Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

lunes, 12 de octubre de 2009

DIARIO DE HOMO: Pedaladas olvidadas, pedaladas en el vacío, entre una mente alterada y temerosa.

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Una intensa luminiscencia anaranjada se elevaba tras la carretera, tras los pinares, al otro lado del cercado de espino que delimita los terrenos de la base de la OTAN..., la luz debía de emerger del mar que no podía ver, le eché una ultima mirada y rodé como siempre, por la vía de servicio hasta voltear a la Bicipalo por encima del quitamiedos. Crucé la carretera y rodé ya por tierra hacia la Calderona..., y ahora mismo empiezo a recordar detalles de una pedalada olvidada a los veinte minutos de regresar al chalé, o puede que antes, creo que a partir del momento en el que me bajé de la Primigenia y me incliné hacia la cama de mi padre..., ahí terminó todo, pero ahora estoy empezando a recordar, recuerdo la bolsa de aire caliente que me esperaba junto al barranco de Pedralvilla, el ciclocomputador no tenía la capacidad para reaccionar tan rápidamente al cambio de grados, pero mi piel si, mis células termoreceptoras también y las áreas de mi cerebro encargadas de decodificar y de recrear esa sensación de calor también..., recuerdo que me miré los manguitos y me dije “coño, en el chalé hacia fresquito...” y me imagino que habré continuado pedaleando hacia las viejas cumbres de la Calderona.

Recuerdo que esa extraña calidez del amanecer me ha descolocado un poco..., aunque realmente llevaba fuera de la normalidad toda la semana, una semana convulsa y casi aciaga, angustiante y muy extraña.

Recuerdo que el jueves salí con la Flaca, recuerdo ese extraño calor y el viento del norte, pero sin las cuchillas cortantes con las que se arma durante el otoño o el invierno, realmente eran como lenguetazos calientes mas propios de Pascua o de las primeras tardes del verano..., me sentí en otro tiempo, como en otra estación..., lo único tranquilizante es que acaba de hablar con Joa, ella se marchaba de puente a la Sierra de Urbasa..., creo que los dos nos tranquilizamos al hablar, aunque fuese por el móvil, después de una semana convulsa y aciaga, extraña..., en la que nos habíamos marchado el uno del otro..., sin que yo hubiese reaccionado.

Era una pedalada rara..., y recuerdo ahora que cuando me he internado por una estrecha umbría, la temperatura ha vuelto a bajar, he aspirado los aromas del monte empapado y casi me he tranquilizado un poco, después he girado a izquierdas y he empezado a trepar hacia el Portixol..., deseando subir pos la Vigueta, pero he empezado a jadear, a sentir las piernas poco elásticas, débiles y a mi corazón como resentido después de una semana triste, confusa y que había terminado sacudiendo todo el esquema mental que había estado construyendo durante siete años, desde que el ictus de mi padre cambió mi vida.

Los párrafos de Oliver Sacks, leídos en “Un antropólogo en Marte”, me provocaban unos extraños escalofríos, afluían a mi mente mientras los pinos iban pasando junto a mi, mientras la Primigenia oscilaba hacia arriba y hacia abajo con los badenes, con las piedrecillas, mientras jadeaba mas cansado de lo normal, mientras olvidaba todo lo que veía..., los párrafos hablaban de problemas neuronales, de síndromes inquietantes, de ciegos que volvían a ver y casi enloquecían, de áreas cerebrales reorganizadas para sobrevivir en determinadas situaciones pero incapaces de volver a sus estados primitivos..., me preguntaba si a mi me pasaría lo mismo, me preguntaba si sería capaz de girar mi vida hacia Joa..., entonces rescaté esas palabras que tanto me gusta, esas expresiones que tanto me tranquilizan cuando la zozobra me zarandea..., “plasticidad neuronal, plasticidad cerebral...”.

Recuerdo que cuando he llegado al cruce que gira hacia la Font del Berro o que continua hacia el barranco de la Vigueta..., no me he sentido con fuerzas para ir por esa tortuosa pista que sube entre canchales y pedreras hacia el refugio de Tristan, esa que subimos Joa y yo en nuestra primera excursión. He girado a derechas jadeando, he dejado la pista a mi espalda y he subido cansinamente hacia el Berro, en solitario, rodando con la cabeza gacha y en medio de una serranía aún con sonidos, aún con vida brotando con esta última gota fría y viendo a los precoces, orondos y amarillentos suillis emergiendo de entre la pinocha que cubre la tierra rojiza de la serranía, cubiertos con sus cutículas marronaceas que día tras día se irán abriendo hasta agrietarse mostrando su esponjoso envés

Sacks hablaba de un ciego que volvía a ver tras cuarenta años de tan solo percibir sombras y atisbos de luz..., y de cómo descubre que no sabe ver, que no sabe reconocer un rostro..., al que confunde, al que ve como una mancha amorfa carente de cualquier significado o sentido. Describe los profundos cambios que irrumpen en la vida de Virgil, de la mano de Amy, una vieja amiga con la que se reencuentra después de varias décadas de distanciamiento y con la que termina casándose y afrontando de su mano esa operación de cataratas que libera sus ojos, de esas costras traslucidas, casi opacas que le privaron de la vista en plena niñez. Oliver Sacks termina el capitulo de la vida de Virgil, de su odisea visual con una tristeza y una pena que conmueve, con unas reflexiones que me golpearon porque me veía a mi mismo y a las circunstancias que han irrumpido en mi vida y en “mi mundo...”, como diría Joa.

Recuerdo que he coronado el collado de la Moreria, como tantas veces, como tantos otros días, como año tras año..., he visto de nuevo los terraplenes rojizos, con las raíces de los pinos asomando desnudas y retorcidas y me he dejado caer, me he cruzado con un grupito de ciclistas...,eso también lo recuerdo ahora..., y he continuado bajando, he vuelto a sentir el viento contra mi rostro y he visto de nuevo los horizontes de siempre, de un azul intenso, de un azul imaginario y hermoso, he visto algunas cortinas de humo inclinadas hacia levante y el cielo límpido, colores y formas, siluetas y perfiles, detalles visuales rápidos y perfectos, gamas de colores, de verdes y marrones, de grises y amarillentos..., que mi corteza visual procesaba casi a la velocidad de la luz y que me ha permitido ver, seguir viendo..., a Virgil, nos sigue contando Oliver Sacks, ese nuevo mundo le desbordó, golpeó brutalmente contra unas estructuras cerebrales reordenadas y especializadas hacia un mundo táctil y auditivo, hacia un mundo de tiempos y no de imágenes, no de espacios, un mundo que necesitaba tocar y palpar para percibir su existencia..., en ese momento, recuerdo que he cerrado el libro y he salido a dar una vuelta con los chuchis, angustiado al pensar que a mi me podría ocurrir lo mismo que a Virgil..., cuando una súbita complicación medica lo retorna a su ceguera, a su antiguo mundo, ese en el que se sentía seguro e identificado con una identidad, con una personalidad y verdaderamente feliz.

Recuerdo que el descenso me ha hecho sonreír, recuperar el aliento y algo de calma..., si, eso lo recuerdo ahora que lo estoy escribiendo, pero sigo recordando la lectura de “Un antropólogo en Marte” y como me he sentido angustiosamente identificado con Virgil, él llevaba 40 años privado de la visión y yo llevo 7 años dedicado a mi padre, a cuidarle, a dormir junto a él y a renunciar a mis propios deseos y anhelos, a enterrarlos entre mis circunvoluciones cerebrales, a amordazarlos para poder soportar las noches, los días, las tardes de los sábados y de los domingos, todos los días de la semana, a renunciar a mi vida como Pedro, a no escuchar música, a no poder ver ninguna película sin que mi madre cambie compulsivamente de canal, a no poder escuchar alguna noticia interesante..., y a crear un mundo a mi medida, a la medida de mi padre y de sus minusvalías...,un mundo exclusivo en el que no cabía Joa ni cualquier otra mujer o amigo.

Recuerdo como hace 7 años me sirvió para elevar mi autoestima, la gente me daba la mano y alababa lo que estaba haciendo y yo me sentía bien y digno, por fin hacia algo bien, algo sin su tutela, sin su mirada escrutadora.

