Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

sábado, 2 de junio de 2012

GALGOS BAJO LAS ESTRELLAS DE LA MANCHA (fragmento del capitulo 21 de "El verano de los perros flacos".


- ¡Mira, ahí va otra, ahí va otra…! –exclamó Alberto señalando con la brasa hacia una estela blanquecina, hacia una raya que durante algo mas de un segundo recorrió el firmamento.

Atis y Tirma se alzaron inquietas y se volvieron hacia Alberto.

- No pasa nada, tranquilas –murmuró Paúl- es que como has dicho ahí va…, se pensaban que era una liebre.

- Siempre dispuestas –susurro Alejandra, buscando a las galgas en la oscuridad y encontrándolas como al dolmen, con sus huidizas siluetas recortadas contra la claridad del pasto agostado. En ese momento, ya al final del día, empezaba a comprender la relación entre Paúl y esos perros flacos, había empezado a comprender el porque de esos recuerdos intensos que habían estado perturbando a Alberto.

Alejandra dio otra calada al purito y sacó su móvil, abrió la carpeta de mis imágenes y buscó la última foto, la que había hecho a las perras justo cuando reposaban mirando hacia el crepúsculo, justo cuando el sol se enterraba literalmente en el horizonte. Esa luz sesgada parecía haberse inflamado al rozar la curvatura del planeta, como lo hacían las hespérides cuando se rozaban contra la atmosfera terrestre y se había derramado sobre el pelaje de azabache y cuarzo blanco de las galgas. La imagen que apareció en la pantalla le gustó, los colores surgían calientes y vivos y la mirada de las hermanas era serena y relajada, tranquila, las galgas sabían que con esos dos hombres que luchaban por no olvidar a los niños que fueron, estaban a salvo, sabían que ellos nunca las abandonarían, que nunca las ahorcarían, que nunca las llevarían al muladar. En la misma imagen se podía ver esa peculiar forma de descansar que tenían las galgas, dejaban caer los cuartos traseros, contorsionaban las delicadas cinturas y se quedaban con las cabezas erguidas, sus profundos pechos se apoyaban contra la tierra y les impedía descansar con la cabeza entre las interminables patas delanteras…, hasta que les vencía la fatiga o el sueño y se dejaban caer lentamente de lado, pero mientras permanecían así, como en la fotografía, enhiestas y altivas, se llenaban de una majestuosidad conmovedora, en un prodigio de líneas elegantes y fluidas, en una imagen que condensaba la armonía de la Naturaleza con sus propios hijos.

Nadie pudo verlas, pero Alejandra las sintió resbalar por sus mejillas, unas lagrimas sutiles al final del día, cuando el sol se cobijaba y la noche surgía mostrando la realidad de un cosmos estrellado que en todo momento había estado ahí, pero velado por la luz del sol, mostrando la profundidad de un universo que engullía a los mismos ojos que lo contemplaban.

domingo, 27 de mayo de 2012

Sesteando (trailer publicitario de "El verano de los perros flacos")


Sesteando.

Las alas de la cigarra chirriaban, lanzaban ese sonido desde las encinas y Tirma y Atis lo ignoraban, dormitaban a la sombra, mimetizadas entre los claroscuros y moviendo los pies de liebre, soñando con la carrera de la mañana, con las rabonas que habían perdido y con la que habían matado. Sesteaban sobre la tierra desnuda y entre los sueños se mezclaba el ruido sordo de esas otras carreras, las de las zancadas de otros galgos, las de otros lebreles. Eran como las pulsaciones del corazón de magma, a veces era como un rumor, como un crujido cuando los arados abrían la tierra y removían la costra y otras un rumor incesante, cuando aplastaban sus rosetas contra la meseta y oían el discurrir de su propia circulación sanguínea.

Sesteaban y las cigarras rasgaban la atmósfera caliente de la tarde, el aire recalentado vibraba y penetraba en la casa, entre la fresca penumbra creada tras las cortinas echadas o tras las contraventanas entornadas. El aroma del café de las galguerias aún flotaba en el salón silencioso, vacío, sin ojos humanos que lo pudiesen contemplar, sin personas que pudiesen ver el haz de luz que penetró en el zaguán cuando una silueta estrecha se deslizó dentro sin apenas separar la puerta. Tirma se paseó como un fantasma, como un espíritu mesetario que visitase las casas cuando los hombres y las mujeres dormían, como el espectro de un galgo que echase de menos el calor que jamás disfrutó dentro de las casas de homo. Tirma olisqueó la mesita baja, dio un par de lametazos a la bandeja de las galguerias y caminó moviendo las caderas hacia la cocina. Con el largo hocico abrió la tapa del cubo de las basuras y hundió su afilada cabeza en él. Olió enseguida las vísceras de la de la liebre y las tragó sus apenas masticar, reculó relamiéndose, salió de la cocina y se asomó a la habitación de Elena, se dio la vuelta como una culebra en el estrecho pasillo y subió las escaleras. Husmeó en una de las puertas, empujó con la trufa y Lucia se estremeció asustada, pero se relajó cuando se encontró con la tierna mirada de Tirma, cuando volvió a contemplar esa particular expresión de los galgos, la mirada eternamente triste, las orejas siempre sumisas, el cráneo estrecho y esos hocicos largos, interminables, como estiletes, sus cuerpos prietos y casi famélicos, la actitud temerosa, tímida, huidiza.

