Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

sábado, 4 de abril de 2009

Sierra Calderona, hace 1500 años.

El pinar emitía silbidos y trinos, nubes de estorninos revoloteaban formando manchas en el aire, sobre la planicie rodeada por viejas montañas, de perfiles suaves y desgastados..., lanzaban sus trinos y descendían hacia las masas de coniferas o hacia los prados cubiertos de monte bajo, de pasto amarilleado..., llegaban desde los lejanos olivares y picoteaban sobre las semillas, contra los insectos que trepaban por los tallos o sobre los grillos que se movían torpemente entre las brozas...,




...sin verlo, sin ver esas pupilas grises que les acechaban, inmóviles en el rostro del gato montes..., la cola serpenteando y la mirada fija en esas siluetas negras, en esa que parecía distraída hurgando con el pico entre unas piedrecillas, hasta que las patas traseras le catapultaron hacia delante y el estornino desplegó sus alas, toda la bandada se elevó bruscamente y el felino saltó con las zarpas por delante, se contorsionó suspendido en el aire y un revoltijo de plumas surgió en torno a su cabeza, los colmillos atravesaron el cuerpecillo del estornino y las afiladas garras desgarraron el pequeño buche repleto de olivas..., el gato aterrizó sobre sus cuatro patas y trotó ágilmente mientras la bandada de estorninos se guarecía ruidosamente en los pinares cercanos. Dejó el prado y se internó en la espesura, entre las espinosas matas de coscojas..., desapreció a través de un estrecho túnel abierto entre las ramas bajas, sujetó el cadáver con las garras y fue mordiendo, mascando y tragando, relamiéndose, desgarrando, arrancando las plumas a mordiscos y resoplando.
Las cimas refulgieron recibiendo los últimos rayos de sol y ningún humano vió como se apagaban, como se volvían azuladas y como la masa de pinos enmudecía, como se volvía en una forma sinuosa oscura, sin trinos ni silbidos..., tan solo las primeras llamadas de las lechuzas, de los duques o de los mochuelos..., sonaron en la planicie, algunos aullidos desde la espesura, desde lo saltos..., las hicieron enmudecer.
El gato alzó la cabeza y atisbó con sus pupilas hacia arriba..., pudo distinguir la silueta del gran búho..., y se quedo quieto, esperó a que la rapaz desplegase las alas y atravesase el bosque silenciosamente, con un batir de alas fantasmagórico..., cuando lo perdió de vista se movió y trotó por la linde del pinar sin que sus almohadillas emitieran el mas mínimo sonido..., se detuvo y escarbó con las zarpas delanteras, después colocó sus cuartos traseros sobre el agujero y defecó. Se dio media vuelta, olisqueó sus heces y con las mismas zarpas las cubrió de tierra. Miró a su alrededor y sus pupilas dilatadas vieron en la noche, observó, miró a un lado y a otro y un fulgor iluminó la noche en la distancia. Durante un breve instante el bosque se descubrió sin colores, sin verdes, sin detalle..., la planicie se iluminó y el retumbar del relámpago llegó un poco mas tarde..., el gato se encogió y sus orejas se orientaron, parpadeó y las leves vibraciones alcanzaron sus oídos..., escuchó el trote de la manada y reconoció las siluetas de los lobos atravesando el herbazal, siguiendo el rastro de los mismos ciervos que el había visto, un rato antes, desde una de sus atalayas.
Otro destello, los ojos del gato miran la gigantesca chispa, agacha las orejas y llega el estampido..., se mueve nervioso y su pelaje rayado se pierde en la oscuridad..., chap, chap, chap..., empiezan a caer, no se ven en la noche cerrada, en la ausencia de luz artificial, de luz natural, no hay fuegos humanos que brillen en la negrura de la solitaria serranía. Las gotas de lluvia impactan en el bosque, en la planicie, sobre la tierra marcada por las zarpas del gato montes, deshacen poco a poco los estrechos surcos abiertos por las uñas, van mojándola, empapándola, penetrando hasta llegar a las heces, hasta las semillas del olivo sin digerir..., llueve, es un murmullo incesante, algún trueno, sigue lloviendo y las aciculas se agitan con las gotas, el agua resbala por los tallos, discurre ruidosa entre las torrenteras, los líquenes y musgos sorben el liquido..., llueve sobre las cimas, resbala sobre la roca y se revalsa en algunas pozas, se filtra entre las grietas, discurre hacia las entrañas de la sierra y gotea, chorrea hacia las cuevas, hacia los enormes huecos, en las entrañas oscuras que van recogiendo esa lluvia que se derrama ahí fuera, al otro lado de esas masas pétreas forradas de líquenes verdes, anaranjados...
Y amanece descubriendo unos perfiles oscuros, los contornos de las cimas, las siluetas que poco a poco se van llenando de luz, algunas envueltas en brumas, en nieblas atrapadas en el pinar o en los roquedos. La luz se divide en haces, en rayos que atraviesan el follaje entre las ramas y entre los troncos, reflejándose sobre las gotitas de agua que cubren las hojas, haciéndolas destellar, brillar como cristales puros, instantes antes de evaporarlas, de hacerlas flotar en forma de mansas nubecillas que se dispersan lentamente y que se elevan entre el pinar.
Las sombras se acortan y la planicie se ilumina, una línea de luz avanza hacia donde la penumbra se retira y calienta la tierra desnuda, blanquecina pero aún suelta y húmeda..., se agrieta y el joven tallo empuja desde abajo, emerge tierno y lleno de energía, se despliega y recibe sus primeros rayos de sol..., el gato montes lo escucha, oye ese leve e imperceptible crujido de la tierra al separarse, los chasquidos del tejido vegetal al elevarse, al crecer, a ir endureciendo esa corteza aún tierna que protege su fino tronco de las uñas del viejo y cojo montes..., clava sus zarpas y arquea su cuerpo estirando los tendones, se relaja, orina y vuelve a encaramarse en la cómoda roca, ligeramente cóncava desde la que ha contemplando la planicie y al joven olivo desde los últimos años..., cuando perdió la pelea y el joven macho le mordió en una de las patas traseras, desgarrando los mismos tendones que le propulsaron hacia esa bandada de estorninos. La misma que contempla desde su escondrijo en la solana, recordando, soñando y tensando aún sus músculos, haciendo serpentear su peluda cola..., pero sus pupilas se contraen y deja escapar un leve aliento, se acurruca y cierra los ojos dejando que el sol inunde su pelaje rayado y limpio, con cicatrices y mataduras pero aseado, brillante y áspero, salvaje como la serranía hace 1500 años...



Sierra Calderona..., mediados de marzo de 2009.



Doy un sorbo al café tocado de leche condensada y miro por la ventana de la cocina..., amanece despejado, la claridad delata un día sin nubes, limpio, encalmado..., como todos los de esta semana fallera en la que nos hemos subido aquí, a los pies de la Sierra Calderona, escapando del estruendo, de las explosiones, de las disco-móviles instaladas debajo de casa, del griterío de las personas bebidas y degradadas..., aquí escucho el canto de algunas avecillas y los gañidos de Mía y Cecil jugando en la cocina, Norton me ha visto ya vestido de ciclista y se ha tumbado con la mirada perdida, apoyando la punta del hocico en las baldosas, esperando a que me marche.

Me termino el “bombón”, acaricio la cabeza del galgo y salgo del chalé, la manada me sigue pero dejo al pequeño Cecil dentro de la casa, Mía y Norton son demasiado grandes y podrían hacerle daño si no hay nadie delante..., cojo la bicipalo por el manillar y camino hasta la valla.

- Luego vengo Norton, luego vengo Mia.

Abro la puerta, salgo y cierro antes de que la perrita se salga y monto sobre la bici, encajo las calas en los pedales y con un par de vueltas de las bielas empiezo a rodar hacia la pequeña pinada que veo cuando tomo café y miro por la ventana de la cocina, la atravieso por una sendita que conozco desde que tenia diez o doce años y salgo a la vía de servicio.

Ruedo en solitario, apenas si hay tráfico y tampoco ciclistas, en todos estos días que he estado saliendo a la montaña me he cruzado con pocos, bueno, el martes me encontré con Enrique Gardó y un amigo de él. Enrique es un sesentón, un prejubilado, enamorado de la sierra, un hombre con muchas vivencias, un erudito, un antiguo empleado de banca que es capaz de colgarse una pesada mochila en la espalda, repleta de restos de comida que irá dispersando por los rincones de la Calderona, lugares en los que zorros y algún que otro visón acudirán comer..., mientras él, lee placidamente la prensa del día, mientras las horas vuelan y las sombras le dicen que pronto anochecerá, entonces suele caer en la cuenta de que tiene que volver a casa...,para Enrique no existe esa premura que ya empieza a agobiarme..., la ruta de hoy es algo mas larga y dura de lo habitual, quiero ir allí..., y miro por encima de las cimas gemelas del Gorgó, a poco mas 900 metros de altitud...,



Las veo aún azuladas y distantes, aún sin que el sol las acaricie. Al otro lado de esa línea de crestas, de vaguadas y de collados, se abre una planicie, una pequeña llanura a unos 400 metros de altitud en la que reposa, apoyada contra un murete de piedra..., la olivera Morruda, un venerable olivo al que se le atribuyen unos 1500 años de vida..., pero está allí, al otro lado de esas montañas que siguen iluminándose poco a poco.

