Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

domingo, 3 de julio de 2011

EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS.

Prologo.

" El verano de los perros flacos", es un relato de ficción, una narrración inventada que poco a poco va tomando forma y que lentamente voy siendo capaz de ir escribiendo. Hace tiempo que no me apetece escribir, que no me apetece contar mis correrias con la bicipalo..., pero poco a poco me he ido ilusionando con este relato, he vuelto a sentir ese cosquilleo placentero que surge cuando sientes la necesiddad de escribir o de recrear una realidad que desearias vivir, el placer de escribir, el gozo de plasmar esas idean que van y vienen en la imaginación..., pero ante todo es un reto hacia mi mismo, es un intento mas de escribir sobre algo que desconozco, sobre la meseta, sobre los galgos, sobre la infancia olvidada. Mi deseo sería terminarla a lo largo de este verano, para mi sería algo extraordinario, sería como dar vida a eso que siento cuando veo correr a Norton, cuando veo a un anciano trasmitir su conocimiento o cuando veo a un niño ansioso de aprender, de sentir el entorno con sus sentidos.




(1) El verano de los perros flacos

Aquellos paisajes, esas llanuras amarillas, ese sol que atravesaba la ventanilla del coche de sus padres y que le quemaba el brazo…, quedarían en su memoria sin que fuese consciente en aquel momento, en aquellos primeros días verano en el que se alejaban de Madrid, pero no hacia las playas valencianas, como todos los años. Ese año viajaban hacia las tierras de los abuelos paternos. Esas que solían visitar en Navidad y en las que el frío era intenso y el viento cortante.

A Alberto no le gustaba el pueblo, ese montón de casas como de piedra que se juntaban en medio de aquellos paisajes llanos, de llanuras resecas y yermas, de horizontes ondulados, como viejos y desgastados, como dormidos, sin árboles, sin bosques y sin nada que le protegiese de aquel viento que corría por las lomas y los cerros y que envolvía su cara con miles de pequeñas cuchillas de afeitar, con miles de alfileres que se clavaban en él.

Prefería el invierno en Madrid, allí el viento chocaba contra los edificios y nunca era tan fuerte, en las esquinas podía protegerse de él y a veces nevaba.

Si, aquel verano no dijo ni una palabra desde que salieron de Madrid, tan solo miraba a los ojos de su madre cuando ella se giraba desde el asiento delantero y le sonreía, Alberto estuvo a punto de devolverle esa sonrisa pero estaba demasiado enojado como para sonreír. Entonces apartaba los ojos, miraba por la ventanilla y volvía a encontrarse con eso, con la meseta, con los horizontes abiertos…, ni rastro del mar, ni de las torres de apartamentos, ni de los atascos, ni de sus amigos y amigas que le recibían en bañador.

Su padre solía parar a la puerta del garaje y él saltaba del coche antes de que la puerta se hubiese terminado de abrir…, pero aquel verano se sintió desolado, nunca había visto el pueblo inundado de luz, nunca había sentido ese calor seco y nunca había visto tanta tierra a su alrededor a través de las ventanillas del coche. Jamás habría bajado del asiento trasero…, pero su madre abrió la puerta desde fuera y le miró sonriendo.

- ¿No vas a dar un beso a los abuelos…?.

Los recuerdos olvidados, los recuerdos perdidos.

Y aquellos recuerdos los había desenterrado ella, su madre. Alberto, treinta y cinco años después de aquel verano en La Mancha, había olvidado su infancia, aquellos trece años, la adolescencia, la juventud.

La intensidad y la dedicación a su trabajo le había absorbido de tal forma que había olvidado aquel momento de su vida, también le había alejado de sus padres hasta el día en que su madre llamó para decirle que su padre había empezado a perder la memoria, a perder los recuerdos, a perder la identidad.

El Alzheimer progresó rápido, implacable, cruel…, pero aún tuvieron tiempo de abrir los álbumes de fotos, de comer juntos y de charlar, de pasear, de hablar, de recordar esos años olvidados, de pasar días y meses junto a ellos, de recuperar un pasado que había sido real, pero que en la mente de su padre se iba disipando hasta desaparecer, hasta despojarle de su propio yo.

Pero pese a todo, la persona que reposaba en la habitación del hospital era su padre…, en aquellos momentos un anciano moribundo, indefenso, mudo y con la mirada extraviada, vacía, hueca y tan distinta a aquella mirada intensa, franca y directa, tan viva que durante esa niñez y esa infancia nunca se había atrevido a mantener. Ni siquiera cuando su físico cambió, cuando le rebasó en altura y en masa muscular, cuando se sintió capaz de retarle.

Alberto suspiró, se levantó del sillón reclinable y se acercó a la cama, acarició la piel tibia de su rostro y observó sus ojos azules, las arrugas que agrietaban la piel, los labios encogidos, marchitos, ya mortecinos…, hasta que los rayos de un sol que se ponía ya muy tarde, comenzaron a incidir en el él.

Se acercó al ventanal y sonrió, escrutó el cielo de la ciudad, los horizontes artificiales y los descubrió, habían llegado sin que nadie se diese cuenta, sin que nadie los esperase, daban las ultimas tomas del día a sus polluelos y se elevaban en bandos hasta que la noche los acogía en las alturas y dormían en vuelo hasta el día siguiente.

Hasta aquel verano Alberto no sabia que los vencejos no se posaban nunca y que dormían volando.

Volvió a acomodarse en el sillón, echó una ultima mirada a su padre y entrecerró los parpados, comenzó a recordar por si mismo aquel verano, en el que los vencejos también llegaron y que fue la primera vez que los vio, igual que a aquellos perros flacos y huesudos con los que paseaba uno de los niños del pueblo. Hasta aquel verano, Alberto siempre había creído que en el pueblo no había niños.

El mar seco.

Le sorprendió ver a su abuelo sin las ropas de abrigo, le pareció mas delgado y alto y pudo sentir el tacto áspero de aquella piel cuando le besó en las mejillas, después la piel mas suave de su abuela y aquel olor, el olor de la casa a leña quemada, al fuego que le recordaba el invierno seco y sin nieve de la meseta, de ese pueblo que en su imaginación lo veía como de piedra, como surgido desde la misma tierra que lo rodeaba, que era muy parecida al mar, pero amarillento y quieto, sin olas ni brillos, sin el rumor del agua batiendo la arena de la playa infinitas veces o rompiéndose contra las rocas.

