Ala Quebrada...., un vencejo que casi se arrancó el ala contra el cable anclado muy cerca de la junta de dilatación donde dcidió anidar, desde entonces,día tras día lo esquiva para poder alimentar a su polluelo.

viernes, 30 de septiembre de 2011

14ª entrega de "EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS"

.

El desayuno, el mail.

Elena levantó los ojos y se quedó quieta, sujetando la tostada con una mano y con la boca abierta. Sus padres salieron a la terraza sonrientes, con la piel tersa y los cabellos mojados. Se sentaron junto a ella y volvieron a mirarse.

- Vale, imagino que os habrá entrado hambre… -bromeó la joven y soltó una carcajada, mordió su tostada y cabeceó entrecerrando los parpados, mirando a Alejandra y a Alberto una y otra vez.

- Oye jovencita, que el sexo no es patrimonio exclusivo de los veinteañeros –comentó Alberto en tono distendido y sirviendo un tazón de café americano a Alejandra.

- Yo no he dicho nada, solo he dicho que os habrá entrado hambre

- Pues si, nos ha entrado hambre –replicó Alejandra preparando dos tostadas, una para ella y otra para Alberto.

- Ah, vale, pues eso.

Alberto levantó su zumo de naranja envasado y se quedó quieto, algo desvió su atención…, y los vio pasar muy cerca de las plantas, los oyó chillar y desaparecieron con su aleteo nervioso y rápido.

- Los vencejos… -murmuró.

Elena le miró.

- Si, hace un rato que están pasando y es raro, otros años no han venido por aquí…, creo que hasta que la abuela los nombró en las tormentas de recuerdos, tu ni sabias que existían.

- No lo recordaba, tampoco recordaba que duermen volando y que no se posan nunca ni que vienen de África…, todo eso me lo enseñó Paul…, según me contaba mi madre…, Elena, ¿que me querías contar…?.

- ¿Recuerdas que ayer la mamá y yo hablábamos de que si se podía cambiar el mundo?.

- Si.

- Pues es que ayer recibí un mail de esos que se reenvían, normalmente muchos de ellos ni los abro pero este me lo enviaba uno de los profesores de la facultad…, y bueno, hablaba de un medico naturista que llevaba años estudiando los alimentos que consumimos aquí en el primer mundo y su relación con las enfermedades típicas nuestras, pues eso, diabetes, obesidad infantil, colesterol, tensión alta… -bebió también un zumo envasado y levantó el vaso- esto mismo, los zumos industriales.

- Eso es del dominio público –comentó Alberto- va con esta sociedad que hemos creado.

- Ya, ya, eso lo tengo claro…, pero es que este medico empezó a investigar a los laboratorios médicos, a la industria química, bueno realmente a la que desarrolla los conservantes, los potenciadores de sabor y toda esa mierda, bueno y a la industria alimentaria y dice que tiene pruebas de que realmente forman un único grupo, de hecho, llega a afirmar que todo es un circulo vicioso, la industria química desarrolla aditivos que provocan adicción y unas enfermedades que nos contaminan lentamente, tan lentamente que la industria farmacéutica desarrolla medicinas para ir frenando esas enfermedades que no nos matan pero que si te hacen depender de esas medicinas desde muy joven lo que se traduce en millones de clientes y millones de euros de beneficios para las farmacéuticas, para las químicas porque fabrican esos aditivos y para las alimentarias porque se aseguran esas adicciones a un determinado sabor.

- Eso también hace tiempo que se ha denunciado, en la empresa recibimos decenas de mails de ese tipo, hay gente visionaria que se dedica a inventarse conspiraciones, amenazas y peligros varios…, pero después ellos son los primeros en dar comida envasada a sus hijos para que dejen de protestar o porque ellos no tienen tiempo para ponerse a cocinar, ellos son los primeros que meten las pizzas del supermercado en el microondas para comer o los primeros que meten las palomitas en ese mismo microondas para hacerlas…, no quieren perder el tiempo haciéndolas en una cazuela con un poco de aceite y sal…, bueno y es que ni saben –replicó Alberto.

El griterío agudo y excitado se mezcló con las palabras de homo y los vencejos volvieron a pasar rozando con la punta de sus alas las plantas en flor de los maceteros.

Alberto sonrió, miró a Alejandra y después a Elena.

- Así me despertaban todas las mañanas en el pueblo…, aquí en la ciudad eso es casi imposible, ¿sabeis…?, poco a poco voy recordando cosas, incluso recordé que una noche, esa noche del dolmen y las estrellas fugaces, cenamos liebre al ajillo, la cazaron los perros flacos de Paul, la cocinó su madre y nos la comimos…, un ciclo natural impensable en nuestra sociedad urbana, en la sociedad de Internet, de los móviles, de los gps, de las redes sociales, de las hipotecas, de los pagos, de los seguros, del trabajo, de la comida rápida.

Elena miró a su madre y Alejandra inclinó levente la barbilla.

- Papá…, en el mail habla de Nutriyoung, como inquietante ejemplo de fusión de las alimentarias, las químicas y las farmacéuticas, afirma que Nutriyoung compra mas productos químicos que productos naturales para fabricar toda su línea de alimentación.

- Le meterán un pleito y le arruinarán o le taparán la boca con un buen soborno.

- Todo esto ocurrió hace algo más de un año y de la persona que envió ese primer correo yo no se ha vuelto a saber nada.

- Elena, no es tan fácil montar una empresa de alimentación –replicó Alberto- no es tan fácil vender alimentos que superen las normas da sanidad, no es tan fácil meter en la rueda alimentaria aditivos o conservantes peligrosos para la salud…, esa persona que envió el correo tenía razón, la forma de vida que hemos desarrollado no es la mejor ni mucho menos pero es la que nos satisface y la que nos permite vivir como vivimos, ese zumo que has tomado tan solo te ha costado el esfuerzo de sacarlo de la nevera, no has ido al naranjo a cortar la naranja, no la has pelado ni la has exprimido ni has tenido que esperar un año entero para que madure el fruto, te lo traen de cualquier rincón del mundo que tenga el clima adecuado para plantar cítricos…, todo lo han hecho por ti.

- ¿Y todo eso te parece bien…?, ¿te parece normal o coherente que no comamos nada natural...?, ni siquiera una lechuga, me han dicho que les meten una pastilla blanca cuando son chiquititas y que luego crecen que casi las puedes ver con tus ojos minuto a minuto.

- Solo se que la facturación de Nutriyoung supone mas de un treinta por cierto de nuestros beneficios, supone que bastantes familias tengan trabajo y un futuro, supone que nosotros podamos vivir aquí y que tu…

- Vale papá, no sigas por ahí –le interrumpió abriendo las palmas de las manos- se que soy hija de la sociedad de consumo…, solo quería saber si valía la pena luchar por algo o simplemente formar parte del decorado…, me voy un rato al cuarto, tengo que hacer algunas cosas.

Alberto siguió con la mirada a su hija hasta que desapareció por el salón y se giró hacia Alejandra.

- Nuestra hija tiene inquietudes cariño, es joven, idealista, entusiasta…, solo quería advertirte.

- Una advertencia que no aporta una solución solo sirve para angustiarte ante ese peligro insalvable…, pero pedirle una solución sería pedirle un imposible.

- Ella sabe perfectamente que es hija de la sociedad de consumo, Elena no es tonta, es inteligente y responsable y está estudiando biología, le encanta la naturaleza y cada día aprende algo nuevo sobre la Vida y ahora mismo se estando empezando a rebelar sobre esta forma de vida, la ve tan distinta al mismo origen de la vida…, y son palabras de ella, no mías.

