Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

lunes, 16 de abril de 2012

UNA VIRAGO 535 EN EL ALTIPLANO GRANADINO.





El altiplano granadino surgió fresco y con sus extensos campos de cereales, verdes y vivos extendiéndose hasta las faldas de unas montañas que se elevaban dulcemente hasta desparecer entre las brumas y entre las nubes bajas, entre las ventiscas de agua nieve que azotaban sus cumbres.

A veces los campos estaban en barbecho y enseñaban el color de la tierra, revuelta, volteada y dejada reposar, en otras parcelas eran los olivos los que crecían espaciados, a suficiente distancia entre unos otros como para seguir alimentando esa sensación de estar entre espacios enormes y planos, entre llanuras despejadas de monte bajo y de maleza sobre las que podrían correr mis galgos imaginados, quizás mas rápidos que nunca si la rabona saltase a favor del viento. De unas ráfagas racheadas contra las que luchábamos Duna, Mathius, Águila Culebrera, Chiwy y yo.

Pero no dejaba de mirar aquellos campos, de girar la cabeza, de apartar los ojos de la carretera y de mirar a través del integral esos paisajes que tantas veces había imaginado, no era la meseta, pero lo recordaba mucho, pero al final me atreví a hacer algo, me atreví a soltar la mano izquierda y a moverla simulando que era la carrera de un lebrel, algo que solo yo podía entender, algo que solo yo podría imaginar y gozar.

Continuamos el viaje y Puebla de Don Fadrique surgió preciosa, al final de un descenso en linera recta, encaramada sobre una ladera y rodeada de unas cumbres, a veces llenas de sol y otras cubiertas de nubes que se desgajaban contra ellas impulsadas por el viento Se partían en mil gotas que se derramaban sobre las viseras de los cascos y sobre el asfalto, algunas se helaban formando pequeños copos de nieve que me inquietaban y que siseaban cuando caían sobre las aletas de los cilindros. Duna los evaporaba como tratando de tranquilizarme, tratando de hacerme gozar como lo había hecho durante el viaje, rodando sin problemas, redonda y capaz, contra el viento y bajo la lluvia y la nieve que nos sorprendería nada mas salir de vuelta a Valencia…, pero eso tampoco detuvo a las vieja 535, tan solo se detuvo en la puerta de la carpintería.

Aparcamos en el Hostal Puerta de Andalucía y nada mas quitarme el casco le pregunté a Águila.

- ¿Sabes lo que quería decir con el gesto….?.

- Joder, estaba clarísimo –respondió la motera, agitando su melena negra y sonriendo tranquila y relajada, como si acabase de darse un paseo con un ciclomotor y no mas de 250 kilómetros tumbada sobre su Monster- eran tus galgos corriendo.


No me lo pude creer y tardé en murmurar algo, en tartamudear una respuesta, pero esa era solo una de las sorpresas que me esperaban en La Puebla, la mañana del domingo, mientras tomaba un cortado largo, pero que muy largo de leche, descubrí una silueta esbelta y elegante dentro de una vitrina de recuerdos de la tierra.

Un lugareño, ya mayor, observó mi entusiasmo y cuando el camarero sacó el galgo del expositor, me miró sonriendo y preguntó.

- ¿Que es usted cazador…?, como se lleva un galgo.

Me senté junto a él y sonreí.

- No, pero me gustan mucho tengo un mestizo con podenco y una podenca andaluza también cruzada, ellos son los que cazan…, y me encanta verlos correr, sobre todo al medio galgo barcino.


La conversación con aquel hombre fue breve pero muy agradable y un poco después, durante una de las veces que me asomé a ver si dejaba de nevar escuche una voz a mi izquierda.

- Hay que ver cuanta razón tienen los refranes –murmuró con el marcado acento sureño- al invierno no se lo come el lobo.

Y dio una calada a su cigarro, miré las montañas tiznadas por la misma nieve que llegaba por oleadas hasta las propias escaleras del hostal y descubrí que Duna me había levado a algo más que a una quedada motera, descubrí que el viento racheado había hecho algo mas que zarandearme. Había salido de mi casa, había dejado parte de mis miedos y manías y durante esa ruta se habían ido desprendiendo las ataduras y alguna de las obsesiones…, me asomaba a un mundo rural en el que la gente aún miraba al cielo, como leyendo en una pantalla tan clara como la de un ordenador o como en la de un smartphone y descubría que tras tres años tecleando y hablando con personas, que parecían virtuales, existían los abrazos, las sonrisas, las charlas y la convivencia, el compañerismo y algo de heroísmo compartido, cuando todos esos moteros y moteras volvieron a montar para regresar a sus casas, en medio de un invierno surgido de entre las fauces de un lobo solitario, que no llegó a comérselo y que durante dos días nos enseñó unos dientes tan afilados y cortantes como los de ese lobo refugiado en Sierra Morena.


miércoles, 11 de abril de 2012

LOS VENCEJOS YA ESTAN AQUÍ en "Diario de Homo"