Lucia cabeceó y sonrió.

- No te muevas de ahí que te hago una foto.

- A mi no –murmuró Elena medio dormida, tumbada sobre la cama de su hermana.

- A ti no te lo decía, se lo decía a Tirma…, bueno creo que es Tirma.

El flash del móvil iluminó durante unas décimas de segundo la penumbra del dormitorio y el perfil de Tirma quedó inmóvil en la pantalla del teléfono.

Elena sonrió y extendió el brazo hacia la galga.

- Ven aquí Tirma, anda, ven aquí.

La perra se coló en la habitación y se movió despacio. Elena le pasó la mano por el lomo y que volvió a sentir cada una de sus vértebras, entonces Tirma gimió y ladeó la cabeza súbitamente.

- Tus heridas cariño, ya no me acordaba de que las dos nos hemos caído.

- Yo si que me acuerdo y pronto esa imagen será carne del face…, estoy apuntito de subirla.

Elena suspiró y observó a su hermana, mientras Tirma bostezaba y se tumbaba junto a la cama. Estaba sentada frente al sencillo escritorio y sobre una silla sin acolchados y con el respaldo muy recto, con el portátil abierto y con el móvil al alcance de la mano.

- Bueno, súbela…, pero no digas que he matado una liebre y que encima me la he comido.

- Joder, es que lo de hoy ha sido muy fuerte –admitió Lucia, apoyándose contra el respaldo y entreabriendo la boca- coño entre esta silla que es dura como la piedra y entre el crucifijo de la pared, juraría que me he metido a monja y que estoy en una celdilla de esas de un convento…, ¿y que has sentido cuando Tirma te traía al conejo ese…?.

miércoles, 23 de mayo de 2012

NO A LA EDUCACION, SI A LA ESPECULACIÓN URBANISTICA.


Hace tiempo que las pancartas pidiendo un colegio hondean en las calles de Náquera, algunas estan rotas y otras las he tenido que remendar para poder hacerles las fotos. Todos los jueves los padres y madres de alumnos se reunen para protestar, para que el alcalde les oiga y para intentar que se le caiga la cara de verguenza, pero hace unos días por fin obtuvieron una respuesta.
El pleno del ayuntamiento aprobaba la ejecución del PAI en la partida de Les Fontanelles, una zona de gran riqueza paisajistica, un entorno natural de gran valor. En respuesta a la demanda de un cole, el ayuntamiento daba luz verde por unanimidad y en medio de un ambiente festivo y alborozado a la construcción de 13oo chalets y un campo de golf.
El ayuntamiento ha dicho no a la educación y si a la especulación urbanistica, ha dicho no a un colegio digno y si al cobro de comisiones, al trasiego de sobres y maletines, el ayuntamiento de Naquera ha dicho no a la enseñanza y si a la deforestación, ha dicho no a unas nuevas aulas y ha dicho si a la economia del ladrillo, al enriquecimiento rápido, al abuso urbanistico. Ha dicho no a la oportunidad de recibir una enseñanza en condiciones y ha dicho si a vender los parajes naturales a la gente adinerada, a vendido la tierra como si el ayuntamiento fuese el
chulo de una prostituta llamada Sierra Calderona.
De nuevo los alcaldes se quitan la careta y nos enseñan sus verdaderos rostros, los rostros de personas vacias y sin principios, los rostros de gentes descastadas y avidas de dinero, los rostros de personas sin principios y sin escrupulos, los rostros de personas que desconocen que es la honestidad, la nobleza o el espiritu de servvicio. Son los rostros de personas que hacen de la corrucpcion sus ideales basicos, personas que desprecian al pueblo y al futuro de las personas.
Después de la debacle del ladrillo veo que no ha cambiado nada, los alcaldes de medio pelo siguen obsesionados con recalificar el suelo, con aprobar PAIs y todo ello de la mano de un vergonzoso gobierno valenciano que ha aporbado una moratoria de 5 años para que los permisos de los PAI aprobados no caduquen, es decir, que siguen con la idea de volver al ladrillo, al abuso urnbanistico y a la corrupción cuanco la economia vuelva a moverse.




sábado, 19 de mayo de 2012

ANTROPIZANDO, LA TIERRA A MERCED DE HOMO.

La manada y yo dabamos el paseo del viernes por la tarde, siempre por las mismas sendas, por las mismas pistas y envueltos por esa calma que tanta paz me aportaba y nos encontramos con la brutal huella de homo. Aquel paisaje no era el de siempre, nos paramos todos al pie del ribazo y observamos el campo podado brutalmente.




Continuamos la vuelta y durtante las siguientes semanas pudimos ver como los naranjos desaparecieron y como el sol empezó a derramar su luz sobre esa tierra rojiza que durante tantos años alimentó a esos naranjos cortados.
Observé las podas amontonadas antes de que se las llevasen, ante mis ojos estaban las raices que durante ese tiempo absorvieron los nutrientes, las mismas que bebieron del algua de lluvia o desde los goteros, observé algunos tocones abandonados y volví a observar la tierra desnuda, en barbecho, reposando.