Recuerdo que me he desviado hacia la Font de l´Avella, como suelo hacer últimamente, un breve repecho y luego esas curvas en forma de lazos a derechas y a izquierdas, a la sombra de un sol que hasta ese momento me había estado acribillando a destellos por mi izquierda, sol y sombra, sol y sombra..., ha llegado un momento en el que ya no veía bien la pista y sus piedras, sus bancos de gravas, sus cantos mas gruesos desprendidos desde las paredes estratificadas con la lluvias..., y he agradecido la umbría, la sombra a este lado de la sierra.

Creo que nunca he decidido nada en mi vida, que nunca he tomado una determinación más o menos trascendente, siempre me he dejado llevar por los entornos en los que me he movido..., aunque siempre con reservas, siempre con una especie de extraño o estrafalario criterio propio que me hacia divagar dentro de mis pensamientos. De pequeño me encantaba perderme por los pinares de las llamadas Tierras Altas, observar a los animales, a los insectos..., tratar de recrear lo que veía y me fascinaba en los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente y a veces lo conseguía..., esto ya lo he escrito otras veces, pero son recuerdos hermosos, gratificantes pero no tan obsesivos como los de Franco Magnani, otro de los protagonistas del libro de Oliver Sacks, un hombre capaz de pintar de memoria el pueblo donde nació, en la Toscana italiana, Pontito, un hermoso pueblo, placido, cálido y rodeado de fértiles tierras, de cuidadas huertas, de generosos bosques..., hasta que a medidos de los cuarenta es invadido por los nazis..., y a veces me pregunto porque no conservé ese interés por la naturaleza, porque no determinó mi vida estudiantil, porque no marcó una senda sobre la que caminar hacia algún lugar concreto..., imagino que por esa incapacidad de decidir, de elegir, de pensar por mi mismo plenamente.

Recuerdo que he salido a la pista que viene de Porta Coeli, he rodado un poco por ella y me he vuelto a salir por la misma pista estrecha y rota que sube desde la Cova del Judio, ese tramo que siempre desprende aromas de bosque húmedo y fértil..., cuesta abajo, rozando mis antebrazos contra las matas de coscoja que poco a poco van estrechando el carril.., ni siquiera fui capaz de elegir algo que estudiar cuando terminaba 3º de BUP con un montón de suspensos, no se, era un dejarse llevar por los acontecimientos sobre los que yo apenas influía, mientras mis amigos, los que hice en 1º de BUP enfocaban sus estudios y sus proyectos hacia sus carreras universitarias. Yo dejé el colegio en ese último curso y empecé a trabajar junto a mi padre, a aprender el oficio sin alegría pero sin obligaciones, sin entusiasmo pero sin anhelos de hacer otra cosa. Creo que por entonces seguía teniendo una escasa capacidad de concentración, me solía equivocar y mi padre me voceaba aquello de “Ferran, ferran..., perdreras el ofici...”, en valenciano, que quiere decir “equivocándote, equivocándote..., perderás el oficio...”, a mi esa afirmación me parecía exagerada, pero no decía nada, agachaba la cabeza y seguía trabajando.

Recuerdo que después, cuando he llegado a las primeras casitas, me he lanzado por una senda que sale a otro camino, he atravesado uno de los barrancos que vierten sus aguas al de Pedralvilla y he remontado entre unos chales, primero por tierra y después sobre una lengua de asfalto ligero que asciende bruscamente, ahora también recuerdo que me he levantado y he subido pedaleando de pie.

Los últimos años antes del infarto cerebral fueron muy tensos en la carpintería..., esto también lo he escrito alguna vez, pero bueno, lo escribo otra vez, lo recuerdo otra vez..., necesito esa perspectiva, necesito volver a ver todo aquello, ese pasado, puede que para decidir sobre mi presente y sobre mi futuro cercano..., mi padre estaba “quemado” y creo que ya deformaba la realidad laboral y comercial a su gusto y conveniencia. Nuestras diferencias de criterios eran ya insostenibles..., pero yo no levantaba la voz ni trataba de enviarlo a casa, como jubilado que estaba, mi padre decía, sobretodo a nuestros clientes, cuando iba a cobrar, que yo arruinaría la carpintería..., y yo ni siquiera sabía si arruinaría la carpintería o que coños haría, nunca había podido tomar el timón, nadie me había enseñado a tomar decisiones, a creer firmemente en mis ideas, a ponerlas a prueba. Y fui incapaz de hacerlo mientras mi padre estuvo sano..., pero bueno, no le hecho en cara nada, no le recrimino nada..., eso tampoco me aliviaría, él pertenecía a otra generación, a la gente de la Guerra Civil..., a él nadie le enseñó a ser padre. El, a los trece años empezó a trabajar en una carpintería, también porteaba maletas en la Estación del Norte..., creo que fue un niño demasiado inquieto y soñador compulsivo..., no le puedo recriminar nada..., es tarea mía saber decidir o empezar a decidir que quiero hacer con mi vida.

Y fui incapaz de hacerlo hasta que llegó el infarto cerebral y lo derribó, le fue privando de la movilidad lentamente, durante unos cinco días en los que los médicos no podían hacer nada salvo esperar a que dejase de infartar..., incluso la naturaleza decidió por mi, ella lo apartó del taller, de la carpintería y me la entregó súbitamente..., de eso hará 8 años en diciembre y aún sigo soñando que mi padre se recupera, que vuelve a andar y a mover su brazo derecho, entonces me ajito en la cama y trato de despertarme, enciendo la luz de la mesilla y le veo en la cama, quieto, inmóvil, con las encías hundidas, respirando con la boca abierta..., y siento un enorme alivio, a veces también sueño que no puedo encender la lamparilla, que permanezco en la oscuridad, a veces también sueño que voy conduciendo y que tomo una curva, poco a poco me voy saliendo y termino perdiendo el control, caigo a un barranco..., pero el coche planea, como para darme tiempo a ser consciente de que me estoy estrellando..., pero aterriza suavemente y vuelvo a la carretera o ruedo sobre un campo hasta que paro sin daño alguno. A veces también, durante ese mismo sueño me digo “esta vez no es un sueño, esta vez no...” y es curioso, porque yo rara vez paso de 90 por hora conduciendo.

Recuerdo que al final he decidido subir hasta la última colina, en ella hay algunos chales hechos por sus propios dueños, con sus manos, durante los fines de semana, mientras las mujeres preparaban los almuerzos y las paellas..., he vuelto a ver a unos cuantos de esos propietarios trasteando sobre el tejado de una de esas casas que tantas horas y sudores se llevan en sus paredes y que tanta ilusión se vuelca en ellas..., después he empezado a bajar por una lechada de hormigón, también revirada y llena de lomos y de pequeños baches. Recuerdo que durante esa ruta, entre casitas aisladas y pinares solía levantar la vista, buscando un águila que planeaba serena y ajena a mi presencia, recuerdo las nubes que flotaban sobre ella y lo gozoso que me sentía..., pero creo que hoy no he mirado hacia arriba, si es que hoy he pedaleado.