El lunes pasado, ya de vuelta en la ciudad, bajé a pasear a Cecil y a Piper. Nada mas salir del portal escuché un sonido que me erizó la piel, el chillido agudo y excitado de ellos. Alcé los ojos y los vi allñí arriba, volando altos, muy por encima de las azoteas y muy por encima da la crisis, muy por encima de los problemas de los humanos, muy por encima de las mentiras y de la hipocresia de homo.
Sonreí lleno de dicha y a la vez con algo de inquietud, ellos habian regresado, habian vuelto desde África como todas las primaveras. Volaban altos y totalmente invisibles a las gentes que paseaban en el viejo cauce del río Turia, tan solo los veía yo, como tan solo vi yo a la golondrina que el fin de semana entró por la parte norte de la terraza, allí en las Tierras Altas y salió mirando hacia levante, hacia el mar.
También sonreí pensando que la golondrina atravesó la terraza para saludarme, para decirme.
- Pedro, ya estamos aquí.
Y a media semana he colgado unas casitas en la fachada del piso de Valencia para ver si este año consigo que aniden junto a mi, me encantaría.

lunes, 2 de abril de 2012

LA MESA DE LA MATANZA (Fragmento de "El verano de los perros flacos")


La mesa de la matanza.

- No entiendo porque tenemos que preparar nosotras el café… -siseó Lucia, asomando la cabeza desde la cocina hacia el salón- y míralos, mamá, se han sentado en el viejo sofá ese, que seguro que las perras duermen en él…, y están fumando, y esta cafetera, por Dios, seguro que lleva años sin lavarse.

Era una vieja cafetera de aluminio, una Oroley auténtica y con sus típicas facetas planas impregnadas de pátinas oscuras. Las lenguas del gas azulado habían tiznado de oscuro la base y el café supurando por la junta había resbalado hasta hervir, hasta caer sobre las llamas después de dejar un rastro negruzco que poco a poco había quedado impreso sobre el metal.

- Y luego, tanto rollo con las galguerias esas y no son mas que pastelitos –continuó protestando Lucia.

- Cállate que nos están mirando –dijo Alejandra.

Atis las observaba desde el umbral de la puerta.

- Seguro que tienen pulgas y bichos de esos que chupan la sangre…, y ¿os habéis fijado…?, el Matías ese ha entrado sin llamar y nos ha mirado las piernas, paleto.

La galga se acercó a las bancadas de piedra y alzó el hocico olisqueando el plato en el que habían colocado los dulces. Lucia cogió uno, se lo acercó y Atis lo engulló, se relamió y salió de allí con un divertido trote.

- ¿Nosotras lo tomaremos aquí o que…? –insistió Lucia.

Elena entreabrió los labios pero vio a su madre dar un paso hacia Lucia.

- ¿Ya has terminado de decir estupideces…? –preguntó Alejandra en voz baja y sin apenas abrir los labios, con sus ojos clavados en las jóvenes pupilas de su hija- no estas en tu casa, ni siquiera en tu ciudad, nos han invitado sin conocernos y Paúl nos ha abierto su casa y su corazón, ¿o es que no te has dado cuenta?, estamos aquí porque tu padre necesitaba volver para poder recomponer su vida y sus sentimientos…., no estamos haciendo turismo rural, para eso nos habríamos ido a un puto hotelito en la sierra, ¿lo vas entendiendo…?. Aquí las cosas se hacen de otra manera, hay otra cultura, otras costumbres y otras formas de vida que tu no tienes derecho a cuestionar. No trates de imponer tus costumbres ni de pensar que aquí la gente te va a reír las gracias de ciudad, observa y aprende, la vida no siempre fue como tú y tu hermana la conocéis.

El líquido oscuro y denso comenzó a ascender por la torreta, por el surtidor y empezó a gorjear, a supurar aromático y oloroso, dejando escapar unos vapores que pronto impregnaron la amplia cocina.

Alejandra se giró hacia Elena y señaló la cafetera con la mirada.

- Vigila el café…-ordenó y volvió a encararse con Lucia- ¿has visto está cocina…?, ¿te has fijado bien…?, ¿has visto la alacena llena de botes de cristal, las tinajas, los pucheros…?, ¿has visto los cuchillos…?, ¿ a que no habías visto cuchillos tan grandes en tu vida…? ¿y esta mesa…? –Alejandra retrocedió un paso y sin mirar fue capaz de golpear con los nudillos sobre las tablas de una mesa que ocupaba el centro de la habitación. Las madera estaba como aceitada, como empapada y repleta de pequeños cortes- aquí se descuartizaba, se despiezaba y se mataba al cerdo, a los conejos o a las gallinas…, se preparaba la comida…, para eso estaban los cuchillos, no para usarlos en las películas de terror…, y ya ves, la mesa es de madera, no es de granito ni de colorines, no es de diseño ni está comprada en Ikea…, esto es una cocina y eso de ahí fuera es la meseta…, no Madrid, recuérdalo Lucia y tu también y así podréis valorar realmente lo que tenéis en casa y la vida que lleváis, para que sepáis aprovechar la oportunidad que las otras mujeres no tuvieron.

