Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

viernes, 13 de febrero de 2009

" POR QUÉ SOMOS COMO SOMOS" de Eduardo Punset.

El día que visité el FNAC, no pretendía comprar este libro, buscaba “Mi primer libro de Prehistoria”, de Juan Luis Arsuaga, pero después de haber leído, ”El alma está en el cerebro” decidí continuar siguiendo la pista a Eduardo Punset y la verdad es que acerté, por cierto, el libro de Arsuaga va camino de convertirse en una rareza, está agotado y no lo he encontrado por ninguna parte, en el fondo eso me alegra, entiendo que si “Mi primer libro...”, estaba destinado al publico joven y ha sido vendido por completo quiere decir que poco a poco la prehistoria va interesando a la sociedad. Bueno, la cuestión es que deberé esperar a la segunda edición para poder leerlo, comentarlo y regalarlo a un niño y a una niña que se que lo valorarán.

“Por qué somos como somos”, nos habla de eso, de nuestra personalidad, del sentido de nuestros actos, de nuestros orígenes biológicos..., sin embargo, la portada del libro, a mi parecer de un color algo aséptico, nos hace un guiño con un signo ortográfico, que yo no descubrí hasta unos días después de estar leyéndolo. Yo veía una especie de espina dorsal, algo así como el núcleo de nuestro organismo..., formada con muñequitos con los brazos y las piernas extendidas, cuando realmente era y es un signo de interrogación. Entiendo que Punset no responde a esa pregunta trascendental que da titulo a su libro, realmente él se la está haciendo, por eso rastrea con ayuda de su propia inquietud y conocimiento, entre nuestro pasado conocido, por eso entrevista a personalidades del mundo de la antropología, de la psicología, de la neurobiología..., para hallar respuestas, para arrojar algunas luces sobre nuestra fascinante y enigmática complejidad como humanos.

Y en ese peregrinar lleno de dudas, de preguntas, de cuestiones..., va acumulando experiencias que relata con un estilo ameno, sencillo y fácil de entender..., sin necesidad de tener una carrera universitaria, de hecho creo que los títulos de esta colección titulada “Biblioteca Redes” van enfocados a despertar la curiosidad por el saber sobre nosotros mismos y nuestro entorno.

Punset nos describe con ritmo y brío ese inicio de la vida en La Tierra hace unos 3.500 millones de años...,ese ambiente dantesco y terrible de una corteza terrestre bombardeada con bólidos, con meteoritos, con pedazos de asteroides que surcaban esos cielos sin atmósfera, sin oxigeno dejando sus estelas incendiarias, silbando y detonando sin que ningún ser vivo fuese testigo..., cuenta como surgen las primeras estructuras básicas, aminoácidos concretamente en ese caldo de cultivo, en las masas acuosas, en los océanos primigenios, en la sopa ancestral..., de aquellos primeros millones de años..., y me recuerda a algunas de mis lecturas pasadas, me refresca esos sencillos conocimientos que fui descubriendo gracias a mi afición a la prehistoria. Como por ejemplo el hecho increíble de que fuese un desecho de la respiración bacteriana lo que nos halla permitido ser como somos..., organismos superiores que utilizan el oxigeno para respirar. Las bacterias crearon ese oxigeno..., aunque realmente, como cuenta Punset, el oxigeno es tóxico, un auténtico veneno..., él lo explica bien, es cuestión de leer el libro. Y es precisamente, hablando de ellas, cuando nos hace ver que si hay algo casi inmortal en este planeta, ese algo son ellas..., las bacterias, que estaban aquí mucho antes que nosotros y seguirán estando bastante tiempo después.

Punset escribe su libro lleno de curiosidad y nos la trasmite, sin entrar en polémicas teológicas, afortunadamente. A través de sus páginas nos conduce hacia el origen de la reproducción sexual, nos comenta sus ventajas y sus inconvenientes. Nos invita a reflexionar sobre nuestro comportamiento, ofreciéndonos lo que la ciencia va descubriendo, de que forma influyen nuestros genes, de que forma nuestro cerebro actúa y modifica nuestros comportamientos. Hay momentos en los que llegas a pensar, como lector, que nuestras vidas no son mas que meros actos teatrales, en los que nosotros mismos, somos unos actores dirigidos por millones de bacterias y células, las que nos forman, cuyo único sentido es la supervivencia, la reproducción y la transmisión de sus genes. Eso si, tendríamos capacidad para escribir nuestros propios guiones, que sería nuestra vida, nuestro entorno familiar, nuestras relaciones sociales...

Inevitablemente, nuestro autor debe viajar a la Prehistoria para darnos mas pistas de porque somos como somos..., y retrocede hasta hace unos 40.000 años, justo cuando se calcula que se produce el gran salto cualitativo de nuestro cerebro, sería el momento en el que se activan las famosas neuronas “espejo”, esas nuevas sinapsis que nos llenarían de empatia, de ternura y propiciarían un cambio de comportamiento. Ya no sería la supervivencia por la supervivencia, seriamos capaces de quitarnos parte de nuestra comida para dársela a otro, seriamos capaces de cargar con un enfermo o de llorar por el dolor de otro, de ponernos en su piel, de reflejar su dolor en nuestro cuerpo, de llorar y de sentir angustia aunque nosotros estuviésemos sanos..., pero Punset no se entretiene demasiado, hay demasiadas cosas que contar, por ejemplo los últimos avances en neurobiología aplicados a la educación de nuestros hijos desde el mismo momento del parto..., siempre prematuros desde el momento en el que comenzamos a caminar sobre las piernas..., y volvemos a la Prehistoria, es que si no lo cuento reviento. Para que pudiésemos dejar el dosel selvático y movernos erguidos sobre los nuevos paisajes que rodearon a homo en el África natal, tras los cambios climáticos, fueron necesarios unos profundos cambios en la musculatura y en la estructura ósea de la pelvis, en ese momento, el canal de parto de las hembras se reviró y se estrechó, al tiempo que el cerebro aumentaba de tamaño y dificultaba aún mas los partos en su tiempo normal, que eran bastantes mas de nueve meses. En ese momento los recién nacidos son traídos al mundo demasiado pronto, son extremadamente vulnerables, incapaces de sobrevivir unas horas por si mismos y con sus mentes en blanco, receptivas a todo lo que la madre le vaya trasmitiendo, las emociones que esas criaturas irán gravando en sus neuronas hasta mas o menos los 6 años. Con esos parámetros emocionales se enfrentaran a la vida, a las relaciones sociales, a sus miedos, a sus fobias.

Yo lo he contado así de pasada, pero el autor nos explica el porque de la importancia del amor hacia nuestros hijos en esos primeros y decisivos años de nuestra vida.

Punset cuenta bastantes cosas más, algunas curiosas, todas interesantes, todas necesarias para saber un poco más sobre nosotros mismos.

“Por qué somos como somos” es un libro de varias lecturas, es un libro de consulta de esos que no se pueden prestar a los amigos porque en cualquier momento podemos tener una duda o un recuerdo confuso que necesitaríamos consultar.

Yo, el llamado Bicipalo, recomiendo sinceramente su lectura y sus relecturas.

Podría seguir comentando capitulo por capitulo, pero creo que con esta reseña es suficiente..., el resto hay que leerlo, sin miedo, aunque no sea una novela que todo el mundo ha leído, aunque no sea un libro de esos que descubren el secreto de la dicha eterna, aunque no sea la biografía de algún personajillo decadente de los programas rosas o de la farándula.

Leamos coño, leamos.




domingo, 8 de febrero de 2009

2ª PARTE DE "DOCE HORAS DE MI VIDA"

Él me mira sonriendo y me lanza un bocado, una dentellada postiza, sonrío y con mi pie izquierdo empujo el suyo hacia dentro, poco a poco lo voy bajando y se sienta en la cama. Retiro la camisa del radiador y le voy pasando las mangas, primero por el brazo inerte, por la espalda y después el otro brazo. Se sienta y él mismo se va pasando los botones con una sola mano, con la izquierda. El de la garganta le cuesta, no lo consigue y trato de ayudarle. Estoy sentado a su derecha y de medio lado trato de deslizar el dichoso botón por la estrecha ranura, pero tampoco puedo y empiezo a resoplar y a soltar palabrotas, mi padre se ríe y al final me rindo.

- A la mierda, pues sin botón.

Aún se ríe más y le digo que se levante para poder ponerle el chaquetón. Otra vez el mismo proceso que con la camisa, pero los botones son mas grandes y fáciles de cerrar.

- ¿El señor va a intentar poner un huevo...? -le pregunto.

Niega con la cabeza y termino de subirle los pantalones, le pongo las gafas y me señala el cajón de la mesilla de noche, lo abro y veo su dentadura inferior, se la doy y el mismo se la pone en la boca, chasquea un par de veces y sonríe.

