Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

sábado, 19 de marzo de 2011

VIENTO Y SOLEDAD EN LAS TIERRAS ALTAS en "Diario de Homo",

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- Venga papá, que si sigues así para Fallas nos subimos al chalé –murmuré con mi cara muy cerca a la de mi padre, unos siete u ocho días después de que saliese del hospital y sintiendo que ya era capaz de ayudar cuando lo levantaba del sofá para colocarlo en la silla de ruedas.

Tras dos meses ingresado, tras dos meses encamado…, papá llegó a casa muy débil, herido de muerte…, pero yo lo negaba, no lo creía. Yo estaba desconcertado, extraño y sentía que volvíamos a empezar. Padre era mucho mas dependiente, total y absolutamente dependiente y el primer día que le ayudé a levantarse de la cama descubrí que no tenia fuerza en sus escuálidas piernas, sentí como su peso me vencía y noté como mi espalda baja crujía…, por eso, cuando noté que papá volvía a ayudar, unos siete u ocho días después de que regresase a casa, murmuré con mi cara muy cerca de la suya.

- Venga papá, que si sigues así para Fallas nos subimos al chalé.


Viento y soledad en las Tierras Altas.

Eché una última mirada a la carpintería, silenciosa, con el suelo barrido y con Duna reposando junto a Run-run y fui a recoger a mi madre y a Miriam.

Durante unos instantes me sorprendió lo rápido que lo hicimos todo, recoger sus medicinas, mi portátil y poco mas, me sorprendió ver a mamá sentada en el asiento delantero y salimos de la ruidosa Valencia hacia las silenciosas Tierras Altas, como durante los últimos siete años desde que padre quedó hemipléjico.

Llegamos en silencio, creo que los tres aturdidos, tristes, decaídos…, tan solo Mía y Norton daban saltos de alegría, a ellos no parecía importarles el viento, las nubes grises, las gotas de lluvia que se descolgaban zarandeadas por el vendaval.


Paseando sin encontrar a la primavera, paseando abatido.

Por la tarde llevé a Miriam a la estación y después salí a pasear con Norton y Mía, antes eché un vistazo a madre, estaba ahí, sentada en el sillón eléctrico que mi hermana Rosalía compró para padre, viendo el programa de cotilleos y sujetando con su mano derecha el mando a distancia.

Fuera, los pinares aullaban, voceaban azotados por el viento, los perros se perdían entre las matas y yo caminaba encogido, con las manos guarecidas en los bolsillos y con la cremallera subida hasta la barbilla. Veía un cielo gris, como rasgado y que cambiaba de formas, de vez en cuando volvía a llover y paraba, de nuevo escuchaba el zumbido del viento entre los pinos y veía a las procesionarias reptando sobre la tierra, pero no veía a la primavera, no percibía el zumbido de los insectos ni sentía el calor del sol en mis mejillas…, tan solo las vi a ellas, a las golondrinas, que sobrevolaban como siempre la balsa de riego. Pude escuchar algunos de sus trinos y vi como volaban entre las ráfagas de un viento que no las doblegaba, que no las apartaba de sus rumbos. Ascendían, viraban sobre si mismas y volaban contra las rachas que se llevaban mis ánimos, mis deseos de sonreír, incluso de vivir pero que eran incapaces de llevarse el recuerdo de mi padre, la certeza de que la muerte existía…, hasta esa tarde del 18 de febrero no creía en ella.

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La noche en las Tierras Altas, madre y yo a solas.

Llegó la noche, cenamos, vimos un poco la tele y nos fuimos a dormir. Me tranquilizó ver a Norton y Mía acomodándose entre los cojines del sofá, sentí que los bichos me hacían compañía y entré en el cuarto que compartí tantos años con padre. No había nadie en su cama y de nuevo sentí la angustia, el miedo, la soledad mientras los bandazos del viento soplaban y aullaban ahí fuera, en la noche.

Me sorprendió el deseo de abrazarme a una mujer, creo que entendí lo que era eso, la pareja y deseé dormirme pronto. Sentí frío y murmuré.

- Bona nit, pare.

Lentamente el viento fue amainando, dejando paso al silencio, a la calma tan distinta del estruendo de la ciudad en fiestas. Esas noche entre estallidos mi hicieron imaginar que eran disparos, que eran revueltas y me sentí a salvo entre las mantas, me asaltaron las imágenes de Japón, de la destrucción y de la muerte, de la indefensión de homo ante la naturaleza desatada.

De nuevo me asomé al abismo de la muerte, la congoja me hizo suspirar pero sonreí al escuchar la radio de mi madre, la imaginé manejando las ruedillas de su pequeño aparato y lloré recordando a padre manipulando la suya con su mano izquierda, la única que podía mover, buscando el canal que emitía los partidos del Valencia.


El amanecer sin mirlos.

Abrí los ojos al escuchar los lloriqueos de los perros, vi que eran algo más de las seis y me levanté para que saliesen a orinar al campo. El viento me empujó, me erizó la piel y volví a encogerme. Regresé a la cama y me acurruqué, volvía a dormirme, a abrir los ojos, a ver la hora, a percibir la claridad del amanecer silencioso, tan solo ululante y sin el canto de los mirlos haciéndome sonreír.

Vi el cielo sin nubes desde el ventanal de la cocina y me alegré, me preparé el café, lo saboreé y salí a dar una vuelta con los perros. Nos movimos en silencio, ellos rastreando conejos y yo divagando, caminando y sintiendo los primeros rayos de sol en la espalda, unos minutos después, cuando dimos la vuelta ya incidían en mis ojos, agaché la cabeza y vi mis propias deportivas moviéndose entre la maleza.

Regresamos a la casa, les di de comer y monté sobre la Bicipalo, deseaba hacerlo, deseaba perderme por la Calderona. Salí a la vía de servicio y el viento del norte comenzó ha frenarme, ha forzarme, ha provocar un dolor en mis cuádriceps que me inquietó, hasta que dejé el asfalto y comencé a rodar sobre tierra, entre los caminos que serpenteaban hacia la serranía, que atravesaban ramblas y pequeños barrancos, que se perdían entre pinares y coscojas vencidas sobre las pistas forestales.