- Es curioso, cuanto más aprende sobre la biología más artificial y falso ve todo lo que la rodea, ¿no…? –murmuró Alberto prendiendo un cigarrillo- hace meses que siento algo parecido, desde lo de mi padre…, ¿sabes lo que me dijo ayer Paul?, que cuanto mas tiempo pasaba en la ciudad mas envejecía o algo así…, pero… -dio otra calada y un sorbo de café, se quedó observando el cigarro sujeto entre sus dedos y pegado a la taza, viendo como el tabaco quemaba lentamente, como se iba transformando en una capa de ceniza grisácea que terminó cayendo entre las galletas.

Alejandra observó como volvió a sorber sin quitarla, le miró y durante unas décimas de segundo observó un leve temblor en sus labios, sintió como si su mirada la atravesase, quizás buscando los vencejos, quizás simplemente distraída o perdida.

- Eh…, esto -titubeo Alejandra- cuando hablaste de él, de que estaba luchando por cambiar el mundo, Elena se quedó con las ganas de que se lo contases…, y yo también.

- Voy a hablar con ella.

Se levantó, dio otra calada y buscó algo con la mirada, Alejandra se levantó también le cogió la colilla con delicadeza.

- Trae, que últimamente me llenas las plantas de colillas.

- Eso no puede ser, nunca he apagado las colillas en las macetas.

- Déjalo, vamos a ver a Elena.

- Es verdad, me insististe mucho en ello… -se quejó dócilmente Alberto mientras Alejandra le cogía por el brazo y le guiaba hasta la habitación de Elena.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

EL SONIDO DE DUNA. EL SUSURRO DEL BOSQUE, en "Diario de Homo"

.


.

El sol de la tarde inunda la carpintería cuando abro los portalones y saco a Duna a la calle, doy el contacto, escucho el repiqueteo de la bomba eléctrica de gasolina y arranca a la primera con ese sonido ronco que me emocionó aquella tarde lluviosa, cuando sus pistones se incendiaron por primera vez después de estar casi dos años parada en el campo y medio cubierta por una lona que los vientos removían dejándola desnuda y a la intemperie.

Duna suena con un relentí muy bajo, suena tenuemente pero cadenciosa, como si soplase una y otra vez por sus escapes al mismo ritmo, sin arritmias ni toses, suena como si ronronease, redonda…, apenas si suena recién arrancada y dejándola calentar.

Me voy vistiendo con los vaqueros, con los botines de piel marrón, con la cazadora vaquera, con el casco vintage y con los guantes de color beige, como el color de ella, de Duna. Me coloco la bolsa de costado con la comida para Norton y Mia y después de cerrar la carpintería ruedo por mi calle en segunda, despacio, sin alborotar, como esperando que algún niño salga de entre los coches aparcados, pero ya no hay niños en la calle, ya no juegan al futbol ni a las chapas, tampoco a pillar, ya no se oye el griterío de la chiquillería en las tardes y en las noches del verano, tan solo el de los niños rumanos que viven junto a la carpintería y que andan descalzos y descarados, que rodean a Duna cuando me ven llegar y que me preguntan porque tengo una moto y una bicicleta.

.

.

Dejo la calle tranquilo, relajado y con las botas posadas sobre los mandos avanzados con forma de espada morisca, salgo a la autovía y Duna empuja, voy sintiendo el roce del viento, la vibración del v-twin, el sonido del escape, las turbulencias alrededor del casco y me siento desnudo, como si formase parte del motor, de las ruedas, de la horquilla. Lo percibo todo, cada bache, cada grieta, cada olor que atraviesa la carretera, la propia atmósfera del planeta. No hay cinturón de seguridad ni parabrisas, no hay música ni comodidad, el móvil enmudece y el ingenio de dos ruedas parece mirarte y decirte,” ahora somos uno solo…”.

Poco a poco me voy alejando de la urbe, dejando la autovía y rodando por la carretera que me lleva hasta el chalé de mis padres y pese al ruido de Duna escucho a mis perros ladrar excitados. Paro frente a la puerta y la oscuridad regresa a los cilindros, regresa la calma y Mia salta de alegría hasta casi golpearme en la visera, me quito el casco y sonrío. Entre sus gimoteos percibo el silencio del campo y el susurro del viento entre los pinos.

.


.

Me cambio de ropa y salimos a dar el paseo, recuerdo esas caminatas del verano, sus carreras detrás de los conejos y de algún que otro zorro, sonrío ante ese retazo, ante ese recuerdo y siento como sopla la brisa de levante, observo como mece las ramas de los pinos y como susurra en el silencio del monte, del campo, de la naturaleza. Ese sonido me relaja tanto, me llega tan hondo que llego a pensar que dicen cosas, que es el lenguaje de los pinos y de los algarrobos, de los naranjos.

Recuerdo ese murmurar desde la habitación de mi padre, desde su cama escuchaba el susurrar del eucalipto, del cedro, de la jacaranda…, de esos árboles que él mismo había plantado.

Recuerdo a mi padre mientras camino por la pista forestal tantas veces caminada y trato de ahondar en estos ocho últimos años que parecen haberse esfumado sin dejar huella…, una sensación que no termino de entender ni de asimilar.

Paseo y Norton y Mia corretean, la perra atraviesa las matas de coscojas y romeros buscando conejos, mete el morro, olisquea y suelta su ladrido nervioso al tiempo que el conejo arranca como un tiro, Norton lo ve, se agacha y acelera sacando esa vena de galgo, esos genes de lebrel mestizo. Sigo la carrera con los ojos, la escaramuza y el roedor se camufla entre unos enormes setos.

.

.

Les doy una voz y continuamos caminando, atravesando algunos campos de naranjos, volviendo al bosque de pinos, sintiendo de nuevo esos cantos, esas voces que trae el viento desde la costa. Escucho deseando comprender lo que dicen pero solo alcanzo a sentirme bien, a gozar ese momento fugaz…, aunque sigo creyendo que hablan en el idioma de la naturaleza, en el idioma de la Tierra.

Sigo caminando y los perros descubren un charco en el barranquillo que estamos cruzando, beben y chapotean, jadean y ese viento sigue rozando las agujas del pinar, siguen murmurando en el lenguaje de las plantas y de los animales, oigo a las urracas, es voz ronca que suena en el campo como si contestase al viento, a su voz sutil y delicada.

.

Regresamos y espero un rato a que se relajen, después les pongo su lata de carne y vuelvo a montar sobre Duna y cuando arranca su sonido me envuelve, asusta al murmullo del viento y me llena de pena, porque descubro que sigo sin entender ese idioma que tanto me relaja y que hago por escuchar, aquí en las Tierras Altas, cuando hago la siesta entre los perros, entre Norton y Mia, entre Cecil y Pepper…, como este verano, que dormí, amanecí, comí y cené con ellos durante todo el mes, sin mas ropa que un pantalón corto y unas sandalias y escuchando la charla comedida y susurrante entre el eucalipto, el cedro y la Jacaranda.

viernes, 23 de septiembre de 2011

13ª entrega de "EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS"

Un beso, un susurro y el despertar

Un nombre, alguien susurraba un nombre, sentía como un leve viento, agradable y cálido, un aliento, el olor de una piel. Despegó lentamente los parpados y vio a una mujer sonriéndole, rozando sus cejas, deslizando las yemas de sus dedos sobre su frente.

- Buenos días, cariño…, ¿algún día volverás a dormir como todo el mundo, en una cama y no tirado en el viejo sofá de las visitas…?.