Paso junto a la casa de Patricia, salto el quitamiedos, vuelvo a montar y ruedo ya sobre tierra, hacia uno de mis rincones favoritos, hacia esos peñascos alzados ante los meandros secos y gravosos del barranco..., ruedo por el caminillo y pierdo de vista las montañas, el pinar se echa encima y cuando salgo al claro vuelvo a verlas, pero mas cercanas, con mas detalle, desde distintos ángulos..., y parecen otras, como maquilladas por un sol que sigue alzándose, trazando líneas de luz sobre ellas, desplazando sus sombras, evaporando el rocío..., todo ante mis ojos, mientras vuelvo a sentir el fresco de la pequeña hondonada que atravieso, casi siempre húmeda, ahí donde el charco permanece durante muchas semanas después de pasadas las lluvias, con las huellas de los neumáticos impresas en él y con la vegetación creciendo pegada a la estrecha pista forestal casi en desuso.






Giro a izquierdas, subo un par de piñones y el camino se rompe en pedazos de piedra gris que parecen bailar sobre el camino, parece que corran a meterse bajo las ruedas..., la bicipalo se encabrita, me inclino un poco hacia delante y no dejo de pedalear..., consigo remontar, gano la cresta y otra vez paso sobre otro lecho seco..., es el camino de siempre.

Alcanzo la pista principal y giro a izquierdas, voy recuperando la respiración y rodando hacia el Portixol, aunque yo y mi hermana le llamamos “La Prueba del Hombre”, y abreviado “el Hombre”, y todo porque hace años montamos una excursión a la Font de la Gota. Venia JJuan, mis dos sobrinos y Raúl, un amigo de ellos y vecino del chalé. Encaramos la subidita, poco a poco fuimos llegando al final y estábamos ahí esperando cuando apareció Raúl, jadeante, con la cara roja y sudoroso..., cuando pudo hablar me dijo.

-El hombre sube andando.

El hombre era JJuan, mi amigo Chus..., pero hoy voy solo, siempre es así ¿no?, envié un mensajito a Santi por si me quería acompañar pero no ha contestado..., giro el puño derecho hacia abajo y el cable tira del cambio y lo desplaza hacia la rueda, los eslabones rozan la corona superior, se engancha y trepa a otro piñón, resoplo y sigo subiendo. Dejo la sombra del pinar y el sol de la mañana me da por la derecha, ya asoma por encima de las lomas pero aún no llega al fondo de los valles, que se abren a ese mismo lado, cubiertos de un monte bajo espeso y denso..., trazo el viraje a izquierdas y luego a derechas. La pista ahonda en la montaña, se elevan las paredes del desfiladero y regresa la sombra, sigo ascendiendo sobre la tierra blanquecina y la estrechez parece aliviar la pendiente, ya voy viendo el final del camino, la luz del sol al fondo y corono con la respiración algo acelerada, unas pedaladas mas y dejo que la bicipalo ruede por inercia sobre una tierra, ahora roja como todo el rodeno que aflora entre vetas y estratos.








Ya estoy en esas montañas que veía azules, como planas y dibujadas sobe el horizonte. Perdido entre sus sombras y sus luces..., ahora a la sombra de sus peñascos, rodando entre casitas levantadas en medio de un collado privilegiado, rodeado de bosques y de montañas, de peñascos que se elevan iluminados por el sol, eternos, siempre ahí, a los ojos de todos los que desean mirarlos, con las pupilas o con los telescopios de campo. Como aquel ornitólogo aficionado con el que me encontré un día. Vigilaba esas montañas buscando las puestas de un par de águilas perdiceras que nidificaban entre los cortados todos los años..., poco a poco pedaleo hacia ellas, sin hacer ruido, pasando desapercibido, con la respiración ya acompasada, trazando los virajes que me dice la pista, volviendo a sentir como baja la temperatura y moviéndome de nuevo entre las paredes que encajonan el barranco de la Gota. De nuevo una mirada al riachuelo de aguas estancadas y veo sus pozas, una capa de color amarillo las cubre, es el polen de los pinos, que flota y tiñe los horizontes de un curioso color entre verde muy claro y amarillo, del color del azufre..., escucho la llamada de algunos pajarillos, el murmullo de los neumáticos, mi respiración otra vez mas acelerada, el camino no deja de subir entre cascotes de rodeno sueltos o entre laminas que asoman como esquinas..., pero la montaña es así.

El sol se cuela a través de la sierra, entre sus cortados y me da en el rostro unos metros antes de atravesar el vado..., vuelvo a girar el puño del cambio y la pista se levanta ante la rueda delantera.



















Vuelvo a inclinarme sobre el manillar y voy ascendiendo, salvando un desnivel del 14%, el corazón se acelera, abro la boca y aspiro el aire de la serranía, noto como me molesta en la garganta, esta algo frío pero mi organismo necesita ese oxigeno para combinarlo con la glucosa y generar energía, la misma que calienta mis piernas y que mueve los músculos cardiacos, los mismos azucares que navegan en el torrente sanguíneo acelerado que asciende hasta mi cerebro, irrigándolo y aportando el oxigeno y el combustible para que las neuronas continúen transmitiendo información, ordenes, acciones, correcciones milimétricas sobre cada uno de los cientos de miles de haces musculares, de tendones y ligamentos que forman el entramado de mi organismo, de mi cuerpo..., decodificando la información que llega desde el nervio óptico, el mismo que ve esa rampa rojiza que se levanta, que me frena entre baches y piedras sueltas..., pero llega la información desde el cerebro de cómo moverme, de cómo inclinarme..., un organismo vivo en medio de la serranía, remontando por un cañón cubierto de monte bajo, de pinos y de matorrales espinosos, con restos de algunas rusticas vivienda levantadas sobre sillares de rodeno. Un ciclista que va remontando el estrecho camino, cubierto con una ropa de extraños tonos marronaceos, sobre una bici que parece camuflarse en el entorno silencioso y solitario. Sigue pedaleando, viendo sobre la pista las huellas de jabalíes o de otros ciclistas, rastros marcados, dibujados en el barro endurecido..., a veces levanta la cabeza y mira a los lados, al frente..., como buscando algo, como deseando sentir algo y jadea, sigue pedaleando, no puede dejar de mover los pedales y contrae su rostro en un extraño gesto de premura, de ansiedad..., no de fatiga, respira algo forzado pero no asfixiado, suelta la mano izquierda del manillar y se toca la rodilla de ese lado..., durante algunas pedaladas la deja ahí, encima de la rotula, como tratando de sanar el dolor con su propia energía.

Y llega a la línea del sol, lo nota en su espalda y unas décimas de segundo después su piel empieza a rezumar diminutas gotitas de sudor..., se deja caer hacia una torrentera, la remonta y se percibe un leve “clack”, ha cambiado de piñón y encara una curva a izquierdas, casi gira por completo y vuelve a mirar hacia abajo.










Hacia el valle que esta apunto de remontar por completo..., se siente orgulloso durante unos instantes, se siente bien y sigue pedaleando, ascendiendo, ganando altura en medio de esas montañas que antes veía en la distancia, oscuras, azuladas y con pinceladas de fuego cuando el sol ya despuntaba..., vuelve a cambiar de piñón y se endereza un poco, percibe alguna molestia en la espalda pero se relaja, sonríe ante el charco que atraviesa.

- El charco eterno..., -murmura para si, mientras echa una ojeada al pinar de repoblación que ocupa las faldas del Gorgó, ya a 730 metros de altura. Relaja el pedaleo y observa de nuevo el entorno, los tonos rojizos del rodeno aflorando allá donde mira, el pasto de altura crecido bajo los pinos, los bosquetes de abetos y a su derecha los dos caminos que enfrenta, sube por el de la izquierda, otra vez remontando, virando a izquierdas y encontrándose con unos parajes hermosos, con masas de coniferas que crecen mirando a levante, a la cara oriental y húmeda de la serranía, la que recibe los vientos marinos, sus nubes bajas y sus brumas.

El camino se inclina y el ciclista se levanta, se poya con los muslos en el sillín y coloca sus dedos índices sobre las manetas de freno, baja un par de piñones y girando el puño izquierdo hace que la cadena se suba al plato grande. Acelera un poco, virando a izquierdas y de nuevo sonríe ante los escabrosos y distantes horizontes de la Sierra de Espadán...,

















Le gusta esa visión, esas montañas que se superponen en distintos tonos de azules, intensos, medios y tenues, casi difuminados..., y junto a él, a su derecha, echas rápidas miradas, a los valles y desfiladeros, a las montañas que despiertan cubiertas de pinar, al relieve salvaje y a la vez tranquilo de unos entornos bellos y serranos, naturales, apenas transformados por homo o si lo fueron, ya abandonados y recuperados por la misma serranía.