Después de comer subió a su habitación, se hundió en ese colchón demasiado blando y vio las vigas del techo, las revueltas encaladas, volvió a bajar de la cama, se asomó al ventanuco y medio cerró sus parpados.

Las tejas ocres se sucedían unas tras otras, entre laderas que terminaban en canalones, entre pequeñas chimeneas y con algunos gatos sesteando felices, dormidos, entregados a un sopor silencioso hasta que algunos gorriones jóvenes piaban y las orejas de los mininos se orientaban hacia los polluelos…, y mas allá de los tejados, se extendía ese mar seco y desértico que le hizo saltar de nuevo sobre la cama y cubrirse la cabeza con la almohada.

sábado, 4 de junio de 2011

LA NUBE DE RECUERDOS en "Diario de Homo"

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Están ahí, habitando nuestro cerebro…, los recuerdos, los momentos, las sensaciones. Cada retazo de nuestra vida reciente dormido en las neuronas, en el tejido cerebral hasta que los evocamos y formamos esa imagen de lo que vivimos, de lo que sentimos.

Dicen los neurocientíficos que no hay una zona cerebral especifica para esos recuerdos, nos cuentan que cuando deseamos revivir esos eventos, nuestra mente busca esa información fragmentada y la recompone para nosotros, entonces sonreímos con ese pasado o derramamos alguna lagrima, podemos cabecear con ese recuerdo que es distinto a la ultima vez que lo evocamos, y también a la antepenúltima, nunca es el mismo recuerdo, la misma visión, las mismas sensaciones…, salvo cuando es un aroma.

Nos siguen diciendo los científicos que como los aromas no varían, la leña quemada siempre huele a leña quemada, el tomillo siempre huele a tomillo, la lluvia sobre la tierra siempre huele igual…, recordar, mirar hacia atrás, como buscando algo mejor o como deseando no olvidar nada.

Recuerdo mi estado de animo de la semana pasada, recuerdo que subí con mi madre a las Tierras Altas, después llegó mi sobrino en bici y por la tarde, ya con la noche asomando empezó a llover.


El canto de las lechuzas.

Me acosté de nuevo a solas, con la cama vacía de mi padre a mi derecha y cuando apagué la lamparilla suspiré.

Oí ducharse a mi sobrino, a mi madre caminando hacia su habitación, pensé en papá y pensé, dije mentalmente, sintiéndolo muy dentro de mi…, “uno menos en el clan…”.

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Recuerdo que amaneció un sábado brumoso y fresco y con la tierra húmeda. Después del café y antes de montar sobre la Bicipalo saqué a pasear a Norton y a Mia, la perra se lanzó sobre los charcos y Norton entre el monte bajo, al poco los dos estaban empapados y corrían dejando tras ellos un agradable aroma a tomillos y a romero. El mismo que percibo cuando cojo la afilada cabeza del galgo y la pego a mi nariz, me gusta aspirar con fuerza y sentir el olor del animal y del bosque impregnado en su manto bardino.


Las nubes bajas, la niebla, las brumas, el enorme velo.

Recuerdo que pedaleé por las pistas de siempre, cuatro semanas después de la ultima rodada por la serranía. Esperaba sentirme alborozado, ansioso…, pero pedaleaba ensimismado y lanzando miradas temerosas al cielo gris y encapotado.

Recuerdo que fui remontando, echando de menos a los lirios azules, ya no surgían en las cunetas con sus vivos colores y observando a una serranía húmeda y silenciosa, callada como en los días invernales. A unas montañas que se entregaban a las caricias de las nubes bajas, de la niebla, de las brumas, de un enorme velo que llegaba desde el mar y que mudamente trepaba hasta las cumbres y bajaba por sus laderas buscando los hondos, los vallejos, los rincones.

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Recuerdo las imágenes difuminadas al subir hacia el castillo de Serra, de nuevo ese silencio y el vuelo de un ave entre el pinar envuelto en esas mismas nieblas.


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Escapando de las nubes.

Puedo evocar esos momentos, el descenso desde el castillo de Serra, sus curvas, sus baches, el traqueteo de la Bicipalo y el sol atravesando esa humedad ambiental, los alientos del mar.

Puedo recordar el descenso por el barranco de potrillos y el aroma intenso de la tierra húmeda, de las aromáticas, puedo revivir el color amarillo de las florecillas silvestres o el rosa intenso de la yerba de San Pedro…, cuando me agaché en medio de un delicado prado crecido entre la tierra pedregosa y blanquecina del Pla de Lucas, las nubes han quedado allí, en las montañas que se asoman al mediterráneo, en la cumbre de Rebalsadores, en el Garbí, en la mola de Segart…, en medio de mis sentidos confundidos.


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Recuerdo que esta semana, mientras rodaba sobre asfalto con la Flaca, me confundí de estación. Mientras atravesaba el vado del barranco de Carraixet por el polígono de L’Horta Vella de Bétera, me recorrió un escalofrío, eché una mirada a la charca, aspiré ese olor de agua estacada, de hierba húmeda y miré hacia el cielo. Los cirros se alargaban como rasgando unas alturas gélidas, sin brillo, mortecinas y el sol caía como filtrado, tibio…, como en esas mañanas de principio de invierno o finales del otoño, como esos días que van anunciando que el verano ha pasado. Por unos instantes me pregunté si realmente había ocurrido eso, si el verano ya había pasado y yo no había sido consciente. Traté de recordar lo que había hecho en ese verano y es cuando me di cuenta de que realmente aún estaba en junio.

Pedaleé observando la carretera, los arcenes, esas cunetas, los paisajes de siempre…, hasta llegar a Valencia, a mi calle, a la puerta de la carpintería. Alcé los ojos y busqué a los vencejos, me dio la sensación de que ellos también volaban un poco confundidos en ese cielo que recordaba al otoño, a los días agradables de invierno. Escuché sus trinos y unos cuantos de ellos atravesaron la calle, remontaron y los perdí de vista, deseando que en su proxima pasada se fijaran en la caja-nido que les he colgado en mi balcon…, regresó el silencio, abrí la puerta y encontré el taller tal cual lo había dejado.

