Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

martes, 17 de agosto de 2010

EL MAGICO VUELO DE LAS GOLONDRINAS, EL HUESO COMUNAL, LA DIFICIL SONRISA..., en "Diario de Homo".


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  Aún sigo creyendo que el amanecer es mi momento de lucidez, de paz, de renacer…, pero esta temporada en las Tierras Altas no está siendo lo agradable que deseaba y anhelaba durante el invierno…, aún consigo levantarme pronto, a eso de las siete de la madrugada, unos minutos antes o unos minutos después, pero me levanto sin chispa, a veces con dolor en la espalda baja y con un extraño distanciamiento hacia la Bicipalo o hacia la Flaca.
   Pero el amanecer conserva la esperanza del primer café, de los saltos y gañidos de la manada que me reciben como si hubiesen pasado un año sin verme…, una esperanza que me llenó de placer durante dos días, coincidió que abrí uno de los paquetes de Marcilla torrefacto y de la torreta de la Oroley brotó un café delicioso, de un aroma y un cuerpo que me lleno de alborozo y gusto.
   Lo degusté casi apesadumbrado, porque ese sabor y esa sensación serían difíciles de igualar, me terminé la cafetera en la terraza, sonriendo al amanecer y unos minutos después contemplando el mágico vuelo de las golondrinas, o de los aviones comunes, como diría Jaime junior, el hijo de mi amigo Jaime Fabra. 
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   Sorteaban con sus vuelos acrobáticos los setos de tuyas, las ramas de la joven olivera y de la palmera, las espinosas hojas de la enorme coscoja salvaje crecida junto a la valla y mi propia cabeza, ante mis propios ojos. Llegaban piando, planeando tan cerca que casi podía tocarlas, tan cerca que el sol del amanecer atravesaba sus remeras y sus caudales y me mostraba un delicado y emotivo espectáculo de transparencias luminiscentes.
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   Volaban sobre la piscina, iban y venían…, y terminaban posándose en los cables de la conducción eléctrica, se preguntaban unas a otras que cuando regresarían a África, mientras las mas jóvenes imitaban una y otra vez el vuelo de las adultas, de sus madres, de las compañeras de bando, de las compañeras del futuro viaje, de la gran migración al continente Madre.
  Durante varios dias regresaron y durante esos días degusté el café ante ellas…, después observaba a la manada y reía ante las idas y venidas de Norton, Mia, Cecil y Pipper con el hueso comunal.
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   De vez en cuando escuchaba un “clock” seco y ruidoso en medio de la calma de la amanecida…, era el hueso comunal que alguno de los chuchos había soltado, al ratito correteaba Pipper con el hueso bien aferrado entre sus pequeñas mandíbulas, se subía a uno de los balancines y se entretenía royéndolo hasta que algo le perturbaba y ladraba, en ese momento el hueso volvía a caer ruidosamente sobre el terrazo para que Cecil lo robase sin vacilar…, para volverlo a soltar ante la presencia de Norton.
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El medio galgo se entretenía con sobre el césped hasta que el paso de algún coche le excitaba…, entonces, cuando el bardino corría la valla, mientras Pipper volvía a robarle el hueso comunal…, que igual podía reaparecer sobre mi cama, entre los pliegues de la colcha de mi padre, perdido en cualquier rincón de la parcela o sobre el sillón eléctrico que nadie usa.
   Ellos me hacen sonreír, también las tardes que los he sacado a pasear y nos hemos topado con los misteriosos chotacabras, con sus cortos vuelos entre las ramas de los pinos para volver a aplanarse contra el suelo, cubierto de roca gris, de líquenes entre verde y blancos, entre los espartos y las marchitas jaras…, durante tres anocheceres paseamos la manada y yo cámara fotográfica en la mano, pero no pudo ser, no volvimos a verlos…, pero guardé en mi retina y en mis neuronas esas visiones privilegiadas, esas imágenes que me hicieron sonreír durante unos instantes de gozo íntimo y solitario.
   Voy viendo que solo queda eso, los instantes, los momentos en los que estoy optimista, en los que me olvido de todo y solo vivo lo que veo…, después vuelvo a caer en la mueca ausente o sombría, distante y apagada…, hasta que ese conejo me vuelve a hacer sonreír…, ha sido esta mañana, pedaleaba con la Bicipalo y me ha salido por la izquierda, ha cruzado por delante y ha trepado por un terraplén de rodeno, que se alzaba rojizo y vertical, como una pared que ha escalado sin desmelenarse, sin esfuerzo, sin resbalar ni una sola vez, para perderse en el monte, para quedarse quieto y mimetizarse ante los ojos de homo.

viernes, 13 de agosto de 2010

TIERRA DE GALGOS, TIERRAS ASPERAS, TIERRA DE HOMBRES..., LA MESETA.



A todos los galgos, al galgo que olvidó Cervantes.
A los hombres y mujeres del campo, a los que vivieron de la tierra desde el amanecer hasta el anochecer.





TIERRA DE GALGOS, TIERRAS ASPERAS, TIERRA DE HOMBRES…, LA MESETA.



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El saqueo.

En aquella oscuridad ni siquiera los ojos de ella, de Churria, la galga bardina, destellaban, en aquella oscuridad, en aquel escondrijo…, ni siquiera sus ojos brillaban…, pero la sentía junto a él, sentía su poderoso corazón latiendo bajo su huesudo tórax, bajo sus ásperos y cortos pelos marrones y negros.
   Luis, el niño, la abrazaba y percibía su olor, su respiración, sentía los leves pinchazos de su pelaje contra sus jóvenes mejillas…, también oía aquellas voces, unas extrañas y desagradables risas, algún grito…, los sollozos de su hermana, dos años menor que él,  también guarecida en el escondrijo que su padre había excavado unas semanas antes, cuando regreso del pueblo de comprar provisiones…, recordó su cara, su expresión, la ausencia de la sonrisa con la que siempre le acariciaba la cabeza a él y a su hermana. Recordó esa extraña frase que su padre murmuró al oído de su madre…., ella también estaba ahí, inmóvil en la oscuridad, sujetando a el Niño Cazador, el joven galgo hijo de Churria.
    - Las tropas de Franco siguen avanzando…
    Desde aquel día su padre no volvió a sonreír, algunas veces lo encontraba en lo alto de las lomas, mirando hacía donde se ponía el sol o hacia donde asomaba, siempre con las siluetas de los dos galgos junto a él, fieles y esbeltos, como flotando cuando lo seguían en los paseos, como si esos cuerpos estrechos y enjutos no pisasen aquellos llanos cubiertos de cereal, de cortas matas, de tierra…, después empezó a construir aquel refugio, alejado de la casa, él y su hermana le ayudaron, también su madre…, que también había dejado de sonreír, aunque por las noches, cuando los acostaba, aún les contaba algún cuento, alguna historia que ella misma se inventaba…, la buscó en la oscuridad del escondite y vió un destello, el brillo de una lagrima…, después se sobresaltó cuando escucharon los tiros, más risas, alguna ráfaga. Después llegó el olor del fuego, el humo penetró entre las tablas disimuladas con arbustos, con balas de paja…, sintió el gruñido de Churria, como vibró su pecho y el susurro de su madre, su mano acariciando el largo hocico de la hembra y después a él mismo y a su hermana.