Vuelve la vista a la pista forestal, sigue bajando, perdiendo altura, ganando velocidad, frenando y encarando los virajes. Los impulsos nerviosos vuelven a viajar desde su cerebro hacia los brazos y los músculos tiran de ellos hacia la derecha, hacia la izquierda, esquivando las piedras, los surcos que rompen el camino, las roderas que abren profundas cicatrices en el carril..., otro viraje a derechas y la rampa se eleva, crac, crac..., cruje el puño del cambio y cambia de plato y de piñones, sus piernas se mueven con mas agilidad y va remontando a la sombra de las lomas. Vuelve a mirar y observa el paisaje solitario, desierto pero lleno de vida, oculta a sus ojos..., pero sabiendo que está ahí, en la espesura, bajo las piedras, en la misma tierra poblada de microorganismos, bajo la corteza de los pinos, en la madera muerta...., sigue remontando, corona y de nuevo en descenso, otra vez bajando por la cara contraria a la que ha subido, vuelve a levantarse, a sonreír contemplando el entorno sin apenas rastro de ocupación humana, alguna casita en ruinas, campos circundados por muretes de piedra cubiertos de líquenes..., y el camino que se bifurca, gira a la izquierda y los pinos proyectan sus sombras contra el camino, percibe como la temperatura baja, como el ambiente se refresca y como la pista se descarna, como emergen lomos de roca gris, pedazos rotos con las heladas que llenan la trazada y siente como esa bici repleta de pinturas rupestres, de mamuts, de cebras y de bisontes..., se estremece, vibra, rebota..., frena, gira, cruza sobre el lecho de otro barranco y dos conejos cruzan de lado a lado como dos tiros..., vuelve a sonreír y piensa en Norton..., pero vuelve a pedalear, saliendo del cauce y volviendo a trepar virando a izquierdas, escucha ya los ladridos y reconoce la valla de la casita levantada en el mismo corazón de la serranía. Tres o cuatro pastores alemanes cruzados ladran encaramados a la malla metálica y le ven pasar.

El ciclista afloja un poco, sale del hondo y ya de nuevo bajo el sol y se abre hacia su derecha, encarando el manillar hacia su izquierda, en ese lado remonta bruscamente un estrecho camino que hay que conocer, que hay que saber que está ahí para no dejarlo atrás y equivocarse de ruta..., sube un par de piñones y pedalea ágilmente inclinándose hacia el manillar, que ya se levanta trepando sobre la pendiente. Da un par de bandazos y sigue remontando, murmura algo, como un soplido y sonríe..,, ha logrado tomar el desvío sin echar pie a tierra.

Los pinares se van retirando y se abren campos labrados, atravesados con mangueras negras de riego por goteo y poblados por jóvenes olivos y por almendros...,observa las terrazas, separadas por los típicos ribazos de piedra seca, sin argamasa entre las piezas trabadas por aquellos artesanos que levantaban los muretes en la soledad de la serranía, durante días, de sol a sol y descansando ante las fogatas, a la sombra de los pinos o de los olivos adultos..., el ciclista los mira, observa los miles de piedras deliciosamente colocadas unas junto a otras, ve como los musgos y líquenes las han ocupado y recrea su imaginación, le sorprende que nadie los haya tocado desde entonces, que permanezcan ahí desde hace veinte años, cuarenta, cincuenta, ochenta..., él no lo sabe, le satisface comprobar que nadie los ha mancillado con pintadas o con la imagen de algún político en campaña pegada sobre ellos.

Escucha el sonido de un pequeño tractor y poco a poco deja de pedalear, echa pie a tierra y descubre una pequeña nube de polvo que se eleva entre los bancales, mira a su alrededor y hacia las montañas..., entonces la ve. El águila se eleva trazando círculos, planea observando, silenciosa, acechando por encima de las cimas ocupadas por los pinos o por el monte bajo..., y el ciclista se siente un privilegiado, se siente especial, percibe que algo le vincula a ese entorno que le envuelve y que al tiempo le da miedo. Le gusta ese momento, la visión de la majestuosa rapaz, el estado de soledad y de incomunicación, de mutismo..., pero siempre termina inquieto y nervioso, apremiado por esa premura que no logra dominar ni aislar..., vuelve a montar, echa un último vistazo al cielo sobre la serranía y la ve perderse tras las montañas.

Encaja las calas y sigue rodando entre esos campos trabajados, por ese camino estrecho y antiguo que va virando a derechas, bajando y volviendo a remontar. Mira hacia el monte que crece a los lados y lo siente salvaje, puro, enmarañado, casi impenetrable, no ve las marcas blancas y amarillas de los PR, tampoco las rojas y blancas de los GR, no hay cartelitos que le indiquen donde está pero el si lo sabe y siempre que hace esa ruta se siente orgulloso de haberla abierto el solo y guiándose por el mapa militar de 1:50000.

Recuerda que aquella primera vez preguntó a unos cazadores, continuó pedaleando, rodando sobre aquellas pistas que estaban fuera de las rutas habituales tanto de ciclistas como de senderistas..., era uno de esos rincones de la Calderona oculta, de una serranía muy cercana a la ciudad pero aún con lugares casi puros, naturales, agrestes y duros..., como las rampas que iba venciendo, una tras otra, salvando en transversal los pequeños valles que se sucedían uno tras otro hasta que ganó uno mas y se dejó caer, trazó un viraje a izquierdas y descubrió una planicie rodeada de viejas montañas, de perfiles suaves y desgastados..., la misma que vuelve a abrirse ante sus ojos..., sonríe tranquilizado y escucha los trinos y silbidos de algunos estorninos mientras pedalea hacia la inmensa y chaparra copa de la olivera Morruda, hacia la venerable olivera que permanece ahí, donde él la esta viendo desde hace mas de 1500 años.





Deja el camino de tierra y ese monte bajo que parecía acecharle queda a sus espaldas, recorre unos metros sobre asfalto hasta que las sombra milenaria le acoge, desmonta, apoya su bicicleta contra el murete, junto al anciano árbol y observa esa planicie que le rodea, a poco mas de 400 metros de altitud y tras unos 22 kilómetros de pedaleo. El también se apoya contra el murete, bebe agua y observa el grueso tronco, sus hendiduras, sus pliegues, sus hoquedades, las olivas negras que aún da y que se esparcen sobre la tierra, resecas, mezcladas entre la hojarasca marchita, entre el pasto crecido a su alrededor.







El ciclista coloca la cámara digital sobre un pequeño trípode y apunta hacia la olivera, activa el temporizador y corre hacia el tronco, se sienta y mira hacia el piloto rojo que parpadea hasta que el obturador cruje.






Se levanta y visiona la foto, observa su expresión y se siente extraño, se observa a si mismo y se pregunta si siempre tiene ese aspecto serio apagado, como tenso y al mismo tiempo fatigado y sin ilusión, con el miedo y la ansiedad, con la premura siempre rondándole..., impidiendo que esté disfrutando de ese entorno que le rodea, de la calma, de la naturaleza..., vuelve a mirar hacia ese tronco que se funde con el muro, que se vence sobre él como el anciano que reposa en un banco o en una esquina...,pero no consigue conectar, no consigue escuchar como hace uno años los sonidos de la primavera, no logra percibir ese fresco distinto de marzo...,unos días atrás si, cuando subió al mirador de l´abella, pedaleando al amanecer y disfrutó de las vistas.

Vuelve a beber, encaja el botellín en el soporte y tira de la bicicleta prehistórica hacia el tramo asfaltado, monta y empieza a pedalear, nota los cuadriceps algo entumecidos, como agarrotados y su rostro vuelve a ensombrecerse, tiene miedo a la cuesta que queda por delante, sabe que tiene que subir hasta algo mas de 730 de altitud, tiene que coronar el mismo alto que hace un rato, cuando salía del barranco de la Vigueta y se enfrentaba a esos dos caminos, cuando el rodeno afloraba a las faldas del Gorgo, en torno al refugio de Tristan y la Mina.

Va rodando sobre el asfalto que conduce a la Masia de Ferrer, ve la serrana edificación levantada en la planicie, rodeada de campos y de un cercado, distingue varios caballos y se desvía a la izquierda, sale del asfalto y la pista de tierra se levanta a la sombra del pinar..., crac, crac...,vuelve a cambiar de marchas, engrana los piñones altos y pedalea suelto, con esa misma expresión de agobio, de preocupación que manifestaba bajo la olivera..., le asusta el camino que queda por delante.