Me fui desnudando en el despacho y vi las cañas de pescar de mi padre, me pregunté si esos recuerdos aún andaban por mi mente o si mis neuronas los habían dejado perder, estaban ahí, pero quedaban tan lejanos que incluso dudé de que fuesen reales, me dio la sensación de que para bien o para mal solo existía el presente, el minuto de antes o el minuto que acababa de comenzar.

sábado, 14 de mayo de 2011

VISTO POR MIS OJOS, ESCUCHADO POR MIS OIDOS, PERCIBIDO POR MIS SENTIDOS en "Diario de Homo"

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Hoy un zumbido intermitente me ha recordado a los mese de hospital, sonaba y sonaba…, era un avisador en la caja central de un gran supermercado, yo estaba comprando comida para Norton y Mia…, y lo escuchaba mientras esperaba en la caja. He sentido un escalofrío y he podido ver la habitación, he reproducido ese sonido y he escuchado la voz de alguna cuidadora avisando, la voz de alguna enfermera contestando, el quejido de algún paciente, el silencio de mi padre. He recordado las tardes y los ocasos en la habitación, los amaneceres lluviosos o despejados, a las formaciones en V de las gaviotas que amanecían en los astilleros y volaban hacia los vertederos, para por las tardes regresar satisfechas al puerto en esas pequeñas migraciones diarias. Las observaba y suspiraba, miraba a mi padre y volvía a escuchar ese sonido intermitente, el avisador…, hasta que me ha llegado el turno de pagar, pero ha sido tan intenso, ha despertado tantos sentimientos.


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Vencejos, aviones comunes, algunas golondrinas y gaviotas urbanas.

Los días van pasando y poco a poco voy respirando, todas las noches me acuesto junto a la cama vacía de papá, a veces duermen sobre ella Pepper y Cecil y yo duermo casi ininterrumpidamente y por las mañanas, cuando salgo del portal alzo la vista hacia el cielo…, pero incluso él, incluso el cielo del amanecer parece triste y como cansado.

Camino hacia la carpintería en medio de un silencio anómalo, oyendo apenas algunos de los chillidos de los vencejos, incluso ellos parecen apagados, tampoco percibo el rumor del tráfico y el tiempo parece discurrir lento, la energía parece disiparse hacia ningún lugar.

Abro mi pequeño taller, el taller del viejo ebanista y veo a Duna y a Run-run, después echo un vistazo a la libreta de pedidos, después a los libros de cuentas y veo como los números no mienten, los números es lo mas diferente y distante a un político…, no puedo evitar pensar mientras las maquinas siguen mudas y silenciosas…, pero siempre hay algo que hacer, algún pequeño pedido que entregar. Trabajo un rato y luego vuelvo a subir a casa para bajar a pasear a Pepper y a Cecil.

El viejo cauce me relaja, observo a los aviones comunes, a las recién llegadas abubillas, charlo con algunas conocidas que pasean sus perros y en el cielo vuelvo a descubrir a algunas de las grandes y poderosas gaviotas que ya ni vuelan hacia los vertederos. Las veo planear entre las fachadas de los edificios y pienso que ya no son las aves emblemáticas de los puertos, de las playas, de la costa…, parece que ya nada es igual.


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La Sierra Calderona abandonada…, asfalto, carretera, ruedas finas. Politicos, la inmoralidad, la trinchera en los ojos, el radar infame de la Guardia Civil.

Hace casi un mes que no salgo con la Bicipalo, hace casi un mes que envié a reparar su amortiguador trasero y sigue sin llegar, desde entonces salgo con la Flaca, hago carretera y sigo viendo cosas, ya no veo las fuentes ni veo a la sierra despertar de su silencio invernal.

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La veo desde el asfalto, la veo cuando trazo la rotonda antes de adentrarme entre las calles de Burjasot. Como un islote entre los últimos campos de huerta, sin edificaciones recortando los horizontes…, puedo contemplar la línea de la Calderona desde Gatova hasta su declive hacia las playas de la costa. A veces y mas por esta época del año, me encuentro con los cúmulos que crecen sobre ella, veo sus enormes y bulbosas paredes blancas y sus barrigas planas y de un inquietante azul oscuro. Son tantas visiones, es tanto lo que veo y lo que vemos a lo largo de nuestra vida…, recuerdo que también he distinguido la lluvia sobre ella, las cortinas, los velos de agua, incluso he llegado a pedalear sobre la línea de la lluvia, ahí donde terminaba el chubasco y lucia el sol.

Pero termino de girar y cuando entro de nuevo en el casco urbano descubro los primeros carteles, las primeras pancartas que anuncian las elecciones municipales. Observo fugazmente esos rostros, algunos demasiados jóvenes pero todos sonrientes, todos asegurando que sus ideas son las mejores, todos dando palmaditas en nuestras espaldas asegurándonos que nuestras vidas serán mejores.

Sigo pedaleando y me pregunto si no se dan cuenta de la inmoralidad y falsedad de sus promesas, de sus frases, de sus palabras, de sus propias sonrisas…, la inmoralidad de sus propias existencias cuando son capaces de afiliarse en un partido y de medrar en él con la idea obsesiva y enfermiza de que sus ideas son las únicas válidas.

Paro en el paso a nivel y de nuevo observo los pasquines, el papel está pegado sobre chapas de tablero de unos tres milímetros que me vendría muy bien para la carpintería…, durante unos instantes la idea de robarlos todos me hace sonreír y delirar, hasta que pasa el metro, se levantan las barreras y me adelanta un autobús con un slogan decorando su trasera…, no puedo creer lo que leo en valenciano “el vot a l,asquerra fot a la dreta…”, algo así como “el voto a la izquierda jode a la derecha”.

De nuevo las trincheras de la Guerra Civil en los ojos de la gente, de nuevo las obsoletas facciones de la derecha o la izquierda aflorando en unas elecciones, de nuevo un slogan incendiario, infame y que se apoya en la negación sectaria e irracional, en la ausencia de reflexión, en la ausencia de critica, en el analfabetismo mental de quienes votan sin haber leído por encima los programas electorales.

