Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

miércoles, 19 de mayo de 2010

INSOMNIO MORTAL..., en National Geographic.

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            Cheryl Dinges, la mujer que reposa su cabeza sobre el hombro de se hermana no sabe si es portadora del gen de la FFI, su hermana lo posee, pero prefiere seguir viviendo, seguir durmiendo hasta el día en que ese gen se lo impida....., si es que llega a ocurrir, prefiere vivir sin esa ansiedad.
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  Hace unos siete años tuve que volver a dormir junto a mi padre, él en su cama articulada y yo a sus pies…, acababan de darle el alta en el Hospital General de Valencia, unas dos semanas después de que sufriese el ictus y regresábamos a casa.
   Las dos primeras noches fue mi madre la que durmió en la misma habitación, pero al tercer día acumulaba tanto sueño que andaba por casa aturdida y desorientada que decidí cambiarla de habitación, desde entonces pasamos las noches juntos, me levanto un par de veces a cambiarle el orinal durante la noche, a veces le contestó cuando lloriquea en sueños y llama a su madre, para que se tranquilice y a veces, nada mas dejarme caer en la cama y suspirar caigo en un sueño profundo y placentero, mi organismo se entrega al sueño y duermo profundamente sin oírle, sin cambiarle el orinal, sin despertar súbitamente si no oigo su respiración o algún movimiento de su cuerpo hemipléjico.
   Duermo y durante esas horas dejo de existir, mi organismo se repara y despierto lucido y despejado…, un privilegio y una bendición después de leer el articulo publicado por D. T. Max en el numero de  mayo del National Geographic y después de enterarme de que existe un gen, que es activado por ciertas proteínas denominadas priones capaces de influir en el tálamo y capaces de provocar un insomnio letal, la llamada FFI (Insomnio Fatal Familiar).
   En el articulo leo que esta enfermedad no tiene cura y que finalmente el paciente muere por falta de sueño, por no dormir…, por no poder entregarse a ese sueño al que yo me entrego cada noche, junto a mi padre, pese a sus toses, pese a los continuos despertares a media noche.
  

    No sabemos que es el sueño, tampoco por que dormimos y tampoco por que morimos si no dormimos.

   De la mano del periodista del National descubrimos que el sueño y sus mecanismos son los grandes olvidados de la medicina y de los investigadores, de los mismos estados que apenas si destinan fondos a la investigación de los trastornos del sueño, imagino que porque la inmensa mayoria de las personas desconocemos la terrible fatalidad de la falta de sueño…, la muerte.
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   En los años ochenta el profesor Rechtschaffen ratificó este increíble final en un experimento bastante conocido, sometió a un grupo de ratas a una peculiar tortura, las obligó a permanecer despiertas sobre unos platillos apoyados sobre un eje. Cuando los roedores se dormían y dejaban de hacer equilibrios se precipitaban a una pequeña piscina, despertaban con el chapuzón y el profesor volvía a colocarlas sobre el plato de equilibrios.
  Al cabo de unas dos semanas todas las ratas habían muerto…, y fue el propio Rechtschaffen quien realizó la autopsia, imagino que esperando encontrarse con las huellas físicas de la muerte, pero no halló nada anormal, todas las vísceras tenían un aspecto normal, igual que el cerebro…., simplemente habían muerto por fatiga, por no dormir.
    Y hoy en día, casi veinte años después, los investigadores siguen poniendo la misma cara, pese a los avances tecnológicos siguen sin saber curar el insomnio, siguen sin saber a ciencia cierta como se produce y siguen ignorando porque necesitamos dormir, solo saben que si no dormimos morimos.
   En el articulo de la revista se apuntan teorias sobre la función del sueño, se habla que durante esa fase se fijan ciertos conocimientos y se desechan otros, se sugiere que el cerebro “desconexiona” algunas sinapsis que ya no se usan o que han sido sustituidas por otras conexiones. No obstante, también se sabe que hay ciertas células que solo se activan en la oscuridad, durante el sueño.
A mi me gusta pensar que durante el sueño nos “reparamos”, que es el momento en el que el consciente apoyado en la razón se “suelta”, el momento en el que dejamos de estar alerta, de estar al acecho, de estar receptivos a todo aquello que reciben nuestros sentidos, a todo aquello que vemos, oímos y sentimos. Desaparece el concepto de la competitividad, cesan los celos y el odio, nuestra mente deja de hacer proyecciones, de mentir y de conspirar, de imaginar y de adivinar…, ahí entre las sabanas nos convertimos en mamíferos indefensos, presas fáciles de cualquier predador que nos acechase hace miles de años, cuando acabábamos de dejar el dosel selvático para bajar a la tierra de la recién aparecida sabana, para recolectar, para carroñear, para beber agua de los charcos y fuentes…, aunque cuando llegaban las sombras de la noche volvíamos a subir a los árboles para prepararnos un “nido” en el que dormir a salvo de los cuadrúpedos.
   Imagino que aquellos ancestros se dormirían viendo las estrellas, escuchando los pasos y los rugidos de los predadores…, hilvanando alguna conversación entre ellos, hasta que el sueño les vencía, entonces se quedarían quietos, inmóviles allí arriba hasta que las luces del alba penetrarían a  través de la fina piel de los parpados y despertaban de una forma natural y progresiva…, no existían los cambios horarios ni los despertadores, tampoco los turnos nocturnos ni los programas de televisión de madrugada…, todo era natural. Aunque realmente todo comenzó a cambiar hace unos 200.000 años, cuando homo logra dominar el fuego y descubre que puede mitigar esas sombras, esa oscuridad que inducía al sueño.
   Hoy en día hemos alterado esos ritmos circadianos que regían los periodos de vigilia y sueño, la noche ya no existe en las ciudades, siempre hay luz y escaso silencio.


    Si no dormimos lo suficiente nos emborrachamos de fatiga.
   
    El investigador Charles Czeisler, responde a las preguntas de D.T. Max y llega a afirmar que permanecer sin dormir 24 horas o durmiendo unas cinco horas por noche durante una semana tiene los mismos efectos que tener una tasa de alcohol en sangre de un gramo por litro.
  Czeisler habla visiblemente indignado de los efectos que produce este estado de fatiga y embotamiento mental. Cita unas escalofriantes estadísticas médicas tras entrevistar a 2700 residentes médicos, basadas en los efectos de las guardias de 30 horas dos veces por semana. Afirma que uno de cada cinco residentes admitía haber cometido errores por cansancio que habían provocado daños a los pacientes, pero uno de cada 20 admitió haber cometido errores por las mismas causas que terminaron la vida del paciente, es decir, que causaron su muerte.
    Cita también el coste de este estado de embriaguez para la sociedad y para las mismas personas, desde gravísimos accidentes aéreos hasta los cotidianos accidentes de tráfico, pasando por la siniestralidad laboral…, costes, que el periodista comenta al comienzo del articulo, que parecen pasar desapercibidos para los gobiernos, pero que sin embargo  si la tiene en cuenta la industria farmacéutica que, curiosamente dedica el mismo dinero en las campañas anuales de sus somníferos que los gobiernos a la investigación de las alteraciones del sueño. De alguna forma apunta que estamos entregados por completo a lo que las corporaciones farmacéuticas diseñen para que podamos “medio-dormir”, siempre por medios químicos, adictivos y que pueden llegar a provocar “efectos rebote” con su consumo diario.