Alberto parpadeó y continuó observando a la mujer que no dejaba de sonreír desde unos labios finos y hermosos, dibujados en un rostro de piel oscura, bronceada, de cejas sinuosas, de barbilla estrecha…, era Alejandra.

- Espero que si, cariño, voy a tener que hacer una cura de sueño.

- Mejor una cura de hábitos de sueño…, venga, vamos a desayunar que Elena quiere contarte algunas cosas.

- ¿Ya…?, ¿tantas cosas han pasado esta noche…? –bromeó Alberto levantándose de la mano de Alejandra.

Volvió la cabeza y echó una mirada al sofá, un modelo bañera que ya estaba en el primer piso que alquilaron y que de una manera o de otra siempre acarrearon en las sucesivas mudanzas.

- Si pudiese hablar… -bromeó Alberto- cuantas cogorzas se han dormido ahí.

- Y lo que no eran cogorzas.

Alberto sonrió, la sujetó por la estrecha cintura y la besó en los labios, rozó sus mejillas contra las de ella y sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo, se apretó contra ella, jadeó y cerró los ojos tratando de percibir por otros sentidos, por otras vías y sintió deseos de llorar, de no olvidar jamás el olor de Alejandra, el sabor de su piel bajo sus besos, bajo su lengua, de no olvidar jamás esa intimidad, la sensación de fusión que surgía de sus dedos entrelazados, la respiración anhelante de ella en sus oídos, el movimiento de sus caderas, el sudor de ella resbalando sobre él, de no volver a olvidar jamás, de no olvidar nunca.

- ¿Qué te pasa hoy que me miras tanto…? –susurró Alejandra. Alberto yacía desnudo junto a ella y recorría su cuerpo con la mano, seguía esa caricia con sus ojos y se recreaba en el pubis, en los huesos de las caderas, el la depresión que formaba en la cintura estrecha, en la delicada piel del pecho, en el pezón oscuro y abultado.

La miró y Alejandra percibió un brillo húmedo en sus ojos.

- Quiero que este momento deje una huella en lo mas hondo de mi memoria, tan hondo que no lo pueda olvidar nunca.

Y los mismos dedos que habían explorado el cuerpo de Alejandra tantas veces, rozaron sus labios, sus mejillas, su nariz, el contorno de sus ojos, su frente…, enviando impulsos nerviosos desde las yemas hasta el cerebro, de una neurona a otra en medio de una complicidad surgida de las emociones, del amor, del cariño, del miedo a olvidar. En medio de un deseo y de un anhelo que buscaba el camino, entre las sinapsis, entre la red compleja y laberíntica de conexiones para poder guardar ese momento en un lugar secreto de su mente, ahí donde nadie pudiese fragmentarlo o robarlo, donde la enfermedad no llegase, ahí donde pudiese evocarlo una y mil veces hasta el ultimo momento de su vida.

martes, 20 de septiembre de 2011

QUE LOS GALGOS NO DEJEN DE CORRER NI DE INSPIRARME en "Diario de Homo"

La manada con la que he estado viviendo, paseando y durmiendo durante todo el verano..., ellos me inspiraban.



Norton y Mia...., la perra mas tenaz..., ellos me llevaban a las mesetas.


El dolor en la muela me ha despertado a las cinco y media de la madrugada, me he levantado, he bebido un poco de agua y he vuelto a acostarme tratando de no pensar en ese dolor agudo que lleva días taladrándome la mandíbula, trepando hasta la sienes y presionando en ellas, o bajando hasta la barbilla, pulsando y volviendo a la muela, subiendo otra vez hasta la cabeza…, así hasta que me he dormido y he vuelto a despertar a las seis y cuarto otra vez con ese dolor pertinaz, insistente.

He tenido que tomar mi café torrefacto por el lado izquierdo de la boca, ante la pantalla del ordenador y ante el capitulo noveno de El verano de los perros flacos…, pero el dolor me impedía viajar hasta la meseta, me impedía dar vida a Paul y a Alberto, me impedía dar vida a los galgos, no podía hacerlos correr tras las rabonas.

El folio virtual permanecía ahí, con el cursor parpadeando, ansioso, invitándome a escribir pero el dolor me apresaba, no me dejaba crear y solo focalizaba en ese nervio inflamado bajo el empaste de resina, hasta que he empezado a leer lo que escribí ayer de madrugada, a corregir, a centrarme en las letras, en las vidas de los niños y de sus galgos y así, casi sin darme cuenta he empezado a escribir, a crear, a dar vida y a ver correr a los galgos, a Niño Cazador y a Alberto, a su amigo Paul.

Y aquellas extensiones llenaban sus ojos, desbordaban lo que su mente podía procesar, el espacio que podía abarcar, los horizontes casi planos, los sinuosos perfiles de los galgos en una carrera sin fin y solo detenida con la muerte, con la pegada, con la mordida que volvía a quebrar el espinazo de la rabona, con la tijera de Niño Cazador cerrada sobre el pelaje pardo manchado con el polvo de la huida decapitada, con el corazón de la rabona aún bombeando sangre mas allá de la consciencia del animal, mas allá de su voluntad, era el organismo moribundo deseando escapar, sobrevivir…, y Alberto se iba llenando lentamente de angustia, de miedo, de inquietud, pese a la sonrisa de Paul cuando la bolsa cosida con los pellejos del matacán engullía la segunda liebre. Su amigo era lo único conocido en ese universo de polvo y de piedras grises que surgían en montones, de ausencia de verdes, seco, sin agua ni fuentes, sin árboles y casi sin sonidos, salvo ese grito que le asustaba.

- ¡Suelta, Luciano…!.

Y los galgos corrían tras esa nubecilla de polvo que levantaban las patas traseras de la liebre sorprendida, tras esa liebre encamada que había permanecido mimetizada, serena y quieta entre los surcos de la meseta, en algún pequeño hoyo, hasta que el grito y los perros rompieron la planicie. Corría ante los ojos de los galgos, ante los ojos de los niños y de los hombres.

Alberto corría ya sin fuerzas, con los brazos sueltos, caídos y dando zancadas torpes, sin poder aspirar aquel aire incendiado que le quemaba la garganta y que derramaba como lava en sus pulmones, que los petrificaba como a los de los dos galgos que se vaciaban bajo ese sol que alcanzaba con sus rayos la enorme extensión de aquellos llanos, de aquellas mesetas, de los barbechos, de las parcelas roturadas…, que caía sobre el pelaje bardino de Niño y sobre el lomo como de nieve de Blanco. Un sol que incidía en sus vértebras, en todo lo largo de esa columna vertebral que se contraía y se extendía con cada zancada, con cada estirón de su musculatura. Un sol que atravesaba la fina piel del cráneo y que secaba sus hocicos afilados, que evaporaba la humedad y que robó el oxigeno cegando los ojos azules del galgo blanco”

Y entonces, he guardado todo y me he bajado a la vieja carpintería, con el dolor de la muela disipado en la inmensidad de la meseta imaginada.

.

Cecil y Pepper, este verano han corrido tras los conejos como el que mas..., y me inspiraban.






Norton y yo..., su mirada me ha inspirado.



domingo, 18 de septiembre de 2011

LAS RATAS DE INTERECONOMIA TELEVISION.

.

De un tiempo a esta parte, a este momento en el que escribo estas líneas, siento vergüenza ajena cuando estoy viendo el telediario de intereconomia y escucho como ese curioso personaje que es el copresentador, se regodea hablando de los ministros del actual ejecutivo socialista que ya han dicho que no acompañarán a Rubalcaba en sus listas. Les llama ratas, mas bien las ratas que abandonan los barcos cuando se hunden, en este caso es el partido socialista el que se hunde, llama ratas a esos políticos, manifiestamente incapaces, necios y manirotos, pero que se merecen cierto respeto ya que fueron algunos millones de ciudadanos los que votaron por ellos.