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Ya de vuelta me desvío por el barranco de Carraixet y en su cauce vuelvo a deleitarme con los mares de cañas, con su movimiento al compás de la brisa intensa de levante, la misma que en la costa envía y empuja a miles y miles de olas y que aquí, comba y mece los cañares, que agita las adelfas y que mantiene en el aire al cernícalo que descubro en las alturas, entre nubes que parecen deshacerse en lluvias que jamás tocan tierra. También escucho un chasquido continuado muy cerca de mi oreja…, es el chopo junto al que he parado el que chaquea sus hojas azotadas por la ventisca marina, vuelvo mis ojos hacia ellas y un universo verde se agita ante él, no logro distinguir a las que emiten ese sonido tan refrescante, tan natural hasta que las veo y sonrío, las dos hojas se golpean una contra la otra sujetas por el fino tallo, hasta que amaina un poco la brisa y dejan de tocarse.

Atravieso el polígono silencioso y desértico de L,horta Vella de Bétera y descubro a un monovolumen de la Guardia Civil subido de malas maneras a una de las isletas de la rotonda.

Remonto el puente sobre los raíles del metro y por delante, frente a un edificio en el que se desarrolla la prostitucion…, curiosamente, hace bastantes años, cuando era restaurante, mis padres celebraron allí el banquete de mi comunión, observo a un Citroen azul marino parado en el arcén con las luces de emergencia encendidas, con el triangulo de avería colocado, con el portón trasero levantado, incluso puedo distinguir el aluminio de dos tumbonas playeras asomando por el maletero…, lo rebaso, giro la cabeza y descubro también la antena cónica del radar asomando por la parrilla delantera.

Vuelvo a quedarme estupefacto y vuelvo a sentir asco ante el teatro montado por los Guardias Civiles, me parece tan triste y tan rastrero, tan ridículo, tan inmoral…, tanto que decido hacer señales con la mano avisando del infame rádar a los vehículos que me cruzo, se que es ilegal, se que está penado pero no me parece admisible tender trampas a los conductores para hacerles caer…, de hecho, ellos mismos, los guardias civiles están cometiendo un delito, a mi parecer, al fingir una avería en la vía publica.

Sigo haciendo las señales con la mano hasta que me adelanta un todoterreno de la Guardia Civil, un antebrazo se asoma por la ventanilla y después la cara de un guardia…, me invade el pánico y sigo pedaleando, pensando por donde escapar, pensando por donde desviarme.

jueves, 5 de mayo de 2011

EL VENCEJO EN MI MANO.


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No me canso de observarlos, de seguir con la mirada el vuelo rápido de los vencejos, el batir nervioso de sus esbeltas guadañas, que quizás vuelan demasiado altas como para segar el grano…, nunca los he visto volar sobre los mares verdes de las espigas, pero a sus parientes las golondrinas si la he visto volar sobre ellas, o sobre los bancales abandonados y ocupados por espesos pastos de gramíneas que amarillean pasada la primavera y llegados los primeros calores. Incluso ellas, las golondrinas, han hecho vuelos rasantes delante de la Flaca, mientras pedaleaba por las rutas de siempre. Las he contemplado sonriente, viéndolas a menos de un palmo de altura sobre el asfalto para después remontar hacia el cielo. Y aquí mismo, en el viejo cauce del Turia donde vuelvo a encontrarme con las golondrinas, vuelan rasas sobre el cesped, fintan entre los arboles y pasan ante mis ojos..., que no se cansan de observarlas.


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Estos últimos días me encuentro con ellas en el viejo cauce del Turia, también observo a los mirlos que picotean entre las gramas, entre el césped que se ilumina con el sol del amanecer…, parece tan vivo, tan rico, tan natural…¡¡¡¡. Y por encima de ellas, por encima de las cotorras aclimatadas, por encima de las tórtolas y de las palomas me encuentro con ellos, con los vencejos…, escucho sus chillidos tímidamente entre el murmullo de una ciudad que despierta y que observo y percibo desde ese islote de naturaleza que es el viejo cauce del Turia, ya sin agua, ya sin cañas, ya sin vegetación de ribera…, pero aún con el frescor de ese cauce que durante milenios regó y anegó periodicamente estas tierras.


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El vencejo caído ni se ha movido, ni se ha asustado. Lo he cogido con cuidado y su temperatura alta me ha sorprendido, me han vuelto a fascinar la longitud de sus alitas, la cabecita pequeña, la puntita del pico, sus amplias comisuras concebidas para alimentarle como las ballenas con sus barbas, ellas con el placton marino y ellos con el placton aéreo. He observado que estaba limpio de parásitos y que tan solo un hilito se enredaba a unas de sus patitas, pero se alargaba y terminaba dando la vuelta a una de sus alas. Lo he desenredado y durante unos instantes he dudado de que pudiese volver a volar, pero le he dado un leve impulso y he abierto mi mano…, el vencejo ha desplegado sus alas y se ha elevado hacia la vieja fachada de la antigua cárcel modelo de mujeres de Valencia, ha pasado por encima y se ha fundido con las nubes bajas…, he sentido un escalofrío y no he podido evitar derramar alguna lagrimilla

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domingo, 1 de mayo de 2011

A MAMINATOR, A CHERCROSS, A ULPITA.... en "Duna Virago y Run-run Zing, diario de mis dos custom"!

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Creo que a principios de febrero respondí al post sobre la quedada en Puebla de Don Fadrique…, imagino que dije algo ambiguo, algo insulso, incluso algo ya cansino, sobre mis angustias, miedos, sobre mi incapacidad a decidir, sobre mi incapacidad de desvincularme de mi padre, de su dependencia, de su enfermedad…, pero murió a mediados de febrero, lo hizo ante mis ojos, ante mi negación, ante mi estado confuso y desquiciado tras ocho años de atenciones y tras los dos últimos meses ingresado en el hospital y tras esos dos días últimos de su vida, ya en el dormitorio de mi casa. Escuchando sus últimos alientos y no viendo que se iba, no sabiendo identificar los gestos de un adiós que llegó un viernes por la tarde…, estuve ahí, en esos momentos finales, viéndole apagarse hasta que su sentí entre mis dedos como su corazón se apagaba y como terminaba todo ante mis ojos, sin más.