Y siempre ha sido así, desde que era un niño, un adolescente o un joven..., un miedo profundo a los retos, a la competición, a los obstáculos naturales que la vida iba interponiendo en su camino..., esta solo en medio de la serranía, al otro lado de esas montañas azules que desde su infancia veía como la frontera del mundo conocido..., sigue pedaleando, vira a derechas, llanea unas decenas de metros y por delante ve como la pista deriva a derechas, como va ascendiendo, buscando las cimas, las alturas de la Calderona..., resopla y mira sus rodillas oscilantes, el giro del plato de 32 dientes con los eslabones pasando continuamente, uno tras otro, uno tras otro..., y recuerda una de las ultimas salidas del otoño con sus amigos “Los Osos”, pedaleaba sobre esa misma pista, pero con bastantes kilómetros mas en sus delgadas piernas, Fernando y Carrascosa le seguían y él se encontraba bien, movía las bielas con alegría y poco a poco les iba sacando metros..., pero no podía creerlo, estaba volando sobre la Calderona, sus cuadriceps alimentados con la dieta del cazador-recolector durante los dos últimos meses le estaban subiendo sin problemas. De vez en cuando miraba hacia atrás con disimulo y veía a sus amigos mas lejos..., entonces le asaltó el miedo. El no podía ir tan bien, no podía estar “crujiendo” de esa manera tan humillante a sus colegas, a esos que todos los años le repasaban a él con sus ligeras bicis de 4000 euros. Le entró el pánico y cambio al plato pequeño, imaginó que estaba a punto de sufrir una pájara y decenas de calambres, se imaginaba varado a un lado del camino y a sus perseguidores rebasándole entre risitas y cachondeo..., pero no pasó nada, rodó algunos metros con el “molinillo” y volvió a cambiar al plato mediano, volvió a mirar hacia atrás y no les vió, seguía ascendiendo, salvando las rampas de grava gris o los últimos repechos de tierra rojiza...,esa misma que se alarga ante él y que va salvando confundido ante sus propias limitaciones mentales, ante las barreras que él mismo levanta.

A su derecha se abre otra pista, es la Jabonera y trepa hacia los molinos de Gatova, vuelve la cabeza y mira hacia esas montañas, ve como la pista parece levantarse en una pendiente brutal, la ve serpentear, retorcerse entre el pinar hasta coronar..., pero el ciclista sigue a la izquierda, parece mas tranquilo, se encuentra bien, apenas si ha jadeado y sigue moviendo los pedales cuesta arriba, hacia las peculiares masas de abetos que rodean el refugio, ya distingue sus troncos y su ramaje en forma de pagoda oriental.






Sigue pedaleando y sonríe, alcanza la loma, la cima y cambia al plato grande, da unas pedaladas bajo la sombra de las coniferas y empieza bajar, se cruza con unos ciclistas, los primeros que ve en todo el día, va girando a izquierdas y ante su rueda delantera se abren tres caminos, al frente hacia la Font del Poll, el de arriba a la izquierda es el que ha tomado una hora antes para ir a la Morruda y el de la derecha es el mismo por el que ha subido..., se desvía hacia ese lado y vuelve a atravesar el charco, ese remanso de agua enfangada que lleva ahí todo el invierno..., los neumáticos se hunden hasta las llantas y sonríe imaginando la vida microcelular que se desarrollará en él, a los espíritus del bosque que habrán bebido de él, a las aves que habrán capturado mas de una gruesa lombriz atraída por la oportuna humedad, por esa laguna estacional que ocupa la pista forestal, que algunas veces ha visto congelada, con su agua resquebrajada en placas o liquida como ahora, expuesta a un sol que con sus rayos atraviesa su superficie y alcanza su poco profundo lecho. Destellan los pequeños granos de tierra, sus minerales removidos con el paso del ciclista..., en una sopa, en una crema, en un remanso líquido en el que hay vida..., casi como cuando surgió hace 3500 millones de años, en charcas, en humedales, en simples charcos como ese que ha dejado atrás y que lleva ahí casi toda la estación invernal, esa en la que la soledad se adueña de esos montes, el silencio, el letargo...

El ciclista levanta la barbilla, mira hacia los parajes que se van abriendo ante él, mira el valle que remontó a las primeras horas de la mañana y lo descubre hermoso, lleno de sol, algo turbio con los mismos brillos que desprenden las aciculas, con el vapor que poco a poco se eleva desde los hondos...,




Y vuelve a tener ese anhelo de contarle a todo el mundo lo que está viendo, lo que está viviendo, lo que está sintiendo..., cree que todo ese mundo siente y percibe como él..., pero poco a poco va comprendiendo que no es así, posiblemente solo él vea lo que está viendo..., y puede que demasiado deprisa, encima de una bicicleta que va cogiendo velocidad cuesta abajo...., presiona con sus dedos sobre la maneta, las zapatas tardan unos instantes en evacuar el agua del charco que moja la llanta y pierde algo de velocidad...,vuelve a mirar a esas masas de pino que cubren las laderas como una bulbosa alfombra y le regocija la idea de que en unos instantes pasará junto a ellas, por ese caminucho que trepa por el fondo del valle, o que desciende, como en esos momentos. Ve una superficie verde, como homogénea, como toda por igual, como inmóvil..., pero también sabe que no es así. Hace algo mas de una hora, cuando ascendía lentamente podía ver sus troncos, sus ramas, las piedras, las huellas de los jabalíes sobre la tierra mojada..., pero aún así, dejaba de ver mucho.

A veces piensa que incluso cuando corre a pie por los pinares que rodean el chalé de sus padres, no lo ve todo..., pero empezó a ver algo en julio del año pasado, cuando paseaba a Norton acompañado por su amiga Patricia..., recuerda esos momentos y vuelve a sonreír, a cada dos pasos su amiga se agachaba y rozaba con sus manos la pinocha, acariciaba delicadamente cualquier hierba o las recolectaba para clasificarlas. La identificaba, murmuraba sus propiedades..., las examinaba entre sus dedos y el ciclista se veía apartado, dejado de lado por un montón de pequeñas plantas, de pequeños brotes, de florecillas silvestres que nadie ve..., entonces tiene la certeza de que algún día dejará de hacer bici de montaña, posiblemente andará, acompañado por Norton y Mia en estas mismas montañas, pero aún así él seguirá en movimiento y la naturaleza quieta sobre sus tocones, afianzada a sus raíces. Ni aún así podría percibir sus sutiles ritmos, debería de parar, debería sentarse y observar, quedarse quieto..., solo así podría percibir el movimiento y la pausa, la calma y el ritmo de la serranía, de ese entorno que suele mirar con avidez porque sabe que lo dejará atrás y que volverá a la ciudad, seguirá siendo humano y no un animal...,eso es algo que a veces repite mentalmente, en su intimidad....,se dice a mismo como un demencial mantra...,”dejar de ser humano, ser un animal...”, pero él sabe lo que quiere decir, lo que quiere expresar...,desear ser un animal para poder percibir la montaña como ellos, para estar un poco mas cerca de ese estado ancestral y primigenio..., instantes antes de la creación, de la aparición de ese neocortex que nos hizo humanos...,vuelve a frenar y desvía su mirada hacia los surcos y roderas que erosionan la cerrada curva..., le recorre un escalofrío..., hace unos años se cayó en esa misma curva...,titubea, hunde la rueda delantera en una de la grietas, balancea el cuerpo y sale hábilmente, traza el giro y sigue descendiendo, vuelve a frenar, a tomar otra curva a derechas, las suspensiones se vuelven a contraer y a expandir..., la pista forestal parece bailar ante sus ojos, pero realmente son ellos, sus ojos los que bailotean en sus orbitas con los rebotes de la bicicleta..., pero siguen viendo y descubren el pedregal de rodeno que surge por delante, el mismo que remontaba inclinado sobre el manillar y jadeando..., pero ahora es al revés, retrasa el cuerpo un poco por detrás del sillín, posa los índices sobre las manetas y llega la primera piedra, el primer impacto de los cientos que se van sucediendo, sacudidas, vibraciones y torsiones que recorren todo el chasis de aluminio, pequeñas ondas de choques que recorren los tejidos orgánicos del ciclista, sus músculos, sus cartílagos..., y sigue bajando, descendiendo por la estrecha pista que parece perderse bajo las laderas, por debajo de las cumbres que cada vez se elevan mas, que crecen a medida que pierde altitud.

Deja atrás unas casitas, atraviesa unos bancos de arenisca y cambia al plato mediano, remonta un par de rampas y vuelve a notar las piernas algo agarrotadas..., el descenso largo las ha relajado demasiado pero vuelven a hacer girar las bielas, alcanza la parte alta de los repechos y vuelve a dejarse caer, girando a derechas y dejándose a la izquierda el desvío hacia la Font del Berro. La misma pista rota y pedregosa que remontó al empezar, se desploma ahora hacia la lechada de hormigón que cubre el fondo del vado..., lo atraviesa y percibe el frescor en la umbría de la Gota, a su derecha ve fugazmente las charcas que permanecen húmedas casi todo el año y a su izquierda las paredes de roca cubiertas completamente por la vegetación, por pinos colgados en los pequeños balcones, del rodeno oscurecido por los líquenes, por esa humedad que llena de un verdor vivaz el estrecho cañón.

Deja atrás la Font de la Gota y encara un tramo recto en el que el sol se cuela, como curioso, como asomándose a ese mundo de sombras, de frescor..., mira por delante y descubre a otro ciclista, pedalea haciendo eses, en su espalda abulta una mochila y de su mano derecha pende una bolsa de plástico por la que asoman varios panes. Un perro le sigue y el ciclista parece gritarle, amenazarle. Una barba blanca rodea su mentón..., le ve echar pie a tierra y volver a levantar una de sus manos hacia el perro.

- ¡Que te vayas, coño...,que no te doy mas comida, hombre...¡

El ciclista reconoce esa, voz, la barba canosa y la suspensión delantera mono brazo de la Cannondale.