- Nunca te acuerdas... -me reprocha con su vocecilla.

-Joder que no me acuerdo..., es que no me das tiempo a terminar de hacer las cosas.

- Pero no te enfades.

- ¿A estas alturas me voy a enfadar por eso...?, siempre ha sido así.

Su mano izquierda se aferra a mi derecha, yo estoy a ese lado, los dos de pié y él algo encorvado y con su pierna derecha un poco desplazada hacia delante. Percibo la presión de sus dedos en mi mano y durante décimas de segundo los observo cerrados sobre los míos..., podrían ser los delicados dedos de un niño envolviendo los de su padre, aprendiendo a caminar junto a él, protegiéndose tras sus piernas..., pero son los de un anciano, cubiertos por una piel quebradiza, sin elasticidad, cubierta con algunas manchas oscuras y en la que afloran pequeños moratones..., una leve presión, un pellizco, es suficiente para romper sus capilares y provocar una pequeña hemorragia, que la medicación anticoagulante, que toma diariamente convertirá en una alarmante mancha violácea.

Alargo mi brazo izquierdo y alcanzo la silla de ruedas, la hago girar y la coloco frente a nosotros. Me cambio de posición..., bailo ante mi padre una curiosa coreografía, una pauta de movimientos suaves, unos pasos desarrollados después de cinco años atendiéndole. Le suelto, permanece unos segundos en equilibrio, paso ante él, le toco en un hombro, me libero de su mano y le hago girar ante la silla..., mis largas piernas se mueven a su alrededor, se flexionan y reviran en esa danza íntima que se repite día tras día.

Lo siento conteniendo su peso, repartiendo la presión entre los cuadriceps y los músculos lumbares, me agacho frente a sus pies y los encajo en los estribos, vuelvo a levantarme y hago girar la silla por completo en el estrecho espacio de la habitación, paso rozando la esquina y mi padre aúlla..., pero tengo medido el movimiento y las puntas de sus zapatos pasan rozando la pared, encaramos el pasillo en penumbra y empujo las silla.

Veo que ladea un poco la cabeza hacia su izquierda y levanta la barbilla y lamano, mirando hacia la pared, hacia el velero que navega, ligeramente escorado y con todo el trapo hinchado con el viento. Mira hacia los galeones desarbolados con las andanadas, envueltos en el humo de los cañonazos, entre el velamen en llamas. Mira hacia la noches sin viento y con luna, hacia otro velero que permanece al pairo entre una luminiscencia extraña..., a mi me recuerda a los fuegos de San Telmo, como sutiles brasas amarillentas o verduzcas fluctuando sobre los mástiles impregnados en salitre marino..., los dos miramos los óleos que el pintó a paleta, le gustaba esa técnica. Cabecea y me señala con un gesto hacia delante

Sigo empujando la silla, pasamos ante las habitaciones de mi madre y de mi hermana Mónica, giro a derechas y la claridad del día entra por las ventanas del salón comedor, otro giro a izquierdas, encajo los estribos entre la puerta, rozo las molduras, las hojas se estremecen y saltan algunas astillas, pequeñas briznas de madera que nadie ve..., es una secuencia fuera de plano, que no percibimos en el momento, solo cuando vemos que la puerta tiene marcas, rozaduras..., pero me da igual, por todas la casa hay marcas de la silla de ruedas.

Mi padre levanta la mano derecha, es la señal de “alto”, le gusta entrar en el salón por su propio pié, es un acto de dignidad. Le acerco el andador, pero lo coloco a mi espalda, yo ya estoy frente a él, vuelvo a flexionar las piernas, lo sujeto por las axilas y basculo hacia atrás, se levanta y busca la maneta del andador. Se sujeta y yo me aparto a cámara lenta, en armonía pese a mi metro ochenta y a mis largas piernas. La encojo, pivoteo haciéndome a un lado pero sin dejar de sujetarle con un solo dedo. Ese leve apoyo me asegura de que no va a perder el equilibrio y me invade una extraña satisfacción, soy capaz de repetir esos gestos a su alrededor, de moverme en torno a él sin que nadie me lo haya enseñado, sin que ninguna enfermera y sin que ningún fisioterapeuta me haya dicho como hacerlo. Es el aprendizaje por la experiencia, por la observación..., y repito esos gestos, incluso los exagero en nuestra intimidad, quizás porque jamás he sido un tío armonioso y elegante, puede que porque nunca haya bailado y porque ya camine algo encorvado. Pero se que esto lo hago bien, como el que baila ante un espejo, a solas, sonriendo, pero incapaz de hacerlo en publico.

Y mi padre queda solo ante el andador. Esboza una sonrisa desde su rostro viejo pero aún vivaz y expresivo, de labios muy finos, como líneas estrechas. Su brazo derecho pende como siempre de un hombro demasiado laxo, al no ejercitarlo pierde el tono muscular y la articulación en si se queda desprotegida, los tendones y fibras se han debilitado y un gesto brusco podría dislocarlo, por eso, cuando lo levanto, tiro del izquierdo y solo uso su parte derecha como equilibrante. El también esta ligeramente encorvado, algo encogido y ejercita sus piernas haciendo unas leves flexiones, ahora suelta su mano izquierda, la que le sujeta al andador y queda en equilibrio por si mismo, sonriéndome, sonriendo a un publico imaginario, incluso puede que esté recordando a ese publico de jovenzuelos que le jaleaba cuando de aprendiz hacia equilibrios en lo alto de los armarios que se montaban en la carpintería del señor Noverges.

(En www.olocaudigital.com describo este pasaje en un articulo titulado “Retrato de un viejo ebanista”, si no esta en la pagina principal podéis buscarlo en la ventana Pedro Bonache, creo que es un articulo muy emotivo)

Pero en el comedor del piso solo estamos él y yo, observa los cuadros que decoran las paredes, cabecea y esa sonrisa se va diluyendo lentamente en un gesto de esfuerzo cuando vuelve a sujetarse y comienza a moverse hacia el sofá, avanza la pierna izquierda, carga su peso en ese lado, el bueno y después levanta su cadera derecha para liberar de presión el zapato de ese lado, entonces gira un poco la cintura y consigue despegar del suelo el zapato, lo mueve da un paso y de nuevo comienza el ciclo de otro nuevo paso..., su cerebro reorganizado vuelve a enviar las ordenes desde las neuronas a los fláccidos músculos de su pierna derecha. Son neuronas que se tuvieron que reordenar tras el ictus, esa pierna quedó paralizada y día tras día se fueron creando nuevas sinapsis hasta que ese fascinante órgano, logró desde la oscuridad de la bóveda craneal abrir un nuevo camino para que sus impulsos eléctricos llegasen hasta la pierna inerte.

Permanezco a su lado, le sigo lentamente, veo como va girando ante el sofá, como recula hasta que sus piernas lo tocan..., me acerco y le quito el andador, le trabo el pie derecho con el mío, los sujeto por la axila y lo voy sentando, flexionando mis piernas, ligeramente mis lumbares..., hasta que se sienta. Le coloco el cojín en la nuca, él mismo se levanta el brazo paralizado y le pongo otro cojin bajo él, así se puede masajear los dedos y el hombro no se le descuelga más. Cubro sus piernas con una mantita a cuadros rojos y azules y aparto el brasero eléctrico..., la posibilidad de un incendio me tortura y me angustia, mas que nada porque mi padre no podría escapar. También me persigue su absoluta indefensión, por eso cierro con llave cada vez que salgo de casa, mis padres se quedan solos y de nuevo los pensamientos negativos me invaden. Si alguien entrase a robar sería un desastre o a estafarlos, mi madre ya tiene lagunas mentales y me he dado cuenta de que es muy fácil engañarla. Son mayores, mi padre inválido y mamá debatiéndose entre la demencia senil y el Alzheimer. Pero parece que la medicación las va manteniendo a raya, aunque cada día que pasa emerge alguna señal que te indica que sus neuronas van muriendo, que esas sinapsis prodigiosas se van apagando, que su actividad cerebral se va desorganizando..., y uno es testigo de todo eso, surgen las preguntas, los interrogantes...

Le doy el mando a distancia y regreso a la cocina a prepararle el vaso de leche con Colacao. Lo caliento en el microondas y la magdalena se hunde en la leche chocolateada, vuelvo al comedor y saco sus pastillas. Un protector de estomago y otra para la tensión arterial, se las pongo en la boca y después una cucharada de sopitas.

- ¿Cuántas has puesto...? -me pregunta.

- Una, que son muy grandes y no es bueno que tomes tantas magdalenas.