Y en marzo recibí un privado de Maminator, me preguntaba si ya había decidido algo sobre la Puebla de Don Fadrique…, me quedé un rato dudando, incluso miré el sofá, vi el sitio de mi padre vacío y caí en la cuenta de que ya nada me podía impedir ir a la Puebla. Respondí que iría, que me reservase una habitación y durante esos días los madrileños se dejaron caer por Valencia, a quemar las Fallas, pude conocer a Chercross, a Jes-Arapahoe y a Camino Sinuoso, a Chulapo y a Chess, a DelaJungla, también a la hija de Chercross, al tiempo que volvía encontrarme con Mathius, con Águila, con Chefo…, con esos moteros que conocí una vez en la Pantera Rosa, no eran ciclistas, no eran amigos del barrio, no eran viejos conocidos y yo era un novato con una flamante Zing.

Sigo siendo un novato, sigo teniendo mis limitaciones aunque ahora monte a Duna, una vieja Virago 535 que hoy mismo, cuando subía hacia la Puebla de Don Fadrique me ha patinado de atrás cuando la Guardia Civil retenia el tráfico en medio de un pequeño golpe.

Ha sido una sensación extraña y que he tardado en reconocer…, entonces he soltado el freno y Duna se ha enderezado, he logrado aminorar y después, encarando las primeras curvas de la Font de la Figuera me ha invadido el miedo y la angustia, me he parado a un lado y he llamado a Chercross, pero ella me había llamado unas horas antes, en medio de la noche, a eso de las dos de la madrugada, para decirme.

- ¿Cómo que no vienes…?.

He tardado en reconocer su voz en medio del sueño y del aturdimiento del constipado. Chercross reía y yo sentía como si la muchacha hubiese entrado en mi cuarto y me hubiese rociado la cara con espuma de afeitar como hacían en la mili.

Pero no era la primera vez que recibía una llamada de Chercross, en Fallas me envió un mensajito que decía “¿vienes a la playa…?”, aquel mensajito me llenó de alborozo y de alegría, era ese gesto de amistad y cariño que nos hacen la vida mas llevadera.

Un amanecer sin lluvia.

Me he levantado tarde y lo primero que he hecho ha sido asomarme al balcón, no llovía y he suspirado, he mirado a Cecil y a Pepper y he decidido bajar a pasearlos para ver mejor el cielo.

Las nubes se iban dispersando poco a poco, los vencejos volaban altos, confiados y seguros y de vuelta a casa he tenido claro que tenía que ir a la Puebla.

Me he tomado otro café, he preparado la mochila y con el depósito lleno de la tarde anterior he salido hacia la autopista, con el integral calado y con Duna empujando en medio de una sonoridad distinta, como lejana pero moviéndose con agilidad, sin titubeos, mirando de tu a tu a turismos y trailers que rebasábamos con un leve giro del puño. Recordé las rutas con Run-run, la dependencia del voluntarioso pero escaso motor de la 125, recordé que fue mi primera custom, mi primera moto en 44 años y miré la aguja del velocímetro. A 110 por hora Run-run jadeaba dándolo casi todo de si…, mientras Duna suspiraba como un galgo lanzado a un cómodo trote, sin perseguir ninguna liebre, sin acechar a ninguna presa como si la meseta no tuviese fin, como si el asfalto fuese una de esas extensiones castellanas que Duna devoraba sin esfuerzo, ni siquiera cuando llegaba algún puerto y giraba un poquito mas el puño. Apenas si percibía una variación en el sonido y la 535 trepaba ganando velocidad…, hasta que las gotas de lluvia han empezado a caer, a correr por la visera del casco, hasta que las nubes bajas y las nieblas nos han envuelto y hasta que he sentido como los cuartos traseros de Duna han empezado a bailotear, a moverse como una culebra.

De nuevo el miedo, de nuevo la angustia…, de nuevo hacia atrás.

He llamado a Chercross y de nuevo su voz me ha invitado a continuar, su risa, su tono alegre, su vitalidad…, he vuelto a montar, a subir las curvas de la Font, aún con el miedo en el cuerpo y cuando he comenzado a bajar una cortina de agua de agua nos ha envuelto…, era como si ese trailer se vengase de sus amigos, de todos esos a los que habíamos adelantado, altaneros y sin girar la cabeza Duna y yo. Tras él ha llegado otro, y otro mas, y turismos con las luces encendidas, focos que destellaban en un horizonte sombrío y tenebroso, lluvia que aterrizaba sobre mi y sobre Duna. Unas simples gotitas de agua que me han derrotado y que me han hecho regresar.

Un paseo de casi 200 kilómetros.

Duna me ha devuelto a casa sin protestar, llegando a galopar a 130 por hora, sin titubear, sin rechistar…, y en mi barrio todo estaba igual, lucia un sol algo apagado, los niños rumanos revoloteaban alrededor de 535 y ha sonado el móvil, era Ulpita, la he reconocido enseguida, recordaba su voz y su acento de Cocentaina. Se lo he contado todo, incluso que acababa de descubrir que me estaban saltando casi todos los plomos de la llanta delantera, puestos apenas dos semanas atrás.

- Jo Bichitopalo, nosotras que íbamos a bajar a buscarte…

Y se que lo habrían hecho, ellas, las moteras, las amigas…, me he quedado quieto, oyendo como los cilindros se iban enfriando…, y he terminado medio sonriendo, se que les he fallado, pero por otra parte he sido capaz de salir, de rodar, de saborear lo que podría haber sido una buena ruta y un encuentro fraternal con gente que valía la pena conocer y que sigue valiéndolo.

lunes, 4 de abril de 2011

VAGABUNDEANDO... en "Diario de Homo".

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- A ti nunca te faltará la faena… -solía decir mi padre.

Me miraba con sus ojos azules, vivos y brillantes en un rostro de anciano en el que apenas si quedaba algún rastro del ictus…, me veía algo callado o abatido, me preguntaba que porque andaba así y yo solía contestarle que por el trabajo, en ese momento es cuando lo decía.