- ¡Enrique...¡, que casualidad, nos volvemos a encontrar... -saluda parando

- Hombre, Pedro.

Enrique Gardó sonríe, desmonta y deja la bolsa de los panes en la tierra, tiende su mano hacia el ciclista y vuelve a sonreír.

-Aquí me tienes echando la bronca al pesado este -se queja señalando al perro. Un mezcla de pastor alemán con algún pariente lejano de Rotweiler, pero dócil y sumiso. No aparta su mirada de Enrique y aguanta su bronca sin inmutarse. Se sienta sobre los cuartos traseros y recibe dos manotazos en el recio lomo negro.

- Nada, míralo, amor incondicional hacia mi..., le acabo de dejar casi un kilo de carne, se lo ha zampado y le ha dado tiempo a seguirme hasta cogerme y ahora llevo ahí mas comida para otros bichos y el cabrito este viene detrás y se la come..., se llama Chiki.

Y Chiki se levanta y apoya sus patas delanteras sobre el culotte negro, sus almohadillas quedan impresas y Enrique vuelve a protestar.

-Me cago en la leche, que te vayas hombre, que te vayas a casa..., nada, no hay manera..., ah Pedro, quería hablar contigo, tengo un amigo que está muy vinculado con el tema medio ambiental y también es un enamorado de esta sierra, está en contra de los PAIs y esta escribiendo un libro sobre la sierra..., pero de todo en general, botánica, fauna, ocupaciones humanas...,y pecando de atrevido le he dado tu telefono, se llama Pepe Sáez y le he dicho que has escrito dos libros y que te conoces todos los rincones de la Calderona..., ¡coño Chiki, que me dejes...¡ -protesta Enrique Gardó tratando de limpiarse las huellas del perro sobre sus pantalones de lycra negros.

El ciclista sonríe halagado y mueve la cabeza, mira hacia la pista forestal, apartando la mirada, como avergonzado.

- Buenooo..., si que me has vendido caro, Enrique... ¿y como se te ocurre decirle que he escrito dos libros...?, luego, si nos conocemos se llevará un “chafón”... y eso de que conozco todos los rincones... ¿sabes...?, no se que me pasa pero cada vez hago las rutas mas cortas y siempre las mismas..., bueno hoy me he alargado hasta la olivera Morruda en un alarde de valentía.

Las sonrisa de Enrique desaparece entre su barba blanca y arruga la frente.

- ¿Qué no es verdad que has escrito dos libros...?

- Hombre, verdad es, desde luego..., aunque reposan olvidados y como bajo tierra.

- Yo le he dado tu telefono porque creo que tu opinión le va a servir para el suyo, tu tienes una visión muy personal de todo esto..., mira y ya hemos quedado para este martes, le voy a llevar a las ruinas donde vivió Esteban “el maño”..., ¿no te suena...?.

El ciclista niega con la cabeza.

- Pues fue un personaje -continua Enrique- ¡coño Chiki, déjame ya, ostia...¡, lo que te decía, que estuvo viviendo muchos años aquí en la sierra, era un enamorado de ella y de la soledad. Tenia una casita allí arriba -y señala hacia el valle que el ciclista acaba de bajar- cuando llegas a Tristan y tiras a la derecha, hacia la Masia del Coronel.

- Coño, hoy he bajado por ahí.

- Pues tenía una casita, muy sencilla, humilde y casi vivía del trueque, explotaba de vez en cuando una pequeña cantera de piedra, que vendía a algún pequeño constructor que subía desde Serra o Náquera, tenía algunos perros y una escopeta, de vez en cuando cazaba un jabalí y tenia para comer durante unas semanas. Yo solía visitarle, me echaba en la mochila alguna bolsa de azúcar, café, aceite..., y se lo daba a cambio de charlar con él, de estar ahí acompañándole un rato...,era una persona esplendida, pero se rompió una pierna allí arriba y la familia aprovechó para llevárselo a Serra. Mientras se curaba hicieron algunas gestiones y le consiguieron un sencillo puesto de trabajó como basurero..., empezó a trabajar y unos cuarenta días después falleció.

- Joder..., imagino que de tristeza... ¿quién puede sobrevivir a eso...?,a que te saquen de aquí a cambio de un estribo en el que sujetarte en la parte de atrás del camión de la basura.... -murmura el ciclista observando la pista forestal, el pinar que les rodea, las montañas que les envuelven..., sintiendo la calma y el silencio que les acompaña en la charla, percibiendo en su piel el calor de un sol que ya se eleva por encima de las cimas, de los perfiles viejos y desgastados de la Sierra Calderona..., un relieve verduzco, a la vista del águila que planea por encima de ellas y de homo, los ve allí abajo, con solo ladear su cabeza emplumada, los ve en medio de un mar de líneas, de sombras y de luces, de grietas, de barrancos, de bosques..., y mas allá, en los limites de sus vuelos, el auténtico mar, una inmensidad azulada que destella y que sobrevuela cuando migra desde África hacia la Sierra Calderona, como cientos de aves, como miles, que se mueven de un extremo a otro de la Tierra en busca de comida, de calor, de compañera, de compañero..., durante millares de kilómetros, a lo largo de épicas rutas que aprendieron de una sola vez, de un solo vuelo..., naturaleza viva, extraordinaria, fascinante, ancestral, primigenia.




















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































sábado, 28 de marzo de 2009

SOBRES CONTRA LA CRISIS.





Maria, escribía en su blog un post titulado “lecciones magistrales: la economía de los sobres”, en el nos contaba como su madre las había educado a ella y a sus hermanas en eso que llamaban la “economía de los sobres”, un sistema económico doméstico y sencillo con el que cuadrar las cuentas, durante el mes y a finales.

Gloria, que así se llama la mamá, calculaba los gastos fijos y mas o menos aproximaba los hipotéticos, los imprevistos. Iba fraccionando el sueldo de Heriberto en distintos sobres, cada cual asignado para un menester, poco a poco, mes tras mes..., y resulta que cuando llegaba la contribución podían pagarla sin mayor problema, cuando se producía alguna avería en casa, podían pagarla, cuando llegaban los recibos de la luz y el agua, se podían pagar..., y así, “tirando” de esos sobres mágicos, pasaban los días, los meses, los años, las crisis..., hoy las cosas no son así, el sueldo es virtual, hoy ya no te dan el dinero en un sobre, aparecen cifras en la cuenta y eso quiere decir que has cobrado. Después metes una lamina de plástico en una ranura y otra ranura te suelta los billetes, entonces sales del cajero automático y los vas fundiendo. Cuando se acaban, vuelves a la ranura o pagas con la misma lamina de plástico en los supermercados, en las tiendas..., y así va pasando el mes, no ves los billetes y los recibos domiciliados y los pequeños prestamos que se piden para todo, terminan de liquidar la cuenta..., claro, en la época en la que Gloria criaba a su familia con un solo sueldo, todo era mas barato, los niños teníamos menos enfermedades, el pan costaba menos, el gas menos, la luz menos, los libros del colegio también menos..., ¿no...?, ¿todo era mas fácil por entonces...?..., parece ser que si, porque en la actualidad todo el mundo afirma con rotundidad y contundencia él manido“hoy en día hacen falta dos sueldos para criar a una familia...”,pero una familia de un solo hijo o a la sumo de dos. Está claro que antes, hace unos 40 años se vivía mejor ¿no...?, normalmente trabajaba el marido, las familias solían ser numerosas y la mujer se quedaba en casa, haciendo sus labores, educando, administrando..., y con un solo sueldo. Imagino que mas de uno ya se habrá cabreado, aquello no era vivir, era malvivir en medio de una dictadura y en medio de un machismo inapelable... ¿pero es que hoy vivimos...?

Maria nos cuenta como su madre lograba cubrir todos los gastos, nos cuenta como ya entonces tenían que “reciclar” por necesidad no por moda o actitud social premiada y nos cuenta, con una lógica aplastante como su madre tenia muy claro que no se podía gastar lo que aún no se tenia, lo que aún no se había cobrado...,

La historia de Gloria es la historia de cientos de miles de madres españolas que vivieron la posguerra, las cartillas de racionamiento, el ”estraperlo”, esto también lo cuenta mi amiga en blogearporblogear.blogspot.com, pero es esa ultima reflexión, esa de “no gastar lo que no se tiene...” la que define perfectamente, el porque de la actual situación económica de las familias españolas, esas que estamos sufriendo los embates de la crisis. Y todo empieza dentro de ese seno familiar con otras frases de gran calado popular y que suelen ser pronunciadas con solemnidad y lentamente, para que se puedan escuchar bien y seguidas por un silencio de varios segundos y acompañado por una expresión seria, “quiero que mis hijos tengan lo que yo no pude tener, que sean lo que yo no pude ser...”.

Y nuestros hijos crecen, llegan a la niñez en un estado de “adultez” precoz, imitando todo lo que hacemos, tratando de suplantarnos, pidiéndonos las llaves para abrir ellos las puertas, sentándose los primeros en el sofá para llegar antes que nadie al mando a distancia, sentándose entre el volante del coche de papa, incluso conduciéndolo por los caminos de tierra que hay alrededor del chalé del suegro, como no hay casi circulación..., pues el niño de 7 años puede conducir.