Ausencia de emotividad, de ilusión, de risa, incapacidad de alargar la mano y tocar mas allá..., a veces recuerdo la película de Jim Carrey, “El show de Truman” y me veo a mi mismo tratando de tocar el limite de “mi mundo”, como diría Joa..., sus confines..., Truman lo hace montado en una barquita y descubre que ese cielo es un decorado, que el océano era un lago y que había vida mas allá de su “mundo”..., y a mi me parece que lo hago encima de la Bicipalo, tratando de hacer girar la rueda delantera algo mas, tratando de mantenerla recta para que siga avanzando en vez de girar y volver sobre mi rastro..., hablo de no dejarla escapar, hablo de no ver como la mejor galga corre hacia el páramo sin que yo vea ninguna liebre, quedándome quieto..., como Franco con sus recuerdos obsesivos de Pontito, como Virgil regresando a su ceguera, a “su mundo” táctil y sensorial..., o sintiéndome como Greg, otro de los personajes reales con los que trabaja Sacks en su libro. Greg es un joven que vive intensamente los años sesenta en Norteamérica, termina abrazando las creencias y convicciones de los Hare Krishna y finalmente se recluye en uno de sus templos. Con el paso de los meses, Greg comienza a tener problemas de visión, pero los monjes no le dan mayor trascendencia, incluso llegan a argumentar que forma parte de su maduración espiritual, prueba de ello era su actitud, cada vez mas encalmada y con mas momentos de introspección, de silencios casi místicos y de una expresión facial tranquila, serena, ausente..., lejos de los gestos hastiados, tensos o desagradables que generan los pensamientos contaminados y anhelantes del materialismo..., pero Greg no había alcanzado ningún estado elevado, no se había desprendido de las miserias humanas y terrenales..., un tumor, del tamaño de un limón había estado creciendo en su cerebro hasta afectar al quiasma óptico y a varias zonas cerebrales..., de manera irreversible. A veces Joa me dice “es que me trasmites calma, serenidad, estar a tu lado me tranquiliza...”, entonces me siento un poco como Greg, no es calma, no es aplomo..., creo que es sumisión, inmovilidad..., o puede que una mezcla de todo, no se. A veces creo que estoy aparentemente tranquilo porque me han abandonado las emociones y si eso es verdad quiere decir que me estoy asomando a un precipicio, que tengo un pie en el vacío..., sin emociones no hay vida. A veces repaso las facturas y veo que hay varios clientes que no me han pagado, entonces miro el telefono y pienso en llamarles..., pero al final no lo hago, casi me da igual, ya pagarán..., aunque yo pague siempre al contado..., si Joseph Julián o Germán leen estas líneas se llevarán las manos a la cabeza..., cobrar a plazos y pagar al contado es ruina segura a medio plazo...., a veces la calma es sinónimo de abandono, de silenciosa derrota, de claudicación sin resistencia.

Y recuerdo que después he salido a la vía de servicio, apenas si me he cruzado con ciclistas y he vuelto al chalé. He dejado a la Bicipalo apoyada en la pared y he entrado a la habitación que comparto con mi padre..., y me he visto reflejado en el pequeño espejo, iba vestido de ciclista pero ya me había olvidado de que acababa de pedalear por la sierra..., ni siquiera alguna foto del amanecer que habría quedado como prueba de esa pedalada olvidada, vacía, ensimismada..., bueno, alguna he hecho a los suillis, pero echando una ojeada al móvil descubro las fotos que he hecho estos días cuando paseaba con los chuchis por los pinares, entre los charcos recargados con la borrasca de la semana pasada...

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...a solas, sin ninguna cinturita a la que sujetarme..., pero volviendo a sonreír cuando descubrí los primeros niscalos, llamados por aquí “rebollons” o “esclatasangs”, que en castellano podría traducirse por “explotasangre”..., al amparo de las espinosas hojas de una coscoja.

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viernes, 9 de octubre de 2009

"POR QUE LOS HOMBRES MUEREN ANTES" por la doctora Marianne J. Legato

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Descubrí este libro ojeando una revista y decidí comprarlo, me fui a pié hacia el Fnac de San Agustín mientras una enorme tormenta se cernía sobre la ciudad..., pensé en Joa, había ido a correr con los “misjueves” a Requena y observé que la tormenta venia desde allí. Antes de llegar retumbaron algunos truenos y me llegó justo para guarecerme de la tromba de agua. El local volvió a parecerme algo obsesivo, deambule con cierta soltura, recordando la confusión de la primera vez que entré aquí, pero conseguí llegar a la librería sin mayores problemas, pregunté a un empleado por el libro y se frotó la barbilla.

- Si que lo tenemos y según la pantalla debe de quedar uno..., vamos a ver.

Seguí al joven entre las estanterías, tratando de encontrarlo antes que él pero su mano se movió habilidosa entre los lomos de los libros y localizó el último ejemplar.

- Aquí está.

- Ah, muchas gracias..., yo no lo habría encontrado.

El muchacho sonrió y ya mas aliviado paseé un rato, ojeando algunos libros y comprando uno mas titulado “Un antropólogo en Marte” de Oliver Sacks.

Cuando me asomé a la calle, aun seguía lloviendo, un buen número de personas se habían guarecido bajo el vestíbulo, el tráfico levantaba cortinas de agua que barrían las aceras y el vendaval que acompañaba a la tormenta nos enviaba soplidos de lluvia que nos hacía retroceder. Pero apenas duró unos diez minutos y poco a poco la lluvia remitió, las nubes se fueron dispersando y el sol de la tarde se derramó sobre las calles empapadas.

Por la noche separé las paginas y Marianne J Legato comenzó a hablarme de su padre, un medico de origen italiano que nada mas desembarcar en Norteamérica abrevió su apellido, Santo por el de Sam..., su hija comienza así este libro editado por Urano, en un formato sencillo, con la portada mostrando el torso de un hombre que sujeta un reloj de arena.

- Me llamo Sam...

Algo así debió decir ese futuro medico que sabia, ya a los seis años de edad que debería sobrevivir a toda costa en ese nuevo país y que ya parecía intuir que para hacerlo se debería integrar cuanto antes. También debió imaginar, por la educación que recibió y por sus propias observaciones que él debería formar una familia, mantenerla y luchar por ella por encima de cualquier circunstancia..., y esa es la idea central en la que se apoya su hija, la autora de este libro, para ofrecernos algunas respuestas a ese hecho que todos conocemos y sobre el que algunas vez nos hemos preguntado, ¿por qué los hombres morimos antes que las mujeres...?.

La doctora Legato comienza este libro casi en un tono de denuncia y también en un tono maternal y cariñoso hacia nosotros, hacia los hombres, en sus palabras los más valientes, los más abnegados, los más entregados y los más altruistas para con el mundo entero. Llama la atención a la sociedad sobre nuestra fragilidad biológica, pese a nuestra mayor envergadura, pese a nuestra masa muscular superior y de mayor velocidad de crecimiento que la de las mujeres..., somos más débiles, según Legato, al tiempo nos cuenta como algunas áreas cerebrales maduran a distintas velocidades en niños y niñas, sobretodo las encargadas de valorar las situaciones de tensión o peligro. En lo chicos tarda mas que en las chicas, por eso cuando se alcanza la adolescencia y se produce ese aumento de estatura, de masa muscular, de poderío físico..., los muchachos tienden a envalentonarse, a no ver el peligro mas evidente, a actuar por esos impulsos que coinciden con el aumento de testosterona..., una mixtura desgraciadamente mortal. Todos hemos visto o protagonizado alguna vez esas exhibiciones de temeridad bordo de motos o de coches, inclusive de peleas, de arranques de violencia destinada únicamente a magnificar nuestro ego ante ellas o ante nuestros amigos o enemigos.

Hay algunos investigadores que afirman que realmente fueron las mujeres las que eligieron y seleccionaron ese tipo de comportamiento dominante y agresivo, en nuestros ancestros, pero justo en el momento en que surge ese primer ancestro homo, que hoy por hoy es el Homo habilis, hasta ese momento, hace unos 2.8 millones de años, los grupos de primates no dependían de machos que les proporcionasen alimento o protección. Realmente se limitaban marcar un territorio de recolección, hasta ese momento cada miembro de los grupos se alimentaba por si mismo sin necesidad de que ningún macho recolectase para ellas, siempre hablando de primates y de una alimentación exclusivamente vegetariana.

Pero tras la fractura de la falla del Valle del Rift se produce una división geográfica infranqueable entre las distintas especies de primates arborícolas que ocupaban aquellas selvas impenetrables. Miles de años después, las familias que quedan expuestas a los vientos secos, a la ausencia de precipitaciones y a la aparición de la sabana..., evolucionan hacia el bipedismo, hacia nuestros ancestros directos y poco a poco se van formando clanes socialmente mas complejos, va surgiendo el lenguaje primitivo y creo que es en ese momento, aventuraría que hace unos 300.000 años comienzan a dividirse los papeles entre aquellos machos y hembras de Homo. Los bebes comienzan a nacer prematuramente y necesitan mas cuidados, las hembras dedican mas tiempo al cuidado y no pueden recolectar, en ese momento es cuando comienza a seleccionarse ese linaje de machos protectores, valientes y dominantes. Si quieren que sus hijos vivan deberán alimentar a las hembras mientras estas no puedan valerse..., el mas temerario cazará más, será admirado y obedecido..., aunque también morirá en alguno de esos lances pero dejando una progenie que contendrá sus genes.

