Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

domingo, 18 de diciembre de 2011

LAS PELICULAS QUE VI JUNTO A MI PADRE, en "Diario de Homo".

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Recuerdo que aquella imagen en la sala del cine Oeste de Valencia, ahora ya cerrado…, me impresionó profundamente, era el rostro congelado de un explorador, de un trampero, de un buscador de oro, de uno de aquellos aventureros que se perdían en las Montañas Rocosas, la cara congelada de uno de esos hombres que tan bien describió Jack London en sus relatos. Ese hombre era Charlton Heston en “La selva blanca” y el perro que arañaba la superficie helada era Buck, su perro de tiro que había sentido la llamada salvaje, la llamada de la selva blanca…, pero que finalmente regresaba junto a él. Aquel plano me impactó, quedó fijado en mi memoria y creo que desde entonces veo a la nieve y al hielo de forma distinta, el silencio invernal me estremece y de alguna forma pienso que es la época mas dura en la vida de un humano…, papá murió en invierno. Y el hombre completamente helado, grisáceo y cristalino al que Jeremías Jhonson arrrebata su fusil, también.


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“Las aventuras de Jeremías Johnson”, también la vi junto a papá, pero años después de asistir al estreno de “La selva blanca”, la debimos ver en televisión pero aún así, sin ese ambiente sobrecogedor y grandioso de una sala de cine, de nuevo esos inviernos atroces de Las Rocosas volvieron a impresionarme, como lo hizo Redford con su interpretación, como lo hicieron esos parajes nevados y agrestes, salvajes, ancestrales…, donde la vida de homo era casi tan frágil como la de un insecto. Donde el hombre sobrevive gracias a sus instintos mas atávicos y donde no existe la justicia ni la sociedad moderna…, por eso Jeremías se toma la venganza de su familia masacrada como parte del sentido de su existencia. Nadie impartirá justicia salvo él mismo y las propias montañas. Unos entornos salvajes donde el sentido de la vida es vivir, sobrevivir al invierno, al hambre, a la enfermedad, al frío.

Jeremías Jhonson, existió, la película de Pollack está basada en un hecho real, tan real como la crudeza de alguna de sus escenas, sobretodo cuando sufre las emboscadas por parte de los indios Crow. En la película no se ve, pero el auténtico Johnson abría a golpes las cabezas de aquellos indios y se comía sus sesos.

Trato de recordar aquellas sesiones de cine y creo que fue de nuevo en el cine Oeste donde vi “Tom Horn”…, creo recordar que el titulo no me dijo nada y la película se desvanece en mi memoria hasta que años después la revisiono junto a mi padre ya postrado y frente al televisor. Junto a él vuelvo a llorar con algunas de sus secuencias, ya hacia el final del metraje, cuando Tom Horn es acusado de asesinato y encarcelado, desde su celda no deja de mirar las montañas, los espacios abiertos, esas llanuras con las que se identificaba y que tan bien conocía. Tanto las anhela que logra escapar, corre hacia ellas alejándose del pueblo a pie y en calzones…, lo apresan sin problemas y Horn pisará esos planicies por ultima vez.

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La inocencia de la escapada, incluso la de su confesión, obtenida de manera dudosa…, dejan entrever la personalidad plana y franca de un hombre que pasa los últimos años de su vida contratado por un grupo de ganaderos de Wyoming, abatiendo a los numerosos cuatreros que robaban ganado por aquellos gigantescos pastos. Pero Tom Horn se asoma al siglo XX como un personaje ya fuera de su tiempo, incomodo, violento, difícil de domar o de corromper. Los ganaderos deciden conspirar contra él y le acusan de la muerte de un muchacho. En el film, Steve Macqueen, se encoge de hombros cuando el sheriff le pregunta si ha estado haciendo practicas de tiro, Tom Horn dice que si, incluso admite que es posible que una bala perdida de su rifle halla matado al hijo de un granjero local, no parece importarle que eso puede suponer la prueba para acusarle de asesinato.

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Tom Horn cabalgó en la realidad, fue explorador del ejercito y detective privado, un hombre que no dudaba en encañonar a los fuera de la Ley, en disparar contra ellos, en cazarlos como a animales…, quizás por eso admite con sencillez y calma su condena de muerte, ante el pasmo de los testigos, de quienes le rodean, de quienes le toman declaración o charlan con él y finalmente, cuando la soga le apresa…, sus baratijas, sus amuletos indios caen de entre sus dedos.

Papá se emocionaba con algunas películas, sus ojos de un azul pálido lloraban enseguida, como los míos…, los dos lloramos en la secuencia final de “El valle de la violencia”, rendidos a James Stewart, a la voz de su doblador, a sus gestos a veces lentos y torpes y otras enérgicos y decididos, a su honestidad como padre de familia que trata a toda costa de mantener a sus hijos fuera de la Guerra de Secesión.




“El valle de la violencia” es el retrato antropológico de una sociedad rural que vive aislada en ese entorno, que cultivan sus campos, que educan a sus hijos y que se valen de ellos para trabajar aquellos enormes ranchos. James Stewart es el padre, es quien manda en el rancho y el que mantiene a sus hijos fuera de esa guerra, él dice que esa no es su guerra y se mantiene firme e irreductible hasta que su hijo pequeño es detenido por las tropas del norte.

El hijo pequeño y su amigo negro están pescando y pasando la mañana en un riachuelo, charlan y ríen, están distraídos hasta que la corriente arrastra una gorra sudista. Los muchachos la ven y es el hijo de Stewart quien se la pone entre risas y comentarios inocentes, ninguno de ellos es consciente de lo que es la guerra, la muerte, el odio, la ira…, unas horas después, tropiezan con una patrulla yankee y el muchacho es arrestado, hecho prisionero de guerra.

El amigo de color llega exhausto al rancho y cuenta lo que ha pasado, en ese momento la familia deberá abandonar ese aislamiento y entrar de lleno en el atroz conflicto. Stewart y sus hijos buscarán al pequeño tenazmente, llegan a participar en alguna escaramuza…, mientras el rancho es asaltado por una partida de renegados. Puedo recordar la secuencia en la que uno de ellos va subiendo las escaleras con la funda del sable tan baja, que va golpeando los escalones siniestramente, anunciando la muerte y la tortura, el dolor, la desgracia.

En la mesa familiar faltan platos, hay huecos, hay mesas vacías…, ya nada es igual después de la guerra, salvo los principios del padre, salvo la honestidad de las personas integras, salvo la firmeza de la gente criada al aire libre y bajo las inclemencias del campo, de la naturaleza, de la tierra.

