Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

viernes, 10 de julio de 2009

"PALEODIETA PARA DEPORTISTAS" por Loren Cordain y Joe Friel.







Aquel sábado llovía sobre la Calderona, recuerdo las gotitas de agua cayendo sobre el parabrisas, las escobillas desplazándose sobre el cristal mojado y los perfiles de la serranía cubiertos, grises y fundidos con las nubes..., ese día no hubo pedalada y los chuchis se alegraron, dimos un paseo mas largo de lo habitual y sonreí viéndoles correr bajo la lluvia, realmente débil, pero suficiente para que cada dos por tres se sacudieran las gotitas con ese típico temblor que inician en el cuello y que logran trasmitir por el tórax hasta las patas traseras y la cola.

De vuelta al chalé les preparé la comida y para mi un café, lo tome en la terraza, volviendo a observar la indeferencia de Norton y Mia ante la lluvia y echando una ultima mirada hacia las montañas antes de marcharme, antes de volver a conducir hacia Valencia. Pero como aun era pronto decidí acercarme a Forum para distraerme un rato mirando artículos deportivos.

Las puertas automáticas se abrieron y miré hacia la estantería en la que suelen estar libros, junto a la sección de alimentación y mis pupilas se fijaron en unas letras, en el titulo de uno de aquellos libros que reposaban en las estanterías..., durante unos instantes me faltó el aire y terminé de leer el titulo mentalmente, “Paleodieta para deportistas”..., no me lo podía creer, alguien había escrito ya sobre la idea que me rondaba desde hacia bastante tiempo y que había bautizado como “La dieta primigenia”, que no era mas que un intento de aproximación a unas pautas de alimentación basadas en productos naturales, una especie de imitación a las costumbres alimentarías de los pueblos cazadores-recolectores de nuestra prehistoria.

Sonreí satisfecho, si alguien ya lo había publicado, es que esa idea nacida de mis lecturas y de mi actual tendencia hacia el asilvestramiento..., no era una estupidez. Recuerdo, que con ciertos temblores y una excitación tremenda fui a la caja, pagué y volví al piso de Valencia.

- Buenooo..., lo que te faltaba ya -bromeó mi hermana Mónica cuando echó una ojeada al libro.

- Anda trae...

Me senté en el sofá y observé la sencilla portada que la editorial Desnivel había elegido para su publicación. Las imágenes de unos corredores, trotando al amanecer o en el ocaso, envuelta en un marco de color marrón muy oscuro, un formato sencillo y poco llamativo, pero nada mas abrir el libro me encontré con una reseña de los autores en la que refrescaban los conceptos alimenticios que se recomendaban a los ciclistas en los años 50. Pero ya en los siguientes párrafos los autores empiezan a desmontar, a atacar frontalmente y de manera razonada las tendencias nutricionales de las ultimas décadas, apoyadas obsesivamente en el consumo masivo de hidratos de carbono y marginando, incluso criminalizando el consumo de proteínas provenientes de las carnes.

Pero en estas primeras páginas los autores prefieren retroceder aún mas en el tiempo y tratan de explicarnos que es lo que NO comían aquellos cazadores-recolectores y desde el punto de vista del lector no es difícil adelantarse al texto, pero Cordain y Friel nos señalan hacia un tipo de alimento, que curiosamente se ha colocado en la base de la pirámide nutricional que le interesa a la industria alimentaría, que son los azucares refinados camuflados en prácticamente todos los alimentos procesados y las hidratos de carbono en forma de arroces y pastas.

Hace unos 20.000 años, aquellos clanes de cazadores-recolectores eran anatómica y cerebralmente, exactamente iguales a nosotros y su organismo y su aparato digestivo habían evolucionado desde una alimentación frugívora, hace unos 3 millones de años hacia un modelo omnívoro en el que las proteínas de origen animal comenzaban a ocupar un lugar si no predominante, si novedoso. Ese cambio en la dieta, esa nueva adaptación al bipedismo y a la vida en la sabana, en los medios abiertos, surgidos tras el alzamiento de la falla del Rift..., provocó un acortamiento del tracto digestivo, de los intestinos y una reducción del volumen del estomago, también una modificación en la dentición. Desaparecen los grandes molares y los enormes músculos que accionaban las mandíbulas a modo de ruedas de molino, moliendo incesantemente tallos duros y correosos, granos de cáscaras rígidas..., las barrigas prominentes desaparecen, los rostros de aquellos homos se hacen mas pequeños, se reduce el tamaño de los caninos y empiezan a utilizar las herramientas de piedra para cortar, para desgarrar, para abrir los frutos secos. La energía sobrante que antes se destinaba a procesar las enormes cantidades de alimento vegetal, bajo en nutrientes y en proteínas..., se destina al crecimiento del cerebro, en alimentar esas neuronas que iban desarrollándose. Comienzan a consumir carne de entre los restos dejados por los depredadores, mas tarde ellos mismos serán capaces de cazar y de pescar en los grandes lagos africanos o marisquear en las playas de la desembocadura del río Klasies en Sudáfrica. Hay investigadores que afirmar que aquella primera y continuada ingestión de ácidos grasos omegas 3 proveniente de la pesca contribuyó directamente en el desarrollo cerebral de sapiens.

De aquella cuna africana surge un homínido bípedo, de enorme cerebro y con un aparato digestivo adaptado a una nueva alimentación mas variada y rica, con pocos carbohidratos y más proteínas, pero capaces de llevar una vida activa. Eran capaces de recolectar y cazar, de moverse, de migrar..., sin la necesidad de un consumo abusivo de hidratos de carbono. Ellos los obtenían de la fruta que recolectaban, de los frutos secos y de la miel que lograban robar de las colmenas salvajes..., el resto eran proteínas, compensaban esa escasez de “combustible” con unas fibras musculares de gran calidad derivadas de una saludable actividad física. Y en este punto, relatado por mi, los autores de “Paleodieta para deportistas” nos muestran una interesantes tablas en la que comparan los estados de salud de los clanes cazadores-recolectores actuales con el hombre occidental..., siempre en relación directa con la alimentación y sus consecuencias en nuestro organismo. A poco que se observan descubres como estas tribus desconocen la obesidad, la diabetes, la hipertensión y los niveles elevados de colesterol..., admiten que estas personas no alcanzan las edades de cualquier anciano europeo pero también puntualizan que sus muertes suelen deberse a traumatismos o accidentes y no a trastornos graves de la salud como los infartos cerebrales o de miocardio, derivados de esa hipertensión casi crónica del hombre occidental. Señalan también que la actividad física y mental de estos ancianos de pieles tostadas y desdentados, suelen ser superior a los mayores que nos rodean en nuestras ciudades.

Tras esa especie de prologo o presentación, el libro comienza a derivar hacia el plano estrictamente deportivo, centrándose en la alimentación antes, durante y después de las actividades deportivas, normalmente de resistencia y fondo, maratones a pie o grandes rutas de bicicleta de carretera o de montaña. De este apartado extraje algunos conocimientos importantes, aunque realmente todo el libro es digno de una lectura sosegada y libre de cualquier atadura mental.