La doctora Legato nos descubre unas informaciones estremecedoras sobre las condiciones intrauterinas de los fetos masculinos, ya desde el inicio de la gestación comienzan nuestras desventajas..., bueno yo he dicho gestación pero es que realmente se produce desde el mismo momento de la concepción, desde el momento en el que el brioso espermatozoide consigue fecundar el óvulo. La doctora Legato lo describe así: “En el momento de la ovulación no todos los óvulos, conocidos como ovocitos, están plenamente desarrollados. Lo mas curioso es que el espermatozoide portador de un cromosoma Y tiende más a fertilizar un óvulo imperfecto que el que lleva un cromosoma X (que dará lugar a un feto femenino). Los impetuosos espermatozoides con el cromosoma Y simplemente no tienen la capacidad para determinar cual es el óvulo mas sano y competente, en cambio los que llevan el X si que la tienen. Parte de la vulnerabilidad del embrión XY se debe por tanto al escaso criterio de un espermatozoide con un cromosoma Y que fertiliza indiscriminadamente a un óvulo imperfecto...”

Cuando leí esto no pude evitar reírme de mi mismo, de mi condición de chico y de esos tópicos que nos identifican como inconscientes y facilones.

Después de esta descripción el libro nos detalla en que se traduce esa falta de “juicio” del espermatozoide, mas preocupado en “meter” cabeza que en seleccionar..., y vuelvo a sonreír, no puedo evitar pensar en esos chistes que cuentan las mujeres sobre nosotros o en esas anécdotas inventadas, como esa de que ante la duda te quedas con la rubia tetuda.

Según la doctora las diferencias no terminan aquí, incluso antes de esa concepción ya estamos en desventaja, la información genética de los espermatozoides esta sometida a unos factores externos contaminantes que dificultan la duplicación y reparación del ADN, como consecuencia esa información genética corre un riesgo altísimo de ser incorrecta o de estar mal reparada cuando agentes tóxicos externos las afectan. El espermatozoide vive en un medio graso, el estado ideal para retener toxinas que afectaran a su ADN, mientras que los óvulos permanecen protegidos dentro del abdomen femenino y solo se exponen en cada ovulación.

En la pagina 40 comienza la exposición detallada de esas desventajas, cuando terminas de leerlas no puedes evitar soltar un suspiro y pensar, “ostras, estoy vivo de milagro...”.

- El sistema inmune de los niños es débil, incapaz de hacer frente a las infecciones intrauterinas que un feto femenino resuelve sin problemas.

- A veces, las madres desarrollan una curiosa alergia contra esos fetos masculinos, se inflama la placenta y aumentan los riesgos de abortar.

- La posibilidad de un desarrollo pulmonar incompleto o defectuoso es mucho mayor en los varones, los andrógenos masculinos retrasan y disminuyen la producción de surfacante, una sustancia que tapiza los pulmones y facilita el intercambio gaseoso. Eso no ocurre en las hembras.

- Los fetos femeninos suelen aumentar su ritmo cardiaco durante el parto, eso oxigena el cerebro y aumenta la posibilidad de supervivencia, los fetos masculinos tienden a enlentecerlo o a no acelerarlo y la posibilidades de falta de oxigeno en la sangre aumenta peligrosamente.

- Las mujeres que esperan un chico aumentan las posibilidades de desarrollar la diabetes llamada gestacional y curiosamente también aumentan los problemas de cordones umbilicales anudados alrededor del cuello del recién nacido.

- Existe una hormona llamada gonadotropina coriónica que gestiona la cantidad de sangre que recibe el útero y la placenta..., resulta que varia en función del sexo del bebé y durante el último trimestre de la gestación disminuye si es chico.

- También parece que el estrés que pueda sufrir madre gestante afecta de distinta manera al feto si es chico o chica. Si es varón se resiente y es posible que quede afectado de por vida, de manera que las situaciones de presión ejercerán mayor influencia negativa sobre él. Parece que los fetos femeninos reaccionan y se defienden de ese estrés gestante regulando la producción de hormonas des estrés desde sus glándulas suprarrenales.

Con esta presentación, Legato nos va poniendo sobre la senda de las diferencias biológicas entre hombre y mujer, más allá de los órganos sexuales, obviamente. Nos habla de una medicina de genero especifica para cada sexo y a partir de la exposición de las razones para esa diferenciación, la autora comienza a describirnos los distintos estadios del ser humano, desde la niñez, la adolescencia, la madurez..., todo contrastado y comparado por medio de estadísticas que en algún momento hacen perder el interés, el ritmo o la curiosidad despertada por el inicio del libro. También habla de las profesiones propias de los hombres, de las enfermedades o dolencias que acarrean y se recrea en una frase que según ella, describe perfectamente la actitud del hombre, del varón ante las enfermedades: “los hombres no lloran...”. Legato nos habla de su padre y de cómo ignoró la sangre en su orina hasta que el cáncer de vejiga terminó con su vida, una actitud típica de los varones, esconder el dolor, la depresión, la ansiedad..., hasta que es demasiado tarde.

En la parte final habla de nuestra vejez, de nuestro desequilibrante bajón de testosterona y sus consecuencias, de las osteoporosis que también padecemos y de las enfermedades coronarias, casi la principal causa de muerte masculina.

“Por que los hombres mueren antes” nos ayuda un poco mas a comprender nuestra fisiología y nuestras diferencias biológicas con las mujeres, nos dice que la forma de vida que elijamos va a ser determinante en nuestra longevidad, mas de lo que se creía hasta ahora..., lo que no dice es que, posiblemente esa diferencia de vida entre hombres y mujeres se irá igualando lentamente. Las mujeres están accediendo a trabajos hasta hace décadas vetados, las mujeres ya ocupan puestos importantes en empresas que las estresan tanto o mas que los hombres, deben de luchar mas por esos puestos de trabajo, sufren un mayor desgaste cuando se separan y quedan a cargo de los hijos o cuando simplemente desean tenerlos y criarlos ellas solas, también están practicando los mismos deportes de riesgo que los hombres, fuman y beben a edades mas tempranas y durante esa adolescencia también están demostrando temeridad y desprecio por el riesgo..., ellas se están poniendo a la altura de los hombres en todos los terrenos, por tanto sufrirán las mismas consecuencias..., aunque como dice Legato, como nos cuenta y demuestra, siempre jugarán con una ventaja biológica, quizás la naturaleza las hizo mas fuertes porque al fin y al cabo ellas reproducen la vida, nosotros tan solo fertilizamos, tan solo masculinizamos unas células para que continué la reproducción, el intercambio genético que garantice la variabilidad de las especies, de los individuos, la evolución de la vida hacia especimenes y sistemas cada vez mas complejos y dinámicos, mejor adaptados al entorno.

domingo, 4 de octubre de 2009

FABRICANDO EL ESQUELETAJE DE UN SOFÁ, DEL PAPEL A LA MADERA.

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Un par de días antes de migrar a las Tierras Altas, a finales de julio, pasé por la ebanistería de Jaime Fabra a recoger los planos de un nuevo sofá, allí mismo, en una de sus mesas de trabajo desplegamos los rollos de papel y echamos juntos una mirada al modelo.

-Bueno..., es un Chester pero con el respaldo mas alto que el clásico..., y con faldón -observé.

- Espera que eso del faldón no está aún claro -respondió Jaime- me han dicho que aún no tienen claro la altura o si al final se verán los pies.

- Bien..., no pasa nada, le pondremos unas patas torneadas altas y así si al final deciden poner el volante tendrán suficiente altura.

- Vale Pedro.

Recuerdo el deslumbrante sol que llenó mis ojos cuando salí de la nave en el polígono Mas de Tous en la Pobla de Vallbona y como el viento a unos 40 grados de temperatura azotaba los pinos crecidos bajo los arcenes de uno de los accesos a la autopista..., subí a la ranchera y conduje hasta Valencia. Subí al piso con los planos, los dejé en un rincón del comedor y se quedaron olvidados hasta que Juana, la mujer de Jaime me llamó a finales de septiembre.

- Hola Pedro..., ¿cómo llevas el sofá design...?.

- Ostras..., se me ha olvidado.

Juana soltó una carcajada, tosió y volvió a usar ese tono serio que la caracteriza cuando hay algo de tensión en el ambiente.

- Pedro..., que ese sofá era para la primera semana de septiembre..., lo que no me explico es como no lo han reclamado aún.

- Imagino que andarán liados con los modelos nuevos para la Feria..., pero no te preocupes, te hago primero la butaquita esa redonda y enseguida el sofá, esta semana lo tienes.