Estos días ya no ando abatido o callado, realmente vagabundeo y papá ya no está en el comedor para preguntarme por el trabajo, tampoco en la habitación del Hospital General ni en el dormitorio que compartimos durante los últimos siete años…, papá ya no está en ningún sitio, aunque unas semanas atrás, mientras pedaleaba con la Flaca entre los pinares del Camino de las Canteras, de Porta Coeli a Serra, pensé en él, creí que si en esos momentos mi padre era un espíritu liberado, no estaría desde luego en el comedor de casa viendo las películas de vaqueros o los partidos del Valencia, podría estar pedaleando ahí mismo junto a mi o pescando en el Perellonet o entre las barcazas del puerto de Castellón. Ese pensamiento me hizo sonreír.

Ahora ya no madrugo y a eso de las ocho me tomo el café y me bajo al viejo cauce del Turia a pasear a Cecil y a Pipper, estos días ya escucho a los mirlos, incluso los veo picoteando entre el césped, los veo en sus vuelos a ras de las briznas y al tiempo siento ese frescor especial de las amanecidas primaverales. La atmosfera consigue hacerme sonreír, incluso durante algunos minutos recupero una alegría y una felicidad perdida en los últimos años. Durante esos breves momentos me olvido de la muerte de papá, me olvido de que no tengo trabajo, me olvido de mi dolor de estomago…, pero enseguida lo recuerdo todo y me falta el aire…, observo al anciano que corre hacia mi con buen estilo y luciendo un bigote cano bien recortado y no puedo evitar pensar en que está muy cerca del final de su vida. Me sigo cruzando con personas mayores que bajan a los esplendidos jardines a caminar, a pasear, a tratar de recuperar la salud abandonada durante la juventud, a vivir la jubilación…, mientras una pareja de indigentes aún duermen cubiertos por unas mantas. Cecil y Pipper se acercan a olisquear, les silbo y vuelven al trote.

Sigo paseando, dejando que el sol me llene y contemplando como las hojas del césped parecen iluminadas desde sus propios tallos…, después vuelvo a casa sin la necesidad de levantar a mi padre y la encuentro silenciosa, muda, no se oye nada. Por las tardes pasa algo parecido, a eso de las seis subo a tomarme el café, a veces no hay nadie, y otras mi madre ve a solas los programas del cotilleo, Miriam no está y papá tampoco.

Un mes después mi vida apenas si ha cambiado.

Cuantas veces dije que no a mis amigos, a mis amigas, a mis ex novias…, por atender a mi padre, cuantas veces envidié a los que disponían de sus fines de semana, a los que disponían de su tiempo…, y ahora, me veo incapaz de batir las alas, tan incapaz que un día de esta semana miré a mi madre y le dije.

- Mamá…, ahora que hace bueno, ¿quieres que los viernes nos vayamos al chalé…?.

- Ah, pues bien…, aunque no me aclaro nada con el mando a distancia de allí.

Y nos hemos subido a las Tierras Altas con Cecil y Pipper…, como antes pero sin él, por la mañana he sacado a la manada y después he salido con la Bicipalo, he pedaleado como los últimos sábados de mi vida, a solas y decidiendo remontar por el barranco de la Vigueta pero sin forzar, usando las grandes coronas o el plato pequeño, reconociendo los olores de la primavera, sintiendo ese frescor tan especial y rodando sobre esa tierra rojiza de la Calderona, escuchando el rumor del torrente surgido con las lluvias de la semana pasada y dejando de pensar en la ausencia de trabajo.

Por delante he descubierto a dos ciclistas y me he animado un poco, la Vigueta es una pista dura y tortuosa, repleta de losas de rodeno que surgen cortando la estrecha carrilada. Asciende encajonada entre las montañas, a la sombra y en la soledad de una ascensión dura…, por eso he tratado de tirar tras ellos hasta que en uno de los pasos difíciles me he caído.

La rueda delantera ha empezado a bailar, ha levantarse mientras yo hacia girar los pedales y trataba de seguir subiendo, pero apenas si rodaba unos palmos y se topaba con otra piedra de rodeno, tropezaba y volvía a despegarse del suelo hasta que he perdido todo el impulso y he empezado a desplomarme sobre mi costado izquierdo, he mirado hacia las rocas y he sentido el golpe contra el costado, he notado como un tirón ahí donde últimamente me duele y me he quedado quieto sobre el camino…, como si el mamut que barrita desde el manillar se hubiese derrumbado abatido por el desanimo, por el abandono de las mismas ganas de sonreír, de vivir, de mover los pedales.

He suspirado y durante unos instantes he estado quieto, con los pies enredados en el chasis de la Bicipalo, apoyando las manos contra la rugosa superficie del rodeno, viendo la tierra roja rodeando mis dedos, manchando mis gemelos, el maillot…, me he sentido extraño, casi débil…, hasta que me he vuelto a levantar, he tenido que empujar unos metros y he vuelto a montar, a pedalear y a alcanzar a los dos ciclistas, me he pegado al ultimo de ellos y he logrado coronar Tristán sin volverme a caer, ellos han virado hacia Gátova y yo a derechas, hacia la Font del Poll.

Los paisajes de siempre, siempre el mismo pensamiento, la misma sensación.

He vuelto a pedalear en solitario, muy relajado, recuperando el resuello y volviendo los ojos hacia ese barranco que acababa de remontar y esas visiones me han vuelto a deleitar.

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No pasa ni un solo día en el que me quede absorto tratando de comprender el milagro de la visión, que un impulso nervioso surgido desde el globo ocular, suba por el nervio óptico hasta el cerebro y que él, siempre encerrado en su bóveda craneal, siempre envuelto en la oscuridad, forme las imágenes que estoy viendo, se que son interpretaciones de mi cerebro, de las neuronas que habitan las áreas especificas encargadas de decodificar la información que les llega desde las pupilas, esa parte de nuestro cuerpo que parece de cristal, del vidrio mas hermoso y vivo.

Y desde la Mocha he visto el mar, también la pista que baja hacia el Poll, hacia la Falaguera, hacia la Moreria…, y muriendo allí cerca de los horizontes azules.