La llanura serena escuchaba a Alejandra, un auditorio que asentía y aplaudía con el silencio respetuoso de los páramos, con el canto sutil y delicado de las alondras o con la voz áspera de las picarazas.

- O sea, que haz el favor de comportarte y aprovecha esta oportunidad para aprender un poco de cómo era la vida de esas mujeres de las que ahora os reís.

- Mamá, no nos reímos de nadie -admitió Elena- pero es que hay cosas que nos extrañan, no se…, eso de matar a un cerdo…, ¿ sabrías descuartizar y cocinar un conejo….?, nunca lo hemos visto en casa.

Alejandra cabeceó varias veces y durante unos segundos contempló a sus hijas.

- Ay, mis niñas delicadas…, hubo un tiempo en el que los conejos se compraban vivos y se mataban en casa…, y ahora vivimos una época en la que los conejos te los sirven despellejados y eviscerados…, lo próximo será que alguien los mastique por nosotros y nos lo vendan después una especie de papilla prebiótica…, seguro que vuestro padre idearía una campaña y nos convencería a todos. Si, Elena, si…., sabría descuartizar un conejo y cocinarlo. Y ahora, Lucia, coge la bandeja de las galguerias y ofrécelas primero a Matías, después a Paúl y a tu padre el último.

- Bueno, esto realmente no es una bandeja, es un simple plato y con trozos saltados.

- Lucia.

- Vale, mamá, vale.

- Y otra cosa, hija mía…, en los pueblos las puertas solían estar abiertas y la gente entraba sin llamar, daban una voz y punto.

Lucia sonrió, cogió los dulces

y salió de la cocina.

miércoles, 28 de marzo de 2012

REPUGNANCIA en "Diario de Homo".

Escuchaba la noticia y me quedaba estupefacto, no lo podía creer, pero era cierto, el retrato de José Bono iba a costar a las arcas publicas algo mas de 80.000 euros.
He sentido verdadera repugnacia y me he sentido ultrajado e insultado. Un simple retrato, cuatro trazos al carbonillo, un marco de madera, un lienzo y el rostro de un politico millonario..., nos va a costar 13 millones de las antiguas pesetas, si, si, 13 millones de pesetas.
Pero...., ¿esto es admisible mientras nos estan subiendo los impuestos?, ¿mientras sube la gasolina sin parar...?, ¿mientras Esperanza Aguirre insinua que tendremos que pagar por usar las carreteras...?, ¿mientras Artus Mas impone el copago sanitario y la tasa turistica...?, ¿mientras se nos exije a los trabajadores que trabajemos mas por mucho menos euros...?, ¿mientras se esta recortando en Educacion y servicios sociales....?.
Sinceramente, ese desplifarro es para entrar al asalto en el Congreso y apalizarlos a todos, a todossssssss.............¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡.
¿Pero que casta de sirvenguenzas y caraduras nos están gobernando....?, ¿pero a que clase de despotas mentirosos y ruines hemos entregado nuestro voto y nuestros impuestos.....?.
13 millones de pesetas por un retrato de José Bono, conozco a decenas de amigas y amigos que cursaron Bellas Artes y que serían capaces de replicar el rostro de ese politico por mucho menos dinero...., sinceramente, despues de esto ¿vale la pena que discutamos de politica, que digamos que somos de izquierdas o de derechas....?, ¿de enemistarnos con nuestros vecinos por defender a estos degenerados....?. Yo creo que no.

Fe de erratas: He descrito el retrato como "cuatro trazos a carboncillo....", pero me he enterado de que no va a ser así, el retrato se ha encargado a un afamado pintor hiperealista, será un trabajo elaborado y minucioso..., ¿pero tanto como para costar 13 millones de pesetas....?

viernes, 23 de marzo de 2012

LA PORTADA DE "EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS"






Recuerdo cuando empecé a escribir "El verano de los perros flacos", arrancó con el recuerdo de la muerte de papá, arrancó con secuencias reales en el hospital, vividas por mi y representadas por Alberto. Después continué escribiendo y llegó un momento en el que los galgos empezaron a correr por si mismos
. Recuerdo que sentí algo desde dentro y supe que si deseaba escribir sobre galgos y hombres, este era el momento y este era el relato.
Pasó el otoño y fuí capaz de subir a la Tierras Altas todos los fines de semana, fuí capaz de pasar el invierno a solas, con la manada, escuchando la musica de Europa FM y escribiendo..., y a finales de ese mismo invierno, una imagen comenzó a formarse en mi mente. Ya no eran letras, ya no eran capitulos, era una imagen que logré garabatear a mano alzada y que Maria Hernandez fue capaz de dotar de vida, color y sentimiento.
Y poco a poco, los galgo se van acercando.

Matias, el galguero.