Algunos bancos de nubes altas arrebataron el brillo al sol, los verdes perdieron el brillo y yo suspiré tristón…, deseaba ese sol y no la ráfaga de viento que acababa de levantar un torbellino de polvo a pocos metros por delante. Seguí pedaleando y como siempre, remontando sus rampas, contemplando los horizontes desde sus cumbres, bebiendo el agua de sus fuentes.

Como siempre rodé cerca de la Font de la Vella, contemplé las laderas de sus montañas desprovistas de pinar, cubiertas de monte bajo espinoso y serio, duro y como pegado a la roca, a la tierra atravesada por vetas rojizas o amarillentas. Percibí el silencio entre soplo y soplo del viento y volví a encontrarme con las simpáticas golondrinas volando ante mis ojos, planeando y mostrándome sus barriguitas blancas, sus colas ahorquilladas, el trino sutil.

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Me dejé caer algo mas tranquilo, algo mas alegre…, la Calderona no fallaba y yo se lo agradecía sonriendo y tarareando alguna cancioncilla entre el rumor de la rodadura, entre el golpeteo de la cadena.

La manada al atardecer, un amanecer en calma y luminoso.

Por la tarde volví a salir a pasear, los peqeñajos Cecil y Pipper se habían sumado a la caminata. Llegamos a la balsa de riego y de nuevo vi las golondrinas volando sobre las aguas, me pregunté si serían las mismas que había visto el día anterior y a la vuelta, campo a través me encontré con las primeras matas de asfódelos o gamones, la vara emergía de entre las hojas hacia un cielo que atardecía con algunas nubes que vagaban solitarias hacia el mar, el sol poniente las iluminaba con un color anaranjado que poco a poco iba perdiendo intensidad.

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Me recordaron a las nubes marinas que en verano, el viento de levante empuja tierra adentro, se iluminan igual hasta terminar perdiéndose en la oscuridad de la noche…, mientras dormía.

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Amaneció despejado, en calma, sin viento…, suspiré y de nuevo pedaleé entre la sierra, de nuevo ascendí por sus rampas y de nuevo contemplé sus parajes, la distancia azulada, el planear de un rapaz al poco de empezar a subir hacia el collado de la Moreria.

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Volví a fotografiar sus lirios, lozanos y azules, en las umbrías de la pista del Campillo, volví a dejarme caer, a rodar sin pedalear, a sentir el sol en mis antebrazos, en mis piernas y en mis mejillas. Me volví a sorprender de ese calor que había atravesado el espacio para incidir sobre mi piel, para llenar de vida este planeta, para abrir las flores de los almendros y para desperezar a esos lirios…, para hacerme sonreír, para que olvidase un poco, por unos instantes, por unos momentos.

sábado, 12 de marzo de 2011

EL NIÑO INMENSAMENTE RICO en "Diario de Homo".

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Así me sentí el viernes por la tarde unos minutos después de salir de mi casa, como huyendo, escapando de la angustia que me invadía segundo tras segundo, gota tras gota de la lluvia que había robado la luz del atardecer.

Padre ya no ocupaba su sitio en el sofá, madre miraba atenta las imágenes de la televisión y yo me preguntaba si me importaban algo las vidas y los asuntos de los personajillos que aireaban sus intimidades ante la audiencia.

Salí de casa para olvidar, para evitar hundirme en esa tristeza que los últimos viernes que desde que faltó el papá me ahoga…, y caminé rápido bajo la fina lluvia, busqué el cobijo de las calles impersonales, empapadas, sentí el viento húmedo por encima del pasamontañas y el sonido típico del tráfico rodando sobre el asfalto mojado cando me asomó a la Avenida de Fernando el Católico. Recordé que allí había una tienda de maquetas y me paré ante el escaparate, después miré hacia el interior y descubrí algunas motos en la parte alta de una de las estanterías, decidí entrar por si diese la casualidad de que tuvieran alguna Virago 535.

- Voy a ver las motos –dije al entrar y la señora me sonrió.

Alcé los ojos y no la encontré, después miré hacia abajo y vi algo que me hizo sonreir, algo que destacó entre las cajas de los carros de combate, entre aquellos Tiger y Leopard que de adolescente me entusiasmaban, algo distinto entre los dioramas que reproducían secuencias de la Segunda Guerra Mundial, algo que se acercaba a los míticos cazas alemanes e ingleses de esa misma guerra, algo que surgió en la mente mas brillante y genial de los ultimos siglos…, la máquina de volar de Leonardo da Vinci.

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Sonreí, cogí la caja y algo se removió entre mis recuerdos de niño, sensaciones débiles, distantes en el tiempo, lejanas y ya tibias, como vencidas después de tanto tiempo sin despertarlas, sin alimentarlas con la pasión, con la emoción. Dudé, la volví a dejar y la volví a coger, me encaminé hacia el mostrador y mientras esperaba paseé la mirada por la tienda. Vi una vitrina en la que se exponían reproducciones de pistolas automáticas y de un fusil de asalto, de un Armalite, me imagino y volví a recordar la emoción que me embargó hará algo mas de veinte años, cuando descubrí en el escaparate de una pequeña tienda de maquetas en la calle del Mar, la maqueta de una Mauser. Por entonces no era un niño inmensamente rico como ahora y tuve que pedir el dinero a mi padre, compré aquella replica a escala 1/1 y gocé descubriendo sus mecanismos internos, pintándola, envejeciéndola…, por fin tenía en mis manos algo que tanto había deseado, anhelado, algo que solo existía en las revistas de armas y en las enciclopedias y en el despacho del teniente coronel del Parque de Artillería de Valencia.

Recuerdo que seguí comprando aquellas reproducciones, incluso hice un panel tapizado en terciopelo rojo, lo colgué en mi habitación y allí coloqué todas las pistolas, incluso un AK-47…, un tiempo después lo regalé todo, quité los pósters, incluso dejé de renovar el permiso de armas de tiro olímpico y me dediqué a la bici de montaña, a acompañar a mi padre y a mis sobrinos a pescar.