Finalmente, el hijo pequeño regresa, logra volver al valle, a su casa, junto a lo que queda de la familia, que en esos momentos asiste al culto.

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Vi mas películas junto a mi padre, en estos últimos ochos años pasé muchas horas junto a él, en el sofá…, vimos cine policiaco de su época y vimos muchas mas películas de vaqueros, algunas malas y a veces auténticas obras maestras como “Grupo Salvaje” de Sam Peckinpah, “Los Profesionales”, con un Lee Marvin insuperable y otras mas clásicas como “Raíces Profundas”, en la que de nuevo el enfrentamiento por los recursos desencadena la muerte y la desgracia, ganaderos contra agricultores, el agua por los pastos, las cercas contra las llanuras infinitas. Recuerdo también “El club social de Cheyenne”…, papá se moría de risa cuando Henry Fonda partía con un crujido seco aquellas gruesas cáscaras de algún tipo de nuez, mientras no dejaba de hablar y hablar.

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También vimos algunos musicales o la biografías de un músico que marcó la juventud de papá, como aquella tarde que de nuevo James Stewart interpretaba a otra persona legendaria, dando vida a Glenn Miller…, aquella tarde que él y yo lloramos a ritmo de swing aunque también lloramos al ritmo frenético de la ametralladora que arrasa el cuartel general del cacique mejicano en la obra cumbre de Peckinpah, que vi de reposición en el cine Capitol, recuerdo que fui solo y salí conmocionado, nunca había visto nada igual.

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Pero también recuerdo una tarde que acompañé a papá al kiosco de un amigo, Manolo, que así se llamaba, era un sibarita, un hombre de modales refinados que vivía una vida íntima y muy personal allí mismo, en el kiosco. Era capaz de ofrecer a mi padre un jerez y unos taquitos de queso curado, mientras yo, con unos diez o doce años ojeaba las revistas y los tebeos. Era un cinéfilo apasionado y de vez en cuando narraba las escenas mas impactantes de la ultima película que había visto, le gustaba también el cine negro americano, como a mi padre, pero también admitió que “La guerra de las galaxias” era una buena película, todos mis amigos la habían visto, pero a mi padre no le gustaba la ciencia ficción.

Creo que llegué a pedirle ir a verla…, no lo recuerdo bien, pero nunca llegué a verla en su momento, tardé una decena de años o mas en ver por primera vez “La guerra de las galaxias”, imagino que ya fuera de su tiempo, quizás si hubiese insistido, pero de niño era muy callado y tímido y nunca pedía nada.

viernes, 16 de diciembre de 2011

SE VENDE LA TIERRA, SE PIERDE LA ILUSION, en "Diario de Homo".


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Cuando he visto el cartel colgado de la malla metálica he sentido pena y súbitamente he recordado el rostro de ese agricultor con el que este verano charlé alguna vez, siempre al amanecer, al alba, con el escaso fresco de la amanecida. Su rostro reflejaba tristeza, fatiga y su tono de voz sonaba a lamento, me decía que años atrás, él y su familia vivían decorosamente de los frutos de esos naranjos, sin embargo, todo había ido cambiando inexorablemente…, hasta el punto de colgar ese cartel, que el viento intenso de la tarde removía como tratando de arrancarlo.


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La manada correteaba con el sol enterrado bajo los oscuros nubarrones que corrían empujados por ese vendaval que zarandeaba los pinos y que los hacia aullar, casi como lo haría un mar embravecido barriendo una y otra vez las indefensas playas.

Observaba a los perros, a Norton, a Mía, a Cecil, a Piper, veía como corrían ajenos al viento, a la tarde antipática y desagradable, corrían entre los matojos, aparecían y desaparecían sin haberse fijado en el cartel y sin apercibirse del fulgor rosado que llenaba el cielo sobre Valencia, aunque poco a poco, las nubes bajas iban avanzando oscuras, casi negras, muy por debajo de esas nubes altas que yo observaba convenciéndome de que eran auroras boreales…, como lo haría un niño.

Regresábamos ya de noche y he vuelto a pensar en el agricultor, me decía que todo era una lucha continua, un esfuerzo continuo para malvivir…, todo había cambiado tanto. Incluso los conejos y las urracas se aliaban contra ese hombre que pasaba horas y horas entre sus mimados naranjos. Podando, quitando brotes, fumigando, vigilando y controlando los goteros que esos conejos roían cuando el calor apretaba en verano o que las urracas arrancaban con sus poderosos picos. Terminé reconociendo su furgoneta y adivinando sus horarios, seguí cruzando algunas palabras con él, escuchando su lamento, la queja de un hombre de campo que podía luchar contra las plagas o contra la sequía, contra las heladas o contra el granizo…, siempre había sido así, la tierra era generosa si la misma Naturaleza era bondadosa.

Pero la expresión de ese hombre hablaba de la fatiga y del desanimo de quien ya no tiene mas fuerzas para seguir trabajando la tierra. Me confesaba que era muy duro llegar al campo y verlo arrasado, sin una sola naranja y con los goteros arrancados por los ladrones, con el motor del pozo destrozado para llevarse el cobre o viendo como los intermediarios rechazaban la naranja porque ya no había sitio en el mercado para ella.

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. La silueta borrosa es Mía corriendo.

Llegó a injertar todo el campo y volvió a esperar a que la nueva variedad fructificase, llegó a plantar nuevos naranjos, pequeños y delicados, envueltos en sus cilindros…, eso me lo contaba este verano, pero el cartel me acababa de contestar, era una señal muda, el rastro triste del hombre rendido como el mismo día a la noche que llegaba removida por el viento.

viernes, 9 de diciembre de 2011

LOS CHOPOS DESNUDOS, en "Diario de Homo"

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Deseaba llegar hasta la Font de l´Abella para fotografiar a los chopos ya desnudos, sin hojas y tiritando de frío durante las noches, con sus ramas finas, con sus varas como apretándose entre ellas para darse calor, calladas y recibiendo el sol generoso y radiante de una semana primaveral, cálida y encalmada en pleno diciembre.

Pedaleaba remontando las primeras rampas de la pista del Campillo, que asciende desde el plano de Porta Coeli hasta el collado de la Morería, ya por encima de la Pobreta y de la cartuja.