Los crios ven pasar los años y se acostumbran al estatus de los padres, no admiten otro nivel que no sea ese, el que han visto desde pequeñitos, el que ven normal porque no les ha faltado de nada, porque lo han tenido todo sin esfuerzo, sin tener que ganar un jornal, sin tener que ahorrar. Alcanzan el final de sus adolescencias, rondando los diecinueve con el carné de conducir calentito, anhelando el coche de papá o pidiendo un crédito para comprar uno con el primer sueldo de reponedor en un centro comercial. Lo pagaran en cinco o seis años, si no lo estrellan antes, también es posible que de cara al “veranito” se compren una moto, otro plazo mas, es posible que también se compren una tele para su habitación en el piso de sus padres, también a plazos, un navegador a cuotas, quince días en Tenerife a pagar en seis meses..., los años siguen pasando, se echan novia, se plantean casarse y pagan la boda en mensualidades, el piso..., cuesta un poco mas, sus padres les avalan..., y han gastado todo lo que aún no han ganado, esos somos nosotros, los que ahora recibimos las olas y los golpes de una crisis que esta provocando una autentica carnicería humana y empresarial.

Es muy posible que si hubiésemos seguido el ejemplo de Gloria andaríamos algo más cubiertos para afrontar esta crisis, seriamos capaces de ignorar las vallas publicitarias, las luces navideñas, los anuncios de televisión en los que nos dicen que “somos tontos” por no ir a comprar a determinado centro comercial. A final de mes tendríamos “al cobro”, los recibos de siempre..., la luz, el agua, los gastos de comunidad, el telefono, el seguro de los muertos y una vez al año, pues la contribución, el seguro de hogar de la casa, la declaración a Hacienda..., y alguno más que se me olvidará..., y podríamos hacerles frente. Habríamos estado viviendo dentro de nuestras posibilidades reales, a un ritmo más lento, sin un consumo desmesurado..., algo impensable en una sociedad que desea a toda costa crecer y desarrollarse..., pero sin subir los sueldos de los trabajadores, para eso esta la banca, que según los sabios de las finanzas es a quien hay que salvar, no a las familias, no a los medianos y pequeños empresarios que han sido “enganchados” por las caídas de las promotoras y constructoras crecidas dentro de la “burbuja”.

La banca está para compensar con préstamos las carencias salariales, insuficientes para satisfacer la demanda de consumo de una sociedad apoyada y edificada en el gasto innecesario, compulsivo y enfermizo. El capitalismo es así, nos crea esas necesidades ficticias al tiempo que inunda los mercados con productos perecederos, con modas y tendencias encaminadas a desacreditar lo anterior, lo que ya hemos logrado pagar. El ejemplo lo encontramos en la industria del automóvil, la aparición de modelos nuevos o reformados coincide misteriosamente con la media de duración de una financiación..., ideal para que nos den una miseria por nuestro coche y así compramos el modelo nuevo, que es mejor, claro y tiene ESP.

De esta forma el estado se garantiza una masa obrera que consume, que se ahorca a si misma y que no reacciona ante los desmanes de nuestros políticos o si lo hace es ante cortinas de humo, ante engaños que desde el estado se nos lanza para impedir que abramos los ojos. El último que recuerdo llegó con la Ley de Memoria Histórica, Garzón fue el primero en picar y acabó con las reservas de palas de todas las ferreterías de Madrid, no iba a quedar sin abrir ni una sola fosa de la Guerra Civil. Media España despertó sus fantasmas y la población volvió a radicalizarse entre la izquierda benévola, amiga y solidaria de ZP y la derecha fascista y represiva de Rajoy. Ahora las cortinas de humo continúan con los trajes de Camps, con los espionajes, con la nueva Ley del aborto, con los lacitos blancos en los hábitos de Semana Santa..., y a mi esto me entristece, yo no soy ningún iluminado, pero acierto a ver la poca vergüenza de quienes nos gobiernan y de quienes nos quieren gobernar.

Veo que la inmensa mayoría de la población sigue emitiendo sus votos condicionados por esa Memoria Histórica que ya nos lastra y ciega demasiado..., vemos a los políticos como valedores, como representantes de unas ideas y eso es un error catastrófico. No podemos votar según sus promesas, los políticos son genéticamente falaces y corruptos, es un hecho comprobado que son las familias de siempre las que se perpetúan en los órganos de poder políticos y empresariales, todos sus vástagos estudian en los mismos colegios privados, se forman en las mismas universidades, hacen los mismos master en el extranjero..., sus genes se trasmiten, eso es así.

Es tiempo de empezar a ver a los políticos como gestores, como administradores de la inmensa riqueza que genera la masa obrera de este país. Es tiempo de dejar de creer en promesas amparadas en viejas ideologías, en doctrinas partidistas, de izquierda o de derecha..., lo que queremos es que nos solucionen los problemas, que bastante tenemos ya con trabajar.

Queremos que gestionen esa riqueza con eficacia, invirtiendo en sanidad, en educación y en trabajo..., ¿tan difícil es eso...?, es que nadie tiene un mínimo de dignidad, de honestidad, de coherencia, de verdadera voluntad...?, ¿no hay forma de crear una línea de largo recorrido en determinado tipo de políticas...?, claro que las hay, pero es mucho mas fácil llegar al poder y deshacer lo que el otro a hecho, cargarle con la culpa de la deuda y continuar distrayendo a la población con gilipolleces.

Ya me estoy alargando demasiado, pero no quería terminar estas divagaciones sin hablar un poquito de una de esas medidas “estrella” que ha adoptado ZP para tratar de parchear la desintegración del empleo en España. Me refiero a la entrega de cientos de millones de euros a los ayuntamientos españoles, que hoy por hoy se han manifestado como los morosos mas peligrosos y dañinos de este país, como los gestores mas incapaces y torpes, como los administradores mas corruptos y demagogos con que uno pueda tropezar. No puedo entender como se confia ese dinero a unos patanes que no han hecho mas que diluir entre sus propios bolsillos las enormes cantidades de dinero que han cobrado con las licencias de obras, con los IBI aumentados hasta lo que permite la ley y con las comisiones pagadas a la sombra y bajo mano, por los promotores y agentes urbanizadores, a los alcaldes y sus concejales, tras las recalificaciones de suelo, tras la aprobación de brutales e insostenibles PAIs. Han sido tantos años cobrando por todo y sin hacer nada, enriqueciéndose desde la butaca del despacho con solo alargar la mano hacia los especuladores..., que ahora mismo, ante la crisis, no tienen ni puta idea de cómo financiar esas arcas saqueadas por las malas gestiones, por las filtraciones, por el gasto injustificado. Estos alcaldes valencianos, crecidos con la construcción y el cobro de las comisiones y los de muchísimos municipios de toda España..., son los mismos que han dejado de pagar sus deudas a cientos de pequeños empresarios, a autónomos o pequeños talleres que trabajaron ilusionados para ellos, soportando dilaciones en el pago insultantes y despóticas, son los mismos que los han arruinado y sin embargo, son los mismos que van a recibir esos millones de euros que entre todos los españoles que trabajamos y pagamos nuestros impuestos.

Vuelvo a pensar en la madre de Maria y sus sobres..., y me imagino hablando con mi amigo Chus, que es economista sobre esa manera de ver la vida, estoy seguro de que negaría con su cabeza y me diría algo así.

- Esa es la economía rural, una economía lenta, sin movimiento, sin crecimiento.

- Ya, pero también es una economía segura, sin agujeros, sin burbujas..., y yo si que creo que crecería, pero lentamente, de manera firme y sostenible y no de manera ficticia, imagino que al tener que ahorrar para comprar un coche o un piso los precios se contendrían, no se hincharían desmesuradamente..., como ha ocurrido al saber que la banca estaba ahí para prestarnos ese dinero con el que nos vamos ahorcando lentamente, con el que contamos para consumir y ser felices, con el que contamos como si fuera nuestro, como si ya lo hubiésemos ganado con nuestro trabajo..., una ilusión, un espejismo en el que no creyó Gloria ni mi madre, ni otras miles de mujeres y hombres que se sacrificaron y que vivieron austeramente para que nosotros, para que sus hijos tuviésemos todo lo que ellos no tuvieron, para que no pasáramos hambre o frío para que pudiéramos sonreír la madrugada de Reyes...,pero los tiempos han cambiado y no nos hemos dado cuenta, nuestros hijos ya tienen demasiado, ahora debernos educarlos en esa misma austeridad, en ese mismo sacrificio que ellos realizaron en un país roto, desangrado por una guerra y maniatado por un régimen dictatorial con el que había que convivir y lidiar diariamente...., hoy la sociedad ya no pelea contra un déspota, ya no hay policías de gris ni se da “garrote” en las prisiones...,ahora convivimos con miles y miles de mensajes, con un alud de información desbordante que nos lleva a un lado y a otro de nuestras emociones, de nuestros anhelos y deseos...,hasta envolvernos en un torbellino de confusión y ceguera que tratamos de mitigar consumiendo, comprando, pidiendo créditos, estrenando cualquier cosa, cambiando de móvil...