    La siesta.

    Hacia el final del texto, el National habla sobre esa costumbre tan española y tan saludable que es la siesta. Esa cabezada coincide con el punto medio de nuestros ritmos circadianos, cuando nuestro organismo necesita de ese paro momentáneo, de esos minutos de relajación, de desconexión…., para despertar mas lucido y apto, pero parece que la siesta también está en peligro de desaparición.
   Los hábitos laborales se han ido modificando, las personas trabajan lejos de casa y ya no hay tiempo de comer junto a la mujer, tampoco de reposar un rato en el sofá…, el periodista relata como el español come en un bar, charla, se toma la copa, se echa un pitillo y vuelve a un puesto de trabajo en el que parece eternizarse sin que la productividad se vea mejorada. Cuando termina su jornada laboral, echa unas birritas con los amigos en el bar, aún se escapa al gimnasio y llega a casa tarde, cena a eso de las diez de la noche y se espera a ver el programa nocturno de máxima audiencia…, al final pienso en mi mismo y me pregunto si soy el único español que esta en la cama a la hora en la que todo el mundo empieza a cenar.



   





viernes, 7 de mayo de 2010

YA NO CRECEN LAS AMAPOLAS MORADAS EN LA CARTUJA DE PORTA COELI.


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   Es una batalla, se que desde hace unos siete días mi organismo lleva luchando contra algún invasor que se desplaza entre mis venas, entre mis arterias, por mi capilares, tratando de escapar de la persecución de mis glóbulos blancos, de mis defensas…, solo escucho el clamor de la lucha en forma de un zumbido permanente en mis oídos y en forma de una presión que empuja las paredes de mi cráneo hacia fuera…, tanto que me duele la cabeza y deforma mis pensamientos, tanto que surgen ideas extrañas, conceptos sobre la muerte y la vejez, sobre la realidad de nuestra finitud, sobre todo de la mía, de lo pasajero de la juventud y de la salud en si misma. Sobre la velocidad con que pasan los días, los momentos…, y de nuevo sobre la muerte, sobre su sonrisa fría bajo esa capucha en la que resplandece una tenue claridad cadavérica tan real que me hace replantearme la vida, mis pensamientos, mis actitudes, mis reacciones…., pero tan solo soy capaz de sentir la necesidad de esos cambios.
   Esas ideas vienen y van como los vencejos que ya han regresado a mi calle, esa en la que nací y viví, en la que jugué y sobre la que camino desde mi casa hacia la carpintería. Sonriendo tímidamente y alzando la vista hacia el cielo, hacia la estrecha franja de cielo que veo entre las fachadas de siempre y entre algunas nuevas. 
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Veo sus estilizadas siluetas surcando un cielo límpido y vuelvo a sonreír, unos instantes antes de que mis ojos se humedezcan…, imagino su viaje desde África, pienso en los que habrán muerto por el camino sin que nadie se haya apercibido de ello, puede que los ejemplares mas viejos, o los jóvenes inexpertos y poco fuertes. Pero ya están aquí, ya han regresado, como los ciclos de la vida, el 
nacimiento, la infancia, la juventud, la madurez, la vejez…., 
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  El final de una vida repleta de ciclos, de periodos que se repetirán sin que nos demos cuenta, siempre ignorantes y muy pocas veces observadores de lo mas pequeño, de lo aparentemente insignificante…, como las frágiles pero grandes amapolas moradas que hace unos años descubrí entre los campos de la cartuja de Porta Coeli, entre los montes de Charchan y la Gorisa, en el barranco de Potrillos.
    He vuelto a descubrirlas, pero no allí, ha sido en las Tierras Altas…, el miércoles monté sobre Run-run y piloté la pequeña custom 125 hasta allí, hasta esas Tierras Altas. Norton y Mia salieron a la carrera hacia los pinares y yo paseé por la pista forestal sintiendo algo de calor y observando los asfódelos en flor, las matas de esparto espigadas, escuchando el zumbido de las abejas, contemplando los pinos, las piedras del camino, los agujeros excavados por los conejos al anochecer o de madrugada…, paseando por el mismo camino de siempre…., con el zumbido resonando en mi cabeza, tosiendo de vez en vez.
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   Ya de vuelta me encontré con ellas, con aquellas amapolas moradas pero creciendo entre los cuatro naranjos que tenemos en las Tierras Altas, entre un herbazal vivaz y fresco, creciendo lozano y sano sobre una tierra sin pesticidas ni plaguicidas, sin venenos pulverizados contra ellas, contra las mal llamadas “malashierbas”.
   Fue mi hermana Mónica las que trajo algunas de ellas para decorar fugazmente la mesa…, hace años, cuando florecían en las tierras de la cartuja, y esas que ahora florecían para mi, eran sus hijas, crecían entre otras rojas y entre las espigas de las gramíneas.
   Sonreí observándolas y me sentí bien, tanto que tuve una ilusión, el deseo de que llegase el sábado para montar sobre la Bicipalo y buscar aquellas tierras del monasterio donde florecían las grandes amapolas…, me gustó tener una ilusión, las ganas de volver a pedalear en la Calderona tras la ultima salida entre nubes bajas y brumas, bajo la llovizna.
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 Arrinconando las neuronas…, pedaleando sobre la Bicipalo.
 