Intereconomia les llama ratas, incluso nazis cuando se refieren a Artur Mas o a cualquier otro líder nacionalista. Nazis les llama Enrique de Diego y les envía al sumidero de la historia, a la cloaca de la que jamás debieron salir…, ante el silencio de los tertulianos en Dando Caña.

Poco a poco la ilusión que había puesto en este grupo se va diluyendo, ante todo por las contradicciones en las que caen y que me demuestran que no son tan distintos a esas otras cadenas que ellos definen como basura o afines al PSOE, esto segundo es obvio y ciertamente termina desquiciando a cualquier espectador mínimamente crítico.

En intereconomia aluden mucho al cumplimiento da la ley, a la integridad y a la moralidad como valores de cualquier ser humano, como valor de todos los católicos y de los que están encantados de ser de derechas, sin embargo son capaces de anunciar machaconamente un detector de radares para poder burlarlos y conducir mas velocidad de la permitida, vaya con la doble moral de los nobles y de los que pretenden devolver a España el sentido del honor y de la rectitud.

Es curioso como cargan sistemáticamente contra el aborto y sin embargo, uno de sus tertulianos más jaleado admite que enviaría al ejército al País Vasco en caso de que se declarasen independientes a “pegar tiros”, es decir, que enviaría a personas a matarse unos a otros, al tiempo que durante la visita del Papá a España le veía cantando misa emocionado. Es decir, que condena a las mujeres que deciden interrumpir un embarazo pero no le importa dar un Cetme a una persona para que mate a otra.

Pero volviendo a los telediarios, el copresentador suele abrir las noticias y después gira la cabeza hacia los presentadores, les clava la mirada encima como lo haría el mas férreo de los censores o como lo haría, pistola en mano un comisario comunista durante la Segunda Guerra Mundial y les vigila para que no se salgan ni un ápice del dogma, de la insistente letanía de barbaridades e improperios contra el PSOE y su patética gestión, opinión por otra parte que comparto. Normalmente el copresentador se apoya con una pizarra electrónica que reproduce sus palabras, es el doble mensaje, el doble adoctrinamiento, que lees y escuchas y que terminas repitiendo como un loro. Ni siquiera la figura del profesor Quero se libra de la continua manipulación del telediario, en vez de explicar académicamente el significado de esas palabras o esas frases, se dedica a ironizar contra el gobierno como ese maestro que te golpeaba con la regla o que te hacia cantar con el brazo en alto. Pero el mensaje político llega incluso hasta la “chica del tiempo” que habla de las nubes, de esas que Zapatero pretende administrar desde su retiro en León, incluso augura que si es él quien realmente administrará las nubes regresará la pertinaz sequía o algo peor.

Hace poco el grupo Intereconomia clamaba a los cuatro vientos que la televisión publica dedicaba mas tiempo al PSOE que al PP, es curioso, ellos, Intereconomia también dedica bastante mas tiempo al PSOE que al PP, de Rubalcaba y sus maniobras no salen, al Faisán no le dejan ni desplegar las alas.

Poco a poco Intereconomia se está emborrachando con la futura victoria del PP, pero de la misma forma que acusaban a Bildu de haberse quitado la careta una vez en el poder, ellos se las están quitando tan solo con el aroma de la victoria y es una pena, sinceramente. Podrían haber llegado a ser un grupo de comunicación alternativo, pero están degenerando en un altavoz ciego y encarnizado del catolicismo mas extremo y del PP. Ni rastro de la libertad de la que alardeaban…., imposible opinar, discrepar o discernir del ideario o de la línea editorial. Desde luego son libres de pensar, de escribir, de trasmitir noticias…, pero siempre dentro del ideario que viene muy bien definido en la web del grupo.

Me entristece que un grupo de profesionales que son capaces de llamar a Bildu, ETA en su cara, que son capaces de homenajear a las victimas del terrorismo y que son capaces de ofrecer noticias que otras cadenas entierran…, sean al tiempo capaces de perder el respeto, de mofarse y de burlarse de manera grosera y desagradable, de manifestarse prepotentes y burlones, para mi han perdido las formas y mis simpatías.

Soy partidario de abandonar ese “buenismo” que tanto nombran y de hablar claro, de dejarse la extrema y a veces exasperante moderación de José María Brunet, por ejemplo, pero tampoco pasarse a la víscera y enconamiento de Enrique de Diego o de Eduardo García Serrano…, ¿que hay veces que les hierve la sangre ante tanta inmundicia política y social…?, lo entiendo, pero solo con aplomo, respeto y firmeza se podrá dar un ejemplo edificante y digno.

jueves, 15 de septiembre de 2011

12ª entrega de "EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS"

.

Parpadeó y Alberto se encontró de nuevo con otro firmamento, con otras estrellas que permanecían inmóviles en la habitación de Elena, sonrió envuelto en esa lucidez que le invadía entre las dos y las tres de la madrugada y que siempre era así, en verano y en invierno, en cualquier momento del año.

En medio de ese despertar nocturno aprovechaba para trabajar, para teclear sobre el ordenador el torrente de ideas, conceptos y estrategias publicitarias de las campañas en las que estuviera trabajando. Las imprimía y al día siguiente se las entregaba a su equipo de creativos o sencillamente las enviaba por mail. Lo que ocurría después era una auténtica tormenta de ideas, de sugerencias, de visiones, de entusiasmo.

Solía observar a su equipo con atención, intervenía, sugería, aceptaba o dudaba, cruzaba ideas con ellos y sonreía o negaba con la cabeza, así día tras día y mes tras mes, incluso año tras año, hasta que la intensidad de esas tormentas decrecía, hasta que descubría que algunos de ellos perdía interés, empuje o vitalidad, hasta que alguno de ellos o de ellas dejaba de ser creativo, de tener imaginación. Entonces lo citaba en su despacho y charlaba, le daba algunos consejos y si en unas semanas no observaba una nueva actitud sugería el cambio a otra sección o a otro equipo menos exigente y finalmente, en muchas ocasiones, la empresa no renovaba el contrato al publicista. Otra persona ocupaba su lugar y volcaba toda su energía mental en el equipo, savia nueva que generaba una reacción en cadena, el equipo volvía a crear y Alberto volvía a inundar el país con esas ideas, con esas imágenes, con esas frases ingeniosas.

Solía conocer bien a su equipo y sabia como hacerlo rendir, combinaba su experiencia con la inventiva de unos jóvenes que se habían criado y estudiado en la sociedad que él influenciaba con el único fin de que el consumo no cesase, con la intención de que el individuo se sintiese diferente pese a seguir a la gran masa y al tiempo arropado y seguro al sentir que todo el mundo se movía por el mismo camino. Incitaba a no pensar independientemente, a decidir por imitación, a sumergirse en el océano del pensamiento único, de la actitud generalizada, en la fidelidad absurda hacia una forma de vida de marioneta feliz y convencida de que nadie manejaba los hilos…, y para eso, se debía empezar desde la mas tierna infancia, como el ultimo proyecto titulado “El primer coche de su vida”, los representantes de la juguetera llegaron entusiasmados al despacho, el director de marketing ya había trazado los esbozos de la campaña y contaban con los apoyos de algunos fabricantes de automóviles. Insistían en que el coche no era un juguete, insistían en que se debía desestacionar el uso de los juguetes a unas pocas fechas especiales. El coche se podría utilizar todo el año de la misma forma que lo usaban sus padres…, Alberto suspiró y sacudió la cabeza como tratando de apartar de su mente ese proyecto, volvió a ver el techo con sus estrellitas pegadas y se levantó, se sorprendió al ver sus pies desnudos y entre penumbras salió a la terraza, prendió un cigarrillo y miró hacia el cielo nocturno.