- ¿Y que hará dentro de unos años, cuando sus galgos no corran tanto como ahora…? –replicó Lucia sin dar tiempo que el galguero respirase, como si tan solo hubiese estado esperando a que dejase de hablar, como si no le hubiese importado nada de lo que Matías acaba de contar.

El galguero sonrió, cabeceó, miró a Paúl y a Alberto y los recordó rodeados de aquellos lebreles bardinos que los galgueros del pueblo habían abandonado o intentado colgar. Su madre los había recuperado, había sido capaz de ganarse la confianza de aquellos galgos huidizos y aterrorizados que vagaban por las cunetas y por los campos, sedientos y famélicos. Su hijo había heredado aquella capacidad y los galgos se movían alrededor de él como si fuese uno de ellos.

Se oyó el canto ronco de una picaraza y Matías recordó la pregunta de Lucia, la hija de Alberto, de ese otro niño que llegó de la ciudad y que terminó corriendo y creciendo junto a los galgos de Patricia. Recordó la broma de Luciano y negó con la cabeza, recordó a Moro encaramado tan largo como era sobre su padre, lloriqueando y llenándole de lenguetazos, lo recordó colgando del olivo y recordó que lo colgó bien alto, para que muriese rápido, recordó que algunos galgueros los colgaban de distinta forma según hubiesen sido de buenos, según hubiesen corrido. Moro colgó sin apoyar las patas y otros muchos pendieron días y noches tocando la meseta, tan solo con las uñas, dando saltos, como escribiendo a máquina…, reían los galgueros, hasta que les vencía la fatiga, hasta que esas patas que volaron sobre la meseta, sobre los páramos y sobre los sembrados y barbechos, cedían para siempre.

Matías apretó las mandíbulas y volvió a preguntarse porque no sentía pena hacia todos esos galgos, maldijo el momento en el que perdió aquella inocencia, maldijo a quien sin derecho alguno, ya de niño, le arrebató esas emociones que llenaban de sonrisas y alegrías a todas esas personas que vio en Barcelona. Todas con sus galgos, algunos muy viejos, incluso había uno que le faltaba una pata de delante, muchos de aquellos perros flacos tenían leismania y sus dueños se gastaban el dinero en ellos, incluso habló con hombres que estaban tristes porque los galgos tan solo se acercaban a sus mujeres o a los niños y les rehuían a ellos.

Tirma se levantó y trotó hasta Matías, le apartó el antebrazo con el hocico, dejó reposar su cabeza sobre la pierna y olisqueó ahí donde el galguero sentía aquel ardor que a veces le hacia enroscarse en la cama y gruñir de dolor.

Matías posó su mano sobre Tirma y miró a Lucia.

- ¿Sabe…?, he visto a demasiados galgos correr por ultima vez, sin que ellos lo supiesen…, pero está vez será distinto, Tralla y Trisca seguirán corriendo y yo ya no podré verlas.



lunes, 19 de marzo de 2012

EL PEQUEÑO SALVAJE.

Ya conté como nos conocimos Jesús y yo, en la Sierra Calderona, pedaleando, entregandonos a ella cuando el mundo nos falla, cuando solo confiamos en las bicis y en sus pistas teñidas de rodeno.
Jesús escribe todos los jueves en su blog "entercerapersonadelsingular....", escribe post breves en tercera persona, cargados de reflexión y de intimismo, este ultimo me ha emocionado y por eso os lo dejo aquí, para que con un simple clic lo leais, vale la pena, como todos sus escritos.

http://entercerapersonadelsingular.blogspot.com.es/2012/03/el-pequeno-salvaje.html

LA PODENCA QUE NO VALIA NI UN CARTUCHO.

Los paseos al alba se han ido sucediendo días tras día, fin de semana tras fin de semana. He recordado esos amaneceres invernales, mis encuentros con los hielos y las escarchas, el frío y el vaho de mi respiración condensada, el canto de las aves nocturnas…, como esta mañana, como este amanecer en el que los autillos y los mochuelos lanzaban sus últimas llamadas desde los pinares cercanos a los campos de naranjos. Unas voces casi misteriosas, naturales, voces del bosque, de la tierra…, nada que ver con el estruendo distante que llegaba amortiguado y debilitado desde las poblaciones entregadas a la vorágine ruidosa de las Fallas, en medio de las despertaes, en medio de esa forma tan brutal de amanecer, de despertar, de saludar a un nuevo día.


El monte despertaba solo, desperezado con los rayos del sol, mimado con sus haces cálidos y ella le miraba agradecida, ella, la primera amapola de la primavera.

La manada se movía por el camino olisqueando y mirando hacia los campos de naranjos y yo me he fijado en ella. Crecía colorista y simpática, grácil y menuda, entre los roquedos que circundaban casi todas las parcelas. Montones de cantos rodados que los agricultores habían ido desenterrando año tras año y que habían acumulado en las lindes, dejados caer y olvidados, sin volver a tocarlos, dejando a cada canto en su sitio según fueron cayendo, arrojados por las manos de homo. Y con las lluvias y los fríos erosionando esas piedras que al poco tiempo iban siendo colonizadas por musgos y líquenes, cubriendo el color rosado del rodeno y tomando un color entre verde y amarillento del que sobresalía ella, la primera amapola de la primavera que veían mis ojos.