Remontaba y recordaba a mi padre al mismo tiempo, también pensaba en mi y en como me encontraba el año pasado por estas fechas y con papá ya ingresado en el Hospital General de Valencia. No podía imaginar que estaba asistiendo a sus últimos días, era la primera vez que me enfrentaba a algo así y yo andaba ya casi desquiciado en medio de aquellas caminatas nocturnas hasta el hospital, en medio de esas noches pasadas al pie de su cama en el sillón reclinable, esperando a que llegasen las enfermeras con ese calentet, a poco mas de las doce de la noche. Papá no quería tomar nada y yo pedía un Cola-cao, lo saboreaba en la penumbra, escuchando la respiración de papá y sintiéndome algo relajado, ese era uno de los pocos momentos de calma, de quietud durante aquellos días. Después me quedaba dormido hasta que alguna enfermera entraba en la habitación para controlar los goteros que terminaron por matarle, paradójicamente…, y volvía a dormirme hasta ese amanecer que iluminaba la habitación a través de los agujeritos de las persianas. Eran finos haces luminosos, incandescentes que siempre me hacian sonreir.

Ha pasado casi un año y papá murió unas semanas después, pero la vida sigue a mi alrededor y en mi mismo, de la misma forma que surgió en La Tierra hace unos 3500 millones de años…, sigo pedaleando y recuerdo que por esta misma forestal, los lirios azules consiguieron arrancarme una sonrisa, días después de su fallecimiento, a finales de febrero y ya cerca de la primavera. Y pensaba en ellos, pensaba que aún quedaban unos meses para verlos de nuevo, echaba miradas a los taludes de roca gris repletos de grietas en las que brotaban las hierbas y algunos diminutos pinos, y ahí donde la roca se hundía en el camino crecían los tomillos, las jaras, los romeros, el pasto reverdecido con las lluvias…, y en ese momento lo he visto, estaba ahí, un valiente lirio que no había podido esperar a la primavera, una preciosa flor lila que había despertado del letargo invernal con la calidez del sol y con el zumbido de las abejas.

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La vida, el milagro de la vida volvía a surgir ante mis ojos privilegiados, de forma callada, sutil, tímida, vivaz…, pero efímera, la atmósfera había engañado al lirio como lo había hecho con mis sentidos unos días atrás, cuando paseaba con la manada, durante esta semana de aislamiento en las Tierras Altas y en la que había creído estar en marzo, en la que mis sentidos confundidos creían oír los chillidos de los vencejos o los arrullos de los abejarucos, allí arriba, en la Font de l´Abella. Un engaño en el que el vuelo de las abejas me hacía buscar las flores blancas de los gamones y en el que mi cuerpo y mis sentidos se excitaban alborozados con esa primavera imaginaria. Pero algo era distinto, faltaban los olores dulzones, los aromas intensos, el canto de las aves, las melodías de los mirlos al alba y el ulular de las abubillas…, y el anochecer llegaba enseguida, pronto, húmedo y silencioso, tan solo algún autillo llamaba mientras la voz delicada de algún grillo surgía entre las sombras de manera delicada, como tintineos que anunciaban el ocaso fresco y callado entre cirros como emborronados en el cielo casi nocturno, como invitando al sueño, al letargo invernal, al parón y al sueño bajo el hielo y las nieves.

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Y pensé en el lirio, allí solo en el talud, soportando el frío y la noche…, después imaginé, mientras paseaba con la manada, el amanecer y como el sol volvería a lucir, asomando por encima del mar y día tras día ganando altura y tardando mas en recorrer el cielo. Poco a poco las noches se acortarán y la sabia volverá a correr, a moverse, a empujar a las yemas llenas de vigor y de vida, mientras los primeros vencejos volarán ya sobre el estrecho, escapando del calor africano y por debajo de ellos, volarán los abejarucos, en las misma dirección y con la misma intención…, pero hasta entonces, el sol apenas si se elevará y la tarde se funde en la noche que seguirá llegando empapada, silenciosa y a veces, en medio de la fantasmagorica luz de la luna llena que nos envuelve a mi y a la manada..., en su ciclo casi infinito y que durará más allá que la vida de cualquier humano, de la mía misma.

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domingo, 27 de noviembre de 2011

OTOÑO EN LA SIERRA CALDERONA en "Diario de Homo"









Este rinconcito, a menos de cinco minutos de la cafetera aún caliente…, ya me fascinaba cuando era un niño. Pedaleaba con mi BH por esos caminitos que ahora recorro con Norton, con Mía, con Cecil y con Pepper, con la manada que corretea y olfatea entre las matas de esparto, entre las coscojas que acogen a los primeros niscalos del otoño, por aquí los llaman rovellones o esclatasangs.

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Por entonces me llamaba la atención que incluso, en verano, siempre encontraba musgos y líquenes, siempre encontraba una agradable sombra y un olor distinto. Unas pedaladas después volvía a encontrarme con el sol implacable de agosto, con la tierra dura y polvorienta, con la vegetación sedienta y con los restos muertos de los gamones.

Ahora, el rinconcito del bosque está más verde que nunca, entre el pasto brota la seta de olivo, de color naranja vivo, intenso, hermoso. En los bancales abandonados, donde esos olivos crecen sin podas y a su aire, brotan también algunos champiñones silvestres entre los omnipresentes suillis.

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Estos hongos esponjosos y amarillentos emergen brillantes, empapados y descarados, poderosos, orondos. Crecen por doquier y amontonados, apretados, como peleando por lucir las cutículas mas brillantes y sanas. Pero las hay mas espectaculares, casi surrealistas, como venidas de otros mundos…, la jaula escarlata…, este no es su nombre, ahora mismo no lo recuerdo, pero todos los otoños surge entre la pinocha extravagante y marciana. Pero a su alrededor siguen fructificando docenas de ellas, menos vistosas, sencillas, delicadas.

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Dejo el rinconcito mágico, camino entre los perros y a veces oigo a Mía lanzar su ladrido nervioso cuando descubre algún conejo, con suerte veo a Norton lanzado, atravesando algún claro que luce un verde destellante, como una especie de césped precioso, como una primavera efímera en las puertas del invierno. Es la tierra que agradece las últimas lluvias de estas semanas brumosas en las que algunos claros se alternaban con chaparrones que llenaban de luces el cielo, de haces luminosos en forma de arco multicolor que parecía despegar desde la misma tierra empapada con la lluvia.

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Continuo el paseo, los paseos durante estos fines de semana que estoy subiendo a solas a las Tierras Altas, a madre ya no le apetece subir y yo pasó los días entre los perros, dando pedaladas sobre la Bicipalo y paseando con la mirada gacha, buscando entre los tomillos y romeros, entre las coscojas…, o con la vista alta, contemplando las nubes que cubren Rebalsadores o las luces rojas del ocaso incidiendo sobre el mismo macizo, ya de anochecida, de vuelta del paseo.