       El sábado de madrugada pisé el pedal y Run-run arrancó dócilmente, los vencejos ya volaban entre las fachadas, volví a observarlos y me coloqué el casco, monté, quité el caballete y clanck…, se engranó la primera y rodé sobre la custom hacia las Tierras Altas, hacia las cumbres de la Calderona que ya veía a través de la visera ahumada y a 100 kilómetros por hora, sintiendo la vibración en las estriberas, envuelto en el ruido del monocilíndrico y arrinconando a las neuronas que me advirtieron del peligro que corría montando en moto…, después el silencio del pedaleo sobre la tierra, sobre el barro de la ultima lluvia y mi sonrisa cuando descubrí al zorro cruzando la pista que comenzaba a virar a derechas buscando las primeras rampas del Portixol o de la Prueba del Hombre, como a mi me gusta llamar a la cuesta de tierra blanquecina y que se elevaba y remontaba bajo el sol del amanecer, ya demasiado alto para que el raposo que buscó su escondrijo en la espesura
   Recuerdo el aroma del café al pasar entre las casitas ilegales construidas en plena serranía, a los pies de los farallones en los que suelen anidar las amenazadas águilas perdiceras, entre los espesos pinares que se salvaron de los incendios de los años noventa…, el aroma del café que muchas veces me alegra cuando entro en el chalé después de pasear con Norton y Mia y lo encuentro silencioso, sin nadie habitándolo, con la silla de ruedas de mi padre quieta junto a la ventana, con el sol inundando el comedor y la cocina, ahí donde reposa el poso de café que me he hecho yo mismo antes de darles el paseo, antes de volver a Valencia después de rodar por la serranía, después de regar los naranjos, las dos moreras, el seto de prunos, las jardineras que solía cuidar mi madre.
   El aroma del café en la serranía…, pero que quedó por detrás, que se desvaneció entre los olores del bosque de madrugada, entre el olor de mi propio sudor cuando iba remontando por la Vigueta como tantas veces, en silencio, con el plato de 22 dientes engranado, jadeando y trepando entre las montañas que encajonan la pista sinuosa y a veces rota, pedegrosa, húmeda…., como siempre, como tantas veces he descrito, como tantas veces la he visto, siempre con la peculiar luz, siempre con sus mismos arbustos, con su misma tierra rojiza, con su garganta a la izquierda de la ascensión…., ¿y que podría contar….?, me preguntaba mientras trepaba en solitario, ¿qué he vuelto a ver los surcos de las bicis en el barro…?, ¿que me he vuelto a encontrar con ese charco perpetuo, como las nieves de las montañas míticas, como los hielos de los glaciares…?
   La curva a derechas, muy cerrada, cortada por roderas y grietas…., ya alcanzando la cima y el sol, sin ver como brillan las primeras gotas de sudor emanando de mi piel con los primeros calores de la primavera pero sabiendo que están ahí
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   Recupero el aliento y observo el pinar, el entorno, siento la calma, el canto de algunos pajarillos…, escucho como aquella vez pero no oigo al pájaro carpintero y su repiqueteo. Y sigo pedaleando, como siempre echando miradas a mi derecha, contemplando el valle por el que he ascendido, viendo el horizonte encajonado y la pista que serpentea como una cicatriz deforestada en medio de la vegetación que brota después de un invierno de lluvias y nieves.
    La visión que se repite siempre tras cada ascensión por ese camino tortuoso que nunca es fácil, que siempre acelera mi corazón y que tantas veces he descrito…, estas vistas, estos parajes, estas percepciones que se van acumulando no se en que lugar. 
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Una florida mata de romero que también parece mirar complacida hacia la garganta del barranco, los romeros que se elevan olorosos, algunas sabinas que sobrevivieron a las glaciaciones, el pinar, los alcornoques de gruesas cortezas y el homo que pedalea y que vuelve a contemplar otra cadena montañosa cuando corona la Mocha y se asoma al otro valle, cuando ve la pista que desciende zigzagueando hacia la Font del Poll, hacia la Prunera o que se eleva hacia el macizo de Rebalsadores o Monte Armenia, como gustaban llamarlo a los monjes de la cartuja.
    Se deja caer por ella y la cadena trepa al plato grande, vuelve a pedalear y como tantas veces las turbulencias murmuran en sus oídos junto al rumor de los neumáticos sobre la tierra, a veces blanquecina o rojiza, a veces reseca y cuarteada, otras húmeda, mojada con el agua que escapa del abrevadero del Poll.
   Hay más ciclistas en la fuente y un año después, una primavera mas se encuentra con la Btt de Moncada, al rato, mientras bebe descubre un rostro conocido que acaba de llegar al puesto de control después de terminar la crono escalada que todos los años celebra la peña. Ella suelta la bici, da unas zancadas y tose inclinando su cuerpo, vomita algunos hilos de saliva mientras otro ciclista la ayuda a incorporarse y la acompaña en un paseo para que vaya recuperando el aliento, el resuello después del esfuerzo.
   El ciclista que monta la bici con el color de la tierra sabe quien es, se llama Olatx. Al final, cuando ella logra bajar la pulsaciones se ven, ella sonríe y se dan dos besos en la mejilla, charlan un rato, saludan a Arcadi, después se despiden y el ciclista vuelve a montar, vuelve a pedalear y a remontar hacia el cruce de Rebalsadores…, a media semana tuvo la ilusión de buscar las amapolas moradas que descubrió años atrás en unas tierras escondidas en el barranco de Potrillos…, aunque la ilusión se disipó unas horas después de haberle hecho sonreír, pero él deseó no olvidar que tuvo esa ilusión…, y trata de pedalear hacia ellas, de remontar la rampa que lleva hasta el cruce con otra pista que sigue ascendiendo hasta la cima del Monte Armenia.
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      En descenso hacia Serra, viendo el mar entre el Sierro y la Mola de Segart, el Rincón de la Miseria, el barranco de Potrillos.
 