Cabecea sin apartar los ojos de la televisión, va cambiando de canales, bastantes con esto del TDT..., le voy dando cucharadas, en pie, a su lado..., y vuelvo sentirme mal..., mi padre ni siquiera puede paladear esa cucharada de magdalena y Colacao, conforme traga le preparo otra y así hasta que acaba, bueno, en el camino yo me tomo alguna de ellas y él se cabrea. A veces mi madre me ve hacerlo, eso de comer de la misma cuchara de mi padre y dice, moviendo la cabeza “es que no te da asco nada...” y yo pienso en mis perros. También me recrimina de vez en cuando, ella, mi mamá, que no me ponga guantes para limpiarle las heces cuando hace de vientre. A estas alturas ya no me importa, la verdad, es algo que se supera, incluso a veces me quedo mirando el “pastel” muy cerca de mis ojos..., realmente forma parte de nosotros, son los restos de todo el proceso digestivo y depurativo.

Recojo los posos de chocolate por disolver que han quedado en el fondo del vaso, se los doy y echo una mirada por la ventana, sonrío comprobando que el sol da de lleno en los edificios del otro lado de la calle..., bien, bien, hoy puede que me lo pase bien con la Flaca, ya tengo ganas de que llegue la hora de comer para despues irme con ella al camino de las Canteras, la ruta eterna, pero siempre hermosa y placentera.

Mi padre sigue cambiando de canales, utiliza el pulgar izquierdo y a veces se equivoca de tecla y la tele se queda sin voz o cambia el formato de la imagen o se sale del sistema digital y regresa al analógico..., muchas veces se le cae al suelo y si no hay nadie en ese momento, se queda ahí, junto a sus pies.

Las imágenes se van sucediendo en la pantalla y se queda en un canal local que emite películas bastante antiguas..., el sonríe y deja el mando a su izquierda, junto a su pierna. A veces me siento junto a él y veo un poco de esas películas americanas de los años cuarenta, en blanco y negro, auténticas joyas del cine y que mi padre visiona emocionado, es una forma de regresar a su juventud, a aquellos domingos en los que con unas tristes pesetas en los bolsillos disfrutaban de una manera sencilla..., a mi también me gusta ver ese cine de vez en cuando, descubro unos guiones brillantes, unas puestas en escena mas tranquilas y unos actores con verdadero peso especifico en la pantalla, no hay efectos especiales ni secuencias vertiginosas..., eran auténticos maestros, aquellos directores junto a los olvidados y huidizos guionistas.

- Voy a ver a la mamá.

Él asiente, cojo la silla de ruedas, la dejo en el recibidor y recorro el pasillo en penumbra, abro un poco la puerta de la pequeña habitación y noto el frío haciéndome cosquillas en la nariz. Ella está tumbada de medio lado, cubierta por las mantas.

- ¿Cómo estas, mama...?.

Se da la vuelta y asoma sus ojillos achinados.

- No he dormido en toda la noche..., y ahora que me iba a dormir mira quien ha venido...

Separa un poco la colcha y descubro al pequeño Cecil hecho un ovillo entre las pierna de mi madre, como si lo acabara de parir.

- Vaya, no sabia que tenía un nuevo hermano.

- Eso digo yo..., ¿ya has levantado al pare...?.

- Si, pero tranquila, esta viendo la tele y dentro de un rato volveré a subir..., duerme un rato más si quieres.

Dice que si que con la cabeza y vuelve a taparse, durante unos segundos observo la habitación y me invade cierto desasosiego. Es un dormitorio pequeño, tiene un mueble cajonero a la derecha, un armario empotrado a la izquierda y la mesilla de noche, la ventana junto a la cama y nada más..., es lo único que se pudo hacer al mudarnos tras el infarto cerebral de mi padre. Dejamos el viejo piso de alquiler sin ascensor, una de mis hermanas pasó a vivir en él y nosotros a este mío de noventa metros. En el otro mi madre disfrutaba de una habitación doble de matrimonio, luminosa y cálida. Un enorme armario de estilo clásico llenaba una de las paredes, en una generosa cómoda guardaba su ropa íntima y en un armario empotrado, algo mas de ropa, carpetas, bolsos..., sus cosas personales. Muchas veces la veía coser en aquella habitación, ropa para mis cuatro hermanas o cortinas para la casa..., y ahora duerme ahí, entre unos muebles que ella no eligió, con un visillo calado, que ella no tejió cubriendo la ventana y con un pinsher miniatura entre sus piernas..., puede que lo único agradable y tierno que le ha pasado en los últimos meses. Mi madre jamás nos permitió tener perros o gatos, su oposición era feroz e inapelable, no había lugar a la insistencia ni a los lloriqueos o pataletas..., un pellizco o una mirada suya era suficiente para dejar de hacer tonterías. Y yo no terminaba de comprenderlo, encontraba diferencias cuando subía a jugar a casa de mi amigo, yo vivía en la puerta 6 y Vicentin en la 7, ellos tenían perro, siempre habían tenido. Y sin embargo, ahora, treinta años después, mi madre descubre el placer de la compañía de ese pequeño diablillo de color marrón clarito.

Cierro la puerta y me asomo al comedor, vuelvo a asegurarme de que el brasero está lo suficientemente alejado de la manta que cubre las piernas de mi padre y me despido.

- Bueno papa, me bajo, dentro de tres cuartos de hora vuelvo a subir.

El afirma con la cabeza, luego me mira.

- Pero no te vayas..., que igual cago..., es que noto, burruumm, burruumm.... -me advierte haciendo girar su mano izquierda sobre su estómago.

- Vale, vale.

El burruumm, burruumm..., es el ruido que hacen sus intestinos excitados por los laxantes, él se imagina sus heces desplazándose entre ellos, haciendo ese ruido sordo que escapa desde su tórax.

Salgo de casa y cierro con llave, bajo las escaleras trotando, girando a izquierdas, recorro el patio y ya en la calle vuelvo a mirar hacia arriba. El sol ilumina los últimos pisos, los áticos..., apaga con su luminosidad las lucecillas navideñas que decoran algunos balcones, ilumina también a los grotescos Papa Noel colgados de las cuerdas en una escalada perpetua hacia esos hogares en los que aún huele a langostino a la plancha de la noche anterior y en los que los padres amanecen desesperados porque los niños están en casa y molestan, no saben que hacer con ellos..., pero esto se acaba y el miércoles, por fin hay colegio, pero primero a la guardería aunque sea a las siete de la madrugada. No importa que las criaturas duerman tranquilas en sus casas, si hace falta se les despierta a las seis de la noche porque los papas y las mamás tienen que ir a trabajar.

Voy caminando por la acera y unos metros por delante reconozco la silueta de un vecino de toda la vida, es Juan, como “el viudo”. Anda con una pequeña bolsa de plástico colgada de su mano izquierda, un accidente de trabajo casi le amputó varios dedos, pudo salvarlos pero quedaron inmovilizados en una especie de gancho, con sus tendones contraídos para el resto su vida. Anda a un paso bastante mas lento que el mío y cargando el peso de su cuerpo de una cadera a otra, con la cabeza ladeada..., quedo a su altura y le saludo.

- Bon día, Juan

Me mira y se para.

- Ah..., Pedrín..., ¿qué has ido...?, ¿a ver al padre...?.

- Como siempre..., ahí lo he dejado, viendo la tele.

Juan aprieta los labios, ya marchitos en un rostro que envejece día tras día..., escucho su respiración, noto como su cerebro organiza las letras, las palabras que pronunciará y observo su cara, el tiempo, los años..., van deformando los rasgos de su juventud.

- Eso que tu estas haciendo..., es muy grande, muy grande... -afirma dándome golpes en el hombro con su mano garfio- eso hay muy pocos hijos que lo hagan, ¿sabes...?.

- Es lo que hay que hacer, ¿no...?.

- Los vecinos lo dicen...

- Ya..., venga Juan, voy a continuar.

- Hala, adiós.

Sigo caminando hacia la carpintería y la sonrisa que se formaba en mi rostro mientras hablaba con el vecino va desapareciendo..., desde hace unos años me pasa esto. Algún vecino o vecina me para y me pregunta por mi padre o por mi madre, después recuerdan como era él y terminan dándome ánimos y alabando lo que estoy haciendo. Mi imagen esta quedando como la del hijo perfecto, como la del hijo que asume los papeles de hija abnegada y que renuncia a su vida. Al principio me ayudaba, realmente unas de las necesidades básicas del ser humano es el reconocimiento, el agradecimiento. Pero ahora no me siento tan bien, yo no soy esa persona dulce y cariñosa, noble y sensible que todos se creen..., soy alguien lleno de vicios y de miserias, de manías y de miedos, de complejos..., en una lucha continua entre mis lóbulos frontales y esas emociones negativas, esas tendencias oscuras que mantengo a raya, con las que lucho como creo que hace muchísima gente o eso creo.