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   El silencio, el humo, las cenizas negras.
  
    - Voy a salir, no moveros hasta que os lo diga … -murmuró su madre.
    Juana palpó en la oscuridad y reconoció el pomo de madera, lo desplazó un poco y un resquicio de luz penetró en la covacha, entrecerró los ojos y respiró profundamente…, el olor de las cenizas y de los carbones llenaron sus pulmones, su corazón se aceleró y suspiró serenándose, recordando las palabras de Manuel.
   - Cuando lleguen aquí verás cosas horribles, verás a que punto puede llegar la maldad en el hombre…, y no habrá ni culpables ni inocentes, en las guerras, el único culpable es el propio hombre…, verás a vecinos muertos, verás las casas arrasadas y a niños sin sus padres…, pero no te asustes…, ni siquiera si estoy yo entre esos que habrán en las cunetas de los caminos.
    Sollozó, apartó la tabla y escurrió su cuerpo fuera…, volvió a cerrar, apartó los arbustos y durante unos segundos se cubrió los ojos con las manos…, poco a poco fue capaz de abrirlos y de ver entre aquella especie de neblina que lo cubría todo, que era humo, el humo de los sembrados calcinados, el humo estancado y como pegado a aquella tierra sobre la que volaron los lebreles…, fue a gritarles pero corrió tras ellos, apenas si vió algunos de los muros derrumbados de la casa, no vió las vigas del techo quemadas y caídas sobre el interior, no reconoció sus muebles despedazados y esparcidos, tampoco sus telas, sus pocas ropas, sus manteles…, la dote que le regalaron los vecinos, su madre, la abuela, sus familiares.
   El Niño Cazador lloriqueaba y Churria lamia un cuerpo desnudo y ensangrentado…, Juana dobló sus rodillas y lo cubrió con sus brazos extendidos, pegó sus mejillas a esas  teñidas de un rojo oscuro y cuarteado…, volvió a sentir la presión en el pecho y como su garganta se estrechaba, como expulsaba todo el aire con el que él había llenado su vida, con sus ilusiones, dignificando hasta lo indescriptible su condición de hembra, de mujer, de madre.
  Cerró los ojos, abrazó aquel cadáver y trató de alzarlo contra si misma, contra su pecho, contra su regazo…, y se quejó.
    Un ladrido ahogado, como un resoplido partió del afilado hocico de Churria y de nuevo su lengua lamió la cara tumefacta, limpió sus parpados pegados con tierra y barro, un barro sanguinolento que la perra limpió mientras el Niño Cazador giraba su cabeza hacia los otros niños que corrían hacia sus padre…., surgieron de entre el humo estancado.
    - Juana… -murmuró y aún pudo forzar una sonrisa cuando descubrió a sus hijos- Juana…, las…, escrituras…, olvidé guardarlas…
    - Cariño…, no hables ahora…, solo importa que estas vivo.
    - El hijo de…, Ambrosio, iba con…, ellos –y tosió sangre, coágulos y babas espesas y oscuras que resbalaron desde sus labios, unas líneas entre sus mejillas sucias y amoratadas.
    - ¿Qué son las escrituras…? –preguntó el muchacho, Churria se había sentado junto a él y de nuevo se pequeña mano buscaba las costillas de la galga, el latido de su corazón en el interior de aquel pecho prodigioso.
    - Nuestra tierra, hijo…, nuestra tierra hija…, esta…
    Los ojos del muchacho vieron la mano crispada del padre cerrándose sobre la tierra manchada con su propia sangre…, soltó a la galga y tomo entre sus dedos aquel barro regado con los humores de homo, aún estaba caliente y manchado con cenizas oscuras, con restos de paja…, era muy parecida, era la misma que el viento se llevaba cuando el y su hermana Dolores ayudaban a sus padres a orear el trigo. Dolores miraba a su padre en pié, sin atreverse a tocar a aquel cuerpo sin ropas, malherido, sucio de tierra y de su propia sangre.
   - Dolores, Luis…, ir a la casa, pero con cuidado de no quemaros y buscar las ropas de vuestro padre…, hija, tu busca la ropa de cama para tapar estas heridas… -ordenó Juana templando la voz y mirando hacia las humeantes ruinas de la casa que levantaron con sus propias manos los padres de Manuel- mirar también si han dejado algo de comida.
   - No… -sollozó Manuel- se lo llevaron todo…, pero no te preocupes, ellos traerán las liebres…, tengo sed, Juana.
   Un quejido surgió de sus entrañas golpeadas y repletas de hemorragias internas…, cuando movió su cabeza buscando a los lebreles.
   Churria le miraba a los ojos, con sus orejas en roseta pegadas al cráneo, con su hocico negro cerrado, estrecho y picudo, apuntando hacia su amo…, el Niño Cazador, apenas unos dedos mas alto que la esbelta perra miraba a su madre con los belfos levemente entreabiertos y con las cejas enarcadas, con el destello de la excitación en sus ojos marrones.
   - Cuídalos Juana…, el hijo del Ambrosio…, los buscaba… -balbuceó Manuel- y yo le enseñé a escribir.
   Suspiró, entre quejidos se giró sobre si mismo, se cubrió el vientre con sus brazos y se encogió.
   Churria emitió un leve quejido y sus largas patas se fueron flexionando a la vez, sin apartar su mirada del hombre herido y moribundo, apoyó el largo morro en la tierra y resopló…, el Niño Cazador escuchó los sonidos de los cascotes removidos por Luis y Dolores y trotó hacia ellos, casi flotando, con la larga cola cayendo algo mas allá de sus corvejones, con todas sus vértebras sobresaliendo de su lomo levemente arqueado y con la cabeza baja, con las orejas enroscadas hacia atrás y desapareciendo entre el humo estancado, entre aquella imagen gris y fantasmagórica, como si el lebrel fuese un espíritu de la tierra, de aquella tierra de galgos, de hombres y de mujeres.
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      El covacho del Pastor, la ermita del Pastor, hambre.