Y durante otro de los paseos sentí miedo, me sentí como un hominido indefenso, me sentí como aquellos humanos que murieron en la actual Georgia hace mas de un millon de años fajo las fauces de los tigres dientes de sable. Paseabamos y vi que Norton y toda la manada se quedaban parados, mirando por encima del campo en barbecho y concentrando sus ojos y sus orejas en otro bancal de naranjos.



Al poco pude distinguir una manada de perros asilvestrados y me angustié, los observé corriendo entre los troncos, como fantasmas sanguinarios, como depredadores que se camuflaban entre la vegetación antes de atacar y me preocupé cuando un enorme perro negro nos vio y empezó a cruzar por encima del barbecho, pero justo en ese momento se escuchó el ladrido nervioso y excitado de algun podenco descubriendo una presa, la jauria entera echó a correr hacia los ladridos y yo respiré tranquilizado.
- Venga, vamos, vamos, para allá -murmuré guiando a Norton, a Mia, a Cecil y a Piper en dirección contraria.

domingo, 13 de mayo de 2012

HIJOS DE LA SIERRA CALDERONA, ESPIRITUS LIBRES Y SALVAJES DE LA SERRANIA.


Este fin de semana la Sierra Calderona olía a verano, de sus pinares y de su monte bajo se desprendían cientos de aromas desde una primavera excitada bajo ese sol que calentaba demasiado, sobre todo por las descarnada pista que desciende desde la Font de L`Abella hacia la pista principal que sube desde el Pla de Lucas. Allí las aliagas se llenaban de un verde intenso que me recordaba al color del azufre y ocupaban los bancales olvidados, entre vetas de tierra amarilla o rojiza.





Descendía trazando las amplias curvas y me he encontrdo con él, estaba ahí, caído, inmovil. El cachorillo de zorro estaba muerto y algunas gotitas de su sangre manchaba a unas pocas piedrecillas, las moscas ya zumbaban cerca y las hormigas y las garrapatas se movìan entre esos pelos grisaceos y esponjosos. Me miraba como si estuviese dormitando, con sus ojillos rasgados, con las pequeñas orejitas apenas sobresaliendo de esa pelambre como esponjosa y con unos delicados colmillitos asomando de su morrito fino, muy fino y delicado.







Me supo mal, sentí algo de tristeza porque nunca mas vovlería a cruzarme con ese zorro, pero al tiempo eché un vistazo a las lomas que me rodeaban y supe que la madre andaria por allí, guarecida, buscando las umbrias, entre los brazos de la Sierra Calderona, en alguno de sus covachos, en alguna de sus loberas abandonadas.



miércoles, 9 de mayo de 2012

GALGAS ENGALGANDO, TRAS LA LIEBRE, TRAS LA RABONA.


La liebre se alejaba del ranero y corría encarrilada, recta y con las galgas detrás, con Tirma muy cerca de ella, casi encima, mientras Tralla corría abriéndose ligeramente a derechas, esperando que la rabona volviese a quebrar hacia ese lado, pero la liebre viró a izquierdas, Tirma giró hacia ese lado, pero volviendo a resbalar, volviendo a rasgar con sus uñas la corteza áspera y reseca de la meseta, volviendo a gruñir y a levantar una nube de polvo de entre la que surgió Tralla con la boca abierta, mostrando sus mandíbulas y con todos sus músculos repletos de sangre, hinchados, tirando de la piel, de ese manto bardino, dando vida a todos esos tatuajes que las espigas dibujaron sobre su piel, entre marrones y negros. Pero las vetas, las trazas grises y negras de Tirma volvieron a cobrar vida igual que los dibujos de Tralla. El pecho de la galga se llenó de aire y las pulsaciones del corazón se transmitieron a unas patas que volaron sobre el páramo, mientras el viento arrancaba de sus belfos hilos de saliva que se enredaban en la trufa o entre sus flancos.

Las dos perras casi formaban una sola imagen, la liebre apenas si se veía, era algo que bailaba al final de esos largos hocicos que cortaban el viento, que abrían una brecha en la atmósfera recalentada de la llanura por la que escurrían esos cuerpos que tan solo eran huesos, músculo y piel. Huesos elásticos, flexibles que se reviraron cuando la rabona rompió a derechas y enfiló de nuevo hacia los almendros. Los músculos de Tirma y Tralla se retorcieron, se contrajeron y volvieron a extenderse en esas zancadas que poco a poco volvieron a acercarlas a la silueta fugaz de la liebre.

domingo, 6 de mayo de 2012

GALGOS 112 EN EL PARQUE DE CABECERA DE VALENCIA.


Decenas de galgos, decenas de lebreles y ni una sola liebre, ni páramos ni mesetas, ni extensas planicies ni campos en barbecho, ni parcelas segadas…, y decenas de destinos cambiados. Los galgos paseaban sobre el césped mullido y verde, fresco y agradecido y sus nuevos dueños les acompañaban. Pero puede que yo estuviese viendo algo distinto, veía otras formas de pensar, de sentir y ver. Veía a gentes de ciudad concienciadas con el maltrato animal, imagino que la mayoría de ellos en contra de la caza con galgo y en contra de cualquier tipo de caza.