- Vale Pedro.

Me despedí de Juana, subí al piso, ayudé a mi padre a darse una vuelta con el andador, me preparé un café y volví a la carpintería con los planos. Los desplegué sobre la mesa de montaje, estuve unos minutos observándolos y volví a enrollarlos, los dejé a un lado y desplegué los de la butaquita de planta redonda. Tragué saliva y de nuevo observé con cierto miedo el respaldo que subía formando una cúpula al tiempo que giraba en los reposabrazos y se tumbaba hacia atrás en el respaldo. Admito que llevaba ya varios días angustiados ante la dificultad de ese respaldo curvo, fue el mismo Jaime quien me trajo los planos y aún me angustió mas cuando me encargó el pedido convencido de que podría hacerlo sin problemas..., mientras yo observaba esa cúpula y me entraban los sudores.

No me lo pensé mas..., bueno la verdad es que lo había pensado mientras iba en bicicleta o mientras caminaba hacia casa o mientras daba un paseo con Joa y los chuchis por las Tierras Altas..., mentalmente vi la resolución del primer problema, eso me tranquilizó y cuando empecé a cortar las plantillas curvas del asiento en cartón me fui relajando.

Marqué los tablones, me fui a la sierra de cinta, troceé las piezas, las pasé por la universal y ya con la madera limpia y escuadrada empecé a marcar en limpio, después otra vez a la sierra y de allí a la mesa de montaje.

No tardé demasiado en montar el aro que haría de asiento y en colocar la parte de los brazos en forma de guadaña que bajarían hasta la base y que al tiempo ascendían para recibir el respaldo que descendería desde el punto más alto de la cúpula.

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Hasta ahí fue fácil..., me quedé observando el armazón y decidí llevarlo a la sala de máquinas, la dejé sobre la bancada de la universal y puse en marcha la sierra de cinta, empecé a trabajar con el copete, que es la pieza mas alta del respaldo y poco a poco lo fui ajustando, después empecé con las dos piezas que bajarían desde allí hasta las muescas de las guadañas. Esas me costaron mas, tuve que usar madera más gruesa para ir desbastando hasta ajustar lo más que pude.

Cortaba una de las piezas y trataba de encajarla, volvía a la sierra y otra vez a la butaca..., un proceso de corte “al aire”, de quitar madera, de rasparla, de ir acercándola a su posición correcta..., y con semblante serio y algo nervioso logré encajar la segunda pieza y cargué con todo de nuevo a la mesa de montaje.

Paf, paf, paf..., con la pistola clavadora y la cola fue montando el respaldo, después rellené las juntas imperfectas con masilla, lijé, pasé la “raspa” y rematé..., unos minutos después telefoneaba Jaime rogándome que adelantara en lo posible el prototipo de la butaca.

- Coño..., la he terminado hace un rato.

- ¿Esta tarde estarás...?

- No..., hoy quiero ir a ver a Joa.

- Pues me paso ahora.

- Te espero.

Casi una hora después Jaime se quedó observando la butaquita y me miró.

- Pedro..., has hecho una obra de ingeniería.

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- Si..., llena de parches y remiendos..., el copete me ha quedado un poco picudo.
- Tranquilo, eso se lo rebajo con la lijadora y la enviamos enseguida a Salamanca.
Le entregué las plantillas y apenas un día después volvió a telefonearme, desde tierras castellanas habían dado el visto bueno a la butaquita, Jaime se encargaría de hacer las 8 restantes.
- Ya me estoy peleando con el sofá design -le dije mirando hacia la base que ya tenia encima de la mesa de montaje.
Colgué y durante unos instantes sonreí tranquilo en la soledad de la carpintería, con el inalámbrico en la mano repetí mentalmente la conversación con Jaime, reviví la súbita asfixia que oprimió mis pulmones cuando Jaime comenzó a pronunciar esas palabras, “la butaquita les ha parecido....” entonces imaginé lo peor, como siempre imagino, imaginé que no estaba bien hecha, que no valía..., pero no fue así y suspiré aliviado, recuperé el oxigeno y rocé con mis manos las dogas en forma de riñón que ya empezaban a dar forma real al sofá design que hasta ese momento solo existía en unos planos trazados a partir de una vieja fotografía.
Había empezado la tarde anterior, marcando sobre los pesados tablones de 6 centímetros de grosor y 2.50 metros de largo, las piezas curvas, demasiados curvas y largas para poder cortarlas enteras. Después de trocear y regruesar a la medida exacta tuve que encolarlas para que dieran el grueso final de 10 centímetros. Sobre esos enormes bloques de pino de Las Landas francesas fui marcando con las plantillas de papel y después cortando en la sierra de cinta.
Sobre la mesa de montaje fuí presentando las dogas y ensamblándolas con la pistola de chapas corrugadas, tomé medidas para dejarlas equidistantes y me subí a levantar al papá.
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Le conté que estaba liado con un sofá con planta de riñón y le vi sonreír casi tan excitado como yo. Después de acomodarlo en el sofá y darle el desayuno volví al taller bajando a saltos los escalones.
Recorté en cartón la pieza que daría forma al reposabrazos y las fui marcando sobre las vetas de las preciosas coniferas francesas, alimentadas con las lluvias y la humedad del Canal de la Mancha. Y de nuevo a la universal, a cepillar y a regruesar, depuse otra vez a marcar en limpio con el bolígrafo y a la sierra de cinta..., poco a poco fui colocando esas barras rematadas con una voluta de 16 centímetros de diámetro. Ya puestas comencé a tomar medidas entre ellas y a recortar sobre las plantillas de papel..., de nuevo a cortar más tablones, de nuevo a cepillar, a medir, a encajar. La sierra de cinta no dejaba de girar y los recortes de madera y serrín se iban amontonando, cayendo en los sacos o siendo absorbidos por las turbinas.
Iba de la sala de maquinas a la de montaje, ajustando, midiendo..., viendo como tomaba forma, rectificando, dudando y vacilando..., zozobrando en un momento y saliendo a flote cuando coloqué un cordón entre las volutas para poder recrear visualmente un tapizado que aún no existía. Sonreí aliviado, pude ver los fallos en los cálculos de las alturas como quien ve un objeto tridimensionalmente en la pantalla de un ordenador.
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Subí a comer, lo hice rápido y antes de volver a bajar, aún con el sabor del café en la boca, enseñé las fotos a mi padre. Tuve que mover el móvil antes sus ojos azules hasta que encontró la distancia focal adecuada.
Volvió a sonreír y su rostro se iluminó.
- Gracias, gracias, gracias... -musitó cogiéndome la mano con fuerza.
Gracias por hacerle partícipe del trabajo, gracias por mostrarle lo que él me había enseñado a hacer, gracias por tenerle en cuenta, por necesitar de su opinión, de sus consejos..., ya algo enturbiados y un poco difusos después del infarto cerebral, después de que parte de su tejido muriese por asfixia.
Bajé envuelto en la excitación pero aún levanté los ojos y me sentí tranquilo ante el cielo despejado y luminoso..., la borrasca se alejaba, había dejado de llover y podría salir a rodar con la Flaca..., pero al día siguiente.
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Mis pupilas se adaptaron a la luz del taller y continué con el sofá, los dientes de la sierra de cinta volvieron a cortar los tablones y las lengüetas de las pistolas neumáticas a hundir grapas y clavos en la madera, la cola blanca resbalaba sobre ella y algunos vecinos se fueron asomando, sorprendidos ante la forma que iba tomando la pieza.
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- Esto no cabe en una casa normal... -murmuró uno de ellos- y cuanta madera lleva.
- Se ha tragado bastantes tablones, bastantes -contesté asegurando las piezas que soportarían el tiro de las cinchas elásticas con tornillos.
Y a eso de las cinco de la tarde le dije a Pepe que no podía mas, que estaba cansado y que necesitaba un café.
-Pues vamonos.
Pepe es un vecino prejubilado, hace unos años se rompió los tendones de los hombros en un accidente laboral y desde entonces me visita un par de veces al día, me observa trabajar y a veces lo dejo de guardia en la carpintería mientras salgo a algún recado. Me hace compañía, escucha mis lamentos y mis alegrías, mis pedaladas a solas y ahora con Joa..., incluso ha terminado comprándose una decathlon Triban, como la que usa Joa para desplazarse por la ciudad. Sale con ella casi todos los días y de momento ya ha perdido 6 kilos de peso de sus algo mas de 100, también ha reducido su glucosa a unos niveles saludables. Pepe está ahí y sabe cuando algo me supera, sabe que tiendo a encogerme, a amilanarme, a verlo todo perdido..., entonces me anima, me ayuda o paga los cafés.
Regresamos a la carpintería y continué trabajando en el sofá, Pepe se marchó a recoger a su mujer y yo cerré las puertas de la carpintería para concentrarme. Quedaba tan solo colocar las patas, seleccioné una torneadas y las coloqué bajo el taladro de torre, perforé el haya y después incrusté un tornillo de doble rosca de 8 milímetros de grosor.
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Logre bajar el sofá al piso, le di la vuelta y fui taladrando para colocar unos tubos con rosca de madera exterior y de metal por el interior. Los cilindros se fueron introduciendo en el pino y después atornillé las seis patas..., suspiré y con cuidado di la vuelta al sofá, me alejé unos pasos y lo observé en el silencio y en la soledad del taller sin empleados, sin trabajadores, sus jefes ni encargados, sin despachos, sin oficinistas, sin comerciales y sin directores de marketing, sin personal de recursos humanos, sin ejecutivos, sin oficiales..., solo yo y mis aciertos y mis errores, con mis miedos y con mis limitaciones, solo yo y mi fatiga. Me encontraba cansado, sin ánimos para ir al gym pero satisfecho.
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Apagué las luces, conecté la alarma y caminé hasta casa con el serrín y algunas astillas colgando de mi ropa. Me dejé caer en el sofá junto a mi padre y le enseñé las fotos en el móvil.
- Mira papá, ya lo he terminado..., ahora falta que le guste al cliente.




















































































