


Este rinconcito, a menos de cinco minutos de la cafetera aún caliente…, ya me fascinaba cuando era un niño. Pedaleaba con mi BH por esos caminitos que ahora recorro con Norton, con Mía, con Cecil y con Pepper, con la manada que corretea y olfatea entre las matas de esparto, entre las coscojas que acogen a los primeros niscalos del otoño, por aquí los llaman rovellones o esclatasangs.
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Por entonces me llamaba la atención que incluso, en verano, siempre encontraba musgos y líquenes, siempre encontraba una agradable sombra y un olor distinto. Unas pedaladas después volvía a encontrarme con el sol implacable de agosto, con la tierra dura y polvorienta, con la vegetación sedienta y con los restos muertos de los gamones.
Ahora, el rinconcito del bosque está más verde que nunca, entre el pasto brota la seta de olivo, de color naranja vivo, intenso, hermoso. En los bancales abandonados, donde esos olivos crecen sin podas y a su aire, brotan también algunos champiñones silvestres entre los omnipresentes suillis.
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Estos hongos esponjosos y amarillentos emergen brillantes, empapados y descarados, poderosos, orondos. Crecen por doquier y amontonados, apretados, como peleando por lucir las cutículas mas brillantes y sanas. Pero las hay mas espectaculares, casi surrealistas, como venidas de otros mundos…, la jaula escarlata…, este no es su nombre, ahora mismo no lo recuerdo, pero todos los otoños surge entre la pinocha extravagante y marciana. Pero a su alrededor siguen fructificando docenas de ellas, menos vistosas, sencillas, delicadas.
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Dejo el rinconcito mágico, camino entre los perros y a veces oigo a Mía lanzar su ladrido nervioso cuando descubre algún conejo, con suerte veo a Norton lanzado, atravesando algún claro que luce un verde destellante, como una especie de césped precioso, como una primavera efímera en las puertas del invierno. Es la tierra que agradece las últimas lluvias de estas semanas brumosas en las que algunos claros se alternaban con chaparrones que llenaban de luces el cielo, de haces luminosos en forma de arco multicolor que parecía despegar desde la misma tierra empapada con la lluvia.
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Continuo el paseo, los paseos durante estos fines de semana que estoy subiendo a solas a las Tierras Altas, a madre ya no le apetece subir y yo pasó los días entre los perros, dando pedaladas sobre la Bicipalo y paseando con la mirada gacha, buscando entre los tomillos y romeros, entre las coscojas…, o con la vista alta, contemplando las nubes que cubren Rebalsadores o las luces rojas del ocaso incidiendo sobre el mismo macizo, ya de anochecida, de vuelta del paseo.
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He recogido algo mas de un cuarto de rovellones, los limpio sin mojarlos, los acompaño con perejil, con hierbas provenzales, con ajos y ceno a solas con la manada, con Norton, con Mia, con Cecil, con Pepper…, y amanece despejado, sin brumas ni nubes, luce un sol que me hace sonreír y pedalear relajado, observando las huellas de los jabalíes en el barro y escuchando mi nombre pronunciado por un ciclista de montaña al que no conozco. Doy media vuelta y veo que me sonríe, le acompaña una chiquilla que debe ser su hija.
- ¿Eres Pedro…?, ¿Bicipalo…?.
- Si.
- Bueno, yo soy Jesús y te he reconocido por tu bici, hace un tiempo buscando sobre la Sierra Calderona di con tu blog y me he enganchado…, aunque ahora tambi´ñen escribes sobre motos.
Sonrío agradecido y charlamos un rato hasta que Vega se impacienta, nos despedimos con un apretón de manos y sigo pedaleando sintiéndome a gusto, satisfecho y mas animado.
Y ya de vuelta, vuelvo a pasear con los chuchis por los rincones especiales de la Calderona en otoño, muy cerca de la cafetera aún caliente.