   Vuelvo a pedalear en solitario, recuerdo el rostro de Olatx, el diminuto piercing en su nariz, su sonrisa, su juventud y la ilusión que le hacen pedalear y correr hasta casi desfallecer…, recuerdo su mirada y su sonrisa aquel día al terminar la carrera de montaña en Gata de Gorgos…, y siento que la he defraudado…, resoplo y echo una mirada hacia la pista que gira derechas, elevándose y buscando la cumbre de Revalsadores, doy unas pedaladas mas, engrano los 44 dientes del plato grande y el camino se desploma, se inclina al tiempo que vuelvo a pedalear y a lanzarme cuesta abajo hacia Serra.
    Enseguida dejo a mi derecha la Font del Llentiscle, atravieso el reguerillo y la Bicipalo se sigue estremeciendo con las piedras, con los surcos, con las marcas y relieves de la pista forestal que continua su descenso entre amplias curvas y entre vistas que poco a poco surgen envueltas en una luz intensa pero difusa, reflejada por la mancha plateada de un mediterráneo que se asoma entre los picachos, entre las lomas repletas de pilar, bajo las inclinadas laderas del Sierro, que se eleva a mi izquierda, mas allá de la declinada Mola de Segart, ya en tierras del Santo Espíritu, mientras la serranía sigue perdiendo altura hacia el mar y al tiempo que yo sigo bajando, trazando las curvas, echando rápidas miradas a los taludes de roca marronacea que se levantan a la derecha y de nuevo mirando hacia ese mar que surge fugaz entre la línea del monte, del bosque…, en la distancia luminosa y turbia.
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 .   La jara crece al borde de la pista y el barranco desciende al otro lado de su flor azulada hacia una maraña de vegetación espinosa y dura, ahí en los hondos por donde se mueven los jabalíes y donde se pierden los zorros cuando el sol se eleva demasiado.
   Ya he pasado el desvío hacia la Font de la Prunera, también el brusco giro a izquierdas que te lleva a las faldas del Sierro para después preguntarte si deseas subir hasta la cumbre del pico o descender por pista hasta donde la carretera de asfalto corona el llamado Oronet…, pero yo me salgo por otro camino, roto y que se precipita entre roderas y agujeros, todo el rojo, teñido con el rodeno que aflora entre las aliagas y los algarrobos que pueblan las terrazas levantadas entre muretes de piedra, entre ribazos que contienen la tierra que homo reponía sabiendo que era terreno ganado al monte, a la montaña.  
    Dejo la tierra y ruedo sobre un asfalto que ahora vuelve a remontar, a ganar altura, a bordear los muros del Monte Armenia, las paredes que poco a poco y entre algunas casas van encaramándose hacia la cima del macizo que ahora mismo no veo, que no distingo. Naturaleza que va creando farallones, bosques, rincones y lugares que homo nombra y bautiza…, como el Rincón de la Miseria…, miro y no veo nada a lo que asociar el nombre, solo veo la curva a derechas, la rampa que me obliga a engranar los 34 dientes en la rueda trasera y a inclinarme hacia el manillar…, jadeo y vuelvo a mirar ahí donde la Miseria…, y solo veo una senda que aparece y se esconde entre las coscojas, entre el brezo y las aliagas, entre tomillos y almendros huérfanos, entre pinos colonos llegados desde el monte y entre algarrobos que derraman sus frutos sobre sus propias hojas marchitas sin que aquellos braceros los recojan…, el silencio y mi respiración remontando el camino, sonriendo cuando mi corazón se serena, cuando el aire entra con mas facilidad en mis pulmones y cuando gano el repecho y me asomo al borde del camino.
   De nuevo esa visión que conozco, de nuevo la visión de los extensos y espesos pinares ocupando el valle por el que discurre el barranco de Potrillos, entre Charchan y la Gorisa…, esas cumbres siempre están ahí y los horizontes que contemplo también. Parecen las mismas pero imagino que no lo son, imagino que los pinos que las cubren han perdido algunas de sus agujas, que han nacido nuevas, que son distintas las aves que anidan entre sus ramas, que las lluvias han removido la hojarasca y la pinocha, que las nieves tronzarían alguno de sus brazos…, imagino que la visión tampoco es la misma, imagino que mis ojos ya no ven como hace una semana, como hace varios meses, como hace algunos años…, aunque aún siguen viendo, aunque aún siguen enviando información hacia ese cerebro que también procesa la señales que le llegan desde los oídos, que interpreta los extraños sonidos que provoca el viento en mis orejas cuando desciendo hacia esas amapolas que hace años descubrí en las tierras de la cartuja.
    Desaparece la calma que me envolvía cuando observaba, cuando miraba desde el alto que lleva a la Miseria o a la cima de Revalsadores por senda…, solo siento el golpeteo de la cadena, las vibraciones de la Bicipalo, el gruñido de los neumáticos rodando sobre la pista forestal, de nuevo rojiza, amplia y que va perdiendo altura, que pica hacia el fondo del valle a la sombra de las montañas por la que desciende, que derrama parte de su agua subterránea a través del estrecho caño de la Font de Potrillos y que se bifurca a la derecha, en un viraje cerrado que me obliga a frenar, a parar a la Bicipalo para poder girar, para volver a dejarme caer por un estrecho camino que cae hacia el fondo del barranco, que se descarna con las lluvias y que muestra lomos de roca, bancos de gravas, de piedras sueltas…, me levanto, retraso un poco mi cuerpo y sigo el descenso mientras las suspensiones se comprimen y se expanden, mientras me muevo a un lado y a otro de la Bicipalo, mientras los neumáticos se manchan con el polvo rojizo al tiempo que se deforman cuando las llantas se inclinan, cuando freno y se desplazan las masas, los pesos…, sin dejar de descender entre escalones de rodeno que surgen como estratos rompiendo el tortuoso camino, rajado por un par de profundas roderas contra las que se hunde la horquilla delantera…, hasta que voy frenando, hasta que voy echando miradas a los campos que comienzan a abrirse a mi derecha, mientras descubro la silueta de la cartuja de Porta Coeli, pétrea y luminosa, serena y reflejando sobre sus muros la luz del sol.
   Echo pié a tierra y se hace el silencio, llega la calma, la ausencia de movimiento brusco, de velocidad…, 
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y busco  las amapolas en el mar de hierbas que crecen hasta las ramas bajas de los olivos, que crecen salvajes y repletas de vida bajo el sol al que miran miles de flores amarillas, de margaritas silvestres que refulgen sin que ninguna amapola morada ose a robarles la luz, sin que ninguna frágil amapola logre despuntar entre el correoso herbazal…, no se porque imagino la riqueza de la sabana africana tras las lluvias, la explosión de brotes, de tallos que los herbívoros devorarán bajo el acecho de los predadores…, percibo el canto de varias avecillas, el zumbido de cientos de insectos y no se porque imagino la algarabía del dosel selvático, el grito ensordecedor de los monos aulladores, las sombras voladoras, las siluetas escurridizas entre el follaje, las cortinas de lluvia durante los monzones, los relámpagos como incidiendo en la sopa primigenia…, de nuevo el silencio, de nuevo las llamadas de las aves, el vuelo hacendoso de las abejas, el destello de los hilos de la araña, los ojos compuestos de la vigilante mantis, el latido acelerado de las lagartijas al sol, el trasiego continuo y nervioso de miles y miles de hormigas que se mueven bajo el herbazal, alrededor de las culebras y víboras que reptan entre las hierbas o que reposan al sol…, incluso ellas, las frágiles flores amarillas parece que me miran sin miedo, incluso las flores de los enormes cardos parecen mirarme, parecen adivinar mi sorpresa ante sus casi dos metros de altura, ante la carnosidad de sus hojas y la belleza morada de sus flores…,
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 Incluso el liquen silencioso y mudo, serio y de pocas palabras escucha el parloteo de las flores amarillas, que parecen lucir sus pétalos y sus colores, sus aromas y sus estrechos talles ante el rugoso liquen que permanece pegado a la piedra, también callada, muda, inmóvil en el tiempo, en ese lugar, ante mis ojos que siguieron buscando las amapolas moradas en aquel inmenso espacio de vida que bullía ante mi mismo.

  
  

sábado, 24 de abril de 2010

"EL VIAJE AL PODER DE LA MENTE", por Eduard Punset.