Uno de las capítulos que encontré mas instructivo es el 5, titulado “Los alimentos como combustible para el ejercicio”. Cordain y Friel nos muestran que recursos y de que manera nuestro organismo se provee de energía. Comentan que a niveles muy bajos de intensidad nos sobra con los ácidos grasos libres que navegan por nuestro torrente sanguíneo y que provienen de la grasa, de los michelines por decirlo llanamente, conforme aumentamos la intensidad de la actividad esa grasa es insuficiente para mantener el ritmo, necesita mucho oxigeno para liberar la energía y eso es precisamente lo que comienza a escasear a exigencias altas. En ese momento el cuerpo comienza a consumir moléculas de triglicéridos en forma de moléculas instaladas en la propia fibra muscular, pero si continuamos exigiendo rendimiento y aumentando las pulsaciones no queda más remedio que recurrir al glucógeno almacenado directamente en esas mismas fibras. En este punto, ya con muy poco oxigeno se necesita un combustible rápido y potente..., esta explicación me hizo reflexionar, me hizo sonreír ante la brillante complejidad de nuestro organismo y su tremenda capacidad de adaptación.

“Paleodieta para deportistas” es una obra muy interesante, instructiva y practica, uno no puede estar deacuerdo con sus recomendaciones alimenticias pero si puede aprender con sus explicaciones sobre la forma en que nuestro aparato digestivo proceso y utiliza los alimentos..., aunque aquí sus autores chocarían frontalmente con las recomendaciones, con las observaciones y las pautas alimenticias recomendadas por Andreas Moritz un terapeuta de reconocido prestigio y autor de varios libros, por mi casa han caído dos de ellos, “Limpieza hepática y de la vesícula biliar” y “Los secretos eternos de la salud”, en este ultimo citado, Moritz define así el efecto del consumo de proteínas animales en nuestro cuerpo..., realmente es inquietante.

En la página 231 de “Los secretos eternos de la salud”.

“Buena parte de la infestación de la carne con gérmenes se debe a que los animales de granja se nutren de alimentos que no tienen nada que ver con su comida natural. Las vacas se alimentan ahora con maíz, que son incapaces de digerir, pero que hace que engorden rápidamente. El pienso para el ganado vacuno también contiene heces de pollo. Los millones de kilos de restos de pollo (heces, plumas y lo que sea) que se recogen del suelo de las granjas avícolas se reciclan para elaborar piensos para las vacas. La industria considera que son “buenas proteínas”. Los demás ingredientes de los piensos que se dan a las vacas consisten en restos molidos de animales como pollos, cerdos y caballos muertos...”

Yen la página 233.

“Nuestro intestino delgado, que mide de 5 a 6 metros de longitud, procesa la mayoría de los alimentos naturales durante varias horas. La carne, en cambio puede permanecer en el intestino delgado durante nada menos que de 20 a 48 horas, periodo en que buena parte de ella se pudre y se descompone. El proceso de putrefacción da lugar a la generación de los venenos de la carne: cadaverina, putrescina, aminas y otras sustancias altamente toxicas...”, el resto del texto es estremecedor, a mi me dejó petrificado y lleno de dudas. Desde luego me cuestioné ese tipo de dieta paleolítica recomendada por Loren Cordain y Joel Friel..., aunque debo de admitir que estos autores solo recomiendan consumir carne de origen salvaje, venado, ciervo, jabalí, búfalo..., convenientemente analizada, obviamente o de pollos y pavos criados por uno mismo.

Y siguiendo con el libro de Moritz..., también cuestiona las dietas basadas en los grupos sanguíneos, el terapeuta las desacredita y argumenta que realmente no se conoce hasta donde se remonta nuestro linaje, que es la base del libro de D´adamo en el que explica las dietas según el grupo sanguíneo al que se pertenezca..., en ese momento me pongo tenso y meneo la cabeza. Si se conoce el linaje, por lo menos el de la actual población mundial y estoy hablando de la conocida como teoría de La Eva Negra, según esta propuesta todos descendemos de una mujer africana que nació en África hace unos 150.000 años, en esas fechas se produce la salida del continente madre para esparcir los nuevos genes por todo el planeta, pero sin hibridarse con las poblaciones que en esos momentos ocupaban Asia, Europa e Iberia. Se puede imaginar que conforme se iban asentando iban modificando sus hábitos alimenticios, ¿no...?.

En fin, creo que ambos libros son muy recomendable, nos aportan mucha información, sobretodo el de Andreas Moritz, que esta publicado por Obelisco, es una auténtica Biblia ayurverda que encantará a Goyo, si es que no lo has leído y que hipnotizaría a Maria, siempre ávida de conocimiento.




domingo, 5 de julio de 2009

PEDALEANDO JUNTO A PILAR, TAMBIÉN LLAMADA JOA.(1ª PARTE)






- Cumbre... -murmura Joa, la maestra de literatura..., dando las últimas pedaladas, coronando el punto geodésico del Pico del Águila, a más 850 metros de altitud y dejando atrás unas rampas con desniveles de entre el 16 y el 20%.

Echa pié a tierra, desencaja las calas y coje uno de sus dos botellines, apenas si jadea, entreabre sus finos labios y echa unos tragos de agua mirando hacia la Sierra de Espadan, hacia el pico del Penyagolosa, que se alza brumoso, algo turbio, pese al viento del norte que sopla con fuerza.

- Anda Pili..., ven aquí detrás que nos vamos a enfriar.

Nos sentamos al socaire de una pequeña caseta de madera y observamos esos horizontes, vemos la antigua Segobriga, allí, en la comarcad el Alto Palencia y tras ellas, la abrupta cadena azulada de Espadan.

- Míralas, mis montañas..., si, Pedro..., si que es el Penyagolosa -murmura Joa, imagino que recordando los más de 60 kilómetros que cubrió corriendo y caminando, durante la “Marató i Mitja del Penyagolosa”


- Yo no lo tenía claro..., es curioso, acabas de pegarte este subidón y simplemente has dicho “cumbre”..., si fuese con mis colegas mas de uno habría tirado la bici y se habría cagado en todo.

Joa sonríe y vuelve a beber, el viento mueve los cabellos rebeldes que han escapado al trenzado de sus coletas y el sol se derrama contra sus piernas, sobre sus rodillas..., quizás las mire demasiado, aparto los ojos de ellas y vuelvo a mirar hacia el mar de nubes que avanzan empujadas por el viento, llenan de manchas oscuras los horizontes que contemplamos y de pequeños cambios térmicos cuando se interponen entre nosotros y el sol.

Oímos claramente las voces de dos senderistas, al poco asoman escalando sobre la lechada de hormigón rosáceo y nos saludamos, me acerco a Joa y le confieso susurrando.

- Cuando estábamos subiendo los he oído y por unos momentos me ha horrorizado la idea de que me cogieran.

- No hombre no, que tu subes muy bien.