miércoles, 18 de marzo de 2009

PEDALADAS AL AMANECER


Noto al pequeño Cecil pegado a mi pierna, lo percibo caliente y vivo, quieto bajo la manta que cubre mi cuerpo en la oscuridad del dormitorio. Hace un ratito me estaba lamiendo y durante algunos momentos de la noche nos hemos movido..., él bajo la sabana como una especie de topo y yo cambiando de posición, esperando al amanecer para salir a pedalear con la Primigenia, con la Bicipalo..., parece que me encuentro un poco mejor. Ayer salí de Valencia después de acomodar a mi padre en el asiento delantero del Megane familiar y a mi madre, con su brazo enyesado, en los traseros, junto a Miriam y escondiendo en su regazo a Cecil.
Dejamos esa ciudad a punto de enloquecer, a punto de convertirse en una ruidosa y demencial ratonera..., y llegamos al chalet de mis padres, muy cerquita de la Calderona, a la misma casa de campo que he estado subiendo durante el invierno para hacer bici de montaña, para pasear con Norton y Mia, para distraerme un poco o para caer en la dolorosa nostalgia del verano.
Pero ayer me note extraño, como desencajado..., mi padre se quejaba de que tenía frío y mi madre se movía torpemente por entre el campo, viendo que gran parte de sus plantas habían muerto de sed o de frío, Norton y Mia me seguían, deseando que los sacara a pasear y Cecil andaba excitado detrás de la perrita, que es unas ocho o diez veces mas grande que él..., llegó la tarde, la noche, de nuevo el frío de estos marzos de soles radiantes y de noches casi heladoras. Trate de enviar un correo a Maria, pero los duendes malos de Internet me lo volatilizaron..., eso terminó de abatirme y decidí darme una ducha antes de irme a dormir junto a mi padre. Me sentó bien, me tranquilizó un poco y cuando estuve cobijado bajo las mantas me relajé y me entregué de lleno al sueño.
Y he despertado hace un rato..., como siempre Nortón y Mía han entrado al galope en el comedor, casi pisotean al pinsher y mientras esperaba a que saliera el café he estado jugando con la pequeña manada de tres, les he puesto en los cuencos el sobrante del arroz de ayer que hicimos para ellos y después he paseado por la terraza con la taza entre mis manos. Percibiendo el frío, adivinando un cielo limpio de nubes y escuchando los trinos de los mirlos, los silbidos de los estorninos, los gañidos de los perros haciendo como si se mordieran y el traqueteo lejano de un motocultor. Viendo las copas amplias de los pinos y percibiendo la calma, la quietud, pero al tiempo, sintiendo el despertar de la vida ya rozando la primavera con los dedos, con los sentidos, con la misma piel que se está erizando bajo las mangas del jersey térmico que me he puesto para pedalear..., echo una mirada rápida al ciclocomputador y me marca 6 grados sobre cero, por eso voy tiritando, pero se que es una sensación pasajera, pronto entraré en calor..., incluso este fresco del amanecer tiene otro sabor, otra percepción asociada a nuestros ancestros, cuando el ambiente se llenaba de sutiles aromas, cuando sus ojos asociaban al hielo fundido, a las yemas en los árboles, a los brotes en las hierbas, al canto de las avecillas..., era cuando ellos sonreían sabiendo que el invierno se alejaba, sabiendo que la vida regresaba..., algo parecido siento yo, incluso mi padre parece que está mas animado, ha sobrevivido a un invierno duro, frío y húmedo, mi madre también, con la muñeca rota pero ha sobrevivido..., y yo mismo parezco uno de aquellos neardentales, de aquellos cromañones..., realmente mas a estos últimos, lo digo por lo de la altura y por la decoración que cubre mis ropas de ciclista. Tonos marronaceos, dibujos tribales que recorren mis muslos, huellas de animales que decoran la parte que cubre mi culo, una salamandra mágica trepando por mis piernas..., mientras pedaleo por la vía de servicio hacia la casa de Patricia. Miro hacia mi derecha y veo las lomas oscuras recortándose contra el fulgor anaranjado de un sol que enseguida va asomarse..., paro, paso la bici por encima del quitamiedos y vuelvo pedalear ya sobre tierra, me desvío a la izquierda, dejo atrás algunos chalés y desciendo sobre la estrecha pista cubierta de gravas y arenisca hacia la rambla, repleta de cantos rodados grises, de lajas de rodeno arrancadas y que con las miles y miles de avenidas han ido rodando sobre los fondos pedregosos hasta convertirse en mas de esos cantos rodados.
Descubro brotes en algunas pequeñas higueras crecidas desde las grietas de los ribazos abandonados y levanto la vista hacia los peñascos iluminados por el sol, los veo desde la umbría, entre pinos, algarrobos y sonrío.







Este rincón me hace soñar, me imagino a pequeños clanes de cazadores-recolectores encaramados en lo alto de esos farallones, vigilando el curso de agua que discurría entre meandros, entre la vegetación de ribera..., acechando a las manadas de ungulados que bajarían a sus orillas a beber. Los imagino pescando o buscando material lítico para construir sus herramientas de piedra, cuchillos, raspadores, bifaces..., pero ya no están, tampoco ese torrente de aguas permanentes..., ahora mismo atravieso el fondo guijarroso, trazo una cerrada “S” y remonto un repecho, doy unas pedaladas, giro a derechas y el sol me da en los ojos, atraviesa con sus haces el bosque de pinos y sus agujas destellan bañadas con el rocio, también las matas de esparto, la vegetación que ya despierta tras el invierno.






Me encuentro bien, la rodilla izquierda apenas su “gruñe”, no me molesta y respiro un aire limpio, saludable..., pedaleo en silencio, percibiendo la calma del amanecer y descubriendo de vez en vez a un sol que parece jugar al escondite, que parece subir y bajar entre los bosques, entre las lomas..., pedaleo entre sombras alargadas o a la sombra de las colinas, sobre el lecho del charco..., y un escalofrio me dice que la temperatura cae unos cuantos grados, aspiro los vapores del humus y voy remontando por el caminillo, encaro la cuesta de piedra suelta, subo un piñón y la Bicipalo se balancea sobre el canchal..., corono el repecho con un ligero jadeo y sigo ascendiendo por el caminillo hasta salir a la pista principal. Giro a derechas y me dejo caer hasta llegar a otro cruce que remonta a izquierdas, viro hacia ese lado y vuelvo a subir un piñón.

Suspiro, vuelvo a cambiar de piñón y a agilizar las pedaladas, se que esta pista trepa engañosamente, visualmente apenas si tiene desnivel, pero notas como los pedales parecen endurecerse, como la bici no avanza y como la respiración se acelera, como debes abrir la boca tratando de aspirar mas aire..., y alguien grita a mi espalda, no escucho bien, solo la parte final.

- ¡Baja, baja..., joder...!.

Aflojo la pedalada y me parece reconocer la voz.

- ¿¡Eres Abilio...?¡ -le pregunto.

- ¿¡Siii..., a donde vas...!?

- ¡A la font de l´abella y después a la Gota...!.

- ¡Nosotros a Gatova...! -responde mi amigo a toda voz.

- ¡Venga, nos vemos...!.

No puedo irme con él, tengo el tiempo justo para hacer la ruta y regresar al chale para levantar a mi padre..., echo de menos su compañía y miro hacia delante. La pista asciende cubierta de gravas y con alguna rodera, trepando sobre la loma que sigue elevándose entre un pinar disperso, entre un paraje de tonos áridos, de rocas grisáceas y de monte bajo..., suspiro y giro el mando del cambio, la cadena salta a otro piñón de mayor dentado y pedaleo mas suelto, respiro mejor y mi corazón bombea sin acelerarse demasiado. Trato de arrastrar los pedales hacia arriba, encogiendo las piernas y extendiéndolas, repartiendo el esfuerzo entre cuadriceps y femorales para aliviar el esfuerzo de cartílagos y ligamentos, sobretodo los de la rodilla izquierda..., voy ascendiendo a gusto, sin jadeos, como fluyendo en ese ciclo que mis piernas reproducen una y otra vez..., arrastrando los pedales hacia arriba, bajando, subiendo las bielas..., ganando altura y encontrándome con las primeras jaras en flor.