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   Parecía tan evidente que el sol giraba en torno a la Tierra, que la Luna era una especie de pálida esclava de la Tierra, que el cielo nocturno y sus puntos azules orbitaban alrededor de la Tierra…., que los hombres eran el centro del universo, que cuando Copérnico probó lo contrario la sociedad de la época se convulsionó, por lo menos la parte de esa sociedad que se enteró, imagino que los pobres, que los braceros o los que vivían en chozas miserables continuaron malviviendo igual. Para ellos el sol seguía saliendo y poniéndose igual que siempre, las estrellas seguían allí y el hambre y la miseria también…., pero para esos otros que renacían, que volvían a preocuparse por el arte y la cultura, para señores, hacendados y nobles, fue un descubrimiento que les sumió en la confusión, si ya no eran el centro de la Creación, entonces, ¿que era el hombre y su inteligencia sin parangón?.
   Eduard Punset comienza su último libro con Copérnico y con lo que supuso su descubrimiento para la época, para el pensamiento y para la concepción del hombre en si mismo, para saber que lugar ocupaba en el espacio…., realmente ninguno, parece decirnos el autor cuando titula ese primer capitulo como, “Viajando a 250 kilómetros por segundo hacia ninguna parte”.
   Las páginas se van sucediendo y “El viaje al poder de la mente” va perdiendo ritmo y concreción, Punset divaga y me da la sensación de que se aleja del tema, de lo que el titulo de su libro nos hace esperar. El hilo conductor se destensa y deja de tirar del lector.
   Pero con la fe puesta en todo lo que Eduard Punset nos ha contado en otras ocasiones, en sus anteriores publicaciones, con el animo puesto en todo el conocimiento científico que nuestro autor nos ha puesto al alcance de todos nosotros, de una manera amena, sencilla y comprensible…, sigo leyendo y afirmo con la cabeza cuando Punset comenta apesadumbrado la obstinada negación del ser humano para cambiar de opinión, para desaprender, para ver el mundo con sus propios ojos y no con esas lentes superpuestas que nos coloca la sociedad. Cita el recuerdo presente y traumático de la Guerra Civil española, comenta el estancamiento del pensamiento del pueblo en base a los dos partidos mayoritarios. Curiosamente, esa plasticidad mental que tanto fascina a Punset no parece tener efecto en estos recuerdos y dogmas cicatrizados entre las circunvoluciones cerebrales.
   Punset nos habla también de su paso por la política, de su pertenencia al partido Comunista, nos habla de su infancia y de un curioso sonido que partía de su pecho cuando pedaleaba cuesta arriba…, para ahora, desde la distancia, desde los años pasados, desde la experiencia acumulada…, hablarnos de las pautas, de las costumbres de homo, de los hombres y nuestro cerebro prodigioso, aunque parece que profundamente imperfecto, quizás porque nuestro cerebro es ciego y sordo. Tras su bóveda craneal, en la oscuridad absoluta se limita a componer el futuro con los retazos del pasado, que a su vez reconstruye y reconstruye cada vez que evocamos un recuerdo.
    No es hasta el capitulo 9 cuando nos encontramos con el titulo del libro, “El viaje al poder intimo de la mente”, en él nos habla de la dependencia absoluta de la mente antes que de nuestras aparentes convicciones. Se sorprende de nuestra dependencia del subconsciente, de las intuiciones ante la razón, ante la reflexión, de lo instintivo ante lo reflexivo.
   Y es hacia el final del libro cuando Punset vuelve a entusiasmarse, cuando nos habla de biología, de algunos descubrimientos científicos que le fascinan y que le hacen imaginar un futuro de la humanidad mas llevadero, saludable mentalmente y mas sostenible energéticamente si consiguiésemos imitar a la Elysia clorótica, definida por el autor como “un fascinante animal-planta capaz de hacer la fotosíntesis”.
  Y realmente esta babosa marina es fascinante, su forma de obtener energía te deja boquiabierto y por unos instantes crees que ese animal es la creación de un autor de ciencia-ficción, pero no es así.
  Punset nos cuenta como este ser se alimenta de algas marinas, en concreto de la Vaucheria littorea, durante unas dos semanas. Durante ese tiempo la babosa marina habrá ido asimilando los cloroplastos del alga, esos orgánulos fundamentales para realizar la fotosíntesis, ese mecanismo limpio por el que las plantas obtienen su energía, limpia, sostenible e infinita…, que solo existe en el mundo vegetal y entre las bacterias. ¿Cómo es posible que un animal pueda realizar la fotosíntesis y vivir durante un año sin alimentarse mas que con la luz solar….?.
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   Eduard Punset nos lo cuenta de manera sencilla, simple y fácil de comprender…, en ese momento nuestro autor parece sonreírnos, como lo hace desde la contraportada del libro, para después apartar la mirada y dejarla vagar hacia el sol en un alegato a favor del ecologismo, a favor de la investigación que nos permita imitar a la Elysia en la obtención de su fuente de energía, a favor de imitar a la naturaleza…, incluso llega a murmurar la idea utópica de que la depredación desaparecería al alimentarnos de la luz y del aire…, para eso nos hablará también del león y la palmera.
    “El viaje al poder de la mente” no tiene el ritmo ni el gancho de “El alma está en el cerebro” ni de “Por qué somos como somos”, del mismo autor, es algo lento y a veces poco fluido…, pero no por eso deja de ser una lectura recomendable. Punset siempre nos aporta el conocimiento que le trasmiten los investigadores y científicos con los que se entrevista, en ese afán de dar la oportunidad al pueblo de formarse, de acceder al saber que solo estaba reservado para estudiantes o para personas con cierta formación cultural.
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   Uno puede sentir como Eduard Punset está plenamente convencido de que la humanidad podría virar a mejores sociedades si todos fuésemos capaces de desaprender, de arrojar de nuestras mentes los dogmas y las manías arrastradas de nuestro pasado, de la experiencias traumática de otros. Si todos dedicásemos unos minutos al día a tratar de conocernos un poco mas, a tratar de ver el mundo desde los ojos de la ciencia sencilla, a tratar de reconocer por fin y de admitir que no somos el centro de la Creacion ni del universo.
    
 
   
   

domingo, 18 de abril de 2010

ENTRE BRUMAS Y NUBES BAJAS, PEDALADAS BAJO LA LLOVIZNA.