Era un firmamento desdibujado por la contaminación lumínica de Madrid y sus poblaciones satélites. Sus luces, el resplandor de esas urbes, lo llenaba de una especie de neblina que velaba el destello de las estrellas. Aspiró el humo, fue dejándolo escapar lentamente y continuó mirando hacia el universo distante, buscó las estrellas fugaces de aquella noche, trató de escuchar el canto de los grillos o el de alguna de aquellas aves nocturnas, trató de percibir el olor especial de la manada de galgos…, pero solo oyó el ladrido molesto de varios perros, el rumor continuo de las autovías, el canto de algún grillo desde los jardines y volvió a preguntarse como podía haber olvidado aquel verano con Paul y sus perros flacos, como podía haber olvidado aquella naturalidad, aquel ritmo pausado que nada mas llegar le llenó de rabia contenida, como pudo olvidar aquellas noches en calma y en medio de una auténtica oscuridad, aquel cielo que destellaba y que según la madre de Paul era una imagen del pasado que aún no se había extinguido.

- La madre de Paul… -murmuró.

Pero por lo menos, gracias a su madre y a sus tormentas de recuerdos, esas vivencias iban aflorando en distintos momentos, de diversas maneras. Dio otra calada y apagó el cigarrillo en la tierra de una maceta. Entró en el apartamento y se asomó al dormitorio. Alejandra y Elena dormían juntas en la amplia cama de matrimonio, era una imagen en blanco y negro, entre trazos grises y oscuros que creaban nuevos perfiles y formas. Alejandra sobre su costado izquierdo y Elena en su lado de la cama y vuelta hacia su madre…, sonrió y se movió entre las sombras hasta su estudio, encendió la luz y vio un plato cubierto con una hoja de papel de aluminio, la retiró y se encontró con un sándwich colocado sobre un lecho de ensalada. Le dio un bocado, se sentó en su sillón giratorio, conectó el ordenador y mientras mascaba paseó la mirada por las paredes empapeladas con los pósters de sus campañas publicitarias. Las imágenes y los mensajes eran tan distintos a los que decoraban la habitación de Elena.

Los carteles de su despacho transmitían otro mensaje, eran recreaciones de la realidad inventada que ocupaban las vallas publicitarias y las puertas de las maquinas de vending, frases que reforzaban esos montajes fotográficos en los que no existían los rostros feos o desagradables, las arrugas, el sobrepeso, la tristeza o el hambre en el tercer mundo. Aunque a veces si lo hacían cuando creaba campañas para llenar de culpabilidad a ese mismo consumidor al que podía llamarle tonto si no consumía los productos en oferta y en la siguiente valla o en el siguiente anuncio de televisión señalarle como causante de la pobreza en el mundo por su consumismo desmedido. Esa otra publicidad le acusaba sin piedad de ser el culpable de la degradación del fondo marino por usar bolsas de plástico en sus compras o por comprar zapatillas deportivas fabricadas por niños esclavizados, los mismos niños que recolectaban el grano de cacao en África con los que después se fabricaba el chocolate que llenaba de sobrepeso y diabetes a los rollizos niños europeos.

Echó un vistazo a la pantalla, a la agenda, a los proyectos pendientes, a las campañas sencillas, a las campañas que suponían contratos importantes…, un vistazo a su mundo, a los mundos ficticios y falsos de su creación, a los mundos de placeres y gozos que arrancaban la dicha a los consumidores y que los alejaban de las penas y de las auténticas realidades, a veces muy dolorosas pero otras vivificantes y puras, como esa noche pasada bajo las estrellas fugaces, durmiendo sobre la tierra y comiendo sus frutos, la caza que habían cobrado los galgos del Niño Cazador, de ese Paul que aún vivía allí y que aún parecía disfrutar de un sentido de la vida. Pero la reseña en la pantalla del ordenador terminó por despertarle.

Nutriyoung y la nueva línea de alimentos que le acompañaran desde sus meriendas infantiles hasta esas comidas rápidas de trabajo que compartirá con los estudios en la universidad”.

Leyó el esbozo del proyecto para la nueva temporada escolar y la importancia del contrato le devolvió a la noche en su despacho, le sacó como de un zarpazo de esa ensoñación en mitad de la meseta castellana, de aquel verano de los perros flacos en los que aún era un niño que solo percibía aquel nuevo mundo sin influencias artificiales.

- Un entorno natural muy parecido al que observó el nacimiento de la humanidad en las sabanas de África… -había llegado a comentar la madre de Paul, lo recordó nítidamente, como si aquella mujer se lo acabase de susurrar al oído.

Suspiró, se terminó el sándwich, se levantó y de una pequeña nevera sacó un bote de Pepsi, volvió a sentarse, dio un trago y continuó diseñando la nueva campaña de Nutriyoung, esa línea de alimentación que debía de acompañar a las nuevas generaciones en su crecimiento y juventud. De la misma forma que él había sido fiel a su Pepsi, ahora él les diría que comer y les convencería de que en el futuro, el niño debería de ser un niño de marca, un adolescente de marca, un joven de marca…, barata o cara, pero confiado en que ellos siempre elegirían lo mejor para comer, lo mejor para beber, el mejor camino para llegar a la felicidad, a la confianza en uno mismo y en su marca, en su identidad social, a dejar claro su pertenencia a un determinada aseguradora de automóviles o a una u otra compañía de telefonía móvil.

- ¿Y el papel…?.

Se buscó en los bolsillos y se tranquilizó al encontrarlo, volvió a leerlo y arrugó las cejas, se sorprendió ante la necesidad de tocar ese papel, de leer y releer su propia letra, no le habría costado nada memorizarlo, pero ni lo intentaba, era como la hoja de un viejo diario, el diario inexistente de aquel verano de los perros flacos.

viernes, 9 de septiembre de 2011

11ª entrega de "EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS"

.
El dolmen y las estrellas fugaces.