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He recogido algo mas de un cuarto de rovellones, los limpio sin mojarlos, los acompaño con perejil, con hierbas provenzales, con ajos y ceno a solas con la manada, con Norton, con Mia, con Cecil, con Pepper…, y amanece despejado, sin brumas ni nubes, luce un sol que me hace sonreír y pedalear relajado, observando las huellas de los jabalíes en el barro y escuchando mi nombre pronunciado por un ciclista de montaña al que no conozco. Doy media vuelta y veo que me sonríe, le acompaña una chiquilla que debe ser su hija.

- ¿Eres Pedro…?, ¿Bicipalo…?.

- Si.

- Bueno, yo soy Jesús y te he reconocido por tu bici, hace un tiempo buscando sobre la Sierra Calderona di con tu blog y me he enganchado…, aunque ahora tambi´ñen escribes sobre motos.

Sonrío agradecido y charlamos un rato hasta que Vega se impacienta, nos despedimos con un apretón de manos y sigo pedaleando sintiéndome a gusto, satisfecho y mas animado.

Y ya de vuelta, vuelvo a pasear con los chuchis por los rincones especiales de la Calderona en otoño, muy cerca de la cafetera aún caliente.

martes, 15 de noviembre de 2011

EL RITUAL en "Duna Virago y Run run Zing, diario de mis dos custom".

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El ritual.

Aún soy incapaz de montar sobre Duna y salir a rodar por rodar, a disfrutar de ella y de las sensaciones que despierta en mi, aún soy incapaz de darme una vuelta sin rumbo, sin destino, sin la intención de llegar a algún lugar. Por eso espero ansioso los viernes por la mañana para salir a visitar a algún cliente o para salir de cobros. Es un momento deseado y que me hace sonreír.

Me acerco a Duna y le quito las telas que la cubren, entonces vuelvo a sonreír y monto, quitó el caballete con un toque de talón y la muevo hacia atrás, después hacia delante y la dejo lista para poder abrir los portones dobles de la carpintería.

Después vuelvo a montar y reculando la saco a la calle, su tono arenisca, su tono como de arena del desierto, como de una duna… reluce al sol, sin brillos, sin destellos, tan solo los cromados refulgen hasta cegar a los vecinos que se paran y sonríen. Miran a Duna y me miran a mí. A veces esperan a que me vista, a que me ponga la chupa marrón con mi nick cosido en la espalda, a que me cale el casco vintage y los guantes de piel color beige, de un tono muy parecido a la pintura de la custom.

Yo sigo con el ritual, sin prisas, gozando del olor a cuero de la cazadora, de los recuerdos que arrancan de mis neuronas…, pongo las llaves, la giro y escucho como la bomba sube la gasolina a los Mikuni, casi la siento gorgojear como la sangre llegando a todos los rincones del ente mecánico, la imagino llenando las cubas y después engullida cuando le doy al arranque y los pistones se mueven con un bramido que escapa por los escapes, por esos tubos cortos y revirados.

Los vecinos suelen arquear las cejas y algunos admiten lo bien que suena. Yo voy regulando el aire, jugando con el puño hasta que logro que quede un poquito acelerada, tan solo unas decenas de vueltas por encima de lo que sería un ronroneo armonioso, delicado pero profundo. Un sonido rítmico, acompasado, sereno…, un aliento, una respiración que me invita a hacerlo todo despacio, a montar y a con mucho tacto pisar el mando avanzado hasta que se engrana primera y toda ella se mueve con un cabeceo, con un crujido metálico que precede a la aceleración suave, al movimiento de Duna recorriendo mi calle, esa en la que de niño jugaba a las chapas, esa que recorría con mi BH y en la que jugaba al futbol o a pillar, la misma calle en la que vi a mis amigos abandonar las bicicletas para montar sobre las Puch Minicros amarillas de la época, sobre esas valientes motos de 49 cc que jamás llegué a pilotar.

Han pasado muchos años y ahora disfruto observando mi sombra sobre el asfalto, me gusta ver como vuelan las campanas del vaquero y me gusta escuchar a Duna a poco mas de sesenta por hora, casi se escuchan los pistonazos recorriendo los escapes, retorciéndose entre los silenciadores y saliendo por los terminales cortados en flauta.

Me gusta esperar en el semáforo escuchando como el v-twin gira redondo, sosegado, sin desfallecer, sin toser, sin variaciones y me gusta engranar primera y salir tranquilo, ajeno a los escooter pilotados por jóvenes de bíceps ciclópeos, de rostros airados y de chancletas al final de sus piernas tatuadas. Le veo serpentear entre el tráfico y perderse, mientras yo voy subiendo de marchas, mientras ruedo y disfruto cuando en algún momento, giro el puño y noto como Duna empuja sin vacilar y como es capaz de retorcerse entre los huecos de los automóviles…, es una custom pequeña y ágil, capaz, con una buena patada, con una coz rápida, con par…, pero enseguida aflojo y sonrío. Sigo rodando y mirando mi sombra, echando vistazos a los escaparates en los que nos reflejamos ella y yo.

Al final regreso a mi calle rodando seguro y en calma, siendo capaz de entrar en ella sin vacilar, de tumbar y de subirme a la acera, de aparcar a la puerta de la carpintería y de dejarla al relentí y con las luces apagadas mientras abro los portones.

La dejo en su sitio, dejó que se enfríe, me cambio de ropa y la cubro cuando sus cilindros se han relajado. Vuelvo a ser el carpintero de la calle Goya, vuelvo a ser Pedro, vuelvo a esperar a que surja otro recado para poder montar sobre Duna y vuelvo a ser incapaz de rodar por rodar, de rodar sin rumbo ni destino, sin final ni frontera que rebasar.

lunes, 31 de octubre de 2011

HOY HE VISTO AMANECER en "Diario de Homo".


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Hoy he visto amanecer y he pedaleado tranquilo…, como me había sugerido Lara y como había insinuado María.

Me ha despertado el gañido de Mía desde el salón, Cecil y Pipper dormían en mi cama, entre mis piernas, bajo la colcha. Enseguida se han despertado también y unos minutos después estábamos todos en pie, los cuatro perros y yo, aún de noche y con mis ojos clavados en la cafetera, con poca agua y mucho café.