jueves, 1 de octubre de 2009

LIUBA..., LA MAMUT QUE SURGIÓ DEL FRÍO.

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¿Cuántos prehistóricos hacían falta para cazar un mamut?, ¿de que forma influyó el mamut en la prehistoria?, ¿cuántos hombres prehistóricos podían comer de un mamut?, ¿cómo hacían para cazar un mamut?, ¿hay mamuts vivos hoy en día?, ¿qué se aprovechaba de un mamut una vez muerto?..., es curioso, desde que coloqué en la portada del este blog, mi foto ante el palaeoloxodon de Ambrona, las visitas se multiplicaron..., o eso es lo que creo, porque los contenidos son los mismos de siempre, hablo de mi vida, de mis aficiones, de Joa, de la Bicipalo. Hasta que se me ocurrió examinar el origen de las visitas en el servicio de estadísticas que ofrece Ademails.com (es el contador de visitas azul), a parte de sumar esas visitas me dice también las palabras que teclearon en Google para llegar a blog y gracias a ese rastreo observé que muchas de ellas planteaban las preguntas con las que abro este post.

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Y la verdad es que me invadía cierta pena, me sentía casi como avergonzado, al ponerme en el lugar de esas personas que entraron aquí y no encontraron las respuestas que buscaban, les imagino frustrados al encontrarse con una bici decorada con mamuts lanudos o con bisontes o como atónitos ante un ciclista excéntrico que se viste casi como un cromañón para rodar por la sierra Calderona y que incluso se hace acompañar por Manie, el famoso mamut de “Ice Age”, firmemente plantado en el manillas de la Primigenia o Bicipalo, así también llamada..., por eso he rescatado de la estantería el número de mayo de 2009 del National Geographic, con una portada titulada, “El bebe del hielo, un mamut congelado desvela el misterio de una gran extinción”.

En el artículo firmado por Tom Mueller y fotografiado por Francis Latreille..., encontré algunas de esas respuestas, al tiempo que me permitía dejar volar la imaginación y el sentido común para responder a las otras.

Los periodistas nos cuentan como se produjo el descubrimiento de una cría de mamut perfectamente conservada. Fueron unos pastores de renos de la etnia Nenet, que habitan la península de Yamal, al noroeste de Siberia, tierra de hielos casi eternos y de gigantes paquidermos que llenan las fábulas y cuentos de estos clanes de nómadas, al calor de los fuegos en el las tiendas de piel, durante las gélidas noches en la tundra.

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Una familia Nenet actual, imagino que posando en verano,

la hechura de las bota y la estructura del trineo..., nos indican

el tipo de vida de estas personas, los descencientes de aque-

llos míticos cazadores de mamuts que nomadearon con sus

clanes por las mismas tierras en las que ellos pastorean sus ma-

nadas de renos.

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Ninguno de los nenets ha visto a alguno de esos mamuts lanudos, rojizos y ciclópeos..., barritar sobre la nieve, tampoco agitar sus enormes cabezas, tampoco oscilar las cornamentas, pero si los imaginan en sus sueños, en sus miedos, en las palabras susurradas de los mas viejos..., según ellos, los mamuts aún viven en forma de espíritus salvajes que recorren las inmensas llanuras subterráneas, en ese mismo permafrost sobre el que duermen durante sus duras vidas..., tan parecidas a las de aquellos clanes de cazadores de mamuts..., incluso a veces, cuando se tumban sobre las pieles sienten en sus pechos el retumbar de las pezuñas contra la nieve, contra el hielo que se resquebrajaba bajo sus peso..., entonces desean despertar y asomarse fuera de la tienda, entonces ven a sus renos y a la inmensidad de la tundra, los espacios abiertos y silenciosos..., salvo por el murmullo de las aguas del río Yuribei que corrían con el deshielo, descarnando las orillas arenosas y desenterrando algo que llamó su atención.

Yuri Judi, el pastor de renos supo enseguida lo que era..., uno de ellos, era la cría de un mamut y por un momento temió que se levantara, temió que la madre surgiera de entre el permafrost, de entre los antiquísimos lodos y que le destrozara con sus recurvados cuernos..., esos mismos que todos los veranos afloraban, amarillentos y bien conservados, mas de una vez había cargado con ellos y los había vendido a los buscadores de fósiles que después traficaban con ellos en las lejanas ciudades, como la de Yar Sale, a mas de 240 kilómetros de distancia.

Mueller nos cuenta como el pastor cubre esa distancia para comentar su descubrimiento, un amigo suyo da crédito a sus palabras y deciden volver a buscarlo junto con el director del museo local. Cuando alcanzan la orilla del río descubren que la cría ha desaparecido, pero alguien ha visto al primo del propio Yuri merodear por allí, el pastor arruga el ceño y se imagina donde puede estar suprimo. Montan sobre las motos de nieve y aceleran en dirección a Novi Port.

Ya en la ciudad no tardan en dar con la pequeña mamut. Una muchedumbre la rodeaba, estaba apoyada contra la pared de una tienda, envuelta de curiosos que la tocaban, que la fotografiaban..., incluso los perros vagabundos habían llegado antes y le habían arrancado a mordiscos la cola y la oreja derecha. Para entonces, el primo de Yuri disfrutaba de dos motos de nieve y de provisiones para un año..., pero lo importante era rescatar a la pequeña mamut antes de que sufriese más daños.

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Consiguieron recuperarla sin mayores problemas, viajó en helicóptero hasta el museo de Shemanovski y finalmente pudo ser contemplada por los investigadores que se encargarían de estudiarla. Alexei Tijonov, director del Museo de Zoología de San Petersburgo, sonrió ante el cuerpo y reconoció la razón y la honestidad con que se condujo el pastor de renos, Yuri Judi, sin esa integridad, puede que el río hubiese regresado a por ella, la habría devuelto a las tundras subterráneas donde pastan sus padres o habría terminado en manos de traficantes de fósiles. Por eso se decide bautizar a la pequeña mamut como Liuba, en honor a la mujer del noble pastor.

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La muerte de Liuba.

Fernando G, Baptista ilustra con los tenues trazos de la acuarela, como Liuba resbala junto a las tierras empapas del río Yuribei, como trata de escapar mientras cada vez se hunde mas entre el barro. Su madre se acerca, trata de alcanzarla con su trompa, barrita y mueve su cabeza, patea y poco a poco los otros miembros de la manada acuden, pero se detienen cuando perciben que el suelo cede bajo sus patas, saben que no pueden acercarse mas, no es la primera vez que ven morir así a sus congeneres, saben que no pueden hacer nada y la pequeña cría lanza su ultimo gruñido antes de que el barro inunde su laringe, antes de morir asfixiada..., como esos ancestros que morían atrapados en los fangos de los tremedales de Ambrona, aquí, en Iberia.