Me he dejado caer por esa misma pista, sin prisas, apenas sin pedalear, recordando la caída, el dolor de los últimos meses hasta que he descubierto el muro trasero de la vieja casa forestal del Poll. Hasta hace bien poco la casa estaba oculta por la vegetación, apenas si asomaban algunos de sus muros entre los pinos, entre las exuberantes coscojas, entre los lestinclos y entre alguna pequeña sabina, descendiente de la vegetación que pobló estas serranías durante la última glaciación…, pero con los recientes desmontes parece resucitar serena, sobria y recia pese a su ruina, pese a que el tejado se vino abajo hace tiempo y puede que centenaria, no lo se, pero si se que un vecino, Vicente Boluda me habló de ella cuando hace 40 años, la Calderona tenía un aspecto bien distinto. Me contaba que los pinares eran espesos y que por sus caminos era fácil encontrarse con las caballerías o con los braceros que trabajaban los bancales, me contaba que en la casa se podía dormir, que se podía hacer noche para continuar al día siguiente con las excursiones por esa escuela de montañismo que era la Sierra Calderona.

Hago algunas fotos, subo la ladera rapada por las desbrozadoras y me paro en el Poll a beber agua, la veo discurrir por encima del grifo, mana directamente de la montaña, de los peñascos que se alzan sobre ella. Vuelvo a montar y doy unas pedaladas cuesta abajo, hacia la Falaguera…, y poco a poco me voy sintiendo mejor, me olvido de la caída, del estómago y me dejo llevar, incluso me apetece soltar el manillar y extender los brazos para “hacer el águila”, me río entre el golpeteo de los neumáticos sobre las piedrecillas de la pista y recuerdo que esta semana, en unos de esos paseos por el viejo cauce del Turia, en Valencia he hecho el águila, en esos momentos, en esos minutos en los que me sentí bien percibiendo los cánticos y el aliento de la primavera…, extendí los brazos simulando el planear de un águila…, pero ahora mismo, si suelto el manillar para hacer de rapaz dichosa seguro que me vuelvo a caer.

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Sigo descendiendo, me cruzo con algunos ciclistas que suben por el camino del Campillo y me desvío hacia la Vella, vuelvo a encontrarme con sus viejas montañas, con los bancales abandonados y colonizados por la vegetación autóctona, vuelvo a contemplar esas imágenes que tantas veces he fotografiado y me sorprende mi propia actitud, me ha faltado poco para parar y hacer la foto en el mismo sitio…, pero continuo el descenso entre sus curvas, entre las imaginarias líneas de nivel que se encaraman o que bajan entre las lomas y colinas.

Dejo a mi izquierda la sendita que conduce hasta la Cueva de Soterraña freno en el cruce con la pista que sube desde el aparcamiento de Porta-Coeli, hecho pie a tierra y agradezco el silencio, han cesado las turbulencias del aire en mis oídos, el rumor de los neumáticos sobre la tierra, sobre las miles de piedrecillas que se diseminan sobre las pistas de la serranía…, hasta que llega un coche que baja desde el Portixol y levanta una polvareda, toma algunas curvas y oigo voces un tanto airadas. Entre la nube distingo a cinco bicicletas pilotadas por dos niños y tres niñas. Es la voz de un adulto quien recriminaba al conductor que iba demasiado deprisa.

Sigo esperando, llegan a mi altura y reconozco el maillot de club de triatlón de Bétera.

- Ese problema lo vas a tener siempre…, ahora que han allanado la pista los coches van como por una carretera.

El hombre para y me mira.

- Pues aún pretendía tener razón.

- Claro, va en coche…, veo que sois del club de triatlón de Bétera, ¿conocéis a María José…?.

- Claro –responde el hombre sonriendo- es la maestra de Martín, del pequeñajo este que es mi hijo.

El chiquillo me mira levantando un poco la cabeza, lo suficiente para mirarme por debajo de su casco, sonríe con mesura y da un trago de su botellín

- Es que soy amigo de Pilar y se que hacen carretera juntas

- Ah…, que también conoces a Pilar…?.

- Si.

Las tres chicas llegan, son mayores que los chiquillos y las veo algo cansadas, se quejan del sol, tienen sed y no saben si continuar. Una de ellas me mira y me pregunta.

- ¿Cuánto falta para la Gota…?, es que nos hemos quedado sin agua y nos estamos quemando con este sol.

- Pues mira…, -señalo hacia unas cumbres repletas de pinares- ¿veis ese vallecillo allí arriba….?, pues tenéis que coronarlo y después queda poquito y a la sombra, pero casi te aseguraría que en la gota apenas si cae agua.

- Uf…, pues nos volvemos ya.

El hombre trata de convencerlas para que continúen, su tono de voz es afable y cariñoso, condescendiente, respetuoso…, pero las chicas deciden volverse y los dos pequeños parecen desanimarse, dudan de que hacer y yo les ofrezco la posibilidad de rodar conmigo.

- El camino es cuesta abajo y tiene una pequeña trialera, después un cortafuegos…

- Bien… -susurra Martín- a mi me gustan las trialeras.

- A mi no… -confiesa Ismael- si es difícil la bajo andando.

Los chiquillos me miran y son capaces de seguir preguntándome, me sorprende la calma que les envuelve, la complicidad con que los hermanos hablan, el dialogo con su padre…, y empezamos a pedalear.

Ismael, Martín y Manolo.

Rodamos unos metros en dirección al Portixol y nos salimos por un estrecho camino que desciende hacia unos de los muchos barranquillos y ramblas que cortan la Calderona. El monte bajo nos empieza a envolver, las coscojas se vencen sobre la pista, la hacen mas estrecha y sinuosa, casi como mas rápida…, las carriladas surgen cortando el camino, descarnándolo, arrastrando la tierra y mostrando la roca gris sobre la que rodamos, sobre la que ruedan los dos chiquillos siguiendo la estela del padre, la mia…, hasta que paramos y les enseño el paso técnico.

- Tenéis que dejaros caer y sin mover demasiado el manillar –les aconsejo mientras observo las muecas en sus caritas, Ismael arquea las cejas y Martín mira concentrado el montón de piedras y estratos grisáceos que emergen convirtiendo la pista en un canchal de gravas y lajas sueltas- hay un pequeño escalón en medio, pero lo dicho, con un poquito de velocidad sorteareis las piedras…, es como cuando bajas un río en piragua, si no remas para ir mas rápido que la corriente no puedes ir a donde quieres.