Vida surgida de la tierra, casi como la vida surgida en las madrigueras subterráneas de los conejos, como la del gazapo que Mía ha descubierto, al continuar el paseo, en una espesa mata. Al escuchar los crujidos del ramaje, Norton, Cecil y Piper han corrido hasta rodear el arbusto. Mía se ha internado una y otra vez entre la hojarasca, entre las ramas. Norton lo rodeaba con la cabeza en alto y con las patas traseras tensas, listas para arrancar en cuanto la presa abandonase el matorral. Mía insistía, entraba y salía, daba vueltas y volvía a atravesar la espesura. Hasta que he visto como una sombra gris salía de entre el ramaje, pero Mía estaba ahí y ha cerrado las mandíbulas como un rayo, en un tijeretazo brutal que ha quebrado el espinazo del joven conejo.

He sido testigo de su muerte instantánea y de como la perra se colocaba el cuerpecillo sobe las muelas carniceras, de como mascaba, de como trituraba huesos y pellejo y de cómo lo tragaba.

Me he sentido extraño, casi estúpido con mi mentalidad urbana lamentando la muerte del conejito, sintiendo lástima, antropizando todo mi entorno hasta el absurdo, disfrutando de la visión de esa amapola y no entendiendo la relación entre predadores y presas, la relación tan íntima y estrecha entre la vida y la muerte en la Naturaleza salvaje y pura.

Ya de regreso he decidido atravesar un bosque desbrozado el año pasado, me gusta pisar sobre la pinocha y contemplar los troncos de los pinos, sus cortezas, ese tono gris cuarteado.


Los fotografiaba cuando he escuchado los ladridos excitados de una rehala de podencos, después la voz del cazador avivando los instintos y apenas unos segundos después el chillido, el quejido lastimero de otro conejo rasgando la espesura de otro pinar cercano.



Cecil ha lanzado una especie de aullido, como un aviso ante esos sonidos inquietantes. Norton, Mía y Piper miraban hacia allí, hacia los ladridos.

Hemos dejado el bosque y regresado a la pista, algo inquieto y tratando de apartarlos de la rehala, pero nos hemos topado con ellos de frente. Media docena de podencos blancos cabalgaban hacia nosotros en una visión preciosa pero fugaz y que tan solo han disfrutado mis ojos. El sol se elevaba tras ellos y llenaba de una luminiscencia fantasmagórica la nube de polvo blanco que les envolvía.

De nuevo Cecil se ha lanzado hacia ellos, ladrando, marcando su territorio y los podencos se han dispersado, han vuelto al monte o alrededor de su amo, que también había salido hasta el camino forestal.





Hemos continuado y pronto nos hemos visto rodeados por toda la manada, incluso he charlado un rato con el dueño, le he hecho algunas preguntas y al final ha comentado algo que pensaba que jamás oiría en mi vida, algo que había leído mientras me documentaba para escribir El verano de los perros flacos.

- Pues esa perra…, esa que salta, tiene catorce años, no era mía, pero el dueño, que es amigo mío me dijo que ya era vieja y que le iba a pegar un tiro, entonces yo le dije, no hombre, no, que no vale ni un cartucho…, yo me la quedaré.

Me decían que los galgueros ahorcaban a los galgos para ahorrarse un cartucho, yo no terminaba de creérmelo, pero el cazador de esta mañana me lo acaba de decir, en medio de una sonrisa de satisfacción al ver a sus podencos escudriñando el bosque, saltando y rastreando infatigablemente, incluida esa perra de catorce años, ágil, inquieta y avispada pero que no valía ni un cartucho.

sábado, 17 de marzo de 2012

Ascendiendo a pedaladas por el barranco de Potrillos

.


Tan solo se oían mis jadeos y el canto de las avecillas, el tenue rumor de los neumáticos y me respiración anhelante. Percibía los aromas intensos del pinar y esos olores rescataban recuerdos de otras pedaladas, de otros años, de otros momentos.
La pista de Potrillos ascendia como siempre, repleta de placas de rodeno y entre pinares, entre umbrias..., pero yo ascendia algo mas fatigado de la habitual, con el corazón algo mas acelerado pero envuelto en unas pedaladas que poco a poco me han llevado a la pista que ascendia hacia el Rincon de la Miseria, ya mas ancha pero en ascension continua.
Continuaba escuchando mi respiracion y entonces he visto la pequeña jara, colorista y simpatica, solitaria junto a una piedra y bajo los taludes de rodeno. En ese momento pensaba que llegado el dia en que ya no pudiese pedalear siempre me quedaria el recurso de recorrer estos parajes a pié, caminando, viviendolos mas de cerca que con la Bicipalo.
He remontado hasta el cruce de Rebalsadores y he esperado un rato a Joa y a la BTT de Moncada, pero al final me he dejado caer justo en el momento en el que llegaban.
Joa remontaba la primera entre las chicas y entre muchos de los chicos, sonreía envuelta en los colores rojos y azules de la peña.
Al parar he echado en falta sus míticas coletas, lucia su larga melena sobre los hombros y de un color muy claro, casi rubio, brillante, dorado y con matices rojizos.
- ¿Te has tintado el pelo...?.
- No..., es el tono del verano y del sol.
Nos hemos despedido con un beso y he vuelto a parar unos metros despues hipnotizado con los colores amarillos de una mata rastrera. La vista de los horizontes y el silencio creaba un ambiente conmovedor, despues ha llegado el viento susurrando entre las agujas de los jovenes pinos que crecian en las faldas del peñasco.