A veces me tortura esa lucha interna, bueno, muchas no, bastantes veces..., por eso me siento casi como un hipócrita cuando recibo esas alabanzas. En mi intimidad se quien soy o mejor dicho se cuantas personas soy en mi mismo, cuantas anidan en mi mente. Son esas reacciones súbitas de rabia o de cólera, que logro aplacar, contener, que estallan en mi interior pero que no llegar a aflorar, casi siempre contra desconocidos o contra mis padres, ellos son débiles e indefensos. Alguna vez, cuando mi padre me ha despertado dos o tres veces durante la noche, cuando se golpea en el estomago para poder orinar, cuando tose ruidosamente, cuando se queja en una letanía que se alarga en esa noche..., o cuando me mancha la cama de heces, en los escasos segundos que tardo en cambiarle de empapador o cuando llego al casa, abro la puerta y entro en el comedor, me ve y me dice.

- Que me cago...

O cuando los domingos me levanto a las siete de la mañana para que me de tiempo a salir con la Flaca, casi de noche, con las luces encendidas, pedaleando a solas, haciendo algo mas de 60 kilómetros a buen ritmo, para llegar a casa y levantarlo..., a veces, al pasar por el aparcamiento de Porta Coeli me encuentro con algunos colegas que van ha salir con las bicis de montaña, entonces paro y charlo un rato con ellos, me socializo un poco, interactúo con los de mi especie y regreso dando pedales mas deprisa. Cuando entro en el dormitorio protesta, levanta la voz y agita su único brazo..., he llegado tarde y en casa no hay nadie, madre duerme..., y me quedo ahí, de pie en la habitación, mirando a la pared, sin escucharle, como vacío, preguntándome quien soy realmente, cual de las emociones que conducen mi vida es la adecuada, cuanto he desaprendido y cuando aflorará el ser verdadero que habita en mi o la persona que quiero ser..., entonces respiro, cierro los ojos y noto las patitas del pequeño Cecil sobre mis pantorrillas, aún tensas de la pedalada, lo acaricio un poco y pongo la ropa de mi padre calentar, subo la persiana y le miro...

La calle esta silenciosa, no escucho el griterío de los chiquillos en el patio del nuevo colegio habilitado entre los muros de lo que fue la antigua Cárcel de Mujeres de Valencia..., casi todos los días, cuando bajo de echar un vistazo a mi padre les veo corretear, jugar tras las enormes rejas restauradas. Sobre esas mismas crecía una gigantesca buganvilla que murió con la reforma..., escucho el alboroto de sus vocecillas excitadas y me acuerdo de Pilar, mi ex. Ella es maestra de infantil y una ciclista “pura sangre” de carretera. Recuerdo una de esas mañanas de entre semana que salí con la Flaca, decidí pasarme por su colegio a la hora del recreo y la encontré en el patio, vestida con el gracioso babero y con su melena negra cayendo sobre la tela rayitas blancas y azules. La estuve observando durante unos minutos hasta que me descubrió. Mientras se acercaba una nube de niños la rodeaba, algunos lloriqueaban, la llamaban por su nombre, algunos se tragaban los mocos y todos la adoraban.

Escucho los timbrazos del telefono a través de la puerta de la carpintería, abro, atravieso el taller y cojo el inalámbrico.

- ¿Si...?.

- Soy Jaime, Pedro..., pero no te voy a hacer ningún pedido -confiesa entre risas y casi como excusándose.


viernes, 6 de febrero de 2009

MI MADRE, MERCADONA Y MIS "NEURAS".


Creo que cada vez soy más maniático, que tengo como más “neuras”, que ando señalando todo lo que no me parece bien y que no creo en nada de lo que me rodea. Murmuro ante los telediarios o cuando ojeo el periódico, bueno solo la portada, cuando tomo café a las siete y media de la madrugada en el bar, resoplo con desdén ante los titulares, digo algo pero me doy cuenta de que la gente, a esa hora de la mañana no tiene ánimos como para empezar a escuchar mis peroratas incendiarias

Y una de esas manías, de esas fijaciones, la tengo con el café que tomo en casa, siempre compro Marcilla mezcla, mitad torrefacto y mitad natural. Es un café denso, con cuerpo, negro y que aguanta bien la cucharada de leche condensada, una cucharada pequeña, suficiente para darle color, para mitigar su amargura..., lo consumo como un poseso, me paso todo el día enroscando y desenroscando la pequeña Oroley, poniéndola al fuego y abriendo la tapita justo cuando empieza a brotar, es el momento el que escupe por la torrecilla y mancha la pared de la cocina...,

Algo que enfadaba a Pilar, mi expareja, también ciclista y de pura cepa, hasta el punto de que terminó comprándome una cafetera eléctrica Alicia con tapa transparente, para que pudiese ver como salía sin necesidad de levantarla..., por todo eso, cuando a las seis de la mañana abro el armario de la cocina y descubro que el paquete de Marcilla esta vacío, pues, me entran los temblores..., lo mas gracioso es que soy yo mismo quien lo vacía y vuelve a dejarlo en el armario..., los tíos somos así y si no todos, pues unos cuantos.

Mi madre toma Nescafé, ella sola en la cocina, sentada en esa silla en la que yo no quepo, con el pequeño Cecil merodeando a ver si cae un trocito de magdalena o de galleta..., y me imagino que me escucha diciendo que no queda café. Un rato después, se suele vestir, se pone su chaquetón el gorrito, coje su bolso y cuando yo estoy terminando de atender a mi padre, dice.

- Voy al Mercadona..., faltaba café, ¿no...?.

- Si, ¿pero te acordarás de la marca...?.

- Marcilla mezcla -responde levantando la barbilla, orgullosa de su ejercicio de memorización, orgullosa de demostrarme que aún logra manejar una memoria herida por la degeneración neuronal.

-Muy bien, muy bien.

Entonces la veo marchar y me entra el pánico, los miedos..., es tan frágil como mi padre, delicada como una anciana y es posible que cuando salga a la calle se halla olvidado de porque ha bajado. Pero ella tiene unas sendas, unas pautas y casi seguro que se tomará un cortado en una de esas franquicias que venden pan y sirven “cafeses”, después se asomará por los bazares de los chinos y al final entrará en el Mercadona. Deambulará con paso lento entre las estanterías, saludará a alguna de las empleadas, comprará media docena de cosas..., muchas veces repetidas, bolsitas de frutos secos, alguna tarrina de leche de almendras, una botella de horchata, una bandeja de arreglo para cocido..., y pan. Saldrá del supermercado y regresará a casa con ese mismo paso lento, cargada con la bolsa de plástico y apretando el bolso en el otro costado. Se encontrará con el algún conocido, con alguna conocida y de nuevo en casa me dirá.

- Hoy me han dado recuerdos para el padre..., pero yo no se quien era, ah y me han dicho en el Mercadona que no van a tener mas café de ese que tu tomas..., y me han dado este.

Mi madre saca de la bolsa un paquete de Saimaza, me lo pone en mi mano y medio entornando los ojos leo que es natural, la miro y sonrío condescendiente.

- No mamá, querrán decir que se han quedado sin stock...

Ella niega con la cabeza.

- No, no, que no van a tener nunca más.

Abrí el paquete y preparé una cafetera, meneando la cabeza y murmurando por lo bajo, sin que ella me oyese.

- Señor, señor..., que mala es la vejez.

Esperé un par de días y me acerqué por el supermercado a comprar mi café, imaginando que ya lo habrían repuesto. Me moví con soltura por entre los estantes, cargué con un par de botes de comida húmeda para Norton y Mía, miré furtivamente a las empleadas que me gustan, en todos los Mercadotas hay empleadas que me gustan y haciendo fintas entre carritos de la compra, esquivando a niños maleducados que tiraban de las cestas verdes..., aterricé por el rincón del café, en ese momento me quedé sin respiración. Mis ojos recorrieron todos los estantes, todos los mostradores y descubrí horrorizado, entre jadeos y convulsiones..., que no existía mas marca de café que la de Hacendado, la marca déspota de Mercadona, la marca blanca, que como un voraz cáncer va devorando la competencia de una forma ruín, rastrera y tiránica. Incluso el mismo nombre “Hacendado” me sugiere la idea de un potentado prepotente, la del terrateniente explotador, la del cacique, la del señorito montado a caballo, recorriendo las fincas y cortijos mientras los braceros siegan al sol, encorvados y hambrientos, sumisos y humillados..., bajo los cascos del corcel.

Salí de allí nervioso, subí a casa, dejé los botes, di la razón a mi madre y me encaminé con paso rápido hacia el Consum, tan rápido que casi choqué de frente con Enrique, un amigo que también caminaba ensimismado, con la frente arrugada y la mirada centrada en si mismo.