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La manada terminó alejándose, moviéndose sobre la tundra, ocupando aquellas llanuras barridas por los vientos fríos y secos siberianos..., Liuba quedaría ahí, enterrada durante 40.000 años..., ese mismo viento trajo el olor, la presencia cercana de los homos, llegó envuelto en las pequeñas agujas de hielo que se quedaban atrapadas entre sus pelajes rojizos, entre sus largas trenzas que llegaban a alcanzar los noventa centímetros de longitud. La matriarca trotó hacia ese olor, le siguieron dos machos de apenas un año de edad, siempre tras ella, hasta que se detuvo y contempló durante un rato las cabañas plantadas entre los meandros del río, eran ellos, los cazadores de mamuts..., pero no sintió miedo, sabia que no solían atacar a las manadas, preferían hacerlo contra los machos que vivían aislados y que solo volvían al grupo durante el celo, aunque también había percibido la muerte de machos viejos o de otros muy jóvenes, como los que la acompañaban.

Ellos también la vieron, contemplaron su enorme silueta iluminada por un ocaso que parecía incendiar su pelaje rojo, la enorme hembra, la matriarca parecía arder, refulgir como las lavas de un volcán, que surgía de la misma Madre para infundirla de una fuerza y un poder que no poseía ninguno de sus cazadores, y tampoco él, ni siquiera en sus mejores años. Cuando era el primero en saltar hacia ellos para tratar de cortarles los tendones de las patas traseras con sus cuchillos de silex o para tratar de lanzar su jabalina hacia esos ojos oscuros, la ultima visión que tuvieron muchos de los del clan, antes de morir aplastados.

El muchacho salió de la tienda y abrió los ojos, la vió y comenzó a jadear, le miró y el cazador se volvió hacia él.

- Es la Madre..., ha venido a vernos, ella sabe que pronto morirá alguno de los suyos y ha venido a decirnos que también morirán de los nuestros.

- Solo son tres... -respondió el joven- y están cerca.

- Estamos a dos soles del campamento..., pronto podremos cazar pero necesitamos que vengan los demás para descuartizar y cargar con todo antes de tener que luchar contra los osos y los lobos..., ellos también tienen hambre y nos vigilan.

El barrito de la Madre llegó hasta ellos, se extendió por la llanura cubierta de escarcha y no pudo evitar el escalofrio..., pese a sus años no pudo evitar que el miedo despertase de entre sus recuerdos de juventud. Recordó aquel macho solitario que pastaba a finales del verano, demasiado viejo para combatir por las hembras pero poderoso y grande, al tiempo demasiado confiado para no olerlos ni para verlos guarecidos entre los matorrales, entre los montículos de arena, entre las cornisas de las desgastadas colinas, entre los bosquetes de jóvenes pinos..., hasta que fue tarde para evitar que el largo filo de pedernal pegado al extremo de la lanza se hundiera muy cerca del corazón. Recordó aquella especie de mugido que retumbó contra su pecho, se quedó quieto con el bifaz en su mano, esperando a la señal y viendo como todos los cazadores saltaban desde sus escondrijos. Vió una lluvia de lanzas volar hacia su cabeza y hacia su cuello, vió la sangre brotar a borbotones y como las recurvadas cuernas zumbaban en el aire, descendían y barrían el suelo a media altura, oyó el crujido de unas costillas, un alarido de dolor y un cuerpo rodando inerte, después como la enorme pezuña lo aplastó..., fue cuando recibió la señal, saltó y corrió hacia los cuartos traseros, mientras otra oleada de venablos volaban de nuevo hacia la cabeza, alguna de ellas vaciarían sus ojos y lo dejarían ciego y otras entrarían por su boca..., recordó el olor de aquel animal, ya le era familiar, pero era el olor de un cadáver no el de un macho vivo que luchaba y mataba por su vida. Levantó su bifaz y lo estrelló una y otra vez contra los tendones de las patas. El filo de piedra segó la gruesa piel y llegó hasta ellos pero no pudo evitar la coz que lo lanzó de espaldas..., sintió ese dolor en el pecho, que jamás le abandonaría por completo y buscó su bifaz por la tierra, volvió a empuñarlo, se levantó y vió como el mamut se daba la vuelta, arrastraba una de las patas traseras y de su cabeza colgaban muchas lanzas..., fue una extraña visión, una especie de erizo gigantesco que agitaba unas espinas monstruosas, que chorreaba sangre y que cargaba contra él...., logró saltar a un lado y notó como la tierra vibró contra su mejilla ensangrentada, vió las uñas muy cerca, vió como el tendón se tensaba bajo la piel, bajo la pelambre mas ligera del estio y volvió a hundir su bifaz contra el ligamento...

Después llegó la calma y los lamentos de algunos heridos..., al mamut yacía de costado, había dejado de respirar y sus ojos ya no miraban, no tenía ojos, eran agujeros ocupados por las lanzas, algunas se habían partido dejando en el interior las valiosas y cortantes puntas de silex.

No esperaron al resto del grupo y los mismos cazadores comenzaron a abrir la enorme panza con los bifaces, con los cuchillos de piedra cortantes como aristas de hielo. Vaciaron sus vísceras, los estómagos, los intestinos, el corazón..., fueron separando los tendones y cortando las patas, separando las cuernas, despellejándolo, desmembrándolo y cortando las patas en piezas mas pequeñas que fueron colocando en las mochilas de piel de mamut que habían traído las mujeres y los niños del clan.

Recordó que tenia las manos rojas, sus ropajes de cuero estaban manchados y pegajosos, la tierra era un barro rojizo y resbaladizo y las moscas zumbaban y se metían entre sus labios..., levantó la cabeza algo mareado y vió a todos allí, vió a todo el clan, a toda la tribu amontonada junto al mamut abatido. Ya no parecía un mamut, era una masa rojiza, aún caliente y que despedía vapores, era una pira de huesos desnudos, también manchados de sangre, con algunos restos de los músculos pendiendo aún de ellos..., los niños arrancaban las costillas, arrastraban los fémures hasta las angarillas, separaban los cuernos de la mandíbula y los cargaban entre varios hombres..., era un hervidero de homos, que murmuraban o reían, que tosían o que voceaban ordenes mientras otros arrastraban algunos restos malolientes para entretener a los lobos que ya gruñían cerca de ellos, sobre sus cabezas volaban los carroñeros alados y sobre las llanuras se extendía el olor de la sangre, el olor de las vísceras.

Recordó la fatiga de aquella cacería, de la carnicería y después el esfuerzo de vuelta al campamento estacional, recordó que todo no acaba aquel día, aquella tarde o aquella noche. En los días siguientes siguieron descuartizando al animal, lo enterraban en agujeros que cavaban hasta que encontraban una capa de tierra helada o los sumergían en pozas o en estanques, así lograban conservar la carne durante muchas lunas, incluso cuando llegaban las primeras nieves. También había quienes cortaban la carne en tiras muy delgadas y muy finas, tan finas que la luz las atravesaba, tan delgadas que los vientos secos las desecaban rápidamente extrayendo toda la humedad y los jugos. Las guardaban y alimentaban con ellas a los ancianos y a los niños, después de humedecerlas y masticarlas.

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Un grupo de cromañones desolla un reno, no es un mamut

pero creo que ilustra, que nos da algunas pistas del tipo de vida

de estos antepasados heroicos. Se pueden ver los ropajes ya cosidos,

hace ya unos 25.000 años, esto se deduce por los hallazgos de agujas

de hueso con ojales, para pasar las fibras vegetales, pos los pun-

zones y por las numerosas raederas de piedra, utlizadas sobre todo

para alisar y suavizar las pieles. Existia ya un cuidado por la estética y

por la decoración de objetos y personal, se han hallado tambien nume-

rosas piezas, cuentas y pequeños detalles, gravados y esquisitamente

trabajados con buriles de pedernal.