      -Mamá…
     Juana miró a su hija y sintió una bocanada de aire, de vida…, la niña arrugaba su frente y miraba los muros de la pequeña ermita sin campanario y como engullida por un terraplén que se elevaba un par de metros sobre la inmensidad de la meseta que les rodeaba, sobre ese universo a  veces reseco y amarillo, a veces yermo, a veces verdes y muchas veces mecidos por los vientos, a veces polvorientos y otras veces empapados por la lluvia.
   Separó sus brazos y Dolores corrió hacia ellos.
   - ¿Es verdad que aquí se apareció la virgen y por eso hicieron esta iglesia tan pequeña…?.
   El viento sopló por encima de la loma y Juana vió como azotaba los tallos de las plantas crecidas entre las tejas…, llegó fresco y removiendo las hojas de los tres chopos que se elevaban junto al caño del que manaba un reguerillo de agua…., un tímido oasis en medio del páramo, de la llanura.
   - Dicen los del pueblo que un pastor solía pasar las noches en el covacho que hay detrás de la ermita, uno de esos días le acompañaba su hijo…, y cuentan que se formó una tormenta y que un rayo cayó en medio de las ovejas, muchas de ellas murieron, también sus perros…, pero su hijo no murió, solo se quedó sordo, a si que lo metió en el covacho para tratar de curarlo y para protegerlo de la lluvia. Después el pastor contó en la cantina que vió algo que tenía mucha luz tocando a su hijo…, dijo que tenia unas ropas como faldas…, pero el no dijo que fuese la virgen, eso lo dijo el cura y entonces decidieron dar las gracias a la madre de Dios levantando esta ermita.
   - ¿Y porqué esta metida en la tierra…?.
   - El pastor no creía en Dios y dijo que en su covacho no se haría una iglesia de esas…, entonces la hicieron aquí, al otro lado de la loma y para mas burla la llamaron la ermita del Pastor.
   - Entonces…, ¿si la virgen curó al hijo del pastor aquí…, también podría curar a padre…?, ¿por eso nos hemos venido aquí a vivir…?.
   - Aquí no estaremos para siempre, volveremos a nuestra casa cuando podamos arreglarla.
  
   - A veces vi a padre pegar cachetes al hijo del Ambrosio, cuando le enseñaba a escribir…, pero no le hacia sangre…, igual por eso le ha pegado ahora…, tengo hambre, tengo el dolor aquí, en la barriga.
   La pequeña giró lentamente la cabeza, miró hacia los horizontes, hacia las planicies que se solapaban unas con otras,  hacia el color rojizo de la tierra, hacia el color de la paja, hacia un cielo que se oscurecía después de haber enrojecido con el ocaso…, hacia la senda por la que habían abandonado su casa…, y por donde surgieron trotando con las cabeza gachas, lanzando sus patas armoniosamente unas tras otra, con las orejas tumbadas sobre sus cabezas y con las fauces cerradas sobre las liebres ensangrentadas…, dos siluetas a contraluz, dos siluetas sobre el páramo tan inmenso como la noche que se cernía.
   Luis se asustó cuando vió a los lebreles, estaba tumbado junto a su padre, escuchando su débil respiración para asegurarse de que seguía vivo…,   Churria entró en la ermita y soltó la liebre junto al lecho de Manuel, se agachó y su poderoso pecho tocó en el suelo de tierra, su estrecho estomago quedó en el aire, apoyó su cabeza sobre el morro y suspiró.
   El Niño Cazador también soltó su liebre, volvió a dejar sus belfos entreabiertos, como formando una picara sonrisa y la rabona saltó fuera de la ermita…, Luis corrió tras ella, fijó sus ojos en la liebre herida, vió como giraba hacia la derecha, él también se inclinó hacia ese lado, resbalo y su rodilla derecha se hincó en el suelo, volvió a levantarse y sin saber porque se inclinó hacia la izquierda antes de que ella fintase hacia ese lado…, cayó sobre ella, percibió el cuerpo caliente de la liebre y después el crujido de sus pequeñas cervicales cuando le retorció el cuello.
    - ¡El Niño Cazador es bueno…,nunca mata las liebres, nunca mata las liebres…¡ -gritó su hermana abrazándose al galgo.
   Juana sonrió, se limpió la lágrima que afloró de sus ojos y vió el ave, voló sin ningún ruido entre los chopos, planeó sobre su cabeza y desapareció.
   

domingo, 8 de agosto de 2010

YA EN LAS TIERRAS ALTAS, ENTRE PASEOS CON LA MANADA Y PEDALADAS..., en "Diario de Homo"