- ¡Coño Enrique...!, hostia tío, llevo un mosqueo..., creo que voy a boicotear a Mercadona..., y ahora voy para el Consum.

Enrique suelta una carcajada y arquea su espalda. Es tan alto como yo pero más delgado y con unas generosas entradas. Es un tipo coherente, con principios, vegetariano por respeto a los animales. También forma parte de una asociación cultural que vela por la protección de los escasos bosques que aún quedan en la Serranía de Chiva..., y escaló el Kilimanjaro, hace unos años, pero siendo carnívoro. Alguna vez me ha confesado que ahora mismo no podría repetirlo, le haría falta algo más que platos de alubias y lentejas.

- Me río, Pedro, porque yo vengo de boicotear al Consum y voy a comprar en el Mercadona.

Ahora soy yo el que se descojona, no me lo puedo creer, parecemos dos maniáticos “tocapelotas”, dos “moscas cojoneras”, dos inconformistas a los que nadie hace caso, dos tipos que tratamos de escapar de la influencia nociva de los medios de comunicación, de las tendencias manipuladas, de la información tergiversada..., pero que terminamos descubriendo que ahí hacia donde miramos, siempre hay algo mejorable, algo que no está bien, incluso cuando por las mañanas nos vemos reflejados en el espejo del baño.

Le cuento la paranoia del café y el me confiesa la suya.

- Es que en Consum han contratado a guardas de la Levantina...

- Joder...

- Les he frito a correos pero ni caso.

Aprieto los dientes, la Levantina es una empresa de seguridad que siempre se ha asociado a gente de poco tacto y de porra rápida, de pocas palabras y muchas hostias..., no tiene muy buena prensa, la verdad. Y no puedo evitar recordar una noticia que apenas si tuvo eco en los telediarios, fue hace unos días, en una de las delegaciones de Pirelli en España, no recuerdo en que provincia ocurrió pero el caso es que cuando los empleados se presentaron a trabajar, como cualquier otro día, se encontraron con una barricada de gorilas uniformados, entre ellos un negrazo ciclópeo, que les pedían el carné de identidad, que comprobaban los datos en una lista y que con un asqueroso ladrido anunciaban quien entraba o no, quien estaba despedido y quien entraba..., fue algo nauseabundo, algo insultante en medio del anodino, cobarde y falaz talante de un gobierno socialista arrodillado frente al capital. Me sentí impotente ante semejante atropello y desde luego decidí no comprar en mi vida ni un solo neumático Pirelli. Es triste comprobar como se trata en este país socialista a los trabajadores y como los medios de comunicación pasan de puntillas ante algunas noticias...,

Charlamos un poco más, tratamos de arreglar el mundo, de sacar algo en claro de la sociedad que nos rodea y terminamos siguiendo nuestros caminos, Enrique encaminándose hacia el Mercadona y yo hacia el Consum.

Finalmente entré, compré dos paquetes de Marcilla y durante varios minutos paseé por el supermercado y descubrí que en el universo existían más marcas que las que había en Mercadona, caí en la cuenta de que podía elegir, incluso encontré pechuga de pavo fileteada, una carne bajísima en grasas, ideal para los ciclistas como yo o para cualquier persona que le apetezca ingerir proteínas saludables. Seguí con mi paseo hasta llegar a la carnicería, allí dos personas atendían a los clientes, bueno, realmente a las clientas. Ellas observaban las piezas despiezadas de vacuno, esperaban su turno y cuando les tocaba levantaban el brazo sujetando el numerito y después señalaban a través del cristal. Las escuché pidiendo media cuarta de aquello, unas carrilladas, algo de solomillo, tres cortadas de esa pieza..., observaban como el carnicero deshuesaba, como partía a golpe de cuchillo, como cortaba con habilidad y saber hacer y como preguntaba.

- ¿Algo más, señora...?.

La mujer echaba un último vistazo y negaba con la cabeza, así una y después otra, algún hombre pedía lo que su mujer le había apuntado en un papel y el carnicero volvía a mover los filos de sus cuchillos entre tendones, entre franjas de grasa, entre carne rojiza, entre vísceras..., desarrollando un oficio, una habilidad ancestral y trabando una relación humana con la clientela. Algo imposible para una bandeja de corcho inanimada y forrada herméticamente con una película de plástico..., de esas que ahora habitan en los refrigeradores de Mercadona.

Mi madre me dice que le da rabia no poder comprar lo que le hace falta, le fastidia tener que cargar con una bandeja que no sabe si esta en condiciones o no. Realmente se sintió dolida cuando reorganizaron el Mercadona de la calle Castañ Tobeñas, aquí en Valencia, desaparecieron los carniceros y los charcuteros y todo se volvió aséptico y silencioso. Algo ideal para ciertas personas que no tienen tiempo y cargan la carne y los derivados ya empaquetados, así no tienen que hablar con esos empleados, los mismos que con el tiempo conocían exactamente tus gustos y manías, las neuras y las preferencias a la hora de pedir ese tipo de cortada o ese jamón serrano en lonchas finísimas.

Mamá también se preguntó si a esas personas las habrían despedido..., según José Luis no se despidió a nadie y la reforma se hizo por higiene y por dar fluidez al servicio. Bueno, no he dicho quien es José Luis. Es un ciclista tenaz, simpático, atractivo físicamente, hablador y entregado cuando pedalea sobre su Time de carretera. Yo y Pilar hemos hecho bastantes kilómetros junto a él y junto a otros ciclistas de la Peña Ciclista de Rocafort, muchos de esos “carreteros” también son ejecutivos de Mercadona. Yo ya no ruedo con ellos, cuando Pilar y yo lo dejamos, pues eso, dejé de hacer carretera en compañía de la peña, pero muchas veces me cruzo con ellos, nos saludamos con unas voces y seguimos pedaleando, pero casi siempre en direcciones opuestas. José Luis tiene peso en la organización, en las ventas, más concretamente. Yo solía hacerle comentarios hasta que Pilar me dijo que dejara de agobiarle, que a él le gustaba pedalear para olvidarse del trabajo y no para que un plasta como yo andara picoteándole como un pájaro carpintero. La misma Pilar también me contó que José Luis empezó como carnicero..., en una tienda de Mercadona, era lo que sabía hacer, y debió de hacerlo muy bien, debió de demostrar sobradas aptitudes porque hoy en día ocupa un cargo nacional y se pasa la semana viajando por todo el país. Cuando me enteré de eso sonreí satisfecho, por lo menos la empresa había reconocido sus meritos y la verdad es que lo sigue haciendo con muchos de sus empleados y empleadas, de hecho ser trabajador de este monstruo de la alimentación se considera casi un privilegio. Yo suelo hablar con algunas de ellas y están bastante contentas, los horarios son flexibles, los sueldos aceptables y el trato es respetuoso, se garantizan sus derechos y sus pagas..., eso esta muy bien pero uno de sus “talones de Aquiles” sigue siendo la imposibilidad de librar un fin de semana completo. En Mercadona todo Dios trabaja todos los sábados del año..., me parece algo infame y deplorable en una empresa que gana toneladas y toneladas de dinero, en una empresa en la que los beneficios se les escapan de las manos. Dice algún rumor que los ejecutivos se están planteando hacer turnos rotatorios para que los trabajadores puedan librar algún sábado que otro, pero eso hace falta verlo para creerlo.

El caso es que salí del Consum y subí a casa, me preparé una cafetera con mi café favorito y llamé al telefono de atención al cliente de Mercadona, me contestó una señorita con acento valenciano y me atendió con exquisita paciencia, con atención ilimitada y tomando nota de mi rapapolvo. Podía escuchar el tap, tap, tap..., de las teclas del ordenador al tiempo que ella trataba de defender a la empresa con un gran respeto hacia mis quejas, pero poco a poco comprobaba que no mentía, sobre todo al descubrir que efectivamente, el café Marcilla mezcla, estaba dado de baja en el supermercado de Castañ Tobeñas de Valencia, mientras que en otros si se vendía. La muchacha no terminaba de entenderlo y ya puestos aproveché para hablarle de las grasas hidrogenadas, del aspartamo, de los aditivos que los productos Terrateniente, coño, quiero decir Hacendado..., utilizan masivamente, no pude evitar volver a comentarle la salvajada alimentaría que supone preparar las palomitas de maíz para microondas con aceite de palma hidrogenado..., un producto con el que miles de niños españoles meriendan viendo una película de video. Solo se que las grasas hidrogenadas están prohibidas en Suiza y Dinamarca y que su consumo se asocia a la obesidad precoz, con el aumento del colesterol, con el aumento de la presión arterial, con el daño en la membrana celular...

Ya fatigado, me despedí agradeciéndole su santa paciencia y reconociendo que en muchas ocasiones Mercadona reacciona con rapidez ante las quejas de los usuarios y confesándole que algunos de sus productos están muy buenos, como por ejemplo el café mezcla para cafetera express.