- ¡Mira otra…¡ -señaló excitado Paul.
La mirada de Alberto se perdió en aquelcielo nocturno infinito, en aquel firmamento repleto de puntitos blancos oazules que parecían parpadear o temblar…, pero aún vio como ese trazo luminoso surgía de las profundidades del universo y se movía en medio de esa noche infinita bajo que la dormía por primera vez. Apenas duró unos breves instantes y su camino luminoso, su rastro se apagó, la bóveda del cosmos volvió a quedar tranquila y serena allí arriba, repleta de estrellas y de planetas, de galaxias y constelaciones, del pasado y del futuro de homo.
Siguió mirando hacia arriba desde el saco de dormir que le habí aprestado la madre de Paúl y sin terminar de creer que no hubiese ningún techo sobre su cabeza, que no hubiesen paredes a su alrededor que le protegiesen del miedo a la oscuridad, del frío, del calor o de la lluvia. Sin terminar de creer, que según les había contado la madre de Paul, ese mismo cielo y esas mismas estrellas eran las que habían contemplado los hombres que cuatro mil años antes también estuvieron allí, en ese mismo cerro, colocando esas piedrasque parecían formar una mesa de tan solo dos patas. Eran piedras grandes, tan grandes que tanto Patricia como Paúl y él mismo cabían debajo tumbados, pero encogiendo las piernas…, y nadie las había movido en todo ese tiempo.
Alberto incorporó medio cuerpo, miró a su alrededor y la oscuridad le angustió, el cielo se cortaba en el horizonte y la meseta les rodeaba oscura y negra, sin una sola luz, apenas podía distinguir los sacos de dormir de la madre de Paul y de su nuevo amigo ya los perros flacos ni los veía. Buscó a los galgos en esa oscuridad y apenas si distinguió unos bultos enroscados contra si mismos que de vez en cuando suspiraban y que en algunos momentos movían las patas nerviosamente, como soñando, como reviviendo las carreras tras las liebres. Volvió a mirar hacia el firmamento y distinguió algo que volaba, una sutil sombra que ocultaba durante décimas de segundos las estrellas, que dibujaba sus perfiles alados sin emitir ni un solo sonido y que pasó sobre su cabeza, tan cerca que aún pudo distinguir el vientre claro de la fantasmal ave.
- Es una lechuza –siseó Paul.
- No hace ruido al volar.
- Las aves nocturnas no hacen ruido al volar, dice mi madre que tienen en las alas plumas en forma de pelos.
- Ah.
Alberto volvió a tumbarse y escuchó a otro de los galgos rebullir…, siguió escuchando y oyó como el croar de algún sapo, la llamada de otra ave nocturna, la respiración de Patricia…, y cerró los ojos, sintió algo de fresco en la cara, como una tenue brisa solitaria que se moviese confundida entre los llanos a oscuras y se arrebujó en el saco. Cerró los ojos y las imágenes y las sensaciones del día comenzaron a sucederse en su mente, desde los vuelos de los vencejos al amanecer, como todas las mañanas, desde que llegase al pueblo hasta revivir el roce del viento contra su rostro cuando la madre de Paul les dio un divertido paseo en su Citroen “dos caballos” descapotable. Pero había otra imagen quesurgía con fuerza, con calor y con una persistencia que le ruborizaba…, el cuerpo desnudo de la madre Paul rodeado por los galgos jadeantes, después del largo paseo de las mañanas, empapada por el agua que manaba desde una ducha al aire libre, riendo y buscando una toalla con calma y naturalidad, como si no le importase que los dos muchachos casi adolescentes la hubiesen sorprendido así, mostrando esa desnudez que emergía bronceada, delgada y vibrante, con el fondo amarillo de una meseta que también parecía contemplarla desde el silencio roto por el canto chirriante de las cigarras desde las encinas.
Alberto abrió los ojos en mitad de la noche manchega, miró el cielo y solo esa visión fue capaz durante unos instantes de hacerle olvidar aquellos pechos de oscuros y amplios pezones, las largas piernas tan musculadas como las de Churria, la cintura estrecha, los brazos tensos, marcados…, tan solo la noche y la infinitud de su negrura le hizo olvidarla durante unos momentos, sintió una especie de congoja, de emoción, sintió como su garganta se estrechaba y escuchó gimotear a uno de los galgos…, recordó las palabras de ella, de la madre de Paul cuando les hablaba mientras caía la noche, mientras moría la tarde encendida con un sol cobijándose en las inmensas planicies y mientras el pequeño fuego que habían prendido para calentar la liebre al ajillo, se iba apagando.
Patricia hablaba mirando esas brasas, mirándoles a ellos, acariciando los largos cuellos de los galgos que deseaban ser mimados por ella. Les hablaba del fuego primigenio, de cómo el aroma de la leña quemada le provocaba oleadas de sensaciones y emociones, les dijo algo que Alberto no terminó de entender, les dijo que ese olor estaba retenido entre nuestras neuronas, en lo mas profundo de nuestro ser, entre las estructuras de los cerebros que la evolución retuvo en nuestro linaje…, y que por eso el fuego siempre estaba presente en los festejos populares de todos los pueblos de el mundo, el fuego era para los hombres la vida como el sol era la vida para el planeta Tierra.
Volvió a cerrar los ojos y ella regresó, volvió la luz del atardecer mientras caminaban por los campos de paja, entre las parcelas baldías, ya sin cultivar, abandonadas por homo, como les contaba Patricia, a él y a su propio hijo. Alberto le echaba miradas furtivas, entonces dejaba de oír la charla de Paul y se quedaba embelesado contemplando el caminar garboso de Patricia, el movimiento de las caderas que asomaban desnudas por encima de la cintura del pantalón vaquero cortado a medio muslo y con el camal recortado a flecos, las piernas que vibraban con cada paso, los gemelos que asomaban por encima de las Chirucas, a los galgos que iban y venían, que les rodeaban y que danzaban entre ellos flacos, delgados y fibrosos, con esas zancadas elásticas y al tiempo como desmañadas.
Imágenes que continuaban sucediéndose mientras Alberto se dormía con el cosmos mirándole desde el origen del todo, de los tiempos, del mundo, de la vida…, recordando de nuevos las extraordinarias cosas que Patricia les había contado. Les había dicho que muchas de esas estrellas ya no existían, que realmente estaban viendo el pasado, la luz que aún no había llegado a extinguirse como si estuviesen en una maquina del tiempo que solo pudiese mirar hacia atrás, como el eco de un grito que se extendía sin que nadie gritase ya.
Y volvió a ver a Patricia parándose a pocos metros del dolmen, de esas piedras que surgían en la reseca y polvorienta tierra de la meseta, vio las siluetas de los galgos perfilándose contra la línea del horizonte y sin saber porque alzaría la cabeza hacia el cielo vespertino, en ese momento algunos vencejos volarían elevándose en silencio, sin lanzar esos excitados chillidos que despertaban el pueblo casi antes de que el sol brotase de la meseta. Se elevarían y desaparecían con las últimas luces de ldía.
- Ahí va FlechaNegra –murmuraría Paul…, y Alberto le creería, después el día iría perdiendo esa luz intensa, la tarde iría dejando paso al ocaso, a esa calma que llegaba con las palabras de esa mujer que parecía haber estado junto a los hombres que decidieron alzar el dolmen ahí, en esa suave colina y que decía, mientras las llamas calentaban la liebre al ajillo, que hubo un tiempo en el que la tierra que les rodeaba estaba repleta de árboles y pastos, de extensos pinares que desaparecieron cuando llegaron unos fríos muy intensos, ella habló de la ultima glaciación que llenó la península ibérica de unas nieves y hielos casi perpetuos, aquel frío arrasaría los bosques y los pastos entre los que llegaron a existir manadas de mamuts, de bisontes y de rinocerontes lanudos…, después cenó la liebre que los perros flacos habían cazado junto a Paul y siguieron charlando mirando hacia la noche, esperando la llegada de las estrellas fugaces desde los confines del universo.
Fue una claridad, algo que parpadeó en el firmamento y que despertó a Alberto y alos galgos, les escuchó gruñir, lloriquear y un trazo amarillo iluminó el cielo, llenó la meseta de sombras y luces fantasmagóricas que llegaron desde una estrella fugaz que ardía allí arriba, que se envolvía en fuegos al rozar la atmósfera y que dejaba un rastro incandescente mientras un profundo silbido se unía al aullar de los lebreles que alzaban sus largos cuellos hacia el cielo, hacia la noche iluminada, alrededor de un dolmen que parecía atraerlos como a guardianes de alguna puerta que condujese a otros mundos, a otras percepciones, a respuestas, al lugar desde el que llegaba aquella bola de fuego que poco a poco se fue consumiendo hasta convertirse en un polvo cósmico que lentamente y como una llovizna de partículas cargadas de vida, de esencias…, fue posándose sobre la meseta, sobre ellos mismos.
- ¿Lo habéis visto…? –susurró Patricia- eso ha sido un bólido.
Poco a poco los galgos se fueron calmando,se acercaron a Patricia y buscaron sus caricias, después se movieron hacia Alberto, se rozaron contra él, no supo quienes eran, pero sintió el áspero pelaje, el olor peculiar, el calor de sus cuerpos huesudos y estrechos.
Regresó la calma, el silencio, el canto de algunos grillos…, y justo antes de caer rendido recordó la pregunta dePatricia.
- ¿Nunca has dormido al raso, Alberto…?, te gustará.



miércoles, 7 de septiembre de 2011

DUNA Y LA VIEJA CARPINTERIA en " Duna Virago y Run-run Zing, diario de mis dos custom".