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     El mes de julio murió silenciosamente antes de terminar la tercera semana, el teléfono dejó de sonar y la maquinaria enmudeció en la carpintería. Recuerdo que cada mañana, cuando bajaba al taller encontraba la calle Goya demasiado silenciosa, no se percibía el rumor del tráfico de las grandes avenidas, tampoco los chillidos agudos de los vencejos. Miré hacia los áticos, buscando sus rápidos vuelos pero no vi nada mas que las antenas de televisión, las banderas de España decorando algunos balcones, las nubes marinas que el mediterráneo enviaba tierra adentro.
   A mitad de semana recogimos las medicinas de mis padres, subimos a la ranchera y partimos hacia las llamadas Tierras Altas…, con Cecil y Pipper algo inquietos en sus pequeñas camitas. Partimos, como todos los veranos hacia las tierras que rodean a la Sierra Calderona, a esas tierras que llamé Altas pero que tan solo están a 170 metros de altitud sobre el mediterraneo.
   Norton y Mia nos recibieron dando saltos… y algo extraños cuando vieron bajar a los dos pinchers…, Cecil recordó al galgo y rápidamente adoptó una posición de sumisión ante su alargado hocico, pero Pipper le gruñó, retó al macho dominante y lloriqueó ruidosamente cuando Norton le marcó con los colmillos. Unos días después el cachorro aprendió y en las siguientes tardes ya fuimos capaces de pasear los cinco, Norton, Mia, Cecil, Pipper y yo en paz, entre carreras y ladridos, rastreando a los conejos y mordisqueando piñas, ramitas…, juguetes que Pipper transportaba sin perder de vista al resto de la manada.
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   Y de nuevo me aferro a las primeras horas del día para escribir un poco, para relajarme…, estos días he empezado a de escribir un relato sobre galgos, sobre los hombres y mujeres que viven en los llanos, en la meseta castellana…, y ayer, durante los minutos que duraba el crepúsculo volví a pensar en ellos mientras observaba desde la terraza, las nubes marinas que de nuevo el viento de levante enviaba hacia el interior. Ellos, los hombres y mujeres de los paramos no pueden sentir ese viento marino, refrescante y húmedo ni tampoco ver esas nubes que poco a poco van cubriendo el norte y enroscándose en las cimas de la Calderona.
   Las veía de un color encendido, como rosado cuando el sol aún les alcanzaba con sus haces moribundos, después viraron a un tono gris, casi tan gris como ese cielo desprovisto de la luz solar y finalmente volvieron a cobrar una extraña luminiscencia cuando la noche la engulló y comenzaron a reflejar la luz acervezada de algunos pueblos cercanos.
   Otras muchas tardes contemplo esa escena desde una loma cercana, a ella suelo acercarme con la manada, Norton y Mia corren campo a través y Cecil y Pipper los vigilan desde el camino, aunque Cecil se suele aventurar en el bosque, al rato reaparece jadeando y buscándome, yo sigo caminando, escuchando las llamadas cortas y delicadas de las golondrinas, sobrevuelan el pinar y a veces se suspenden contra el viento de levante, las veo sobre las copas de las pinos, estrechas  y flexibles…, alcanzo la loma y voy dando la vuelta a un cercado hasta encontrarme de nuevo con los perfiles de la Calderona, ya mas oscuros y cubiertos por las nubes bajas, por las brumas marinas, por esa humedad que la serranía bebe y que a veces aún descubro entre sus hojas, los amaneceres que  salgo pronto con la Bicipalo.
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    Minutos antes de salir a rodar me preparo el café y lo tomo en la terraza, me llena de vida percibir el frescor, la calma, la claridad que emana desde el mar y me gusta mirar la ventana del comedor. Siento un extraño placer cuando veo mis dos cascos colgando de la reja, el que uso con la Bicipalo y el que me calo con la Flaca, me gusta ver las correas de los chuchis…, el arnés de Mia, el ancho y señorial collar de Norton, las pequeñas correas de Pipper y Cecil. 
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Es como una declaración de principios…, cualquier observador los vería nada mas entrar en el chalet y podría pensar que su propietario hace bici y tiene perros…, esa es la esencia durante el verano, aquí en las llamadas Tierras Altas…, me gusta ver los cascos ahí colgados, esa idea de hacer bici y pasear a la manada, escribir algo en los momentos de inspiración, olvidarme de la falta de trabajo, de los pagos que llegaran en septiembre…, pero al rato de tomar mi café debo de preparar el Cola-cao de mi padre.
    El zumbido de la cama mecanizada, su expresión, sus toses cuando bebe, el olor del orín desde el orinal, los papeles con los que se limpia…, me devuelven a una realidad que se alarga ya durante casi ocho años. Despues de darle los laxantes me desnudo ante él y me visto de ciclista sabiendo que tendré algo mas de dos horas para pedalear por la sierra…, y volveré a esa realidad, que es la que deseas y has elegido, suelen decir y suelo creer.
   La cigarras rechinan al medio dia, llenan el ambiente con sus canto estridente y espero a que regrese la tarde, observo como toda la manada sestea, trato de escribir algo pero al final me entrego también al reposo…, y me viene bien, la siesta se ha convertido en el ultimo refugio, soy capaz de abandonar a mi padre ante el televisor, sentado en el sofá, sin poder levantarse, sin poder moverse…, hasta que su llamada ahogada me despierta, o hasta que una hora después de tumbarme me despierto somnoliento, entro en el salón y lo pongo sobre la silla de ruedas a orinar o a defecar…, y la tarde regresa, a veces, cuando están mis hermanas las observo bañarse en la piscina, alguna vez se anima mi madre mientras la manada juega y se zambulle entre las mismas aguas.
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   Me gusta sentarme bajo la espesa sombra de la mimosa y observar, sentir el viento, observar los tres naranjos y a Cecil y Pipper como corretean y jugan sobre la grama, mordisquean los recios tallos y tiran de ellos, Norton persigue libélulas alrededor de la piscina y Mia se zambulle una y mil veces cuando mis hermanas le arrojan ramitas o semillas del bronchonchito
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  Me siento a gusto, me alivia y reconforta ver a los perros en este ambiente, lejos del asfalto, lejos de la ciudad, lejos de la polución, lejos del trafico…, me gusta ver como el sol atraviesa las hojas de la grama, me gusta ver ese universo de verdes…, me gusta ver a Norton caminar cansinamente, contoneando su estrecho cuerpo, moviendo sus largas patas entre los pinchers o verlo saltar como una ballesta cuando avista un conejo en los paseos al anochecer. Mia y él salen al galope y se estrellan contra el monte bajo, Mia ladra agudamente, saltan sobre las matas de esparto, fintan entre los pinos…, y el conejo escapa, yo sonrío y sigo el paseo, el chotacabras levanta el vuelo, flota con esa peculiar forma de volar y vuelve a aplanarse contra la tierra, llama alguna lechuza y los mochuelos se avisan…, y entre las sombras surge Mia con las mandibulas ensangrentadas con una sangre que no era suya…, después llegan los grillos, alguna charla con el móvil y el sueño en el campo, en las llamadas Tierras Altas.


sábado, 24 de julio de 2010

GUERRA Y MUERTE ENTRE LAS PEDALADAS.