- Pues tu no te quedas atrás..., bueno, ¿hace ese cortadito en Gatova...?.

- Claro.


Nos levantamos, Joa se cubre con un chubasquero, para no enfriarse con el descenso, da otro trago, montamos y damos unas pedaladas, Joa gira la cabeza y vuelve a mirar hacia Espadan...,

... hasta que nos dejamos caer sobre la lechada de hormigón, unas vueltas mas de las bielas y el viento de norte nos empuja de costado, sopla con fuerza y nos tenemos que inclinar sobre las propias rachas para no salirnos de la estrecha trazada de cemento.

- ¡¡¡Uahhhh, no hay nada tan eufórico como una bajada en bicicleta...¡¡¡ -vocea Joa a mi espalda, imagino que apartando la mirada de esas montañas, de esas cumbres tan queridas por la maestra de literatura.

Y tiene sus motivos para contemplarlas con cierta nostalgia, vivió cerca de ellas y ha recorrido gran parte de sus senderos y pistas. Hace un rato las señalaba y me nombraba algunas de sus cotas..., durante unos instantes me he sentido ignorante y me han vuelto a invadir esos curiosos miedos ante las expectativas que ella haya podido poner sobre mi y sobre lo que yo puedo mostrarle o descubrirle de la Calderona..., realmente poca cosa, sobretodo porque tiene un fiel amigo, colocado en el manillar de Camino, su bici, que la lleva a todos los rincones de esta sierra o de cualquier otra..., su inseparable GPS, con él conectado a sus tres o cuatro satélites, Joa es libre como un vencejo y no necesita de tipos como yo para que la lleven por estas pistas o para que traten de sorprenderla con alguna ruta que ella no halla hecho en solitario o con la Peña Btt de Moncada.

Esta mañana, a eso de las ocho, le he echado una mirada nada más aparecer por el aparcamiento de Porta Coeli.

- Bon día...-he saludado, quitándome el casco para poderle dar dos besos en las mejillas.

- Holaaa..., -sonríe Joa, acercándose. Mis ojos se van hacia sus coletas, hacia sus piernas, hacia la rodillera azul que cubre su articulación derecha..., y de nuevo hacia su rostro, después lo percibo contra mis labios y nos damos dos besos en las mejillas.

- Vaya..., ya estas lista..., y no se te ha olvidado el GPS -observo mirando hacia el artilugio instalado sobre Camino, su bici, apoyada contra el Focus ranchera de color azul metalizado..., su color preferido.

Cierra su coche con el mando a distancia y la guardada en una bolsa de plástico que asegura sobre el transportín con una goma, le da varias vueltas, se ajusta el barboquejo del casco y me mira.

- Cuando quieras.

- Entonces ya mismo..., ah mira, mi amigo Martín ya me ha montado los Q-Rings, bueno, los platos ovalados de los que te hablé.

Desmonto, me acuclillo frente a mis bielas y las muevo con la mano para que Joa pueda ver la forma apepinada de los platos.

- Uy..., pues si que son ovalados, que sensación más rara..., me dijiste que eran para reducir las molestias en las rodillas ¿no...?.

- Si..., el principio es que cuando tienes las rodillas plegada cuesta mucho hacer fuerza, de hecho es el momento en el que mas se deteriora el cartílago..., pues la teoría es que con estos platos el desarrollo se suaviza justo en ese momento que tienes la pierna encogida, te facilita ese primer empuje y luego poco a poco vuelve al desarrollo normal cuando ya la tienes a media extensión, se supone que es el momento en el que menos sufre la musculatura y la articulación... y vuelta a empezar. La verdad es que estuve ojeando el foro de ciclismo y había gente que hablaba muy de ellos, me acuerdo de uno que decía que quería hacer la “Quebrantahuesos”, pero que el dolor de rodillas se lo iba a impedir, decía que fue ponerse los Q-Rings de Rotor y poder hacerla..., la verdad es que ese testimonio me impresionó.

- Bueno..., pues ya me dirás como van, que eso me interesa -comenta Joa, ajustándose la “prótesis”, así llama ella a la rodillera que protege su articulación derecha, compañera inseparable de sus pedaladas, de sus caminatas, de sus competiciones en carreras de montaña, de sus senderos y de sus escaladas hasta cotas de mas 6000 metros de altitud.

Echo una ultima mirada al aparcamiento, veo algunos coches, no demasiados y a los ciclistas descargando las bicis de los maleteros, escucho algunos saludos y veo que llegan otros dos turismos, levantan una pequeña nube de polvo que una ráfaga de viento envía hacia la carretera.

- Vamonos, Pili.

Vuelvo a montar, encajo las calas y damos las primeras pedaladas, en ligera subida, el aparcamiento queda a nuestras espaldas y sentimos de nuevo ese viento soplando algo fresco.

- Este es el mismo viento de ayer -murmura Joa.

- Bueno..., espero que nos de tiempo antes de que se caliente..., ayer por la tarde hacia bastante calor.

- Si... ¿y que ruta me tienes preparada...?, ¿a ver esa sorpresa...?.

Pedaleamos juntos, me vuelvo hacia ella y observo el leve balanceo de sus graciosas coletas, su perfil de rasgos afilados, el vaivén de sus esbeltas piernas.

- Bueno, subiremos por la Vigueta hacia...

- Oh no... -se queja Joa- otra vez la Vigueta...

- Si quieres subimos por el Campillo, aún estamos a tiempo...

- No, no..., por donde tu digas.

- Bueno, pues subiremos hasta Tristan y después por un camino que sube hacia el Pico del Águila, creo que desde allí se ve el Penyagolosa..., espero que tu me lo confirmes...

Joa sonríe y escucho como cambia de marcha, el camino va subiendo hasta alcanzar el desvío hacia el Campillo, continuamos al frente, en bajada y vamos rodando, sorteando los agujeros abiertos en el carril y trazando los virajes.

Después de otro pequeño repecho dejamos la pista que sube hasta la Font de L´abella, también a derechas, viramos a izquierdas, una bajadita y otro giro a derechas. La pista empieza a elevarse, a remontar hacia el Portixol, subo un par de piñones y oigo como Joa “mete” el plato pequeño, aumenta su cadencia de pedaleo y yo resoplo, me relajo y me apoyo en los acoples del manillar.

- A esta subida..., mis sobrinos y yo..., la bautizamos... -empiezo a contarle a Joa entre jadeos- como la Prueba del Hombre...

- ¿Por qué...?

- Pues porque una vez..., vino un colega..., que no hace bici..., es ejecutivo..., y de piel blanquecina... -bromeo.

La pista sigue ascendiendo, ganando altura..., veo mis rodillas subir y bajar y a los platos Q-Rings oscilar con esa curiosa forma ovoide, tirando de la cadena y de los piñones.

- Cuando coronamos..., uno de los amigos de...., mis sobrinos....,me dijo..., el hombre sube andando...

Joa suelta una risa entrecortada, me giro hacia ella y la veo algo distanciada.

