería, he dado los buenos días a Run-run, cubierta bajo su funda y me he puesto la ropa de ciclista, anaranjada y negra.

He sacado a la Flaca, me he puesto el casco, he conectado las luces y aún entre las últimas sombras de la noche he comenzado a rodar sobre la ciudad, bajo la luz acervezada de las farolas, entre sus avenidas desiertas, ante luces verdes, rojas, a veces del color de la resina prehistórica y parpadeante. A solas, sin apenas tráfico, sin gente cruzando los pasos de cebra, sin personas paseando sobre las aceras…, he seguido pedaleando, sintiendo el fresco contra mis ojos desnudos, sin la protección de las gafas de sol, sintiendo el vaivén de las rodillas, a mi corazón bombeando la sangre necesaria para oxigenar mis piernas y a mis ánimos creciendo con la pedalada.

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Un rugido, un bramido, un foco de luz.

Ha sido lo primero que he oído, un sonido bronco que se acercaba y después un foco de luz que ha salido de una curva, envuelto en ese mismo sonido denso que rodeaba a la rechoncha, gruesa y anaranjada custom con la que me he cruzado…, apenas si he podido verla con detalle, tan solo me he sentido rodeado por ese denso sonido durante unos instantes…, entonces he recordado a Run-run y a esas primeras impresiones que tanto me impactaron cuando monté por primera vez y que eran tan distintas a las que sentía cuando pedaleaba…, como en esos momentos.

El estruendo se ha ido alejando y ha vuelto el silencio, el sonido de los pequeños eslabones de la cadena pasando de una púa a otra de los piñones, la típica resonancia del cuadro de fibra de carbono y el leve murmullo de los estrechos neumáticos del mismo color que esa enorme custom con la que me acababa de cruzar.

La ciudad ha quedado a mi espalda y las pedaladas se han ido sucediendo, rodando ya sobre carretera abierta, entre campos de naranjos, entre parcelas abandonadas y con los perfiles de la Sierra Calderona a la vista, tan conocidos y casi familiares…, tierra de la Bicipalo y de Camino, de Joa y mía.




Poco a poco el sol ha ido ganando altura, pero tímidamente, como fatigado tras estos días de viento y lluvia, de nieves y hielos, como extenuado, como si hubiese luchado contra las borrascas para aliviarnos, para derramar su luz y calor sobre homo…, en esos momentos he soltado la mano derecha y me he puesto las gafas de sol, han aliviado mis pupilas y he continuado observando, contemplando las primeras luces de un día que despertaba a las montañas y que alargaba las sombras.




He atravesado Bétera sin cruzarme con ningún ciclista, de nuevo sin ver a ningún vecino por la travesía…, empezando a sentirme como la única persona capaz de salir a pedalear el día de Navidad, pero también me he sentido vivo y gozoso, casi como si la carretera fuese para mi solo, como si el precioso trazado del camino de las Canteras fuese para mi solo. Estaba disfrutando en mi soledad, parecida a esa soledad del corredor de fondo…, que también lo fui hace unos años, sintiéndome a gusto entre las curvas, entre las umbrías, entre los pinares, entre los arbustos y ribazos que se asomaban al asfalto húmedo y a veces brillante y vaporoso cuando el sol caía sobre él y contra mis ojos. Sintiendo mis piernas cuando me he levantado para encarar el repecho que remonta sobre unas naves cerradas en las que cultivan champiñones, llamada por los ciclistas la “cuesta de los champiñones”.

Poco a poco he ido ganando altura…, ya sentado sobre el sillín y moviendo los piñones de mayor dentado, relajado y ensimismado, pensando en Joa y de nuevo

disfrutando de esa soledad hasta que lo he visto.

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El regalo de Navidad.

Como un fantasma, como un espíritu del bosque…., el zorro ha cruzado la carretera como flotando, apenas si le he visto la punta de la cola y ha desaparecido en el pinar. He girado la cabeza hacia el bosque y la imagen se ha ralentizado en mis pupilas…, he visto las matas de romeros, de lentiscos, los pinos jóvenes, los troncos rugosos de los adultos, los muros de piedra confundidos entre las coscojas…, pero ni rastro del raposo.

He sonreído satisfecho y agradecido por ese regalo de la Madre naturaleza por Navidad, me he sentido una persona especial por haberlo visto, por haber madrugado, por haber pedaleado al amanecer como tantas veces en los últimos años de mi vida…, por poder contemplar ese sol radiante que me ha acompañado de vuelta a la ciudad, de vuelta a esa urbe de hormigón y semáforos…, sin pinares y sin ribazos, sin calma y sin espíritus del bosque.


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3 comentarios:

Africa dijo...

Creo que el regalo más bonito es tener la capacidad,o más bien diría la sensibilidad de poder apreciar esos mágicos regalos que nos brinda la naturaleza!!!!
Feliz Navidad señor de los homos y las ciervas.........

bicipalo dijo...

La misma feliciad te deseo..., dama y señora de Espuña, Afrikapink, pink, pink...., besitos.

Josep Julián dijo...

Hola Pedro:
Sólo aprovechar tus últimas lecturas para decirte que tal vez tu navidad es más verdadera que muchas otras.
Un abrazo.