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Me había sentido como un niño inmensamente rico en esa tienda de maquetas, podría haber comprado muchas de esas maquetas y había recordado mi niñez, incluso escuché la breve conversación de un padre con el hijo, acudían juntos a la tienda y por lo que oí el sábado pretendían volar algún avión.

- Mañana lloverá… -advertía el padre- ¿vamos el domingo…?.

- El domingo tengo futbol… -murmuraba el hijo.

Seguía lloviendo mientras regresaba a casa, el tráfico continuaba levantando cortinas de agua sucia y se escuchaba algún petardo que resonaba entre las calles o en el viejo cauce del Turia.

domingo, 27 de febrero de 2011

Y VI LOS PRIMEROS LIRIOS AZULES ENTRE LOS ROQUEDOS DE LA SIERRA CALDERONA.





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La semana anterior contemplé la serranía desde los ventanales del tanatorio, entre los resquicios que dejaban las viviendas y los edificios de las universidades, unos perfiles abruptos y azules, pero de un azul oscuro, no ese azul luminoso y mágico de los cielos soleados. El día había despertado ventoso y gris, es posible que de luto, algo triste.

Miraba a las montañas allí en la distancia o a la rotonda justo bajo el mirador, un vergel de palmeras se elevaba desde ella, sus palmas se dejaban azotar por un viento mudo, que ni silbaba ni aullaba al otro lado de los gruesos cristales. Bajo ellas se elevaban los cactus, envueltos en sus curiosas pieles verdes y cubiertos de púas…, como un pedazo de Atacama dejado caer en medio de la avenida, como un pedazo de naturaleza inhóspita en medio de la artificialidad de homo.

Observaba la rotonda, veía las montañas sobre las azoteas y escuchaba retazos de las voces de mis hermanas que llegaban del túmulo en el que descansaba el cadáver de mi padre, volví a mirar a la Sierra Calderona, al cielo gris y como pegado a la bóveda imaginaria, miré de nuevo a la avenida y observé el tráfico, a personas que corrían, a personas que salían en bici, a personas que paseaban…, todo mudo, al otro lado del vidrio.

Volví a asomarme varias veces a ese ventanal, volví a ver las montañas pero no me pude imaginar que durante esas horas, ellos, los lirios azules de la Calderona, habían despertado ajenos a la existencia de homo, a su muerte, a su suerte, a sus vidas.

Mi padre moría y ellos emergían desde la misma tierra, junto a los grises roquedos, entre las matas de tomillos y estepas…, me hicieron sonreír, me hicieron echar pie a tierra y apoyar la Bicipalo contra esa misma roca gris, les fotografié como en los últimos tres años y continué pedaleando, contemplando los horizontes algo turbios, algo brumosos bajo un cielo que me recordaba muchísimo al cielo de ese sábado en que velamos durante el día el cadáver de mi padre. Me fijé en la clásica mancha plateada de la albufera, en las sierras litorales…, recordé las veces que mi padre me había llevado a pescar al Perellonet o a Cullera, siempre me quedaba mirando las letras pintadas en la montaña. Volví a contemplar la llanura fértil y poblada del Camp del Turia y me fijé en las brumas estancadas y en una curiosa columna de humo, que se elevaba estrecha y sinuosa, delicada y desnuda ante un viento de poniente que la respetaba, que le permitía elevarse como una cobra vaporosa hasta que alcanzaba una altura y entonces ese mismo viento la combaba hacia el mar.

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Seguí pedaleando, seguí buscando los lirios y contemplando lo que la cernía ofrecía, lo que mi cerebro interpretaba.

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sábado, 19 de febrero de 2011

CORRE GALGO, CORRE..., en "Diario de Homo".

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Fue la primera frase que se me ocurrió cuando dejé de sentir sus pulsaciones entre mis dedos, lo dije y el medico se acercó, las comprobó y despues susurró.

-Parece que ha fallecido.

Me dije “corre galgo, corre…”, porque me asomé al abismo, ese abismo que todos tenemos cerca y al que a veces estamos tentados de asomarnos, pero salí del dormitorio que compartí con mi padre durante los últimos siete u ocho años, ahora mismo ya no lo recuerdo bien y por el pasillo volví a repetir la frase, “corre galgo, corre…”, y así corriendo por no mirar atrás, pude aguantar la tarde, las lagrimas de mis hermanas, las de mis sobrinos, la confusa presencia de mi madre que confesaba de nuevo que desde que toma la medicación para la demencia ha perdido los sentimientos o algo así. Pero bueno, aún descolgó la foto del día e su boda y se la enseñó a la paciente y atenta agente de la funeraria.

Los dos últimos meses han sido extraños, esa lucha de mi padre en el hospital, mis extraños sentimientos entre esos días de llovizna, de frío, de viento o entre esos soles regalados días atrás. La súbita muerte de Jonás, el llanto de una hija cuando murió su padre en la habitación contigua a la nuestra en el Hospital General, al poco de amanecer, sus lloros me despertaron. Esta semana falleció la madre de una amiga, en mi misma calle, en la misma calle donde vivía Jonás. Lola me pasó los pañales y los parches que usaban para atender a su madre y ahora veo esos paquetes de plástico y cabeceo.

Bueno…, ya se ha terminado, el invierno suele ser frío y se pasea con una guadaña y envuelto en una capucha oscura de la que emana la gélida claridad de la calavera…, o así la imaginaba de niño tras haber visto alguna película en blanco y negro. El recuerdo es vago, pero aquel espectro atravesaba los trigales y se perdía en el pueblecito para arañar con su hoja la puerta del elegido, la misma guadaña que segaba el trigo para dar de comer, segaba la vida.

No puedo evitar evocar la Prehistoria y el miedo a ese mismo invierno, a las hambrunas, a los hielos y a las nieves casi perpetuas…, quizás por eso la primavera despierta la sonrisa que el invierno roba, quizás por eso hoy deseo mas que nunca que amanezca ya y que regresen los vencejos, que regrese el canto del mirlo al alba y que el ciclo de la Vida continue.

domingo, 13 de febrero de 2011

THE SNOW WALKER, (Perdidos en la nieve)

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No recuerdo el estreno de esta película en el año 2003, ciertamente tampoco estoy muy atento a los estrenos, aunque suelo prestar atención a las películas que hablan de la naturaleza, de la prehistoria, de la relación del hombre con su entorno natural, podría citar la famosa Avatar, que no he visto, o Entrelobos, de la que ya he hablado, pero Perdidos en la nieve la vi de casualidad, mientras mi padre saltaba de un canal a otro. Vi fugazmente uno de los fotogramas y grité.