- No te preocupes..., por mí..., sigue a tu ritmo...

Sonrío y vuelvo la vista al frente, respiro profundamente y sigo dando pedaladas, remontando y girando a derechas, rodando entre las paredes de la montaña, manchadas del polvo blanquecino del carril, también algo amarilleadas o con vetas rojizas veladas por el mismo polvo, a la sombra y sin dejar de ascender, veo el sol asomándose al final del estrecho camino y con unas vueltas más del plato de 34 dientes corono jadeando ligeramente, el camino recupera su color rojizo y observo los farallones que se alzan recogiendo el vallecillo. Echo pié a tierra, saco la cámara y veo por el objetivo a Joa, apenas si le he sacado un poco de ventaja.


- Andaaa, ya empezamos..., con las fotos... -bromea Pilar.

Para a mi lado y observo que apenas si jadea, medio sonríe y da varios tragos de agua, encaja el botellín y me mira.

- Hala, vamos a seguir..., que tú subes muy deprisa.
- Pues tampoco te he sacado tanto.
Ella cabecea, traba el pedal en la cala y empuja con su rodilla envuelta con la “prótesis” azul, salgo tras ella y nos alivia el suave descenso sobre el camino de color rojizo, como el rodeno que aflora por toda la serranía.
Poco a poco vamos rodando hacia esas paredes en las que ya incide el sol, pero van quedando a nuestra izquierda, nosotros buscamos el paso tortuoso y a la sombra entre las montañas, el camino que se revira y vuelve a subir, que va atravesando la serranía, que nos conduce a través de ella.
Dejamos las últimas casitas, la pista forestal se estrecha, se va rompiendo y las aristas de los estratos de rodeno emergen en ella, las suspensiones oscilan y subo un piñón, escucho después como cruje el cambio de Joa.
Las ramas espinosas de las zarzas se vencen sobre el camino, escucho el rumor del riachuelo estacional de la Gota a mi izquierda, bajando por el lecho repleto de cantos redondeados de ese mismo rodeno y observo a mi derecha la vegetación espesa y aún verde que crece a la sombra de los macizos de piedra, cubierta de musgos, de enredaderas, de arbustos y con uno de sus estratos colonizado por unas matas de helechos, que busco con la mirada pero que no logro encontrar.
Aflojo un poco la pedalada y señalo hacia la umbría.
- Ahí crecen unas matas de helecho..., las descubrió mi hermana Mónica, como ella va mas despacio en bici le da tiempo a ver cosas..., bueno, el caso es que ni ahora los puedo ver..., en invierno si que los localizo enseguida.
Joa llega y mira hacia esa pared cubierta de vegetación.
- Donde hay un poco de humedad constante la vida crece...,¿eh?
- Pues si..., a la mínima oportunidad.
Volvemos a pedalear, a ir remontando, subiendo, en solitario, sin ver a ningún ciclista..., aún a la sombra del cañón, pero virando poco a poco a derechas hasta que el sol se cuela entre un estrecho y mitiga el color rojizo de la pista, ilumina esas pequeñas aristas de piedra y lanza sombras o destellos sobre el dorso de las hojas caídas de una carrasca, las hace brillar sobre la pista antes de que pierdan toda su humedad..., llego a ese estrecho por que suele caer agua y giro a izquierdas, hacia su cauce que corta en V el camino, cambio de marchas, cruje el mando giratorio y encaro la rampa inclinándome hacia delante..., la pista se alza y resoplo, me relajo y muevo los novedosos Q-Rings ovalados con cadencia..., escucho otra vez a Joa cambiar de marchas y sigo dando pedales, ganando metros al repecho, ganando altura y llegando hasta el cruce con la respiración algo a acelerada, bajo un piñón y hago girar la bici, echo pie a tierra y observo a Joa pedaleando sin desfallecer, con el 22 engranado y casi sonriendo.
- ¡Mas fotos...¡ -exclama cuando me ve apuntándole con la cámara.
- Ya te dije que tenía fijación por tus piernas.
Y vuelvo a disparar con ella encima, a punto de parar.












- Hala, hala, halaaaa.... -y echa pie a tierra con un leve jadeo, con las coletas cayendo sobe su pecho- anda, trae que te haga una.

- Bueno, pues espera que baje y que coja carrerilla.
Joa me observa dar la vuelta, me dejo caer unos metros sobre la rampa que acabo de salvar, giro completamente sobre la misma pista y vuelvo a remontar, a sonreír, a mirar hacia mi compañera de pedalada. Ella me apunta con la cámara, sujetándola con una sola mano y escucho el disparador virtual.


- Venga... ¿continuamos...?. -sugiero guardando la cámara en el bolsillo de maillot.