Veo que Martín deja su pequeña bici sobre las piedras y se acerca a examinar el camino, mueve su cabeza y regresa.

- Si, creo que se puede bajar.

- Pues hala, vámonos.

Manolo se adelanta y baja, después le sigo y paramos…, giro la cabeza y veo a Martín lanzarse sin miedo, veo como da saltos y escucho como su padre le grita instrucciones. Sortea los baches, baja el escalón, sigue dando saltos y nos alcanza.

Una sonrisa serena ilumina su carita y el padre se vuelve hacia su otro hijo, Ismael baja andando, pero sonriendo, admitiendo sin vergüenza que él no se atreve a bajar.

Seguimos bajando y me da tiempo a reflexionar lo que estoy viviendo con esta familia que acabo de conocer…, ese descenso que acabamos de hacer no es fácil, pero ellos lo han hecho fácil, tanto el padre como los dos chiquillos. Las piedras estaban ahí, con sus cantos afilados, cortantes como lascas de silex, antipáticas y recalentadas por el sol…, pero nada más.

Salimos del bosquecillo de jóvenes pinos y paramos a los pies de una suave loma.

- Ahí está el cortafuego…, pero podemos rodearlo por pista, lo que queráis.

- Venga, vamos a verlo y luego decidimos, ¿que os parece…? –sugiere Manolo.

Observo que a Ismael no le hace mucha gracia, pero al final volvemos a pedalear y coronamos enseguida…, la pista se desploma ante nuestros ojos y vuelve a remontar hacia otra de las colinas, una auténtica “V” que recuerda a las rampas que utilizan los esquiadores en la modalidad de salto.

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- Uf, hay mucha pendiente –murmura Manolo.

- Si, pero el suelo está bien, hay que bajar por la derecha –comento- pero lo dicho, podemos rodear esas casas y salimos a la pista que veis ahí abajo.

- ¿Cómo lo ves, Martín…?, yo voy a bajar, por delante hay sitio para frenar.

- Bueno, baja tu primero –responde el chiquillo.

- Bueno, ahí voy.

Manolo vuelve a montar, rueda hacia la rampa y empieza a caer, a ganar velocidad…, deja tras de si una pequeña estela de polvo, atraviesa la pista dando brincos y remonta la siguiente colina hasta pararse a media altura…, lanza un grito y nos saluda.

Los dos niños no han perdido detalle y han visto a su padre bajar embalado, vibrando, quizás demasiado rápido.

- Voy a echar una mirada antes… -susurra Martín y deja su bici, se acerca, se asoma a la rampa y yo le miro, le veo tan pequeño, tan frágil que cuando le veo lanzarse cuesta abajo siento algo de miedo. Manolo le grita desde abajo, le dice que use el freno trasero, pero su hijo va demasiado deprisa y me da la sensación de que no está frenando. Poco a poco se va haciendo más pequeño, es una silueta que vibra, que se mueve, que da saltos, que alcanza el final de la rampa y que vuela por los aires…, solo veo un revoltijo de brazos, piernas, ruedas, manillares y pedales entre pedacitos de plantas, de virutas y de pinocha que se levanta con los rebotes del chiquillo.

- Vaya leche que se ha marcado… -murmura Ismael, volviendo a arquear sus cejas.

La desazón me invade pero una risa nerviosa se forma en mis labios temblorosos cuando veo a Martín levantarse y separar sus brazos.

- Ismael, creo que tu y yo vamos a bajar por la pista, ¿no…?.

- Pues si.

Retrocedemos, rodamos sobre la pista y volvemos a encontrarnos con su hermano y con su padre…, Martín ya está montado sobre su bici, incluso sonríe. Me acerco y le veo la muñeca derecha un poco enrojecida.

- ¿Cómo estas…?.

- Bien.

- A ver, dame la mano.

El niño cierra sus deditos sobre los míos con fuerza, sin miedo, sin apartar sus ojos de los míos.

- ¿No te duele…?.

- No…, si no ha pasado nada.

- Si son de goma –bromea Manolo.

- Pues vaya susto que me has dado..., umm, me parece que has llorado.

Su padre suelta una carcajada.

- Claro que ha llorado pero porque yo le gritaba que frenase y él se pensaba que le echaba la bronca por haberse caído.

Martín contesta con su voz comedida y demasiado medida para un niño, Ismael dice algo en el mismo tono y Manolo replica bromeando, sus hijos vuelven a responder…, y yo sigo observando la escena, la relación tan amigable, tan dulce, tan franca, entre pedalada y pedalada, mientras nos cruzamos con una pareja de galgos que caminan esbeltos junto al galguero demasiado lejos de las llanuras extremeñas, mientras seguimos descendiendo hacia unos enormes farallones que se elevan a unos cientos de metros por delante de nosotros.

- Veis esa montaña que está como rota…, pues yo creo que hace unos miles de años se hundió y por eso tiene ese color marrón…, ahora, mas adelante veremos los restos.

Seguimos pedaleando, atravesando algunos campos de algarrobos labrados hasta que bajamos al pequeño barranco que serpentea repleto de cantos rodados, de piedras redondeadas tras miles y miles de avenidas, de lluvias, de tormentas, de borrascas.

Paramos a los pies de la pared y señalo hacia las inmensas piedras que alguna vez formaron parte de esa montaña.

- Yo estoy convencido de que esa pared se desplomó de golpe, no se, por algún terremoto, por alguna helada.

- Si, desde luego estas piedras han caído de allí arriba –afirma Manolo.

- Pero fíjate…, los pinos ya han crecido en esas mismas piedras.

- En esas grietas en las que apenas si habrá tierra.

No me atrevo a decirles que a veces he parado aquí a buscar útiles líticos, que tengo el convencimiento casi infantil de que entre estos pinares vagabundearon los clanes cazadores-recolectores que ocuparon estas tierras en los últimos miles de años y que en una de las enormes rocas que ocupan el lecho de la rambla creí encontrar los restos de una talla, de la extracción de una lasca para tallar algún bifaz, alguna punta de flecha, algún raspador para curtir la piel de algún cérvido abatido en estos montes…, quizás todo ocurrió en mi mente, en mi imaginación o que puede que sus restos aún estén por aquí aunque no consigamos verlos ni percibirlos nunca.