También veía a esos galgos, algunos de ellos con heridas y mataduras en sus flancos, otros huidizos y temeroso, muchos de ellos de gestos comedidos y delicados, pero todos ellos elegantes y finos, esbeltos, de andares pausados, como perros de pasarela luciendo una delgadez fascinante que se llevaba las miradas de quienes paseaban por allí con sus mascotas y descubrían a esos otros perros, a la raza maldita, a los señores de la España mesetaria, al perro de las dos Castillas.

Descubrí las miradas de algunos niños que veían por primera vez a un lebrel, algo tan distinto a los perros de siempre, a los pastores alemanes o a los chihuahuas, a los labradores o a los carlinos y escuché algunos historias que ya había escuchado, las de galgos que se aterrorizaban ante el hombre y que sin embargo se dejaban mimar por las mujeres y los niños, galgos que llegaban desde Córdoba o desde las Castillas o desde Extremadura…, galgos que habían tenido suerte y que habían cambiado las sogas alrededor de sus cuellos o la cruel soledad de un pozo por las familias de esas gentes de ciudad, que incluso les daban besos, que les trataban con mimo y que siempre se preguntaban que habrían vivido esos animales en sus carnes para ser así de temerosos y de retraídos. A veces, cuando uno de esos galgos miraba hacia algún lugar del parque, cabía preguntarse si estaba acechando alguna liebre o si estaba vigilando por si reconocía la silueta de ese hombre recortada sobre cualquiera de nuestras mesetas.

Los poderosos cuartos traseros y el pecho profundo, justo por encima de los corvejones, la cola timón y en las fotos de abajo, los famosos pies de liebre.


Largas falanges de pisada rápida y ligera, flexibles.

Antonia y su amado Ulises, otro galgo que tuvo la suerte de encontrarse con mi amiga, se topó con él cuando apenas si tenía un día, abandonado bajo el sol manchego. Lo absurdo de la historia es que el galguero que lo abandonó, ahora lo pretende, ¿quizás para volcer a hacerlo....?

Tito, el galgo de Marta, me saluda sonriente, es un lebrel fantástico, para mi refleja el perfil del galgo mesetario por excelencia, es largo, flexible, dócil y su manto barcino es precioso, hipnotiza y te lleva a los campos del centro de España..., por lo menos a mi.

Quizás, el blanco en el hocico de Tito sea la escarcha de esas primeras heladas castellanas.

Leyre danzando luciendo figura fucsia.



Justificar a ambos lados Por allí también me encontré a Karmen Martin, a su galga Bimba y a su inseparable cokker Boni, también a Carmen Benavent y a su familia, a Pilar Serrano, a Helia y a decenas y decenas de galgos que de vez en cuando se daban alguna carrera, pero conteniendo las zancadas y sin apenas llegar a desarrollar toda la potencia, después trotaban como sonriendo y buscaban alguna sombra, de esas que escaseaban en los páramos, una sombra sobre la que se dejaban caer jadeando y soñando tranquilos, relajados, sin el miedo a descubrir la silueta de él recortandose contra aquellos horizontes planos, infinitos sobre los que corrían sin fin ni descanso.

sábado, 5 de mayo de 2012

LA COLLERA DE LOS GALGOS MALDITOS.


Alberto miró hacia ese mismo lado y no vio a nadie, tan solo volvió a encontrarse con aquella inmensidad, con aquellos espacios en los que de vez en cuando surgía algún montón de piedras, algún majano grisáceo o las cuadriculas de parcelas en barbecho, solitarias o siendo roturadas por tractores que siempre surgían en la distancia, en la lejanía y envueltos por el polvo de esa misma tierra y con el agricultor encerrado en la cabina de cristal, contemplando el campo, las pajas segadas casi a ras de aquella tierra áspera y sonriendo cuando alguna liebre saltaba nerviosa ante el estruendo del tractor desgarrando y volteando la tierra.

A veces levantaba la vista y a través de los sucios cristales, miraba a su alrededor, veía lo mismo de siempre…, la meseta, el llano, los amplios páramos y a veces, sobre todo durante aquel verano de los robos de galgos, a aquellos niños que siempre andaban rodeados de esos galgos que nadie quería, todos ellos bardinos, atigrados, como hijos de la meseta. Incluso a veces los confundía con los mismos campos y le parecía ver solo a los lebreles, los niños se mimetizaban entre aquella collera que nadie quería.

Alberto sonrió, buscó a aquella collera de malditos, buscó a los niños y se encontró de nuevo con la mirada de Alejandra, con su sonrisa.

- ¿Todo bien, cariño? –preguntó ella.





Comentaba en el face que tras casi diez años dando pedales por la Sierra Calderona, estoy aprendiendo a sentirla, a percibir como cada primavera se viste de alegria, de colores intensos y tan vivos que me da la sensación de que esas florecillas me miran y rien.
He aprendido también a pararme en la Font del Berro y a escuchar los trinos y los cantos de las avecillas, a deleitarme con sus vocecillas, a dejarme llevar por sus vuelos, por sus aleteos, por sus llamadas.
He aprendido a levantar los ojos cuando escucho el arrullo de los abejarucos o esa llamada que llega desde las alturas y que durante el invierno escuché mas de una vez en sueños...., la llamada de los vencejos.
Y este invierno me he reencontrado con parte de mi pasado y con un presente, con un ahora distinto..., pero los meses gélidos y silenciosos ya han pasado y ahora es momento de sonreir, de contemplar la llegada de las migratorias y de escuchar sus cantos.

sábado, 28 de abril de 2012

GALGOS Y LIEBRES.