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Las Montañas Azules volvían a ser grises, a desaparecer tras las brumas y las nubes bajas, tras esa humedad que volvía a empaparlas como durante muchos de los fines de semana del invierno pasado, como cuando los hielos y las nieves las cubrieron durante casi una semana…, hasta que en marzo parecieron disiparse, hasta que las primeras amapolas se asomaron rojas y delicadas entre la vivaz hierba que brotaba con las temperaturas mas suaves, con un sol que resplandecía cada madrugada y que ya me acompañaba cálido y generoso en las rodadas por la Calderona…, pero este sábado las montañas volvían a ser grises, a estar empapadas, como vestidas por unas tenues telas que deshacían en forma de gotitas contra mis brazos, contra mis piernas, contra el chasis manchado de barro de la Bicipalo.
   Las pedaladas de siempre, entre los grandes charcos de la pista que atraviesa la finca de La Torre, remontando hacia el camino que asciende desde área recreativa de Porta Coeli y que se interna en la serranía, separándose en ramales, bifurcándose en cruces, derivando hacia sendas que terminan perdidas en el monte o descendiendo hacia barrancos estrechos y cubiertos de matorrales y roca desgastada.
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   Las gotitas seguían cayendo, formando circulitos en los charcos o creando machitas sobre la tierra que durante unos instantes reflejaban el gris del cielo, la débil luz de un día de otoño perdido en la primavera. Así me he sentido, como fuera del tiempo, como si el verano ya hubiese pasado y como si el otoño se asomase de nuevo con sus lluvias, con sus colores apagándose y con el silencio enterrando el canto de las aves que llamaban a la primavera…, a esa que cubrían las nubes y los vapores fríos.
   Me he vuelto a encontrar con lo lirios crecidos en los taludes rocosos del camino del Campillo, ya eran numerosos, mas azules que blancos y ya algo marchitos, también con las jaras y sus margaritas lilas dejándose deshojar por la llovizna, también con los tomillos en flor, bajitos y como esponjosos…, y con algunos ciclistas a los que he adelantado, saludando y pedaleando con fluidez, sintiéndome bien, percibiendo como las piernas movían los pedales relajadamente, viendo la lycra empapada y observando como las gotitas de agua deformaban la pantalla del velocímetro y como resbalaban sobre la pelambre rojiza del mamut.
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    Me he sorprendido a mi mismo, no me he dado la vuelta al empezar a percibir la lluvia y he continuado pedaleando dentro de la inmensa nube que cubría la serranía, mirando al frente y observando esa niebla que todo lo volvía gris y apagado, que todo velaba, que todo difuminaba…, respirando, pedaleando, respirando, pedaleando…., contemplando ese gris que empapaba mis pocas ropas, el pelaje invernal que poco a poco iba mudando.
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   De nuevo en la Moreira, jadeando levemente y sintiendo la fina lluvia, sintiendo algo de frío y sin poder ver esas cumbres repletas de pliegues de rodeno que se elevan sobre el paso escondido de la Vigueta…, me he dejado caer hacia la Font del Berro, guiñando los ojos cuando gotitas de barro saltaban hacia ellos despedidas por las ruedas cubiertas de lodo rojizo…., tonos ocres y verdes, algunos amarillos intensos en las flores de las aliagas y de nuevo el rojo de la tierra húmeda, mojada, el musgo reverdecido que cubría los milenarios afloramientos del rodeno.
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   He continuado el descenso en silencio, con cuidado y percibiendo como los neumáticos se iban hundiendo en la tierra empapada, sonando de una forma distinta y hundiendo sus pequeños tacos en una pista que rezumaba agua bajo la presión de las gomas…, y sin dejar de contemplar la niebla, las nubes posadas en las montañas, entre los pinos, sobre el monte bajo, sobre mi mismo…., he ido frenando, perdiendo velocidad hasta parar.
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   Tac, tac, tac, tac, tac…., el golpeteo rápido del picapinos…., lo he vuelto a escuchar, y otra vez, y otra vez, el canto de otras avecillas. Y he sonreído…, allí arriba, en la Morería no se oía nada, por unos instantes he vuelto a pensar que era el silencio invernal, el silencio de sueño bajo la nevada, en las cuevas oscuras y tibias, el silencio de los pajarillos posados, el de la sabia retenida en los capilares, en el de las hojas cubiertas por la nieve, quietas, mudas, estoicas bajo el hielo.
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   He mirado a mi alrededor y he visto la niebla, la llovizna, las nubes bajas…., el gris que continuaba ahí, la humedad…, y he vuelto a montar, a dar unas pedaladas y a dejarme caer cuesta abajo, a sentir como las zapatas iban resbalando sobre las llantas mojadas, como se iban lijando con el barrillo convertido en esmeril, dosificando la presión en las manetas de magnesio y trazando las curvas hasta llegar al barranco de la Gota. He oído el agua discurriendo entre su fondo de rodeno, de guijarros arrancados a la serranía con cada avenida y formando un tímido eco entre las paredes que se han ido levantando a los lados de la pista, de la umbría en la que algunos helechos logran crecer colgados de las pequeñas cornisas que sobresalen de los taludes.
   Y entre el gris, entre la neblina he descubierto un maillot blanco, a otros ciclistas que voceaban cuando atravesaban los grandes charcos rojizos, de agua teñida de rodeno pulverizado tras miles y miles de años de erosión. Que bromeaban y que se han callado cuando les he alcanzado y me han visto la ropa de color marrón, decorada con huellas de animales, cuando han visto a la Bicipalo.