- ¡Quieto ahí…!.

Fue un visionado entre anuncios y entre las malas caras de mis padres que se aburrían, aunque al final, la joven inuit Kannalaq lograría despertar el interés por ella y por el joven Charli, un piloto mujeriego, temerario y vividor que entre ruta y ruta sobre los gélidos y desiertos espacios del Ártico, se desvía para comerciar con bebidas, con chocolate o con el marfil de dos impresionantes colmillos de león marino.

Mis recuerdos eran vagos, ni siquiera sabia con certeza el titulo de la película pero deseaba volver a verla, así que empecé a buscar y al final la encontré, Joa se ofreció a descolgarla de Internet y quedamos una tarde para verla en su ático…, y valió la pena.


The sonw walker, (Perdidos en la nieve).


Los primeros minutos de este largometraje dirigido por Charlie Martin Smith , nos muestran el interior de un bar atestado de gente, nuestro aviador juega al billar mientras un esquimal se mueve algo mareado intentando vender un pedazo de piel decorado con un dibujo…, hasta que tropieza con Charly, se cruzan las miradas y continua la partida.

Los minutos se irán sucediendo, las imágenes van construyendo con habilidad a ese aviador lleno de vida, que monta sobre una Harley, que le encanta volar en su avioneta y que desata las envidias de algún compañero, al tiempo que es admirado por un joven mecánico y por el propio dueño de la empresa de portes aéreos, que incluso le permite que se salga de las hojas de ruta para poder hacer algún que otro trueque.

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Y será en uno de esos amerizajes de contrabando cuando conoce a un pequeño clan de inuit, un anciano se dirige a él y le pide que lleve a su hija al hospital. El aviador se niega una y otra vez hasta que el hombre le ofrece dos colmillos de león marino, finalmente acepta y la muchacha, llamada Kannalaq monta en la avioneta, despegan y desde las alturas contemplan la carrera de una manada de renos, también la enorme extensión de una tundra repleta de pequeños lagos, de manchas de tierra verduzca, de pequeñas dunas de piedra gris…, hasta que el indicador de presión de aceite comienza a variar bruscamente. Es un plano muy corto…, después la explosión de las mangueras y la lluvia de aceite sobre el parabrisas.

Gritos, cólera, furia, rabia.

Charlie maldice en voz alta y el aparato comienza a perder altura, a dejar un rastro de humo blanco. El aviador vocifera una y otra vez mientras tira de los mandos hacia él tratando de levantar el morro de la avioneta, tratando de amerizar sobre el agua o de aterrizar sobre las dispersas manchas de tierra firme. Una y otra vez se eleva y cabecea hasta que se estrellan, hasta que el motor hunde de sus aspas en las frías aguas del Ártico…, durante unos segundos se hace el silencio hasta que el piloto recobra el conocimiento y vuelve a gritar, a maldecir en medio de una soledad en la que se pierde su ira, sus voces airadas, sus maldiciones.

No hay montañas ni valles que formen ecos, después de cada voz solo se percibe el silencio el tenue chasquido de las gotas de lluvia.


La calma de Kannalaq, como si la inuit formase parte de la tundra.

Charlie tratará de reparar la radio después de sacar de la avioneta algunas provisiones , botellas de Coca-cola, latas de conservas y algunas tabletas de chocolate, también una liviana carabina del calibre .22 con la que tratará de cazar algunas aves acuáticas.

Mientras tanto, la muchacha saca un pedazo de asta y desenrolla un sedal que lanza hábilmente a uno de los lagos, pescará.

Realmente ella no está perdida, está donde nació, observa los parajes que vió en su niñez, en su infancia y en su enferma juventud.


El hombre cazador, el hombre explorador.

El piloto decide caminar hacia la ciudad mas próxima, carga con una mochila y con la carabina y comienza su marcha después de estudiar el mapa.

Sus pasos se perderán en un medio hostil, entre horizontes casi planos, entre humedales, entre lluvias persistentes que le harán tiritar de frío y en medio de un hambre que le hará disparar contra las aves migratorias en vuelo.

Finalmente su orgullo y su fuerza su hundirá entre los lodazales, perderá el cargador de la carabina y el resto de sus fuerzas tras otro chaparrón que lo deja exhausto y dormido bajo la cortina de agua. Despierta envuelto por una nube de mosquitos, con fiebre y en medio de los sueños en los que vuelve a revivir los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

Despierta alterado y corre tratando de escapar de la ruidosa nube de insectos hasta que se derrumba sobre la tundra…, unas horas mas tarde, la mano de ella acaricia el rostro repleto de picaduras.



La mujer del paleolítico, mujer recolectora, mujer cazadora, mujer chaman, mujer.

Siempre en medio de ese silencio, de los amplios horizontes…, el piloto derrotado se entrega al conocimiento de la inuit y observará paciente como ella es capaz de esperar horas ante la madriguera de un roedor para cazarlo con el mismo sedal que pesca. Comerá su carne y observará como ella es capaz de curtir la piel, de coserla y de fabricarle unas botas impermeables.

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Caminarán juntos, reirán, hablarán entre ellos…, a veces bajo la mirada del búho nival, bajo los cielos despejados o ante las extraordinarias auroras boreales.

Los días irán pasando y en uno de esos amaneceres, envueltos en brumas surgirán unas extrañas formas, hitos de piedras que se elevan, como humanos con los brazos abiertos, siluetas que aterrorizarán a los renos cuando hombre y mujer los acosen con sus lanzas en un frenesí por la supervivencia, por la carne, por la piel que de nuevo ella curtirá y trabajará, por la carne que mas tarde desecarán y que empacarán para sobrevivir en un invierno que se les hecha encima, para un invierno que terminará de rasgar los pulmones de Kaanalaq.