Alejandra sonrió y Lucia se encontró mejor, se relajó y se sintió a salvo de la soledad de aquellas tierras, del silencio, del olvido en el que parecían sumidas o condenadas, de la inquietud que despertaban en su interior, del extraño desasosiego que había empezado a despertar desde que oyese contar a Paúl las historias de la Guerra Civil, las historias de muerte y miseria y desde que las imágenes de los galgos ahorcados y torturados se hubiesen quedado grabados en su mente unos pocos minutos antes de dormirse entre sueños y pesadillas. Pero el miedo retrocedió ante la sonrisa de Alejandra, ante la sonrisa de su madre. Era el temor a algo que parecía flotar en el ambiente pero ese mismo miedo pareció retraerse cuando recordó que tan solo faltaba una noche para volver a casa y para volar a Italia a ver a sus amigos.

Lucia notó los rayos del sol en sus gemelos y en su espalda, empezó a sentir algunas gotas de sudor resbalando bajo la visera de la gorra y el sabor del fotoprotector entre sus labios. Escuchó las llamadas de los vencejos y alzó los ojos hacia el cielo, se bajó las lentes ahumadas y los encontró sobrevolándoles, se giró hacia su padre y le vio señalándolos, sonriendo y cabeceando al mismo tiempo que Paúl, que su amigo. Lucía logró sonreír, volvió a protegerse las pupilas y suspiró como tratando de expulsar la angustia que poco a poco se iba posando en su alma, deseó que pasase pronto el día, deseó volver a conducir la berlina y volvió a desear acelerar hasta tomar ese avión hacia Roma, deseó que su padre volviese a divagar entre campañas publicitarias y entre frases ingeniosas, deseó volverlo a oír llamándolas para que viesen el nuevo spot, a veces parecía olvidar que los anuncios se podían ver en cualquier momento en You Tube, deseó que Elena volviese a colgar sus pensamientos en el face, a denunciar los maltratos animales, la pesca de las ballenas o las talas en la Amazonía, deseó que mamá volviese al instituto y deseó poder volver a manipular el termostato del duplex a placer.

Fue un ruido sordo, una pequeña explosión, cuando todas las fibras musculares restallaron con un latigazo y levantando una polvareda que aterrorizó a Lucia. Lanzó un grito de pánico y toda ella se encogió dando un salto en el aire, como el de la liebre que arrancó desde su cama y que comenzó a correr virando a izquierdas y en paralelo a la mano, volando ante los ojos de Alejandra y ante un Alberto que sonrió y que siguió con los ojos el vuelo de la rabona, casi percibiendo la imagen a cámara lenta, al tiempo que su corazón se aceleraba y echaba a correr hacia su izquierda. Alejandra le vió llegar con la cabeza vuelta hacia la liebre, sin verla a ella y se apartó a un lado.

- ¡Ahí va la liebre, ahí valá, ahí valá…! –gritó Matías con un tono de voz denso que surgió desde los recovecos de su menté. Aferró con sus dedos el mango en T de la traílla y sintió el tirón de Atis y Trisca desde sus collares, las sintió gimotear, gruñir y empujar desde sus cuartos traseros- ¡ahí valá, ahí valá…! –volvió a gritar y echó a correr detrás de las galgas sin soltar el mango de madera y sonriendo al sentir como las perras gimoteaban y tiraban de él como de una cuadriga. Sintió como la otra collera se removía en sus entrañas, sintió como sus caderas chirriaban con la artrosis después de tantos años sentado al volante del taxi y volvió a gritar para que a las galgas se les gravase a fuego esa voz y esa imagen de la rabona ganando metros, alejándose antes sus ojos- ¡ahí valá, ahí valá…!.

Lucia se cubrió la boca con las manos al ver a Matías pasar ante ella corriendo y sin soltar la traílla. El galguero corría jadeando y gruñendo esa frase que apenas si podía entender. Temió que le fallasen las piernas o que sus viejos huesos se pulverizasen con los terruños que aplastaba. Vio a su hermana sujetando la correa de Tirma con las dos manos y a Paúl trotando con Tralla hacia la liebre, su padre corría como un chiquillo excitado y su madre le seguía echando miradas atrás, siguiendo con los ojos a Matías. También temía que las dos galgas le derribasen y terminasen revolcándolo sobre la meseta, pero en ese momento, Matías sintió que se ahogaba, vió a la liebre suficientemente lejos y abrió los dedos de su mano, dejó suelto el mango en T, la correa de cuero empezó a caer y el fino cable de acero fijado a su muñeca con un lazo simple se tensó cuando las perras aceleraron, tiró del pasador y los dos collares se abrieron al mismo tiempo con un chasquido seco. Matías dio un par de pasos más, alzó la barbilla y vio a las galgas raspando el páramo, con las cabezas gachas y con los ojos fijados en esa pequeña silueta que aceleraba rozando el llano.