Ella sonríe y afirma con la cabeza, calamos las zapatillas sobre los pedales y volvemos a rodar. El camino va girando a izquierdas, se abre un banco de arena en la misma curva, los neumáticos se hunden en él y una veta de arenisca blanca surge de las entrañas de la sierra Calderona, la pista vuelve a levantarse, a elevarse ante las ruedas..., subo un piñón, vuelvo a inclinarme un poco hacia delante y busco un tramo de tierra endurecida que queda a la izquierda, asomándome a la ladera que cae cubierta de aliagas y coscojas, de jóvenes pinos..., y que se desploma hacia las pozas que surgen en el barranco. Vuelvo a distinguir el agua estancada ahí abajo, siempre la miro guante unos segundos, como tratando de recordar que “ahí hay agua...”, como si en algún momento de mi vida me viese perdido por estos montes y necesitara de esa agua vital..., y Joa se va quedando atrás, giro la cabeza y la veo remontando sin quejarse, siguiendo el rastro de mis Michelín Dry2.
Sonrió y sigo moviendo los platos Rotor ovalados, lo observo durante unos momentos y veo la tierra y las piedras, el polvo y los charcos resecos que pasan bajo la cada del pedalier..., vuelvo la vista al frente y encaro otro repechón que se levanta entre algunas casitas..., clac, subo otra corona y la cadena empieza a tirar del piñón de 34 dientes, aumenta el numero de pedaladas y asciendo entre rocas, entre aristas de rodeno que emergen en la pista..., corono y aflojo un poco, espero a Joa y al poco me alcanza.
- Oye..., con que facilidad subes..., yo tropiezo con todas las piedras.
Sonrío y la miro.
- Bueno..., es que subo tantas veces..., que al final, casi sabes donde están esas piedras y las esquivas, también sabes con que piñón empezar y todo eso ayuda.
- Bien..., ya lo iré aprendiendo.
- Mira que eres modosita..., ¿qué le voy a enseñar yo a una mujer que ha subido al Chimborazo y al Monte Kenia, que se va sola por esas serranías de Dios con ese GPS que llevas en el manillar...?, yo, que no salgo de la Calderona.
- Ay..., otra subida..., hasta luego..., hala, tira, tira...
Meneo la cabeza y otra vez el camino vuelve a ascender..., la pista de la Vigueta es así, rampa tras rampa, leves llaneos, breves descansos para recuperar el resuello y otro repecho..., vuelvo a mover la pelvis hacia la punta del sillín, resoplo y noto como la pendiente retiene la pedalada, como mis cuadriceps tienen que presionar mas sobre el pedal, como mis músculos cardiacos se contraen y se expanden mas rápidamente, como voy jadeando..., y mirando por donde colocar la rueda delantera, veo esas esquinas de rodeno que surgen ocupando el centro del carril, me ladeo un poco, pero me desequilibro y no tengo mas remedio que pasar por encima, empujo con fuerza las bielas y los neumáticos trepan sobre la roca..., sigo pedaleando y percibo el vaivén de la rueda trasera salvando el escollo..., vuelvo a resoplar y sigo pedaleando, remontando como si pedalease a solas. No escucho la espiración de Joa, tampoco ninguna queja..., no vuelvo la cabeza pero se que ella sigue ahí, tenaz y silenciosa..., no paro a esperarla y miro al frente, bajo un piñón y observo el tajo del pequeño barranco que desciende desde el refugio de Tristan y La Mina, en las faldas del Gorgó. Veo ese monte bajo aún lleno de color, el blanco de las pequeñas margaritas de la estepa negra, el verde azufrado de las aliagas, el verde de las coscojas, los perfiles de unas montañas sin apenas pinar pero cubiertas de vegetación espinosa y abundante, espesa..., sin apenas contrastes de color, sin cromatismos vivaces..., tonos como difuminados, apagados..., pero desde luego mas vivos que durante el invierno, cuando remontaba por este mismo carril, cuando cubría las mismas rutas en solitario, en silencio, con el rodeno de la pista húmedo y con las huellas de los jabalíes impresas en él..., y llega una ráfaga de viento, noto como me frena y desaparece, miro hacia arriba, veo un cielo que poco se va cubriendo de nubes pequeñas y a mi derecha un inmensa pared de rodeno, como elevada capa a capa, cubierta de líquenes y que proyecta su sombra sobre el barranco..., dejo de pedalear, la observo y saco la cámara.
Miro hacia la pista y observo a Joa a través del objetivo, la tengo un rato enfocada y disparo.
Ella mueve la cabeza y hace oscilar sus trenzas, para junto a mí y echa un trago de agua.
- Estás muy fuerte chico...
Sonrío halagado y señalo con la barbilla hacia el peñasco.
- ¿Te puedes creer que paso por aquí bastantes veces al año y nunca me había fijado en esa pared...?, si me aguantas la Bicipalo le hago una foto.


Joa sonríe y se hace a un lado, sujeta a la Primigenia y oprimo el disparador, ladeo un poco la cabeza y la enfoco otra vez, pero de cintura para abajo.

- ¡Ehhh...! -se queja mi amiga, pero ya he hecho la foto.
- Es que tengo fijación por tus piernas..., y antes de que reacciones devuélveme mi bici que me marcho cuesta arriba -bromeo.

- Venga, dame la camara que ahora te hago yo una...

Le dejo la Canon, me retraso y poco y Joa me fotografia sujetando la maquinita con una sola mano.


Me mira, sonríe y volvemos a montar..., a pedalear, poco a poco Joa se va retrasando y yo voy remontando..., no me preocupa que pedalee sola, bueno realmente no nos distanciamos demasiado y se que ella no necesita de ningún chico que la tutele cuando rueda por la sierra, no necesita de mis ánimos. Joa a escalado el Monte Kenia, a mas de 4000 metros de altitud también el Chimborazo, a mas de 6000 metros de altitud, a dormido sola cientos de veces en el monte y entre semana suele salir a solas con su GPS, menos los jueves, que sale con un grupo de corredores de montaña llamados “misjueves”, recorre la Calderona a zancadas con ellos, sonriendo. balanceando sus coletas..., descubriendo sendas, caminos y vericuetos, rincones hermosos..., y de nuevo la arenisca blancuzca surge entre piedras, entre placas de rodeno o entre rocas desprendidas del mismo subsuelo, arrancadas con las avenidas, con las lluvias torrenciales encajonadas y bajando salvajes por esta garganta varias veces cada mil años..., mucho mas tiempo del que viviremos Joa y yo, los arbustos que contemplo, los pajarillos que a veces cruzan la pista..., tan solo ellas, las montañas permanecerán...., giro a izquierdas, ahora a derechas y echo una mirada rápida a la pista repleta de estratos asomando, de aristas, de puntas, de lajas..., acelero, cojo el lado izquierdo, trepo dando pedales sin cesar y me desvió a la derecha, las suspensiones empiezan a hundirse y a extenderse, noto con los neumáticos se traban en las piedras encajadas en el camino..., me paso a la de derecha, rozando los arbustos y las ramas de los pinos, sigo pedaleando y vuelvo a cambiarme a la izquierda, expulso una bocanada de aire, sigo remontando y echo la mirada por delante, veo el roquedo aflorando por todo el carril y recuerdo que en invierno suele descender un reguerillo de agua que destella, que brilla cuando hacemos esta ruta, pero en descenso..., doy unas pedaladas mas y paro, miro hacia la curva y veo a Joa vacilar entre las piedras, pierde empuje y la serranía traba sus ruedas..., sacude sus trenzas y tiene que apoyarse. Desmonta, empuja un poco a Camino, la atraviesa, vuelve a montar, arranca y sigue remontando, me ve y sonríe.

- Que pocas veces consigo..., salir bien de esa curva..., pero tu lo haces fácil... -me halaga otra vez, pero sin parar y encarando otra rampa.


- Bueno..., a veces también echo pie a tierra..., igual me distraigo, no hago la trazada buena y hala, te quedas encallado.

Vuelvo a montar, suenan los chasquidos de las calas y continuamos remontando..., la alcanzo, poco a poco voy ganando metros a Joa y de nuevo pedaleo a solas. Dejo atrás ese tramo repleto pedregoso y el camino llaneo unas decenas de metros, el sol ya asoma por encima de las montañas que se alzan a los lados del barranco y siento sus rayos en mi espalda, pero el viento es fresco y a veces sopla súbitamente, irrumpe bajando por las laderas y levanta nubecillas de polvo que enseguida se dispersan.

Cruzo por el tajo que un riachuelo seco ha ido perforando en la pista con las lluvias y la pista gira a izquierdas, en ascenso, sigue girando y me deja mirar hacia la izquierda, puedo ver todo el carril que hemos seguido y a la silueta de Joa sobre Camino, a las montañas que se levantaban, a esos peñascos de rodeno en los que nunca había reparado y noto como las primeras gotas de sudor resbalan por mi frente..., trato de relajarme, enderezo un poco los lumbares y sigo pedaleando cuesta arriba, trazando lentamente las curvas y viendo por delante como el trazado de la pista gira a derechas y sigue trepando por la ladera de la montaña, en un giro cerrado y repleto de surcos y roderas..., las que ya tengo frente a mi, me abro a izquierdas, cargo el peso sobre el manillar, pero sin llegar a levantarme y sigo ascendiendo, trazando el viraje y viendo la tierra apelmazada bajo los tacos de la Michelín, de un color extraño, ni blanco ni rojizo, otra veta que surge del interior de la Calderona..., me hago a un lado, saco un pié, también la cámara y tengo el tiempo justo de enfocarla.
- ¡Ábrete y cuidado con las roderas....! -le advierto mientras le hago la foto.