La adolescente tosé y cae de rodillas sobre la nieve, un enorme esputo sanguinoliento teñirá la nieve de un rojo que lentamente irá virando a rosa, que irá diluyendose como su propia vida, como su ultimo aliento.

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La soledad del ultimo camino.

Charlie despierta en la tienda de campaña que logran montar con las lonas de la avioneta y no encuentra a la muchacha, salé y sigue su rastro sobre la nieve, la llama, vuelve a gritar su nombre pero de nuevo su voz se pierde en esa inmensidad congelada.

Después reúne piedras y las va colocando hasta formar un túmulo funerario, antes de colocar la ultima laja deposita dentro los colmillos del león marino, el sedal enrollado al asta, las raederas con las que curtía la piel…, y de nuevo comienza a caminar hasta que su silueta apenas si se distingue entre la ventisca.

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Ya no queda nada del aviador mujeriego y vividor, su Harley permanece muda y quieta en el aeródromo, su funeral se celebraba mientras él aprendía a vivir en medio de una naturaleza exigente, dura, implacable. En un entorno que lo hunde en las profundidades de nuestros orígenes y que le hace descubrir los intensos lazos que nos unen a la Naturaleza, unos lazos tan densos en los que la línea entre el ser humano y lo animal se diluyen de manera hermosa y natural, de manera ancestral y primigenia.

Allí, no hay lugar para esa tasca en la que humillan al esquimal, no hay motos con la que disfrutar…, solo el hombre y el entorno, el cielo y la luna, los renos y los peces, el verano y el invierno, el fuego y la piel.

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. El libro de Farley Mowat y en su portada esos hitos que Kaanalaq erigió pacientemente.

martes, 8 de febrero de 2011

LAS MOTOS NO TIENEN SEXO en "Run-run Zing y Agata 535, diario de dos custom".



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Imaginó que hará mas de dos años de la breve charla que mantuve con Juan Antonio, un amigo de la infancia y vecino. El vivía en la primera puerta y yo en la sexta. Muchas veces le oía jugar con sus otros tres hermanos, dos chicos y una chica. En verano solían colocar una piscina hinchable en la terraza y sus chapoteos me llenaban de envidia, a veces bajaba a jugar con ellos y recorría aquella casa hasta la terraza como si fuese otro mundo, no olía como la mía, su madre tampoco era como la mía y Juan Antonio no era como yo, era audaz, travieso, vivaz, casi temerario. Recuerdo la visión de mi amigo trepando hasta el techo del pasillo utilizando sus brazos y sus piernas, haciendo presión sobre las paredes, manchándolas con sus zapatillas y riendo desde ahí arriba, como tocando el cielo en un gesto de rebeldía supremo. Hasta que su madre, una mujer delgada, de tez oscura y cabellos negros, irrumpía en el pasillo y lo descolgaba del techo a escobazos, a grito limpio que solo causaban la risa de mi amigo y la huida con la agilidad de un gato callejero…, creo que al final la madre también reía y aquello me confundía, hasta que Juan Antonio me empujaba dentro de aquella pequeña piscina de agua recalentada bajo el sol del verano y algo turbia.

Pero el Juan Antonio que tenía frente a mi había ganado bastante peso y su voz era algo afónica…, pero sonreía con los restos de aquella audacia, de aquella rebeldía, de aquella temeridad infantil…, y me enseñaba una varilla roscada mientras echaba miradas a una custom que reposaba frente a la ferretería de mi calle.

- Es la de mi exnovia, pero como a mi me viene pequeña le estoy adelantando los pedales para poder ir cómodo.

Yo no entendí nada de lo que me decía y tampoco identificaba aquella custom negra y cromada que se dejaba manipular por mi amigo.

Escuchando el corazón de Agata.

Hace unos días aparcó justo enfrente de mi carpintería, en el mismo momento que yo llegaba con Ágata de las Tierras Altas. Ya le había hablado del regalo que me habían hecho y cuando vió a la Virago 535, cabeceó sonriendo.

- Vaya regalito te han hecho, Pedro…, ponla en marcha.

Ágata arrancó y Juan Antonio se agachó hasta pegar su oreja al v-twin, solo le faltaba un fonendoscopio, dio un par de acelerones, acercó la palma de sus manos a los escapes y después reguló el tornillo del relentí hasta que la Yamaha sonó tímidamente a Harley, a la sporster que le había comprado a su exnovia y a la que había adelantado artesanalmente los mandos.

- Me da la sensación de que quieres que suene como tu Harley.

Juan Antonio alzó los ojos y sonrió picadamente.

- Nunca podrá sonar igual…, pero parecido, ahora suena a más custom, antes la tenías un poco acelerada…, pero la moto está entera, ¿y esto…?.

Señaló la especie de suplemente de sillín que había colocado sobre el asiento original.

- Es que he tenido que suplementar hacia arriba el asiento para poder retrasar el culo y así no llevar las piernas tan flexionadas, es que los mandos me quedan muy cerca.

- Si, lo mismo que me pasaba a mi con la sporster…, pero tu lo tienes fácil, yo me las vi putas. Mira sueltas este subchasis en el que van anclados los pedales, lo cortas y encargas que te suelden otra pieza de unos diez o doce centímetros, lo llevas a cromar y por unos sesenta pavos ya tienes los mandos avanzados.

No me atreví a confesarle mi ignorancia durante aquella conversación sobre varillas roscadas, sobre pedales que se adelantaban…, pero empecé a entender y a comprender el brillo de sus ojos, la sonrisa, el placer de manipular a las motos, el de trasformarlas, el de acercarlas a nosotros mismos, como si ellas fuesen humanas, como si tuviesen sexo y todas fuesen hembras.

Y sentí miedo, una de esas angustias mías que me asaltan cuando por alguna extraña razón considero que el apego a lo material es malsano porque me aleja de una realidad como más sería de la que no me debo olvidar. Son sensaciones difíciles de explicar con palabras y mas de confesar…, pero muy poco a poco me voy liberando, poco a poco voy comprendiendo que el placer no tiene que ser precedido por dolor o sufrimiento obligatoriamente.