- Han engalgado, han engalgado –murmuró Matías recuperando el resuello y con sus ojos clavados en las perras, que se alejaban en una carrera nerviosa y ciega.

sábado, 21 de abril de 2012

LA PRIMAVERA ERA ROJA.


Despues del viaje con Duna me apetecia pedalear sobre las pistas de la Calderona y el sabado amaneció lleno de aromas, de olores y de sonidos primaverales. Ascendí hasta el cruce de Rebalsadores y me dejé caer por el Rincon de la Miseria hacia el barranco de Potrillos.
La serpenteante pista rojiza, estaba reseca y las umbrias no despedían ese olor intenso olor a humus del invierno, dejaban escapar el olor del pino, unos aromas que me recordaban a otros años y a otras sensaciones, otras vivencias. Me acordé de las amapolas moradas y empecé a echar vistazos a los bancales de olivos de la cartuja. Los veía abandonados y cubiertos por un mar de hierbas marchitas, apagadas, de un color grisaceo triste y sin vida.
No me encontré con ninguna de esas hermosas amapolas moradas, pero si con una de las de siempre, con una de esas rojas que todos fotografiamos o pintamos, una de esas que llenan las cunetas o que surgen alegres en los jardines. Estaba allí, en medio de aquel herbazal triste y sin colores, como si la primavera hubiese abandonado aquel bancal, como si no quisiese saber nada de esas gramineas despojadas de todo verdor o vida.
Ella estaba allí, solitaria y delicada, zarandeada por el viento seco que se habia llevado los aromas de las umbrias y que ajitaba sus frágiles pétalos.







martes, 17 de abril de 2012

MATIAS, EL GALGUERO.

Los mordiscos empezaron al poco de acostarse, como si una collera de galgos enloquecidos acribillase a tijeretazos sus tripas y sus intestinos, esos que tantas veces había visto cuando sajaban al cerdo o cuando abría a las rabonas. Entonces se encogía, se giraba hacia el otro lado de la cama, para no molestarla a ella y se apretaba el vientre mientras el sudor brotaba por los poros y resbalaba entre las arrugas de su rostro como si fuese una tierra árida y descarnada, como si fuese una ladera erosionada y repleta de surcos y torrenteras que lluvia tras lluvia la iba lijando hasta mostrar la piedra, esa costra dura y hostil de la meseta, hasta dejar al aire los huesos de su cadáver, de su calavera…, pero al final lograba dormir un poco, los mordiscos se espaciaban y un poco antes de que los paramos se abriesen para que el amanecer brotase lentamente, abría los ojos.

Distinguió la escopeta al alcance de su mano y suspiró, se palpó el estómago y no sintió dolor, la collera parecía dormitar en sus entrañas, relajada o fatigada después de la carnicería.

A veces, en medio de esos sudores que empapaban la cama, deliraba y creía reconocer a todos los galgos que ahorcó, a todos esos galgos que abandonó y a los que jamás propició una caricia sincera, un mimo o un beso, como hacían las gentes de la ciudad.

A veces, Matías cabeceaba en medio de esos dolores y creía reconocer en la mirada de todos aquellos galgos, algo más que los simples ojos de un perro, veía la incomprensión y la profunda pena, la tristeza y el abatimiento. Durante unos momentos el poder sentir eso le aliviaba el dolor, el poder verlos como algo mas que una herramienta, le hacia sentirse mas humano, le hacia descubrir algo nuevo en si mismo. Era capaz de percibir el amor y el cariño de una manera especial, como nunca sintió ni siquiera de niño ni de adolescente, entonces sonreía aunque se estuviese pudriendo por dentro, pero era una sensación que duraba poco, después, en medio de la angustia, los ojos de los galgos se apagaban y volvía a ver tan solo a unos perros nacidos para correr y para matar liebres, volvía a rabiar de dolor, a encogerse, a hacerse un ovillo como lo había visto hacer miles de veces a los galgos.

lunes, 16 de abril de 2012

UNA VIRAGO 535 EN EL ALTIPLANO GRANADINO.





El altiplano granadino surgió fresco y con sus extensos campos de cereales, verdes y vivos extendiéndose hasta las faldas de unas montañas que se elevaban dulcemente hasta desparecer entre las brumas y entre las nubes bajas, entre las ventiscas de agua nieve que azotaban sus cumbres.

A veces los campos estaban en barbecho y enseñaban el color de la tierra, revuelta, volteada y dejada reposar, en otras parcelas eran los olivos los que crecían espaciados, a suficiente distancia entre unos otros como para seguir alimentando esa sensación de estar entre espacios enormes y planos, entre llanuras despejadas de monte bajo y de maleza sobre las que podrían correr mis galgos imaginados, quizás mas rápidos que nunca si la rabona saltase a favor del viento. De unas ráfagas racheadas contra las que luchábamos Duna, Mathius, Águila Culebrera, Chiwy y yo.

Pero no dejaba de mirar aquellos campos, de girar la cabeza, de apartar los ojos de la carretera y de mirar a través del integral esos paisajes que tantas veces había imaginado, no era la meseta, pero lo recordaba mucho, pero al final me atreví a hacer algo, me atreví a soltar la mano izquierda y a moverla simulando que era la carrera de un lebrel, algo que solo yo podía entender, algo que solo yo podría imaginar y gozar.