Encara el fuerte repecho, salva con gracia las grietas que cortan la curva y sigue hacia arriba. Arranco tras ella, observo cu cuerpecito agalgado y su pedaleo rápido moviendo el plato de 22 dientes y durante un rato voy tras ella, mirándola y viendo también las florecillas amarillas de la manzanilla, iluminan los bordes del camino y me hacen sonreír, distingo tambien una mata de rabo de gato..., creo que en infusión tiene propiedades antiinflamatorias.


Ya vemos como llega la pista, por nuestra derecha desde la Font del Poll, ya casi hemos coronado, distinguimos los abetales de Tristan y las parcelas de pinos reforestado, pasamos sobre el lecho seco del charco que durante todo el invierno ha estado inundado y la sombra nos cobija ya en el cruce de caminos, paramos y me quedo observando una de las matas de manzanilla.

- Pues le voy a hacer una foto...


- Venga..., tu sigue con tu reportaje -me anima Joa bajándose también de la bici.

Un par de insectos se mueven sobre las flores, trato de enfocar muy de cerca, pero no se si saldrá bien, la fotografía no es mi fuerte..., oprimo un par de veces el disparador y noto a Joa cerca de mi..., el olor, el calor que desprende su cuerpo, su respiración...
- Y esto es hipérico..., bueno, hipérico perforatun... -me explica rozando con sus dedos otra flor amarilla, de estrechos y alargados pétalos perforados.
- ¿Eso es hipérico...?.
- Si, si..., no soy una especialista, pero si que es hipérico.
Observo durante unos segundos la humilde planta y vuelvo a sentirme sorprendido.
- Se supone que es antidepresivo... -murmuro.


Y recuerdo aquel paseo con Patricia, por los alrededores del chalé, sentí la misma sorpresa que en estos momentos cuando mi amiga identificó una mata espinosa como “espino blanco”..., una planta de excelentes cualidades cardiotónicas..., y estaba allí mismo, igual que ahora, rodeado de plantas, de matojos de aspecto duro y correoso pero medicinales, igual que estas manzanillas, que el hipérico, con estos mismos pinos que nos dan la sombra. Las abejas utilizan sus resinas para procesar sustancias, como el propolis que utilizan para proteger sus colmenas del ataque de hongos y virus, yo también lo he consumido este invierno en forma de jarabe y me ha funcionado, bueno, junto a unas generosas dosis de equinacea, otra planta milagrosa..., y es curioso, siempre han sido ellas, las mujeres quienes me han descubierto esas plantas que nuestros ancestros utilizaron para curarse las heridas, las enfermedades..., desde hace miles de años, mientras los hombres cazaban ellas recolectaban alimentos vegetales o cazaban pequeños mamíferos como conejos o ratones de campo, recolectaban plantas, musgos, líquenes, brotes. En algún momento de nuestra prehistoria ellas descubrieron la relación entre aquel ungüento, entre aquella bebida caliente, entre aquel caldo de hojas y la sanación de ellas mismas, de sus hijos, de sus parejas...

- Hipérico... -vuelvo a murmurar- es increíble..., todo esta aquí o allí...-susurro señalando hacia los picos azulados y escarpados de la Sierra de Espadan, entre las ramas bajas y los troncos del pinar que cubre los alrededores del refugio de Tristan y La Mina- y no en las farmacias..., bueno y ahora toca bajar.
- ¡Bien...! -ríe Joa, cubriéndose con su cortavientos y revisando las gomas elásticas que aseguran su bolsita al transportin de Camino- es que voy empapada.
Volvemos a montar y bajo la sombra de las coníferas vamos salvando el ultimo repecho que sube hasta los mismos muros del refugio, lo dejamos a nuestra izquierda y nos asomamos a la otra cara del valle, de nuevo Espadan surge recortándose contra un cielo que sigue cubriendose de nubecillas desgarradas y empujadas por el mismo viento que nos recibe en el alto. Siento un escalofrio y miro a Joa.
- Venga..., a bajar.
Ella sonríe, vuelvo la vista hacia el camino, doy unas pedaladas, cambio al plato de 44 dientes y las bielas comienzan a girar cada vez con más facilidad..., hasta que dejo de pedalear y las ruedas se lanzan cuesta abajo girando sobre sus cojinetes frenéticamente, el viento se roza contra mi rostro, mis antebrazos vibran con los baches y me sujeto, como siempre al sillín con los muslos, repartiendo el peso entre los dos neumáticos. Los remolinos de aire zumban en mis oídos y la Bicipalo se estremece cuando atravieso el surco, cuando rebota contra las piedras y las suspensiones absorben parte del impacto..., veo ya la bifurcación y voy frenando, mis dedos índices presionan sobre las manetas de magnesio y las zapatas se cierran contra los flancos, los horquilla delantera se hunde y pierdo velocidad hasta parar, desencajo una cala y giro la cabeza. Veo a Joa bajando y tras ella a un Ford Focus C-Max azul marino siguiéndola.
Me alcanza y para a mi lado, el monovolumen llega tras ella, aminora y el conductor nos saluda con la mano.
- Bon día... -contesto y miro a Joa- desde aquí, la vista de la Jabonera es acojonante ¿eh..?.
Miramos hacia la pista que sale a nuestra izquierda, se ondula entre los fragmentados bosquetes de alcornoque que nos rodean y empieza a remontar, desaparece entre las copas del pinar y en el ultimo tramo se vuelve a hacer visible, pero distorsionada como por la calima y elevándose hacia la cima, como si ascendiera casi en vertical.
Joa vuelve a beber y mira hacia la cuesta.
-La primera vez que vine fue con la peña de Moncada y me dio miedo..., pero luego no es tanto.
- El tramo final es algo cansino..., hala, a seguir bajando..., ahora ten cuidado que el camino esta un poco suelto, hay bastante gravilla.
- Bien.
Empujo el pedal con apenas unas vueltas de las bielas ya voy acelerando, vuelvo a levantarme y la Bicipalo se lanza perdiendo altura y dejando el sol al otro lado de la montaña que crece a nuestra derecha, se eleva cubierta de monte bajo y la pista se desploma grisácea y repleta de bancos de piedra suelta, los tacos de las Michelín parecen flotar sobre las piedrecillas y freno en la curva, trazo y vuelvo a pedalear. Descubro la silueta del C-Max unos metros por delante, percibo el olor de la tierra entrando por mi nariz..., sigo bajando y casi echándome encima de su portón trasero. Es una imagen muda, no escucho su motor, solo los crujidos de la Primigenia, el golpeteo de la cadena contra la vaina, las turbulencias en las orejas..., destellan sus pilotos de freno y se hace a un lado, para y me deja paso. Freno un poco y paso entre él y la ladera que cae a mi izquierda, le rebaso y levanto la mano agradeciendo el gesto..., unas pedaladas mas y vuelven las vibraciones, la velocidad, el murmullo intenso, los ruidos del descenso y los remolinos de aire entre el casco y mis sienes, la curva, freno y trazo a derechas..., la pista se ensancha, llaneo y vira a izquierdas..., vuelvo la cabeza y veo a Joa algo distanciada pero siguiéndome.
Los radios de las llantas no se ven y la imagen del neumático se distorsiona con los incesantes rebotes, el caucho se desplaza sobre la tierra y pulveriza esos granos, los hace pequeños y el aire desplazado los eleva, el chasis de la bicicleta tiembla y se revira en medio de esa nubecilla y la tierra se pega a ella, se adhiere a las chorreones de la bebida isotónica que con los baches supura por la boquilla y resbala hacia el Gran Bisonte, se pega sobre el sudor de las espinillas, sobre el culotte, sobre el maillot, sobre mis gafas de sol, sobre mis ojos pero el parpado baja y sube, limpia mi retina y en décimas de segundo vuelvo a ver las cimas de Espadan a punto de desparecer con el descenso largo y sinuoso. Las lomas y el pinar vuelven a llenar los horizontes, los campos de olivos en los bancales que ocupan los hondos, algunas parcelas de almendros y la casita de piedra levantada justo en el desvío a izquierdas...,