   - No se por que pero el del maillot blanco se va a quedar el ultimo… -he bromeado.
   Hemos ido atravesando los charcos juntos, charlando, escupiendo de vez en cuando el barro que saltaba hasta nuestros labios, rodando juntos y lanzándonos cuesta abajo cuando hemos alcanzado el desfiladero del Portixol, esa subida que yo suelo llamar La Prueba del Hombre.
   Me han adelantado dos de ellos, se han lanzado confiados en sus frenos de disco y yo les he seguido pero dejando algo de distancia, frenando antes que ellos y de nuevo sintiendo la rozadura de las zapatas contra la llanta manchada de barro, trazando el primer viraje a izquierdas, volviendo a guiñar los ojos y volviendo a sentir como las salpicaduras me impactaban en la boca, contra las mejillas, contra las pupilas continuamente barridas por los parpados…, ha llegado otro viraje a derechas. Han vuelto a frenar y yo tras ellos. Apenas si me ha dado tiempo a echar un vistazo a los extensos pinares tiznados de gris, envueltos por esa bruma que continuaba estancada, quieta, como pegada, como un cristal traslucido flotante…, otra curva a izquierdas, algo de llaneo, he vuelto a pedalear y enseguida les he alcanzado, haciendo “eses” sorteando los boquetes repletos de agua y volviendo a frenar cuando alguien a gritado a nuestras espaldas, cuando un voz fuerte ha llegado desde la ultima curva.
     Hemos parado y durante unos instantes solo se han oído las gotas de la llovizna precipitándose contra mi casco.
   - ¡Se ha caído…¡, ¡volver a subir….¡ -han vuelto a gritar.
   - ¿¡No podeis bajar…!? –ha contestado uno de ellos.
   -  Bueno, vamos a subir ¿no…?.
   - Espera coño…, ¿para que vamos a subir si no se ha hecho nada…?, ¿¡no podéis bajar…?!.
   - ¡Le cuelga la piel…! –han contestado
   - Joder…, habrá que subir.
   - Os acompaño –he dicho dando la vuelta a la Bicipalo y al poco de empezar a pedalear cuesta arriba nos hemos topado con el resto del grupo. Uno de ellos se ha bajado de la bici, la ha dejado caer a su lado y se ha derrumbado sobre la tierra mojada de la pista.
   - Échale agua en la herida, échale… -ha dicho uno de ellos.
   - Joder que hostia me he metido…., me he hecho mierda la rodilla, joder, joder… -se ha lamentado el chaval. La brecha se abría justo sobre la rótula, la piel rota y un reguero de sangre que se diluía con el agua del botellín. Sin erosión, sin ningún arañazo…, solo el golpe y la piel cortada, hundida hacia el hueso – ha sido por la mierda de la bici…., joder, hostia…, no puedo seguir.
   - Llamar al ciento doce y que vengan a por él –he aconsejado.
   - ¿Y si bajamos a por el coche y venimos a por él….?, es que he oído que si no estas federado te cobran la ambulancia.
   He vuelto a mirar al chaval, sin casco, sin guantes, con unas bermudas de esas que se llevan ahora para hacer bici, manchadas de barro, de tierra mojada…, sus jadeos, el quejido y todo él caído en la pista, derrotado, sin fuerzas, mojado.
    - A un colega mío vinieron a rescatarlo en helicóptero y no creo que le cobraran los portes –replico.
    - Joder llamar al ciento doce, hostia y que vengan…., joder, es que no puedo mas –ruega el chaval.
   Uno de ellos saca el móvil, marca y empieza a titubear cuando trata de explicar donde estamos.
    - Dame el teléfono…-le pido cuando le veo indeciso y algo desorientado.
    Cojo el móvil escucho la voz del interlocutor y el sonido de las teclas del ordenador.
   - Hola…, mira, estamos en la Calderona, cerca del área recreativa de Porta Coeli…., si, si, área recreativa de Porta Coeli…., en Bétera…., en un sitio fácil, la referencia en la Cartuja de Porta Coeli, coger la carretera que sube desde la base de la OTAN…, si, si, es un camino de tierra pero ancho y en perfecto estado…., a unos 4 kilómetros del asfalto…, tienen que coger una pista ancha que sale a la izquierda del aparcamiento y que sube hacia el Portixol…, si, si, Portixol…., ¿un teléfono…?, espera.
   Me giro hacia el dueño del móvil y se lo paso.
   - Dale el número de teléfono.
   Vuelvo a echar una mirada al chico, esta tumbado, inquieto…, a su lado sigue la bicicleta caída, donde él la ha dejado. Veo las ruedas demasiado finas, la horquilla de suspensión sin apenas recorrido, los frenos demasiado flojos para estas montañas, los puños estrechos y resbaladizos.
     - Pero si el cabron tiene una KTM tope de gama y se viene con esa mierda de bici.
    - La tengo en el pueblo –protesta desde el suelo.
    - Ahí está de puta madre….
    - Eh bueno…, creo que alguno de vosotros debería de bajar hasta el parking y esperar a que llegue la ambulancia para que le diga que pista es…, creo que en menos de quince minutos estarán ahí abajo –aconsejo.
   Sigue lloviendo débilmente, las nubes se siguen arrastrando sin ruido, envolviendo a los pinos, a los matorrales, llenando de gotitas sus hojas, mojando el liquen que cubre las rocas, enmarañando el pelo de Norton y Mia, velando por completo las montañas, engulléndolas, borrando sus cumbres de los horizontes de mi infancia, chocando contra la visera del casco integral, desplazándose sobre el metacrilato mientras Run-run rueda bajo la llovizna, mientras recuerdo la imagen de los destellos anaranjados de la ambulancia y el traqueteo de la bicicleta con la que el chaval paseaba con su novia por el boulevard, dejada caer en la caja de la Pick-up de la Policía Local.
   Sigue lloviendo, las nubes se siguen desgajando y el viento zumba alrededor del casco integral mientras me envuelve el ruido de la pequeña custom 125 regresando a la ciudad sobre un asfalto mojado y gris, tan gris como el cielo, gris, triste, sin luz.
  