Continuamos el viaje y Puebla de Don Fadrique surgió preciosa, al final de un descenso en linera recta, encaramada sobre una ladera y rodeada de unas cumbres, a veces llenas de sol y otras cubiertas de nubes que se desgajaban contra ellas impulsadas por el viento Se partían en mil gotas que se derramaban sobre las viseras de los cascos y sobre el asfalto, algunas se helaban formando pequeños copos de nieve que me inquietaban y que siseaban cuando caían sobre las aletas de los cilindros. Duna los evaporaba como tratando de tranquilizarme, tratando de hacerme gozar como lo había hecho durante el viaje, rodando sin problemas, redonda y capaz, contra el viento y bajo la lluvia y la nieve que nos sorprendería nada mas salir de vuelta a Valencia…, pero eso tampoco detuvo a las vieja 535, tan solo se detuvo en la puerta de la carpintería.

Aparcamos en el Hostal Puerta de Andalucía y nada mas quitarme el casco le pregunté a Águila.

- ¿Sabes lo que quería decir con el gesto….?.

- Joder, estaba clarísimo –respondió la motera, agitando su melena negra y sonriendo tranquila y relajada, como si acabase de darse un paseo con un ciclomotor y no mas de 250 kilómetros tumbada sobre su Monster- eran tus galgos corriendo.


No me lo pude creer y tardé en murmurar algo, en tartamudear una respuesta, pero esa era solo una de las sorpresas que me esperaban en La Puebla, la mañana del domingo, mientras tomaba un cortado largo, pero que muy largo de leche, descubrí una silueta esbelta y elegante dentro de una vitrina de recuerdos de la tierra.

Un lugareño, ya mayor, observó mi entusiasmo y cuando el camarero sacó el galgo del expositor, me miró sonriendo y preguntó.

- ¿Que es usted cazador…?, como se lleva un galgo.

Me senté junto a él y sonreí.

- No, pero me gustan mucho tengo un mestizo con podenco y una podenca andaluza también cruzada, ellos son los que cazan…, y me encanta verlos correr, sobre todo al medio galgo barcino.


La conversación con aquel hombre fue breve pero muy agradable y un poco después, durante una de las veces que me asomé a ver si dejaba de nevar escuche una voz a mi izquierda.

- Hay que ver cuanta razón tienen los refranes –murmuró con el marcado acento sureño- al invierno no se lo come el lobo.

Y dio una calada a su cigarro, miré las montañas tiznadas por la misma nieve que llegaba por oleadas hasta las propias escaleras del hostal y descubrí que Duna me había levado a algo más que a una quedada motera, descubrí que el viento racheado había hecho algo mas que zarandearme. Había salido de mi casa, había dejado parte de mis miedos y manías y durante esa ruta se habían ido desprendiendo las ataduras y alguna de las obsesiones…, me asomaba a un mundo rural en el que la gente aún miraba al cielo, como leyendo en una pantalla tan clara como la de un ordenador o como en la de un smartphone y descubría que tras tres años tecleando y hablando con personas, que parecían virtuales, existían los abrazos, las sonrisas, las charlas y la convivencia, el compañerismo y algo de heroísmo compartido, cuando todos esos moteros y moteras volvieron a montar para regresar a sus casas, en medio de un invierno surgido de entre las fauces de un lobo solitario, que no llegó a comérselo y que durante dos días nos enseñó unos dientes tan afilados y cortantes como los de ese lobo refugiado en Sierra Morena.


miércoles, 11 de abril de 2012

LOS VENCEJOS YA ESTAN AQUÍ en "Diario de Homo"




El lunes pasado, ya de vuelta en la ciudad, bajé a pasear a Cecil y a Piper. Nada mas salir del portal escuché un sonido que me erizó la piel, el chillido agudo y excitado de ellos. Alcé los ojos y los vi allñí arriba, volando altos, muy por encima de las azoteas y muy por encima da la crisis, muy por encima de los problemas de los humanos, muy por encima de las mentiras y de la hipocresia de homo.
Sonreí lleno de dicha y a la vez con algo de inquietud, ellos habian regresado, habian vuelto desde África como todas las primaveras. Volaban altos y totalmente invisibles a las gentes que paseaban en el viejo cauce del río Turia, tan solo los veía yo, como tan solo vi yo a la golondrina que el fin de semana entró por la parte norte de la terraza, allí en las Tierras Altas y salió mirando hacia levante, hacia el mar.
También sonreí pensando que la golondrina atravesó la terraza para saludarme, para decirme.
- Pedro, ya estamos aquí.
Y a media semana he colgado unas casitas en la fachada del piso de Valencia para ver si este año consigo que aniden junto a mi, me encantaría.

lunes, 2 de abril de 2012

LA MESA DE LA MATANZA (Fragmento de "El verano de los perros flacos")


La mesa de la matanza.

- No entiendo porque tenemos que preparar nosotras el café… -siseó Lucia, asomando la cabeza desde la cocina hacia el salón- y míralos, mamá, se han sentado en el viejo sofá ese, que seguro que las perras duermen en él…, y están fumando, y esta cafetera, por Dios, seguro que lleva años sin lavarse.