Colgué y terminé de dar unos sorbos al café Marcilla..., es el que me gusta y mientras pueda trataré de elegir, trataré de escapar de la manipulación, trataré de buscar mi camino.




domingo, 1 de febrero de 2009

12 HORAS DE MI VIDA. (1ª PARTE )



Oscuridad al otro lado de mis ojos abiertos, tumbado sobre el costado derecho..., me vuelvo hacia el otro lado y mi mano emerge de entre las sabanas, se mueve en esa misma ausencia de luz y oprime el pulsador del despertador.
Una luminiscencia verde ilumina la pantalla rectangular.
5:59 AM.

Desconecté la alarma programada para las seis de la madrugada y encendí el flexo, aparté la manta y me senté en el borde de la cama, mi padre dormitaba a mi derecha, como siempre..., hace ya cinco años que dormimos juntos, justo desde que salió del hospital, unos quince días después de que un ictus provocase la muerte de parte de su tejido cerebral. Desde entonces no puede caminar, apenas unos pasos, sujeto a un andador con una sola mano, con la izquierda, exactamente. Su brazo derecho pende casi muerto y la mano permanece inmóvil, sus dedos quietos, extendidos..., masajeados por su otra mano continuamente. Siempre se la sujeta y la ejercita, él mismo se alza el brazo ayudado con la mano buena, lo mueve hacia delante y hacia atrás.

Mi padre pasa de los ochenta años y está herido de muerte, en la naturaleza ya habría muerto..., quizás una afirmación descabellada pero no puedo evitar ligar la realidad que me rodea a esas ciervas, a los mamuts, a las primeras poblaciones humanas, a la dureza de sus vidas y a la Selección Natural actuando sobre ellos en estado puro..., sin embargo, sigue vivo y abre sus ojillos azules, aún vivaces y llenos de ilusión, algo inconcebible en su situación, para su destino tan fácil de intuir, para un hombre hemipléjico, para un ser dependiente por completo de otra persona..., abre sus ojillos azules y me mira.
- Bon día, pare... -le saludo susurrando, ya vestido- ¿va un cafenet...?.
Normalmente no hablo en valenciano, bueno, de hecho no hablo, pero a veces me gusta dirigirme a él así. Le he dicho “buenos días y si le apetecía un cafetito”. El afirma con la cabeza y salgo de la habitación..., percibo el frío del pasillo al abrir la puerta y camino a oscuras hasta la cocina, doy la luz y desenrosco la cafetera, la cargo con una buena dosis de café torrefacto y las llamas azuladas envuelven la base de la Oroley de dos tazas. Me siento en una silla pequeña, en la que apenas tengo sitio y me abrazo a mi mismo, como ayudando a mi organismo a retener el calor..., mi padre no puede hacerlo, por eso, cuando bajan las temperaturas me pide que conecte el radiador. Se lo pongo cerca de su cama y él se remueve bajo el edredón, sonriendo y confesando con su vocecilla.
- Uummm, que calentito estoy...
Necesita de ese calor para sobrevivir, su cuerpo es casi incapaz de regular la temperatura y en verano, con el calor, me pide que conecte el ventilador, a la velocidad máxima..., aunque, a mitad de noche, cuando por el sonido de su respiración intuyo que esta dormido, me levanto y lo pongo al mínimo..., y menos mal que se trata de un ventilador clásico y no de un aire acondicionado.

Me quedo observando el fregadero distraídamente, divagando, sin noción del tiempo..., hasta que el gorjeo del café brotando por la torreta me devuelve a la realidad, me levanto rápido y retiro la cafetera, no me gusta que termine de salir toda el agua, me gusta el café espeso y fuerte. Me preparo el bombón tan solo con una pizca de leche condensada y me lo llevo al lugar digno..., otra manía de las que no gustan a las novias o las mujeres, al final no se como lo hago pero termino manchando con algunas gotitas del café el suelo o dejando algún cerco en el borde de la pila o en la esquina de la bañera..., que no usamos, por cierto y que en casa de un hemipléjico es un auténtico y absurdo obstáculo, sobretodo cuando el constructor decidió repetir bañera en el otro cuarto de baño.
Mespués le llega el turno a mi padre, le caliento un vaso de leche, le añado el café sobrante, no mucho porque en la primera toma ya casi me lo bebo entero, le añado un poco de miel y regreso al dormitorio. Continúo con el ritual de todos los días, con esa rutina que a veces me ha desesperado..., pero que año tras año voy asimilando como mi obligación, como una tarea más, como algo natural, como un rasgo de humanidad...
- Ya estoy aquí.... -murmuro dejando el vaso en su mesilla y retirando una pieza de DM que corté con forma de suave cuña y a la que pegué una palangana, en ella le dejamos un orinal especial, en forma de botella apaisada para que él mismo pueda orinar sin necesidad de llamarme, aunque un par de veces por la noche me despierto para vaciársela y de paso pues para aliviarme yo.
“Ya estoy aquí...”, vuelvo a murmurar a mi mismo, como una frase puede elevar el espíritu, el animo, la alegría, como puede llegar a sorprenderte y llenarte de gozo..., solo una frase colgada.
Cojo el mando que controla los movimientos de la cama y el servo comienza a zumbar elevando la parte del tronco, los casquillos de las articulaciones chirrían, paro y su mano busca el vaso calentito, sus dedos envuelven el cristal y da un sorbo.
-Ummm, que bueno..., ¿le has puesto miel...? -pregunta con un hilillo de voz y arrastrando las “eses”.
- Claro.
Mientras bebe aprovecho para calzarme, para colgar el móvil en el cinturón..., y espero sentado otra vez en el borde de la cama. Cuando termina vuelvo a bajar el cabezal articulado, le doy un beso y le tapo bien.
- A las nueve y media subo.
El afirma con la cabeza, sonrío y vuelvo a recorrer el pasillo, salgo de casa y voy bajando las escaleras, cuando llego al rellano lanzo la vista por delante, buscando la calle y sonrío cuando a través de los cristales veo la acera seca, por lo menos no llueve, aunque en la tele dijeron anoche que venia otro frente frío, otro frente lluvioso, otra borrasca.
La calle esta desierta a las siete menos cuarto de la madrugada, las farolas de estilo años veinte, de estilo Belle Epoque..., colgadas por la alcaldesa en un barrio de clase media de arquitectura sencilla vulgar, iluminan con su luz acervezada las hileras de coches aparcados y cubiertos de gotitas de agua por el rocío, veo también los voluminosos contenedores, concebidos para ser vaciados por los brazos mecánicos de los nuevos y flamantes camiones del servicio de recogidas de basuras..., pero que son imposibles de abrir y usar por cualquier anciano por sano y entero que esté, es muy difícil accionar el pedal con un pie y luego voltear la bolsa por encima de tus hombros..., pero eso a los del ayuntamiento les da igual, a ellos solo les interesan las comisiones que cobrarán por aprobar la compra del nuevo equipamiento, algo parecido a lo de las farolas, es posible que Jack “el destripador” cometiera sus crímenes bajo algunas muy parecidas a estas.
No tardo nada en llegar a la carpintería, vivo en el número 25 y trabajo en el 9, abro y enseguida pita el avisador de la alarma, introduzco el código y recorro el viejo local a oscuras hasta que llego a la sala máquinas y abro el conmutador de la luz, parpadean algunos fluorescentes y la carpintería se ilumina, la descubro tal como la dejé ayer y tal como es, vieja, antigua, con algunas paredes de ladrillo macizo amarillento y cubiertas casi por completo por cientos de plantillas, de modelaje acumulado año tras año.