Y ya mas abajo, despues de dejar la pista del Campillo, he vuelto a encontrarme con los aridos montes que rodean a la Font de L´Abella. De tonos apagados, sin brillos, con trazas amarillentas y rojizas, silenciosos, adustos, circunspectos y con sus pistas descarnadas y repletas de bancos de gravas.










jueves, 15 de marzo de 2012

ESCAPANDO DEL CAOS Y DEL RUIDO INFERNAl, en "Diario de Homo"


Después de comer hemos salido de Valencia mi madre y yo, atrás ha quedado esa ciudad envuelta en el estruendo de la pólvora y en el vocerío que quienes durante casi un mes se sienten dueños y señores de las calles. Atrás queda el bullicio molesto, las calles cortadas y los atascos demenciales.

Conduzco con calma y con madre a mi lado, sus comentarios son cada vez mas inconexos y siempre repetitivos. La demencia avanza lentamente.

Llegamos a las Tierras Altas y antes de salir con la manada, reparto las vituallas y le preparo un café, también he comprado unos cuantos croissant y la dejo viendo los programas del corazón.

Unos minutos después ya paseo en medio de un silencio agradable y acogedor, bajo un sol que despierta las flores y que hace que la sabia ascienda hasta los extremos más finos de las ramas dormidas.

Norton, Mía, Cecil y Piper corren y rastrean, olfatean y de vez en cuando Mía lanza su ladrido nervioso y rápido, en ese momento el galgo mestizo arranca dando saltos entre las matas de esparto y los pequeños pincher le siguen entre graciosos gruñidos.

Camino sobre una tierra suelta, casi arena y tan suelta que es capaz de reflejar cualquier huella, incluso las que dejé la semana pasada. Me sorprende que sea tan previsible y vuelva literalmente sobre mis pasos y entre los de algunas aves. Me siento agasajado observando las sutiles improntas, puede que de alguna abubilla o de las revoltosas urracas. Me sorprende esa actitud mia de no salir de mis entornos habituales, de mis rutinas, de mis sendas..., incluso a veces creo que sería capaz de vivir en el jardín de una rotonda.

Los pierdo de vista una y otra vez y sonrío satisfecho y relajado cuando les veo adentrarse en el herbazal.









Los tonos apagados y las gramíneas muertas camuflan las idas y venidas de los perros. En el centro del prado reseco se acumulan restos de algunas podas y la manada le da vueltas y mas vueltas, incluso Cecil llega a adentrarse entre el ramaje y gruñe y ladra como si se hubiese encarado con la guarida de algún conejo o de alguna rata de campo.

Sigo con el paseo y me voy encontrado con los gamones empezando a espigar y con los tomillos espesos y floridos, junto a ellos, los tiernos brotes de la uva de pastor, esa planta capaz de mitigar la acidez de estómago, la inflamación bucal o de aliviar las picaduras de insectos. Medicinas naturales ante mis ojos, romeros capaces de aliviar las vías respiratorias, arbustos de espino con propiedades cardiotónicas y algunas matas de hipérico, un antidepresivo que nos ofrece la naturaleza, así sin mas.

Me siento mejor y me cruzo con una rehala de podencas andaluzas, charlo un rato con los cazadores, deben ser padre e hijo y se fijan en Norton. Cecil y Piper tratan de montar a una de las podencas y los hombres se ríen. Nos despedimos y vuelvo a pasear a solas, con la manada y con una Sierra Calderona que recibe los últimos rayos de sol en sus cimas, algo turbias, dejando sus tonos azules y volviéndose algo anaranjadas, unos minutos antes de fundirse con la noche.

sábado, 10 de marzo de 2012

Y LOS LIRIOS AZULES NO ESPERARON A LAS LLUVIAS.

Pedaleaba remontando la pista del Campillo sobre la Bicipalo, pedaleaba ligero y con la intención de alcanzar a Joa y a sus amigos de la Peña Ciclista de Montaña de Moncada.
Ascendía trazando las primeras curvas y no he podido echar un vistazo a los taludes de piedra gris y a las cunetas repletas de areniscas, de tierra y de restos erosionados de la misma pared de roca. Y ahí estaban, como todos los años, ansiosos de liberar la vida acunada en sus bulbos, tan inquietos que ni siquieran habian esperado a las lluvias
.