Era una vieja cafetera de aluminio, una Oroley auténtica y con sus típicas facetas planas impregnadas de pátinas oscuras. Las lenguas del gas azulado habían tiznado de oscuro la base y el café supurando por la junta había resbalado hasta hervir, hasta caer sobre las llamas después de dejar un rastro negruzco que poco a poco había quedado impreso sobre el metal.

- Y luego, tanto rollo con las galguerias esas y no son mas que pastelitos –continuó protestando Lucia.

- Cállate que nos están mirando –dijo Alejandra.

Atis las observaba desde el umbral de la puerta.

- Seguro que tienen pulgas y bichos de esos que chupan la sangre…, y ¿os habéis fijado…?, el Matías ese ha entrado sin llamar y nos ha mirado las piernas, paleto.

La galga se acercó a las bancadas de piedra y alzó el hocico olisqueando el plato en el que habían colocado los dulces. Lucia cogió uno, se lo acercó y Atis lo engulló, se relamió y salió de allí con un divertido trote.

- ¿Nosotras lo tomaremos aquí o que…? –insistió Lucia.

Elena entreabrió los labios pero vio a su madre dar un paso hacia Lucia.

- ¿Ya has terminado de decir estupideces…? –preguntó Alejandra en voz baja y sin apenas abrir los labios, con sus ojos clavados en las jóvenes pupilas de su hija- no estas en tu casa, ni siquiera en tu ciudad, nos han invitado sin conocernos y Paúl nos ha abierto su casa y su corazón, ¿o es que no te has dado cuenta?, estamos aquí porque tu padre necesitaba volver para poder recomponer su vida y sus sentimientos…., no estamos haciendo turismo rural, para eso nos habríamos ido a un puto hotelito en la sierra, ¿lo vas entendiendo…?. Aquí las cosas se hacen de otra manera, hay otra cultura, otras costumbres y otras formas de vida que tu no tienes derecho a cuestionar. No trates de imponer tus costumbres ni de pensar que aquí la gente te va a reír las gracias de ciudad, observa y aprende, la vida no siempre fue como tú y tu hermana la conocéis.

El líquido oscuro y denso comenzó a ascender por la torreta, por el surtidor y empezó a gorjear, a supurar aromático y oloroso, dejando escapar unos vapores que pronto impregnaron la amplia cocina.

Alejandra se giró hacia Elena y señaló la cafetera con la mirada.

- Vigila el café…-ordenó y volvió a encararse con Lucia- ¿has visto está cocina…?, ¿te has fijado bien…?, ¿has visto la alacena llena de botes de cristal, las tinajas, los pucheros…?, ¿has visto los cuchillos…?, ¿ a que no habías visto cuchillos tan grandes en tu vida…? ¿y esta mesa…? –Alejandra retrocedió un paso y sin mirar fue capaz de golpear con los nudillos sobre las tablas de una mesa que ocupaba el centro de la habitación. Las madera estaba como aceitada, como empapada y repleta de pequeños cortes- aquí se descuartizaba, se despiezaba y se mataba al cerdo, a los conejos o a las gallinas…, se preparaba la comida…, para eso estaban los cuchillos, no para usarlos en las películas de terror…, y ya ves, la mesa es de madera, no es de granito ni de colorines, no es de diseño ni está comprada en Ikea…, esto es una cocina y eso de ahí fuera es la meseta…, no Madrid, recuérdalo Lucia y tu también y así podréis valorar realmente lo que tenéis en casa y la vida que lleváis, para que sepáis aprovechar la oportunidad que las otras mujeres no tuvieron.

La llanura serena escuchaba a Alejandra, un auditorio que asentía y aplaudía con el silencio respetuoso de los páramos, con el canto sutil y delicado de las alondras o con la voz áspera de las picarazas.

- O sea, que haz el favor de comportarte y aprovecha esta oportunidad para aprender un poco de cómo era la vida de esas mujeres de las que ahora os reís.

- Mamá, no nos reímos de nadie -admitió Elena- pero es que hay cosas que nos extrañan, no se…, eso de matar a un cerdo…, ¿ sabrías descuartizar y cocinar un conejo….?, nunca lo hemos visto en casa.

Alejandra cabeceó varias veces y durante unos segundos contempló a sus hijas.

- Ay, mis niñas delicadas…, hubo un tiempo en el que los conejos se compraban vivos y se mataban en casa…, y ahora vivimos una época en la que los conejos te los sirven despellejados y eviscerados…, lo próximo será que alguien los mastique por nosotros y nos lo vendan después una especie de papilla prebiótica…, seguro que vuestro padre idearía una campaña y nos convencería a todos. Si, Elena, si…., sabría descuartizar un conejo y cocinarlo. Y ahora, Lucia, coge la bandeja de las galguerias y ofrécelas primero a Matías, después a Paúl y a tu padre el último.

- Bueno, esto realmente no es una bandeja, es un simple plato y con trozos saltados.

- Lucia.

- Vale, mamá, vale.

- Y otra cosa, hija mía…, en los pueblos las puertas solían estar abiertas y la gente entraba sin llamar, daban una voz y punto.

Lucia sonrió, cogió los dulces

y salió de la cocina.