Con una mancha oscura en otro de los muros, una huella antigua, de la época en la que la cola se tenía que calentar para diluirla y poder usarla. La descubro con el nuevo doble techo que cubre la maquinaria y con la mampara de madera, formada con paneles tipo sándwich de fibra y combinados con ventanas de cristal acústico. Al otro lado de la cabina insonorizada, tengo los tablones de pino gallego que utilizo para hacer los armazones de los sofás, en una mesa frente a ellos los dejo caer y voy marcando las piezas que necesito, los llevo junto a la sierra de cinta y cuando tengo los que necesito empiezo a cortarlos, después tengo que sacar tiras largas según la medida..., los volantes giran y los dientes van devorando la madera, muerden sacando nubes de serrín que el aspirador engulle frenético, otras motas se extienden sobre la mesa de fundición y caen sobre mi ropa..., mis amigas dicen que cuando subo a verlas, huelo a madera, a pino..., después tengo que limpiar y escuadrar las piezas en bruto, de ahí vuelvo a la mesa y marco ya en limpio, las dimensiones y formas, de nuevo a la sierra, a la mechonadora, a la agujereadora..., recojo el material y lo llevo a otra mesa, de 2.40 de larga por 1.00 de ancha, a la entrada del taller y ahí comienzo a montar..., y miro la hora, son las ocho y cuarto y me apetece otro café. Dejo el material preparado, salgo de la carpintería y la luminosidad me sorprende, levanto la vista y descubro un cielo limpio de nubes, un estrecho pedazo entre las fachadas de las viviendas.
Normalmente tomo ese café media hora antes, pero hoy es víspera de Reyes y hay mucha gente de vacaciones, entre ellos el dueño del bar en el que desayuno por segunda vez con conocidos del barrio..., pero está cerrado y por eso voy a otro que abre un poco mas tarde. El café no es tan fuerte pero se puede tomar y de camino puedo ver un poco mas de cielo, incluso las copas de los chopos y pinos piñoneros que asoman desde el cauce viejo del Turia, por encima de los viejos pretiles de piedra..., es cierto, no hay nubes y amanece despejado..., lo tengo claro, hoy haré bici después de comer, como todos los miércoles del año, el día lo merece y lo más seguro es que mañana llueva, según la caja tonta.
Me tomo el café tocado de leche y regreso a la carpintería, a mi cueva, a la caverna, cierro la destartalada cancela y paso un ganchito por un cáncamo, es mi sistema de seguridad para que nadie me sorprenda entrando con ánimos poco nobles. Cuando estoy trabajando con las máquinas no oigo nada, podría entrar un mamut barritando y yo podría seguir alimentando la regruesadora tranquilamente y divagando..., los tiempos han cambiado, hace unos años mi padre y yo trabajábamos con las puertas abiertas, confiados y saludando a los vecinos que se asomaban, dando los buenos días o preguntando cualquier cosa, pidiéndonos alguna cuñita para las puertas o algún palito fino para clavar en una maceta, pidiéndonos un poco de serrín o virutas para los hámster de sus hijos. Hoy tengo miedo y estoy a solas en el taller, prefiero tener las puertas cerradas y desarrollar mi trabajo concentrado y sin distracciones..., de vez en cuando suena el timbre y al abrir, el husky siberiano de mi amiga Inma entra dando saltos buscando a Cecil, el pinscher miniatura de mi hermana..., pero no hoy no me lo he bajado, imagino que dormía junto a mi madre, bajo sus mismas mantas, enroscado como un pequeño osito hibernando.


Charlamos un rato y mi amiga se va, yo sigo montando los “delanteros” y “traseros” del sofá y miro el reloj..., son casi las nueve y media, apago los fluorescentes y me subo a casa. Dejo de lado el ascensor y salvo los escalones hasta el tercer piso, entro en casa y la encuentro silenciosa y más cálida que la calle, que la carpintería..., es el contraste térmico, mi organismo se adapta al frío y solamente con entrar en un lugar resguardado percibo la temperatura algo más elevada.

Mientras, voy comiendo un plátano y un kiwi, mordisqueando algo de queso..., preparo otra cafetera y conecto el brasero eléctrico del comedor es la rutina de casi siempre. Mónica, mi hermana habrá entrado de mañanas, tampoco está, solo mis padres y Cecil, su pinscher miniatura. Vuelvo a moverme a solas por la casa, a llevar la silla de ruedas a nuestra habitación y a darle los buenos días a mi padre.

Subo la persiana y desplazo el radiador hacia los pies de la cama, lo desconecto y coloco sobre él los calcetines, los pantalones y la camisa. Después retiro el soporte del orinal y lo vacío, vuelvo al dormitorio y aparto el edredón..., mi padre tira del calzoncillo largo hacia arriba con la mano izquierda, la única que puede mover, tira hacia arriba, hacia sus genitales, trata de cubrírselos.

- Tápatelos, tápatelos que es la primera vez que te veo los huevos, joder veo mas los tuyos que los míos, coño.

Mi padre rompe a reír y la dentadura superior se le desprende en medio de la carcajada, se le queda entre los labios y aún se ríe más..., con la mano izquierda se la recoloca y suspira.

- No me respetas... -murmura conteniendo la risa y con una voz que recuerda cómicamente al doblaje de Steve Urkel, el genial personaje secundario de “Cosas de casa”, aquella divertida y simpática serie americana de finales de los ochenta y principios de los noventa, me parece recordar.

- Mira quien fue a hablar..., ¿de quien crees que he heredado mi cachondez mental...?

Murmura algo ininteligible, me siento en su cama, cojo uno de los calcetines y observo sus pies cubiertos por una piel cuarteada, como si estuviesen envueltos por un pergamino..., conservan unas formas armoniosas, el tobillo estrecho, los dedos proporcionados..., un aspecto muy distinto al que observo todas las noches cuando lo acostamos. Sus pies aparecen hinchados, con la piel tensa y brillante, con los dedos pegados entre si, los tobillos hinchados..., es la retención de líquidos, algo casi inevitable cuando la persona pasa tantas horas confinada en una silla de ruedas o en el sofá. Al no moverse, al no caminar, la musculatura interna de la pantorrilla no impulsa la sangre hacia arriba, a través de las válvulas unidireccionales de las venas, al tiempo se acumulan líquidos y los pies se hinchan visiblemente..., esto es un peligro porque al retener gran parte del flujo sanguíneo se pueden formar coágulos en esas venas que suelen retornar hacia el corazón. Cuando la circulación se restablece, esos coágulos pueden viajar hasta él con riesgo de provocar un infarto de miocardio. No puedo evitar recordar que mi padre siempre había tenido unas piernas bien formadas, esbeltas, sin una musculatura exagerada pero elegante y proporcionada con su estatura. Algo parecido me pasa a mi, desde luego mis extremidades inferiores no tienen la rocosidad de un ciclista..., pero aquellos tobillos finos de mi padre comenzaron a hincharse..., pues justo un año antes del infarto cerebral, era una señal..., que ninguno supimos interpretar.

- Ummm...., que calentitos... -se regodea cuando le coloco los calcetines.

Cojo el pantalón, me inclino hacia él, le levanto la pierna derecha y la guío por la pernera, luego la izquierda y subo los camales por encima de su pubis, después tomo su brazo derecho y se coloco sobre el estomago. Esa mano permanece inmóvil desde hace cinco años, a veces me recuerda a la pequeña aleta de un pingüino..., inmóvil y al final del día también algo hinchada, ahora amanece tan cuarteada como la piel de los pies y me produce una extraña congoja..., mas de 3 millones de años de evolución, miles de terminaciones nerviosas enervándola, numerosos haces de fibras musculares que son movidas con brillante precisión y amplitud por las precisas ordenes llegadas desde las neuronas, diez dedos, pulgares oponibles y una sensibilidad extraordinaria..., tanta que los invidentes pueden ver con ellas, pueden leer, sentir..., la mano derecha de mi padre, inerte, inútil, mas de 3 millones de años de evolución detenidos tras la muerte neuronal..., ¡Dios, no se como lo puede soportar...¡.

- Venga, vamos arriba, papá...

Me inclino aún más hacia él, envío una señal a mi musculatura lumbar y giro a mi padre en el sentido contrario al de las agujas del reloj, sus piernas cuelgan rígidas, le sujeto por la nuca, él se sujeta a mi hombro derecho y enderezo la espalda al tiempo que flexiono las piernas, lo pego a mi pecho, a mi tórax y mis cuadriceps entrenados en la montaña y en la carretera se despliegan, levantándonos. Mi padre separa un poco los pies y se estabiliza, sus ojos quedan muy cerca de los míos, su cara, su rostro, su piel...,







viernes, 30 de enero de 2009

UN CALIDO PASEO, ESCAPANDO DE MI REALIDAD.







Norton y mía saliendo como
toros desencajonados cuandoles abro la
puerta.



Norton rastreando y mia corriendo
dios sabe por donde.




Mia atenta a cualquier ruido
que salga de entre las matas
.


Mia y Nortón excitados ante una
mata de esparto, solo ellos saben
que estarán olisqueando

Mia subiendose a mis piernas, despues del paseo
manchandome los pantalones y dándome besitos.



Ella otra vez, retozando bajo el pequeño
pero saludable naranjo.

Ya de vuelta, una última mirada a la
Sierra Calderona.




Mis dos chuchis trotando juntos.



Cuirosa instantanea, ese soy haciendome
fotos a mi mismo. Creo que pongo
cara de pocos amigos, pero la verdad
es que cfreo que soy un tipo bastante
cachondo.



Norton de nuevo concentrado, cualquier
codsa que vea, algo extraño en la pista...,
llama su atención de predador.