La manada ha esperado a que desayunase y hemos salido al monte con la luz de las estrellas como única claridad, se atisbaba un cielo despejado y se percibía una calma que me hacia sonreír, sentirme bien, sentirme a gusto percibiendo el frescos apacible de esos minutos en los que la noche moría, o se dormía, como si el canto del búho anunciase que en unos minutos la claridad de un nuevo amanecer la haría ocultarse en la espesura del pinar como a él mismo.

He escuchado su canto, su llamada una vez, un tono y después otra llamada que se alargaba como un murmullo…, así tres veces. Me he vuelto a sentir una persona especial al poder oírlo, me he sentido un privilegiado, me he sentido especial al poder ver como un nuevo día surgía a su ritmo, ajeno al cambio de hora o al subir y bajar de la bolsa. Durante unas décimas de segundo he creído que la primavera regresaba, durante unos cortos instantes he sido feliz, he vuelto a percibir la dicha que alguna vez me llenó de gozo años atrás cuando la naturaleza me regalaba estos momentos de profunda paz.

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Norton, Mía, Cecil y Pipper eran como sombras, como espíritus del bosque que iban y venían, que parecían ver ahí donde yo solo percibía siluetas difusas, salvo en los horizontes cercanos donde las luces de las farolas delataban la presencia de humanos, de sus viviendas, de sus asentamientos. Incluso he podido ver como despegaba un reactor, como se elevaba con sus luces parpadeantes o con sus potentes focos perdiéndose en la inmensidad del cielo. Lo he visto girar, volar sobre mi cabeza y desaparecer hacia el mar.

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Poco a poco un resplandor iba iluminando el cielo, lentamente, sin ruidos, en silencio, de manera natural…, en calma, salvo por el coro de autillos y de mochuelos que he podido escuchar durante unos segundos…, ha sido mágico, se llamaban unos a otros y yo estaba en medio. No los veía pero los sentía a mi alrededor…, después se han callado y el sol se ha asomado entre el pinar, las sombras se han ido escondiendo y la humedad y el rocío han despertado cubriendo a las hierbas crecidas con estas ultimas lluvias. Las gotitas de agua permanecían sobre las estrechas hojas, redondeadas, transparentes…, sin las aristas de las heladas, sin la atmósfera gélida del invierno.

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Pero minutos después, esas mismas gotitas se han ido haciendo tan pequeñas que ha llegado a flotar, a elevarse formando una neblina que el sol iluminaba como ofrenda por haberlas evaporado, por haberlas devuelto al ambiente del que llegaron con la lluvia y con el fresco de la noche.

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Hemos regresado, les he puesto el desayuno y como siempre suelo hacer me he terminado el poso de la cafetera, me he vestido de ciclista y he montado sobre la Bicipalo.

Hoy me he alejado del rodeno, de la tierra roja de la Sierra Calderona más cercana a la costa y he vuelto a rodar sobre las pistas blanquecinas de los montes de LLiria, ya cerca de los términos de Altura y de Alcublas.

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He pedaleado tranquilo, relajado, tratando de volver a percibir la naturaleza, tratando de volver a sentirla, observando estos montes ralos y duros, surcados por ramblas repletas de enormes cantos rodados grises o de gravas. He contemplado algunos bancales de almendros y de olivos, las casetas de siempre como surgidas de entre la propia roca, la soledad de esos mismos cultivos, de esos árboles capaces por si mismos de vivir, de crecer, de beber de la lluvia y de dar sus frutos.

He rodado en solitario, como lo son estos parajes, silenciosos, callados, con pocos bosques y mucha roca plana, con losas cubiertas de monte bajo y de cimas sin pinares.

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He descendido por la cuesta de la Sardina y he descubierto la huella de homo en la montaña destrozada, la antropización del entorno, extensos viñedos donde crecían los pinares, los romeros, los tomillos, las coscojas, los palmitos.

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viernes, 28 de octubre de 2011

"DE BAJON, CUANDO TODO SE DESMORONA ANTE MIS OJOS" en "Diario de Homo".

Amanecer entre la manada..., el momento de calma por lo que vale la pena vivir.


Esta semana noté que algo no iba bien, me empecé a sentir triste, decaído, volví a verme buscando refugio en la cama, en el sueño, en la siesta, mas para no pensar que para descansar, para no sentir, para sentirme fuera de este mundo durante unos minutos.

No corren buenos tiempos y me da la sensación de que estoy y estamos siendo testigos de un cambio a nivel mundial, estamos viendo como la economía ha reventado presa de sus propios vicios, de su gula sin medida. Estoy viendo como los valores básicos que nos enseñaban de niños están siendo dinamitados y ridiculizados por una clase política que ha modificado los sistemas de enseñanza de este país, que ha dado libertad absoluta para que cada autonomía enseñe y adoctrine a sus niños según los delirios de sus dirigentes.

Esta semana noté que algo no iba bien y me invadió un intenso miedo y una angustia profunda cuando vi las imágenes captadas por una cámara de seguridad en la M-30, las imágenes me parecieron horribles, se veía como entre dos coches cerraban a un tercero, colapsando el túnel, pudiendo haber provocado un accidente en cadena, un incendio, una masacre por tan solo una disputa de trafico que acabó en un cobarde y ruin apalizamiento.

Creo que los años y la muerte de mi padre me han cambiado los ojos, las retinas, mi formad de percibir…, hace unos días observaba perplejo como todo el país daba saltos de alegría porque tres asesinos encapuchados, porque tres vagos sin oficio ni beneficio, porque tres psicópatas homicidas declaraban que iban a dejar de matar definitivamente. Yo no oí que iban a entregar su arsenal, yo no oí que sus huidos de la justicia se iban a entregar, yo no oí que iban a pedir perdón a las victimas de cuarenta años de secuestros, de extorsión, de torturas, de asesinatos, de tiros en la nuca…, y todo el país les aplaudía, incluso algunos lideres políticos lloraban de emoción.

Pensé en las piernas amputadas de Irene Villa y su madre, pensé en los mas de 500 días que José Antonio Ortega Lara pasó en un zulo inmundo, bajo tierra, sin luz ni ventilación natural…, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ mas de 500 dias…..!!!!!!!!!!, pero todo parecia haberse esfumado y en medio de la emoción parece que ya se están pactando futuras amnistías, se habla de Otegui como futuro lehendakari, un cocinero vasco ha ofrecido trabajo en su restaurante a cualquier etarra que deje en recepción su 9 milimetros parabellun, se habla del reconocimiento oficial de las etarras muertos como victimas de la represión del estado español, de esos que murieron preparando bombas, se habla del conflicto cuando simplemente se trata de asesinos, canallas y cobardes que cuando hablan lo hacen con la cara tapada y con la automática en los riñones.