Trazando estas curvas que forman amplias lazadas, como meandros que van subiendo, elevándose sobre esta enorme hondonada que va quedando a mi izquierda. Vuelvo a mirar y distinguir las huellas de la antropización que sufrió esta serranía hace ya bastantes décadas. Descubro en las laderas los restos de las terrazas que van descendiendo hasta el fondo..., siempre he creído que esto debió de ser una mina de rodeno o de yeso, a cielo abierto. Ahora la vegetación se ha adueñado y un apicultor ha dejado sus colmenas entre ese monte bajo de aromáticas, de areniscas rojizas, de bancales amarillentos, de vetas cristalizadas..., miro al frente, hacia arriba y veo los chopos grisáceos que flanquean la Font de l´abella. Aun están desnudos y encaro la rampa que me lleva hasta ellos..., uso el último piñón y voy ganando altura. Alcanzo la balsa y las ruedas pasan sobre el barro formado en el reguerillo que atraviesa el carril forestal. Virando a izquierdas y dando pedales bajo las montañas de roca que se elevan de color marrón a mi derecha, sigo bordeando la vieja explotación, contemplando sus colores como apagados, apenas sin contraste, sin pinar, sin árboles..., solo matorrales, arbustos, la hilera de colmenas allá abajo






Sin nadie pedaleando junto a mí, a la sombra de las colinas, ganando altitud y batiendo los pedales con calma, agradeciendo a mi organismo el placer de sentirme así de bien, por el placer de poder contemplar estos parajes con mis ojos..., virando a derechas, encarando otro suave repecho a poco mas de 500 metros de altitud y ya bajo el sol, sin paredes de roca interponiéndose entre el ciclista de montaña y sus haces ardientes..., girando a izquierdas y dando las ultimas pedaladas por una senda que se mueve entre coscojas que ocupan la estrecha trocha con sus recias y pequeñas hojas..., veo ya el mirador, hace tanto tiempo que no subía por aquí..., muevo el manillar hacia la rampa y corono sobre la terraza, resopló, echo pie a tierra y desmonto...,










...joder, que belleza, que serenidad, que calma, que placidez, que soledad..., aunque me da la sensación de que el entorno me mira...,pero pocas veces se lo que me quiere decir, a veces lo intuyo, lo percibo y un escalofrio eriza mi piel..., pero de un tiempo a esta parte algo me está pasando, mis estados de animo fluctúan demasiado, me encuentro muy débil y vulnerable ante los acontecimientos que se van produciendo en mi vida. Noto como me afectan, como me empujan al precipicio..., pero casi con la misma velocidad de esa caída libre vuelvo a recuperarme y así van pasando los días, las semanas, los meses..., voy trabajando, tratando de subsistir económicamente, viviendo con mis padres, viviendo la vejez de ambos..., a veces corriendo en el viejo cauce del Turia o pedaleando los miércoles que no llueve y los fines de semana que luce el sol y no soplan los vientos fuertes y fríos. Los sábados salgo con la Primigenia y llego a lugares como este..., pero no tengo tiempo de relajarme, de tranquilizarme, de dejar volar la imaginación un ratito. Tengo que volver al chalé, a levantar a mi padre y a ver como está mamá con su muñeca enyesada..., es la premura que me persigue, la ansiedad, esa dependencia, esa necesidad de estar ahí, con él, con ella..., es la premura que me persigue y que ni cuesta abajo dejo atrás..., bueno si, ahora mismo si.





He dejado el mirador y pedaleo hacia la cara norte, he subido por la sur y ahora se abre ante mis ojos otro hermoso perfil de cumbres cubiertas de pinar crecido entre bulbosas placas de rodeno, líquenes anaranjados cubren esa roca milenaria y descubro la pista bajando formando “eses”, lazos y curvas sobre las que vuelo, levantándome del sillín y apretando los muslos contra él...,




...sintiendo las vibraciones, la velocidad, el traqueteo del cuadro de aluminio, el giro continuo de los neumáticos, de los pequeños tacos que se van hundiendo en la tierra, deformándose contra la roca, erosionando los flancos con cada viraje..., noto como la bici parece flotar sobre la gravilla, voy sujetándola con los frenos, el cable trenzado tira de los puentes en “V” y las llantas se calientan..., sigo bajando, internándome entre esas montañas que desde el mirador parecían impenetrables, desapareciendo entre sus vallecillos, entre sus lomas..., sobre el camino de tierra que volviendo a remontar me guía entre los vericuetos de la Sierra Calderona, regalándome la visión de los estanques del barranco de la Gota, siempre los miro, siempre los veo y siempre sonrío..., me reconfortan esas pozas cristalinas, son los regalos del invierno, de las lluvias..., la pista forestal me dice que siga pedaleando, que gire a derechas y que levante la vista hacia las mismas montañas que veía antes...,ahora serpenteo entre ellas, jadeo ligeramente, aspiro sus alientos y sigo trepando otra vez a la sombra pero viendo un resplandor asomando por encima de esas cimas repletas de pinar, el sol emerge y mis pupilas se encogen tras las gafas de sol, giro a derechas, el sol cae sobre mi espalda y voy aflojando hasta que paro frente a la Font de Berro, desmonto y vuelvo a percibir la calma, el silencio, la ausencia de cualquier sonido provocado por homo..., salvo el crujido de la tierra cuando camino hacia el caño con el botellín en la mano.

Me siento en el murete de piedra y voy dando tragos, observando los peñascos forrados con musgos y líquenes, a los cactus que poco a poco van colonizando estas umbrías, escuchando el canto de las aves, sus llamadas..., me gustaría saber identificarlas. Viendo la inmovilidad de este paraje natural, percibiendo la ausencia de cualquier ritmo frenético, sintiendo el paso de los momentos como toda esa masa envuelta en cientos de gamas de verdes que puedo ver..., pero debo de continuar, es la premura, la ansiedad.

Monto sobre la Primigenia y sigo moviendo las bielas cuesta arriba, girando a izquierdas y de nuevo con el sol de frente..., resoplo y la cadena sube otro piñón, me relajo y pedaleo, pedaleo, pedaleo..., y sigo ganando altura, contemplando estas montañas, agachando la cabeza y viendo el camino sobre el que ruedo, a mis rodillas subiendo y bajando como un cigüeñal orgánico y portentoso..., me gusta esto y soy el más afortunado, estoy aquí, en la sierra, cerca del cielo, cerca de la Madre, cerca de la cima del Collado de la Moreria..., llego a la pequeña explanada y saludo a dos ciclistas cubiertos con ropa de color verde fosforito.

- Bon día... -murmuro.

Jadean, deben de acabar de llegar y me miran como preguntándose de donde coño ha salido el tipo ese disfrazado de indio..., doy pedales, bajo un par de piñones y la pista empieza a descender amarillenta y cubierta de gravillas, cambio al plato grande, vuelvo a pedalear y vuelvo a levántame, a sujetarme con los muslos..., es el descenso de siempre, los horizontes de siempre, azules y distantes allí abajo, en el Camp del Turia, más turbios y mas lejanos, brumosos y húmedos en el golfo de Valencia, el mediterráneo como plateado..., la frenada y giro a derechas, pedaleo y vuelvo a acelerar cuesta abajo, la Primigenia se estremece, mis antebrazos vibran, los muslos tensos, la espalda, los discos intervertebrales amortiguan los impactos y las señales nerviosas suben y bajan por el hueco oscuro y viscoso de esa espina dorsal que penetra en mi cráneo por su base..., miles de impulsos eléctricos que mi cerebro decodifica..., frena, frena, que vas pasado y viene curva a derechas.






Mis dedos se contraen, tiran de la maneta hacia mi mismo y el cable trenzado se vuelve a tensar, aumento la presión, el filamento se estira entre las fundas, se alarga, se estrecha y tanccc..., la maneta se va al fondo, me aplasto los dedos y las zapatas traseras se separan a pocos metros del giro, veo ese horizonte allí abajo, la pista se acaba y la rueda delantera se traba..., derrapa sobre la grava, se arrastra barriendo el camino, levantando una polvareda y tumbando de lado la bicicleta de montaña, la rodilla se estrella contra ese suelo, se desgarra la lycra, los dibujos tribales y la rotula se hunde contra el cartílago, se parten los ligamentos y el ciclista rebota sobre si mismo, se revuelca y su codos se golpean una y otra vez, el rodeno choca contra su rostro y el labio se abre en un sanguinolento desgarro, el casco se aplasta y el poliespan se deforma contra la cabeza..., vuelve a rebotar y la bici brinca un par de metros ladera abajo, el ciclista sigue dando volteretas, atravesando arbustos y matojos, matas de romero, de tomillo, de estepas que se tumban deshojando las margaritas azuladas.

Atardece y reconoce el color anaranjado, el fulgor encendido del ocaso llenando de calor las cimas más altas, percibe el silencio que precede a la noche y los primeros cantos de las aves nocturnas..., escucha el tañido de la Cartuja de Porta Coeli y los últimos soplos de la brisa que trepa desde el mar..., ve como esos rayos de sol murientes que parecían incendiar las montañas, se van apagando, como las sombras se alargan, como se desdibujan los perfiles, como el azul húmedo y frío tiñe esas cretas, esos picos, esas lomas, como se vuelven mas oscuras, mas negras hasta fundirse en la noche. Esta quieto, de costado, con la serranía frente a sus ojos, contra sus mejillas, contra su labios amoratados y vuelve a mirar hacia ahí, hacia ese roquedo en el que ya habian florecido los lirios azules de la Calderona,...,






...es la primavera, sus bulbos han estado todo el año bajo tierra, inmóviles, quietos, esperando la señal, dormidos..., como él, siente un escalofrio, llegan las sombras y cierra los parpados manchados de tierra y sangre..., nota al pequeño Cecil pegado a su pierna, lo percibe caliente y vivo, bajo la manta que cubre su cuerpo...