A Chercross, para que sepa un poquito mas de esa vieja carpintería que no pudo visitar en Fallas.

A Santi por su grandeza y humildad cuando me dijo que echaba de menos mis escritos.
.



Estoy montando un pequeño sofá de dos plazas y cuando giro la cabeza descubro a Duna en el rincón, ella parece mirarme trabajar y yo la miro a ella reposando y admitiendo que me gustan sus colores tan claros, tan poco custom, ese color  de la arena y el ocre del sillín tapizado en piel, que me gustan los galgos que decoran su deposito y esos dos escapes tan sinuosos y cortos.
.
                
.
   Suena Maná por la radio y me siento un privilegiado, me siento a gusto de poder estar trabando junto a ella y junto a la Flaca, que es mi bici de montaña. Me siento a gusto de tener este local, viejo y cargado de vivencias, que mi padre me cedió un año antes de morir. El también guardó aquí, hace ya muchas décadas sus dos motos, su Ossa y su Derbi, las dos de 125 y aquí empezó como autónomo, montando sus muebles en el patio trasero de la planta baja y aquí nacieron varias de mis hermanas, aquí vivieron hasta que mis padres alquilaron un piso en la misma calle, fue entonces cuando mi padre compró la maquinaria y convirtió el bajo en una carpintería, en la misma que me encuentro ahora mismo.

.










  La misma que observo impregnada por la impronta de mi padre y de sus plantillas, de sus dibujos, de sus cañas de pescar. Aquí aprendí este oficio, aquí me lo enseñó y aquí trabajé junto a él durante muchos años…, y sigo trabajando y pasando la mayor parte del día.
   Vuelvo a mirar a Duna y sonrío, me siento bien cuando la saco de la carpintería y la arranco sobre la acera, algunos vecinos miran y sonríen, otros se asoman al balcón más que nada por curiosear. Ya no les extraña verme encima de una moto, lo normal es que me vean andando o saliendo algunas mañanas a hacer bici de carretera. Me gusta esta libertad, me gusta poder entrar y salir de la carpintería, el rodar lentamente hasta el final de mi calle, a pedaladas o empujado por el v-twin.
   Recuerdo las palabras de Eduard Punset en su ultimo libro “Excusas para no pensar”, en él habla de nosotros mismos, de nuestras reacciones ante la sociedad, ante las circunstancias laborales, ante el entorno social o familiar y entre muchas cosas dice que uno de los requisitos básicos para ser feliz es sentir que controlamos algo de nuestra vida, sentir que tenemos un mínimo de poder sobre nuestra existencia…, como dejar de trabajar y acercarme a Duna durante unos minutos o para salir a la calle en las primeras semanas del verano para ver el vuelo excitado de los vencejos o para salir con la Flaca todos los miércoles por la mañana.
   Sigo montando el sofá, escuchando algo de música…, a solas en la vieja carpintería, pero con las dos, con Duna, con la Flaca, entre recuerdos que lentamente se desvanecen en el tiempo y otros muy recientes, como cuando mi sobrino trabajaba sobre Duna y la dejaba a mi gusto…, no puedo evitar ser consciente de mi edad, del paso de los años y de que es muy posible que estuviese mirando a mi sobrino como lo hacia mi padre conmigo hace muchos años.

viernes, 2 de septiembre de 2011

10ª entrega de "EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS"

Alejandra, Elena y Lucia.

Deseó fumar antes de subir al duplex, salió del garaje privado y mientras caminaba entre los senderos de piedra, encendió el cigarrillo. Unas lamparillas a ras del césped iluminaban los recovecos del jardín comunitario. Hileras de setos se alzaban a los lados de los caminitos y terminaban en la piscina o en unos bancales de naranjos que a las sombras de la noche parecían vivos pero que a la luz del día dejaban ver las quemaduras de la nieve y de las heladas del clima continental.

Aspiró el humo, lo dejó escapar por la nariz y oyó el chapoteo de algunos vecinos en la piscina, las conversaciones de personas que habitaban otros bloques de apartamentos, el rumor lejano de las carreteras.

Observó lo que le rodeaba, sombras y perfiles, siluetas, las fachadas de otros bloques de apartamentos, los tejados a dos aguas de algunos chalets, las siluetas de los pinos y el cielo de un color encendido, contaminado por cientos de miles de farolas que dejaban escapar la luz hacia un firmamento en el que no podía distinguir demasiadas estrellas.

Volvió a aspirar el humo y pensó en el accidente, pensó en los padres de los muertos, en sus familiares, en sus conocidos…, en lo que pudieron ver unos segundos antes, en lo que pudieron hacer unas horas antes, en lo que pudieron hacer la noche anterior.

Apuró el cigarrillo, lo dejó caer sobre las losas de piedra y se encaminó hacia el duplex.

Miró de reojo el ascensor y subió a pié los dos pisos, abrió con las llaves y sonrió al comprobar que sobre la cómoda del zaguán estaban los llaveros de Alejandra y de Elena, Lucia estaba en Estados Unidos.

Escuchó sus voces y caminó guiado por la conversación de las dos mujeres, se movió entre la decoración ligera y elegante del duplex, entre colores grises y blancos, entre oleos y acrílicos de marcos sutiles que decoraban unas paredes lisas. Observaba, miraba, sentía como si fuese la primera vez que estuviese allí, contemplaba el salón como si lo acabasen de decorar y vió los sofás de líneas angulosas y con patas de acero pulido, los ventanales amplios y luminosos que daban a la terraza en la que solían cenar o preparar alguna barbacoa, el mobiliario en tonos wengué, las escaleras en haya, con barandillas de barrotes cromados y cosidos entre ellos con cables trenzados.

Se quedó quieto en el umbral de la puerta, paseando la mirada sobre ellas, sobre el amplio dormitorio-estudio de Elena.

- Jo papá, parece que es la primera vez que entras aquí –bromeó Elena.

Alberto sonrió y cabeceó, siguió observando la estancia, los carteles que ocupaban gran parte de las paredes…, cayó en la cuenta de que hablaban de ecología, de paz, de solidaridad, vio las estanterías repletas de libros, de torres repletas de cd,s, percibió las ilusiones, los anhelos emergentes de su hija, el deseo de vivir, de hacerse oír, de protestar ante lo que ella consideraba injusto o dañino para los hombres o para la naturaleza.