...voy frenando, pierdo velocidad y echo pie a tierra, regresa el silencio, la calma, puedo escuchar mi respiración y las llamadas de algunos pajarillos..., vuelvo a sentir una ráfaga de viento y percibo el rumor de una rodadura, miro hacia la pista y descubro a Joa llegando, sonriendo y tapada con el paravientos.

- ¡Buenooo, vaya bajadita has hecho...!
Para a mi lado y veo que busca algo en el transportin, pero sin volver la cabeza, parece un gesto reflejo..., y deja de sonreír, mira hacia él y exclama.
- ¡Ay, que lo he perdido todo..., el móvil, las llaves del coche...¡, ¡ se me ha caído la bolsa...!.

















































viernes, 3 de julio de 2009

DIARIO DE HOMO: ¿Donde quedaron mis ilusiones, mis alegrias, mis emociones...?

A veces alguien hace sonar un claxon, giras la cabeza y descubres que es un amigo que te saluda, sonríe desde la ventanilla y sigue conduciendo. Tengo una vecina, se llama Inma y conduce un enorme Discovery, aparca en el garaje que hay frente a la carpintería y muchas veces, si yo ando trasteando por la puerta, me toca el claxon, yo la miro y entonces me saca la lengua, se carcajea después y yo le digo.

- ¡Qué no me saques la lengua así que pienso cosas malas...!, dichosas casadas... -termino murmurando.

Aún se ríe mas, su hija Tania, también se ríe, pero comedida y tímida, Mario, su hijo pequeño, sigue jugando con su gameboy y poco después desaparecen en la plaza subterránea..., como siempre, entro en el taller y recuerdo aquellos toques de claxon con que mi padre anunciaba su llegada al chalet, todos los miércoles de Julio..., llegaba con su Seat 124 blanco, pues hace unos 30 años, el último modelo, aquel de faros cuadrados y con los pilotos traseros mordiendo parte de las aletas traseras.


Cuando escuchaba aquellas “pitadas” dejaba lo que estuviera haciendo y salía corriendo a abrir las puertas..., pero algunos de aquellos miércoles llegaba a intuir la llegada de mi padre, me quedaba quieto, orientaba las orejas hacia el camino y percibía, unos segundos antes de que tocara el “pito”, el crujido de las piedrecillas y el sonido de aquel motor de 1200 cc con los que la marca española propulsó miles y miles de sus modelos.

Mi hermana Mónica y yo en la terraza de aquel primer chalé, frente

a la Sierra Calderona..., por entonces azul, distante, inaccesible.

Mi corazón se aceleraba, me faltaba la respiración y la alegría me desbordaba, mi hermana Mónica y yo abríamos las puertas, correteábamos alrededor del coche y saltábamos sobre él cuando le dejábamos salir..., pero hace ya tanto tiempo de aquellas emociones, de aquella alegrías que últimamente me preguntó, ¿dónde han quedado aquellas risas, nuestras palabras entrecortadas, nuestras vocecillas, nuestras ilusiones...?, ahora es mi padre el que sonríe, el que está pendiente de mi llegada, él que me confiesa lloriqueando que se preocupa mucho cuando me voy en bici o cuando conduzco.

Se que reconoce mis pasos cuando subo por las escaleras, él yace en su cama, sin poder levantarse, sin poder subir o bajar la persiana, sin poder apagar el ventilador de madrugada, cuando aún refresca y yo ya he bajado a la carpintería.

Reconoce mis pasos, los escucha a través del patio de luces, el tintineo de mis llaves colgando del mosquetón o el murmullo que a veces me acompaña, mis canturreos guturales, mi caminar cansino atravesando el pasillo hasta que llego al dormitorio que compartimos..., es la rutina de los últimos cinco años..., abría el maletero del 124, le ayudábamos a descargar la compra y unos minutos después mi padre se lanzaba a la piscina, se atizaba un barrigazo que salpicaba por fuera del rompeolas, Mónica y yo también saltábamos a la piscina, él nos izaba, nos apoyábamos en sus hombros y lo utilizábamos de trampolín..., me zambullía, braceaba como me habían enseñado en el Club de Natación Ferca de Valencia y emergía resoplando, sonriendo, tirando agua por la boca, riendo..., emerjo y veo a Norton y Mía mirándome desde la piedra de coronación, he crecido, han pasado los años, tengo 43 años y estoy solo en la piscina. No es la misma piscina de aquellos baños de la infancia, aquel chalé se vendió pero la curiosa personalidad de mi padre le hizo comprar otro terreno justo frente al anterior.

Mónica y yo, parezco una carpa boqueando..., en la piscina

olímpica del Club Natción Ferca de Valencia, allí aprendimos

a nadar mis cuatro hermanas y yo.

Salgo del agua y me doy una ducha sobre el rodeno rojo, siento un escalofrio. Hoy ha amanecido un día envuelto en nubes marinas, ha impregnado el ambiente de humedad y me ha hecho sudar bastante en la pedalada..., pero ahora la brisa de levante aún sopla fresca.

Observo las aguas y recuerdo aquel primer verano después del infarto cerebral de mi padre, aún lo metimos en la piscina, le obligamos a moverse de una orilla a otra, siempre a media tarde, bajo el ardiente sol vespertino..., Mónica y yo estábamos de nuevo a su alrededor, bueno y a veces las cuatro hermanas y mi madre, atentos a sus torpes movimientos, al agua que salpicaba su rostro, a sus expresiones de miedo cuando se escoraba o perdía pie...