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Recordó como cortaban la piel, como guardaban la lana y como iban curtiendo los cueros con las raederas, las colocaban en bastidores de madera al viento y al sol, a veces las impregnaban con las grasas del gigante y el agua se quedaba fuera de las tiendas que usaban para acampar en campo abierto, en la tundra. Usaban los huesos para formar una estructura sobre las que tender las pieles y vivían en ellas, allí dentro prendían sus fuegos en el invierno, escuchaba las historias y escuchaba los consejos la noche anterior de la cacería, algunos de esos que hablaban murieron al día siguiente, les recordaron con honor y se preguntaron que hicieron para morir, lo hicieron para evitarlo la próxima vez, aunque tardarían en volver a cazar. En el clan eran ocho cazadores Fuertes y sanos, seis jóvenes como él, ocho mujeres Fuertes y Parideras y dos hombres Sin Dientes, mas seis mujeres Sin Dientes..., un pequeño clan de 30 homos que habían llegado desde África, aunque ninguno de ellos lo sabía y que podrían alimentarse durante casi un mes entero. Podrían descansar, aunque deberían volver a tallar nuevas puntas de piedra, deberían volver a cortar nuevas varas para sus lanzas..., aunque algunos de ellos se pasarían muchos momentos tallando figuritas y punzones sobre el marfil de los cuernos, con buriles demasiado delicados para descuartizar pero muy útiles para fabricar esos bellos amuletos...., el mismo que buscó en su cuello, bajo las pieles de mamut que cubría su cuerpo.

Volvió a ver la silueta de la matriarca, continuaba allí, mirando al ocaso, mirándole al él, regresó de sus recuerdos y sintió que el no sería nada si no fuese por ellas, por esas Madres lanudas que parían los mamuts que ellos cazaban, a los mamuts que muchas veces terminaban con sus vidas pero que al tiempo los alimentaban y les daban cobijo durante el invierno, que les protegían cuando decoraban sus cuerpos con el marfil de sus cuernas y que los volvían en jefes cuando demostraban su valentía ante ellos. Supo que ellos y los mamuts eran lo mismo, el mismo ser pero con distinta forma, supo también que sin los mamuts ellos no existirían, se habrían muerto de hambre y de frió o habrían tenido que emigran como hacían los uros, los renos, los ciervos, los alces..., hacia tierras mas cálidas, no serian reconocidos como valientes, como héroes, como los míticos Cazadores de Mamuts, como aquellos que atravesaban las Llanuras del Transito, como aquellos que vieron en El Valle de los Caballos o entre esos otros que decían llamarse El Clan del Oso Cavernario.

- Aún están ahí, vamos a cazarlos -vocifero el joven aún excitado.

No dijo nada, dio media vuelta y se guareció en su tienda, se tumbó y volvió a sentir esa punzada en el pecho, gimió y su mano aterida buscó entre las pieles, pero no había nadie, ella estaba en el campamento..., aún escuchó otro barrito de la Madre y al muchacho gritar algo, amenazas, bravuconadas que le conducirían a la muerte unas lunas mas tarde, cuando desobedeció sus consejos y uno de aquellos machos aislados lo desnucó de una cornada.

Siguieron cazando mamuts, siguiendo sus rastros, siguieron viviendo de ellos..., hasta cuando ya no podía alimentarse mas que con la carne que alguien del clan masticaba y salivaba para él, ya era un Sin Dientes y no cazaba, observaba y veía como los hielos se fundían, como los clanes eran cada vez mas numerosos, como cada vez cazaban mas mamuts, como cada vez derribaban a las hembras, a las Matriarcas..., sin respetar aquellas reglas, aquellos pactos entre ellos y los gigantes pelirrojos, de largas trenzas lanudas y ojos negros. Algo estaba cambiando, lo intuía, la sabiduría de la vejez le decía eso.

Incluso sonrió cuando tosió unos esputos sanguinolentos, volvió a dolerle aquella lesión en el pecho, le recordó su juventud, a aquellos mamuts que ya no volvería a ver, ni él ni ninguno de los suyos..., el sol y las lanzas acabarían con ellos, con aquellos enormes animales que les hicieron ser lo que fueron, unos osados y admirados cazadores de mamuts..., sintió calor, sintió como sudaba y echó una ultima mirada hacia el sol, hacia el fuego del cielo que cambiaria el clima, que calentaría los territorios que durante 400.000 años fueron dominios de los mamuts.

El calor fue fundiendo los hielos, las nieves, acortando los inviernos y alargando los veranos, llegaron nuevos herbívoros que comenzarían a competir con ellos por los pastos, por el forraje. Ellos no estaban adaptados a las altas temperaturas, a esos calores que poco a poco los fueron arrinconando y mermando sus poblaciones. Fueron en busca del hielo, de los fríos siberianos y lograron volver a pastar tranquilos hasta que las sucesivas oleadas de humanos los fueron acabando con ellos junto a ese calor, junto a ese sol que recalentaba sus cuerpos cubiertos de lana y trenzas rojas.

Hace 15.000 años se encuentra la primera muestra real de la caza de mamuts por clanes de cazadores, una punta de silex incrustada entre las vértebras de un esqueleto y hace 3.900 años se extinguen, mueren los últimos mamuts en la Isla de Wrangel, casi tocando las costas de Siberia.

Pero fue ese cambio climático el que condenó a estos enormes especialistas del frío y como tales morirían cuando esas condiciones “especiales” desaparecieron ellos también lo hicieron. Homo también les acosaba pero cazar a uno de ellos suponía un enorme gasto calórico y un riesgo elevado, ya no solo de muerte, si no de lesiones graves que podían provocarles amputaciones o daños medulares que los inmovilizarían de por vida.

La imagen de esa cacería heroica y sanguinaria del mamut era muy puntual y realmente oportunista, era mas fácil abatir a renos y ciervos o a cualquier herbívoro que no supusiese un riesgo mortal, aunque la ingesta diaria de proteína llegaba de la mano de pequeñas piezas cazadas con trampas, montadas en muchas ocasiones por las propias mujeres. No es difícil encontrar centenares de huesos de conejos y liebres en los alrededores de los asentamientos humanos prehistóricos. Sin embargo también se ha demostrado que la extinción de la megafauna de ciertos territorios coincidió con la llegada de los humanos, bien organizados y armados con lanzas arrojadizas que les permitían cazar a una distancia segura de las presas.

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Lo que Liuba contó a Dan Fisher.

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El mismo Tijonov fue quien avisó a Dan Fisher..., nos relata el artículo de Mueller..., casi con la emoción de un adolescente, sabía que el paleontólogo norteamericano se entusiasmaría con el hallazgo y con la posibilidad de trabajar con la pequeña.

Fisher, había pasado la mitad de su vida investigando sobre mastodontes y mamuts, exactamente 30 de sus 59 años, había centrado sus estudios en la forma que idearon los cazadores de mamuts para conservar la carne durante semanas y también en el estudio detallado de los colmillos. El examen de las distintas capas de marfil aportaba una información fiable y precisa sobre el crecimiento, la alimentación y la salud del animal, incluso sobre las pautas de maduración sexual de las especies. Incluso analizando la acumulación de isótopos, Fisher podía intuir, afirmar, incluso “ver” en su imaginación, “la situación climática e incluso importantes cambios en la distribución geográfica a raíz de una migración...”.

Y Liuba desveló alguno de esos secretos que los últimos mamuts enterraron en la isla de Wrangel. Liuba tendría un mes de edad cuando murió hace unos 40.000 años, estaba bien alimentada, incluso ya practicaba las pautas de comer parte de las heces de su madre, eso la proveía de una nueva y reforzada flora intestinal. Liuba contó que había nacido a finales de primavera y que había disfrutado de buenos pastos, de actividad física en el clan de hembras, que habría pastado por la tundra y que había fallecido bruscamente, con el estomago lleno y llena de salud y vitalidad, pero al tiempo con la excesiva confianza que le brindaba la protección del grupo y con la falta de experiencia propia de cualquier bebé, que la hizo aproximarse demasiado a esa orilla fangosa que la engulliría hasta nuestros días, quedó sumergida y pronto los lactobacilos medrarian en su carne hasta que la llegada del invierno la congelaría y conservaría hasta nuestros días.

El paleontólogo pudo escuchar su débil voz, la percibió en su imaginación al analizar los depósitos de su joven dentición, pudo ver esas acumulaciones casi diarias de marfil, espesas y densas hasta la última, que cesa bruscamente y que data el día de su muerte.





































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