Estoy perplejo ante la rendición de este país ante los asesinos, si por mi fuera daría la independencia ya al Pais Vasco, sinceramente prefiero discutir sobre el sentimiento de ser catalán con Rebel a escuchar el estallido de las bombas o el tiro sobre mi sien o sobre mi nuca, a vivir aterrorizado y midiendo mis palabras como ocurre allí.

Todo parece desmoronarse, la honestidad, la rectitud, la justicia ciega, la educación, la ética, la moralidad…, no se, ahora mismo me viene el recuerdo de la actitud de Mathius al la vuelta de la “kedada de la sobrasada”. Mathius iba delante, yo le seguía y cada dos por tres echaba vistazos al retrovisor de Duna para buscar el foco de la monster de Águila, todo iba bien hasta que miré y no vi la Ducati, volví a mirar y empecé a lanzarle ráfagas a Mathius y vi como él también miraba por sus retrovisores buscándola. Al final fuimos reduciendo la velocidad por la autopista, rodamos más despacio y terminamos dejando la autovia por una salida, paramos en una rotonda y Mathius me dijo.

- Es que en la autopista no podemos parar si no es por una avería.

Después sacó el móvil y llamó a Águila…, demostró responsabilidad, nada que ver con los degenerados del túnel de la M-30.

No me gusta la sociedad que estamos creando, ya no creo en los políticos ni en las instituciones, me invade la impotencia y la tristeza, veo como cada vez tengo menos trabajo, veo como mes tras mes me voy comiendo los ahorros mientras los banqueros que han arruinado las cajas y a este país, se jubilan con pagas millonarias, escucho horrorizado como Teddy Bautista pretende demandar a la SGAE por despido improcedente, creo que pide un millón de euros de indemnización…, no se, es posible que halla tenido un accidente con Duna y que esté agonizando sobre el asfalto, es posible que halla quedado bocabajo y este viendo el mundo al revés, quizás esté equivocado en todo lo que he escrito en este post y sea fruto del accidente, quizás el mundo que conocía antes del golpe se está desmoronando, quizás deba de cambiarme los ojos y mi forma de sentir, quizás deba de aplaudir a los encapuchados, quizás debiera ser un borrego y esperar placidamente a ser degollado…, o puede que sea que cuando uno ha sentido la visita de la muerte en su propio dormitorio deja de ser el mismo, ves la vida de otra manera y descubres la realidad mas allá de los mensajes políticos o de la publicidad que inunda nuestras vidas hasta anularlas…, sin embargo aún sigo perplejo o herido en la carretera sin poder moverme, sin haber decidido seriamente sobre mi vida.

viernes, 14 de octubre de 2011

Ultima entrega de "El VERANO DE LOS PERROS FLACOS"

Bueno, realmente no es la última entrega, pero creo que será mejor seguir escribiendo ya en la intimidad hasta terminarla. Creo que ya he sobrepasado el ecuador del relato y cada vez me veo mas cerca de terminarlo, de haber conseguido dar vida a los personajes y a los galgos, a los vencejos y a la liebres..., en fin, de haber dado rienda suelta a mi imaginación.

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El galgo blanco.

Alberto asomó la cabeza por la ventanilla del BMW y vio a Alejandra y a Elena despidiéndole desde la terraza, él también sonrió, saludó con la mano y subió el cristal, puso primera y aceleró con suavidad, cambió a segunda y lentamente recorrió la calle de la urbanización hasta parar en un cruce. Miró al frente, después a la derecha, a la izquierda y vio llegar a un corredor, lo reconoció de semanas anteriores, vestía un pantalón corto negro, una camiseta blanca y una gorra roja. Pasó frente a él con un trote lento y pesado, subió a la acera y continuó pegado a los espesos setos que tupían las vallas de los chalets, de los unifamiliares, de los complejos de apartamentos.

Desapareció de su campo de visión y durante unos instantes permaneció parado escuchando el amortiguado ralentí del motor, observando el cruce y mirando al frente, a la derecha y a la izquierda hasta que movió su mano y toco uno de los pequeños botones de la radio integrada en el manillar. La voz de un locutor comenzó a oírse en el habitáculo. Alberto sonrió y activó el navegador, la pantalla se iluminó y seleccionó la ruta “OFICINA”, una línea azul giró a la izquierda y una voz anunció el giro, puso primera, giró hacia ese lado y sonrió.

La flecha virtual fue deslizándose sobre el asfalto, guiando a la berlina blanca que aceleraba por el carril de incorporación hasta rodar entre decenas de coches y camiones que circunvalaban Madrid, a la urbe que poco a poco se iba perfilando envuelta ya en la calima, envuelta en una bruma, en una franja que cortaba el azul de un cielo que poco a poco se iba iluminando, decolorado con la luz de un sol que emergía solitario y ardiente, luminoso, que apartaba la noche y que descubría el hábitat artificial de homo ante los ojos de Alberto, ante el vuelo rápido de los bandos de vencejos que nadie veía.

Lanzaban sus agudos trinos y batían sus alas o planeaban como flotando o trazando círculos, descendiendo desde las alturas y volando sobre los viejos barrios de la ciudad, entre los bosques de antenas de televisión que surgían sobre las azoteas y buscando a sus polluelos entre las grietas o bajo las tejas de los edificios antiguos. Vivían en el aire, por encima de la tierra y de esas azoteas, por encima de los áticos y envueltos en la calma de las alturas, sintiendo el eterno zumbido del viento contra sus cuerpos menudos y afilados. Permaneciendo eternamente en ese espacio casi sin límites, el vuelo continuo muy por encima de homo o el vuelo rápido y acrobático entre las fachadas de los edificios, entre los aleros, entre los balcones, por encima del espeso follaje de los arces que aportaban un aire fresco, un respiro natural a la avenida saturada por el tráfico y repleta de luces rojas y verdes, de sonidos y de gases.

Alberto paró en el semáforo, miró la pantalla del navegador y lo apagó. Volvió la vista al paso de cebra y observó el paso lento de una anciana, las zancadas de un joven que movía la cabeza al ritmo de sus auriculares y con los vaqueros arrugados cayendo muy por debajo de la cintura, el caminar decidido de un hombre trajeado que hablaba por un teléfono móvil, a una madre que cruzaba rápido tirando de la mano a su hijo pequeño, un perro blanco que movía sus largas patas con un ritmo pausado, como si las rayas del asfalto fuesen un escenario en el que mostrar la musculatura apretada y tensa contra una osamenta que marcaba su piel desde dentro, insinuando las costillas que envolvían el amplio pecho y que se estrechaba hasta un estómago encogido, pequeño, casi comprimido en una cintura de la que partían unos cuartos traseros abombados y poderosos. La cabeza alargada, enjuta, fina, delicada y las orejas enroscadas contra el cráneo…, el galgo se quedó quieto, giró la cabeza y sus ojos azules le miraron.