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       - Hola…¡¡¡, ¿ que tal..?, no me reconoces ¿eh…?. –me saludó risueño el ciclista, sonriendo y dando pedaladas sobre una doble suspensión- soy el gallego, nos vimos en invierno.
     - Ah…, claro, claro que te reconozco…. –respondí sonriendo y visualizando mentalmente aquel encuentro en la Font del Berro- claro, ibas con tu mujer.
     - Y tu con una chica muy delgadita…, hoy salgo solo, bueno la verdad es que es mi primer día y voy de globero, desde lo del hombro que no he podido montar.
    Remontábamos la suave pendiente que ascendía desde el aparcamiento de Porta Coeli, el gallego ya jadeaba y comenzaba a sudar.
     - ¿Alguna caída…?.
     - No, que bah, que me metí en una bulla allí en Santiago.... querían acuchillar a un paisano y me metí por medio, al final me rompí un tendón del hombro y nada, al quirófano… -confesó sonriendo y pedaleando feliz- y ¿sabes…?, la plaza estaba llena de gente y nadie se movió.
    - Hombre…, es que una movida con cuchillo incluido…., hay que echarle huevos y saber lo que hacer.
    - Bueno…, -suspiró y comentó- después de dos guerras y estar preparándome para la tercera…, meterme en ese lío era poca cosa, pero es que si no lo degollan allí mismo.
   - ¿Dos guerras…?.
   Volví la cabeza hacia él…, sin dejar de pedalear sobre la tierra blancuzca y reseca de la pista.
   - Ah, es que no te lo he dicho…, soy militar –confesó el gallego mirándome, sonriendo, aspirando y expirando bocanadas de aire- llevo ya mas de veinte años de profesión, tengo casi cincuenta años y la siguiente guerra es Afganistán…
   - ¿Afganistán…?, joder, eso ya no es una misión de paz, es de guerra.
   - Ya lo se –murmuró- allí se pegan muchos tiros…, la verdad es que los últimos años de mi vida han estado envueltos en tiros…, sobre todo allí en la Vieja Europa, en Kosobo y Serbia.
   - ¿También estuviste…?.
   El gallego afirmó con la cabeza y dejé que recuperase el resuello, coronamos en el cruce y nos dejamos caer hacia el Portixol o Prueba del Hombre.
   - De jovencito era un estudioso de la Segunda Guerra Mundial…., -continué explicándome-  y esta ultima guerra europea me recordaba muchos a aquellos años de horror y genocidios… -confieso.
   - Aquello fue muy fuerte…, allí estaba de casco azul, vi muchas barbaridades…, vimos a los “malos” masacrar a la población…, y sin poder hacer nada…, solo responderles con fuego cuando nos disparaban.
   - ¿Eres consciente de haber matado a alguien…?, espero que no te moleste la pregunta, no es morbo…, -me explico- es que últimamente no ando muy bien de ánimos, bueno, de hecho este invierno creo que tuve un conato de depresión o algo así…, y ahora te oigo hablar y me siento casi ridículo…, imagino que tu visión de la Vida y de los problemas no será la misma que la mía.
   Seguimos pedaleando, volviendo a remontar después del llaneo.
   - No…, se que no he matado a nadie…, cuando he disparado lo he hecho para demostrar que podemos defendernos…, en la guerra de Bosnia vi muchas cosas…, como descargar un volquete repleto de cadáveres en una fosa común, ver los restos de 2000 prisioneros de guerra fusilados, las aldeas y los pueblos destrozados…, menos uno que quedó al margen de los combates y siguió cultivando los campos, produciendo alimentos que luego vendían a precio de oro…, se enriquecieron con el hambre y la miseria de los demás…, ahora conducen Mercedes y BMWs…, te puedes creer que no había un solo cristal entero en los pueblos, la gente se moría de frío por no poder tapar las ventanas….
    El gallego calla y respira…, le veo algo forzado tratando de seguir mi ritmo…, busco la sombra de un pino, aflojo la pedalada y paro.
    - Para, para… -le digo- es que te voy a dejar, no tengo mucho tiempo.
   Echa pie a tierra y sonríe, su rostro ya está empapado en sudor y me mira desde sus ojos…, es un rostro afable y tranquilo, es una expresión que sonríe a la vida, que goza cada momento de su existencia entre la guerra y la muerte, entre la paz y las pedaladas en la sierra Calderona. Me sigue hablando y le escucho.
   - Yo me tomo la vida a mi manera, hay que vivirla porque aquí estamos para poco tiempo…, mira, ayer mismo tuve un pequeño golpe con el coche, una chica me dio por detrás…, yo bajé del coche riéndome y a la mujer se le partieron los esquemas mentales, no era mas que un arañazo, algo tan simple…, como darnos los buenos días y firmar los partes, nada mas.
   - Joder…, ha sido una suerte encontrarte…, -le confieso- bueno, ¿como te llamas…?.
   - Vicente.
   - Yo Pedro…., y suerte en Afganistán.
   Y entrelazamos las manos, nos sonreímos y volvimos a pedalear…, enseguida le fui sacando metros, distancia mientras llegaban las duras rampas de la Prueba del Hombre…, dando el viraje a izquierdas y mirando hacia abajo. Volví a verlo, en la curva anterior, remontando a solas, viviendo la calma y la soledad del momento, viviendo sus recuerdos, sus pensamientos…., puede que lejos o próximos a esas detonaciones, al tableteo seco de las ametralladoras, al brutal estampido de los obuses, al impacto de la onda expansiva que comprimió sus pulmones en tierras de la Vieja Europa.
    Fui ascendiendo, percibiendo el aroma intenso de una montaña empapada por las nubes marinas que el viento de levante había arrojado sobre la serranía la noche anterior, entre algunos relámpagos, entre algunos chaparrones que se precipitaron en sus faldas. Sentí esa humedad empapando mis piernas cuando me rocé con algunos de sus arbustos y me pregunté que verían los ojos de Vicente, como viviría las problemas que me torturan…, me pregunté como sentiría su propia vida y que cambios profundos se habrían producido en su mente después de vivir los horrores de la Guerra, después de codearse con la muerte y sabiendo que en menos de dos meses volvería a Afganistán.
    Observé las flores, las piedras, el camino…, observé las montañas de siempre, contemplé los horizontes, vi los troncos talados y el sotobosque desbrozado en el barranco de Potrillos y me confundí ante esa montaña desnuda, casi como avergonzada, despojada de sus pinos, sin sus lentiscos, sin sus servales, sin sus coscojas, sin la umbría…, un paisaje distinto que siempre había estado ahí, quizás como la vida vista y sentida con otros ojos, con otros sentimientos, con otros ánimos.
    - ¿Dónde esta Joa…? –murmuré pedaleando a solas- está escalando en los Alpes, ¿o es que no te acuerdas…?.





domingo, 18 de julio de 2010

UNA HORA ANTES DE LA MATINAL DE TORRENT... en "Run-run Zing, diario de una pequeña custom 125".