Con la Bicipalo o con la Flaca, ese placer casi siempre es precedido por el dolor de la pedalada, por el sufrimiento en esas montañas de la Sierra Calderona o por los puertos de asfalto…, eso si, pero es un sufrimiento vivificante, por lo menos ahora que llevo casi una década dándole a los pedales y tengo algo de forma.

Si tuviera sexo sería nuestra mujer perfecta o el hombre perfecto de ellas, de las moteras.

Hace dos años no compartía el entusiasmo de Juan Antonio, incluso lo veía simple, dedicar horas y horas a una moto…, pero ayer mismo, de nuevo en la soledad del taller del viejo ebanista, en medio del silencio de la maquinaria callada me decidí a embellecer a Ágata.

Volví a sorprenderme acuclillado y sacando brillo a unas llantas que volvieron a brillar, a reflejar mi imagen distorsionada en ellas, aunque también mostrando las cicatrices de sus 46.000 kilómetros, de sus años girando y girando sobre el asfalto. Después pasé a las tapas de los balancines y terminaron destellando como si acabasen de salir del cromador, aún tuve tiempo de reparar el embellecedor izquierdo, de quitar con una cuchilla el exceso de pegamento con el que el antiguo dueño había intentado arreglarlo y de fabricar una patilla de madera donde poder atornillar.

Por la tarde quité el asiento trasero y decidí empezar a ejecutar ese proyecto de bobber que todo viraguero a anhelado alguna vez. Suspiré y murmuré “cree en tu idea, Pedro…” y cubrí el chasis con tiras de precinto hasta formar una especie de carpa de circo, después las cubrí con cinta de carrocería hasta crear una especie de colín o prolongación del guardabarros hacia arriba. Sonreí satisfecho, había dado el primer paso, quedaba empezar a cubrirlo de fibra…, pero eso sería tarea de mi sobrino.

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Retrocedí unos pasos y me gustó lo que vi, también me gustó lo que había sentido el viernes, cuando pasé por la Pantera Rosa bastante rápido después de adelantar a un camión y a un coche por la derecha, encaré el puente de la RENFE tumbando levemente a derechas, percibiendo como Agata remontaba la cuesta sin desfallecer y con mis ojos lanzados muy por delante, leyendo el asfalto y trazando la amplia curva sobre los raíles del AVE.

Al día siguiente volví a sentir ese vértigo, Ágata se vengaba de los monstruosos trailers que no pude adelantar en su dia con Run-run, con la humilde custom 125. En el viaje a Barcelona, cuando fui con ella a conocer a Rebel, pasé momentos de angustia cuando después de rebasar todo el remolque era incapaz de sobrepasar las cabinas, también pasé momentos de miedo en aquella matinal de Cocentaina cuando el viento me empujaba hacia atrás y hacia los lados como una mano implacable y trasparente…, pero Agata estaba ahí, los dos trailers también, no necesitaba rebasarlos, por los dos lo deseamos y la 535 aceleró por el carril central, sentí como me tensaba, como ella galopaba expandiendo sus pulmones y lanzando bocanadas de aliento ardiente por sus escapes recurvados…, pude gritar aquello de ¡¡¡ yijaaaa….¡¡¡¡¡, pero seguí concentrado, mirando hacia un horizonte con el sol demasiado bajo, tanto que llenaba la visera de reflejos, que desdibujaba los perfiles de los quitamiedos, de las colinas, de los chatos perfiles de los trailers que mugían como búfalos exhaustos, que desdibujaban los perfiles de la realidad hasta crear una fantasía que me hizo creer en el sexo de las motos durante esa borrachera de velocidad al atardecer…, después aflojé para salirme de la autovía, me quedé en el carril de la derecha y volví a pensar en el sexo de las custom, realmente no lo tenían, pero imaginarlo me hacia un poco mas feliz, alejarme de la realidad me había hecho un poco mas feliz.

domingo, 23 de enero de 2011

MUSICA, MOTOS Y BICIS EN EL TALLER DEL VIEJO EBANISTA...en, "Diario de Homo".






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Muchas tardes cierro las puertas del taller y sigo trabajando al ritmo de la música dance, es una forma de olvidar lo que dicen los médicos, dicen que mi padre se muere lentamente y que poco mas hay que hacer. También es una forma de olvidar la realidad del silencio en la soledad del taller del viejo ebanista, escuchar lo que sonaba en las discotecas en los últimos veinte años me distrae, me hace bucear en mis recuerdos pero descubro que realmente tengo pocos recuerdos asociados a esa música, a esos sones, a esos ritmos…, por eso estoy descubriendo que a veces incluso los invento, invento momentos que jamás he vivido pero que al tiempo me son familiares.

Pero a veces si que surge al chispazo, alguna canción que me recuerda a otras etapas de mi vida, esa en la que las rutinas de los fines de semana en las Tierras Altas se cumplían gozosamente semana tras semana. Esa música me recuerda a Pedrín, mi sobrino, se ponía la radio mientras reparaba la bici en la caseta de los aperos, ya no eran niños de diez o doce años, escuchaban música y me imagino que se asomaban al mundo de la noche montando en los asientos traseros de los amigos que ya tenían coche.

Sin embargo ese recuerdo se desvanece y en la soledad del taller prefiero seguir construyendo una memoria artificial, retazos de vivencias, de sensaciones que vivieron otros por mi. Cuando identifico voces de gente de color imagino las secuencias de Shaft, cuando canta una voz suave de mujer, identifico a una especie de gogó frágil y delicada que canta en lo alto de un pódium mientras miles de ojos la observan sujetando tubos de cristal…, después cuando se termina el cd el silencio irrumpe en el taller como una explosión, me quedo quieto y casi percibo como me precipito al abismo de la realidad, pero me suelo recuperar y sigo trabajando o pongo otro cd de los compré a mediados de diciembre. Una de esas tardes en las que caminaba hacia la Pirámide Musical me encontré con Jonás y no logro recordar si iba montando en su vieja bici o caminando junto a ella…, pero ahora mismo caigo en la cuenta de que apenas si le quedaban tres semanas de vida y ni él ni yo lo sabíamos.

Motos y bicis en la carpintería.