Se quitó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y salió del coche. El galgo le vio llegar y reculó tensando la correa y estirando su cuello, se encogió de atrás, metió el rabo entre sus patas y apartó la mirada.

- Tranquilo… -susurró Alberto, extendiendo su mano y tratando de tocar al animal pero volvió a asustarse, a retroceder nervioso y angustiado, a tirar de la correa que volvió a estirarle de la garganta.

- ¡Oiga, espere un momento…¡.

El joven que lo sujetaba le acarició el lomo, lo tranquilizó un poco y fue tirando de él hasta llegar a la acera, hasta la sombra de los arces. Alberto le siguió y trato otra vez de acercarse al galgo.

- Oiga, oiga…

Sintió que le tocaban el hombro, se giró y miró al joven, era alto y con el rostro cubierto por una barba pelirroja bien recortada, igual que su cabeza casi afeitada por completo.

- Quite el coche de ahí que van a empezar a pitar.

Alberto volvió la cabeza hacia la calzada y se encontró con las miradas de los conductores, escuchó algunas voces, algunos insultos y el primer bocinazo cuando la luz cambió a verde.

- Espere un momento, por favor –rogó y corrió hasta el coche, arrancó con un acelerón, viró bruscamente a la derecha y frenó sobre el carril del autobús, activó los cuatro intermitentes y cruzó la avenida sorteando a los automóviles, a las motos, a los gritos…, hasta que volvió a encontrarse con aquellos increíbles ojos azules.

- Espere…, igual no se deja tocar –le advirtió el joven-…, intente agacharse y que sus ojos queden a la altura de él, igual así se deja.

Alberto flexionó las rodillas y apoyó una en el suelo, el galgo volvió a mirarle desde ese afilado hocico que terminaba en una trufa rosada.

- ¿Cómo se llama…?.

- Mossul.

- Ven Mossul, ven…

Alargó la mano con la palma abierta hacia arriba y con un leve temblor haciéndola oscilar. El galgo le miró, agachó la cabeza y avanzó tímidamente, paso a paso y con el cuerpo tenso, alargando el cuello y acercando su hocico hasta que Alberto pudo percibir el aliento caliente en su mano, después una lengua asomó entre esas comisuras y le lamió. Alberto se acercó un poco más y posó su mano en el cuello del lebrel, revivió el tacto del pelo, la piel caliente y descubrió la cicatriz rosada que asomaba bajo el collar. La rozó con sus dedos y notó los estertores de aquel galgo blanco que se sacudía en el aire colgado por el cuello y que removía las ramas del pino. Aquel crujir del árbol, aquellos gañidos y un olor que se liberó de entre sus neuronas, que le llenó los pulmones y que le revolvió el estomago, volvió a oír aquellas carcajadas, aquellas risas enloquecidas. Después recordó el griterío de los vencejos de aquel día y como echó de menos pasear con Paul y con sus galgos aquella mañana, lo recordó todo como un estallido de relámpagos surgido entre sinapsis y descargas eléctricas, entre chispazos en la oscuridad de su bóveda craneal, que conseguían atravesar las placas de grasa que lentamente iban aislando las conexiones de ese entramado, de esas ramificaciones en las que habitaba la vida, el sentido, el ser, la identidad, la existencia, el pasado, el presente, el yo.

viernes, 7 de octubre de 2011

15ª entrega de "EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS"

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Cuando los recuerdos invaden la realidad.


- Toc, toc…, ¿se puede…?.

- Claro que si, papá.

Alberto se acomodó en el sillón Art Decó y miró a su hija, Alejandra se apoyó en el umbral de la puerta y sonrió.

- Ayer no os terminé de contar lo de Paul…, sigue viviendo allí, en el pueblo, me decía que le gustaba esa formad de vida, que allí no pedían nada a nadie ni recibían nada de nadie y sin embargo parece que les van a poner allí una planta de reciclado de residuos o un vertedero, ahora no lo recuerdo bien…, estaba aquí en Madrid buscando información y me aseguró que esta vez no se iba a rendir.

- Es alucinante, esa gente vive ahí tan tranquila y vamos nosotros a echarle nuestra mierda… -protestó Elena- ¿le vas a ayudar, papá…?, con unas pocas llamadas que hicieras a la gente que conoces en las cadenas de televisión o de la radio sería suficiente…, y a lo mejor hasta se lo debes…, y por cierto, pese a lo del número de Dunbar yo podría movilizar a mi peña de amigos virtuales y otros reales, a algunas organizaciones ecologistas…, montaríamos un buen número.

- ¿Qué quieres decir con eso de que igual hasta se lo debe…? –inquirió Alejandra.

- Pues que cuando la abuela le contaba al papá y al abuelo aquellas aventuras durante ese verano tu cara cambiaba, papá…, no se, ponías cara de no terminar de creer que alguna vez en tu vida te lo hubieras pasado tan bien..., y poco a poco ibas recordando cosas y sonreías.

Alberto cabeceo y paseó la mirada por la habitación, se fijó en los pósters de las paredes, levantó la cabeza y buscó las estrellas en el techo, pero a la luz de la mañana se mimetizaban con el enlucido…, igual que ahí fuera, con el cielo azul y luminoso, igual que en los cielos de aquel verano.

- Ayer me pasó algo…, creo que me dormí en tu cama ¿no…?.

- Pues si, papá.

- No se si recordé o soñé, imagino que soñé…, cuando vuelva a ver a Paul le contaré el sueño para que él me diga si fue así aquella noche que pasamos al raso junto al dolmen…, ¿sabéis…?, dormimos al aire libre Paul, su madre y yo, a mi me daba miedo, allí fuera, sin tienda de campaña ni nada, pero entre aquellos perros flacos, entre Paul y su madre…, no se, me sentía seguro, recordé que tardé en dormirme, me venían como fotogramas de todo lo que había ocurrido ese día… -Alberto sonrió y giró la cabeza hacia Alejandra- Paul y yo sorprendimos a su madre desnuda, salía de la ducha y a mi me dejó marcado, no se, la vi tan morena, con tantos músculos, llegué a creer que era una mujergalga o algo así y sabia tantas cosas, nos contaba tantas cosas de aquellas llanuras… y los galgos –Alberto cabeceó- parecía que la adoraban, era como su ella tuviese un don para comunicarse con ellos…, y luego llegó el meteorito, joder…, la noche se iluminó, pudimos verlo recorriendo la noche y los perros empezaron a aullar alrededor del dolmen…

Alberto arqueó las cejas y sus ojos brillaron bañados en lágrimas.