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   Los dedos de Corso tardaron unos segundos en teclear su post, “Pues eso, que el 18 de julio hay matinal en Torrent…, y no quiero perdérmela y aunque todavía falta algo de tiempo… abro lista”, después colocó el cursor sobre el “enviar” y mas de 2900 personas leyeron su escueta llamada…, yo entre ellas, al poco la lista fue creciendo y se concretó quedar en la Pink Panter, como siempre.
  Recordé la primera vez que conocí a algunos de los Dracs de la LLum, allí mismo, en la Pantera Rosa…, la siguiente vez fue cuando el libro de Espíritu Custom llegaba a Valencia en las alforjas de Maminator. Fue una salida inolvidable y ahora, un tiempo después volvía a quedar en la Pink, no les acompañaría a Torrent pero por lo menos volvería a verlos. Me apetecía volver a ver a Corso a Chefo, a Chiwi, a Mathius, a Bermu…, que aparecería acompañado de su hija Arantxa, a Pájaro, a Frates…
   Y el sabado, mientras pedaleaba por la montañas de la Calderona me dije, “hoy date caña que mañana no saldràs con la Flaca…”, pensando en esa cita…, y el domingo desperté tranquilo, sin madrugar para salir a pedalear aprovechando el escaso fresco de la madrugada, desayuné mi café torrefacto tocado con leche condensada, paseé a Cecil y a Pipper , después coloqué las riendas a Run-run y salió dócilmente de la carpinteria.
   En ese momento apareció mi amiga Inma, sonrió y me miró.
   - Venga, arranca que te quiero ver encima de la moto.
   Arranqué de patada, ella salió con su Fiat Punto y yo la seguí un rato, sonriendo y sintiéndome a gusto encima de la pequeña custom 125. La seguí por la calle Brasil, paré junto a ella en el semáforo y la miré.
   - ¿Estoy guapo…?.
   Ella volvió a sonreir…, yo le miré la falda y enarqué las cejas.
   - Bonitas rodillas.
   Tiró del vestidito hacia arriba y murmuré.
   - Hermosos muslos…., ahhhhh.
    - ¡Cuidadiiinnn, que te pierdes...¡ –bromeó cuando intenté meter el casco y mi cabeza por la ventanilla- tira, que ya está verde.
   Clank, primera…., aceleré y Run-run se movió hacia delante, clank…, segunda y Run-run volvió a empujar…, a lanzarse por las calles de Valencia en la mañana de un tranquilo domingo de verano. Sonreí sintiéndome a gusto, percibiendo un viento ya algo tibio contra mis antebrazos y remontando el puente sobre las vías de la estación del Norte, tumbándome levemente y escuchando el sonido del monocilíndrico.
   Eché un vistazo rápido a la ciudad enturbiada con la humedad que el viento de levante acumulada durante la tarde y las primeras horas de la noche, difusa bajo la luz de un sol que ganaba altura…, después giré a derechas para virar a izquierdas, otra luz roja y aceleré para subir el bordillo de la entrada al lavadero.
  Una enorme custom esperaba ya…, paré, me quité el casco, los guantes y estreché la mano del desconocido motero.
   - Hola, soy Bicipalo…
   - Y yo Indio.
   - Parece que somos los primeros… -observé, pero al poco el sonido de tres máquinas nos hizo mirar hacia la peculiar pantera de metal oxidado.
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Las chopper lanzaban sus horquillas hacia nosotros, aunque con un R camuflada entre ellas…, pero mis ojos se fueron hacia las estilizadas líneas de una Daytona blanca, su deposito, largo y estilizado me recordó al tórax de un galgo, de amplio pecho y  estrecho estomago…, Zefran se bajo de ella y la observó orgulloso.
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   Poco a poco el sonido de los escapes se fue mezclando con el de nuestras voces, con el de nuestras charlas, con el de nuestras risas, con el tenue chasquido de los besos cuando eran ellas las que llegaban con sus motos.
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    Karmen apareció algo timida sobre su Daelym azul marino y tras ella, Nine y su prima montadas a horcajadas sobre un Zing Darkside…, las custom se subían a la acera y las manos se entrelazaban en saludos sinceros y cordiales. Como las que estreché de Frates, de Mathius, de Bermu, de Chiwy, de Potro, de Uxul, de Jack…, que llegó con una cazadora marrón y una personal custom repleta de flecos y de cuero, de piel y de costuras…, me di cuenta de que cada uno de nosotros y de ellas era un mundo, cada máquina era distinta…, y allí  se fundía con preciosa armonía los recursos mas ancestrales, la piel y las corduras con la tecnologia de homo, con la gasolina y el acero, con los cromados y la pintura negra mate, como la que cubría otra Daelym con un sutil icono pintado en su deposito y en la piel de su dueño, el crucifijo entrelazado en la mano…, El Padrino…, o la rosa azul en la montura de Corso…, 
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Ninguna de aquellas motos era igual…, entendí que eso era parte de la esencia del custom, el gusto por hacer de tu moto algo personal, algo propio, algo diferente, algo individual que debería hacerte sentir así mientras durase la fantasía de la ruta, de la cabalgada, mientras sintieses el viento, ese viento del que todos los moteros hablan.
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    No se en que momento alguien dijo algo, alguien giró una llave de contacto…, en algún momento la gasolina explosionó bajo las culatas y los escapes comenzaron a vibrar…, dudé, vacilé de seguirles…, tenía que volver a casa antes de las diez, pero me puse el casco a toda prisa, arranqué con el botón y bajé el bordillo como si montase en mi mountain bike…, la suspensiones se hundieron bruscamente y giré el acelerador, percibí el tímido empuje de Run-run, apuré la marcha, cambié y me lancé tras ellos…, percibí un sonido distinto por mi izquierda, giré la cabeza y reconocí la contenida sonrisa de Artus…
   - ¡Artussss….¡, ¡coño, te daba por perdido…¡.
   - Es que vengo desde Montan, pues pensaba que no vendrías.
   - A Torrent no voy, pero quería veros.
   Y vimos que los pilotos rojos se alejaban, Artus pasó delante con su flamante Estrella Blanca con alma y Run-run y yo volvimos a acelerar, a buscar la palanca del cambio con la puntera del zapato y a empujarla hacia arriba.
   Nos tumbamos dejando los enormes anzuelos de la rotonda a nuestra izquierda y después otra vez para salir a la autovia, para rodar lanzadas con el enorme cauce del Turia a nuestra izquierda…, y de nuevo sonreí, de nuevo escuchaba el peculiar sonido del manada, de nuevo observaba la peculiar forma de montar en custom, los asientos bajos, los brazos altos y las piernas lanzadas, los flecos al viento y algunos pañuelos cubriendo los rostros de los bikers…, el grupo se pasó a la izquierda y yo aceleré por el margen derecho, Run-run se puso a algo mas de 100 y fui adelantándoles, despidiéndome con el claxon, alzando la mano con la V formada y echando miradas al retrovisor…, al ratito descubrí una miríada de estrellas, de luces, un universo de faros que anunciaban el paso de todos ellos, de las .custom que rodaban hacia Torrent, hacia la matinal que Corso anunció con su post, “Pues eso, que el 18 de julio…”.