Creo que ya nada me alegrará nunca como el sonido de aquel claxon..., pero también debo de asimilar que es normal, la vida nos va dejando cicatrices en la piel y en la mente, en nuestros recuerdos. El paso de tiempo nos va cargando de problemas, de responsabilidades, de angustias..., nos afectan de distintas formas, a cada persona de una manera..., a mi simplemente me han hecho perder la ilusión, la alegría, la emoción..., y este invierno ha sido cuando me he dado cuenta, mis bajones de ánimos, mis momentos posado en el fondo de mis lodos mentales, de mis demonios, de mis miedos, de mis cambios de personalidad..., me he sentido aturdido, algo desorientado y he llegado a aceptar que algo debe haber cambiado en mis neurotransmisores, en mis formas de interpretar la realidad, en la forma en que mi mente interpreta las señales eléctricas que le llegan desde el nervio óptico. Lo único que me va consolando y animando son los consejos de las personas que me aprecian, los empujones que me dan cuando me quedo quieto y enturbiado, los comentarios en el blog o los extraordinarios mails de Maleni, siempre positivos, simpáticos y cargados de razón, de vida, de alegría..., bueno y ¿como no...?, las pedaladas por la Calderona, dos de las tres ultimas en compañía de Joa, una nueva amiga hecha a golpe de pedales, me pidió agua en el aparcamiento de Porta Coeli y ese fue su error..., Bicipalo no perdona a una mujer ciclista que se dirige a él..., je, je, je.

No se..., me da la sensación de que he vivido muchas cosas..., cuando realmente mi vida ha sido anodina y previsible, trabajo en la misma calle en la que nací, tuve una relación en la misma calle y siempre hago las mismas rutas con la bici o cuando corro..., a la vuelta de estos 43 años creo que soy capaz de hacer una previsiones, unas proyecciones sistemáticas sobre todos los acontecimientos que se asoman a mi vida. Visualizo en mi mente lo que aún no ha ocurrido, vivo esos momentos y enseguida descarto la alegría o la emoción que precede a cualquiera de esos acontecimientos en ciernes..., ni siquiera me excito con los procesos de rastreo, búsqueda, persecución y caza..., todo eso lo hago en mi mente y después miro hacia otra parte y murmuro “¿para que...?”.

Pero..., si me da la sensación de que he vivido muchas cosas..., ¿qué pueden pensar mis padres...?, ¿cuáles serán sus expectativas y sus previsiones...?, ¿qué pensarán cuando ven las fotos que ahora mismo estoy ojeando...?, si yo estoy aburrido, algo desalentado con estos 43 años de vida..., ¿que pueden sentir ellos después de mas de 80...?. Les observo y siguen viviendo, siguen atentos dentro de sus limitaciones, desde luego no parecen aburridos. Mi madre es consciente de su vejez, sabe que poco a poco va perdiendo la memoria, aunque no creo que de se cuenta de sus fijaciones, realmente síntomas del Alzheimer, de la demencia que lentamente la lleva hacia el olvido, en el mejor de los casos. Mi padre ha creado su mundo, sigue creyendo que andará y que volverá a bajar a la carpintería, incluso me dice si el podría conducir un Smart..., en esos momentos cabeceo y le digo “si hay automáticos, si...”, él parece tranquilizarse y me contesta que cogerá a la mamá y se irán juntos al chalé, así yo podré trabajar tranquilo.


Mi abuela paterna, no tengo recuerdos de ella..., la que sostiene
la pelota debe ser Rosalia, la mayor, la primogenita. Al fondo se
ven los esqueletos que hacia mi padre, en el mismo taller en el
que yo sigo trabajando. Por entonces vivian en el bajo y se trabajaba
en el patio trasero.



Mis hermanas mayores, Rosalia, Conchin y Alicia..., yo en el carrito
y tras ella el Dauphine de mi padre.




Realmente no se lo que me está ocurriendo, a veces temo que sean señales de algo preocupante otras pienso que se trata simplemente de la edad, de las circunstancias de mi vida y las veces que estoy alegre, contento u optimista, creo que simplemente he madurado y que después de mas 40 años de vida ya he vivido casi todo lo que una persona sencilla puede vivir, de manera rutinaria y sin haber salido prácticamente de su calle, donde nació y donde veía y escuchaba a aquellos vencejos que aún hoy sigo viendo.


De nuevo mis hermanas, sentadas sobre la misma máquina
que aún hoy sigo usando, robusta, duradera, fabricada a conciencia.






Mi padre junto a una de mis hermanas..., ¿será Rosalia...?, en
medio de sillones, de banquetas, de viruta, de serrín....




Últimamente, cuando suena el telefono en la carpintería y me hacen un pedido suelo pensar, “bueno, con estas seis sillas tengo para dos días...”, todo es previsible, todo lo anticipo, acertada o neuróticamente deformado. Cuando algún tapicero me dice que saque plantillas de tal o cual sofá, porque “se van a hacer mas”..., se que están mintiendo..., realmente, salvo los accidentes o las enfermedades, la vida es tan previsible..., que me agobia, a veces quiero creer que no puede ser tan lineal, tan predecible..., por eso trato de mejorarme, de crecer, trato de buscar algo que me haga verla de otra forma..., cuando estoy animoso, desde luego.

Pero bueno..., hay que continuar y creo es momento de empezar a aplicar mis criterios en ciertas facetas de mi vida, a partir de julio me gustaría aplicar la jornada intensiva. Llevar a mis padres al chalé y yo bajar a Valencia para abrir el taller a las 7 de la mañana, trabajar hasta las 3 y subirme después a Los Pinares. Si el trabajo continua así de “flojito” creo que podré hacerlo, incluso me atrae mucho la idea de hacer unas cuantas horas mas los jueves y tomarme los viernes libres..., pero lo dicho, si el trabajo lo permite y si no cambio de opinión al releer estas líneas, que también podría ocurrir..., si es que no ha ocurrido ya.

Recuerdo lo feliz que fui en el chalé el verano pasado..., fue el mejor estio de mi vida y me gustaría volver a pasarlo igual. Los días se sucedían soleados, encalmados, entre ciclismo de carretera y montaña, entre los paseos con la manada, entre cafeses y cafeses y sin apenas ropa, tan solo un calzoncillo tipo bóxer y las sandalias del pescador. Tenía uno de esos calzoncillos colgado permanentemente en el tendedero y después del baño del atardecer me lo cambiaba y colgaba el mojado, me duchaba desnudo frente al ventanal de la cocina y algunas veces escuchaba el griterío de mis hermanas. Después una cena ligera con mi padre, acostarlo y esperar un nuevo amanecer, una nueva pedalada que incluía un beso a la “Niña Cazadora” a través de la cerca de la vía de servicio, algunas de esas mañanas sus labios sabían a café con leche y entonces le decía.

- A ver, dame otro beso y así desayuno otra vez.

Si..., fue un verano inolvidable, sencillo, tranquilo, relajado.