Aún no he terminado de aparcar la ranchera ante la valla de chalé de mis padres y distingo, entre el tupido seto de cipreses, las siluetas nerviosas de Norton y Mía, la perrita lloriquea y es la primera en salir cuando abro la puerta. Como siempre, se encaraman sobre mí, se levantan sobre sus patas traseras o saltan en el aire, como hace el galgo, pero enseguida arrancan a correr calle arriba, a toda velocidad.

Les veo acelerar hasta que llegan a la esquina del último chalé, entonces frenan, mean y vuelven a correr hacia mí. Corren juntos y Norton gruñe y le atiza bocados a la pobre Mía, ella revuelve la cabeza y se cobija en mis piernas, le echo la bronca al flaco y vuelven a correr, el galgo vuelve a gruñir tercamente y les sigo a paso rápido hasta que llego al pinar, aún me da tiempo al verlos desapareciendo entre el monte bajo y sonrío.

Hace calor, el sol da en mis mejillas y el cielo resplandece, cubierto de nubes desgajadas pero inofensivas, son los restos de otro frente, ya moribundo después de cruzar toda la península..., y es jueves, son algo mas de las tres y media de la tarde y me he escapado a ver a mis perros, a pasear con ellos, a verlos disfrutar y a tratar de relajarme un poco. Ha sido semana aciaga, mala, de esas que ni haciendo bicicleta el miércoles por la tarde consigues alegrarte un poco. Este miércoles salí con La Flaca y terminé derrotado pedaleando contra el viento, apenas si hice 58 kilómetros y regresé a Valencia con dolor en las dos rodillas..., pero ahora parece que me encuentro algo mejor, este sol, estos veinte grados confunden a mi organismo y durante unos instantes creo que ya es primavera.

Camino a solas por la pista forestal, de vez en cuando aparecen los perros, me miran y vuelven a desaparecer en el bosque..., yo sigo caminando y recordando, pensando en como afrontar mi propia vida, los problemas del trabajo..., bueno, realmente es la ausencia de trabajo, aunque lo que me está deprimiendo estos días es el trato con determinados clientes. Les escucho y después les hablo, les hablo de honestidad, de dignidad, de principios morales, de ética..., pero ellos solo saben decir.

- ¿Qué me vas a cobrar ...? - y arrojan sobre la mesa de montaje un par de billetes de 50 y añaden- con eso ya vas bien...

Me encanta ver a Norton y a Mía husmeando entre los arbustos, entre los romeros, saltando entre las matas de esparto, me gusta girar la cabeza y observar a las cumbres de la Calderona resplandecientes y nítidas con este sol regalado, con este sol que parece levantar aromas al bosque, que hace florecer algunas plantas y que llena mis pulmones de un aire caliente que aspiro profundamente.

Otro cliente me llama por telefono y me pide presupuesto de ocho sillas modernas, le doy el precio durante esa misma llamada y una semana después vuelve a llamar para confirmar el pedido, las hago y cuando viene a recogerlas me dice que de esos 55 euros le tengo que quitar..., yo le miro y no puedo evitar que el desasosiego me invada, mi mente no puede entender que si le doy un precio y a el se lo aprueban ¿por qué se empeña en que le quite 5 euros por sillas?. Pero tampoco entiende o no quiere entender, coge las sillas, las carga en la Mercedes Vito y dice.

- Ya hablaremos...

Yo me quedo en la puerta de la carpintería, viendo como se va y sintiéndome humillado y maltratado.

Camino en silencio, sintiendo como las gotitas de sudor comienzan a aflorar por mi piel con este calor fuera de temporada, gozo del silencio. Por aquí no hay nadie entre semana, ni siquiera cazadores entrenando a sus rehalas de podencos. Estos pinares son ideales para ellos, de hecho hay carteles que indican que estas en una “zona de adiestramiento”.

Aquí me encuentro bien, estoy a solas, viendo las idas y venidas de los chuchos, viendo los pinos, los arbustos, las nubes lenticulares en el horizonte, la tierra y las piedrecillas que crujen bajo mis zapatillas..., es casi como una huida, una amiga hablaba de correr, de alejarte de esa realidad y luego decía que correr es de cobardes, como dice el dicho popular. Pero a veces es bueno correr, tratar de dejar atrás esa realidad que te acongoja, que te estrangula y que mina tus ánimos..., pero no tenemos el valor suficiente para seguir corriendo, para seguir pedaleando..., para romper con esa realidad que no nos gusta y terminamos regresando. Dejamos de correr y volvemos, como el perro que acude a la llamada del amo. Nos queda el haber disfrutado de ese momento de libertad, como ahora mismo, rodeado de campos de naranjos, de campos de algarrobos, entre enormes matas de coscojas en la zumban enjambres de abejas excitados con la temperatura, ellas están tan confundidas como mi cuerpo, como mis mejillas bañadas por el sol.

Escucho a una bandada de jilgueros lanzando sus trinos y la llamada ronca de alguna urraca, sonrío..., y levanto los ojos hacia ese cielo iluminado, si, disfruta Pedro de un día de primavera en pleno invierno.

Poco a poco voy girando, paseando entre pinares y volviendo a tener a la Sierra Calderona de cara. Norton y Mía siguen con sus rastreos, con sus excitadas exploraciones, aparecen y desaparecen, pero se que no me pierden de vista, da igual que yo no les vea, ellos saben donde estoy en todo momento.

Salimos a la misma pista forestal por la que empezábamos el paseo, el mismo camino de siempre, el mismo que hace unos días aparecía húmedo y frío, cubierto por la escarcha y silencioso, el mismo que me veía pasear casi desnudo durante las tardes de agosto, durante el crepúsculo o corriendo al amanecer, el mismo camino por el que comencé a pedalear hacia Atapuerca hace ya unos cuantos años, quedaban por delante 640 kilómetros.

Dejamos el pinar, echo una mirada a la Calderona y tres conejillos salen corriendo, distingo sus colas blancas y llamo a Nortón, le busco con la mirada. El lebrel acude seguido por Mía y echo a correr gritando.

- ¡¡¡Ahí va, ahí va...Nortón...!!!.

Emito algunos sonidos, algunos gritos ininteligibles, me vuelvo animal, dejo de ser humano y Norton me mira unas décimas de segundo antes de lanzarse hacia las matas, hacia el cercado por el que han desaparecido los conejos..., tensa su cuerpo y mira rastreando con agudeza visual extraordinaria..., los galgos cazan así, tienen que ver..., entonces ocurre algo, frena su carrera, su trote..., no ve nada hacia lo que correr y comienza a saltar en vertical, a trotar unos metros y a volver a saltar con las orejas enhiestas y todos sus músculos tensados...., su mestizaje con podencos aflora, Nortón deja de ser un galgo y ahora caza como un podenco, saltando para poder ver entre las densas matas del bosque mediterráneo, solo que el está en un claro, pero sus genes se lo dicen, “si no ves, salta...”, como llevan haciendo estas razas desde hace 3.000 o 4.000 años.

Durante unos momentos rastrean y les llamo, regresamos al chalé y los dos corren hacia la piscina, bajan por la escalera romana y meten sus patas en el agua verduzca, beben hundiendo el hocico y después Mia se encarama sobre mis pantalones y me los mancha, yo río y le acaricio la cabecita, ahora enseguida les daré de comer y volveré a Valencia, a la carpintería, a la realidad, volveré como el perro que acude a la llamada del amo.

Les preparo los cuencos de comida y vigilo para que Norton no asalte el platillo de Mia para comérselo también y observo con tristeza el abandono de la casa. Uno de mis sobrinos la ha ocupado y ..., bueno,¿para que hablar sobre mi compleja situación familiar...?, solo se que estoy cansado de que todos los problemas recaigan en mi espalda, me fatiga el subir a casa buscando un poco de calma y encontrarme con más problemas..., realmente solo me queda el venir a pasear, la escapada de los miércoles con la Flaca, la del sábado con la Bicipalo y la del domingo, otra vez con la Flaca, pero entre todas no mas de 180 kilómetros, tampoco son grandes escapadas, pero me ayudan y consiguen que no acabe desquiciado, aunque es posible que algo ya esté..., pero tengo que volver, aunque antes recojo una bolsita de naranjas del pequeño campito que tenemos, estas si que son auténticas naranjas de cultivo ecológico, no tienen ni un gramo de plaguicida o de pesticidas, son naturales..., y Mia se revuelca y juega bajo sus las ramas del pequeño naranjo. Norton me mira huidizo, sabe que me voy y entonces me niega la despedida..., es algo que siempre me conmueve, pero tengo que volver a la ciudad..., y de nuevo vuelvo a distinguir la silueta de Mía corriendo y gimoteando al otro lado de valla, hasta que me alejo, echo una ultima mirada por el retrovisor y sigo conduciendo..., miro porque cuando Norton era mas joven, solía escaparse y corría tras el coche, corría como un galgo, como un lebrel.