  




domingo, 11 de julio de 2010

DE NUEVO ANTE EL MENHIR, DE VUELTA AL CANTAL.


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    Hace tiempo que no entro en una iglesia, hace tiempo que no percibo ese olor que quedó fijado en mi memoria, cuando íbamos a misa con mi madre…, el olor del incienso y el eco de la voz del párroco, los perfiles de los feligreses, la esperanza en sus ojos, en su actitud sumisa ante el Cristo crucificado.
   Con el tiempo, también he olvidado la serenidad de los templos, el silencio, la visión de la presencia solitaria de alguna persona rezando entre sus bancos…, pero no recuerdo haber sentido algo profundo bajo las bóvedas o entre las luces multicolores de las vidrieras, no recuerdo haber sentido a Dios, no recuerdo haber percibido algo espiritual algo mágico…, algo parecido a lo que sentí hace años cuando descubrí aquella piedra alzada en la pradera…, entonces ni me planteé que algún humano la hubiese erigido.
   Dejé de pedalear, eché pie a tierra y observé aquel paraje, el tenue y extraño verdor de aquellas praderas, declinadas hacia las faldas de un cerrito que se elevaba cubierto de bosque bajo y con su cima plana mirando hacia aquella roca que apuntaba hacia un cielo luminoso y cegador, hacia un sol que se abatía sobre los montes de Altura llenándolos de calor y de luz, calentando las piedras de las ramblas, la tierra de los caminos blanquecinos y polvorientos y evaporando el agua que hace decenas o miles de años corrió por esos cursos ahora secos y pétreos, silenciosos y sin destellos.
   Continué pedaleando, guiándome con el mapa militar y explorando aquella dura orografía y recordando esa sensación tan especial…, seguí pedaleando, alejándome, regresando a la civilización.
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     Unos años después.
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     Fue Joa quien lo dijo, casi en voz baja, como si ya lo supiese.
     - Esa piedra es un menhir, Pedro…, y creo que hay poblados iberos cerca, lo he leído en el instituto.
      Recuerdo su cara iluminada por la claridad que emanaba desde la pantalla de su portátil…, sentí un escalofrío y sonreí. Lo había percibido, en aquella primera pedalada en solitario, si…, de aquel lugar emanaba algo especial.
     - ¿Vamos este sábado….? –le propuse.
     - Bien.
     Joa habría dicho también “bien”, si hubiese propuesto viajar a Stonehenge en bicicleta…., y aquel sábado de invierno visitamos en menhir del Cantal, ya no fue como aquella primera vez pero siguió siendo una visita especial, aquel lugar volvió a decirme que aquellas praderas, ahora desiertas y mudas, estuvieron en otras épocas, ocupadas por personas que se sentían seguras entre estas montañas, que se alimentaban de la tierra, de sus animales y que bebían de las fuentes y ríos que discurrían por aquí.
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    Buscando la armonía con Gaia, regresando al menhir como quien alza la vista y contempla la cruz en el silencio del templo.