- Nos dijo…, que allí pastaron mamuts, bisontes y rinocerontes lanudos mientras duró la glaciación que arrasó los bosques y que aquel cielo fue testigo de aquellas noches de hielo… y yo lo había olvidado todo, olvidé mi infancia, aquel verano… y ahora veo que la vida no ha dejado de pasar y que vivo rodeado de artificialidad, que vivo a toda velocidad y que vivo obsesionado en que la gente no deje de consumir, con que anhele mas de lo normal, mas de lo que se necesita realmente…, cuando logro recordar algo me doy cuenta de que solo creo falsedad, que creo mundos ficticios que alejan a las personas de la naturaleza y de la realidad…, no se, cuando mi padre se murió entre mis manos, cuando vi como el Alzheimer le arrebató su humanidad y lo convirtió en un montón de carne y huesos…, me di cuenta de que el final es ese, morir sin mas, con un BMW en el garaje o con un Skoda, morir sin saber realmente que ha sido la vida…, papá fue un hombre muy serio, no sabia chistes y reía poco, eh…, y yo, yo…mamá.

- Papá… -musitó Elena, se abrazó a él y hundió su cabeza en su pecho, Alejandra volvió a ver esa extraña mirada que parecía perderse en la pared de la habitación.

- Yo…, no se que me pasa… -murmuró Alberto- ayer vi un accidente, estaban muertos y ya está…, no hace falta que corras o que te quedes quieto…, morirás igual, entonces…, solo queda el rastro, lo que dejemos, los recuerdos..., y al final todo desaparece, todo se olvida…, incluso antes de morir, como le pasó a papá…, pero él tuvo tiempo de vivir algo nuevo, de ver la vida de otra forma…, me lo ha dicho mamá. El era de tierra adentro y ahora está en el mar…, yo ni estoy en la tierra ni en el mar, vivo en el mundo falso que he creado…, y ahora todo se, se…, se desmorona…, solo estáis vosotras y lo que voy recordando de aquel verano…, cariño…

Elena se separó de su pecho y le miró muy de cerca, le sujetó con sus manos las mejillas y descubrió unos ojos vidriosos, descubrió que su padre ya no era joven, pudo distinguir las arruguillas, las canas que surgían entre esos cabellos revueltos que parecían sugerir la vivacidad de su mente, de su imaginación, de su creatividad…, pasó sus dedos entre esos cabellos, aún húmedos después de la ducha junto a Alejandra y sonrió.

- Papá, pues sigue recordando, llama a Paul, llama a la abuela y sigue recordando.

Alberto se giró hacia Alejandra, ella se acercó y cogió su mano tendida.

- Una vez leí que a los hombres nos pasa algo cuando llegamos a los cuarenta…-susurró Alberto- bueno y me imagino que a las mujeres también, aparece la famosa crisis, el declive de la pasión, del vigor sexual, suelen decir…, yo creo que no es eso, creo que es que descubres que ya has vivido bastante mas de la mitad de tu vida lúcida, te das cuenta de cómo es el mundo, de cómo son los hombres, de la forma de vida que hemos creado y puede ser que caigas en la cuenta de que no te gusta… -miró a Elena, acarició sus sienes y sonrió- entonces decides no volver a pensar en eso y sigues viviendo como hasta ese momento…, o no y decides cambiar de rumbo pero es cuando te das cuenta de que no es tan fácil…, incluso aunque sepas que vas a morir y que jamás volverás a ver un amanecer…, o la llegada de los vencejos cada primavera…, Paul decía que conocía a uno de esos vencejos, le llamaba Flecha Negra y era capaz de reconocerlo volando…, recuerdo que aquellos paisajes yermos y desolados me llenaron de rabia, yo quería ir a la playa como todos los veranos…, pero Paul y sus galgos…, bueno y su madre, me enseñaron que esas llanuras estaban llenas de vida…, y ahora pretenden acabar con ellas instalando ese vertedero o lo que sea, sentí que Paul estaba cansado de las injusticias con la naturaleza, pero me dijo que esta vez no se iba a rendir.

- Un hombre que si cree que se puede cambiar el mundo o por lo menos el mas cercano a él -apuntó Alejandra.

- Tenemos la misma edad, imagino que a él también le habrá pasado eso de la crisis de los cuarenta, casi cincuenta, bueno, la versión que yo le doy y por eso habrá tomado esa decisión.

- Te lo repito, ¿y a que esperas para echarle una mano papá…? –insistió Elena- ¿y no has pensado volver al pueblo a hacerle una visita…?, le tienes que devolver la visita y creo que no queda mucho tiempo. Lucia viene el lunes y el jueves nos marchamos las tres a Suiza, se supone que una semana después vienes tu…, si es que no te sale un imprevisto y luego se acabaron las vacaciones…, nosotras nos volveremos a marchar fuera a estudiar, mamá a su instituto en Vallecas y tu…, bueno, papá, eso ya lo sabes.

- Que formas de de vida… -murmuró Alberto- bien, esta mañana tengo una reunión importante con tus amigos, Elena.

- ¿Con mis amigos…?.

- Si, vienen los de Nutriyoung a negociar la nueva campaña.

- Eh… -Elena miró a su madre, se separó de Alberto y se sentó en su silla giratoria- jo papá, no debía haberte dicho lo del mail, justo en este momento.

- No te preocupes…, me has contado lo del correo porque crees que aún hay cosas que se pueden cambiar, yo hasta ahora había aceptado el mundo tal como lo hemos hecho, pero tu eres joven y has dudado de que ese mismo mundo tenga que ser así porque si, crees que pueden haber alternativas y solo así se puede progresar y avanzar…, parece que eso forma parte de nuestra condición de humanos, el innovar, el abrir nuevos caminos…, pero de momento hay cosas que son como son, como por ejemplo, el ir a trabajar.

Alberto sonrió y se levantó.

- Hoy llamaré a Paul y a lo mejor regresamos a las tierras del Quijote.

- Y de su galgo corredor –apuntó Alejandra- ¿sabéis que a Cervantes se le olvida el galgo y no vuelve a aparecer en toda la obra…?.

- No le culpes…, yo también los olvidé –confesó Alberto.