A veces siento un extraño alborozo cuando me veo a mi mismo trasteando, moviéndome por la carpintería.

Con la puerta cerrada se crea otro universo, me siento ajeno a casi todo y casi feliz por disponer de esa planta baja, de ese espacio…, ya viejo, como gastado, muchas veces silencioso, como expectante, como si todo él fuese un anciano que me observase sin hablar, sin decir nada, tan solo siendo testigo de cómo los años han ido pasando entre sus paredes.

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Hace mas de cincuenta años era una vivienda, con habitaciones, comedor, cocina y patio trasero. Lo dueños le alquilaron a mi padre ese patio para que trabajase, allí montaba sus pequeños muebles y en ese misma planta baja guardaba su Derbi de 125. es curioso, tantos años después las motos vuelven al local, también la bici de carretera y con ellas mi forma de concebir el negocio, el trabajo, el oficio que me enseñó mi padre.

Recuerdo que cuando era pequeño, cuando era un crío de unos diez o doce años me bajaba a la carpintería algunas tardes, eran otros tiempos y mi padre tenía a cuatro trabajadores, el serrín y las virutas llenaban el suelo y los esqueletos de sofás y sillones se apilaban a varias alturas. Yo tenía que pasar casi de lado y miraba con miedo al tío Paco, un hombre ya mayor que tenía mal genio y al que tenía miedo. El estruendo de las maquinas era continuo y los martillazos se sucedían uno tras otro.

Ahora yo soy todos ellos, soy mi padre cuando hablo con los clientes o planifico el trabajo, soy el tío Paco cuando monto los sofás y maldigo en voz alta cuando he cortado mal alguna pieza y no encaja, soy el serrador cuando corto en la sierra de cinta…, y soy yo mismo cuando entre semana me visto de ciclista y cierro la carpintería para irme a dar unas pedaladas.

Cuando regreso, la carpintería sigue igual, nadie ha tocado nada y todo está tal cual yo lo he dejado. Guardo la bici, me vuelvo a vestir de carpintero y sigo trabajando rodeado por esas mismas paredes contra las que rebotaba el sonido de las máquinas, paredes de las que penden cientos de plantillas que mi padre diseñó durante décadas, creo que es su legado, es su letra, son sus dibujos, sus números, su espíritu, su impronta. Pero ya son ocho años los que llevo trabajando solo y ya son plantillas nuevas las que se van superponiendo sobre las de mi padre, como los estratos que llenan de franjas los pliegues de las montañas. Ahora es mi legado, mi letra, mis números, mis dibujos…, mi forma de concebir este trabajo.

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Se termina el cd y de nuevo el silencio irrumpe en el taller, me siento tambalearme al borde del abismo, respiro hondo y el bramido de Agata alborota en la calle, la dejo calentar y cierro la carpintería, de nuevo queda a solas consigo misma…, y nada mas montar sobre la 535 saludo a Matias, me sonríe mirando el espectacular v-twin.

- Desde el comedor de casa te oigo y se cuando sacas la 125 o esta.

Mi viejo vecino sonríe recordando sus correrías con su Ducati sport y yo ruedo hasta el hospital, mi padre sigue allí, dicen que muriéndose pero a mi me relaja la intimidad de la habitación, me arrellano en la hamaca y bajo las persianas, entonces se crea un universo de lucecitas que se desplazan por el techo y por las paredes, se quedan ahí, quietas, inmóviles. No se mueven con el giro del planeta, no se desplazan.

- ¿Tienes faena…? –pregunta mi padre desde la cama.

- Poca, papá, poca…, ahora he hecho unos sillones para la feria de Madrid.

- ¿Pero te pagan…?.

domingo, 16 de enero de 2011

" LA CADERA DE EVA ", por Jose Enrique Campillo Álvarez.

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Admito que la ilustración de la cubierta me llamó la atención, después leí el titulo y decidí leer el ensayo de Jose Enrique Campillo Álvarez sobre “el protagonismo de la mujer de la evolución de la especie humana…”, como él mismo subtitula su libro.

Una mujer prehistórica protagoniza esa ilustración, mira de perfil hacia una amenaza, mientras en su robusto brazo blande un hacha de piedra incrustada en un mango de madera. Deja al aire un pecho y muestra una musculatura demasiado desarrollada para una mujer sapiens, que me confunde, porque es una sapiens y no una neardental. Su frente alta, recta y la barbilla así la definen. Con su brazo izquierdo sujeta a su hijo lactante y un segundo hijo se sujeta a ese mismo brazo y mira al observador imaginario. Tras ellos una anciana trabaja la piel, recoge sus cabellos en un moño similar al de su hija y también parece observar hacia la amenaza pero con un aire mas relajado, con una seguridad y un aplomo conseguido a través de los años de vida en medio de la naturaleza, rodeada de peligros, de amenazas pero también en medio de sosegadas y coloristas primaveras y ante los amaneceres, ante los albores de la humanidad que ellas crearon, que ellas parieron…, las abuelas del paleolítico.

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Agradecimientos.

A Nena, Lola, Beatriz y Carla, mis “Evas” preferidas…, así comienza el autor, también agradecerá después a Cervantes, sus consejos sobre como se debe escribir. A Clara Redondo los aportes estilísticos y gramaticales…, estos agradecimientos parecen dejar entrever cierto miedo a la hora de transmitir todas las ideas y conocimientos del autor, por escrito, pero Campillo Álvarez vence pronto a esos fantasmas y tras una introducción algo académica y un tanto sesuda de las directrices sobre las que apoyara la obra, comienza a desvelarnos los secretos que acompañaron a nuestro linaje, durante su evolución y desde su nacimiento con el Homo habilis en África hasta nuestros días.

Que nos hace distintos, a los humanos del resto de las especies que pueblan el planeta.

El autor lo resume en siete puntos que irá desarrollando con habilidad y ritmo durante la obra.

- Receptividad sexual constante y ocultación de la fertilidad.

- Posición ventral de la cópula, la visión del rostro durante el acto, de su expresión, de su sonrisa, de sus ojos.

- El orgasmo femenino, único en la naturaleza.

- La menstruación.