Los lirios azules brotaban entre tomillos floridos y espesos, entre ramitas espigadas y sanas de los romeros. La Sierra Calderona empezaba a engalanarse con sus colores y sus aromas, con su placidez, con ese desperezarse despues del letargo invernal.


domingo, 26 de febrero de 2012

LOS GALGOS NO NACEN, LOS PARE LA MESETA.

- Cariño…, La Mancha.

Afirmó sonriendo y miró por la ventanilla, la tierra parecía correr hacia atrás y la meseta se extendía hasta donde alcanzaba su mirada, surgían manchas de distintos tonos, sin brillos, casi mates, a veces amarillentos que viraban a marrones muy claros, otras ocres, tierras rojizas que poco a poco se apagaban hasta volverse muy claras, hasta confundirse en esos horizontes planos, sin árboles ni bosques, sin montañas que se alzasen en la distancia, azuladas y emborradas por el calor. Horizontes planos como algunas de aquellas parcelas labradas y dejadas reposar, barbechos que dormían bajo él sol, que a veces charlaban con los májanos o con los lindes de piedra y sobre las que corrían los galgos, aquellos galgos de Paúl que eran como pedazos de la misma tierra pero llenos de vida, de calor y de sentimiento, como si los galgos no naciesen, como si fuesen hijos de la meseta, como si ella misma abriese sus entrañas y los dejase libres entre terruños y rastrojos pajizos, ante los ojos de las liebres encamadas entre los surcos abiertos por homo para alimentarse de ella, de la tierra, de la meseta.

Lucía miró por el retrovisor interior y vio lo mismo que se abría ante sus ojos, una recta sin fin y un desierto de dorados mortecinos, de tierras llanas y lisas bajo un cielo inmenso.

sábado, 25 de febrero de 2012

PASEANDO POR LOS JARDINES DEL VIEJO CAUCE DEL TURIA







Durante unos instantes soy feliz, el sol atraviesa la rebequita que solía usar mi padre durante los inviernos y siento sus haces ardientes en mi espalda, algo contraida por el frio, rigida. Pero ese calor me va relajando, incluso me hace sonrreir reconfortado, me hace contemplar las praderas verdes gozosamente o admirar la silueta del arbol que dormita esperando la primavera. Sus formas me conmueven, su paciencia, su saber esperar invierno tras invierno. Mientras por encima de los altos pretiles que fueron testigos de la riada del 57, la ciudad amanece, despierta con su ritmo urbano, con sus ruidos.




Desde los jardines del viejo cauce del Turia, percibo ese ritmo artificial y me siento un privilegiado, como un indigena que se asomase desde los lindes selvaticos hacia una ciudad, que observase durante unos instantes para despues y algo confuso, regresar a la espesura.




Paseo y esucho el arrrullo de las palomas y las tortolas, paseo al atardecer, empapandome de los rayos de sol antes de que los edificios se interpongan o al amanecer, esperando a que el sol se eleve por encima de ellos y me bañe con sus haces.


Observo esa lluvia artifical y veo a los mirlos corretear bajo los chorros de agua, picotean en el cesped, entre la grama. Me miran, lanzan un trino y se guarecen entre los arboles, me siguen observando desde sus ojillos negros y vuelan hacia otra pradera, mientras la ciudad despierta de nuevo y colapsa el puente de Camnpanar, suena la sirena de una ambulancia y Cecil y Piper aullan como dos lobos en minuatura, sus canticos ancestrales me erizan la piel y la vision de Piper estirando el cuello y lanzando su aulido me arranca unas lagrimas...., aquellas ambulancias las oía todas las noches, todas las tardes...., hace poco mas de un año, cuando dormia junto a papá en la habitacion del hospital.



martes, 21 de febrero de 2012

OLIVOS EN LA SIERRA CALDERONA.

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El sabado amaneció despejado, diáfano, fresco y con el ambiente lleno de matices, incluso el frio era distinto, mas suave, como si se quedase tan solo a flor de piel o sobre las finas costras de los charcos helados.
Despues del paseo al alba con la manada, monté en la Bicipalo y remonté hasta el cruce Rebalsadores, eché pié a tierra y terminé de subirme el pasamontañas, volví a montar y con un par de pedaladas empecé el vertiginoso descenso hacia Serra, engrané el plato grande y volví a sentir el frio atravesando la chaquetilla, el pantalon largo, los guantes. Dejé a la izquierda el desvió hacia el Serra y seguí descendiendo hasta que me desvié a la derecha para buscar la pista de tierra que asciende hasta el Rincon de la Miseria.
Volví a girar a derechas al final de otra bajada y a mi izquierda surgieron los muñones de unos venerables olivos crecidos sobre un pequeño bancal. Fuí aminorando y respirando, sintiendo en mis pulmones el aroma de las podas quemadas, el humo que que despertaba los recuerdos enterrados de la infancia y de la prehistoria vivida por
homo. También reconoci el olor de un pitillo, el del cigarrro que fumaba un hombre.
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- Buenos días -saludé.
- Buenos días.
Me acerqué a él y le pedí permiso para hacer unas fotos, el hombre sonrió cuando le confesé que encontraba preciosos a esos olivos, al mismo bancal desbrozado.
- Si hombre, si, haga las fotos, además estos olivos han crecido al estilo andaluz, pocos verá como estos en la sierra, son de tres brazos.