 
  
  
  
   
    
    
  

domingo, 11 de abril de 2010

SONIDOS..., en "Diario de homo".


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   No era un sonido, era un canto, el canto de un ave que llegaba desde el cielo…, allá en las Tierras Altas cuando yo era pequeño, un niño que se distraía levantando piedras con la puntera de sus zapatos ortopédicos, buscando escorpiones y escolopendras, contemplando a veces como las hormigas sorprendidas se afanaban en guarecer a sus larvas en los túneles subterráneos, observando ese mundo oculto que se desarrollaba bajo ellas, siempre húmedo y escondido…, aunque el calor del estío resecase el pasto que había brotado con la primavera.
    Pero a veces, apartaba mis ojos de la tierra y miraba hacia el cielo porque lo había oído, había escuchado el canto de aquel ave, que emitía sus trinos y silvidos desde las alturas y no desde las ramas de los pinos, de los algarrobos o de los olivos. Entonces me ponía las manos alrededor de los ojos, como formando una visera o una especie de prismáticos imaginarios y buscaba por el cielo, a veces con nubes dispersas, a veces cubierto y otras despejado y cegador. Buscaba a esa avecilla y sonreía cuando la localizaba suspendida en el aire, aleteando y lanzando sus trinos, quieta allí arriba, como flotando…, hasta que dejaba de batir sus alas y se dejaba caer, se precipitaba en picado, acelerando…, como los halcones que Félix Rodríguez de la Fuentela Tierra”. Yo seguía con la mirada y excitado aquella caída libre, imaginando que se abalanzaría sobre un ratoncillo o sobre otra ave mas pequeña. Y justo cuando estaba apunto de tocar tierra, remontaba y se posaba sobre alguna piedra elevada, sobre algún promontorio…, pero jamás sobre ningún ratoncillo ni sobre ninguna otra ave. Era una alondra y aquella era su danza..., yo no lo sabía, pero continué buscándola en el cielo cada vez que la escuchaba y continué siguiéndola con mis ojos durante aquellos espectaculares picados. me mostraba todos los viernes en “El Hombre y
    Continué, durante mi infancia, con mis correrías por los pinares de las llamadas Tierras Altas, cuando apenas están a algo mas de 160 de altitud, pero para mi era el bosque, la naturaleza, lo mas parecido a lo que veía entusiasmado todos los viernes por la noche. Continué descubriendo sonidos, el canto ronco de los alcaudones, el curioso arrullo de los abejarrucos cuando volvían de África, el graznido serio de los cuervos…, cuervos gallineros como los llamaba mi abuelo materno, el ulular de las abubillas, las llamadas de las aves nocturnas mientras me acurrucaba entre las mantas. Mas de una vez me asomé a la ventana a buscarlos y alguna vez descubrí sus siluetas posadas sobre los cables del tendido eléctrico.
   Es curioso, han pasado muchos años, décadas y esos sonidos me siguen haciendo sonreír, me siguen haciendo levantar la vista buscando a las alondras…., aunque muchas veces desisto porque me duele el cuello o porque me mareo, también sigo buscando a los abejarrucos o quedándome quieto cundo escucho el repiqueteo de algún picapinos. La primera vez que lo escuché fue entre los altos eucaliptos de la Font del Marge…, imagino que me quedé quieto, moviendo levemente la cabeza, orientando las orejas hacia el bosque, pero ya no recuerdo si volví a oírlo. 
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Es un sonido esquivo, fugaz, escaso y cada vez que lo oigo me siento un afortunado, me llena de alegría. La última vez lo escuché junto a Joa, creo que fue la primera vez que lo percibimos juntos.
   La Font del Marge fue mi primer santuario, remontar las cuesta desde el monasterio de Porta Coeli con mi primera bici de montaña, una Conor, era una proeza para mi. Llegaba hasta allí arriba resoplando y rellenaba el bidón con el agua que manaba de aquel pequeño caño…, alegre y satisfecho. 
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Me sentaba y bebía en silencio, observaba los eucaliptos y escuchaba el zumbido de las abejas y de las avispas revoloteando sobre el reguerillo de agua que atravesaba el camino y que discurría hacia el enmarañado barranco. 
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A veces, en días de viento oía como las altas y flexibles copas se rozaban entre ellas, como el viento zumbaba, como emitía sonidos, como susurros y como una vez arrancó una corteza que se precipitó al suelo rebotando entre las ramas. Escuché los chasquidos y la vi caer…, pero enseguida se confundió entre los restos de la hojarasca…, la hojarasca que también me sorprendía en mis excursiones por los pinares.
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   Escuchaba aquellos crujidos y me quedaba quieto, atento, escuchando y alguna vez los conseguía ver…, eran los lagartos ocelados que tomaban el sol y escapaban cuando me descubrían, se internaban entre las coscojas o entre los algarrobos, por eso escuchaba como pisaban las hojas muertas. Sobre la pinocha no se les oía, las frágiles agujas muertas apenas si sonaban bajo las patas del lagarto…, pero a veces eran serpientes las que reptaban escurridizas, podía ver como sus cuerpos desaparecían entre los mismos arbustos o entre los huecos de los roquedos…, entonces el asustado era yo, me quedaba quieto y luego me alejaba ante aquel miedo ancestral instalado en nuestros genes y transmitidos entre aquellos homínidos que siempre tuvieron miedo de ellas, de las serpientes.
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   Pero en los paseos casi al anochecer los sonidos cambiaban, de niño no lo podía hacer. La noche en el campo me daba miedo, los pinares perdían su verde, sus formas, se tornaban en algo oscuro que parecía fundirse con el cielo…, entraba en el chalé con mi inseparable Cometa, una carabina de aire comprimido del 4.5, la dejaba en alguna esquina del comedor, al alcance de mi mano o siempre a la vista. Entonces jugaba con mi hermana Mónica o veíamos la tele junto a mis padres…, fuera, la noche seguía inundándolo todo con su negrura y con los gritos de las aves nocturnas y finalmente amanecía en las llamadas Tierras Altas, muy cerquita de la Sierra Calderona.
    Años después, décadas después, el crepúsculo dejaría de asustarme, hubieron años en los que me provocaría cierta tristeza, como pesar…., por con el tiempo voy viendo el anochecer como algo normal, casi como un respiro cuando el día declina, cuando los ánimos se acallan y uno desea relajarse, terminar y dormir. Pero es cuando ellas se llaman unas a otras, cuando las nocturnas lanzas sus voces agudas que recorren el pinar silencioso y me erizan la piel.
   Fue una de esas tardes de marzo en las que subía desde Valencia con Run-run, terminé pronto y aún me dio tiempo a pasear a Norton y a Mia. El sol ya se ponía por detrás de esas confieras que comenzaban a mudar el verde por el oscuro, por el negro. El momento en el que los pajarillos callaban y hablaban los mochuelos y las lechuzas. Me quedé quieto, sentí un escalofrío y estuve escuchándolas, miré hacia los árboles y no las pude ver, pero seguían ahí, fantasmagóricas, ajenas al ojo de homo que todo quería escrutar, saber, distinguir, identificar, estudiar.
  De nuevo percibí la calma y continué caminando, viendo como los perros entraban y salían del monte, viendo como sus pelajes también perdían sus colores negros y marrones y se convertían en huidizas siluetas. Escuchando como atravesaban las ramas bajas, los arbustos…, como eran ellos quienes hacían crujir la hojarasca.
   Seguí caminando, dejándome envolver por la el anochecer, sintiendo como el bosque se rozaba contra mi al atravesar el pequeño barranco…, Mia y Norton eran ya dos espíritus de la naturaleza, confundidos con las sombras, con las matas, con el monte.
   
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     El silencio era un sonido, el que percibía y sigo percibiendo a veces en el campo.
   
   Ahora y desde los albores de la humanidad, desde que el alba sorprendía a algún homo tallando una piedra en África…, clac, clac, clac…, cesaba aquel sonido primigenio y nuestro ancestro observaba la pieza.
  Amanecía, se iluminaba la sabana y también mi habitación en las Tierras Altas, solía levantarme pronto para intentar cazar con mi Cometa algún gorrión, algún estornino…, en aquellos días tomaba Cola-cao con leche…, ahora es el aroma del café torrefacto el que ha acompañado mis últimos amaneceres en el campo, a mediados de marzo. Recuerdo que uno de esos días me recibió un maravilloso coro de estorninos, sus trinos llegaban de todos los rincones, se mezclaba con el gorgojeo de la cafetera y yo sonreía viviendo ese momento de calma, de paz, de intimidad antes de que mi padre se despertase, antes de que el sol comenzase a elevarse, antes de que los mirlos se guarecieran de nuevo en la espesura…, fue mágico, como lo fueron aquellos silencios, aquella calma que en si misma era un sonido, hace unos 8 años, cuando los viernes subíamos a las Tierras Altas, mis padres se quedaban en el chalé, aún se valían por si mismos y yo salía a dar una pedalada corta, pero me alejaba lo suficiente para rodar entre pistas silenciosas y calladas, tan calmadas que mas de una vez me paraba y trataba de percibir algo en aquella ausencia de sonidos estridentes.
   Sentía placer, una extraña dicha y la percepción de un algo que nunca logré reconocer o asimilar, fue una de aquellas tardes cuando me pregunté aquello de “¿Cuánto tiempo podré seguir llevando esta vida…?”, a mi me gustaba aquella sencillez, aquella rutina. La respuesta llegaría unas semanas después con el ictus de mi padre…, después ya nada fue igual y aquella vida la viví hasta aquel momento.