Elena sonreía sentada sobre su silla de estudio con ruedas, se apoyaba en la mesa, junto al teclado y cruzaba las piernas. Vestía unos cómodos y frescos pantaloncitos cortos de un azul muy pálido y una camiseta de tirantes con media docena de ballenas dibujadas en ella. Un fondo marino iluminaba la pantalla del ordenador, era como una ventana abierta al océano en medio de aquella habitación que destilaba vida. Y Alejandra, su mujer, arqueaba las cejas, arropada entre los brazos estrechos y curvados hacia fuera de un sillón orejero estilo Art Decó, ella misma lo había recuperado de un contenedor de basura, lo había restaurado y retapizado con una tela de color pistacho. Reposaba en él, con las piernas recogidas y con los cabellos negros esparcidos sobre sus hombros estrechos, sobre su pecho menudo. Toda ella era estrecha, no muy alta y espigada, como una de aquellas espigas de trigo que Alberto descubrió por primera vez aquel verano de los perros flacos. Morena de piel, de ojos marrones, apenas si tomaba el sol y siempre lucia ese color de piel natural. Elena era de piel mas clara y sus cabellos relucían entre un castaño muy claro que viraba a casi rubio en el estío, sus facciones eran muy suaves, no tan angulosas como la de su madre y su hablar demasiado aplomado para su edad, sus gestos demasiado modulados para su edad y su voz densa, equilibrada…, como toda ella.

Alberto sonrió.

- Igual es que me gusta mas que nunca lo que estoy viendo…, ¿de que hablabais…?.

- Le preguntaba a mamá si se puede cambiar el mundo, si vale la pena intentarlo.

- Uf…, si fuésemos unos ciento cincuenta en todo el planeta si se podría –respondió Alberto. Pasó a la habitación y se inclinó hacia Alejandra, la besó en los labios y durante unas décimas de segundo observó su piel, vio las arrugas, los pliegues, algunas canas entre su melena. Después se acercó a su hija, la besó también y percibió la misma juventud que había percibido en el conserje del edificio, la elasticidad de la piel, la tersura, la limpieza del blanco ocular. Y se tumbó en la cama de su hija.

- ¿Por qué ciento cincuenta…?.

- ¿No has oído hablar del número de Dunbar? –replicó Alejandra.

- No, pero ahora mismo lo busco en San Google.

- No hace falta que lo busques ahí, mejor te lo explicamos entre tu madre y yo –dijo Alberto- Robin Dunbar es un antropólogo que desarrolló una teoría y después una ecuación, tras estudiar las comunidades de chimpancés, llegó a la conclusión de que el numero de individuos que pueden relacionarse bien sin que haga falta una estructura de poder tipo piramidal es de unos ciento cincuenta, para humanos. Lo curioso es que está directamente relacionado con el tamaño de nuestro neocortex, a mayor tamaño, mayor puede ser ese número de individuos. Viene a decirnos que los humanos nos movemos bien a nuestro aire dentro de ese numero, nos socializamos bien sin necesidad de políticos ni policías, pero a mas gente empiezan los problemas, nuestro cerebro ya no procesa bien tanta cantidad de personas, imagino que cae la atención, la empatía, el verdadero interés por la amistad…, no se.

- ¿Quieres decir que según ese antropólogo solo podemos tener ciento cincuenta amigos…? – preguntó Elena.

- Pues casi, como dice papá, podrás tener conocidos, podrás intentar mantener el interés por esa amistad, mantener esa empatía…, pero llega un momento en que esas emociones ya son difíciles de procesar y provoca una fatiga que se manifiesta en una elevada tensión, por ejemplo, en un agobio permanente por intentar atender a todos.

- ¿Y que hago yo con mis quinientos amigos del Facebook…?.

- Te sobran cuatrocientos cincuenta…, -murmuró Alberto.

- Yo creo que ese número ya está desfasado…-reflexionó Elena- hablar de un circulo de ciento cincuenta personas cuando la globalización es una realidad alucinante, fijo que nuestro neocortex solo da para esa cantidad…, pero la informática y los ordenadores están aquí para llegar donde no llega nuestra mente…, a él nunca se le olvidan los cumpleaños –aseguró tamborileando con los dedos sobre el teclado.

- ¿Y crees que gracias a él podrás cambiar el mundo…? –preguntó Alejandra.

- Ya está cambiando mamá, los estados ya no pueden impedir que la gente esté informada…, no se, de política o de temas sociales, la información corre por la red y cada vez será mas rápida y en mayor cantidad.

- A un flujo positivo siempre le acompaña un flujo negativo… -musitó Alberto desde la cama de Elena- …, la tecnología actual llegó gracias a nuestro cerebro, solo gracias a él, el resto de nuestro cuerpo sigue siendo igual que hace un millón de años…, huesos, sangre, músculos, tendones, pulmones, estómago…, aunque los implantes artificiales son cada vez mas sofisticados…-su voz sonaba diferente, casi somnolienta- por cierto, hoy he tenido una visita sorpresa, una persona que cree que aún se puede cambiar el mundo pero con sus manos…, bueno, el mundo no creo pero si donde vive, si su mundo…, y que según él, claro que vale la pena intentarlo…, ¿no preguntabas eso, hija mía…?.

- Bueno, ahora no te quedes sopas en mi cama y dime quien es, papá.

- Se llama Paul Renart, pero mucha gente del pueblo le llamaba Niño Cazador.

- Paúl.., el Niño Cazador… -murmuró Alejandra. Se levantó y fue descalzando a Alberto de sus náuticos, había percibido el cansancio en su tono de voz, la fatiga acumulada después de trabajar durante las noches y al final de la jornada. En esa calma nocturna era cuando surgía la creatividad, las ideas, los elementos de arranque que al día siguiente presentaba entre su equipo de creativos. Le vió distinto entre la almohada de su hija, sobre las sabanas.

Elena miraba a su madre, observaba como daba un masaje ligero y delicado a los pies de su padre y como volvía a sentarse, a encogerse como lo haría una amiga suya, en el sillón que ella misma restauró.

- Es increíble –se sorprendió Alejandra- Paul Renart…, tu amigo olvidado de aquel verano de los perros flacos.

- ¡Es verdad…!, ya decía que ese nombre me sonaba –exclamó Elena.

- ¿Pero que estáis diciendo…?, ¿de que le conocéis…?, si hasta yo le había olvidado si no llega a ser por mi madre que me lo recordó en sus tormentas de recuerdos.

- Pues de eso mismo lo conocemos, cariño –susurró Alejandra- Elena y yo estuvimos alguna vez en esas tardes y escuchábamos a tu madre recordar ese tiempo pasado como si lo estuviese viendo en una película allí mismo, como si hubiese sido la tarde anterior o la semana pasada.

- Pues ya no me acordaba… -musitó Alberto- joder, a estas horas ya estoy demasiado espeso, ha subido a mi despacho, hemos hablado un rato y me ha recordado alguna de las cosas que hicimos juntos…, las tengo aquí apuntadas en un papel.

Buscó en los bolsillos del vaquero, desplegó la media cuartilla y leyó en voz alta.

- La charquilla, el dolmen y las estrellas fugaces, el matacán, cuando bailamos con los rayos, cuando visitamos al hombre de tierra…, y se supone que yo estuve en todas esas correrías.

- ¡Guauuuu…!, papá eso suena genial, bailar con los rayos, el hombre de tierra…, nos lo tienes que contar.

- Desde aquí ya estoy viendo las estrellas –murmuró Alberto, aún dejado caer sobre la cama de su hija, con las manos apoyadas en su propio pecho y contemplando el universo fluorescente pegado al techo de la habitación. Ya había anochecido y la lamparilla de estudio iluminaba tenuemente el dormitorio.

- Un amigo al que le gusta la astrología me ayudó a pegar las estrellitas, representan un cielo auténtico.

- Eso parece…,-respondió con un hilo de voz y vio como una línea blanca surgía por una esquina, como un diminuto sol surcando la noche y dejando su rastro blanco.

- ¡Mira otra…¡ -señaló excitado el Niño Cazador.