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Señaló a otro bancal de olivos, en él, los arboles crecían apoyados en un solo tronco, grueso, musculoso y capaz de soportar el peso de una copa no muy alta pero muy ancha. Los que estaba fotografiando se abrian desde tres troncos menos gruesos, pero también se expandian hacia los lados sin crecer demasiado altos.
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- Tardarán dos años en volver a dar olivas..., mi mujer me dice que por que me sacrifico tanto aquí, pero yo le digo que en dos años ella tendrá su aceite, sus naranjas, sus limones y sus lechugas.





- Y anda que no hay diferencia de las lechugas de huerta a la de las supermercado.
Estuve un rato allí, observando las fogatas, observando los muretes de rodeno, centenarios pero firmes, permitiendo a homo cultivar en las laderas de la Calderona, pequeñas parcelas pero suficientes para la supervivencia de quienes llenaron estas serranias de "
marches", de ribazos.


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Me despedí del aquel hombre y volví a escuchar el petardeo de la motosierra a mi espalda, pero a los pocos minutos ya remontaba hacia la Miseria, hacia la Font de Potrillos y el ruido de la sierra mecanica me hacia recordar las ultimas palabras del hombre.
- Ahora corto estos troncos y así me aseguro de que esto no se pegará fuego y ya tengo para la estufa.
Calor para los hogares de
homo, vida y un aceite muy especial, el de la Sierra Calderona


domingo, 19 de febrero de 2012

"El verano de los perros flacos"..., tiene un nuevo comienzo y una imagen inolvidable para mi.




Las piernas del niño se confundían entre las patas de los galgos.

Las piernas del niño se confundían entre las patas de los galgos, casi trotaban, caminaban deprisa. Los lebreles sobre sus pies de liebre, sobre esas largas falanges que ascendían hasta las patas finas y de un color marrón surcado por vetas oscuras y negras. Unas trazas, unas pinceladas ancestrales que atigraban sus lomos y que los acercaban, hasta casi confundirlos con los tonos apagados de la meseta en plena agostada, como si aquellos llanos inmensos, como si aquellos páramos solitarios y silenciosos hubiesen dibujado sobre ellos al carboncillo, su propio retrato. Las piernas del niño se movían entre esas cabezas afiladas y estrechas, de largos hocicos y que jadeaban al ritmo de un paseo vivaz. Eran unas piernas jóvenes, pero ya bronceadas, con algunos pequeños cortes ya cicatrizados, con las rodillas algo erosionadas y con unos jóvenes y tonificados músculos envolviendo sus huesos aún estrechos y en crecimiento. Apoyaba cada zancada con un bastón y con cada paso, la bolsa de costado se balanceaba. Era una especie de zurrón viejo, de pelo corto y duro que colgaba desde una correa de cuero que ascendía hasta sus estrechos hombros y que pasaba rozando el cuello, muy cerca de su rostro, desde donde unos ojos medio entornados bajo el sol, observaban la meseta, a sus propios galgos, a cada mata o el vuelo al amanecer de los vencejos, a los cernícalos suspendidos en el aire o al automóvil que circulaba sobre la carretera que llevaba al pueblo, pero a bastante distancia de ellos, apenas si era una silueta angulosa y enturbiada por el espejismo que reflejaba el azul del cielo sobre la tierra recalentada.

Se detuvo y los galgos se pararon rodeándole, uno de ellos se pegó a sus piernas y el niño le acarició la cabeza con sus dedos sin apartar la mirada del coche. Reconoció el sonido del escape y el murmullo de la rodadura.

- Es un catorcetreinta y marrón metalizado, no conozco ese coche, en el pueblo no hay ninguno como ese. Hala Churria, Vago, Niño, Huidizo, Llorica…., vamos para casa que ya aprieta el Lorenzo.

Las piernas se niño volvieron a confundirse entre las de los galgos y los crujidos de sus pisadas entre sus jadeos, entre esas lenguas que colgaban, en medio del trotecillo que levantaba nubecillas de polvo que se pegaba a sus pelos y a la piel del niño, a sus botas de media caña y que después volvía a posarse sobre la meseta, sobre la inmensa planicie, entre la que poco a poco, el niño y sus lebreles se iban confundiendo, mimetizando, formando parte de aquellos horizontes planos, de la misma tierra que había dibujado sus mantos, sus pelajes y que los había modelado estrechos y finos, muy delgados, con cinturas estrechas y con pechos formidables. Como si la meseta los hubiese parido.