- Un parto difícil y crítico.

- Unas crías prematuras, frágiles, delicadas y con sus cerebros aún en desarrollo.

- La menopausia, de nuevo un fenómeno que solo padecen las mujeres humanas y que trajo aparejado la aparición de una nueva figura, la abuela. Mujeres capaces de vivir algunas decenas de años mas y que ayudarían a sus hijas en la crianza de los retoños, en la recolección de alimentos y en la transmisión de conocimientos.

Algo de Prehistoria, algo sobre nuestros orígenes.

El autor se centra en la mujer y viene a decirnos que realmente los hombres, los machos apenas si hemos evolucionado en los últimos miles de años y afirma con rotundidad y de manera bien fundamentada que todas las adaptaciones evolutivas se han dado en la mujer. La selección natural ha actuado sobre ellas de manera directa y diríamos que implacable.

En “La cadera de Eva” se define a Homo sapiens sapiens como hijos del clima, como hijos del hambre, de la sed…, se nos define como los descendientes de un medio ambiente que nos seleccionó según las circunstancias de cada momento en los últimos tres millones de años.

Y como primera adaptación, llegada con las fracturas y desertización de las selvas africanas, a raíz de la fractura de la falla del Rift, llega la bipedestación.

Nuestros ancestros son capaces de erguirse, de caminar con cierta armonía sobre sus piernas, en ese momento comienzan los problemas para las hembras y sus partos. Para poder caminar erguidos la arquitectura de la cadera y de la ubicación de la musculatura sufre unos cambios radicales, como consecuencia el canal de parto se vuelve angosto y revirado.

En este punto Campillo Álvarez compara el parto con el de los primates, en estos, al no ser bípedos, mantienen un canal de parto recto y ancho, las hembras paren rápidamente, a solas, con muy pocos problemas y con la cría mirando hacia la cara de la madre.

En nuestros ancestros, el parto deja de ser fácil e intimo se necesita de ayuda…, pero se supera y estos homínidos bípedos no se extinguen y continúan su adaptación al medio, a las condiciones físicas de los nuevos entornos surgidos con la aparición de la sabana, de los bosques claros, de las zonas de matorral, de los entornos lacustres. Y es en estos espacios acuáticos, en los enormes lagos africanos, donde comienzan a variar la alimentación, donde comienzan a incluir las proteinas de pescado. Hasta el momento las proteínas eran de origen animal, del tuétano y de la carne que lograban carroñear.

Con estas nuevas fuentes de alimentos llegan entre otros nutrientes los ácidos de la seria omega y con ellos el hito histórico de la humanidad, el considerable aumento de nuestro cerebro, en volumen y en calidad de conexiones neuronales.

Y de nuevo las hembras se encuentran con un nuevo problema, el cerebro de los bebes crece tanto que ya no cabe por el canal de parto estrecho y angosto que surgió con la bipedestación, las muertes de madre e hijo se sucederán, eliminando sus líneas genéticas y tan solo sobrevivirán aquellas madres que accidentalmente sufriesen partos prematuros, tan prematuros que permitiesen que esos cerebros enormes pudiesen moverse por el canal de parto hasta el exterior. Traerían al mundo bebes tan indefensos y débiles que necesitarían de mucho cuidado, de mucho cariño, de mucha atención.

La compleja biología de la mujer…, lo ultimo en la evolución humana.

Hacia el final del libro, el autor se centra en la biología de la mujer y en su fascinante complejidad, nos habla, por ejemplo, del enorme coste energético que supone para la mujer el embarazo, la importancia de la alimentación durante la gestación y del estrés que sufre la embarazada. Dependiendo de esas circunstancias el feto sufrirá unos efectos realmente extraordinarios, desde un desarrollo brillante del recién nacido hasta una homosexualidad masculina determinada ya en el útero, pasando por un futuro saludable o una condena asegurada a padecer enfermedades coronarias.

Nada en la biología de la mujer es fruto del azar o es irrelevante, Campillo nos descubre el herencia evolutiva de la amenorrea o perdida de la regla en la mujer en casos de extrema delgadez, simplemente el organismo “sabe” que esa mujer en ese estado no puede quedarse embarazada porque no aseguraría el aporte alimentario al feto y este moriría, por tanto cesa el ciclo ovárico y la mujer se vuelve temporalmente estéril.

El autor nos seguirá instruyendo desde sus páginas, nos hará conocer un poco mas a la mujer desde dentro, desde su biología más profunda, secreta e intima…, nos hará verla como el culmen de la evolución en el genero homo y es posible que los machos nos sintamos un poco simples respecto a ellas.

“La cadera de Eva” es un libro de lectura pausada, los que no somos duchos en biología tendremos que leer un par de veces algunos párrafos pero nada mas, nos resultará ameno, interesante y enriquecedor. Nos ayudará a tener mas claro que somos y como llegamos a ser lo que somos.

“La cadera de Eva” esta lleno de buenos párrafos, de paginas realmente logradas, de ejemplos sencillos de cómo homo se adaptaba y de cómo sobrevivía…, incluso al final de cada capitulo el autor se toma la molestia de aportarnos la bibliografía e incluso el listado de sitios web para nuestra consulta.

Algunos de estos párrafos podrían ser estos.

“El Sahara y los desiertos de Oriente Medio, como el desierto del Sinaí, se convirtieron en praderas con abundantes lagunas, repletas de animales. Las maravillosas pinturas de los riscos del Sahara central, de unos ocho mil años de antigüedad, demuestran la existencia de pobladores que pintaron miles de imágenes naturalistas de búfalos, de elefantes, de rinocerontes, de hipopótamos, de jirafas, de avestruces y antílopes. Pero este exuberante paraíso duró poco, la pradera desapareció, la fauna retrocedió y el desierto volvió a imponerse. Las pinturas posteriores, datadas en cinco mil años, solo muestran camellos…”


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“El destino de cualquier especie, animal y vegetal, es el de desaparecer. Hace cientos de miles de años había media docena de especies de homínidos. Hace cincuenta mil años todavía quedaban tres; nosotros, los neardentales en Europa y Homo erectus en Asia. Actualmente estamos solos…”