   Hablé con Joa por teléfono y volví a proponerle regresar el menhir.
   - No es la ruta ideal para hacerla con este calor…, pero necesito volver allí.
   - Vale, pues vamos al menhir.
   Y el sabado volvimos a pedalear juntos, Joa habia perdido 5 kilos tras una obstinada diarrea  que durante 50 horribles día la dejó escuálida, huesuda, menuda y angulosa como una galga…, pero ahí estaba pedaleando sobre los resecos caminos que se encaraban hacia las montañas de LLiria, de Altura, de Las Alcublas…, después de abandonar la pista de tierra del canal de riego de Benageber.
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   La observé tan delgadita, tan ajada pero tan tenaz como durante el invierno, como durante sus brillantes carreras a pie de montaña…, y temí que desfalleciese, pero no dejamos de pedalear, la adelanté sonriendo y aflojé un poco mis pedaladas, pude observar estos parajes resecos y serios, las gramíneas ya amarillas, pude oír el temprano chirriar de algunas cigarras guarecidas entre las agujas de los pinares aislados que surgían entre las fincas de cítricos que íbamos atravesando.
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   Volví a fijarme en las losas de roca que afloraban entre la pista blanquecina, en las matas de esparto espigadas, en sus fibras estrechas y resistentes que durante milenios usaron los primigenios pobladores de estas tierras para urdir fibras, lazos, cordadas, cestas…, vi también las flores amarillas de las “uvas de pastor”, vi las colinas y lomas que se iban sucediendo ante nosotros, las ramblas grisáceas y secas por debajo, serpenteando entre barrancos y cañones, descarnando taludes de tierras rojizas o marrones en los que los alcaudones perforaban sus túneles y vi por primera vez en mi vida  la silueta amarilla de una oropéndola.
    -Joa…
   Y señalé, ella también la vió y sonrió…, el amarillo de su dorso resaltaba entre los grises de la roca, entre los verdes apagados de los pinos aislados y sedientos, entre las espigas del esparto…, era un amarillo vivo, ahí donde el silencio y el calor parecía detener la vida de un hombre de ciudad pedaleando hacia un santuario abandonado miles de años después de que aquellos hombres arrancasen la gran roca y la remolcasen hasta el prado que se guarecía tras unas montañas que se alzaron infranqueables cuando coronamos el alto de Abanillas. 
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    Des allí arriba vimos las fachadas encaladas de las Masia de Abanillas…, Joa fijó sus ojillos en ella y despegó sus finos labios.
    - Me gustaría pasar una temporada en unos de estos masos.
    - No estaría mal…, sería una buena prueba, lejos de la civilización, del ruido, de la gente…, de la velocidad de nuestras vidas…, ¿no…?, ¿como vas…?.
    - Bien, bien…, estoy contenta, me voy recuperando rápido.
    Sonreí y nos dejamos caer hacia Abanillas, dejamos rodar las bicis sobre la tierra, nos movimos hacia esas montañas que crecían conforme nos acercábamos, seguimos perdiendo altura y empezamos a girar a izquierdas, atravesamos unas de las ramblas y volvimos a pedalear cuesta arriba, en silencio, bajo un sol que seguía ascendiendo, dominando un cielo sin nubes, incidiendo en nuestros antebrazos, en nuestras piernas, proyectando nuestras sombras.
   Mis ojos volvieron a observar la rambla que se retorcía gravosa y árida a la izquierda de la pista, mi mente recordó mis propios sentimientos, mis propios pensamientos, rescataron las mismas percepciones y las mismas palabras que usé para describir aquella visita invernal al menhir. Hablé de las hojas amarillas de los chopos aislados que hundían sus raíces en el lecho de la rambla, bebiendo del agua oculta que en tiempos pasados corrió sobre los millones de cantos y guijarros vueltos ahora hacia el sol, que los cubrió de verdín y de algas y sobre los que nadaron truchas y barbos, sobre los que debieron encajarse reteles y cestas…, vi las montañas y esos prados abiertos a sus faldas, sin pinos, sin monte bajo y a veces cubiertos de lavanda…, paré y caminé sobre la vegetación marchita, busqué la sombra de un solitario pino y durante unos instantes escuché al viento murmurar entre sus agujas, el único sonido natural que emergía de aquellas tierras, de ese entorno demasiado calmo, demasiado natural…, y me sentí tan ignorante, me sentí tan sordo, me sentí tan burdo.
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    - El pino me ha hablado.
    - ¿Y que te ha dicho…? –me preguntó Joa…, y la abracé.
    - No lo se…, puede que me halla dicho que es momento de volver a la naturaleza, de tranquilizarme y de volver a creer en todo eso que decora a la Bicipalo.
    Ella sonrió, seguimos pedaleando y llegamos al Cantal…, el menhir continuaba allí, apuntando hacia el cielo, dominando la pradera mágica…, aún teñida de un verde apagado y triste, pero vivo.
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    Nos sentamos junto a la roca y señalé hacia el cerro.
    - Algún día subiremos allí…, me da que se asentaron en él.
    Comimos unos panecillos y observamos el entorno, escuchamos el paso de un par de aviones, vimos sus fuselajes de aluminio refulgiendo sobre el cielo, escuchamos y vimos el vuelo de un pequeño bando de cuervos…, y me pregunté si se podría descubrir la calma y el sosiego en aquel lugar.
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    - Me preguntaba de cuanto nos podríamos desprender para poder acercarnos mas a todo esto, a este silencio, a esta calma…, no se, a la falta del estimulo continuo, de la paranoia del consumo…, estos días ando diciendome que debo vistar mas el foro de Vida Primitiva, lo he tenido demasiado tiempo olvidado.
   - Tu de bastante… -susurró Joa- pero no le pidas a un joven que abandone todo eso con lo que ha crecido…, un móvil, una consola, un ordenador, una nevera llena de refrescos artificiales.
   - Pensaba en mi…, no se puede obligar a nadie a que le guste esto…, pero noto que pasan los años, noto que me están pasando cosas en la cabeza que antes no me pasaban…, joder, noto como si se acabase el tiempo, como si tuviese que empezar a tomar decisiones ya…, y creo que si pudiésemos comprender a la naturaleza todo sería mas fluido, como mas sencillo y comprensible.
     Joa sonrió…, y dejamos El cantal, volvimos a pedalear, coronamos de nuevo el Alto de Abanillas y nos alejamos de las tierras pobladas por aquellos iberos que vivieron de estas tierras, que sintieron algo alrededor de aquel menhir que les sobrevivió a todos, incluso al más anciano y sabio de ellos, incluso al más valiente de sus guerreros…, pasamos frente a las humildes viviendas de piedra que parecían surgir de la misma montañas, como paridas por las entrañas pétreas de la serranía.
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 Seguimos descendiendo hasta alcanzar de nuevo la pista del canal de riego y nos topamos con una nube de polvo que avanzaba hacia nosotros, algo se movía en ella, algo enorme, cabezas con cuernos que oscilaban con el sordo trote de la manda de bisontes.
    - Ovejas.
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    Paramos y el polvo nos envolvió, percibimos el olor del ganado, de sus heces, de su lana, escuchamos el sonido de sus pezuñas, sus balidos…, dimos los buenos días al pastor y esperamos a que pasasen todas.
   - Una vez ibamos cruzando Soria en coche, con mi viejo Fiesta, iba con Quique y Alex… -me dice Joa- y nos topamos con un rebaño enorme, era la primera vez que saliamos de la ciudad y yo estaba convencida de que el rebaño se tenia que apartar, saqué la cabeza por la ventanilla y le grité  a la pastora “¡sorianaaa…¡, y nos atizó un bastonazo al coche…, aún lo recordamos y nos partimos de risa.
  Joa.